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Sevillanos con Feijoó

Carlos Navarro Antolín | 10 de junio de 2018 a las 5:00

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LA noche del 7 de abril, sábado de convención del PPnacional en Sevilla, los telediarios se habían centrado en el morbo de la presencia de Cristina Cifuentes en la primera fila del salón del hotel Renacimiento de la Isla de la Cartuja. Nadie presagiaba que la madrileña tenía los días contados. Ella… y Rajoy. El presidente decidió cenar aquel día arropado por las principales figuras. Lógico. Se convocó a un selecto grupo en la primera planta del restaurante Robles, el de toda la vida de Placentines. Se habilitó el reservado Carmen, ubicado al fondo del salón principal, a la izquierda según se sale de la escalera. La verdad es que eran demasiados los citados para el espacio elegido, pero no se supo el número exacto de comensales hasta el último minuto. Alguien iba ampliando la lista a cada momento. Arenas siempre cuida a los suyos, máxime en momentos delicados, y los hace partícipes de las glorias si está en su mano poder hacerlo. La cifra fue paulatinamente subiendo a lo largo de la tarde. La alineación final fue Rajoy, Cospedal, Zoido, el propio Arenas, Moreno Bonilla, Virginia Pérez, Beltrán Pérez… Casi todos con sus respectivos acompañantes. Arenas colocó en la cena a sus dos protegidos en Sevilla: Beltrán y Virginia. Ocurrió que los chicos de Sevilla habían organizado una cuchipanda en el Arenal a la que se había invitado reiteradamente al presidente Alberto Núñez Feijoó, ya considerado el delfín oficial en el tardo-rajoismo. Pero también sucedió que los Pérez no supieron hasta última hora que estaban convocados a la cena con el presidente. Conclusión: o dejaban plantado al presidente del Gobierno, o dejaban plantado a Feijoó después de lo que le habían insistido para que honrara la velada hispalense. Cuando los camareros de Robles retiraron el plato principal (¡Qué amable siempre el de la Sierra Norte!), la presidenta Virginia Pérez hizo lo que casi nadie se hubiera atrevido a hacer en España: anunciarle al que era el presidente del Ejecutivo y del partido que, sintiéndolo mucho, debía levantarse de la mesa y abandonar tan agradable y privilegiado encuentro. “Presidente, yo voy a ser políticamente incorrecta porque estoy sufriendo mucho”. Y Rajoy –largo como el C-2 los días de Feria– le aplaudió el mero anuncio de la incorrección política, así como lamentó que estuviera padeciendo una suerte de Stabat Mater dolorosa… La presidenta provincial le explicó que tenía a Feijoó con cincuenta militantes de Sevilla esperándola en un restaurante . Esa base social –que dirían algunos– es la que llevó a Pérez a la presidencia del partido en el congreso en que se enfrentó a las fuerzas oficialistas apoyadas por el ministro Zoido. Aquel momento tuvo que ser parecido a lo del canónigo que le cantaba al prelado las verdades del barquero. Un día se le acercó el sacristán con ganas de agradar: “Don José, es usted el único que le dice la verdad al obispo”. Y el cura zanjó la conversación para frenar de cuajo el peloteo: “No, lo que soy es el único canónigo que queda por oposición. Todos son digitales. Digitales viene de dedo, y el dedo es el del obispo, ¿me ha entendido?”.

Se fueron los Pérez sin elegir postre. Se marcharon con el otro gallego. Se perdieron las copas de balón. DonMariano pidió un poquito de Cardhu “con un trozo de hielo”. Javié, el mismo destilado escocés, pero sin hielo. Todos pudieron sentarse con más holgura al quedar cuatro plazas libres. Acabada la cena, el presidente del Gobierno acudió a despedirse de la familia Robles para agradecer las atenciones. Les pidió que no le trataran de don ante numerosos testigos expectantes por la presencia de escoltas y toda esa farfolla que acompaña al poder. A Rajoy le dieron ánimos para su tarea. ¡Menudo presagio! Y él respondió: “¡Estamos luchando contra los malos! Chichichí. ¡Muchas gracias por todo!”.

A esa hora, el aparato provincial del PP de Sevilla alzaba una copa de tinto en honor del delfín Feijoó, una cita donde la mayoría de los presentes eran y son destacados arenistas que exhibieron innumerables fotos con el líder gallego. Ya se sabe que cuando dos o más del PP de Sevilla se reúnen, Arenas siempre está presente por medio de alguno de sus vicarios. O vicarias. Nada de lo que allí ocurría era ajeno para Javié, que se había quedado con Rajoy hasta el final.

La noche del 7 de abril quedó claro que el aparato provincial no está con Cospedal como futura presidenta del partido. No está con la preferida de Zoido. La mayoría de los compromisarios votarán a Feijoó si se presenta contra otro candidato. El presidente gallego, por cierto, está entusiasmado con la película del congreso provincial que enfrentó a dos candidaturas como nunca había ocurrido en la historia del partido en Sevilla.

La moción de censura ha reforzado el significado de cuanto ocurrió aquella noche: el movimiento de gallego a gallego. De Rajoy a Feijoó. Un movimiento escenificado en la mudanza de Robles a El Copo. Del reservado, donde se hizo cierto silencio al marcharse los Pérez, al salón donde se jaleaba al líder autonómico que cuenta con mayoría absoluta en su tierra y que tiene a raya a Ciudadanos. ¿Quién puede presumir hoy de estas dos vitolas en el PP?

La única incógnita por despejar es la situación particular de Arenas en el nuevo orden que resulte del congreso nacional. Cómo quedará el eterno embajador del PP andaluz y sevillano en Madrid. Algunos en la sede regional pretenden privarle de esa condición, hartos de su sombra alargada, de su capacidad para el regate, de su habilidad para poner el intermitente a la izquierda y girar a la derecha. Arenas, en realidad, puede apoyar a cualquier sucesor de Mariano Rajoy –se lleva bien con la inmensa mayoría– siempre que vea asegurada su continuidad y, por supuesto, siempre que no sea Cospedal. Su preferencia es Feijoó, pero podría entenderse, por ejemplo, con Soraya Sáenz de Santamaría, aunque ya se sabe que la ex vicepresidenta carece de peso orgánico. Aunque haya aprobado una oposición. Como el canónigo.

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La caída de Rajoy beneficia al PP de Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 3 de junio de 2018 a las 5:00

PREMIO CLAVERO AREVALO A SOLEDAD BECERRIL

EN el aparato del PP de Sevilla se esfuerzan estos días en poner rostro de recibir el pésame. Ay, qué malita cara parece que tienen las criaturas. Asisten al funeral de la pérdida del Gobierno de España, pero en el fondo respiran con cierto alivio. El núcleo duro se concentró el viernes en el despacho de la presidenta provincial, Virginia Pérez, para asistir en directo al adiós de Rajoy. Sí, claro que hubo comentarios sobre la “injusticia” de la situación y se oyeron lamentos varios, pero, en el fondo, el enemigo interno (Cospedal y Zoido con sus cuadrillas de leales) ha quedado como los vampiros tras ingerir verbena: muy debilitado. Es cierto que la mayoría de la gente, los votantes que hacen la ciudad día a día, difícilmente entenderán que en el PP sevillano haya quienes celebran en privado que Zoido ya no sea ministro del Interior, o que Cospedal tenga que dejar el Ministerio de Defensa y recluirse en una secretaría general en la que a ver cómo se entiende ahora con Martínez Maíllo. Zoido y Cospedal asistirán a la confección de las listas electorales sin plaza ya en la bancada azul. Y eso libera de presión a los manijeros, a la camarlenga y a todos los que se la jugaron en el polémico congreso provincial a cara de perro. Guau.

La pérdida de la Moncloa beneficia al aparato del partido en Sevilla, aunque nadie vaya a reconocer esta ventaja repentina que se ha obtenido por la mudanza sorpresiva que a estas horas se ultima en Madrid. Todo ha ocurrido tan pronto que no ha habido ni un instante para digerir la situación.

Estos tiempos de amargura en Madrid despejan el horizonte de la estructura provincial del PP y, nunca se olvide, puede ser rentabilizada por la oposición municipal que lidera Beltrán Pérez. El entendimiento del PSOE de Pedro Sánchez con los separatistas catalanes, el nacionalismo vasco y la extrema izquierda con casoplón en Galapagar, le pueden servir al portavoz del PP para armar un discurso contra la imagen moderada del alcalde Juan Espadas. El alcalde, ya se sabe, encaja mejor en la socialdemocracia de Felipe y Guerra, que en el actual partido del puño y la rosa, ávido poder y que vende su alma al diablo (¡Sí se puede!) con tal de alcanzar la Moncloa.

El PP sevillano se ha conjurado para cerrar las puertas a los que retornan en el AVE para quedarse en Sevilla. La memoria es prima hermana de la política cuando se trata de servir platos fríos. Toda mudanza es una fuente generadora de estrés en el ser humano, tan animal de costumbre, tan miedoso al cambio que, nunca se olvide, puede resistir cuarenta años con los mismos gobiernos. Fíjense, por ejemplo, qué poco amigos de las mudanzas son los andaluces. De Franco al PSOE. Hasta tal punto que el apellido del dictador le suena a muchos jóvenes a calle por la que pasan cofradías.

El PPde Sevilla sufre la cuaresma en el altar, pero sonríe en la sacristía. Queda un año para las elecciones municipales, un tiempo de regeneración si en Madrid se hacen medianamente bien las cosas, o un período para mandar el partido definitivamente al pudridero si se hacen mal. Si el recambio de Rajoy es Alberto Núñez Feijoó, el PP sevillano está la mar de bien colocado. Basta recordar que el presidente gallego compartió velada con la delegación sevillana en la última gran convención, la celebrada en la capital de Andalucía con Cristina Cifuentes todavía de protagonista. Aquel día Feijoó fue agasajado por los chicos de Arenas. Y la apuesta de Virginia Pérez, presidenta provincial, no ofreció dudas. La camarlenga se levantó de la cena formal con Rajoy, abandonó el reservado de Robles antes de los postres y se fue al bar El Copo para estar con Feijoó, con el que se había citado antes de saber que debía acudir a sentarse a mesa y mantel con el presidente del Gobierno. Hay que reconocer que casi nadie sería capaz de dejar a un jefe del Ejecutivo y del partido en plena cena para irse con un presidente autonómico con vitola de delfín. Pero lo hizo.

La mudanza en la Moncloa, qué curiosidad, coincide con la del PP de Sevilla. De la calle Rioja a Luis Montoto. En un radio muy reducido coincidirán las sedes del PP, PSOE y Ciudadanos. Una de las últimas vivencias en la sede pepera de la calle Rioja ha sido, precisamente, el seguimiento melancólico del adiós de Rajoy.

El ejército de Zoido está desarmado y Espadas tendrá que aguantar en los Plenos las acusaciones sobre el entendimiento de su partido con Podemos y los esbirros de Puigdemont. Y quién sabe si como alcalde tendrá que verse con ministros o delegados del Gobierno nada amigos de La Que Manda en el PSOE andaluz. Hay que destacar que Espadas ha sabido valerse de los votos de Participa Sevilla e Izquierda Unida y gobernar después alejado de sus formas. Ya quisiera el presidente Sánchez pode seguir esa senda.

El PP de Sevilla también sonríe en privado porque Ciudadanos tendrá que justificar su apoyo al PSOE de Espadas en esta nueva coyuntura. E incluso en un futuro, la formación naranja lo tendrá más complicado si el alcalde no lanza un mensaje claro ante decisiones del presidente Sánchez que comprometan la cohesión territorial de España. Ciudadanos ha sido hasta ahora inflexible en su discurso sobre la unidad de la nación. Y Sánchez ya se ha mostrado dispuesto a sentarse con el nuevo presidente catalán, ese tipo del lazo amarillo y las continuas alusiones a los “presos políticos”. Peligro.

Todos estos factores entrarán en juego en clave local. Mientras, el PP necesita regenerarse. La pérdida de la Moncloa favorece a Beltrán Pérez porque debilita a sus enemigos internos y hasta puede ser un tiempo para la recuperación de unas siglas castigadas por la corrupción. Pero cuanto más tarde esa regeneración, más complicado lo tendrá.

El papel de Arenas también será importante. Si el de Olvera se sitúa bien en el previsiblemente nuevo organigrama del PP en España, los populares sevillanos seguirán teniendo alguien en Madrid al que se le ponen al teléfono todos los dirigentes del partido. Arenas acudió ayer al comité de campaña, una asistencia más que simbólica en tiempos delicados por mucho que llegara a última hora. Si los gatos tienen siete vidas, los linces como Arenas pueden aspirar a la vida eterna. Los cambios en el PP habrán de ser en la estructura nacional. La andaluza, de momento, no experimentará ninguno al ser los comicios autonómicos los primeros en el calendario. Un debate distinto será el de los muy previsibles movimientos internos en la sede regional si Moreno Bonilla sufre un resultado estrepitoso.

Arenas ayudará a Rajoy a diseñar la sucesión, como lo ayudó decisivamente en el congreso de Valencia de 2007. Y desde su puesto de vicesecretario general intentará conservar la influencia en Sevilla a la espera de las autonómicas y municipales. Mientras tanto seguirá yendo de Madrid a Sevilla y de Sevilla a Madrid, porque la política es un tren AVE de ida y vuelta en el que unas veces se viaja en turista y otras en preferente, pero que siempre, siempre, está en movimiento. En los funerales es menester no sonreír. Y después beber vino.

Rajoy busca enganche

Carlos Navarro Antolín | 8 de abril de 2018 a las 5:00

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EL éxito de un acto en Sevilla es que se quede gente fuera de la convocatoria. A Rajoy le organizaron una cuchipanda el viernes por la noche en el Museo de Carruajes bajo el pomposo título de un encuentro del presidente del PP con la “sociedad civil andaluza”. El jefe del Ejecutivo se movió entre los enganches con esa parsimonia, esa serenidad y esa paciencia que son marcas de su heráldica particular. Daba la mano con la izquierda por una lesión en dos dedos de la derecha. Rajoy es la serenidad pura en un corrillo, es ese señor que da gusto encontrarse en el ascensor y cambiar impresiones sobre el clima, es el secretario idóneo para la comunidad de propietarios. Hacendoso, cumplidor, gris y perseverante. Que hay que ir a la cuchipanda de Juan Manuel Moreno, se va. Que hay que saludar y alternar, se saluda y se alterna. Estuvieron algunos de sus ministros: unos con más ganas, otros con menos. A estas alturas no hay caretas. La de Empleo, Fátima Báñez, fue la única que expresó alegría. Siempre se mueve como pez en el agua por Sevilla. Zoido compareció notoriamente cansado. Cospedal y Soraya acudieron con estilo desenfadado y con el tiempo justo. La de Defensa tenía prisa porque la esperaban en el restaurante La Raza para participar en una cena con los componentes de la delegación castellano-manchega. El ministro Nadal andaba por allí, pero en Sevilla es poco conocido. Casi lo confunden con el metre. Montoro fue el último de los ministros en marcharse, anduvo con el perfil bajo, de tapadillo, pero pasándoselo bien a juzgar por el tiempo que permaneció en el sarao. Todos los demás ministros hicieron rabona. Arenas (Javié) estuvo el tiempo preciso. Llegó, fichó y llevó al abogado Moeckel hasta los dominios de la vicepresidenta Sáenz de Santamaría: “Soraya, éste es Moeckel, el tío que querrían fichar todos los partidos”.

En esa “sociedad civil andaluza” que Moreno Bonilla logró reunir para cumplimentar a Rajoy estaban algunos clásicos del tío vivo local, esa atracción que gira y gira y donde siempre suben y bajan los mismos… ejemplares. El concepto de sociedad civil es tan amplio (y difuso) que permite meter de todo. Curiosamente no estaban algunos de los empresarios andaluces que figuran entre los de mayor facturación de España, según la última clasificación. Tampoco estaban las cofradías. Sí estaban Juan Ramón Guillén, Miguel Gallego, Manuel Contreras, Francisco Herrero, Francisco Arteaga, Jorge Paradela, Ricardo Pumar, etcétera. El alcalde de Carmona llegó con rostros amables como Pansequito, Raúl Gracia El Tato (“Al aparato”, respondía cuando se le llamaba por teléfono) o la pintora Nuria Barrera, siempre oliendo a Quizás (Loewe), una especialista en los tonos azules, azules como los de este PP teñido de cierta melancolía estos días. No corren buenos tiempos para la gaviota reconvertida en encina tras su paso por el laboratorio de Arriola. Rajoy necesita nuevos enganches. El ambiente de la recepción distaba mucho de la de 2011, celebrada en el Real Alcázar. La euforia actual, cuando se escenifica, está muy forzada. Lo de la Cifuentes ha dolido. En privado se reconoce que no se termina de salir de un entuerto cuando el partido se mete en otro. “Presidente, al menos tiene usted la mano izquierda intacta, que es la que mas necesita”. Y Rajoy se ríe por educación mientras musita una suerte de “chichichí”, que en realidad es un “sí, sí, sí”.

El pintor Ricardo Suárez habla de Arte y de la romería del Rocío con Báñez, la ministra de Huelva, como le gusta proclamar a su jefe de gabinete. Juan Ávila es el único alcalde de la provincia de Sevilla que asiste a la recepción. “También es el único que tiene un Parador”, apunta alguien para justificar su presencia. Santiago León, teniente de la Real Maestranza, se lleva bien con Beltrán Pérez, aspirante a la Alcaldía. Los dos son taurinos. Los condes de Peñaflor se despiden a una hora prudente. El encargado del cátering, Miguel Ángel, se hace una foto con el presidente. Soraya se ha ido. Zoido también. De Arenas no queda rastro. Eladio, un amable camarero, sigue atendiendo con la misma diligencia que en el primer minuto. En el exterior cae una lluvia fina sobre la ciudad. Sólo falta una melodía de violín para cuadrar una escena trufada de cierta melancolía que nadie admite en público, pero sí en privado. Entre los invitados emerge la figura colosal de Antonio del Castillo, padre de Marta. Le agradece a Moeckel un artículo que publicó sobre su hija hace unos años. El senador Toni Martín es el alguacil de la plaza, el ojo que todo lo ve, el que apunta con la mirada quienes van saliendo de la cuchipanda. Moreno Bonilla sonríe. A la portavoz parlamentaria Carmen Crespo no le gusta oír una coletilla sobre su jefe: “Llamadme Juanma”. Por el gesto se le nota la desaprobación, pero ya se sabe lo que dijeron en Cádiz: “¡Viva la libertad!”.

El empresario Miguel Gallego se hace fotos con el presidente del Gobierno con numerosos testigos de la escena: el periodista Fernando Seco, Juan Carlos Hernández Buades y María Luisa Ríos (CEU-San Pablo), Julio Cuesta (eternamente Cruzcampo) y ese largo etcétera que hace la melé en torno a los grandes personajes del poder. Virginia Pérez, presidenta del PP sevillano, se mueve de corrillo en corrillo. Hay pocos políticos locales. El aforo es limitado y se ha ajustado mucho la lista de invitados. Incluso hay quien da en la diana: “No hay bulla, pero aquí hay más gente que invitados”.

El presidente se ha ido y nadie sabe como ha sido. Hay algunos peinados de peluquería que encajarían en la cafetería de la Guerra de las Galaxias. Esta derecha ya no es la que era. En el umbral, que no en el dintel, se fuma a resguardo de la lluvia. Alguien envía un mensaje: “¿No viene usted a la recepción del presidente”. Y al rato se recibe la respuesta: “Yo he ido a lo de Ciudadanos con los autónomos”.

Eladio rellena con amabilidad algún último catavino de manzanilla. Los enganches aguardan sus jacos. La Feria está próxima en todos los sentidos. El PP está cansado. También necesita que tiren de su carro. Los escándalos son como la lluvia fina. Terminan calando y aparecen los estornudos. Y entonces hay que pedir un pañuelo. Y tener mano izquierda. “Chichichí”.

Los elegidos en la mesa de Rajoy

Carlos Navarro Antolín | 24 de enero de 2018 a las 5:00

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LA gran clave de la visita de Rajoy a Sevilla del pasado sábado no estaba en lo que dijera de la candidatura a la Alcaldía. De eso no iba a decir ni pío, porque el presidente no se iba a pegar el tiro en el pie de levantar suspicacias en las otras capitales donde los chicos de la Gaviota están revueltos con el mismo proceso. Su sola presencia era el mayor respaldo que podía ofrecer, por el momento, al concejal Beltrán Pérez. No es poco. Se trata más bien de un privilegio en los tiempos que corren. Y de una señal de que en Génova dan por cerrada la crisis del partido en Sevilla, máxime si se tiene en cuenta que desde ayer se tiene confirmado que la convención nacional del PP también será aquí, en Sevilla, nada menos que en el prime time de abril. La gran clave –decíamos al principio– era saber a quiénes se llevaba el presidente a almorzar tras el acto del sábado, quién era la guardia pretoriana con la que compartiría la ensaladilla y la presa ibérica con patatas fritas. El lugar fue el Mesón de Juan, en la calle José Luis de Casso, en Nervión. Allí llegó con los ministros Zoido y Báñez, el delegado del Gobierno, Antonio Sanz; el factótum Javier Arenas, el coordinador nacional Fernando Martínez Maíllo, el presidente del PP andaluz, Juan Manuel Moreno Bonilla (“Llamadme Juanma”) con la secretaria general de la formación, Loles López; y la presidenta provincial, Virginia Pérez, con el líder de la oposición en el Ayuntamiento, Beltrán Pérez. Sí, el comentario de la tarde era que el candidato in pectore se sentó en el restaurante con los altos jefazos. Un concejal de la oposición tenía su plaza asignada dentro de esa liturgia del poder que nunca se publica. Rajoy se hizo fotos con los camareros y los cocineros, incluso junto al lavaplatos. La sabatina del PP fue feliz. O, mejor dicho, guardó la apariencia de la felicidad, que en política es lo que importa. En política, ya se sabe, la apariencia es la realidad. Y las ausencias son reveladoras. A la convención de los distritos no acudió José Luis Sanz, senador, alcalde de Tomares y uno de los escasos políticos del PP de Sevilla que reúne las características que se precisan para ser aspirante a la Alcaldía. El partido explicó en voz baja que Sanz estaba cumpliendo sus obligaciones como alcalde en los actos de la festividad del patrón de los tomareños, San Sebastián.

Sanz, por cierto, es hombre muy próximo a Zoido. El ministro sevillano quiere desentenderse de cualquier polémica orgánica y de cualquier proceso de selección del candidato. En su día apoyó a Juan Bueno, cabeza de lista del bando perdedor en el congreso provincial, pero ahora considera que ya tiene bastante con el Ministerio del Interior (nevadas incluidas) como para perder (y perderse) en rifirrafes de ámbito local, sobre todo cuando en Génova han decretado la paz oficial en la plaza sevillana. Hace bien Zoido en centrarse en Madrid. Es lo más inteligente. Beltrán Pérez, por si acaso, estuvo especialmente espléndido el sábado con la figura del ministro: “¡Mi amigo, mi referente, mi alcalde!”. Hacemos como con las natillas, repetimos: la apariencia en política es la realidad. Y otra realidad fue que Báñez es especialmente querida en el PP sevillano, donde no pocos la ven como una opción de futuro para Andalucía. La ministra de Huelva, como la llaman sus leales colaboradores, tiene grandes amigos en la capital de Andalucía, por lo que a nadie le extrañó su presencia en la convención de los distritos sevillanos. Báñez, feliz en Madrid, se deja querer en Andalucía. Lo mismo se sube al helicóptero para supervisar las maniobras de estabilización del peligroso fuego de Doñana, que se monta en el AVE para contribuir con su presencia a sofocar los rescoldos del incendio del PP sevillano.

Los socialistas, por ejemplo, no guardaron ayer esa apariencia de felicidad en Sevilla con tanto esmero como los de la gaviota unos días antes. El PP y el PSOE eligieron el mismo sitio para sus primerísimos espadas (Juan). Pero al llegar el mediodía, Susana Díaz y Pedro Sánchez no compartieron mesa. No pasaron de un encuentro de veinte minutos en una estancia de la tercera planta del Hotel NH Collection. Susana tuvo que esperar cerca de diez minutos la llegada de un Pedro Sánchez que está más templado, más serio, como el alumno zascandil que tras haber sido mandado a un internado por una temporada (aquellos meses de gestora en Ferraz) regresa a casa más comedido. Sánchez se limitó a picar algo a mediodía en el hotel, con la compañía de su cuadrilla, antes de seguir con la agenda sevillana que le preparó Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, su tentáculo andaluz. Poco más. Susana no se llevó de bares a su secretario general, como los peperos locales hacen con sus grandes líderes nacionales cuando vienen por Sevilla. ¡Si tampoco lo recibió en la portada de la Feria cuando Pedro llegó en el coche oficial! Aquel día de 2016 tuvo que ir Celis, solitario, a recogerle a la esquina de Muebles Matamoros para llevarle hasta la caseta de la SER, donde sí estaba la presidenta. Y después siguió su periplo por las casetas sin ella, tal como hizo ayer el resto de la jornada. Lo de Susana Díaz y Pedro Sánchez tiene menos arreglo que la Madrugada. Siempre las avalanchas van y vienen…

El breve encuentro de ayer entre ambos dirigentes socialistas en la fría tercera planta del Collection fue seguido desde los altos despachos de Madrid, de donde llegaban opiniones contundentes: “¿Veinte minutos? Poco tenían que hablar a pesar de lo mucho que tendrían que hacerlo”. A Sánchez se acercaron en el desayuno organizado por el Foro Joly todos los socialistas andaluces que algún día se consideraron orillados por Susana Díaz. ¡Qué saludo más afectuoso le dio Rosamar Prieto-Castro al secretario general! Monteseirín y Marchena (M&M) lo cumplimentaron también con afecto. Las malas lenguas cuentan que el catedrático Marchena no es afiliado del PSOE de Triana porque ya se encargó Díaz de que el expediente se quedara en el cajón. Marchena no tiene carné en ningún sentido. Ni del PSOE ni de conducir.

Susana Díaz tenía consejo de gobierno. Era martes (no santo). Se fue a San Telmo en cuanto terminó el desayuno. Unos alegan San Sebastián. Otros San Telmo. El santoral es rico. Pedro Sánchez anunció la presentación de unos presupuestos alternativos para el Estado. Como ha hecho Beltrán Pérez para el Ayuntamiento.

 

Alarma naranja en el PP

Carlos Navarro Antolín | 21 de enero de 2018 a las 5:00

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ASÍ está el PP de Sevilla. En estado de alarma naranja. Con las secuelas aún de una división interna que condujo a un congreso provincial fratricida. Todavía hay rescoldos de aquellos días de tensión, de enfrentamiento descarnado, de alianzas por conveniencia y de rupturas de antiguas relaciones fraguadas por oportunismo, que no por la amistad. La visita de Rajoy de ayer templó los ánimos, generó fotografías de uniones interesadas y necesarias y, claro que sí, supuso un espaldarazo para la actual cúpula que dirige el partido. El presidente del Gobierno no se arriesga a visitar una plaza si sabe que será tratado con frialdad por una parte del partido. La sabatina de Rajoy salió de dulce. Pero el fogonazo naranja que deslumbra al PP está encendido. Bien encendido. Ciudadanos es una amenaza para el PP de toda España, para ese gran partido de la derecha que Aznar supo centrar y abrir para que cupieran desde el franquismo sociológico de Alianza Popular hasta los liberales y democristianos.

La presidenta provincial, Virginia Pérez, asume que el PP es pobre en poder territorial en la provincia. Demasiado pobre. La crisis de Palomares ha dejado en siete las Alcaldías del PP. Sí, el partido mantiene los bastiones de Tomares y Carmona, pero hoy se puede considerar todo en serio riesgo de pérdida. Todo está en solfa. Nadie garantiza la recuperación de la Alcaldía de la capital. Beltrán Pérez aprieta, aplica técnicas de resucitación al grupo municipal que descarriló en las elecciones de 2015, hace ruido, se hace notar, procura volar por los ministerios con ayuda de Arenas, culebrea en las redes sociales… Incluso arriesga haciendo política como con la (supuesta) negociación del presupuesto municipal. Curiosamente, ha querido alcanzar un acuerdo con el socialista Espadas para las cuentas de la ciudad, la misma maniobra que intentó su antecesor en el cargo, el concejal Alberto Díaz. Entonces, su compañero Díaz no encontró el apoyo interno del que hoy sí goza Beltrán Pérez. En cualquier caso, la amenaza naranja ha disparado las alarmas internas. El PP de Sevilla tiene que crecer, no puede conformarse con no despeñarse en los comicios andaluces y dejarse arrastrar después por una ola de derrotismo que haga metástasis en las municipales y se lleve por delante el escaso poder de un partido que ya conoce la condición de cuarta fuerza política en la provincia. La alarma naranja provocó un encuentro reciente de cargos públicos del PP de Sevilla en la sede. Una reunión con la presidenta a la cabeza. Allí se analizó la situación del partido, una formación donde cunde el pesimismo tras el 21-D catalán. Alguien dijo: “Aquí hay quien tiene la misma cara que el quinto diputado catalán”. Ese diputado que, ya se sabe, nunca llegó para el PP. No existe. Humor ácido se llama la broma. La presidenta dio un aldabonazo. No ocultó que la situación de la provincia es muy complicada. El único factor que juega a favor del PP es que Ciudadanos, por ahora, no goza de una gran implantación en los pueblos. El PP se encuentra ahora mismo como el PSOE antes de la repetición de las elecciones generales: con el miedo al ‘sorpasso’ metido en el cuerpo. Pánico. Hoy lo que está en juego en España es la hegemonía de la derecha. Hubo dirigentes que en esa reunión menospreciaron el peso de Ciudadanos: “Son morralla”. Y otros que dejaron claro que la lista naranja obtendrá concejales en cualquier pueblo que presente candidatura. La coyuntura actual es favorable a Ciudadanos.

El cónclave popular sirvió para reforzar la figura de la presidenta tanto como para evidenciar la necesidad de remar juntos para salvar, al menos, los muebles del PP en Sevilla. Un veterano como Jaime Raynaud, diputado autonómico, echó mano de un proverbio árabe para clamar por la unión por mucho que haya rescoldos de enfrentamientos: “Yo contra mi hermano, mi hermano y yo contra nuestro primo; nuestro primo, mi hermano y yo contra el extraño”. Raynaud aludió a la necesidad de hacer equipo ante la amenaza general de Ciudadanos. Dicen los expertos en enseñar habilidades directivas que no hay nada que una más que el enemigo común. Alguien, con acidez y sin disimular cierta acritud, tradujo a la práctica el proverbio: “Vamos, Jaime, que aquí hay hijos de puta, pero que tengo que entender que son mis hijos de puta, ¿no?”. Tampoco faltó la pusilánime de turno que, consciente de la tensión que marcaba el ambiente, se planteó si el contenido de la reunión saldría en algún medio de comunicación. Pura anécdota. La presidenta se mostró partidaria del cultivo de las vías de entendimiento con Ciudadanos. De hecho, hasta antes de que empezara el vodevil de los presupuestos en la capital, el PP de Beltrán Pérez había mantenido una relación solvente con el grupo que lidera Javier Millán, portavoz naranja en la Plaza Nueva.

Virginia Pérez quiso reafirmar su autoridad. Lo necesita en este periodo pre-electoral. El aparato provincial quiere ejercer su poder. Marcará las posiciones a partir de ahora. Los cargos públicos (concejales, diputados y senadores) deberán atender las directrices tras unos meses de ‘gracia’ donde algunos vaticinaban la implantación de una gestora y, al final, se han encontrado con la visita de Rajoy a una mera convención de distritos. En Sevilla se dice que ya opera la doble uve. Virginia Pérez en el PP, y Verónica Pérez en el PSOE. La primera norma de los populares hispalenses es no permitir que Ciudadanos robe espacio al PP. La segunda, no llevarse mal del todo con los chicos de Albert Rivera. En ningún foro, en ninguna administración.

La intención del partido es que José Luis Sanz mantenga la Alcaldía de Tomares, Ricardo Tarno se vuelva a presentar por Mairena del Aljarafe, donde ya fue alcalde; y Ricardo Gil-Toresano, hoy subdelegado del Gobierno, trate de recuperar la Alcaldía de Écija. Por supuesto, Beltrán Pérez deberá ser el candidato por Sevilla y tendrá que emprender el difícil reto de ser la lista más votada para, de ese modo, ser acreedor al apoyo de Ciudadanos en una hipotética investidura. Intentos de que no sea el candidato no van a faltar. El enemigo siempre está dentro. Y las encuestas pueden jugar en su contra.

La presidenta provincial liderará la lista por Sevilla al Parlamento de Andalucía. Nadie le discutirá esa posición mientras sea presidenta. Se mirará con lupa la actualidad nacional, la evolución del ministro Zoido (líder natural del bando perdedor en el congreso provincial) y otros factores para decidir los demás puestos. Nunca se olvide que los políticos tienen mala memoria con quienes les ayudan, pero una memoria perfecta para recordar a quienes se las hicieron pasar canutas. La composición de las listas es la oportunidad perfecta para orillar al enemigo, ajustar cuentas y premiar a los fieles.

Virginia Pérez ha ganado fuerza en los dos últimos meses. Ha pasado desapercibida la composición de un comité electoral presidido por el ex edil Maximiliano Vílchez donde tiene mayoría frente a la corriente perdedora. Ha sacado del comité ejecutivo a militantes díscolos, una maniobra delicada donde ha recibido el apoyo público de Juan Ávila, alcalde de Carmona. Los presupuestos internos del partido los ha aprobado con todos los votos a favor, salvo una abstención de Alcalá de Guadaíra. Pero tiene que coser el partido, al menos lo suficiente como para que al PP sevillano no se le ponga en un año la cara de ese quinto diputado catalán, el que nunca llegó.

Rajoy desciende a los distritos de Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 16 de enero de 2018 a las 5:00

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RAJOY estará el sábado en Sevilla salvo sorpresas. De la junta directiva nacional de ayer a la sabatina con los distritos de Sevilla. De una cita en la sede de Génova a otra en el salón del NH Convenciones de Diego Martínez Barrio, donde el PP ha vivido algunos de sus momentos de mayor gloria. El presidente del Gobierno desciende a un formato de micropolítica en la capital de Andalucía, un foro que se suele convocar con la intención de activar la maquinaria interna del partido de cara a unas elecciones municipales. Por este motivo hay quienes interpretan la asistencia de Rajoy como un aldabonazo a la presidenta provincial, Virginia Pérez, que ganó un congreso tras un año de fuertes tensiones internas, y por supuesto a Beltrán Pérez, deseoso de ser proclamado candidato a la Alcaldía de Sevilla. La historia reciente de la designación de candidatos del PP aconseja no dar absolutamente nada por hecho. Las encuestas, las presiones de los ministros, las influencias externas, los equilibrios internos de poder, las causas judiciales abiertas y otras circunstancias pueden dar un vuelco en cualquier momento. Incluso en el último instante. El último ejemplo ocurrió cuando José Luis Sanz tenía todos los avales listos para hacerse con las riendas del PP andaluz y hubo que activar la trituradora porque el dedo de Rajoy designó al malagueño Juan Manuel Moreno Bonilla por influencia de Soraya Sáenz de Santamaría. El registrador de la propiedad todavía se está arrepintiendo. Años antes, Raynaud se perfilaba como un solvente candidato para las municipales de 2007, pero lo acabó siendo Juan Ignacio Zoido después de que se le ofreciera la posibilidad a Soledad Becerril, que declinó el ofrecimiento por considerar cerrada su etapa en la política municipal.

Todo el mundo tiene claro que la visita de Rajoy a Sevilla no está promovida por el líder regional, Juan Manuel Moreno Bonilla, sino por el factótum del PP andaluz, Javier Arenas, que lideró la facción ganadora del congreso provincial sevillano. Arenas está fuerte en Sevilla. Siempre lo ha estado desde un punto de vista orgánico. Pero ahora más. Liberado de la presión electoral directa, su reto es colocar a alguien de confianza en la carrera hacia la Alcaldía. Nadie mejor, por el momento, que un pupilo de la quinta del 74 (aún joven) y curtido en la cruzada municipal. Pero cuando se trata de Arenas y de una política volátil siempre cabe aplicar la cláusula rebus sic stantibus. El PSOE, por ejemplo, ventea que los populares apostarán finalmente por una mujer, como la ex edil Alicia Martínez, actual diputada autonómica que viene de abanderar iniciativas tan blancas como la declaración como BIC de la cabalgata de Sevilla, una moción en la que logró la unanimidad de todos los grupos políticos. El propio alcalde, Juan Espadas, ha reconocido públicamente la labor de la parlamentaria del PP, una forma de alabar el trabajo del Ateneo, de quedar como un político que reconoce la labor del rival y, cómo no, de meter un dedo en el ojo al líder de la oposición, Beltrán Pérez.

La apuesta del presidente Rajoy por acudir a Sevilla se desveló tras la junta directiva nacional celebrada ayer en la sede de la calle Génova, una sesión de dos horas de duración marcada por un ambiente enrarecido, condicionada por cierto halo de melancolía. No son buenos tiempos para el PP en España: la amenaza de Podemos se diluye, por lo que ya no habrá coartada para apelar al voto del miedo;Ciudadanos prepara la maquinaria para comerle el máximo terreno posible al partido de la gaviota y rentabilizar en el mapa nacional el éxito territorial de Cataluña. El panorama en Andalucía no es precisamente mucho mejor que en otras autonomías. El partido no levanta cabeza, los sondeos colocan por debajo de los 30 diputados a Moreno Bonilla y hay serios riesgos de perder varias alcaldías. La de Sevilla se presenta muy difícil para los populares, de ahí que el aparato orgánico apueste por proclamar cuanto antes a Pérez como candidato. El sábado no se espera que Rajoy lo haga, pero a nadie escapa que la fotografía será un primer aval con fuerza. Tal vez en marzo, con ocasión de la convención del PP andaluz prevista en Sevilla o Málaga, sea el momento de un anuncio oficial. No más tarde.

Pese al pesimismo que lastra a este PP desde que en Cataluña se ha quedado como un solar, nadie de Andalucía tomó la palabra en la junta directiva nacional. Acudieron la presidenta provincial, Virginia Pérez; el senador y alcalde de Tomares, José Luis Sanz; los diputados nacionales Ricardo Tarno y María Eugenia Romero y el diputado autonómico Jaime Raynaud, entre otros andaluces. No asistieron el senador Toni Martín, brazo derecho de Moreno Bonilla en la difícil plaza hispalense, ni la diputada Silvia Heredia, ni el concejal Alberto Díaz, vicepresidente del PP de Sevilla.

El partido ha comenzado una movilización extraordinaria de militantes para el sábado. Sin precisar que Rajoy presidirá la convención, se han lanzado mensajes de convocatoria en los que se califica la cita de “importantísima”. Y se afirma: “Es fundamental que demostremos la fortaleza de nuestro partido”. En la arenga telefónica se insta a los militantes a invitar a cuantos amigos se desee y a reservar la mañana del sábado al completo para la actividad del partido. No hay duda de que el aparato orgánico quiere y necesitra explotar al máximo la visita del presidente del Gobierno.

El riesgo de venir a Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 4 de octubre de 2017 a las 5:00

avión

AL bueno de Zoido le hace la agenda el enemigo. Y el enemigo siempre está dentro. En el vientre, en las entrañas, en las agallas. Dice un político andaluz de raza que todo dirigente que se precie ha de contar con tres colaboradores propios: un jefe de gabinete, un jefe de prensa y una secretaria. Nadie como la cuadrilla propia va a salir del burladero a protegerte con el capote en caso de cornada grave. Se supone. Pero a Zoido nadie de su cuadrilla, ninguna mente sesuda de Génova, ningún asesor de los que suma trienios en Interior, debió avisarle la noche del domingo que el lunes no era el día para venir a Sevilla, con Cataluña tambaleándose como una olla a presión y con los telediarios repitiendo las imágenes de policías y guardias civiles enfrentándose a la población civil, o siendo directamente agredidos por gente encolerizada y astutamente aleccionada para ganar la batalla de la imagen.

Resulta un ejercicio frustrante tratar de convencer a la opinión pública de que quien levanta la porra es el bueno, que quien frena a una masa vociferante es el que está haciendo cumplir la legalidad, y que quien pretende votar –¡oh, concepto albo e inmaculado!– y está en apariencia desarmado es el malo, quien quiere romper a las bravas el clima de convivencia. Dicho está: “Lamento tener que defender lo obvio”.

El ministro del Interior nunca debió volverse a su tierra el lunes 2-O, ni mucho menos publicar una fotografía de su vuelo a Sevilla, una frivolidad en tiempos convulsos, una ligereza fatua, una licencia impropia. El día no era para fotos en un jet, ni para colgar medallas, ni para otros postureos. Alguien debió estar pendiente, alguien debió hacer guardia en los despachos oficiales apretando la esclavina de la prudencia, para salir al quite del ministro y librarlo del avieso toro de las redes sociales, del agujero negro donde la imagen de un político corre el riesgo de perderse por el sumidero de los mensaje fáciles, de la dictadura de los 140 caracteres que dominan una política más que nunca epidérmica, lastrada por los contenidos vacuos, irreflexivos y de usar y tirar. El ministro del Interior del Reino de España tenía que estar el lunes en Madrid, en su despacho de trabajo, o en Cataluña, junto a los policías y guardias civiles que andan en una penosa búsqueda de posada sin estrella que les sirva de guía. Pero el lunes no era el día para estar en Sevilla. Muchos de sus correligionarios, mucha gente que lo estima, muchos militantes que valoran su elevado grado de conocimiento entre electorado, se quedaron ojipláticos al comprobar que Zoido efectuaba el viaje a Sevilla, se quitaba de Madrid y se dedicaba a la entrega de distinciones cuando las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado habían quedado retratadas injustamente como opresoras y –todavía peor– justo a esas horas del lunes aparecían como liebres asustadas huyendo de la presión del separatismo mostrenco, de esteladas y puños en alto.

Zoido comenzó su pontificado en Interior regresando a Sevilla a los dos minutos para asistir a una celebración religiosa ante el Gran Poder en la Catedral, cuando la Guardia Civil, precisamente esos días, estaba en jaque en Alsasua después de que varios agentes hubieran sufrido las agresiones de unos bárbaros, unos hechos por los que la Fiscalía pide 50 años de cárcel para los autores al apreciar delitos de lesiones terroristas.

Y Zoido se vino a Sevilla, en plena crisis catalana, para presidir la entrega de las medallas de la festividad de la Policía Nacional. Como lo peor está por llegar, en Sevilla le tenían preparada una suerte de emboscada, pues alguien se preocupó de comprobar las identidades de los agentes condecorados por Zoido. Entre ellos figuraban varios policías locales que habían ejercido como sus escoltas en sus cuatro años de alcalde. De nuevo nadie le advirtió que resulta llamativo que un ministro del Interior galardone a sus antiguos escoltas. Es sabido cómo cuidaba Zoido a sus agentes siendo alcalde, incluidas invitaciones a mesa y mantel. Su pasión por esa micropolítica –llamémosla así– se conocía en Sevilla, todavía se recuerda y hasta fue admirada en muchas ocasiones. Sus aficiones por las políticas de corto alcance, de proximidad con el ciudadano, fueron su gran aval para alcanzar la cúspide municipal, pero ahora están siendo sus pies de barro como ministro del Interior en la coyuntura más delicada para España tras el 23-F, según la calificación del presidente gallego, Alberto Núñez Feijoó.

O la cuadrilla de asesores de diverso plumaje no sabe imponer sus criterios ni estrategias, o este rey no tiene nadie que sea capaz de decirle que está desnudo. Por la curia llega la lepra, advierte el Papa argentino. Los escoltas, para colmo, simbolizan a la perfección ese círculo de confort donde los políticos tienden a empadronarse con grave riesgo de perder la perspectiva. Hay aviones a los que no conviene subirse. Hay fotos que no deben hacerse. Hay veces que conviene no estar en Sevilla aunque solo sea, precisamente, para mantener la silla. Cataluña ardiendo y el ministro en la capital de Andalucía entregando medallas a sus anteriores escoltas es una secuencia letal. Acebes es la cara del 11-M. Zoido lleva camino de ser el rostro de un Estado incapaz de apagar el coloso en llamas que es Cataluña. Esto no se resuelve con tuits, ni almuerzos para agradar a los escoltas, ni abrazos por doquier. Esto es política de altura. Y la altura no se consigue por mucho que uno se suba a un avión. Un ministerio no es un ayuntamiento. Ytodos comprendemos que cambiar la melva por la sobrasada no es plato de buen gusto.

La ministra voluntaria en el fuego de Doñana

Carlos Navarro Antolín | 27 de junio de 2017 a las 20:23

Incendio de Moguer y Mazagón

El nuevo símbolo del poder no es el coche oficial, sino el chalequillo de múltiples bolsillos que reparte Protección Civil en los casos de tragedia. Puede usted tener la agenda cargada de actos y los ternos más lucidos de Madrid que si nunca le han dado un chalequillo estilo Coronel Tapioca es que usted nunca ha estado en la zona cero de ninguna tragedia. No es nadie. Se vio el domingo y el lunes en el denominado Puesto de Mando Avanzado, desde donde se seguía la evolución del incendio que, por fortuna, se ha saldado sin ni siquiera un solo herido, lo que nos permite fijarnos ya en algunos detalles aparentemente secundarios de los días en que vivimos peligrosamente y respiramos con dificultad. Los señores del PP esta vez reaccionaron con celeridad, no como con el incendio de Riotinto que afectó a casi 35.000 hectáreas de monte de Sevilla y Huelva en 2004. Aquel fuego provocó una lluvia de cenizas en el centro de Sevilla que aún se recuerda. Los entonces barandas del PP andaluz tardaron en acudir al lugar de los hechos. Pero esta vez no, esta vez hubo dos ministros que en Madrid se subieron al avión el mismo domingo por la mañana. A falta de uno fueron dos. Don Zoido acudió al tener las competencias de Protección Civil, que para eso dependen del organigrama de Interior. Estaba en Madrid el domingo porque quiso vigilar in situ el dispositivo de la marcha del Orgullo Gay, que ya es difícil pillar al ministro sevillano en la capital del reino un fin de semana. Pero al avión se subió también la ministra de Empleo, Fátima Báñez, nacida en San Juan del Puerto. Dicen que le oyeron decir: “Es mi tierra, me duele, tengo que estar allí”. Y no la pudieron parar. Rompió la agenda, donde figuraba nada menos que la cena del 40 aniversario de la CEOE bajo la presidencia del Rey. A la fiesta de la patronal tuvo que acudir el jerezano Alfonso Dastis, ministro de Asuntos Exteriores. El Estado, nunca se olvide, no quería quedarse atrás frente a la todopoderosa Junta de Andalucía en un suceso que a esas horas tenía ya todos los indicios de ser el incendio del año, máxime si se tenía en cuenta el caso tan reciente de Portugal. A Báñez la telefoneaban el presidente Rajoy y la vicepresidenta Soraya Saenz de Santamaría para interesarse por el fuego. Se nota que es la veterana del consejo de ministros, la que más tiempo lleva en el mismo sillón. La vicepresidenta, por cierto, se conoce el terreno por sus estancias en la costa onubense los meses de agosto. Y también la telefoneó el ministro de Energía, Álvaro Nadal, que se encontraba en Luxemburgo.

Cuentan que la ministra onubense se organizó su despacho aparte en el puesto de control y que se entendió la mar de bien con Rosa Aguilar, la consejera de Justicia y Gobierno Interior, con la que se trata desde sus tiempos de diputadas en el Congreso. A pocos pasó desapercibida la presencia de esta ministra que, sobre el papel, no tenía competencias directas en la extinción de un fuego. Ninguna. Sus razones para estar en el sitio eran emocionales. Allí estuvo dos días reforzando la presencia del Estado y, también, su particular perfil andaluz. O quizás ejerciendo de ministra de Huelva como Zoido lo hace en Sevilla, porque había que ver cómo la saludaban los trabajadores del Parador de Mazagón, que visitó junto a la presidenta de la red de establecimientos del Estado, o los del Supermercado El Jamón, cadena fundada en Lepe. El momento de mayor apuro ocurrió la tarde del domingo, cuando las llamas se aproximaban a Matalascañas. Eso provocó que los dos ministros se quedaran también el lunes con los chalequillos puestos. Parecían fotógrafos en pleno safari. Chalequillo para Antonio Sanz, delegado del Gobierno; para los ministros Báñez y Zoido, para los consejeros Fiscal y Aguilar, para el director de Gobierno Interior de la Junta, Demetrio Pérez. Política de proximidad, política de Coronel Tapioca. En la CEOE se quedaron esperando con los manteles gordos. La ministra tenía que apagar un fuego, nunca mejor dicho. Cambió la gala por el chalequillo. La tierra quemada tarda 50 años en recuperarse. La política vive al minuto. Los perfiles deben ser cuidados. Una ausencia no se perdona. Una presencia se recuerda para siempre.

A Moragas le llaman al orden por fumar en el Alcázar

Carlos Navarro Antolín | 31 de mayo de 2017 a las 5:00

MORAGAS PRESENTA CAMPAÑA ELECTORAL PP

Ocurrió en la recepción oficial a los participantes en el foro foro hispano-británico celebrado en Sevilla para analizar el Brexit, la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Los altos representantes admiraban el Patio de la Montería, guiados por el alcalde de la ciudad, Juan Espadas, cuando alguien del séquito municipal advirtió que un señor trajeado encendió un pitillo sin ningún tipo de reparo. En las estancias de los Reales Alcázares, que no olvidemos que son patrimonio de la humanidad, está terminantemente prohibido fumar. Se cuidan tanto los detalles de uso del monumento que hasta hay hora tope para las celebraciones. Aún así, alguien hizo la consulta a la conservadora –allí presente– para cerciorarse de la normativa aplicable. La respuesta fue tajante: no se admite fumar ni siquiera en los espacios abiertos. De hecho, no existen ceniceros en ningún rincón, ni en ningún despacho. El fumador era nada menos que el diputado Jorge Moragas, director del gabinete del presidente Mariano Rajoy y hombre fuerte desde hace años en el área de relaciones internacionales del PP. Se le llamó la atención con discreción, el hombre se quedó algo absorto y preguntó qué hacer con el cigarro. “Lo apaga y se lo mete en el bolsillo”, le dijeron. Moragas se quedó sin fumar. Por un Alcázar cardiosaludable.

El chubasquero del PP

Carlos Navarro Antolín | 10 de mayo de 2017 a las 13:48

RAJOY Y COSPEDAL VISITA ZONAS INUNDADAS EN CIUDAD REAL

La gran novedad del barómetro del CIS es que devuelve al PSOE a la segunda posición de la carrera electoral. El PP seguiría ganando elecciones, lo que ya no sorprende, y Podemos caería al tercer puesto. Está comprobado que el PP está revestido con un chubasquero que le protege de cualquier temporal de corrupción, por mucho que este sondeo haya sido previo a la Operación Lezo que tiene en jaque a José Antonio Nieto, secretario de Estado de Seguridad y ex alcalde de Córdoba. La corrupción en el PP parece amortizada para el electorado tanto como los ERE para el PSOE andaluz. Los socialistas avanzan en los sondeos pese a que el partido está hecho unos zorros y parecen no advertir el peligro de extinción que corren sus colegas franceses. El electorado deja sin castigo la triple división interna del partido de centro izquierda.

Queda claro que el PP es el gran partido nacional en estos momentos, lo sigue siendo, lo es desde el otoño de 2011.

No se resiente como su equivalente francés por mucho que trasciendan mensajes cómplices de Rajoy con su corrupto tesorero, por mucha que sea la podredumbre que se ventila de los años del aguirrismo en Madrid, por muchos furgones de Policía que se agolpen en la sede de Génova para efectuar registros, por muchos nuevos casos que vayan viciando el ambiente, algunos más forzados que otros (como el de Murcia), por mucho que hayamos visto a grandes iconos esposados como Rato, Matas, etcétera. El PP es sólido incluso por muchos incendios políticos que sufran algunas de sus estructuras provinciales donde las relaciones entre diferentes corrientes están marcadas por el odio africano. Y hasta por mucho que Ciudadanos vaya recogiendo una cosecha meritoria pero aún débil. El gran logro de Aznar fue reunir a toda la derecha en un único partido y lograr ocupar el centro político. Y el grán mérito de Rajoy es jugárselo todo a la casilla de la recuperación económica, la que concede el chubasquero que protege de todas las tormentas. No puede haber otra causa que apuntale la solidez del PP que los datos económicos que se traducen en más empleos, por precarios que puedan ser; y en la trayectoria solvente, por el momento, de ministras andaluzas como Fátima Báñez, que salió limpia de los charcos de la reforma laboral y de la reforma de las pensiones, y que, de hecho, es la que más tiempo lleva en un cargo tan poco grato. Resulta sorprendente que los números sostengan a este PP en momentos delicados como el actual. El CIS refleja que no ha existido cuaresma para este partido. Lo dijo un asesor con ínfulas de Arriola: “Si la gente llega a fin de mes se olvida de todo lo demás”. España es diferente. La extrema derecha sigue anestesiada. Los sondeos inyectan sangre en un PSOE con cierto color cadavérico. Y el PP de Rajoy sube poco a poco el puerto de montaña de la consolidación económica gracias a esas ruedas de prensa en las que Tomás Burgo cuenta las buenas nuevas de las filiaciones a la Seguridad Social como el Conde Draco de Barrio Sésamo. España es refractaria a los contagios revolucionarios de las naciones vecinas. Tenemos velocidad propia. Un estilo particular. Una gran misericordia para perdonar siempre que el bolsillo suene.

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