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Sin barbacoa en la Torre Sur

Carlos Navarro Antolín | 22 de junio de 2018 a las 21:11

Gomez de Celis nuevo Delegado del Gobierno Antonio Pizarro/ Diario de

LA memoria es el camino más corto para la guasa. En política la memoria cotiza a la baja. La gente de la política no conoce término medio: o tiene rencor, que es la memoria con notas al margen, o no se acuerda de nada. A conveniencia. La memoria es como la pariente que estorba, una aguafiestas que se presenta en el lugar menos indicado y en el momento más inoportuno. Veinte años no es nada, pero en la montaña rusa de la política es una eternidad de curvas, ascensos y descensos pronunciados. El eficaz Alfonso Rodríguez Gómez de Celis tomó posesión ayer como nuevo delegado del Gobierno en Andalucía. Buena es la viena de la delegación a falta de la torta del Ministerio. Aceptamos el despacho de la Torre Sur como premio por ser el andaluz que más ha dado la cara por Pedro Sánchez, con permiso del eterno Toscano. Desde la puerta de acceso se notaba que la ceremonia de verdad no era la de toma de posesión de Celis, sino la de los chicos de Celis (Los conocidos como los Celis´boys). Por la Torre Sur pululaban Rafael Pineda, flamante jefe de gabinete del nuevo delegado, el astuto David Hijón (“Consultora Dialoga, dígame”) y la siempre leal Encarnación Martínez. Era verlos y recordar a aquellos jóvenes que preparaban las barbacoas en la casa de Encarni en el Aljarafe, esas fiestas a las que acudía una tal Susana Díaz a la que Alfonso acabó metiendo en el partido. España ya había mejorado por aquel entonces, oiga. De la foto de la tortilla de González, Yáñez y un tal Valle entre pinares, a la presa ibérica en su punto de Alfonso, Encarni y Susana en la ya entonces emergente comarca metropolitana. Veinte años no son nada. Celis toma posesión como delegado del Gobierno dos décadas después de romper sus relaciones con Susana Díaz. Fue en 1999 cuando el todopoderoso Pepe Caballos metió a Susana Díaz en la lista municipal con preferencia sobre Celis (“Alfonsito”, lo llamaba), que era a quien correspondía haber ido en puesto de salida. Caballos rompió el orden natural y enfrentó a los hijos. Ya no hubo más barbacoas, ni Ferias brindadas en las casetas de distrito. Veinte años después de aquello, la Torre Sur unió a todos los protagonistas. Celis, Susana Díaz… Y hasta el mismísimo Pepe Caballos sentado, por cierto, en la misma fila que el arzobispo. Faltaba el órgano entonando el Perdón, oh Dios mío, pero no es cuaresma, sino verano. El PSOE recuperó la Alcaldía en el 99 con Monteseirín apoyado por los andalucistas. Alfredo, presente en la primera fila del acto, será el delegado del Estado para la Zona Franca veinte años después. Son los mismos caballitos del tío vivo, pero sin barbacoa… Y con arzobispo presente.

Perdemos gorriones

Carlos Navarro Antolín | 20 de junio de 2018 a las 17:58

Reportaje de Gorriones

Nos faltan pájaros. Quién nos lo iba decir. Han revisado los árboles y las fachadas de la ciudad y se notan menos aves. Muchos gorriones se han ido. Y los que se quedan están ansiosos, se meten hasta en el interior de los bares a luchar por una miga. Nuestros gorriones tienen hambre, están revueltos, crispados, sufren desasosiego cual militantes del PP. El telediario informa de la caída de la natalidad y del descenso de las aves urbanas. Y Sevilla es citada como una de las ciudades que pierden pájaros. Ahí duele. Nosotros, que siempre hemos presumido de tener una riquísima avifauna… Los expertos elucubran sobre la causa. ¿Por qué perdemos gorriones? La polución, la desruralización del casco urbano, la excesiva poda de los árboles. No confundan nunca al gorrión, pájaro habitual del casco urbano, con el vencejo. Los vencejos siguen con nosotros. Nos guardan fidelidad. Pero los gorriones están en extinción, como las golondrinas, que ya sólo habitan en los versos. Que Sevilla pierda pájaros es como si un día el telediario informa de la bajada del número de bares. Aquí hay –o había– más pájaros que veladores. Lo curioso es que perdamos gorriones, el ave común, el pájaro de referencia en las conversaciones cuando hay que culpar al de siempre, esa máxima de que todos los pájaros comen trigo y siempre la culpa es del gorrión.

Faltan gorriones como faltan fontaneros. Faltan aves comunes como falta tropa para cargos intermedios. Nada es por casualidad y todos los hechos están relacionados. Qué difícil es ser pájaro común en un partido político, en una hermandad o en cualquier colectivo. Hoy nadie quiere ser gorrión, por eso –ay casualidad– falta marinería en cualquier barco porque a todos los soldados les han dicho en su casa cuantísimo valen. Y traen la lección bien aprendida, el coaching bien digerido. Porque yo lo valgo, oiga, me niego a ser un simple gorrión. Aquí cualquier pájaro ha hecho un máster, cualquier pájaro luce tiros largos con medallas y cualquier pájaro te pone una moción de censura que te manda para ese sitio tan divertido como el Registro de la Propiedad.

Los gorriones se nos van, que lo dice el telediario y el profesor Enrique Figueroa, el catedrático que lleva años pidiendo un manual para el cuidado de las aves urbanas, un protocolo para impedir que se marchen, que dejen huérfanos nuestros cielos por contaminación, por falta de árboles o por carencia de alimentos. Pero a Figueroa no le escuchan los concejales cuando canta las verdades del barquero. Claro, nadie se cree la cantinela de que Sevilla pierde pájaros, sobre todo por la de ejemplares que se ven a todas horas por las calles.

Nos sobran palomas, terribles palomas para la conservación de los monumentos, y nos faltan gorriones de nervio alegre. Primero se fueron las golondrinas, ahora se están marchando los gorriones y después, quién sabe, serán los vencejos. Los vencejos cada día lo tienen más difícil con tanta nueva arquitectura de fachadas sin huecos. Los arquitectos no piensan en los vencejos, qué desconsiderados. Venga a poner placas de hierro chorreado y ni un orificio para nidos. Está claro que ser pájaro en Sevilla es cada día más difícil. Es morir lentamente en cada esquina, buscar cada mañana el trigo imposible, piar en el desierto.

Atentado estético en Águilas

Carlos Navarro Antolín | 18 de junio de 2018 a las 12:20

Águilas

HAY calle feas y afeadas. Hay calles con belleza, pero incómodas. Hay calles inhóspitas, que no dicen nada, insípidas, pero por las que da gloria pasar, bien por la anchura de las aceras, bien por la ausencia de tráfico rodado, bien por la sombra. El inmenso centro de Sevilla presenta una tipología callejera muy rica, donde no deja de sorprender la habilidad de algunos para romper la estética, destrozar los paisajes, alterar las alineaciones, las planimetrías y todos esos valores que sólo se lloran cuando alguien decide insensible y unilateralmente pasárselos a cuchillo del mal gusto y la falta de tacto.

Águilas es una calle preciosa, pero incómoda. Incómoda y afeada cada día más. Águilas es tan bonita como terrible para ser recorrer tanto por peatones como por automovilistas. Águilas lo tiene todo para ser una calle atractiva: templos y palacios muy próximos, conventos, una trama estrecha, una sombra generosa… Pero hay quien se han encargado de que adquiera todos los vicios de hoy: coches, aceras inexistentes en algunos tramos y comercios con unas fachadas que son vómitos en el conjunto histórico.

El turismo parece la coartada para imponer el planteamiento más funcional a la hora de diseñar los rótulos de un negocio. Todo sea por captar la atención. Vale todo. Da igual que enfrente haya un Bien de Interés Cultural. El problema del entorno de la Catedral no es exclusivo del principal monumento de la ciudad. Al convento de Santa María de Jesús le han colocado un negocio de venta de entradas donde se combinan todos los colores estridentes que el Ayuntamiento quiere impedir en la Avenida de la Constitución, con especial predominio en este caso del amarillo chillón.

Águilas es un suplicio para caminar. Las aceras mínimas obligan a subir y a bajar constantemente. La velocidad máxima para el automóvil es de 20 kilómetros por hora. La real es de 10 kilómetros por hora. Águilas es una calle Baños pero sin Corte Inglés y con mucho turista despistado a la búsqueda de la Casa de Pilatos o de La Carbonería. Sí, es la calle Baños, pero con parte del mejor patrimonio histórico de la ciudad, lo cual no sirve de nada para que un inspector haga su trabajo y levante un acta del crimen perpetrado por quien carece de sensibilidad con los valores que hacen una ciudad sencillamente distinta de otra y, por lo tanto, digna de ser visitada.

En Sevilla falta mucha cultura del patrimonio, como España dicen que es una nación que carece de cultura de defensa. El patrimonio inmaterial de Águilas es el olor a los corazones de obispo que elaboran las monjas, es cruzarte por la acera con Ignacio Medina, duque de Segorbe, que viene de comprobar la última barrabasada en el pavimento de adoquines de la ciudad; al arquitecto Honorio Aguilar, que está ideando la enésima rehabilitación y buscando los mejores pinceles para el paño de la Verónica del Valle, al político Juan Manuel Albendea, en continua renovación del argumentario en defensa de la fiesta de los toros, o al dermatólogo Ismael Yebra, que viene de visitar alguna clausura.

Águilas es una calle de penetración a la Alfalfa, una de las grandes vías de acceso del turismo al casco antiguo. Cuidémosla de los horrores. Impidamos los atentados a su estética. Existe la mafia del taxi en el aeropuerto, como existe la de la indolencia que permite que en una ciudad con un patrimonio tan rico se cometan estas salvajadas. Tragamos con todo. Hasta con el amarillo, en una sociedad donde ya nadie se pone colorado. Perdida la vergüenza, perdido el criterio. Nunca mejor dicho lo del poco tiempo que nos queda el convento.

Atocha, el observatorio de las despedidas de soltero que vienen a Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 17 de junio de 2018 a las 5:00

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PASEAR por el centro los fines de semana es un verdadero ejercicio de convivencia. La ciudad está tomada por quienes en muchos casos no la tienen como suya. Algo que no se siente como propio no se puede querer. Como algo que no se conoce bien no se puede apreciar a fondo. Se llama turistización al fenómeno de la llegada masiva de visitantes de bajo coste que generan serios problemas a los vecinos de una ciudad. Somos una Venecia sin canales, pero con mucho aspirante a gondolero. Mejor que aludir al bajo coste cabría destacar que se trata más bien de visitantes de escasa formación, de muy poca inquietud y de un nivel cultural cortito (con sifón). Turistas de escaso nivel adquisitivo ha habido siempre y nunca se emplearon términos peyorativos. Todo lo más se aludía a los mochileros que aguardaban colas interminables en el entorno de los monumentos.

En los años noventa arreció el problema de la movida nocturna en el barrio de San Lorenzo. La preciosa plaza era tomada por jóvenes en aquellos primeros tiempos de la botellona y al cobijo de algunos bares efímeros. Hay quienes no olvidan la imagen de los orines entrando en la basílica del Gran Poder. Sí, aquellos jóvenes ebrios se comportaban como hoolingans y hacían sus necesidades en la puerta del templo. La Policía Local intervino un fin de semana con especial celo. Identificó a decenas de los meones. Se supo con precisión quiénes usaban la puerta de la iglesia como urinario. Cuando el informe llegó a la primera autoridad municipal, se convino que era mejor no dar muchas pistas. No se trataba de gamberros del extrarradio, ni de jóvenes desarraigados, ni de canis, ateos beligerantes o miembros de bandas extremistas. Eran niños de familias bien, de esas que son “de toda la vida” de Sevilla, criados en ambientes “de orden”, con unos apellidos tan largos que llamaban la atención en el listado.

El pasado fin de semana, en la planta alta de la estación de Atocha se podía ver una suerte de embarque del ganado que levantaba su particular polvareda de mal gusto. Las hordas de las despedidas de soltero con dirección a Sevilla habían comenzado la fiesta en el punto de origen. Y tenían acceso a la sala Club porque viajaban en Preferente. No eran una ni dos despedidas. Formaban un ejército de horteras bebiendo latas de cerveza caliente empapada con dulces. Eran jóvenes de Madrid, con un notable poder adquisitivo según la información que obligaban a oír a los sufridos testigos de la escena. Estaban dispuestos a vivir unas horas “en el Sur” haciendo el indio, comportándose como gansos. “Esto es lo que va para Sevilla cada viernes. No se sorprenda”, sentenció un fino observador, absorto al ver cómo la turba mezclaba el fermentado con los cortadillos de cidra. La planta alta de la estación de Atocha es cada viernes una suerte de dehesa donde pastan los gamberros, un Observatorio de las Despedidas de Soltero donde un buen veedor ya intuye cuáles son los ejemplares que darán mejor juego en las plazas sevillanas. De la sala Club del AVE a la Plaza del Salvador y después a vivaquear de bar en bar hasta acabar derrotados en un velador, atendidos por un camarero todavía más derrotado que ellos. Hartos unos, harto el otro, penosa estampa que se repite todos los fines de semana. Salen del chiquero del AVE los viernes con todas las energías hasta acabar tirados el domingo por la mañana por Mateos Gago, la Plaza de la Pescadería o cualquier cafetería franquiciada, apenados quizás por el cansancio y por esa sensación del que sabe que, en el fondo, ha hecho el carajote. No se trata de forofos cerveceros ni de gente sin oportunidad de recibir una formación. Se trata de niñatos con acceso a la sala VIP que con su comportamiento de cafres acabaron por echar a viajeros respetuosos que disfrutaban de un café, recargaban el teléfono móvil o tomaban agua mientras leían un periódico. Los mismos cafres que ya acceden a los hoteles de cinco estrellas.

Con el turismo ocurre como con la educación. No porque las partidas presupuestarias sean más altas se garantizan mejores resultados académicos. No por abrir más hoteles de cinco estrellas se asegura una ciudad un turismo de alto nivel cultural que, por ejemplo, valore los negocios con sello local y el conocimiento de la cultura e historia de un sitio. La degradación de la convivencia urbana se aprecia en las bodas, en las playas, en los viajes, en las fiestas… Tenemos probablemente los turistas que nos merecemos. Mejor exhibir las postales, mejor no enseñar la lista de quienes se orinaban en las puertas del templo. Pensemos eso: que son desgraciados pendientes de ser romanizados, pese a que hablaban a voces sobre el nuevo restaurante del barrio de Salamanca. En ocasiones veo despedidas de soltero que viajan en alta velocidad con derecho a merienda servida por azafata. Pronuncian una eses perfectas, sus voces tronantes los delatan. El mal gusto los iguala a todos.

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Ataque de odio contra Manuel Lombo

Carlos Navarro Antolín | 11 de junio de 2018 a las 13:17

Presentacion del concierto de Manuel Lombo en la catedral.
Al cantante Manuel Lombo, que no ha matado a nadie, le han arreado estopa en esas puertas traseras de aseo de instituto que son las redes sociales. ¿Por qué atacan a Lombo pública y cobardemente? No por su voz, ni por las letras de sus composiciones, ni por su capacidad para la interpretación en los escenarios, ni por un calendario de actuaciones más o menos perfilado a juicio de la crítica especializada de su sector. No, a Lombo lo han puesto a parir por odio. El odio es el motor que mantiene a media España viva. Viva… y envenenada. El odio descansa en dos pedestales: el complejo y la envidia. A Lombo le han dicho este fin de semana en letra gorda que es “taurino y cantantucho de copla mala”, le han referido que está “en contra del aborto” y le han rematado con un tiro de gracia: “Eres simplemente patético”. Después, en una segunda oleada de ataques lo han puesto de “asesino”, de tener una “mente atrasada” y, he aquí donde aparece ya el pelaje más profundo, le han referido a su hermano sacerdote, que trabaja con toda discreción en asuntos jurídicos en la curia. Las víboras que se amparan en el anonimato y se envuelven en la noble bandera del feminismo exhibieron en ese momento su verdadera piel demoníaca. Nunca recordarán, por ejemplo, que un sacerdote fue el que cayó asesinado hace dos años en la calle Carrión Mejías por el ex marido de su sobrina. El tipo iba directo a Triana a segar la vida de la que había sido su mujer cuando el cura, que estaba informado por ella del calvario que estaba sufriendo, pagó con su vida retener a aquella bestia todo el tiempo que pudo. No pudo matarla a ella, pero acabó con su protector. Nadie guardó un minuto de silencio por este señor que se enfrentó en la vía pública a aquel individuo poseído por el mal. Nunca mereció un nunca más, ni un tuit de agradecimiento o memoria, ni una velita en el pavimento donde su sangre quedó derramado. Claro: era varón y sacerdote. Lo tenía todo en la sociedad de hoy…

A Lombo le refieren ahora ser hermano de un cura cuando ya no queda otro argumento, cuando se han acabado los celofanes rosas, los esloganes y las manifestaciones, cuando por fin aparece la verdadera razón de ser de estos seres: odiar, envidiar, exterminar al prójimo, vengarse, vomitar la bilis que revuelve sus entrañas, asumir como papagayos la doctrina perversa de la ideología de género. No son capaces de analizar su evolución de promesa del flamenco a firme realidad, ni su falta de complejos para ser joven y apostar por el género de la copla. ¡A quién se le ocurre cantar copla! Se trata únicamente de acabar con Lombo por taurino y defensor de la vida, consiste en acabar con el diferente, con el que está fuera del pensamiento lanar. Siga usted cantando, señor Lombo, nunca suelte el micrófono. Es la mejor respuesta a los ataques de este fin de semana. A cantar, a cantar. Algunos papagayos, hartos de tragar, se acaban convirtiendo en lobos ávidos de carnaza por la árida estepa de las redes sociales.

Sevillanos con Feijoó

Carlos Navarro Antolín | 10 de junio de 2018 a las 5:00

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LA noche del 7 de abril, sábado de convención del PPnacional en Sevilla, los telediarios se habían centrado en el morbo de la presencia de Cristina Cifuentes en la primera fila del salón del hotel Renacimiento de la Isla de la Cartuja. Nadie presagiaba que la madrileña tenía los días contados. Ella… y Rajoy. El presidente decidió cenar aquel día arropado por las principales figuras. Lógico. Se convocó a un selecto grupo en la primera planta del restaurante Robles, el de toda la vida de Placentines. Se habilitó el reservado Carmen, ubicado al fondo del salón principal, a la izquierda según se sale de la escalera. La verdad es que eran demasiados los citados para el espacio elegido, pero no se supo el número exacto de comensales hasta el último minuto. Alguien iba ampliando la lista a cada momento. Arenas siempre cuida a los suyos, máxime en momentos delicados, y los hace partícipes de las glorias si está en su mano poder hacerlo. La cifra fue paulatinamente subiendo a lo largo de la tarde. La alineación final fue Rajoy, Cospedal, Zoido, el propio Arenas, Moreno Bonilla, Virginia Pérez, Beltrán Pérez… Casi todos con sus respectivos acompañantes. Arenas colocó en la cena a sus dos protegidos en Sevilla: Beltrán y Virginia. Ocurrió que los chicos de Sevilla habían organizado una cuchipanda en el Arenal a la que se había invitado reiteradamente al presidente Alberto Núñez Feijoó, ya considerado el delfín oficial en el tardo-rajoismo. Pero también sucedió que los Pérez no supieron hasta última hora que estaban convocados a la cena con el presidente. Conclusión: o dejaban plantado al presidente del Gobierno, o dejaban plantado a Feijoó después de lo que le habían insistido para que honrara la velada hispalense. Cuando los camareros de Robles retiraron el plato principal (¡Qué amable siempre el de la Sierra Norte!), la presidenta Virginia Pérez hizo lo que casi nadie se hubiera atrevido a hacer en España: anunciarle al que era el presidente del Ejecutivo y del partido que, sintiéndolo mucho, debía levantarse de la mesa y abandonar tan agradable y privilegiado encuentro. “Presidente, yo voy a ser políticamente incorrecta porque estoy sufriendo mucho”. Y Rajoy –largo como el C-2 los días de Feria– le aplaudió el mero anuncio de la incorrección política, así como lamentó que estuviera padeciendo una suerte de Stabat Mater dolorosa… La presidenta provincial le explicó que tenía a Feijoó con cincuenta militantes de Sevilla esperándola en un restaurante . Esa base social –que dirían algunos– es la que llevó a Pérez a la presidencia del partido en el congreso en que se enfrentó a las fuerzas oficialistas apoyadas por el ministro Zoido. Aquel momento tuvo que ser parecido a lo del canónigo que le cantaba al prelado las verdades del barquero. Un día se le acercó el sacristán con ganas de agradar: “Don José, es usted el único que le dice la verdad al obispo”. Y el cura zanjó la conversación para frenar de cuajo el peloteo: “No, lo que soy es el único canónigo que queda por oposición. Todos son digitales. Digitales viene de dedo, y el dedo es el del obispo, ¿me ha entendido?”.

Se fueron los Pérez sin elegir postre. Se marcharon con el otro gallego. Se perdieron las copas de balón. DonMariano pidió un poquito de Cardhu “con un trozo de hielo”. Javié, el mismo destilado escocés, pero sin hielo. Todos pudieron sentarse con más holgura al quedar cuatro plazas libres. Acabada la cena, el presidente del Gobierno acudió a despedirse de la familia Robles para agradecer las atenciones. Les pidió que no le trataran de don ante numerosos testigos expectantes por la presencia de escoltas y toda esa farfolla que acompaña al poder. A Rajoy le dieron ánimos para su tarea. ¡Menudo presagio! Y él respondió: “¡Estamos luchando contra los malos! Chichichí. ¡Muchas gracias por todo!”.

A esa hora, el aparato provincial del PP de Sevilla alzaba una copa de tinto en honor del delfín Feijoó, una cita donde la mayoría de los presentes eran y son destacados arenistas que exhibieron innumerables fotos con el líder gallego. Ya se sabe que cuando dos o más del PP de Sevilla se reúnen, Arenas siempre está presente por medio de alguno de sus vicarios. O vicarias. Nada de lo que allí ocurría era ajeno para Javié, que se había quedado con Rajoy hasta el final.

La noche del 7 de abril quedó claro que el aparato provincial no está con Cospedal como futura presidenta del partido. No está con la preferida de Zoido. La mayoría de los compromisarios votarán a Feijoó si se presenta contra otro candidato. El presidente gallego, por cierto, está entusiasmado con la película del congreso provincial que enfrentó a dos candidaturas como nunca había ocurrido en la historia del partido en Sevilla.

La moción de censura ha reforzado el significado de cuanto ocurrió aquella noche: el movimiento de gallego a gallego. De Rajoy a Feijoó. Un movimiento escenificado en la mudanza de Robles a El Copo. Del reservado, donde se hizo cierto silencio al marcharse los Pérez, al salón donde se jaleaba al líder autonómico que cuenta con mayoría absoluta en su tierra y que tiene a raya a Ciudadanos. ¿Quién puede presumir hoy de estas dos vitolas en el PP?

La única incógnita por despejar es la situación particular de Arenas en el nuevo orden que resulte del congreso nacional. Cómo quedará el eterno embajador del PP andaluz y sevillano en Madrid. Algunos en la sede regional pretenden privarle de esa condición, hartos de su sombra alargada, de su capacidad para el regate, de su habilidad para poner el intermitente a la izquierda y girar a la derecha. Arenas, en realidad, puede apoyar a cualquier sucesor de Mariano Rajoy –se lleva bien con la inmensa mayoría– siempre que vea asegurada su continuidad y, por supuesto, siempre que no sea Cospedal. Su preferencia es Feijoó, pero podría entenderse, por ejemplo, con Soraya Sáenz de Santamaría, aunque ya se sabe que la ex vicepresidenta carece de peso orgánico. Aunque haya aprobado una oposición. Como el canónigo.

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Las jarras de agua colectivas en los bares de Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 7 de junio de 2018 a las 18:52

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De los bares desaparecieron un buen día los búcaros, como desaparecieron las alfombras de serrín, los carteles que prohibían el cante y los cubiletes donde se ofrecían palillos. Sin búcaros perdimos el sabor del agua enfriada por el barro de Lebrija y tuvimos que empezar a suplicar agua al camarero como Ben-Hur al centurión. La cara de pestiño que ponen muchos camareros cuando se les pide agua es digna de estudio por algún departamento universitario con escasa carga lectiva y mucha agenda de viajecitos y otras tareas de ocio camufladas como labores de investigación. También dan para un estudio las fórmulas que inventan algunos dueños de bares para evitar que sus empleados pierdan tiempo en servir agua. Agilizar se llama. Dan asco esas jarras a disposición de la distinguida clientela (por las que hilan) en lo alto de la barra, con sus vasos de plástico también dispuestos al manoseo de cualquiera, sobre todo en esas cafeterías próximas a organismos públicos donde se sigue al pie de la letra la sevillana del Tiempo detente, porque se para el reloj para muchos funcionarios, empleados públicos y eventuales que echan la mañana de charleta con los vasos y los platos sucios por delante. En Sevilla se desayuna despacito, como el buen toreo. Igual que se asiste a los funerales despacito, muy despacito, de tal forma que algunos no acuden a dar el pésame, sino a echar la mañana en el tanatorio. Hay verdaderos especialistas en la materia. No hay cosa más peligrosa, por ejemplo, que un funeral a las once y media. Se oye en cuantito el cura imparte la bendición: “¿Las doce y cuarto? Ya no merece la pena pasar por el despacho”. Las jarras de uso colectivo, decíamos, son una verdadera porquería, mire usted. La modernidad y la higiene por decreto llegaron a los palillos, cada uno en su funda de papel para que usted se escarbe los piños con total garantía. Pero con el agua hemos involucionado, oiga. Cualquiera manipula la jarra de plástico como cualquiera vuelve a poner el vaso usado donde solo debiera haber vasos limpios, ¿o no? En este país nos dan libertad, muchísima libertad, naturalmente de forma interesada, para una tarea tan expuesta como repostar el coche. Nos obligan a manipular el combustible sin ser expertos y a contribuir así a la amortización de puestos de trabajo. Recuerdo un empleado de estación de servicio que improvisaba tertulias sobre artículos periodísticos mientras llenaba el depósito. Y al cerrarme con toda diligencia la puertecilla del depósito siempre expresaba un deseo: “A ver si un día me presenta a Francisco Correal”. Eche usted gasolina en la estación de servicio de Las Cabezas de San Juan (Bueno) con sus propias manitas y ya verá como le huelen todavía a gasoil cuando entre en Sevilla por los Bermejales. Pues también nos dan barra libre con las jarras del agua en esos desayunódromos que son las innumerables cafeterías de una ciudad que, oh paradojas, carece de un gran café. Es la cultura del sírvase usted mismo, que trata al cliente como consumidor puro y duro. Quién nos iba a decir que echaríamos de menos los pestiños faciales y el comentario malaje de turno del camarero hartito de servir agua: “¿Hemos comido bacalao, jefe?”.

Celis, el cirineo andaluz se queda fuera del Gobierno

Carlos Navarro Antolín | 5 de junio de 2018 a las 16:56

PEDRO SÁNCHEZ VISITA LA FERIA DE ABRIL DE SEVILLA
Una de las escasas referencias andaluzas del sanchismo en tiempos de guerra interna en el PSOE se ha quedado fuera del Gobierno. Alfonso Rodríguez Gómez de Celis (Sevilla, 1970) era a priori la apuesta más firme de los socialistas sevillanos para estar en el consejo de ministros. Celis se la ha jugado estos últimos años por Pedro Sánchez pese a estar en un territorio tan adverso como Andalucía, fortín controlado por Susana Díaz. El ex concejal del Ayuntamiento de Sevilla siempre ha mostrado una inercia natural contra los aparatos del partido, contra el poder establecido, una tendencia reiterada a la rebeldía de muros hacia adentro, pero, al mismo tiempo, se ha cuidado a la hora de no señalar en exceso sus ambiciones políticas. Pudo ser candidato a la Alcaldía, pero no terminó de dar el paso al frente. Pudo ser ministro, pero se ha quedado fuera, al menos de esta primera hornada. Siempre quedan los premios de aproximación, dicho sea en terminología del Organismo Nacional de Loterías y Apuestas del Estado, como son las delegaciones del Gobierno. El paso al frente que Celis dio por Pedro Sánchez en la Andalucía donde reina Susana fue en su día un gesto valiente, reconocido como insólito por ese círculo de íntimos que tiene a este Alfonso encumbrado como un gran estratega político. Celis se ha pasado buena parte de su vida pública midiendo, calculando, tasando riesgos y, eso sí, posicionándose al mismo tiempo en contra del que mandaba en el partido. Ha sido un protestón, pero con cabeza. Por eso llamó la atención su firme apoyo a un candidato sin trayectoria política, una adhesión que se plasmó con nitidez y descaro en la Feria de Sevilla de 2016. Alfonso fue el único socialista sevillano que acudió a recoger al secretario general cuando el coche de Sánchez aparcó junto a la portada. Ningún cargo institucional, ni ningún cargo orgánico del PSOE, fueron a darle la bienvenida a Pedro Sánchez en su entrada (discreta) en aquella Feria. Sólo estuvo aquel militante que se pasó años siendo Alfonsito (Pepe Caballos dixit) y que ahora es Celis, el sevillano militante de la agrupación Nervión-San Pablo que se ha quedado fuera del consejo de ministros que preside un Sánchez que llegó un día a la Feria sin plan y se encontró con todo un cirineo. Celis metió a Susana en el PSOE cuando eran jovenzuelos de la misma pandilla. Y Celis dio la cara por Pedro cuando casi nadie la daba en Andalucía. Y los que la daban en España cabían en un cabify.
ALFONSO RODRIGUEZ GOMEZ DE CELIS

La primera cerveza con Sergio Rodrigo Torrijos

Carlos Navarro Antolín | 4 de junio de 2018 a las 19:17

13.07.00 CERVEZA FOTO JAIME MARTINEZ

LAS primeras veces se anclan en la memoria, son hitos en una trayectoria, muescas de recuerdos que jalonan una vida. No hay segunda oportunidad para una primera vez, pero hay toda una vida para recordar esas primeras veces. La muerte de alguien es el momento idóneo para desenrollar esa alfombra de recuerdos que pisaremos asidos a la memoria y que nos conducirá al palacio efímero de las evocaciones más variopintas. Se ha muerto Sergio Rodrigo Torrijos, el encargado durante veinte años del bar del Instituto de Enseñanza Secundaria Nervión, el hombre que sirvió la primera cerveza a muchos sevillanos que hoy tienen cuarenta y tantos años, el profesional que hizo más agradables los viernes a alumnos y profesores, discípulos y maestros, personal de administración y limpieza, en esos tiempos en que no existían las estupideces de género ni las imposiciones de lo políticamente correcto.

El grosor de las ruedas de chorizo de los bocadillos de Sergio servía al profesor Buenaventura Pinillos para explicar conceptos de su disciplina de Física. Hoy no se sirven fermentados en los centros de enseñanza, pero fuera de ellos, ay qué risa, corren los destilados como las ratas por la ribera del río. Cuando se instauró la ley seca en los centros de enseñanza desparecieron los tiradores de la Cruzcampo, pero quedaron algunos botellines en la reserva. Algún profesor se tomó alguno ya servido en el vaso de tubo, junto al que Sergio colocaba un botellín vacío de cerveza sin alcohol para disimular. Con la muerte de Sergio desaparece un sevillista cabal, fino y con retranca que cada lunes colocaba en el platillo del café de profesores como Rafael Lozano tantos sobres de azúcar como goles le hubieran metido al Betis. Comunicación no verbal se llama. Eso era sutileza y gracia y no las tonterías con la que hoy te martillean por el teléfono móvil. Veo hoy a Sergio sirviendo el café con esa seriedad auténtica, exenta de imposturas, a profesores como Lola Arias, Ana Prieto, Ángel Álvarez, Manoli Ramírez, Victoria Fernández Luceño, Lola Alfageme…

Con el paso de los años conocí y traté al concejal Antonio Rodrigo Torrijos, hermano de Sergio. Antonio es poseedor de la doble condición de comunista (por carné) y conservador (según algunos de sus socios de gobierno socialistas). Ambos hermanos sevillistas, exquisitos en el trato y buenos conversadores. La primera vez que probé la cerveza me la sirvió un señor apellidado Rodrigo Torrijos. No me entusiasmó nada la bebida. Tardé muchos años en probarla de nuevo. La primera vez que cubrí un Pleno del Ayuntamiento intervino otro señor apellidado Rodrigo Torrijos. Los plenos sí me gustaron, aunque terminaron siendo más repetitivos que la carta de ajuste. En ambas experiencias percibí la amargura: la de la cerveza y la de la política. Aunque quiero creer que Antonio sabe, en el fondo, que después de toda amargura siempre viene la Esperanza.

La caída de Rajoy beneficia al PP de Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 3 de junio de 2018 a las 5:00

PREMIO CLAVERO AREVALO A SOLEDAD BECERRIL

EN el aparato del PP de Sevilla se esfuerzan estos días en poner rostro de recibir el pésame. Ay, qué malita cara parece que tienen las criaturas. Asisten al funeral de la pérdida del Gobierno de España, pero en el fondo respiran con cierto alivio. El núcleo duro se concentró el viernes en el despacho de la presidenta provincial, Virginia Pérez, para asistir en directo al adiós de Rajoy. Sí, claro que hubo comentarios sobre la “injusticia” de la situación y se oyeron lamentos varios, pero, en el fondo, el enemigo interno (Cospedal y Zoido con sus cuadrillas de leales) ha quedado como los vampiros tras ingerir verbena: muy debilitado. Es cierto que la mayoría de la gente, los votantes que hacen la ciudad día a día, difícilmente entenderán que en el PP sevillano haya quienes celebran en privado que Zoido ya no sea ministro del Interior, o que Cospedal tenga que dejar el Ministerio de Defensa y recluirse en una secretaría general en la que a ver cómo se entiende ahora con Martínez Maíllo. Zoido y Cospedal asistirán a la confección de las listas electorales sin plaza ya en la bancada azul. Y eso libera de presión a los manijeros, a la camarlenga y a todos los que se la jugaron en el polémico congreso provincial a cara de perro. Guau.

La pérdida de la Moncloa beneficia al aparato del partido en Sevilla, aunque nadie vaya a reconocer esta ventaja repentina que se ha obtenido por la mudanza sorpresiva que a estas horas se ultima en Madrid. Todo ha ocurrido tan pronto que no ha habido ni un instante para digerir la situación.

Estos tiempos de amargura en Madrid despejan el horizonte de la estructura provincial del PP y, nunca se olvide, puede ser rentabilizada por la oposición municipal que lidera Beltrán Pérez. El entendimiento del PSOE de Pedro Sánchez con los separatistas catalanes, el nacionalismo vasco y la extrema izquierda con casoplón en Galapagar, le pueden servir al portavoz del PP para armar un discurso contra la imagen moderada del alcalde Juan Espadas. El alcalde, ya se sabe, encaja mejor en la socialdemocracia de Felipe y Guerra, que en el actual partido del puño y la rosa, ávido poder y que vende su alma al diablo (¡Sí se puede!) con tal de alcanzar la Moncloa.

El PP sevillano se ha conjurado para cerrar las puertas a los que retornan en el AVE para quedarse en Sevilla. La memoria es prima hermana de la política cuando se trata de servir platos fríos. Toda mudanza es una fuente generadora de estrés en el ser humano, tan animal de costumbre, tan miedoso al cambio que, nunca se olvide, puede resistir cuarenta años con los mismos gobiernos. Fíjense, por ejemplo, qué poco amigos de las mudanzas son los andaluces. De Franco al PSOE. Hasta tal punto que el apellido del dictador le suena a muchos jóvenes a calle por la que pasan cofradías.

El PPde Sevilla sufre la cuaresma en el altar, pero sonríe en la sacristía. Queda un año para las elecciones municipales, un tiempo de regeneración si en Madrid se hacen medianamente bien las cosas, o un período para mandar el partido definitivamente al pudridero si se hacen mal. Si el recambio de Rajoy es Alberto Núñez Feijoó, el PP sevillano está la mar de bien colocado. Basta recordar que el presidente gallego compartió velada con la delegación sevillana en la última gran convención, la celebrada en la capital de Andalucía con Cristina Cifuentes todavía de protagonista. Aquel día Feijoó fue agasajado por los chicos de Arenas. Y la apuesta de Virginia Pérez, presidenta provincial, no ofreció dudas. La camarlenga se levantó de la cena formal con Rajoy, abandonó el reservado de Robles antes de los postres y se fue al bar El Copo para estar con Feijoó, con el que se había citado antes de saber que debía acudir a sentarse a mesa y mantel con el presidente del Gobierno. Hay que reconocer que casi nadie sería capaz de dejar a un jefe del Ejecutivo y del partido en plena cena para irse con un presidente autonómico con vitola de delfín. Pero lo hizo.

La mudanza en la Moncloa, qué curiosidad, coincide con la del PP de Sevilla. De la calle Rioja a Luis Montoto. En un radio muy reducido coincidirán las sedes del PP, PSOE y Ciudadanos. Una de las últimas vivencias en la sede pepera de la calle Rioja ha sido, precisamente, el seguimiento melancólico del adiós de Rajoy.

El ejército de Zoido está desarmado y Espadas tendrá que aguantar en los Plenos las acusaciones sobre el entendimiento de su partido con Podemos y los esbirros de Puigdemont. Y quién sabe si como alcalde tendrá que verse con ministros o delegados del Gobierno nada amigos de La Que Manda en el PSOE andaluz. Hay que destacar que Espadas ha sabido valerse de los votos de Participa Sevilla e Izquierda Unida y gobernar después alejado de sus formas. Ya quisiera el presidente Sánchez pode seguir esa senda.

El PP de Sevilla también sonríe en privado porque Ciudadanos tendrá que justificar su apoyo al PSOE de Espadas en esta nueva coyuntura. E incluso en un futuro, la formación naranja lo tendrá más complicado si el alcalde no lanza un mensaje claro ante decisiones del presidente Sánchez que comprometan la cohesión territorial de España. Ciudadanos ha sido hasta ahora inflexible en su discurso sobre la unidad de la nación. Y Sánchez ya se ha mostrado dispuesto a sentarse con el nuevo presidente catalán, ese tipo del lazo amarillo y las continuas alusiones a los “presos políticos”. Peligro.

Todos estos factores entrarán en juego en clave local. Mientras, el PP necesita regenerarse. La pérdida de la Moncloa favorece a Beltrán Pérez porque debilita a sus enemigos internos y hasta puede ser un tiempo para la recuperación de unas siglas castigadas por la corrupción. Pero cuanto más tarde esa regeneración, más complicado lo tendrá.

El papel de Arenas también será importante. Si el de Olvera se sitúa bien en el previsiblemente nuevo organigrama del PP en España, los populares sevillanos seguirán teniendo alguien en Madrid al que se le ponen al teléfono todos los dirigentes del partido. Arenas acudió ayer al comité de campaña, una asistencia más que simbólica en tiempos delicados por mucho que llegara a última hora. Si los gatos tienen siete vidas, los linces como Arenas pueden aspirar a la vida eterna. Los cambios en el PP habrán de ser en la estructura nacional. La andaluza, de momento, no experimentará ninguno al ser los comicios autonómicos los primeros en el calendario. Un debate distinto será el de los muy previsibles movimientos internos en la sede regional si Moreno Bonilla sufre un resultado estrepitoso.

Arenas ayudará a Rajoy a diseñar la sucesión, como lo ayudó decisivamente en el congreso de Valencia de 2007. Y desde su puesto de vicesecretario general intentará conservar la influencia en Sevilla a la espera de las autonómicas y municipales. Mientras tanto seguirá yendo de Madrid a Sevilla y de Sevilla a Madrid, porque la política es un tren AVE de ida y vuelta en el que unas veces se viaja en turista y otras en preferente, pero que siempre, siempre, está en movimiento. En los funerales es menester no sonreír. Y después beber vino.