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Mamarrachada en el Salvador

Carlos Navarro Antolín | 30 de abril de 2017 a las 5:00

SALVADOR

COMO champiñones aparecieron, justo antes de Semana Santa, cuando el cofraderío está despistado y el personal sólo busca pasos, pasos y más pasos, importándole poco si se está diciendo misa en el altar mayor, si se celebran los oficios, o si está la reserva del Santísimo, velote rojo encendido que demanda una genuflexión que cada vez se aprecia menos. Como champiñones florecidos de mala manera: cuatro palos con cadenas alrededor de la fuente del Patio de los Naranjos del Salvador. Los curas han cercado la fuente de mármol del siglo XVIII, una mamarrachada en toda regla de la que nadie sabe nada. Nadie dice nada. Silencio, se encadena. Aparecieron los cuatro palos como cuatro champiñones. Prohibido el paso, no se acerquen, se está catetizando un rincón bonito, con su encanto y todos sus valores catalogados. O eso dicen. Han afeado el patio de los naranjos como han hecho con el Salón Colón del Ayuntamiento, donde el gobierno de Espadas quitó los muebles de elegante caoba para poner mesas de pisos de estudiantes. ¿Estaba la caoba apolillada quizás? ¿Provocaba alguna alergia desconocida en algún munícipe? A gastar dinero, se dijo, y a orillar unos muebles de alta calidad.

Parece que no hay un canónigo en toda la diócesis que tenga buen gusto y asesore con cierto criterio en materia de patrimonio histórico. El Salvador depende del Cabildo Catedral desde que terminó la celebrada rehabilitación hace ahora diez años. El edificio se parece desde entonces más a un museo con hermandades –con tienda abierta hacia la plaza, cómo no– que a un templo propiamente dicho. Si se fijan en la última obra de reforma que se ha hecho en las dependencias de la Parroquia del Sagrario de la Catedral (sí, de la Catedral), el resultado es el de unas dependencias más propias de un Hotel NHde cuatro estrellas que de un templo barroco. Aquello tiene una estética blanca, de tanatorio nuevo y reluciente, que lo mismo vale para Albacete, Lugo o Almería. Todo funcional, por supuesto. Todo muy útil, muy limpio, muy de salón de celebraciones de postín a la salida del pueblo.

Quien desde luego no tiene la culpa de este nuevo despropósito es el arzobispo. Don Juan José es un amante del arte, del buen arte eclesiástico. Sólo hay que ver sus esfuerzos por enseñar la colección de cuadros del Palacio Arzobispal, por abrirla al público, por explicar las diferentes dependencias: el despacho oficial, los aposentos del nuncio, el comedor de gala, etcétera. Tiene claro que el arte tiene una función, hay que hacer pedagogía con el arte, aprovecharlo y, sobre todo, preservar el sentido para el que las obras fueron creadas. Nos consta que le dolieron los tablones de pladur que se colocaron en la sacristía de la Magdalena, como seguro que le escocerá esta estética de cadenas y palos más apropiada para reservar una plaza de aparcamiento en superficie del piso de la playa que de un bien de interés cultural donde se han gastado millones de euros de todos los contribuyentes. Don Juan José va a tener que promover unas clases de Historia del Arte para sus canónigos, al igual que se imparten clases de liturgia a los periodistas para que sepamos las partes de la misa, el sentido de la liturgia y no confundamos el ofertorio con la consagración, ni la oración de los fieles con el salmo responsorial.

En qué privilegiada cabeza cabe semejante mamarrachada. Ni el catálogo del IAPH, ni los planes de protección, ni la comisión de patrimonio que te crió. ¿No se enseña en los seminarios a cuidar el patrimonio histórico? ¿Ohan orillado el arte poco a poco –que no se mueva un varal– como han desterrado los latines?¿Tan difícil es encontrar un canónigo con cierto criterio, prudencia y tacto? La verdad es que se entienden muchas cosas si se ven las casullas de Ikea que se gastan algunos teniendo la vasta colección que posee el Cabildo. Dejen el Salvador como está, que ya está bastante frío y encorsetado, no lo hagan más inhóspito, más incómodo, más frío y más vulgarizado. Dejen de acotar espacios, que el Salvador va a parecer la versión adelantada de la próxima Semana Santa.

Santa Catalina, humedades prematuras

Carlos Navarro Antolín | 21 de febrero de 2016 a las 5:00

Santa Catalina
QUE no quiero verla, que no quiero verla. La enorme mancha de humedad de Santa Catalina no quiero verla. Una humedad prematura, irónica sangre derramada en la lucha pérdida e ingrata por la conservación del patrimonio histórico. Qué poco dura la alegría en este templo mudéjar. Dicen que la Catedral está viva porque sus pilares se mueven con los cambios de temperatura, lo cual es señal de una flexibilidad que evita catástrofes en tiempos de amenazas sísmicas. Pues si la Catedral está viva, Santa Catalina ya respira. Y de tanto respirar tiene manchas de humedad prematura, manchas altas, una hemorragia que abraza el templo como un cinturón que ahoga. Se acaba de invertir un millón de euros para acabar con la humedad por capilaridad del edificio y resulta que estamos como en los finales de Liga en ciertos estadios: otro año igual. Pues ya estamos otra vez igual en una ciudad con vocación a revestirse de Sísifo, a estar siempre relegada, como en la canción de la Jurado, a volver al punto de partida.

No ha terminado la restauración de Santa Catalina, está anunciando el arzobispo el inicio de la fase decisiva de las obras, y ya están los muros dando el jaque a la conservación del templo. Santa Catalina parece el templo gafado frente al Salvador, o incluso frente a la capilla de Santa María de Jesús en la Puerta de Jerez, por donde pasan miles de sevillanos y donde los sevillanos no entran, salvo para acceder al local de al lado a preguntar si han quedado sillas libres, sillas para la Semana Santa, evidentemente. Aquí la clave es tener donde sentarse. En esta ciudad el que no está sentado es que hace el indio. En esa capillita, decíamos, se ha instalado un sistema de electroosmosis inalámbrica contra las humedades por capilaridad y se ha apostado por un mortero transpirable sin que por el momento haya atisbo de humedades.

No hay una nueva Santa Catalina como en su día se dijo que había un nuevo Salvador, robustecido, fuerte y sanado. Santa Catalina ya tiene la piel castigada y está como siempre la conocimos. Estamos a un minuto de oír un veredicto como el del mecánico: “Esto va a ser de la bujía”. Yse nos quedará la cara de torta mirando las paredes manchadas como el sevillano que mira la ciudad desde el Aljarafe y se embelesa ante la boina de contaminación que hace las veces de palio letal que cubre la urbe.

Sí, Santa Catalina ya tiene su boina. Yse cumple la dualidad de la ciudad. En una acera se bebe y se ríe entre crepitares de aceite donde se fríen los pavías a la sombra del Rinconcillo. Yen la otra, justo enfrente, se empapa cual torrija el mejor mudéjar de la ciudad. Pero mientras no se moje una cofradía, nadie mira los partes, nadie pregunta por la causa, nadie se duele, nadie realiza análisis sobre riesgos.

Dice el pintor Salinas que en esta ciudad hay que trabajar más todos los días y no pintar una línea y convocar una rueda de prensa para contarlo. En Santa Catalina ya ha habido varias ruedas de prensa. Y ahí están las manchas, pies de barro de un templo desconocido ya por generaciones de sevillanos que crecen si haberlo visto nunca abierto. Mientras hayas pavías, qué más da. Lo dijo el Pali: menos bombas y más pavías. En caso de humedades, llamen al fontanero.
HUMEDAD EN SANTA CATALINA

El imputado Torrijos y el crucificado expirante

Carlos Navarro Antolín | 26 de septiembre de 2013 a las 13:44

la foto
Cristo expirante, solo, con un paisaje idealizado de la ciudad de Jerusalén. Una restauradora limpia la superficie del óleo, quitando la suciedad y reintegrando las lagunas de la obra. Hay claroscuros que evocan a Caravaggio. Ni están la Virgen ni San Juan. El crucificado aparece en una soledad tenebrosa. Todo ocurre en el patio central del Ayuntamiento de Sevilla. Son las 11:44 horas del jueves. Irrumpe en la escena el portavoz de IU, Antonio Rodrigo Torrijos, recién informado de su imputación judicial. Baja las escaleras a gran velocidad, se marcha desparramando ligeramente la mirada sobre cuanto ocurre a su alrededor. No habla ni para decir esta boca es mía. Sale abanto, rehuyendo el bosque de alcachofas, barbeando los muros de la Casa Consistorial. La restauradora, ajena a cuanto ocurre a sus espaldas, sigue acariciando con mimo al Cristo solo, expirante, del que todo el mundo conoce su final, el Cristo que está en su último hálito de vida y aferra su mirada a un horizonte de última esperanza. Arte y política. Los claroscuros de Torrijos no son de Caravaggio, evocan un baile de togas, un paisaje mucho más terrenal y árido, un camino de meses plagado de espinas. Pero el final también lo conocemos: la soledad. El gallo de IU ha cantado ya tres veces. Nadie restituirá las lagunas de una obra pintada con brocha gorda en ocho años de gobierno.