Archivos para el tag ‘polémica’

El reto del taxi es el esmero

Carlos Navarro Antolín | 12 de febrero de 2017 a las 5:00

TAXIS
AL viejo periodista le amargaron el final de sus días profesionales con cursos sobre el manejo del ordenador, aquel monitor panzudo con una conexión que se paraba más que el C-2. Él, que se había pasado más de treinta años aporreando la máquina de escribir y presumiendo de sacar los folios redactados sin mácula de erratas, se veía ahogado ante la pantalla, al borde de la asfixia y sin destreza para deslizar el ratón. Estaba convencido de que todo aquello complicaba el proceso verdaderamente importante (escribir las historias de cada día sazonadas con la sal y la pimienta de la que sólo es capaz un veterano de la información) y amargaba el tramo final de su carrera. Nunca quiso reconocer que el problema era él mismo, su pánico por el cambio, su terror a sentirse orillado, señalado e incapaz. Siempre era más cómodo instalarse en la queja y denunciar que el culpable está en el entorno, en el ambiente, en los señores de arriba y en toda esa letanía de dianas a las que lanzar los dardos de la amargura cada vez que el cornetín de mando suena para anunciar cualquier modificación sustancial de los hábitos de trabajo.

Estos días se oyen denuncias de los propios taxistas sobre el intrusismo en el sector, propuestas para convocar una consulta sobre las medidas para combatir la mafia del aeropuerto, sabotajes de vehículos, agresiones con tinte mafioso en la casa de representantes del gremio y reivindicaciones de mayor presencia policial para corregir desmanes. Cierta clase dirigente del sector juega las cartas con habilidad, mucha habilidad, para presentar a determinados taxistas como víctimas, como pobres ancianas desvalidas a las que los piratas quieren esquilmar el monedero a la salida de misa. El ruido de estas denuncias se repite estos días como una vuvuzela, a la misma velocidad que suceden extraños incidentes que dejan con las ruedas pinchadas los vehículos de los profesionales del sector a los que se impide pescar en el caladero del aeropuerto. Los discursos victimistas se repiten igualmente a la misma velocidad que los sucesos que afectan a los profesionales de los nuevos medios de transporte, unas ofertas que han dejado al taxi tradicional, por ejemplo, como el más caro de todos los medios para acudir al aeródromo de San Pablo. Es evidente que alguien no ha estado interesado nunca en una línea de Tussam competitiva que enlace el Prado de San Sebastián con el aeródromo. Alguien no ha estado interesado nunca en dar facilidades a la implantación de los nuevos servicios de transporte que se contratan a golpe de teléfono inteligente.

Muchos taxistas están como el viejo periodista: en posición de defensa, reacios a cualquier cambio. Prefieren ventear la media verdad del intrusismo antes que asumir que el verdadero reto que no terminan de afrontar es el del esmero, prestar un servicio de mayor calidad, con una atención más cuidada y profesionalizada. El futuro del taxi no pasa tanto por la vigilancia policial en los puntos negros como por la necesidad de que estos profesionales del volante cuiden el aspecto de sus vehículos, sean diligentes en el trato con el cliente e inspiren siempre su trabajo en el principio de la buena fe. Si el taxi tradicional no asume que los coches en verano deben estar refrigerados antes de que el cliente se vea forzado a pedir el aire acondicionado, Cabify se llevará más y más cuota de negocio en cuanto aumente la reducida flota de coches que ahora tiene en Sevilla. Si el taxi tradicional no asume que el cliente no merece una mala cara –mucho menos una reacción airada– cuando se solicita un trayecto considerado corto, seguirá perdiendo usuarios en beneficio del autobús o del coche particular que se puede aparcar gratis en muchos centros comerciales o a bajo precio en el propio aeropuerto. Si el taxi tradicional no asume que los vehículos deben estar limpios y que hay que tener tacto en las conversaciones con el usuario para no provocar incomodidad, las nuevas plataformas que ofrecen coches de alta gama, servicio esmerado, conductores discretos y la vía del pago digital, irán comiendo terreno al sector tradicional, como los ordenadores fueron desplazando a las máquinas de escribir en las redacciones. Es cuestión de tiempo, no de número de policías en las paradas, ni de barreras, ni de aumentar la tarifa del autobús para que el público retorne al uso del taxi.

El taxi tradicional está llamado a renovarse como las plazas de abastos, cuyos industriales no pueden estar todo el día reclamando mejoras al Ayuntamiento mientras se niegan a abrir los puestos por la tarde, cierran los domingos y muchos aún no ofrecen el reparto a domicilio.

No se trata de ser serviles, como alguno malinterpreta torticeramente, sino serviciales. No se trata de ser pelotas, ni de dar ojana, ni de caer en comportamientos engolados, sino de ser sencillamente profesionales. Intrusos hay en todos los oficios y no por ello se debe rebajar la calidad de las prestaciones. El enemigo del taxi está dentro, como revelan los propios códigos éticos que ha publicado la Federación Andaluza de Autónomos del Taxi, que pone el dedo en la llaga sobre las deficiencias del servicio en un modélico ejemplo de autocrítica constructiva. Cuando todos escribían en ordenador, había quien se empeñaba en no dejar la máquina de escribir. Aquel viejo gruñón se fue quedando solo. La culpa era siempre de los demás. Sevilla necesita taxistas profesionales para que, como dice el alcalde Juan Espadas, cesen ciertos espectáculos más propios de películas donde aparece la cabeza de un caballo en la cama, o la puerta del domicilio de un taxista embadurnada de excrementos. Tan inaceptable casi como llevar el aire acondicionado apagado en agosto. Y, mientras, los autobuses de Tussam fresquitos.

El alcalde irritado

Carlos Navarro Antolín | 25 de septiembre de 2016 a las 5:00

JUAN ESPADAS VOTA LA CONSULTA SOBRE LA FERIA
SE ha tambaleado el pedestal de su trabajada fama de técnico riguroso, alejado del humo del puesto de las castañas urbanísticas. El alcalde Juan Espadas se ha metido él solito en una bulla de Feria en pleno septiembre. Le han birlado la cartera de hombre serio, le han despojado de la coraza de político gestor, de la imagen de ejecutivo que saca 25 horas al día y que jamás se salpica del irreversible barro de las frivolidades.

Se ha irritado a golpe de telediario nacional, de los informativos rapaces que buscan la carroña del ceceo y el sobrepeso para mantenernos condenados a la estética estereotipada de pueblo inculto, indolente, conformista y anestesiado. El gran técnico del PSOE de Sevilla, amamantado y criado en los despachos de la Junta, lápiz, calculadora y cartabón, ha hundido a la ciudad en el pozo de las banalidades, caseta, jolgorio y vino. Su bien elaborada fama de gestor, de hombre de despacho, de silencio, temple y mando, de flexo y folios ordenados en una carpetilla para cada asunto, se ha desmoronado como un castillo de arena a la primera ola embravecida del mandato: la consulta sobre la Feria.

Juan Fernandez-Rodríguez García del Busto, el alcalde de frac en las grandes solemnidades que era hermano de Pasión, trasladó la Feria del Prado a los Remedios. Y Juan Espadas nos lleva a las urnas cibernéticas para preguntarnos por su fecha de celebración. Espadas se ha irritado cuando se ha visto colocado deliberadamente en la casilla de salida de los alcaldes de corte populista, se ha sentado en ese velador de la política local que está cargado de cacahuetes y cerveza fresquita, esas mesas donde se arregla el mundo a golpe de tirador. “No es lo que parece”, pretende explicar sin éxito el alcalde. Él, al que difícilmente se sorprende en un bar ni siquiera después de un Pleno, quedará en el recuerdo como el alcalde que convocó el plebiscito de la Feria. El alcalde irritado porque llevó a Sevilla a los telediarios un mes de septiembre a cuenta de una fiesta, otra más. El alcalde que siendo líder de la oposición quiso bautizar a Zoido como el superalcalde de las fiestas mayores y que está ya como el propio Zoido: colocando las fiestas mayores en el centro del debate político, talando árboles y promocionando procesiones magnas, el hat trick justamente contrario de su ideario.

Tanto pregonar sostenibilidades, transversalidades y reformas estructurales en el pregón cotidiano de las idioteces vacuas de la oratoria política actual, para, al final, colocar los farolillos (y farolillas) a destiempo y con el viento en contra. Se cuidó de no acudir a presidir el balance de la pasada Semana Santa, su mayor logro de gestión hasta ahora, para no inmiscuirse en los asuntos costumbristas, de acuerdo con el tacticismo de salón tan del gusto de los gobernantes de hoy. Se ausentó por conveniencia, para no parecer un alcalde folclórico, y ha terminado al poco tiempo pinchándose al tocar la rosa de la Feria. El alcalde se irrita y atribuye toda la polémica “a dos o tres mentes estrechas”.

Tanto trabajarse el eje turístico con los alcaldes de Málaga, Granada y Córdoba, y tanto vendernos hasta una aventura galáctica (¿Recuerdan cuando Sevilla iba a acoger un congreso de la agencia espacial europea?), para al final quedarnos condenados al fotocol del caballito de plástico, clavel de solapa y sombrero de ala ancha.

El golpe ha sido duro por imprevisto. Espadas, un tipo en apariencia muy alejado del perfil de Zoido y más próximo al de Manuel del Valle, se ha visto sobrepasado por los efectos de su propia decisión. La ciudad banalizada. Ya le ocurrió al trascender que el Ayuntamiento alquila monumentos y plazas públicas de la ciudad para cuchipandas de alto copete, una decisión de su gobierno tan legítima como discutible. Se irritó al ver las recreaciones virtuales de una Plaza de España, una Puerta de Jerez o un Monasterio de Santa Clara con mesas altas y taburetes. El patrimonio histórico rentabilizado con fines hosteleros. La ciudad convertida en un gran velador, la ciudad preocupada por la fecha de la Feria en los coletazos del verano. La política de hoy es márquetin. Y el márquetin tiende a la reducción, a la injusta simplificación. Yeso irrita al alcalde, que corre el riesgo de ser el cojo del desfile, convencido de ser el único que lleva el paso correcto.

Espadas reabrió la caseta municipal, tras los años de la austeridad de escaparate impuesta por Zoido, para ganar la gloria efímera de un titular de prensa. Nadie lo criticó. Espadas ha confirmado su participación como Baltasar en la cabalgata del centenario, invitado por el Ateneo. Su presencia en el cortejo está más que justificada. Pero Espadas debe entender que debutar en las consultas populares preguntando por la Feria lo coloca como un alcalde con pies de barro en el ya de por sí lodazal de la política de hoy.

Los árboles cayendo y el sevillano votando si quiere un día más de juerga oficial. Las nuevas líneas de Metro desapareciendo y el sevillano distraído con el sonido del sonajero de la consulta ferial. Los veladores creciendo como adosados del Aljarafe en tiempos de bonanza y el sevillano celebrando que el pescao frito de un sábado será de mejor calidad que el de un lunes.

El alcalde de escuadra y cartabón, que se había ganado el respeto de la derecha sociológica, anda perdido en la bulla. Yde la bulla sólo se sale con calma, apretando la cartera con una mano y esperando a que se organicen las dos corrientes en sentidos opuestos. Hay quien dice que todo no es más que la maldición de Carretero. Como el Benfica con Gutmann.