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Política de avión, política ‘low cost’

Carlos Navarro Antolín | 25 de junio de 2018 a las 23:55

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Los aviones y los perros dan caché. Los gurús que asesoran a los políticos en la era del pensamiento ligero los tienen como símbolos de altura y de fidelidad, respectivamente. Los aviones y los perros (guau) son marcas blancas a las que los políticos quieren vincularse. Aviones y perros se suman estos días a una lista donde hace tiempo que están los mercados y los niños, que representan el pueblo y la inocencia, también respectivamente. Antes no viajaba cualquiera en avión, pero desde que existen las líneas de bajo coste se trata de un medio de transporte socializado, que diría Juan Espadas. El avión se ha democratizado todo lo que no lo ha hecho el coche oficial. A un avión sube ya cualquiera, la clave no está en subir, sino en cómo se aparece subido. Cuando el alcalde Zoido regresó de San Petesburgo, ciudad a la que viajó para defender la Torre Sevilla ante la Unesco, su gabinete montó un tinglado en el aeropuerto de San Pablo para hacer de la necesidad virtud y vender su gestión para salvar el rascacielos, pese a que había prometido tirar la torre cuando era líder de la oposición. Se tragó el sapo y se lo anotó como un éxito en la barra con la tiza del ustedes me la deben. A los periodistas se les invitó a fotografiar la llegada de Zoido a Sevilla. Se retransmitió la bajada del alcalde del avión. La clave no era el sapo, la clave era el avión. Ese día nació el Air Force ‘Juan’.

Pedro Sánchez se fotografía en sus primeros días en la Moncloa con su mascota, en chándal haciendo deporte por los jardines y, por supuesto, en el avión. En la aeronave, por cierto, aparece luciendo una de esas gafas de encendedor de paso de palio que venden los negros en la playa.

Siendo ya ministro del Interior, Zoido exhibió en las redes sociales un viaje a Sevilla para entregar unas condecoraciones a su gente. La de medallas que Zoido le ha dado a  los suyos en año y medio de ministro… Para que luego digan que el PP tiene complejos. Hasta el último día ha estado intentado colocar medallas. En aquel viaje, cómo no, se hizo fotografiar en el Falcon reservado a los ministros. Está visto que el avión luce mucho a derecha y a izquierda. Ni una foto en el despacho, todos trabajando en el avión. Ahora se entiende cómo ha acabado Rajoy. Nos hemos hartado de verlo en chándal con ese andar acelerado cardiosaludable que dejaba ver una piel blanca de primer día de playa y un rostro fatigado de señor oficinista que se pone a hacer deporte el primer día de sus 30 días de vacaciones.

En la jornada de reflexión de las municipales de 2015, Zoido se hizo fotografiar en las barquitas de la Plaza de España. Y la embarcación acabó varada en la ingrata playa de la oposición. Un naufragio del que todavía hay quienes se están quitando las algas. Pero Zoido no lo ha hecho hasta ahora con un perro. Si Cospedal gana las primarias y se alza con la secretaría general, quizás lo acabemos viendo con el can en algún despacho de Madrid. O con las gafas de sol. Pero seguro que para las lentes y las monturas tiene mejor gusto que Sánchez y usa unas gafas mejores. De más altos vuelos. Aquí da igual que se tengan solamente 84 diputados. Lo importante es la foto, el tuit, el impacto. No hacer pensar mucho al personal. De la camisa blanca a las gafas de encendedor. Las gafas son para despistar. Como el avión de Zoido cuando la torre. ¿La torre? Visiten el restaurante de la planta 34. A Monteseirín le gusta mucho. Y Ciudadanos dice ahora que es el último alcalde que ha tenido modelo de ciudad.

Sin barbacoa en la Torre Sur

Carlos Navarro Antolín | 22 de junio de 2018 a las 21:11

Gomez de Celis nuevo Delegado del Gobierno Antonio Pizarro/ Diario de

LA memoria es el camino más corto para la guasa. En política la memoria cotiza a la baja. La gente de la política no conoce término medio: o tiene rencor, que es la memoria con notas al margen, o no se acuerda de nada. A conveniencia. La memoria es como la pariente que estorba, una aguafiestas que se presenta en el lugar menos indicado y en el momento más inoportuno. Veinte años no es nada, pero en la montaña rusa de la política es una eternidad de curvas, ascensos y descensos pronunciados. El eficaz Alfonso Rodríguez Gómez de Celis tomó posesión ayer como nuevo delegado del Gobierno en Andalucía. Buena es la viena de la delegación a falta de la torta del Ministerio. Aceptamos el despacho de la Torre Sur como premio por ser el andaluz que más ha dado la cara por Pedro Sánchez, con permiso del eterno Toscano. Desde la puerta de acceso se notaba que la ceremonia de verdad no era la de toma de posesión de Celis, sino la de los chicos de Celis (Los conocidos como los Celis´boys). Por la Torre Sur pululaban Rafael Pineda, flamante jefe de gabinete del nuevo delegado, el astuto David Hijón (“Consultora Dialoga, dígame”) y la siempre leal Encarnación Martínez. Era verlos y recordar a aquellos jóvenes que preparaban las barbacoas en la casa de Encarni en el Aljarafe, esas fiestas a las que acudía una tal Susana Díaz a la que Alfonso acabó metiendo en el partido. España ya había mejorado por aquel entonces, oiga. De la foto de la tortilla de González, Yáñez y un tal Valle entre pinares, a la presa ibérica en su punto de Alfonso, Encarni y Susana en la ya entonces emergente comarca metropolitana. Veinte años no son nada. Celis toma posesión como delegado del Gobierno dos décadas después de romper sus relaciones con Susana Díaz. Fue en 1999 cuando el todopoderoso Pepe Caballos metió a Susana Díaz en la lista municipal con preferencia sobre Celis (“Alfonsito”, lo llamaba), que era a quien correspondía haber ido en puesto de salida. Caballos rompió el orden natural y enfrentó a los hijos. Ya no hubo más barbacoas, ni Ferias brindadas en las casetas de distrito. Veinte años después de aquello, la Torre Sur unió a todos los protagonistas. Celis, Susana Díaz… Y hasta el mismísimo Pepe Caballos sentado, por cierto, en la misma fila que el arzobispo. Faltaba el órgano entonando el Perdón, oh Dios mío, pero no es cuaresma, sino verano. El PSOE recuperó la Alcaldía en el 99 con Monteseirín apoyado por los andalucistas. Alfredo, presente en la primera fila del acto, será el delegado del Estado para la Zona Franca veinte años después. Son los mismos caballitos del tío vivo, pero sin barbacoa… Y con arzobispo presente.

Celis, el cirineo andaluz se queda fuera del Gobierno

Carlos Navarro Antolín | 5 de junio de 2018 a las 16:56

PEDRO SÁNCHEZ VISITA LA FERIA DE ABRIL DE SEVILLA
Una de las escasas referencias andaluzas del sanchismo en tiempos de guerra interna en el PSOE se ha quedado fuera del Gobierno. Alfonso Rodríguez Gómez de Celis (Sevilla, 1970) era a priori la apuesta más firme de los socialistas sevillanos para estar en el consejo de ministros. Celis se la ha jugado estos últimos años por Pedro Sánchez pese a estar en un territorio tan adverso como Andalucía, fortín controlado por Susana Díaz. El ex concejal del Ayuntamiento de Sevilla siempre ha mostrado una inercia natural contra los aparatos del partido, contra el poder establecido, una tendencia reiterada a la rebeldía de muros hacia adentro, pero, al mismo tiempo, se ha cuidado a la hora de no señalar en exceso sus ambiciones políticas. Pudo ser candidato a la Alcaldía, pero no terminó de dar el paso al frente. Pudo ser ministro, pero se ha quedado fuera, al menos de esta primera hornada. Siempre quedan los premios de aproximación, dicho sea en terminología del Organismo Nacional de Loterías y Apuestas del Estado, como son las delegaciones del Gobierno. El paso al frente que Celis dio por Pedro Sánchez en la Andalucía donde reina Susana fue en su día un gesto valiente, reconocido como insólito por ese círculo de íntimos que tiene a este Alfonso encumbrado como un gran estratega político. Celis se ha pasado buena parte de su vida pública midiendo, calculando, tasando riesgos y, eso sí, posicionándose al mismo tiempo en contra del que mandaba en el partido. Ha sido un protestón, pero con cabeza. Por eso llamó la atención su firme apoyo a un candidato sin trayectoria política, una adhesión que se plasmó con nitidez y descaro en la Feria de Sevilla de 2016. Alfonso fue el único socialista sevillano que acudió a recoger al secretario general cuando el coche de Sánchez aparcó junto a la portada. Ningún cargo institucional, ni ningún cargo orgánico del PSOE, fueron a darle la bienvenida a Pedro Sánchez en su entrada (discreta) en aquella Feria. Sólo estuvo aquel militante que se pasó años siendo Alfonsito (Pepe Caballos dixit) y que ahora es Celis, el sevillano militante de la agrupación Nervión-San Pablo que se ha quedado fuera del consejo de ministros que preside un Sánchez que llegó un día a la Feria sin plan y se encontró con todo un cirineo. Celis metió a Susana en el PSOE cuando eran jovenzuelos de la misma pandilla. Y Celis dio la cara por Pedro cuando casi nadie la daba en Andalucía. Y los que la daban en España cabían en un cabify.
ALFONSO RODRIGUEZ GOMEZ DE CELIS

La caída de Rajoy beneficia al PP de Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 3 de junio de 2018 a las 5:00

PREMIO CLAVERO AREVALO A SOLEDAD BECERRIL

EN el aparato del PP de Sevilla se esfuerzan estos días en poner rostro de recibir el pésame. Ay, qué malita cara parece que tienen las criaturas. Asisten al funeral de la pérdida del Gobierno de España, pero en el fondo respiran con cierto alivio. El núcleo duro se concentró el viernes en el despacho de la presidenta provincial, Virginia Pérez, para asistir en directo al adiós de Rajoy. Sí, claro que hubo comentarios sobre la “injusticia” de la situación y se oyeron lamentos varios, pero, en el fondo, el enemigo interno (Cospedal y Zoido con sus cuadrillas de leales) ha quedado como los vampiros tras ingerir verbena: muy debilitado. Es cierto que la mayoría de la gente, los votantes que hacen la ciudad día a día, difícilmente entenderán que en el PP sevillano haya quienes celebran en privado que Zoido ya no sea ministro del Interior, o que Cospedal tenga que dejar el Ministerio de Defensa y recluirse en una secretaría general en la que a ver cómo se entiende ahora con Martínez Maíllo. Zoido y Cospedal asistirán a la confección de las listas electorales sin plaza ya en la bancada azul. Y eso libera de presión a los manijeros, a la camarlenga y a todos los que se la jugaron en el polémico congreso provincial a cara de perro. Guau.

La pérdida de la Moncloa beneficia al aparato del partido en Sevilla, aunque nadie vaya a reconocer esta ventaja repentina que se ha obtenido por la mudanza sorpresiva que a estas horas se ultima en Madrid. Todo ha ocurrido tan pronto que no ha habido ni un instante para digerir la situación.

Estos tiempos de amargura en Madrid despejan el horizonte de la estructura provincial del PP y, nunca se olvide, puede ser rentabilizada por la oposición municipal que lidera Beltrán Pérez. El entendimiento del PSOE de Pedro Sánchez con los separatistas catalanes, el nacionalismo vasco y la extrema izquierda con casoplón en Galapagar, le pueden servir al portavoz del PP para armar un discurso contra la imagen moderada del alcalde Juan Espadas. El alcalde, ya se sabe, encaja mejor en la socialdemocracia de Felipe y Guerra, que en el actual partido del puño y la rosa, ávido poder y que vende su alma al diablo (¡Sí se puede!) con tal de alcanzar la Moncloa.

El PP sevillano se ha conjurado para cerrar las puertas a los que retornan en el AVE para quedarse en Sevilla. La memoria es prima hermana de la política cuando se trata de servir platos fríos. Toda mudanza es una fuente generadora de estrés en el ser humano, tan animal de costumbre, tan miedoso al cambio que, nunca se olvide, puede resistir cuarenta años con los mismos gobiernos. Fíjense, por ejemplo, qué poco amigos de las mudanzas son los andaluces. De Franco al PSOE. Hasta tal punto que el apellido del dictador le suena a muchos jóvenes a calle por la que pasan cofradías.

El PPde Sevilla sufre la cuaresma en el altar, pero sonríe en la sacristía. Queda un año para las elecciones municipales, un tiempo de regeneración si en Madrid se hacen medianamente bien las cosas, o un período para mandar el partido definitivamente al pudridero si se hacen mal. Si el recambio de Rajoy es Alberto Núñez Feijoó, el PP sevillano está la mar de bien colocado. Basta recordar que el presidente gallego compartió velada con la delegación sevillana en la última gran convención, la celebrada en la capital de Andalucía con Cristina Cifuentes todavía de protagonista. Aquel día Feijoó fue agasajado por los chicos de Arenas. Y la apuesta de Virginia Pérez, presidenta provincial, no ofreció dudas. La camarlenga se levantó de la cena formal con Rajoy, abandonó el reservado de Robles antes de los postres y se fue al bar El Copo para estar con Feijoó, con el que se había citado antes de saber que debía acudir a sentarse a mesa y mantel con el presidente del Gobierno. Hay que reconocer que casi nadie sería capaz de dejar a un jefe del Ejecutivo y del partido en plena cena para irse con un presidente autonómico con vitola de delfín. Pero lo hizo.

La mudanza en la Moncloa, qué curiosidad, coincide con la del PP de Sevilla. De la calle Rioja a Luis Montoto. En un radio muy reducido coincidirán las sedes del PP, PSOE y Ciudadanos. Una de las últimas vivencias en la sede pepera de la calle Rioja ha sido, precisamente, el seguimiento melancólico del adiós de Rajoy.

El ejército de Zoido está desarmado y Espadas tendrá que aguantar en los Plenos las acusaciones sobre el entendimiento de su partido con Podemos y los esbirros de Puigdemont. Y quién sabe si como alcalde tendrá que verse con ministros o delegados del Gobierno nada amigos de La Que Manda en el PSOE andaluz. Hay que destacar que Espadas ha sabido valerse de los votos de Participa Sevilla e Izquierda Unida y gobernar después alejado de sus formas. Ya quisiera el presidente Sánchez pode seguir esa senda.

El PP de Sevilla también sonríe en privado porque Ciudadanos tendrá que justificar su apoyo al PSOE de Espadas en esta nueva coyuntura. E incluso en un futuro, la formación naranja lo tendrá más complicado si el alcalde no lanza un mensaje claro ante decisiones del presidente Sánchez que comprometan la cohesión territorial de España. Ciudadanos ha sido hasta ahora inflexible en su discurso sobre la unidad de la nación. Y Sánchez ya se ha mostrado dispuesto a sentarse con el nuevo presidente catalán, ese tipo del lazo amarillo y las continuas alusiones a los “presos políticos”. Peligro.

Todos estos factores entrarán en juego en clave local. Mientras, el PP necesita regenerarse. La pérdida de la Moncloa favorece a Beltrán Pérez porque debilita a sus enemigos internos y hasta puede ser un tiempo para la recuperación de unas siglas castigadas por la corrupción. Pero cuanto más tarde esa regeneración, más complicado lo tendrá.

El papel de Arenas también será importante. Si el de Olvera se sitúa bien en el previsiblemente nuevo organigrama del PP en España, los populares sevillanos seguirán teniendo alguien en Madrid al que se le ponen al teléfono todos los dirigentes del partido. Arenas acudió ayer al comité de campaña, una asistencia más que simbólica en tiempos delicados por mucho que llegara a última hora. Si los gatos tienen siete vidas, los linces como Arenas pueden aspirar a la vida eterna. Los cambios en el PP habrán de ser en la estructura nacional. La andaluza, de momento, no experimentará ninguno al ser los comicios autonómicos los primeros en el calendario. Un debate distinto será el de los muy previsibles movimientos internos en la sede regional si Moreno Bonilla sufre un resultado estrepitoso.

Arenas ayudará a Rajoy a diseñar la sucesión, como lo ayudó decisivamente en el congreso de Valencia de 2007. Y desde su puesto de vicesecretario general intentará conservar la influencia en Sevilla a la espera de las autonómicas y municipales. Mientras tanto seguirá yendo de Madrid a Sevilla y de Sevilla a Madrid, porque la política es un tren AVE de ida y vuelta en el que unas veces se viaja en turista y otras en preferente, pero que siempre, siempre, está en movimiento. En los funerales es menester no sonreír. Y después beber vino.

Turismo cutre: el precio de la socialización

Carlos Navarro Antolín | 6 de mayo de 2018 a las 5:00

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No por alinear más delanteros se meten más goles, ni por abrir más hoteles de cinco estrellas se capta necesariamente un turismo de mayor calidad. El turismo es un fenómeno de masas, como lo son hace tiempo las bodas, las primeras comuniones, las franquicias, la propia Universidad, el postre de tarta de zanahoria, los veladores y tantas otras entidades, acontecimientos y viandas. Hay tantos ejemplos tan distintos como capas de toros de Prieto de la Cal. La cultura de masas lo marca todo en unos tiempos malos, malísimos, para las minorías. Nuestro alcalde, Juan Espadas, prefiere decir que el turismo se ha “socializado” antes que admitir directamente que se ha masificado. Dice que se ha socializado la Feria como dice que se ha socializado la Madrugada. Todo tiende a socializarse, tiene razón nuestro alcalde, ¡faltaría más!, pero eso no quiere decir que nos traguemos los efectos de esa masificación que el alcalde ha rebautizado para pegarle un regate a la realidad con la finta del lenguaje políticamente correcto.

Las colas para entrar en el Real Alcázar alcanzaron esta semana la Plaza de la Alianza, como las de la Casa de Pilatos llegaron hasta casi el final de Caballerizas, con los turistas pegados a la pared (“los blancos muros rozando”) cada vez que un coche pasaba por la estrechez del viario. Esto se nos está yendo de las manos, o se nos está socializando, o como quieran llamarlo. Por supuesto que hay un turismo cutre al alza, alentado por la superación de la crisis y que ancla sus bases en la concepción de un centro histórico diseñado por Monteseirín (1999-2011) para comodidad de los turistas e incomodidad de los sevillanos, y que posteriormente Zoido (2011-2015) pobló de veladores cual Carlos III con las nuevas poblaciones de Sierra Morena.

Vivir hoy en el centro es una aventura. Sevilla se parece a Venecia sin góndolas. Pasear por el centro a determinados horas es un suplicio. Entre la nefasta planificación político-urbanística y la entrega simbólica de las llaves de la ciudad a las cadenas hoteleras, hemos terminado por generar un hábitat (va por usted, Antonio Muñoz) donde sólo sobreviven los que mejor se adaptan a la ausencia de sombra, las aceras convertidas en carriles bici, terrazas de veladores o superficies para manteros. El centro es una gran franquicia que se presenta a los turistas con pretensiones de autenticidad. Como los turistas son cada vez menos exigentes, tragan con lo que se les eche. Uno de los efectos de cualquier proceso de masificación es la pérdida del criterio. No se viaja, se consumen viajes. No se viven las cosas, se tienen experiencias.

El nivel en general ha pegado tal bajonazo que al perro flaco de la ciudad todo son pulgas de despedidas de solteros y huéspedes de educación ‘low cost’ en apartamentos convertidos en zahúrdas. La culpa, ay alcalde, no es del todo suya, claro que no. La realidad de hoy responde a decisiones tomadas muchos años atrás. La propia Soledad Becerril, siendo alcaldesa, advirtió de la gran cantidad de bares que concentraba la Sevilla posterior a la Exposición Universal. La cultura de masas ha acabado afectando a la hostelería como lo ha hecho con las promociones urbanísticas, la Universidad o la propia Semana Santa. Cuando entra la masa conviene santiguarse. Tenemos los problemas de Madrid y Barcelona, pero sin red de Metro, sin un anillo ferroviario de cercanías rentable, sin un tren entre el aeropuerto y la estación de San Justa… Como los conductores malos, hemos hecho nuestros los vicios rápidamente, pero ninguna de las virtudes. Nos parecemos tanto a la capital en lo malo que en Sevilla vamos a acabar teniendo hasta un PP a la madrileña. Con todos sus callos. Tenemos los turistas de pantalón corto por legiones, las franquicias del café con los guiris con los pies por alto, los taxistas de la parada del aeropuerto con el parche de piratas y sólo nos queda que pillen a alguien del PP hurtando dos porciones de… tarta de zanahoria. Todo cutre como el turismo, todo cutre como el tiempo de masas que nos ha tocado vivir.

 

 

Dos cabalgan juntos

Carlos Navarro Antolín | 18 de febrero de 2018 a las 5:00

El alcalde de Sevilla, Juan Espadas, y el portavoz del grupo municipal del PP, Beltrán Pérez, firman el acuerdo de Presupuestos para 2018

DE ser acusado de chulo en el Pleno a ser el político fundamental para dar estabilidad al Ayuntamiento. De tenido por chantajista a ser un líder de la oposición con altura de miras. El alcalde ha modificado sustancialmente su percepción del edil Beltrán Pérez en menos de dos meses. El 27 de diciembre se celebró un Pleno en la Casa Grande para aprobar las ordenanzas fiscales con los precios y tasas públicos para 2018. Eran las vísperas de los Santos Inocentes y, por cierto, del cumpleaños de Javier Arenas. El alcalde estalló aquella mañana. Estaba molesto por el estilo que emplea la oposición desde que Pérez asume la tarea de Pepito Grillo: “¡Con la chulería no se va a ninguna parte!”, le advirtió Espadas, quien reprochó al político del PP que le recordara que los presupuestos estaban a la vuelta de la esquina y que necesitaría para sacar adelante las cuentas de los doce votos, o de las doce abstenciones, de los chicos de la gaviota. Beltrán se erigió en todo un oráculo. Acertó. El alcalde se defendió y metió los dedos en el Grupo Popular al recordar las convulsiones internas del partido y sus efectos en el Ayuntamiento: “Lleváis tres años atascados”. El ambiente se vició.

Mes y medio después ha sido Beltrán Pérez, el acusado de chulería y de chantajista, quien ha salvado el presupuesto. No porque a Pérez le haya entrado un repentino ataque de piedad para con el alcalde en minoría, ni un sentimiento de arrepentimiento y reflexión propio del arranque de la cuaresma. Espadas necesita a Pérez, y Pérez necesita de Espadas. Dos cabalgan juntos. Los movimientos en política, desde tiempos de los clásicos, son una suma de conveniencias. Las conveniencias son intereses a corto plazo. Y la política de hoy es tan cortoplacista como esclava del márketing. El presupuesto aprobado permite a Espadas ejercer sus políticas de gobierno. O, al menos, determinadas políticas, porque después ya sabemos cómo son los paupérrimos grados de ejecución de los presupuestos. Espadas se libra de la dependencia del apoyo de la izquierda radical, la misma que en su día lo aupó a la Alcaldía. A este alcalde que encarna el socialismo moderado empiezan a escocerle más de la cuenta los revoltosos chicos de IU y Participa Sevilla. Él es hombre de costumbres sanas, de saber vivir un domingo familiar (costumbrista) en compañía de Rafa Serna, el letrista que públicamente ha proclamado: “Soy del PP, pero votaré a Juan Espadas”. Cuando los concejales de Participa Sevilla anunciaron su rechazo a los presupuestos, el alcalde llamó al correoso Beltrán Pérez para sacar adelante las cuentas. “Beltri, te necesito”. Tardaron cinco minutos en entenderse. Espadas hizo de la necesidad virtud. Y Pérez, acusado de haber estado ejerciendo una política de cara a la galería con su presupuesto alternativo, vio la oportunidad impagable de erigirse en el salvador de las cuentas, de orillar a Ciudadanos como único partido conservador capaz de contribuir a la gobernabilidad, de desprenderse del barniz de niño terrible y de aparecer como político con alturas de miras, todo lo cual escenificado en una firma solemne en la planta alta del Ayuntamiento que ni la del acto de adhesión de España a la Unión Europea.

Espadas demuestra una gran cintura política. Es capaz de entenderse con todos. Y Beltrán Pérez se cobra su apoyo a corto y medio plazo. El PP no ha cambiado un dígito de las cuentas de 2018, que son exactamente las pactadas por el PSOE y Ciudadanos. Beltrán Pérez ha seguido la táctica de despreciar la vía técnica de la presentación de enmiendas. Toda su apuesta ha sido política. El PP pone sus miras en 2019 al obligar al alcalde a asumir un cuadro fiscal que regirá en el año electoral, para el que ya no necesitará del apoyo de Ciudadanos y con el que tendrá que gobernar el futuro alcalde. Y el PP también, he aquí el rédito político que tendrá efectos a la mayor brevedad, se garantiza en breve un Pleno extraordinario en el que se aprobará la exigencia de fondos autonómicos de hasta 14 millones de euros al año para Sevilla (la denominada Patrica, femenino del fijador de pelo) y la red de Metro, en ambos casos tal como las plantean los populares, dos mociones que escocerán a la presidenta Susana Díaz. Además, el abatido líder regional del PP, Juan Manuel Moreno Bonilla (“Llamadme Juanma”) encontrará en la política municipal un poco de ayuda exterior para argumentar sus rifirrafes con el ejecutivo autonómico.

Cuando la presidenta Carmen Castreño abrió el Pleno de presupuestos a los periodistas e invitados el pasado miércoles (“¡Audiencia pública!), Espadas se afanó en estar saludando a los concejales de Ciudadanos en ese momento. Sabe que son los más perjudicados de su pacto con Beltrán Pérez. Espadas los quiso mimar con ese gesto público por lo que pueda ocurrir. El alcalde guarda la ropa por si el peligroso Beltrán le hace una ahogadilla durante el baño. En ese instante de puertas recién abiertas en el Salón Colón, Beltrán apareció rodeado de todos los concejales del PP. Sentado estaba Alberto Díaz, ex portavoz del Grupo Popular, que en 2017 ya tuvo la idea de apoyar de alguna manera los presupuestos de Espadas para ganar peso político.

Queda probada que la unión de los dos grandes partidos tiene una fuerza arrasadora. El presupuesto de 2018 es el que se ha aprobado antes de los tres de Juan Espadas. Con Monteseirín llegamos a ver presupuestos aprobados en junio. El PP está henchido de gloria porque ha logrado evidenciar, al menos por ahora, que Ciudadanos es irrelevante en el ruedo municipal. La verdadera influencia en la elaboración de un presupuesto no se tasa en millones, sino en clave política. La política de hoy es imagen. En la firma del acuerdo enre Espadas y Pérez estaban de nuevo las cámaras de las emisoras de televisión. Y después corrió la cerveza para algunos en los bares de los alrededores, oro líquido que baña los grandes momentos de la ciudad, espuma efímera, glorias pasajeras. Nada en política perdura. Ninguna cerveza se mantiene siempre fría.

Así cayó la cruz de los caídos de Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 4 de febrero de 2018 a las 5:00

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De la Sevilla de 1984 a la Callosa de Segura de 2018. Parece que hemos ido a peor, que hemos involucionado a la hora de abordar un período de la historia de España, que la tan bienintencionada como mal enfocada Ley de la Memoria Histórica ha tenido unos efectos perversos. En la Sevilla de 1984 no existía Lipasam, la empresa municipal de limpieza. La sociedad municipal no se fundó hasta marzo de 1986 en una escritura pública autorizada por el notario Ángel Olavarría.

Los hechos que conectan la Sevilla de entonces con la Callosa de Segura de hoy, localidad que es noticia en toda España, ocurrieron en la típica noche fría de un primero de diciembre. El año expiraba en una ciudad gobernada por Manuel del Valle, alcalde con mayoría absoluta, la única que hasta ahora ha disfrutado el PSOE. Atrás había quedado una Semana Santa marcada por la presencia de la Familia Real al completo desde la tarde del Jueves Santo y por la conocida como guerra de los chaqués. Los ediles socialistas se negaban a lucir los tiros largos en la presidencia de la ciudad de la Plaza de San Francisco al paso de las cofradías, una etiqueta que los concejales conservadores sí querían mantener. Esa primavera se había estrenado el ciclo Cita en Sevilla, que trajo a la ciudad a cantantes y grupos de primera fila nacional e internacional de rock, pop, flamenco y jazz. Fue un éxito que duró hasta 1991. Se podría decir que Sevilla dejaba paulatinamente el blanco y negro para aproximarse a su versión en color.

La ciudad aún contaba aquel 1984 con un símbolo claro del franquismo: el Monumento a los Caídos, ubicado junto a la Puerta del León de los Reales Alcázares. Se trataba de una cruz de hierro y de un monolito con la leyenda en recuerdo a José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange Española. No estaba en una fachada de la Catedral ni en la de ningún otro templo, como en la inmensa mayoría de las ciudades españolas, porque el cardenal Segura, como es conocido, se negó a permitirlo con rotundidad ante los gerifaltes del régimen.

El alcalde Manuel del Valle no quería ni oír hablar de la retirada del monumento. Nunca quiso firmar orden alguna, pese a los requerimientos insistentes que le hacían algunos colaboradores y funcionarios. El alcalde se mostraba siempre esquivo, lo cual tampoco extrañaba mucho a sus más allegados, conocedores de la escasa disposición de aquel político de ruan por meterse en problemas, asumir riesgos o emprender cualquier tipo de proyecto aventurado. Manuel del Valle era y sigue siendo un sevillano de un perfil discreto, extremadamente discreto.

Francisco Mir, funcionario municipal asignado en aquel momento al Real Alcázar, ya era un socialista de largo recorrido. Procedía de los despachos de la Junta de Andalucía, donde había ejercido de director general de Relaciones Políticas con los presidentes Plácido Fernández Viagas y José Rodríguez de la Borbolla. Mir apeló directamente a Manuel del Valle a finales de noviembre: “Dame un papel firmado, Manolo, dámelo y quitamos la cruz de los caídos”. Silencio del alcalde. “Dame un sí, al menos que yo oiga un sí”. Nuevamente silencio. Ni siquiera el concejal Curro Rodríguez apoyó la iniciativa. Nadie quería saber de aquello. Manuel del Valle calló… y otorgó. Rafael Manzano, arquitecto conservador del Alcázar, nada radical, de estilo señorial y de talante liberal como corresponde a un gaditano, siempre se mostró partidario de la retirada del monumento por una causa meramente estética. Paco Mir, que trabajaba día a día con Manzano, contó para la operación con la ayuda de su hermano Alfonso, que ya formaba parte del Servicio de Limpieza y que hoy es un histórico de Lipasam, empresa que años después llegó a dirigir como concejal. Ni Manzano ni los Mir eran radicales, ni podrían encuadrarse hoy en Podemos, ni nada por el estilo. Manzano es un profesional de enorme prestigio. Los Mir son veteranos socialistas que en su día se llevaron estupendamente con el cardenal Bueno Monreal, forman parte del ala más moderada del PSOE y, sirva como detalle, disfrutan de la Semana Santa con familiares muy directos vinculados a Pasión. Pero uno por estética y los otros por considerar desfasado el significado del monumento, decidieron acabar con la cruz de los caídos. Lo hicieron con nocturnidad y montando un operativo que duró más de lo previsto. En ningún momento hizo falta presencia policial, aunque hubo instantes en los que se corrió cierto riesgo…

Un camión del entonces Servicio de Limpieza del Ayuntamiento taponó la calle San Gregorio para impedir la subida de vehículos procedentes de la Puerta de Jerez. Se pretendía una maniobra rápida y sin testigos. Otro camión se colocó al inicio de la subida de la calle Santo Tomás con el objetivo de que ningún conductor alcanzara la Plaza de Triunfo desde la Avenida. Los cortes de circulación se hicieron así. Con habilidad y rapidez. Sin agentes.

Alfonso fue el que organizó los camiones para taponar el tráfico rodado. Y también fue el que llevó hasta el lugar un vehículo dotado de pala con un conductor especializado que sería el encargado de derribar el monumento a las dos de la madrugada de aquel primer día de diciembre. Hicieron falta muchas maniobras de enorme complejidad. La cruz tardó en caer. Se inclinaba hacia la muralla del Alcázar en lugar de hacerlo hacia el camión de transporte. Cuando la cruz se desplomó por fin sobre el camión provocó un gran estruendo. El impacto del hierro de la cruz con la chapa metálica del vehículo fue terrible. Despertó de forma abrupta a los vecinos de las casas próximas. En ese momento se encendieron las luces de los salones y desde aquellos balcones se oyeron todo tipo de lindezas contra los promotores del derribo: “¿Qué hacéis, canallas? ¡Rojos! ¡Sinvergüenzas!”

La localidad alicantina de Callosa de Segura lleva una semana en los telediarios nacionales por la resistencia de muchos de sus vecinos al derribo de la cruz de los caídos, una operación que en este caso se ha efectuado con la presencia de un fuerte dispositivo policial. El Tribunal Superior de Justicia de Valencia ha atendido el requerimiento de la denominada Plataforma Ciudadana en Defensa de la Cruz y ha paralizado la operación, pero lo ha hecho cuando el derribo ya se ha producido. El desmontaje de la cruz se hizo de noche, con una grúa y un camión, como se efectuó en Sevilla 34 años antes. Paradójicamente, el ambiente de crispación ha marcado la maniobra de supresión de la cruz en una localidad valenciana de menos de 20.000 habitantes a los 43 años de la muerte de Franco, mientras que en una gran ciudad como Sevilla se hizo sin apenas resistencia cuando no hacía ni una década de la muerte del general. En Sevilla no hubo más allá de unas flores y unas banderas falangistas en señal de desagravio, colocadas a la mañana siguiente del derribo por nostálgicos del régimen en el mismo lugar donde había estado el monumento. La prensa apenas dedicó una imagen del lugar vacío con un pie de foto con las explicaciones de Manuel del Valle. “Se trata de un símbolo que, en vez de unir, divide a los ciudadanos. No es acorde a los actuales tiempos democráticos. Y la ubicación no es la adecuada”. Durante muchos años, los asistentes a la misa por Franco y José Antonio que se oficiaba cada 20 de noviembre en la Catedral siguieron acudiendo posteriormente hasta ese lugar, junto a la Puerta del León, para entonar el Cara el Sol brazo en alto. Hace 34 años que no hay cruz de los caídos en Sevilla. El himno de la Falange en su versión discotequera ha ocupado varias semanas el primer puesto de reproducciones de Spotify en los Estados Unidos. Esta versión no incluye la letra, pero sí varios “¡Arriba España!” para embravecer al personal y los correspondientes efectos especiales en las salas de baile. Ahora se dice Alcázar y no Alcázares. Todo cambia, menos el león, que ruge en su azulejo. Y se echan de menos en la vida pública aquellos “rojos” moderados que se entendían con Bueno Monreal, el Tarancón sevillano. Por cierto, el Arzobispado no dijo nada de la retirada del monumento. Silencio eclesiástico, como el silencio del alcalde de ruan en los días previos.

Los elegidos en la mesa de Rajoy

Carlos Navarro Antolín | 24 de enero de 2018 a las 5:00

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LA gran clave de la visita de Rajoy a Sevilla del pasado sábado no estaba en lo que dijera de la candidatura a la Alcaldía. De eso no iba a decir ni pío, porque el presidente no se iba a pegar el tiro en el pie de levantar suspicacias en las otras capitales donde los chicos de la Gaviota están revueltos con el mismo proceso. Su sola presencia era el mayor respaldo que podía ofrecer, por el momento, al concejal Beltrán Pérez. No es poco. Se trata más bien de un privilegio en los tiempos que corren. Y de una señal de que en Génova dan por cerrada la crisis del partido en Sevilla, máxime si se tiene en cuenta que desde ayer se tiene confirmado que la convención nacional del PP también será aquí, en Sevilla, nada menos que en el prime time de abril. La gran clave –decíamos al principio– era saber a quiénes se llevaba el presidente a almorzar tras el acto del sábado, quién era la guardia pretoriana con la que compartiría la ensaladilla y la presa ibérica con patatas fritas. El lugar fue el Mesón de Juan, en la calle José Luis de Casso, en Nervión. Allí llegó con los ministros Zoido y Báñez, el delegado del Gobierno, Antonio Sanz; el factótum Javier Arenas, el coordinador nacional Fernando Martínez Maíllo, el presidente del PP andaluz, Juan Manuel Moreno Bonilla (“Llamadme Juanma”) con la secretaria general de la formación, Loles López; y la presidenta provincial, Virginia Pérez, con el líder de la oposición en el Ayuntamiento, Beltrán Pérez. Sí, el comentario de la tarde era que el candidato in pectore se sentó en el restaurante con los altos jefazos. Un concejal de la oposición tenía su plaza asignada dentro de esa liturgia del poder que nunca se publica. Rajoy se hizo fotos con los camareros y los cocineros, incluso junto al lavaplatos. La sabatina del PP fue feliz. O, mejor dicho, guardó la apariencia de la felicidad, que en política es lo que importa. En política, ya se sabe, la apariencia es la realidad. Y las ausencias son reveladoras. A la convención de los distritos no acudió José Luis Sanz, senador, alcalde de Tomares y uno de los escasos políticos del PP de Sevilla que reúne las características que se precisan para ser aspirante a la Alcaldía. El partido explicó en voz baja que Sanz estaba cumpliendo sus obligaciones como alcalde en los actos de la festividad del patrón de los tomareños, San Sebastián.

Sanz, por cierto, es hombre muy próximo a Zoido. El ministro sevillano quiere desentenderse de cualquier polémica orgánica y de cualquier proceso de selección del candidato. En su día apoyó a Juan Bueno, cabeza de lista del bando perdedor en el congreso provincial, pero ahora considera que ya tiene bastante con el Ministerio del Interior (nevadas incluidas) como para perder (y perderse) en rifirrafes de ámbito local, sobre todo cuando en Génova han decretado la paz oficial en la plaza sevillana. Hace bien Zoido en centrarse en Madrid. Es lo más inteligente. Beltrán Pérez, por si acaso, estuvo especialmente espléndido el sábado con la figura del ministro: “¡Mi amigo, mi referente, mi alcalde!”. Hacemos como con las natillas, repetimos: la apariencia en política es la realidad. Y otra realidad fue que Báñez es especialmente querida en el PP sevillano, donde no pocos la ven como una opción de futuro para Andalucía. La ministra de Huelva, como la llaman sus leales colaboradores, tiene grandes amigos en la capital de Andalucía, por lo que a nadie le extrañó su presencia en la convención de los distritos sevillanos. Báñez, feliz en Madrid, se deja querer en Andalucía. Lo mismo se sube al helicóptero para supervisar las maniobras de estabilización del peligroso fuego de Doñana, que se monta en el AVE para contribuir con su presencia a sofocar los rescoldos del incendio del PP sevillano.

Los socialistas, por ejemplo, no guardaron ayer esa apariencia de felicidad en Sevilla con tanto esmero como los de la gaviota unos días antes. El PP y el PSOE eligieron el mismo sitio para sus primerísimos espadas (Juan). Pero al llegar el mediodía, Susana Díaz y Pedro Sánchez no compartieron mesa. No pasaron de un encuentro de veinte minutos en una estancia de la tercera planta del Hotel NH Collection. Susana tuvo que esperar cerca de diez minutos la llegada de un Pedro Sánchez que está más templado, más serio, como el alumno zascandil que tras haber sido mandado a un internado por una temporada (aquellos meses de gestora en Ferraz) regresa a casa más comedido. Sánchez se limitó a picar algo a mediodía en el hotel, con la compañía de su cuadrilla, antes de seguir con la agenda sevillana que le preparó Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, su tentáculo andaluz. Poco más. Susana no se llevó de bares a su secretario general, como los peperos locales hacen con sus grandes líderes nacionales cuando vienen por Sevilla. ¡Si tampoco lo recibió en la portada de la Feria cuando Pedro llegó en el coche oficial! Aquel día de 2016 tuvo que ir Celis, solitario, a recogerle a la esquina de Muebles Matamoros para llevarle hasta la caseta de la SER, donde sí estaba la presidenta. Y después siguió su periplo por las casetas sin ella, tal como hizo ayer el resto de la jornada. Lo de Susana Díaz y Pedro Sánchez tiene menos arreglo que la Madrugada. Siempre las avalanchas van y vienen…

El breve encuentro de ayer entre ambos dirigentes socialistas en la fría tercera planta del Collection fue seguido desde los altos despachos de Madrid, de donde llegaban opiniones contundentes: “¿Veinte minutos? Poco tenían que hablar a pesar de lo mucho que tendrían que hacerlo”. A Sánchez se acercaron en el desayuno organizado por el Foro Joly todos los socialistas andaluces que algún día se consideraron orillados por Susana Díaz. ¡Qué saludo más afectuoso le dio Rosamar Prieto-Castro al secretario general! Monteseirín y Marchena (M&M) lo cumplimentaron también con afecto. Las malas lenguas cuentan que el catedrático Marchena no es afiliado del PSOE de Triana porque ya se encargó Díaz de que el expediente se quedara en el cajón. Marchena no tiene carné en ningún sentido. Ni del PSOE ni de conducir.

Susana Díaz tenía consejo de gobierno. Era martes (no santo). Se fue a San Telmo en cuanto terminó el desayuno. Unos alegan San Sebastián. Otros San Telmo. El santoral es rico. Pedro Sánchez anunció la presentación de unos presupuestos alternativos para el Estado. Como ha hecho Beltrán Pérez para el Ayuntamiento.

 

Elogio de las ratas

Carlos Navarro Antolín | 14 de enero de 2018 a las 5:00

RATAS EN LAS FAROLAS, LA PESTE

POR fin explotamos el producto propio, el que mejor nos identifica como ciudad en este largo período de depresión posterior a la Expo. Por fin alguien tiene la valentía de colocar el símbolo que con más acierto refleja la decadencia de la ciudad, la degradación de la vida urbana, el pesimismo con el que se imprime la heráldica del tiempo que nos ha tocado vivir. Hartos de vender Sevilla como lo que no es, hastiados de interpretaciones forzadas, de postizos, aderezos e imposturas, y de ser el reclamo para las despedidas de solteros, ya era hora de que alguien vendiera Sevilla tal como es realmente. Por fin tenemos la ruta de las ratas, con su mapa, sus rincones con encanto y con unas esculturas doradas que simulan eso: ratas de verdad, ratas trepadoras. Sobre escaparates, sobre farolas, subiendo por las paredes. Tenemos ruta del raterío con marchamo oficial, con el aval del Ayuntamiento, con los permisos de Urbanismo. Ratas doradas repartidas por los puntos donde se desarrolla la serie La Peste. La rata en Sevilla es la mar de importante. Qué acierto su vaciado en material áureo. No hay mejor metal precioso para este roedor tan sevillano. Las ratas son al siglo XVI lo que los ratas al XXI. Sevilla es una ciudad de ratas, de superpoblación de ratas. Decían los romanos que los cerdos se paseaban ya cocidos. Aquí los ratas se pasean impunemente cada día. Tenemos ratas de cuatro patas que asustan a los turistas de los cruceros, hábilmente explotadas por los socialistas cuando estaban en la oposición y así le creaban un problema al delegado de Turismo, Gregorio Serrano, que hoy hasta estará echando de menos aquellas ratas en comparación con la nevada que se lo puede llevar por delante como a las tropas de Napoleón. Tenemos ratas, también de cuatro patas, por el Paseo Juan Carlos I que parecen empadronadas, con sus papeles en regla y a las que les faltan dar los buenos días a los caminantes de la ruta del colesterol. O del “coleteró”, como dice un conocido empresario de la ciudad cuando acude al médico del seguro. Tenemos ratas en algunos colegios, también de cuatro patas, en la Andalucía imparable del bilingüismo, de las altas tecnologías y del todos y todas, que no falte el ellos y ellas, los niños y las niñas, los andaluces y las andaluzas. Pues eso, como no vamos nosotros a ser menos, marchando media ración de ideología de género camuflada como loable igualdad: las ratas del XVI y los ratas del XXI.

Hay ratas que pasean las agendas por la calle Tetuán, que se pasan la vida en las conspiraciones orgánicas de los partidos sin hacer nada sustancial por la sociedad, ratas que vivaquean por la Plaza Nueva, pululan por los actos sociales a partir de las 20:30 o por los finales de los cultos de la cuaresma que dura todo el año. Los ratas suelen preferir la mañana, cuando están abiertos los despachos del poder, o salir ya a la caída del sol, cuando se citan en los salones de actos donde los supuestos poderosos bajan la guardia y se muestran accesibles. La ruta de las ratas debería colocar roedores dorados por el Ayuntamiento, la Diputación, el salón de actos de la Cruzcampo, Cajasol o esas entidades financieras que aún reparten el canapé, la cerveza gratis, el libro de regalo, el pañuelo para la señora y los pasadores para el señor. Si usted no tiene un puesto que pueda ofrecer semejantes dádivas con cargo al presupuesto ajeno, es que no es un rata que se precie.

Hay ratas y ratas. No todos los ratas son iguales. Hay ratas de altura y de bajura, como la pesca. El rata, modalidad más aviesa y con menos gracia que el tradicional gorrón, puede presentarse en su vertiente de rey mago, aristócrata, usuario de chaqué alquilado en José Gestoso, invitado de boda de postín que busca el regalo más barato en la lista de El Corte Inglés (taburete de 45 euros), trincón de comida en el Ministerio del Interior, etcétera. Estos ratas traen la peste del siglo XXI aunque se revistan de gracejo, aunque escalen socialmente el tiempo (breve) que consiguen tener engañados a tanto ingenuo como anda suelto por Sevilla. Sevilla es una ciudad de enteraos donde los ingenuos son nuestra particular mayoría silenciosa.

El raterío de la ciudad merece algo más que el reconocimiento social, merece protección oficial. E incluso merece ser considerado con cierta caridad. Porque al fin y al cabo son ratas, aunque sean revestidas de oro. Un día se acaba el brazo de farola y la rata se despeña, o se colapsa la red del alcantarillado social y el rata se precipita al vacío. Después pasan los años y alguien hasta hace una película.

MillánYBeltrán

 

Las derechas buscan sus dominios propios

La política es un teatro. Todos actúan. Esta semana se han repartido estopa los representantes de las derechas en el Ayuntamiento, que dicho así suena a cartel electoral de la Segunda República: “Sevillanos, si queréis cofradías, ¡votad a las derechas!”. En Ciudadanos han visto cómo el líder del PP, Beltrán Pérez, ha apretado el acelerador para ganar el perfil institucional que tanto necesita. Está dispuesto a apoyar a Juan Espadas para sacar adelante los presupuestos. La formación naranja se ha soliviantado ante la posibilidad de perder la exclusividad a la derecha del alcalde socialista. Cuestión de dominios, cuestión de espacios, cuestión de ocupación de nichos. A río revuelto en la derecha, ganancia del pescador Espadas. Está claro que el alcalde es el que sale ganando en todos los casos. Lo dijo el visionario Moreno Bonilla: “Espadas es triangular”. Ciudadanos se ha visto sorprendido. Y eso es una victoria parcial de un PP que teme verse superado por la marea naranja que viene de Cataluña. El gesto de Pérez en la fotografía es nítido. El vodevil continúa. El presupuesto es el pretexto. La conquista del poder es el único objetivo.

 

Beltrán clava la sombrilla

Carlos Navarro Antolín | 3 de diciembre de 2017 a las 5:00

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EL portavoz del PP se reivindica. Beltrán Pérez está descaradamente en campaña. No se corta. Esta semana se ha retratado con un par de ministros en Sevilla (el de Justicia y la de Empleo), ha hecho de vocero oficial de Fomento al anunciar inversiones para la conexión ferroviaria entre Santa Justa y el aeropuerto, ha amagado con llevar a Juan Espadas a los tribunales si no entrega un informe sobre el arbolado (la judicialización de la vida política evoca los años más tronantes de Zoido en su etapa municipal) y ha logrado sacar adelante una moción para que los autobuses urbanos tengan wifi gratuito. Ha estado hábil para echar en el tapete un naipe contra el que no hay baraja que compita. El uso de las tecnologías entra en ese ramillete de temas sin aristas que el código políticamente correcto aprueba con notoria facilidad. Da igual que el wifi nos vuelva tontos en un autobús, nos prive de la conversación, de la lectura o de la contemplación del paisaje urbano. Nadie osará decir que el uso abusivo del teléfono móvil fomenta la cultura de la distracción. Contra el wifi no se puede ir en la sociedad actual. Y este Pérez, que tiene carnet de becerrista, le ha sacado una tanda de pases aseados al torito de su moción. Por unanimidad. Todo, absolutamente todo, está encaminado a clavar bien fuerte la sombrilla de su candidatura en la playa de un PP donde Arenas empuja a favor del objetivo, pero donde el ministro Zoido sigue mirando a Sevilla por el retrovisor del coche oficial del parque móvil de Interior. ¿Para qué si no se mete Zoido a valorar el acuerdo entre los hermanos mayores de la Madrugada? ¿A cuenta de qué desciende el ministro a un asunto local? Para hacerse presente en la vida de la ciudad por enésima vez. Huelva tiene su ministra, nuestra dilecta Fátima Báñez, que es llamada así por sus colaboradores en las redes sociales: “La ministra de Huelva”. Pero Zoido, en cambio, no se atreve a decir que es el ministro de Sevilla, aunque es palmario que no quiere olvidarse de Sevilla como destino político por mucho que comente en privado que su vida municipal está finita. Por eso Beltrán Pérez juega con toda la habilidad de la que es capaz desde su puesto de jefe de la oposición, con una evidente obsesión por fijar su posición como candidato. En las filas socialistas vaticinan de forma interesada que el correoso concejal del PP no será el candidato, que el centro-derecha sevillano apostará al final por un independiente si es preciso, por alguien que tenga más edad y una posición más consolidada en la sociedad civil. Claro que también propagaban en 2011 que el PP nunca sacaría mayoría absoluta en Sevilla y terminó obteniendo 20 concejales.

Por si acaso, Beltrán Pérez se codea con el rector, el arzobispo, las cofradías y toda la ristra de ministros sonrientes a los que es capaz de tener acceso con la ayuda de su padrino político, al mismo tiempo que presume sin complejos de su afición taurina o se retrata en círculos sociales de la ciudad de contrastada frivolidad. Combina la moqueta y los saraos. Ocupa todos los nichos que puede con prisas, con la premura propia del velocista que sabe que tiene pocos metros por delante y varios rivales (fuertes) en la carrera. Nunca olviden al senador José Luis Sanz, ex presidente provincial y alcalde de Tomares. Beltrán Pérez sabe que los tiempos tienen luces y sombras. Cuanto más tarde el PP en designar candidato, más se abrirá el debate sobre la idoneidad del hoy portavoz municipal y emergerán las dudas, pero también tendrá más días para elevar su grado de conocimiento en esas encuestas que el partido usará para imponerle la beca de alcaldable, o para mandarle a la papelera de reciclaje. Su gran ventaja es que está dentro del edificio, se encuentra ya en el interior del castillo que pretende controlar: el Ayuntamiento. Ha rebajado la tensión con la presidenta provincial tras haber tomado decisiones peliagudas que no fueron respaldadas por la jefa. A Virginia Pérez le dedicó públicamente su conferencia en el club Antares, una suerte de bálsamo en una ceremonia oficiosa de proclamación de candidatura con testigos de excepción: Javier Arenas (¡cómo no!) y el delegado del Gobierno en Andalucía, Antonio Sanz.

Beltrán Pérez hinca el palo de la sombrilla con toda la intensidad que puede, cava el hoyo para asegurarse la mayor profundidad, y se afana en la tarea con la ilusión de un dominguero que calcula los movimientos de la marea para garantizarse la misma ubicación durante toda la jornada. Pero que, en el fondo, sabe que la política genera olas impredecibles capaces de arrasar los castillos de la ilusión por muchas conchas y caracolas que hayan sido colocados como fortaleza, doblar los más fuertes palos de sombrillas y dejarte con el cubo y el rastrillo en las manos para lo que resta de domingo. La sombrilla clavada genera el derecho de conquista para este político que primero tiene que sortear los monstruos internos (el PP tiene una colección digna de la cafetería de la Guerra de las Galaxias) si quiere enfrentarse al segundo gran enemigo: un alcalde sin aristas al que su partido no le discute la ubicación de su sombrilla, porque la playa socialista, al menos la sevillana, está en calma y con la bandera verde al viento. Si Moreno Bonilla, líder regional del PP, pasa a la historia por algo en Sevilla será por su precisa definición de Juan Espadas: un político triangular. Conecta con todos los estamentos de la ciudad. Espadas goza del frescor efímero de una sombrilla bien clavada, pero sufrirá cada día más una doble oposición: la que ejerce Beltrán Pérez, con una experiencia de catorce años en el Ayuntamiento, y la del ministro de Interior, que prefiere el cortinaje, el ascua de luz de las arañas y los lienzos nobles del Salón Colón, antes que la contemplación del retrato del desgraciado Eduardo Dato que preside la sala de reuniones de su palacete del Paseo de la Castellana. Hay palacios que aburren. Cualquier sombrilla genera más sombra que un arbolito de la Avenida.