Archivos para el tag ‘restauración’

Helados en la Plaza del Pan

Carlos Navarro Antolín | 24 de diciembre de 2017 a las 5:00

Fotos de la Plaza del Pan y sus nuevos locales comerciales Fotos de la Plaza del Pan y sus nuevos locales comerciales

LA Iglesia del Salvador ha de estar en obras diez años después de la gran restauración. Las cubiertas de la Plaza del Pan presentan daños graves. Hay que colocar andamios de nuevo. Como hubo que colocarlos otra vez en el Giraldillo tras la restauración del IAPH. Hay restauraciones que duran menos que una VPO de las de ahora, o menos que la memoria de quienes trabajan en el templo, que no hace mucho a punto estuvieron de cobrarle un euro a Joaquín Moeckel por entrar a rezar, ¿verdad letrado? Al final, el tío de la puerta le dijo que entrara de válvula por ser sevillano. No por haber puesto encima de la mesa seis mil euros el día que don Carlos decretó el cierre, no por promover una campaña de recaudación y agitar las conciencias, no por asesorar gratis total la obra. No, entró por sevillano… porque el de la puerta tuvo de pronto un instante de lucidez. “Venga, entre usted si es sevillano”, le dijo. Ese “venga” multiusos que lo mismo se emplea para cortar una conversación repetina enre adolescentes, o una charla en el insufrible chat de padres hipermotivados de cualquier colegio. Moeckel entrando en el Salvador por concesión graciosa del conserje era como don Manuel Olivencia entrando en la Expo el único día que fue, por la taquilla y como uno más, o como don Salvador Diánez cuando se quedó sin votar en Los Estudiantes porque olvidó el DNI. ¡Pero si don Salvador fundó la hermandad! Qué frágiles son las cubiertas de la memoria. Moeckel se debió quedar helado cuando casi le cobran por entrar en el templo que se restauró en buena medida por su empuje personal. Ynosotros ahora nos quedamos helados, heladitos, con el horror de la Plaza del Pan. ¡Qué horror!

–¿Lo dice por las cubiertas esas que se han agrietado ahora?

No. Helado me he quedado por el horror de la heladería que han montado este año en la plaza, modelo Avenida de Castilla de la Antilla (valga el pareado que me ha salido sentado… en un velador sin licencia). Definitivamente nos ha dado por las heladerías, las clínicas de crecepelos, los adelgazamientos exprés con cinturones modelo yihadista que vibran en el abdomen y los restaurantes sin manteles o con manteles reducidos donde, como dice el bofetero y primitivo Juan Reguera, se come mucho pan con semillas, muchos picos y un entrecot de bella lámina, pero que tiene mucha grasa y poca carne.

¿Tan difícil es saber innovar dentro del conjunto histórico declarado? ¿Produce especial placer en los promotores romper una línea estética cuando se sabe que es un valor histórico? Debe ser el placer del desprecio, la osadía de la ignorancia, o las dos cosas a la vez. La Plaza del Pan es de los espacios urbanos más antiguos de la ciudad, con su azulejo de Cervantes por ser mencionada en Rinconete y Cortadillo, con su pasado romano, con su pendiente por donde bajaban las aguas que acabaron por debilitar los cimientos del templo. Esos huecos en la fachada trasera del Salvador pueden estar entre los más antiguos de los dedicados a comercios. Y le han plantado una heladería con un color albero estridente, con su rótulo y todas sus heces estéticas, como el comercio del azulejo cervantino cargado de cachivaches como una barraca. Qué fea es esta Sevilla de franquicias, despersonalizada, vulgarizada y metida en el rebaño de las ciudades vulnerables, que parecieran carecer de historia, neoacomplajedas y condenadas al modelo de negocio de una sociedad del hiperconsumo fugaz. ¿Dónde está, por cierto, la tienda de donuts tuneados de la Campana? Cerrada. Ha durado menos que Santa Marta en pasar. Y ahí sigue abierta la confitería, sin ni siquera sus veladores en la fachada, sufriendo la igualación por abajo, la que pone al mismo nivel los negocios franquiciados que los que tienen el alma que sólo otorgan las décadas, el sello que sólo concede el pasar de manos a manos de la misma sangre. Llegaron, abrieron, estropearon, cerraron y se fueron. Por eso, precisamente por eso, no es lo mismo la franquicia de estética impostada, que pega el persianazo a las primera de cambio, que el negocio centenario que soporta las crisis propias y las ajenas, que aguanta los cambios de normativa, que sobrevive a modas y a gobiernos, que respeta la estética y que se convierte en estética misma de un espacio urbano, que aporta a la ciudad y que se convierte en valor añadido de la urbe.

La heladería de la Plaza del Pan nos ha dejado más helados que el paso del grajo de estos días de utabón y pañuelos, de oloroso seco y agua del grifo, no me la ponga fría del tirador. Venga, compren helados. Ayer fueron donuts tuneados. La Plaza del Pan tenía un joyero que perdió una compra de las gordas por la grosería y torpeza de no dejar a una clienta probarse unos pendientes. Y ahora es la de la heladería que nos deja tal que helados. ¿Dónde está, oh comisión de patrimonio, tu victoria? Venga, entre en el Salvador, don Joaquín. Sevilla, ciudad donde, por fortuna, mandan los conserjes. Al final, todo depende del que está en la puerta.

Mamarrachada en el Salvador

Carlos Navarro Antolín | 30 de abril de 2017 a las 5:00

SALVADOR

COMO champiñones aparecieron, justo antes de Semana Santa, cuando el cofraderío está despistado y el personal sólo busca pasos, pasos y más pasos, importándole poco si se está diciendo misa en el altar mayor, si se celebran los oficios, o si está la reserva del Santísimo, velote rojo encendido que demanda una genuflexión que cada vez se aprecia menos. Como champiñones florecidos de mala manera: cuatro palos con cadenas alrededor de la fuente del Patio de los Naranjos del Salvador. Los curas han cercado la fuente de mármol del siglo XVIII, una mamarrachada en toda regla de la que nadie sabe nada. Nadie dice nada. Silencio, se encadena. Aparecieron los cuatro palos como cuatro champiñones. Prohibido el paso, no se acerquen, se está catetizando un rincón bonito, con su encanto y todos sus valores catalogados. O eso dicen. Han afeado el patio de los naranjos como han hecho con el Salón Colón del Ayuntamiento, donde el gobierno de Espadas quitó los muebles de elegante caoba para poner mesas de pisos de estudiantes. ¿Estaba la caoba apolillada quizás? ¿Provocaba alguna alergia desconocida en algún munícipe? A gastar dinero, se dijo, y a orillar unos muebles de alta calidad.

Parece que no hay un canónigo en toda la diócesis que tenga buen gusto y asesore con cierto criterio en materia de patrimonio histórico. El Salvador depende del Cabildo Catedral desde que terminó la celebrada rehabilitación hace ahora diez años. El edificio se parece desde entonces más a un museo con hermandades –con tienda abierta hacia la plaza, cómo no– que a un templo propiamente dicho. Si se fijan en la última obra de reforma que se ha hecho en las dependencias de la Parroquia del Sagrario de la Catedral (sí, de la Catedral), el resultado es el de unas dependencias más propias de un Hotel NHde cuatro estrellas que de un templo barroco. Aquello tiene una estética blanca, de tanatorio nuevo y reluciente, que lo mismo vale para Albacete, Lugo o Almería. Todo funcional, por supuesto. Todo muy útil, muy limpio, muy de salón de celebraciones de postín a la salida del pueblo.

Quien desde luego no tiene la culpa de este nuevo despropósito es el arzobispo. Don Juan José es un amante del arte, del buen arte eclesiástico. Sólo hay que ver sus esfuerzos por enseñar la colección de cuadros del Palacio Arzobispal, por abrirla al público, por explicar las diferentes dependencias: el despacho oficial, los aposentos del nuncio, el comedor de gala, etcétera. Tiene claro que el arte tiene una función, hay que hacer pedagogía con el arte, aprovecharlo y, sobre todo, preservar el sentido para el que las obras fueron creadas. Nos consta que le dolieron los tablones de pladur que se colocaron en la sacristía de la Magdalena, como seguro que le escocerá esta estética de cadenas y palos más apropiada para reservar una plaza de aparcamiento en superficie del piso de la playa que de un bien de interés cultural donde se han gastado millones de euros de todos los contribuyentes. Don Juan José va a tener que promover unas clases de Historia del Arte para sus canónigos, al igual que se imparten clases de liturgia a los periodistas para que sepamos las partes de la misa, el sentido de la liturgia y no confundamos el ofertorio con la consagración, ni la oración de los fieles con el salmo responsorial.

En qué privilegiada cabeza cabe semejante mamarrachada. Ni el catálogo del IAPH, ni los planes de protección, ni la comisión de patrimonio que te crió. ¿No se enseña en los seminarios a cuidar el patrimonio histórico? ¿Ohan orillado el arte poco a poco –que no se mueva un varal– como han desterrado los latines?¿Tan difícil es encontrar un canónigo con cierto criterio, prudencia y tacto? La verdad es que se entienden muchas cosas si se ven las casullas de Ikea que se gastan algunos teniendo la vasta colección que posee el Cabildo. Dejen el Salvador como está, que ya está bastante frío y encorsetado, no lo hagan más inhóspito, más incómodo, más frío y más vulgarizado. Dejen de acotar espacios, que el Salvador va a parecer la versión adelantada de la próxima Semana Santa.

Santa Catalina, humedades prematuras

Carlos Navarro Antolín | 21 de febrero de 2016 a las 5:00

Santa Catalina
QUE no quiero verla, que no quiero verla. La enorme mancha de humedad de Santa Catalina no quiero verla. Una humedad prematura, irónica sangre derramada en la lucha pérdida e ingrata por la conservación del patrimonio histórico. Qué poco dura la alegría en este templo mudéjar. Dicen que la Catedral está viva porque sus pilares se mueven con los cambios de temperatura, lo cual es señal de una flexibilidad que evita catástrofes en tiempos de amenazas sísmicas. Pues si la Catedral está viva, Santa Catalina ya respira. Y de tanto respirar tiene manchas de humedad prematura, manchas altas, una hemorragia que abraza el templo como un cinturón que ahoga. Se acaba de invertir un millón de euros para acabar con la humedad por capilaridad del edificio y resulta que estamos como en los finales de Liga en ciertos estadios: otro año igual. Pues ya estamos otra vez igual en una ciudad con vocación a revestirse de Sísifo, a estar siempre relegada, como en la canción de la Jurado, a volver al punto de partida.

No ha terminado la restauración de Santa Catalina, está anunciando el arzobispo el inicio de la fase decisiva de las obras, y ya están los muros dando el jaque a la conservación del templo. Santa Catalina parece el templo gafado frente al Salvador, o incluso frente a la capilla de Santa María de Jesús en la Puerta de Jerez, por donde pasan miles de sevillanos y donde los sevillanos no entran, salvo para acceder al local de al lado a preguntar si han quedado sillas libres, sillas para la Semana Santa, evidentemente. Aquí la clave es tener donde sentarse. En esta ciudad el que no está sentado es que hace el indio. En esa capillita, decíamos, se ha instalado un sistema de electroosmosis inalámbrica contra las humedades por capilaridad y se ha apostado por un mortero transpirable sin que por el momento haya atisbo de humedades.

No hay una nueva Santa Catalina como en su día se dijo que había un nuevo Salvador, robustecido, fuerte y sanado. Santa Catalina ya tiene la piel castigada y está como siempre la conocimos. Estamos a un minuto de oír un veredicto como el del mecánico: “Esto va a ser de la bujía”. Yse nos quedará la cara de torta mirando las paredes manchadas como el sevillano que mira la ciudad desde el Aljarafe y se embelesa ante la boina de contaminación que hace las veces de palio letal que cubre la urbe.

Sí, Santa Catalina ya tiene su boina. Yse cumple la dualidad de la ciudad. En una acera se bebe y se ríe entre crepitares de aceite donde se fríen los pavías a la sombra del Rinconcillo. Yen la otra, justo enfrente, se empapa cual torrija el mejor mudéjar de la ciudad. Pero mientras no se moje una cofradía, nadie mira los partes, nadie pregunta por la causa, nadie se duele, nadie realiza análisis sobre riesgos.

Dice el pintor Salinas que en esta ciudad hay que trabajar más todos los días y no pintar una línea y convocar una rueda de prensa para contarlo. En Santa Catalina ya ha habido varias ruedas de prensa. Y ahí están las manchas, pies de barro de un templo desconocido ya por generaciones de sevillanos que crecen si haberlo visto nunca abierto. Mientras hayas pavías, qué más da. Lo dijo el Pali: menos bombas y más pavías. En caso de humedades, llamen al fontanero.
HUMEDAD EN SANTA CATALINA

El imputado Torrijos y el crucificado expirante

Carlos Navarro Antolín | 26 de septiembre de 2013 a las 13:44

la foto
Cristo expirante, solo, con un paisaje idealizado de la ciudad de Jerusalén. Una restauradora limpia la superficie del óleo, quitando la suciedad y reintegrando las lagunas de la obra. Hay claroscuros que evocan a Caravaggio. Ni están la Virgen ni San Juan. El crucificado aparece en una soledad tenebrosa. Todo ocurre en el patio central del Ayuntamiento de Sevilla. Son las 11:44 horas del jueves. Irrumpe en la escena el portavoz de IU, Antonio Rodrigo Torrijos, recién informado de su imputación judicial. Baja las escaleras a gran velocidad, se marcha desparramando ligeramente la mirada sobre cuanto ocurre a su alrededor. No habla ni para decir esta boca es mía. Sale abanto, rehuyendo el bosque de alcachofas, barbeando los muros de la Casa Consistorial. La restauradora, ajena a cuanto ocurre a sus espaldas, sigue acariciando con mimo al Cristo solo, expirante, del que todo el mundo conoce su final, el Cristo que está en su último hálito de vida y aferra su mirada a un horizonte de última esperanza. Arte y política. Los claroscuros de Torrijos no son de Caravaggio, evocan un baile de togas, un paisaje mucho más terrenal y árido, un camino de meses plagado de espinas. Pero el final también lo conocemos: la soledad. El gallo de IU ha cantado ya tres veces. Nadie restituirá las lagunas de una obra pintada con brocha gorda en ocho años de gobierno.