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La cuota zascandil

Carlos Navarro Antolín | 30 de octubre de 2016 a las 5:00

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LA nueva política necesita un lifting exprés. Se arruga a gran velocidad, padece envejecimiento prematuro. Otal vez sus protagonistas pasan demasiadas horas delante del televisor. En Sevilla estábamos demasiado ajenos a las Colaus y las Carmenas, iconos municipales de este nuevo tiempo donde el edificio del sistema no termina de caer, por fortuna, pero tampoco termina de curarse de una aluminosis provocada por el tenguerengue en el que están los grandes partidos. En Sevilla nos hemos librado de la bisoñez y del tinte adolescentoide de la nueva política gracias a que el PSOE de Juan Espadas es, por lo general, bastante moderado, y también gracias a que los resultados de la marca blanca de Podemos en la capital fueron más bien escuálidos después de la alta expectación que habían generado en todo el reino.

Aquí, por ahora, no hay más mareas que las de Matalascañas, ni más marcas blancas triunfantes que las que Pepe Moya Sanabria envía a los estantes de Mercadona. Al menos sí tenemos la cuota zascandil, encarnada por la edil Cristina Honorato, de la que los ujieres de la Plaza Nueva dicen, con rima de guasa, que no termina el mandato. A esta Honorato se le ve el pelo de la dehesa en cuanto goza de la mínima oportunidad. Como la Policía Local no le dejó colar a todos los manifestantes que pretendía introducir en el Ayuntamiento, la Honorato salió por las bravas con eso tan castizo, tan facha y tan viejo como es el no sabe usted con quién está hablando:“¡Soy la autoridad política!”. Eso se llama hacer un Verónica Pérez, la de la máxima autoridad repelida por los seguratas de Ferraz, pero en versión cutre de la Plaza Nueva y sin telediario con eco nacional.

Tenemos a una presidenta del Pleno reprobada por el ídem por saltarse a la piola la Constitución Española y ahora también tenemos a una concejal que es la cuota de la nueva política zascandil. Todo nos llega tarde, debe ser el destino fatal de los pueblos del sur. Por fin tenemos en directo, en el corazón de la ciudad, una muestra de esa política de aula de instituto, de gigantes y cabezudos en manifestaciones dominicales, de pancarta republicana y el tío subido en el monorrueda.

Lo mejor no ha sido la contemplación del episodio de envalentonamiento histérico de la concejal venida arriba cual franquista en primero de octubre, sino la reacción del alcalde cuando se le preguntó por los hechos. Dice Juan Espadas que no tenía sentido que los manifestantes, unos profesores interinos, protestaran en el Ayuntamiento cuando la Administración municipal no tiene competencias en la materia. Del comportamiento despótico de la edil, ni pío, que por algo el voto de la Honorato y sus dos compañeros de filas fueron muy útiles para el día de su investidura. La explicación de Espadas ha recordado, y mucho, a la de Fraga cuando le preguntaron por la polémica nacional que se montó a cuenta del primer caso de una pareja homosexual residente en una casa cuartel de la Guardia Civil. Ante decenas de alcachofas, don Manuel se salió del asunto con su peculiar estilo de negar la mayor:“Siempre he dicho que el modelo de las casas cuartel es un modelo agotado. Ydéjenme pasar, por favor”.

Aún no tenemos pliegos de licitación de la ampliación del tranvía, pero seamos optimistas:van cayendo los veladores como los plátanos de sombra de San Telmo y ya disfrutamos de la cuota zascandil de la nueva política. La concejal que se negó a que sus acompañantes pasaran por el control de identificación, la concejal que interpretó las normas que todos cumplimos como el establecimiento de un “Estado policial”, la concejal que chuleó al agente de la Policía Local como una niñata vociferante de noche de fin de semana, no era una concejal del PP. Es de Participa Sevilla, es la misma que está procesada por la ocupación de una sucursal bancaria en la Plaza de la Campana, es la que adquiere con celeridad los vicios más antiguos de la peor política, como el conductor novel que se salta las rayas continuas y no usa los intermitentes. Es el efecto de la inmadurez (Mamá, quiero ser artista, ser protagonista, oh mamá) o de tenerla como el cemento armado. Lo de siempre. Todo más viejo que el caminar hacia delante. Echamos de menos los gigantes y cabezudos de los domingos y fiestas de precepto. Se pierden los buenos usos. Sevilla se nos va. No hay derecho.

Los policías que sabían demasiado

Carlos Navarro Antolín | 20 de septiembre de 2016 a las 5:00

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LA alternancia no es un valor en sí mismo. Lo dijo el cardenal Amigo cuando le preguntaron si no era necesario que la derecha gobernara en Andalucía al menos una vez tras varios lustros encadenados de ejecutivos socialistas. Recuerdo las palabras del purpurado al leer la carta del sindicato alternativo de la Policía Local, el que debía soplar cual Eolo y borrar las malas prácticas del sindicato de toda la vida, el que sigue siendo mayoritario y el que tiene cogidos por donde usted y yo sabemos a todos y cada uno de los alcaldes y tenientes de alcalde de Seguridad. Llegó el sindicato alternativo y fue saludado con la esperanza de que su fundación sirviera para reducir la omnipresencia del sindicato de siempre, que comenzaba ya a dar muestras serias de vicios adquiridos y óxidos con tal intensidad que han derivado en titulares sobre procesos judiciales que lastran su imagen y, en general, la de toda la Policía Local.

Los alternativos han comenzado septiembre con fuerza. Igual que ha hecho el alcalde con la consulta sobre las fechas de la Feria (no es un referéndum, en todo caso sería un plebiscito), igualito han hecho los responsables de representar una alternativa: ofrecer una imagen frívola y banalizada sobre cuáles deben ser las prioridades de una ciudad y de una organización sindical, respectivamente. Estos muchachos en los que teníamos tantas esperanzas se han descolgado, oh criaturas, con una carta que exige zona azul gratis en los alrededores de los juzgados para que los agentes no sufran “sanciones económicas” como cualquier administrado ni tengan que estar pendientes de renovar el ticket como cualquier conductor en apuros cuando Su Señoría se retrasa, que ya sabemos que la justicia tarda más que San Bernardo de vuelta, pero hay ciudadanos de primera que no pueden esperar (policías locales) y ciudadanos de segunda (el resto del padrón) condenados al ajo y agua… de Melonares.

El sindicato alternativo exige “distintivos” para aparcar gratis en los alrededores del juzgado. Pedid y se os dará. Se han vuelto de la casta, que diría el tertuliano de guardia. Venían a renovar el panorama sindical y han quedado fagocitados. Zona azul gratis total para los locales que nunca son comprensivos con los cinco minutos en la segunda fila de aparcamiento cuando usted hace el mandado en la farmacia de Amador de los Ríos, el VIPS de República Argentina o la taquilla de los toros en Adriano. En todos esos casos, multazo que te crió y no rechiste porque se puede llevar una respuesta con un tuteo incluido como una Catedral y las gafas de sol elevadas por la frente.

Por las exigencias de privilegios los conoceréis. La imagen de la Policía Local está como la de los taxistas, fruto de estar instalados en la queja y de prestar servicios con cada vez menos esmero. La solución no es fácil en absoluto, pues apunta a cuestiones tan difíciles de cambiar como son la educación y la formación en unos principios básicos. No hay lavado de cara que suprima las legañas que afean el sector del taxi, como no sirvieron para nada los anuncios que el alcalde Zoido difundió para suavizar la imagen de los agentes de la Policía Local. Todo se vino abajo con los casos judiciales que han puesto bajo sospecha a todo un cuerpo, supuestos amaños de oposiciones y casos acosos laborales, con informaciones en telediarios de ámbito nacional incluidas.

Ni la imagen actual de los sindicatos, lastrada por su tradicional afición a revestirse de pedigüeños, ni los tiempos en el sector público están para exigencias de plazas de aparcamiento gratis total por la imposibilidad de “no renovar el ticket de la zona azul”, el mismo cuya carencia o caducidad lleva a miles de sevillanos a figurar como morosos en las páginas del BOP. Arbitren otra fórmula que no sea la gratuidad. Porque su exigencia huele. Si el cambio era esto, prefiero el original. Nos quedamos con Bustelo y sus muchachos.
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Como enseña la Madre Iglesia

Carlos Navarro Antolín | 11 de mayo de 2016 a las 5:00

Espadas visita la jefatura de la policia local Lugar: Espacio La Ranilla,
EL viejo canónigo, emérito desde hacía ya varios años, sentenció en la tertulia en la que había compañeros a los que duplicaba en edad: “Dejad de hacer cábalas absurdas. El nuevo arzobispo nunca, nunca, puede ser elegido de entre los curas del clero local, ni siquiera de entre los que hayan estado aquí en alguna etapa de su ministerio pastoral . Imagínate que fueras elegido tú. O tú. O aquel joven que ejerció de rector del seminario y ahora está en las misiones, ¿lo recordáis?. Tendríamos tal grado de confianza, tal fluidez de relación y tanta información compartida que no nos infundiría el respeto debido. Hacedme caso, la madre Iglesia enseña que los obispos deben venir de fuera, sobre todo cuando es la hora de las reformas y toca poner orden”.

El alcalde de Sevilla busca fuera lo que sencillamente no tiene dentro:alguien que de verdad ejerza la autoridad en la Policía Local. Un militar, un policía nacional, un guardia civil, un legionario… La ley ofrece un abanico variado. Los que están no vale. Han quedado amortizados con los años. Ose han mimetizado en exceso con los representantes sindicales, o no son del gusto de un gobierno que se aproxima al primer aniversario con la asignatura pendiente de poner en marcha su propio modelo de Policía Local: un sólo jefe como en tiempos pretéritos. Espadas no quiere una bicefalia estrenada en tiempos de Zoido, que decidió dejar vacante la jefatura propiamente dicha y, al menos, no cedió a las presiones de los sindicatos que –como siempre es previsible– trataron de colocar a su candidato. Como si los canónigos trataran de imponer al obispo o los monaguillos al párroco.

Conocemos ya que Espadas no hará una revisión del PGOU, que ha apostado por un modelo de Navidad con diferencias sustanciales con respecto a los cuatro años anteriores, que prepara unas bodas de plata de la Expo 92 con cierta ambición, que apuesta por ampliar el trazado del tranvía en lugar de exigir –brazos en jarra– más líneas de Metro al gobierno amigo de la Junta, que se pirra por la interlocución con otros alcaldes de capitales andaluzas, y que hasta no tiene el menor reparo en contentar a las cofradías. Nos quedaba por descubrir su proyecto de cúpula de la Policía Local, más allá de aumentar o congelar la partida de las productividades. La política de infantería (barrenderos, conductores de autobuses urbanos y policías) define en buena medida a un alcalde. Tussam y Lipasam son ahora un mar plato para el alcalde que navega en minoría.

Espadas externaliza al jefe de un cuerpo con 1.100 agentes para que el contratado ejerza el cargo libre de ataduras. Un cuerpo bajo sospecha que necesita recuperar cuanto antes el crédito que nunca debió perder. La apuesta no siempre sale bien. Ocurre como con los obispos. Pero, al menos, la garantía de que el elegido no sea víctima de vicios de origen es notable. Después la curia ayudará o torpedeará al designado. Pero eso es otra historia. En la curia está la lepra, dice el Papa. Que también sufre lo suyo para hacer reformas.

Una ciudad de bocinazo

Carlos Navarro Antolín | 27 de octubre de 2015 a las 20:52

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UNA de las mayores satisfacciones en periodismo está en que un lector confiese que ha reído leyendo un artículo, que ha pasado un buen rato en la sala de espera del oculista, que se ha tenido que aguantar la carcajada en la cafetería o delante de la pantalla del ordenador. En los tiempos que corren, que alguien encuentre algo tan serio como el humor en las páginas de un periódico es de una importancia capital, no confundir con el capitol de los viernes por la tarde. Ocurre que no sólo de viñetas y artículos de ingenio ha de vivir el hombre que aún consume periódicos de los que dejan huellas en negro en las yemas blancas de los dedos. Hay titulares, informaciones puras y duras, que provocan una carcajada, una reacción de hilaridad, que convierten ciertas páginas en el dedo que señala el esperpento. Hay hechos que mueven a la risa, que conducen al ridículo y la desesperanza. Lean este titular: “La Policía Local denuncia por el ruido de las protestas a los despedidos de La Corchuela”. Al portavoz del colectivo con el que, por cierto, se fotografió Juan Espadas el día de su toma de posesión, se le ocurrió tocar una bocina en la Plaza Nueva, lo que al parecer no ha hecho nadie en los últimos lustros. Ni los vecinos que se quejaban de la movida en el Arenal en los 90, que llegaron a arrojar basura de la movida a las puertas del Ayuntamiento; ni los cocheros de caballos que metieron las bestias en el andén dejando las correspondientes y bienolientes cestas de Navidad de color marrón; ni los trabajadores municipales cuando bramaron por el aumento de la jornada laboral hasta las 37,5 horas semanales; ni los representantes sindicales de los propios policías, bomberos, empleados de Mercasevilla, eventuales de Tussam, colaboradores sociales, etcétera. En la Plaza Nueva, gran manifestódromo de la ciudad en el tardoalfredismo y durante todo el zoidismo, hemos visto ruidos de bocinas, música estruendosa de equipos de música con altavoces (con nevera de botellines incorporada) para hacer sonar el séptimo de caballería a la llegada de ciertos concejales, tintes de pelo en quienes debían ser modelos de conducta, acampadas en plena cuaresma para presionar ante el paso de procesiones, insultos a los hijos de determinados capitulares, petardazos, pancarterío variado, disfraces, burros sobre los que se montaban liberados sindicales con careta, coacciones a los concejales que estaba tomando café en los bares de General Polavieja, cartelería cargada de ironía como la del gran circo mundial con el rostro de Zoido, griterío antisistema a los invitados del Pleno constituyente de 2011… Hemos visto hasta cerrar apresuradamente las puertas del Ayuntamiento para impedir el acceso de grupos con virulencia, por no contar la de veces que son expulsados del Salón Colón los representantes de ciertos colectivos cuando interrumpen el Pleno, insultan al gobierno del color que sea, lanzan papelillos por toda la estancia o exhiben una cartelería que no es precisamente del Domund. ¿Quiénes rellenaban entonces los boletines de denuncia, criaturas mías?.

Ahora resulta que el bocinazo del portavoz de los despedidos de la Corchuela merece una multa de la Policía Local. Activen la carcajada que esto es algo muy serio. Ríanse porque resulta mucho más liberador que sacar el pañuelo de papel para enjugar las lágrimas. Esto es como la preocupación (legítima) de don Manuel Bustelo, presidente del Sindicato de la Policía Local porque en esta sección apareció por error –un error por el que pedimos perdón con toda humildad– que tendrá que sentarse en el banquillo por el supuesto amaño de las oposiciones de la Policía Local, cuando en realidad es su hijo el que tendrá que dar explicaciones ante la Justicia en un caso en el que están procesadas nada menos que 45 personas, incluido el superintendente, por la filtración del examen.

Si las ordenanzas del ruido se hicieran cumplir siempre con el mismo celo, Sevilla sería una ciudad de ruan, una inmensa clínica del sueño donde el piar de los estorninos sería la única causa de apnea, un vagón de AVE silencioso sin la barrila de charlas ajenas, una permanente salida de Mortaja con los golpes de esquila y las toses como única melodía. Pero en Sevilla, oh casualidad, no hay inspectores de Medio Ambiente por las tardes, ni siquiera los fines de semana. Hagamos tal disparate que quitemos a los inspectores de trabajar en las horas que más ruido se genera. Tan sólo hay algún policía que de vez en cuando multa por tocar la bocina en una manifestación, que es como sancionar al desgraciado que suda en el desierto. Al menos, estos disparates elevados a titulares por imperativo de la realidad son cardiosaludables, liberadores de toxinas y tonificadores de la piel.

Juan Bueno, profesor de E.G.B. en la Policía Local

Carlos Navarro Antolín | 17 de junio de 2014 a las 5:00

El delegado de Seguridad y Movilidad del Ayuntamiento de Sevilla, Juan Bueno, presenta la nueva propuesta de aparcamiento regulado por zona azul para la ciudad.
Al delegado de Seguridad y Movilidad del Ayuntamiento, Juan Bueno, se le ha puesto toda la cara de señor que exclama compungido: “Lamento tener que defender lo obvio”. Porque obvio es, o debería serlo, que el agente de cualquier cuerpo de seguridad del Estado salude y trate con educación a un ciudadano, no emplee horas de servicio en hablar por el teléfono móvil, se identifique cuando así se le requiera y presente un aspecto en líneas generales aseado, por referir exclusivamente aquellos requisitos que se prestan aparentemente a menor discusión, que ya se sabe que corren malos tiempos para la lírica y para el ejercicio de la autoridad y de su prima hermana: la disciplina. La lectura del borrador del primer reglamento de la Policía Local de Sevilla es una suerte de tratado de las buenas maneras, de capítulo especial que enfrentaba en paneles al “niño bien educado y el niño mal educado” en la E.G.B., aquellas iniciales que aludían a la primero denostada y ahora añorada Educación General Básica. Algunas de las normas incluidas en el borrador no son más que pautas del civismo más elemental, asumibles por cualquier ciudadano en su vida cotidiana. Cualquier vecino de fuera de Sevilla que lea detenidamente el borrador podría plantearse el grado de degradación al que ha llegado la Policía Local para que sea preciso imponer a los agentes unos modos de conducta elementales. Ahora que el sector del taxi se levanta en armas por las plataformas que organizan viajes compartidos entre particulares para ahorrar costes, conviene recordar una de las opiniones más difundidas por las redes sociales: más le valdría al taxi atender con más amabilidad, sin tanto rodeo y cuidar con más periodicidad el aspecto de los vehículos para justificar así el precio de la tarifa.
El gobierno local del PP, quizás para ir preparando el terreno de la negociación complicada que ahora arranca, accedió hace unos meses a organizar una campaña de mejora de la imagen de la Policía Local de Sevilla. Más le valdría a algunos agentes aplicarse una analogía de la solución planteada para el taxi: atender con amabilidad a los ciudadanos, sin chulerías, ni prepotencia, ni desdén; sin el postureo de un sheriff del asfalto. No hay otra campaña mejor que la de la labor realizada con diligencia y buena fe. El márketing jamás puede sustituir el trabajo bien hecho, ni es posible la reeducación por reglamento. Y el borrador del reglamento policial recuerda la reflexión de Romanones (que rima con galones) que suscitó aquel cartel ya comentado a la salida de un salón de celebraciones en la provincia de Huelva: “Prohibido armar escándalo a la salida”. Y alguien exclamó: “Dios, qué tropa…” Por las prohibiciones se conoce a la sociedad de un momento. Y hay sociedades a las que se les recuerda lo obvio: “Prohibido orinar fuera de la taza”.

Locomía en la Policía Local

Carlos Navarro Antolín | 18 de febrero de 2014 a las 12:33

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Anda el delegado de Seguridad y Movilidad del Ayuntamiento negociando con los sindicatos de la Policía Local un reglamento de régimen interno para aclarar esas cosas que nunca quedan claras en el funcionamiento de un cuerpo en el que uno ha tenido el gusto de conocer a verdaderos señores y el disgusto de tratar con auténticos niñatos. Ocurre como en el gremio del taxi, incluso como en el del periodismo, por supuesto. Hasta el mejor guiso corre el riesgo de tener un garbanzo duro o una morcilla grasienta que demanda omeprazol como esas cuadrillas que piden marcha cuando se dejan ir con las caderas. Juan Bueno está de luna de miel con los sindicatos policiales, hasta les ha organizado una campaña para mejorar la imagen del cuerpo. Dios lo coja confesado y lo ampare en la hora final algo más que lo ha amparado en la sucesión del PP andaluz, cuando pasó en horas de firmarle el aval a José Luis Sanz a entregárselo como el Boabdil del centro derecha sevillano al malagueño Moreno Bonilla, que no tiene nombre de árbitro, que no, que lo que tiene es nombre de imaginero de figuras secundarias de medio pelo de Semana Santa con escorzos imposibles y musculatura de triatletas. La de veces que va a salir Moreno Bonilla en los programas de mano de Semana Santa. Más que Astorga, el imaginero, no la localidad de las mantecadas. Qué malamente lo ha pasado Juan Bueno esta semana, con lo bueno que es este Bueno del PP, ¿verdad Ricardo Tarno? Si esta diócesis fría y de cuello duro tiene su sonrisa en el Cura Ignacio, el Ayuntamiento tiene su emoticono de educación y trato exquisito en Juan Bueno. Cuando la gente teclea un mensaje de texto y quiere dejar claro que el contenido es amable, lo firma directamente con un ‘Juan Bueno’, que es como se llama en ciertos círculos y con toda justicia a la carita sonriente de color amarillo. ¿Hay algún representante de aparato de partido más amable y complaciente en toda España que Juan Bueno, que es el aparato del PP en Sevilla? Con la mala fama que tienen siempre los aparatos, gente despiadada, sin escrúpulos, de mirada aviesa. Juan Bueno es el blanqueador de esa mala reputación de los aparatos, se pone la bata de colorines como los pediatras para no asustar a los críos. Es la sonrisa del régimen de los 20 concejales.

Esperemos que el reglamento de la Policía Local que se cocina en los fogones de la Plaza Nueva nos aclare esas cosas de andar por casa que todos siempre nos hemos preguntado sobre nuestros agentes, que no es la organización de la cúpula, ni si requiere un único mando o una bicefalia, ni quiénes deben trabajar los festivos, ni los planes especiales para las fechas de relumbrón, ni otras gaitas. Sencillamente es si la Policía Local admite ciertos atrezzos, como pintarse el pelo de colores en las vísperas de una Semana Santa, como ocurrió en la de 2000 (ojú), llevar el silbato con un cordón rojo enrollado en la hombrera, lucir pendientes o dejarse el pelo tan largo como un cantante de Locomía sin abanicos, pero con cartuchera. Tal vez el reglamento deba recoger que la gomilla de la cabellera debe hacer juego con el color del cordón del silbato, la extensión máxima de la melena o cuántos días puede estar el agente sin afeitarse (¿No quería Zoido limitar el tiempo máximo de aparcamiento a cinco días?). Uno, ingenuo, piensa siempre que un agente de la autoridad debe ser ejemplar en todo, desde en el trato que dispensa al ciudadano (como reivindicó José Barranca, valiente Defensor de la Ciudadanía) hasta en su indumentaria, pero esto debe ser un pensamiento políticamente incorrecto, propio de mentes retrógradas, involucionistas y con olor a naftalina. Seguro que es eso.

-Es usted un tiquismiquis que no se aguanta a sí mismo.

Si el Rey se toma la licencia de despojarse del cetro y la corona, corre el riesgo de que algún cortesano se tome la libertad de decirle que está desnudo. Es como el obispo auxiliar que anda semiescondido porque tras alguna homilía moralizante ha habido quien se ha colado en la sacristía para recordarle su condición de condenado por la Audiencia Nacional, que no es precisamente el juzgado de instrucción de Coria. O como el Ayuntamiento que no cumple con las ITE de sus propios edificios, pero le clava el rejón de una multa de 4.500 euros al particular o entidad que no cumpla con la ordenanza. Morro, se llama.
Si no hay cetro ni corona, al Rey pueden llegar hasta a ofrecerle un abanico para taparse sus vergüenzas. Abanico de Locomía. Yo me veo venir de lejos a este policía de madrugada por la calle Mateos Gago y me echo la mano a la cartera y salgo corriendo por Rodrigo Caro aprovechando que a esa hora no es que no haya gente, es que no hay veladores y se puede correr la mar de bien.

Los motores del poder

Carlos Navarro Antolín | 9 de enero de 2014 a las 5:00

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El éxito de un acto en Sevilla se mide por el número de gente que se queda fuera y por el número de coches oficiales aparcados en la puerta. Estas dos varas de medir nunca fallan. Si el Pregón de Semana Santa fuera en la Catedral en lugar del teatro se acababa el morbo del Pregón. Por eso el cofraderío de baranda y palco prefiere seguir yendo al teatro la mañana de tostada y del posterior tostonazo. El morbo siempre se escribe en latín: numerus clausus. Alguien tiene que arañarse para que otros puedan presumir. Cuanta más gente culebree en busca de una invitación, mayor cuota de éxito. El éxito del bar de José Yebra, entre otras causas, era que sólo tenía 24 vasos duralex, lo que obligaba al personal a esperar en segunda y tercera fila. Incluso a marcharse y vuelva usted más tarde. No hay nada menos morboso que la democratización de una convocatoria. Para triunfar hay que amputar. Y un acto que se precie tiene que tener mucho coche oficial reluciente en la puerta y mucho tío con pinganillo.
El desayuno informativo de Susana Díaz convocado ayer en la Fundación Cajasol fue un éxito rotundo. Pero no porque le haya tendido la mano a Zoido para futuros acuerdos de concertación social, que eso a Zoido (el pato cojo de la presidencia del PP andaluz, dicho en clave norteamericana) debe sonarle ya a lo que dijimos que hacía la monja cuando le restaba poco tiempo de convento. El éxito estaba simbolizado en los veinticuatro coches oficiales aparcados en la mismísima Plaza de San Francisco con sus correspondientes cuadrillas de conductores y tíos del pinganillo. Aparcados con una naturalidad pasmosa, con la misma naturalidad que el tío que todos sabemos coloca cuantos veladores considera oportuno cuando lo estima oportuno. Ya lo dijo el tango: con veladores o sin veladores, hago siempre lo que quiero y mi palabra es la ley. Ya se sabe que la Plaza de San Francisco, a la vera de la fachada plateresca del Ayuntamiento, es una zona de aparcamiento que los sevillanos usan a diario por las que hilan.
La verdad es que tal como está el PSOE en la actualidad, sin rascar poder territorial en España, no hay ningún otro de sus dirigentes que pueda presumir de tener a la puerta veinticuatro coches oficiales de consejeros y alcaldes de la provincia. Ni el mismo Rubalcaba, que cada día tiene más cara de portar un farol de mano en la Mortaja, ni por supuesto el único socialista que más allá de Andalucía preside un consejo de gobierno regional, que es el compañero asturiano conocido en su casa a esa hora tan popular del mediodía. Veinticuatro coches oficiales como veinticuatro caballeros que, según se dice, entraron en Sevilla acompañando a San Fernando en el culmen de la Reconquista. Y aparcados todos en la zona noble de la ciudad, en plena Plaza de San Francisco, donde no aparcan coches desde los tiempos de postales del colorín sesentero en que los alcaldes se elegían en el Aeroclub. Y como la derecha sigue llorando su particular cuaresma, recordada como el Waterloo de Arenas, el gobierno de Zoido mandó a los policías locales a multar a ese parque móvil oficial, donde fundamentalmente, por cierto, había marcas de alta gama como Audis y Mercedes. Pero ningún cuatro latas, porque el Papa Francisco no estaba, pese a que este Papa seguro que hubiera desayunado encantado con la presidenta que se pasa siete horas (sin Mario) de tertulia con monseñor Asenjo.
–¿Y no había ningún Clio?
–Clio es la musa de la Historia. Y la historia nunca se repite, siempre es la misma… En Andalucía.
Algunos conductores se marcharon buscando posada donde aparcar junto al Hotel Colón. Otros se quedaron en el sitio, aguantando la mirada del morlaco de la multa segura. La Junta debe al Ayuntamiento de Sevilla 14.000 euros por infracciones de tráfico, una minucia si se compara con los mastodónticos presupuestos de la Administración Autonómica, una vergüenza si se tienen en cuenta cuántas sanciones de tráfico hay que tener impagadas para deber 14.000 euros del ala. Lo importante es que el baranderío socialista llegó, desayunó, cumplió con La que Manda y se marchó en sus coches. Los hubo que se quedaron fuera. Y ninguno de los asistentes aprovechó el tranvía de Monteseirín. Ni la bicicleta de Torrijos. De los camellos de Zoido pegando mordiscos en la Alameda a los coches oficiales del susanismo imperante. Se trata de enseñar músculo. Y echarle jorobas.
Los Municipales multan a los coches oficiales mal aparcados en la Plaza San Francisco

¿Cuánto multan los policías locales a los ciclistas?

Carlos Navarro Antolín | 2 de septiembre de 2013 a las 13:20

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Las estadísticas pueden tener el efecto de un espejo y reproducir fielmente cuanto ocurre o, por el contrario, romper la percepción que se tiene de eso que ahora se llama con una palabra tan manida como es el entorno. Que hay muchos ciclistas que no cumplen con las más elementales normas que recoge la denominada Ordenanza de Circulación de Peatones y Ciclistas, aprobada en septiembre de 2010, es una percepción generalizada. Sevilla es una ciudad que en muy poco tiempo ha pasado de no tener espacios específicos para el uso de este medio de transporte a disfrutar de una red de casi 150 kilómetros, pero resulta obvio que aún no hay instaurada una cultura de la convivencia entre los viandantes y los ciclistas en las zonas peatonales en las que o bien el caminante tiene la preferencia de uso, o bien el ciclista debe ir provisionalmente a pie hasta llegar a los tramos autorizados. Un análisis optimista reduciría la instauración de esa cultura a una mera cuestión de tiempo. Un augurio más tremendista haría depender la convivencia pacífica entre los dos colectivos de una acción más represiva de la Policía Local. Justo es reconocer que de vez en cuando sí se ve a los agentes obligando a los ciclistas a bajarse de sus vehículos, como se aprecia en las dos recientes imágenes que ilustran estas líneas, pero no con la frecuencia que sería deseable. No se puede tener un policía detrás de cada ciclista, ni detrás de cada peatón que invade el carril especial, como no puede haber un barrendero de Lipasam detrás de cada guarro que tira un desecho a la vía pública. Es más, hay situaciones en la que los policías hacen gala de esa amabilidad que tanto echaba en falta el Defensor de la Ciudadanía en su informe anual y no sólo no multan, sino que con toda educación piden a los ciclistas que se apeen y les informan del carril bici más próximo. Se ve que las denuncias de José Barranca tienen su efecto. ¿Pero qué dicen las estadísticas? En lo que va de 2013 se han dictado 39 sanciones a ciclistas y una al usuario de un triciclo. De esas 39 sanciones, 11 fueron por distracciones, dos por estacionamientos indebidos y 26 por diversas infracciones cometidas durante la marcha. En 2012 las sanciones fueron 62 a ciclistas y tres a triciclos. Y en 2011, 60 multas a ciclistas y una a un triciclo. Juzguen ustedes. Casi 700.000 habitantes, casi 150 kilómetros de red de carril bici. Y una media de 65 multas al año. O no hay tales problemas de convivencia. O hay pocas multas. O lo que conviene es el triciclo.
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Pleno tabernario con olor a podrido

Carlos Navarro Antolín | 3 de julio de 2012 a las 19:31

Pleno del Ayuntamiento de Sevilla. Se debaten modificaciones presupuestarias por varios millones de euros. La concejal de Hacienda, Asunción Fley, dice que el Ayuntamiento es como una familia a la que le ha tocado la “lotería” porque dispone de ingresos extras al acogerse al pago fraccionado de las devoluciones de las participación de la ciudad en los ingresos del Estado. Torrijos se ceba con el ejemplo de la lotería, como era fácilmente previsible: “Si a una familia le toca la lotería no hace un cartel de fiestas, sino que ayuda a sus familiares y jerarquiza esos recursos”.

El portavoz del PSOE, Juan Espadas, dice en un momento de la sesión que “España ha ganado la Eurocopa pero Sevilla ha perdido la cabeza”, en alusión a la estatua decapitada de la Puerta de Jerez y la política fiscal del gobierno de Zoido. Una concejal de la oposición socialista, Encarnación Martínez, utiliza por dos veces una suerte del ¡aaaaaaaaaaaaaaaai! de Los del Río en su canción de la Macarena para hacer ver al portavoz del PP, Juan Bueno, que lo habría pillado con el carrito de los helados a cuenta de una moción sobre un terreno de titularidad municipal que el Ayuntamiento exige a la Junta. La concejal de Cultura, María del Mar Sánchez Estrella, responde a una moción del PSOE para proteger determinados cines de la ciudad con una directa más propia de una discusión futbolera sobre el fuera de juego: “¿Qué estáis hablando?” En el andén hay literalmente un tufo a marisco pasado de fecha. Trabajadores de Mercasevilla han vertido chirlas en mal estado para denunciar que el Ayuntamiento está podrido. Los agentes de la Policía Local no vigilan que los ciclistas cumplan la normativa en las calles peatonales, habrá que esperar a que un menor sea arrollado, pero a la misma hora del Pleno tabernario se hartan de retirar motos de la calle Rioja por primera vez en muchos años. Claro que las infracciones de los cliclistas no reportan dinero a la caja. Y un depósito de vehículos son cien euros mínimo por cada recogida. A Don Demetrio Cabello, delegado a dedo de Movilidad y Seguridad, hay que aplicarle la receta de la concejal Martínez: “¡Aaaaaaaaaaaaaaaai, te pillé!”.

Tetuán pide a gritos muchos veladores

Carlos Navarro Antolín | 23 de mayo de 2012 a las 18:04

La peatonalización está muy bien. Lo asumimos como un dogma exento de IBI. Las plazas y determinadas calles adquieren ese ambiente de pueblo que tan agradable resulta. El callejero peatonalizado acerca la ciudad al concepto de pueblo y la aleja del concepto de capital incómoda, sucia y ruidosa. La peatonalización hace más habitable un espacio. Pero con ella llega también una suerte de colesterol en forma de veladores que dificulta la circulación. Y muchas bicicletas con sus conductotes desahogados a los que importa poco el horario restringido de 10 a 22 horas, cuya señal al comienzo de Tetuán es un monumento a la risa. ¿Cónoce usted un agente de la Policía Local que haya mandado bajarse a un ciclista en una zona peatonal? Antes iba usted por la acera y sólo tenía que preocuparse de eso: de no bajarse de la acera y de alegrarse si encima le había tocado el premio gordo de una acera ancha. Ahora hay que tener muchas más cautelas, sobre todo en las esquinas. Puede aparecer una bicicleta en cualquier momento, como cuando uno va al volante y se topa con un ensayo de costaleros en cuaresma o si le cae delante ese pasopalio amarillo que es el camión de Lipasam, con sus paradas y sus lentas chicotás debidamente aromatizadas. Hay calles donde la marea peatonalizadora tiene otros efectos, únicos, no apreciados en otras y que pueden ser verdaderamente incómodos. En Tetuán florecen los pedigüeños de firmas. Va usted camino de la Plaza Nueva y tiene que ir desarrollando esa virtud de decir que no (utilísima virtud, por ejemplo, para no participar en mesas redondas sobre los medios de comunicación y las cofradías), poner una sonrisa al mismo tiempo para no quedar como un grosero ni incomodar a la persona que trata de hacer su honrado trabajo, o hacer como el que habla por el teléfono móvil con cuidado de activar antes el silenciador para no sufrir un repentino pitido en la oreja. Estos peticionarios de firmas o de tiempo, que es mucho peor, se cruzan desde lejos como un banderillero yendo al encuentro. Hay varios modelos de abordar al peatón. La interrogativa directa: “¿Conoce usted Acnur?” La que promete brevedad con el tuteo por delante y cierto tono melódico: “¿Tienes un minutito para la Cruz Roja?” La que insiste recortando la oferta: “¿Y medio minutito? Es para la Cruz Roja, hombre”. Y el que se pone justo delante, a portagayola, forzando al regate para salir del cuerpo a cuerpo: “Le cuento en 30 segundos en que consiste la labor de Greenpeace”. A Tetuán sólo le faltan unos buenos tramos de veladores por las dos aceras para ser verdaderamente auténtica. Todo llegará.

Ay, de aquellos años en que los coches lo invadían todo y sólo se pedían firmas contra las bases militares y el imperialismo yanki. O aquella petición simplona del firme usted contra la droga, a la que seguía siempre, siempre, una eterna pregunta interior sin respuesta: ¿Dónde se firma contra la caló? Porque Zoido aún no ha prometido quitar la caló. ¿O sí?