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Quién cose al PP de Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 12 de marzo de 2017 a las 5:00

Quién cose al PP de Sevilla

EL PP de Sevilla está roto. Fracturado. Exhibe cada día con más nitidez las entrañas de un desgarro provocado por la traumática pérdida de la Alcaldía en mayo de 2015. Los recientes comicios internos para la elección de compromisarios para el congreso regional que se celebra el próximo fin de semana en Málaga revelan que Juan Manuel Moreno Bonilla, presidente regional, afronta la cita con la formación hecha unos zorros en la capital, con dos bandos que, a tenor de los resultados, están condenados a entenderse, pero donde nadie hace el menor intento de buscar el consenso, de coger hilo y dedal y ponerse a coser, dicho sea en los términos que empleó Susana Díaz para aludir a la necesidad de recomponer el PSOE, ahora dirigido por una gestora. El PP de Sevilla, por el momento, no tiene quien lo cosa. La tensión que ha marcado estas últimas elecciones internas no augura unas vísperas tranquilas de cara al decisivo congreso provincial que habrá de celebrarse tras las fiestas mayores.

Según pasan las fechas, el conflicto interno es cada vez más explícito, con su correspondiente efecto en la vida interna del partido, con episodios agrios entre militantes, y con el tono plano que mantiene el Grupo Popular en el Ayuntamiento, donde Alberto Díaz parece guardar aposta un perfil exclusivamente institucional a la espera de acontecimientos. Hasta la celebración del congreso provincial no se sabrá con certeza si su etapa de portavoz es duradera o, por el contrario, queda relegada a una interinidad operativa. Por el momento, Alberto Díaz parece el respetuoso inquilino de un piso en alquiler de corta duración, que aún no se atreve a taladrar las paredes, pero que tiene los cuadros y los espiches preparados. Mientras tanto, el gran beneficiario de esta situación es el socialista Juan Espadas, que se pasea por la verde pradera de la Plaza Nueva a lomos del corcel de la estabilidad, disfrutando de la carencia de una verdadera oposición y de la compañía poco molesta de una todavía bisoña izquierda radical.

Tanto el bando oficialista (Cospedal, Zoido, Juan Bueno, Alberto Díaz y José Luis Sanz) como el crítico o renovador (Arenas, Amalia Gómez, Patricia del Pozo, Virginia Pérez, Beltrán Pérez y Juan Ávila) han inflado el censo de nuevos militantes para ganar apoyos en la elección de los compromisarios. Aquí han votado por las dos facciones madres, hermanos, primos, allegados de todo vínculo, etcétera.

Los oficialistas se han impuesto en la capital en número de compromisarios, pero con el aliento crítico pegado a la nuca pues los chicos de Arenas presumen de haber ganado en número de votos. Los críticos sí han ganado en la provincia en número de compromisarios, pero saben de la importancia que hubiera tenido para sus intereses haber controlado totalmente las cocinas capitalinas, donde han obtenido importantes avances respecto a la anterior elección de compromisarios para el congreso nacional, pero sin que puedan descorchar ninguna botella por el momento. El resultado de estas últimas elecciones a compromisarios revela que ninguna corriente tiene la hegemonía en el PP de Sevilla. Ni siquiera el propio Juan Manuel Moreno Bonilla controla casi nada en la sede provincial sevillana, de ahí que su tibieza sea manifiesta desde que se evidenció el conflicto el último Miércoles de Feria con la fotografía de los críticos en la caseta ‘El Manijero’, que dio nombre al grupo que quiere controlar el supuesto pos-zoidismo en el partido. Es más, el líder regional ha salido pellizcado de estos comicios internos, pues los militantes tenían dos urnas para votar: una para elegir a los compromisarios del congreso regional y otra para respaldar al único candidato a presidente regional. Votaron 472 militantes en la capital, de los que sólo 375 dieron su apoyo a la continuidad de Moreno Bonilla. Queda claro que el malagueño sigue generando silencios entre la militancia sevillana. Sevilla no es sólo una plaza que se le resiste, sino que le provoca sufrimientos porque unos (los oficialistas) no lo quieren en el cargo de presidente regional, y los otros (los críticos) no terminan de sacarlo del burladero de la tibieza para que se alinee con sus intereses.

De la capital, el primer dato a destacar es que nadie discute la victoria de los oficialistas en la elección de los compromisarios. Incluso han ganado, aunque haya sido por sólo cinco votos, en el distrito Sur, donde votan el mismísimo Javier Arenas y Amalia Gómez. Las discusiones se centran en determinados compromisarios, como ocurre en Los Remedios, donde ambos bandos se atribuyen a la concejal Carmen Ríos. La caída de los críticos ha sido notable en San Pablo-Santa Justa, donde han perdido las cuatro actas de compromisarios de los que gozaron la vez anterior.

El segundo dato destacable es que el líder municipal de los críticos, el concejal Beltrán Pérez, ha vencido en su distrito de Palmera-Bellavista, después de haberse quedado fuera del congreso nacional, al que no pudo acudir como compromisario por falta de votos. Pérez se puso esta vez las pilas y ha salvado su marca personal al lograr los tres compromisarios de su distrito para la causa denominada renovadora. De 88 votantes, 57 apoyaron a Beltrán Pérez.

La victoria oficialista ha sido evidente (aunque con corto margen de votos en algunos casos) en distritos como Triana, pese al avance de los críticos; y en Nervión, Casco Antiguo, Sur o San Pablo-Santa Justa.

En la provincia, la victoria de los críticos no hay quien la discuta, con más de veinte representantes de diferencia, lo que alienta a los leales a Arenas a tener esperanzas fundadas en una victoria en el congreso provincial, cuya elección previa de compromisarios se disputará a cara de perro ante la previsible presentación de dos listas. Los críticos presumen especialmente de victoria en Gines y de tener de su lado a un ramillete de alcaldes entre los que figura el de Carmona. La provincia no ha sido nunca el fuerte del aparato capitalino del PP, una circunstancia que los críticos quieren seguir explotando de cara al congreso provincial.
En los días previos a la elección de compromisarios regionales se han vivido todo tipo de conflictos, desde conversaciones telefónicas grabadas donde se pone a caldo a dos destacados críticos, a los habituales retrasos en la entrega de los listados para dificultar la captación de los votantes, pasando por las denuncias sobre la ausencia de cabinas que garantizaran el derecho al voto.

El actual presidente provincial, Juan Bueno, se está tragando con una meritoria buena cara todos los conflictos que lastran el partido desde hace casi un año. El desgaste para su figura es innegable, pues no se recuerda un enconamiento igual y tan prolongado en el tiempo en la historia del partido en Sevilla. Bueno ya se desgastó en las maniobras de verano para prescindir de Virginia Pérez como secretaria general, unas operaciones que dejaron al partido al borde de la gestora. Pocos son los que confían en que Bueno siga como presidente a partir del próximo congreso provincial, salvo que una improbable coincidencia de circunstancias así lo aconsejaran. Es diputado autonómico y hombre que guarda la disciplina debida hacia los aparatos. Sabe sufrir, como ha demostrado en distintas etapas y tal como le ha reconocido Arenas en alguna ocasión. Su futuro en el partido no se discute. Su papel como presidente provincial parece ya caducado.

¿Quién será el próximo presidente del PP sevillano? ¿Existen opciones de fusionar ambas corrientes en una sola lista para evitar una explosión que dejaría un buen número de heridos?

Los críticos mantienen que su candidata a la presidencia provincial es Virginia Pérez, la correosa portavoz del PP en la Diputación Provincial, cuyo estilo especialmente directo pone de los nervios al oficialismo del partido. Si gana la opción crítica, la referencia municipal será Beltrán Pérez, que lleva catorce años como concejal y vivió su mejor momento en el acoso y derribo del gobierno de Monteseirín, una habilidad que necesitará en breve el PP si quiere recuperar la Alcaldía. Arenas, que nunca se olvide auspicia la lista crítica, querrá colocar en buen sitio de la ejecutiva a una de sus grandes protegidas: Patricia del Pozo. La otra es Macarena O’Neill.

Los oficialistas tienen a José Luis Sanz como su principal referencia para la presidencia. El alcalde y senador de Tomares ya fue presidente en la etapa de mayor éxito electoral para el PP en la provincia. Tomares es una plaza consolidada electoralmente para el centro-derecha. Sanz podría intentar ser candidato a la Alcaldía de Sevilla, para lo que necesita tres requisitos: lograr el poder orgánico en el partido, quedar absolutamente limpio de posibles nuevos frentes judiciales, y convencer al electorado de que se puede pasar de alcalde de un municipio del Aljarafe a serlo de la capital. Monteseirín ya pasó de concejal de pueblo y presidente de la Diputación a alcalde de la capital durante doce años. Los requisitos que tendría que cubrir Sanz no son difíciles de superar, pero tampoco hay que descartar el posible regreso de Zoido a Sevilla en caso de que la legislatura sea corta, se produzca una eventual victoria de Pedro Sánchez en el congreso del PSOE y el hoy ministro del Interior quiera retornar como la marca más sólida del centro-derecha hispalense.

Si Sanz gana, su referencia inmediata en la Plaza Nueva será Alberto Díaz –hoy portavoz– aún con más fuerza. La probabilidad de entendimiento entre José Luis Sanz y Virginia Pérez es nula. Entre Sanz y Beltrán Pérez pudiera existir algún tímido brote verde. Muy tímido. Los días que pasen entre la elección de compromisarios para el congreso provincial y la celebración del mismo congreso serán decisivos para conocer la probabilidad de formación de una lista de consenso en función del número de compromisarios que cada bando crea tener asegurado. Si no hay entendimiento, habrá que ir a votaciones precedidas de discursos cargados de emotividad para captar los votos de última hora. Habrá una lista ganadora, otra perdedora y un cartel que seguirá reclamando la presencia de aguja, dedal y muchas horas de paciencia. La unidad de todo partido no pasa por el discurso o los ideales, sino por asegurar la supervivencia de los actores de la gran obra de teatro que es la política. Nunca se olvide que Pepe Caballos, otrora factótum del PSOE andaluz, expulsó en 2004 a una tal Susana Díaz del Ayuntamiento para orillarla en el Congreso de los Diputados. Se la quitó de Andalucía asegurándole esa supervivencia. Y en esa etapa de exilio nació la estrella de la política andaluza que hoy prepara el asalto a la calle Ferraz. Hay patadas para arriba que son el preludio del nacimiento de una gran figura. Hay convulsiones, períodos de costura, de las que puede surgir la candidatura más inesperada.

Los cacharros de Muñoz

Carlos Navarro Antolín | 5 de marzo de 2017 a las 5:00

Teatro de la Maestranza.

TENEMOS un concejal de la cosa urbanística que no nos lo merecemos. Está claro que Antonio Muñoz es un hombre de fe, mucha fe, y de esperanza, tela de esperanza bien repartida por esa calle Pureza de exornos florales hiperpoblados que tanto le chiflan. Muñoz ha cantado esta semana las verdades del barquero. ¿Que a los veladores bonitos no se les cobra dinero? Negativo. Ha dicho que el centro está feo porque está cargado de “cacharrería”. Ha culpado a la masiva implantación de franquicias y multinacionales de la “vulgarización y estandarización” de las calles. Yha rematado con una media verónica que ha levantado al tendido de los entendidos: “No aportan ningún valor añadido”. ¡Óle por Muñoz! Si se consultan fotografías del centro de Sevilla de los años 70, por ejemplo de la Campana, la ciudad no era precisamente un derroche de belleza desde el punto de vista urbanístico. Pero sí se aprecia algo en los negocios: la gran mayoría son propios, firmas locales, únicas e insustituibles. En la Punta del Diamante, donde hoy hay una mutinacional del café, había unos pocos veladores donde estaban sentados sevillanos. Y en la Campana, donde hoy sólo queda un negocio autóctono, la clientela también era mayoritariamente local en ambas aceras. Sevilla aparecía con un halo cutre, provinciano, despertando a la democracia. La hiperdependencia del turismo ha sacrificado en el altar de las multinacionales el valor propio de los comercios y bares, el mejor legado quizás de aquellos feos años setenta y ochenta. La ciudad se abrió con la Exposición Universal, profesionalizó la gestión de sus principales monumentos y creció urbanísticamente hasta crear el concepto de la Gran Sevilla, pero cada día está más vulgarizada, lo dice el concejal socialista, como si no hubiera sabido conservar sus señas de identidad al mismo tiempo que asumir las novedades propias de la época. Nos hemos pasado de frenada en el servilismo al visitante, nos hemos arrodillado en exceso en la entrega de las llaves de la ciudad al turista. Antes se decía que un sevillano que quería pasar desapercibido con su amante no tenía más que meterse en el Museo de Bellas Artes o en el Real Alcázar, donde sólo hay turistas. Hoy ocurre eso en los bares de la Avenida y en casi todos los de la Campana. Los sevillanos han abandonado ciertos lugares como los zares sus palacios.
Antonio Muñoz anuncia una ordenanza para presevar el paisaje urbano de la fealdad, del mal gusto,de la “cacharrería”. A Dios por el amor, a Huelva por la A-49 y a la estética por la ordenanza. Muñoz hace como los almonteños, que regulan la estética de la romería con una normativa específica sin ningún complejo. Lo de Sevilla parece más difícil por la de terreno que nos tienen comido los “cacharros”. Más le valdría al Grupo Socialista, en primer lugar, promover una moción del Pleno para que la comisión provincial de patrimonio histórico aplicara las leyes vigentes sobre alteración de las volumetrías, remontes, trama urbana y respeto escrupuloso a los valores que motivan las catalogaciones de los inmuebles. La comisión de patrimonio parece demasiadas veces lo que la Justicia de Pacheco: un cachondeo. Permite la “cacharrería” del edificio de la calle Santander en pleno conjunto histórico, la cubierta de hierro chorreado del restaurante que cruje la estética de la calle Betis, el adefesio de aluminio junto al Puente de San Bernardo, o la demolición interior de tantas y tantas casas de las que obliga a dejar la fachada para que Sevilla siga pareciendo lo que ya no es. El cuidado de la estética, de los valores propios a los que alude Muñoz, comienza por la arquitectura y termina por los comercios. Exige pensar a largo plazo. Y, sobre todo, requiere de educación y criterio. Una fiesta de escasos días, como la Feria o el Rocío, se pueden regular por ordenanza con cierta facilidad. De hecho el uno y la otra son ejemplos de bastante éxito en este aspecto. Un modelo estético de centro histórico implantado por ordenanza parece mucho más complicado. El precedente más próximo fue el de Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, que intentó que todos los bares de los alrededores de la Plaza Nueva tuvieran los mismos veladores. Homogeneizar el mobiliario de la hostelería se decía en el lenguaje cursi de los políticos. Ahora, por cierto, lo que hay son más veladores con y sin homogeneización. En los útimos cuatro años del PP casi nada se hizo por la estética. Se dispararon los “cacharros”, que diría Muñoz, y el alcalde de entonces reconoció (increíble, pero cierto) que tuvo que hacer la vista gorda con los bares y los veladores porque eran años de crisis económica y había que contribuir a que hicieran caja. Zoido sí promovió la sustitución de las farolas-ducha de la Alfalfa y sus proximidades y casi lo fusilan en el paredón de lo políticamente correcto.
Es de agradecer ahora que la cruzada contra los veladores y los “cacharros” del centro sea promovida por un socialista. ¡Menos mal! Si llega a ser Soledad Becerril ya la estaban tildando de marquesona. Yo me alegro del plan de Muñoz, hombre de mucha fe por lo que se ve. Esperemos que la fuerza lo acompañe, que es lo mismo que decir que la superioridad moral de la izquierda lo proteja. Entenderá pronto cuán lamentable resulta tener que defender lo obvio. Que no se puede abandonar la Catedral como todos los gobiernos locales lo han hecho. Que hay que estar encima de la comisión de patrimonio. Que hay que mirar con lupa las licencias en el conjunto histórico-declarado. El velador se retira. El mamarracho de la calle Santander nos lo tragamos cada mañana. Yel criterio no se enseña a golpe de ordenanza.
Quizás a Antonio Muñoz algún día le ocurra lo que al gerente del club privado al que se quejaron por escrito de que la gente comía con el torso al aire en el restaurante de la piscina. El tipo respondió que el club no se hacía responsable de la educación de los socios. Y que si el denunciante no quería almorzar contemplando pelambreras, que acudiera al salón habilitado al efecto, una suerte de gueto para los que aún mantienen ciertas normas de saber estar y, sobre todo, de higiene. El centro de Sevilla está para que lo manden al IAPH para pasarlo… a nuevo terciopelo. Con dos… veladores.

Los gazapos de la Catedral

Carlos Navarro Antolín | 26 de febrero de 2017 a las 5:00

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SE mantienen como verdades irrefutables que la plaza de toros de la Real Maestranza es el monumento privado mejor conservado gracias al celo de los caballeros maestrantes y que la Catedral es un modelo de autofinanciación gracias al esquema concebido por el cura Paco Navarro tras los fastos del 92. Cada aficionado que renueva su abono, si es que lo renueva, está metiendo dinero para acicalar esa bella moza que es la plaza de toros, iluminada con esplendor por la Fundación Endesa, antes Sevillana de Electricidad. Ycada turista con las pelambreras al aire, cuando pasa por el torno (Triana) de la Puerta del Príncipe, le está metiendo dinero a la propia Catedral, necesitada de obras mayores y menores de forma continua, y también a otros fines de la diócesis: las obras de caridad, la edificación de nuevas parroquias, etcétera. La plaza de toros cuida poco a sus abonados, los maltrata con ganaderías que pierden las manos en el primer tercio, con localidades incómodas que provocan el síndrome de la sardina en lata. ¡Pero cómo trata, en cambio, la Catedral a los turistas! Los turistas son los señores y amos del primer monumento de la ciudad. Los turistas son los consentidos de los canónigos. La Catedral aplica manga ancha a los turistas. Entran vestidos como les da la real gana, sobacos y calzoncillos al aire; hacen las fotos y vídeos que quieren como japoneses compulsivos, sin un acomodador escondido en el vomitorio que de pronto irrumpa y recrimine la acción, como sí ocurre en la plaza de toros: “¡No se puede grabar la faena, oiga!”.

El turismo manda. Los canónigos se pliegan. Poderoso caballero es el turista. El lagarto se calla. Pasen, pasen, que al fondo hay sitio. Toda la Catedral es un inmenso monumento concebido por y para el turismo. Hasta hay turistas que tienen la suerte de encontrarse con Ayarra (don José Enrique) en uno de sus ensayos y disfrutan de cuarto y mitad de gloria musical gratis total, corcheas primorosas salidas de ese órgano mimado por los alemanes cada vez que sus teclas se engollipan. Que suele ocurrir para disgusto de este canónigo de Jaca al que jamás se le quita el aire aragonés por más años que lleve en Sevilla. Y mire que lleva años.

Pero no todo es brillo para los señores de pantalón corto y botellita de Solan de Cabras por la Catedral, oiga. En la capilla de Santa Ana, que es uno de esos muchos rincones para el deleite de la gran montaña hueca, hay una cartelería informativa (por las que hilan lo de informativa) con gazapos vergonzosos. Al cardenal cántabro Luis de la Lastra y Cuesta (1803-1876), nada que ver con Casa Cuesta, la del menudo, lo han rebautizado en su propia tumba como Luis de la Lastra y Costa. Dicen que los errores del editor los corrige el buen lector. Pero es que no se vayan todavía, que aún hay más. Si se interesan por el autor del precioso sepulcro del purpurado, el Cabildo asegura que su autor es Ricardo Beitver, cuando en realidad se trata de Ricardo Bellver (1845-1924). Aceptamos canónigo nombrado a dedo, sin oposición. Aceptamos canónigo de nueva hornada que maneja el latín como el inglés de los taxistas. Aceptamos canónigo con parroquia anexa a la Catedral y malas pulgas. Aceptamos todo lo que haya que aceptar, cual abonados sufridos de la plaza de toros, pero que a Bellver me lo rebauticen en la pila de la ignorancia y el desahogo es para hacérselo mirar. Y no le echen la culpa a don Juan José, que en Historia del Arte y de la Iglesia está, precisamente, puestísimo. Yde cofradías le quedan dos calles para darse cuenta de lo celosas que son las hermandades de su autonomía, que no hay Guardia Suiza que les haga entregar los papeles. Yo lo siento por la pintora Reyes de la Lastra, magnífica retratista donde las haya, y por todos los Lastra que en Sevilla hay, que los hay para formar una distinguida cofradía, a los que les va a dar un sopitipando cada vez que se asomen por la rejería para rezarle a su difunto pariente, Príncipe de la Iglesia, al que han puesto segundo apellido de calle chunga junto a la Alameda de Hércules. Pero tela de chunga. El cardenal Lastra Cuesta es de los que alcanzaron la condición de purpurado en sus últimos años de vida por concesión de Pío IX. Bellver lo representó de rodillas sobre un reclinatorio, con la frialdad marmórea de los monumentos fúnebres. El tío del cartel, que no ha tenido tiempo de consultar siquiera la wikipedia, ni de preguntar a alguno de los canónigos que quedan con cierta cultura, lo ha rebautizado con nombre de delantero del Bayern de Munich: Bietver. De nada le ha servido a Bellver haber firmado obra de importancia en toda España, desde Madrid (El ángel caído, en el Retiro) a la propia Catedral de Sevilla, donde tiene firmada imaginería en la Portada de la Asunción y en la del Príncipe.

Antes de ir a la caza de los turistas en el taco de Emiratos Árabes Unidos, esperemos que nuestros canónigos conozcan su Catedral. Cultura local se llama. Porque lo del latín es ya imposible. Como la rendición de cuentas de las cofradías. Con el sufrimiento de los abonados de la plaza.

La manzana podrida

Carlos Navarro Antolín | 19 de febrero de 2017 a las 5:00

SEVILLA, 13/02/2017.
HACE tiempo que no vemos las brigadas anti-veladores del concejal Antonio Muñoz cargando mesas, taburetes y sillas en la furgoneta con el motor al ralentí. El delegado de esa cosa llamada Hábitat Urbano es listo:tras varios días de batida con sus correspondientes notas de prensa ha logrado que cesen las protestas, cuando la realidad es que las terrazas siguen como estaban. Con inspectores o sin inspectores, cierto hostelero sigue siendo el rey. Muñoz ha salido bien parado en los medios de comunicación. El propio alcalde, Juan Espadas, sabe que su edil de Urbanismo goza de buena prensa. Muñoz ha venteado hábilmente el humo de la eficacia. En política se trata de hacer ver que las cosas funcionan más que de que funcionen realmente. En política vende el gerundio (estamos controlando) mucho más que el participio (está controlado). Muñoz se pasó una buena temporada cogiendo el toro por los cuernos, hasta que se ha metido de nuevo en el burladero de la Gerencia. Y el toro sigue abanto. No nos engañemos, la situación sigue igual –fíjense en la Plaza de la Campana– pero el gobierno ha conseguido, al menos, acabar con esa sensación de inactividad del ejecutivo anterior, amuermado en sus 20 concejales. Lampedusa ha funcionado en las caracolas de la Cartuja.

El mismo Muñoz –¿recuerdan?– también denunció el horror de la Avenida y los alrededores de la Catedral. Nunca un concejal había hablado tan clarito sobre las “pedradas” estéticas que sufren estos lugares. Este Varoufakis hispalense se ganó las simpatías de los medios de comunicación. Se pronunció alto y claro. Llegó la Semana Santa y persiguió los horrorosos puestos de venta ambulante, desde la Encarnación hasta la Plaza de la Contratación. Urbanismo hizo ruido, que es de lo que se trata en comunicación: hay que contar que se quitan los veladores, hay que procurar la publicación de la fotografía de las brigadas haciendo una suerte de razzia de mesas y sillas, hay que dar sensación de frenética actividad.

Por momentos nos faltaba ver a Muñoz revestido de valiente cruzado contra los hosteleros infieles a las ordenanzas. Lástima que algunos meses después, las aguas de los veladores han vuelto a su cauce de descontrol y desorden. Y, además,la galería de los horrores en que se han convertido las proximidades del principal monumento de la ciudad continúa en proceso de perfección. Urbanismo, al menos, ha dado una señal de vida al abrir ahora un expediente disciplinario a la finca del número 17 de la calle Santo Tomás, donde funciona un restaurante de comida mexicana que ha colocado una preciosísima publicidad en la fachada, de las que van cambiando de mensaje. Todo un estoconazo en el hoyo de las agujas del patrimonio de la humanidad. Anuncios de letras fluorescentes y que se mueven como los de un club de carretera frente al mismísimo Archivo de Indias. El inspector de la Gerencia de turno ha realizado un sesudo análisis de la legalidad de los anuncios con gran profusión de citas legales y perífrasis. Todo para concluir que la mamarrachada es “no legalizable” y que el titular tiene que restituir la “realidad física alterada”. Ojalá se pudieran restituir las realidades físicas alteradas en el casco histórico, lo cual no consiste en revivir sueños rancios, ni en sufrir delirios en blanco y negro, ni en bañarse en las aguas siempre parciales de la memoria idealizada. Consiste en no afear aún más lo ya afeado, en cuidar el salón de la ciudad, en mimar el sello de identidad de la urbe, en no maltratar los monumentos, sus perspectivas, su uso, sus colores. Sevilla se está poniendo cada día más fea. Y eso no hay brigadas anti-veladores que lo mitiguen, ni inspectores de 9 a 14 horas que lo arreglen con el pliego del blablablá de expedientes inútiles.

Sevilla sufre el síndrome de la manzana podrida, que ya se sabe que es la manzana que acaba pudriendo todas las sanas que hay en el cesto. Cierra un comercio elegante en la Plaza de Salvador, frente a un Bien de Interés Cultural como es el templo, y no abre otro comercio igual de elegante, ni siquiera una tienda que, al menos, tenga una decoración aséptica que respete ese aire de basílica romana que genera la fachada de la iglesia. Lo que abre es una tienducha de patatas fritas con un pedazo de monigote en el balcón del que rebosan patatas como chirriante reclamo publicitario. Cierra un banco y abre una tienda de comida rápida. Cierra una zapatería y abre una de donuts tuneados. Cierra una de ropa y abre una de venta de sobres de jamón ya cortado con luminosos de cochinos felices por la montanera. Abre una de tortas Inés Rosales, que bien merece la marca la mejor ubicación en el centro de la ciudad, pero le mete a la Plaza de San Francisco un fogonazo de azul azafata muy apropiado por las que hilan para la entrada de la antigua ruta de la seda, la calle Hernando Colón, que conduce hasta la Puerta del Perdón. El síndrome de la manzana podrida que sufre el comercio se expande por los locales vacíos, experimenta su particular metástasis, es una demostración palmaria de la degradación de la ciudad. No hay público que valore la artesanía, como no hay público que valore la buena atención en un bar, el buen producto. Nunca hubo tanta afición a lo gourmet, tanto sibaritismo de escaparate, y tan poco criterio y escaso buen gusto.

El reto del taxi es el esmero

Carlos Navarro Antolín | 12 de febrero de 2017 a las 5:00

TAXIS
AL viejo periodista le amargaron el final de sus días profesionales con cursos sobre el manejo del ordenador, aquel monitor panzudo con una conexión que se paraba más que el C-2. Él, que se había pasado más de treinta años aporreando la máquina de escribir y presumiendo de sacar los folios redactados sin mácula de erratas, se veía ahogado ante la pantalla, al borde de la asfixia y sin destreza para deslizar el ratón. Estaba convencido de que todo aquello complicaba el proceso verdaderamente importante (escribir las historias de cada día sazonadas con la sal y la pimienta de la que sólo es capaz un veterano de la información) y amargaba el tramo final de su carrera. Nunca quiso reconocer que el problema era él mismo, su pánico por el cambio, su terror a sentirse orillado, señalado e incapaz. Siempre era más cómodo instalarse en la queja y denunciar que el culpable está en el entorno, en el ambiente, en los señores de arriba y en toda esa letanía de dianas a las que lanzar los dardos de la amargura cada vez que el cornetín de mando suena para anunciar cualquier modificación sustancial de los hábitos de trabajo.

Estos días se oyen denuncias de los propios taxistas sobre el intrusismo en el sector, propuestas para convocar una consulta sobre las medidas para combatir la mafia del aeropuerto, sabotajes de vehículos, agresiones con tinte mafioso en la casa de representantes del gremio y reivindicaciones de mayor presencia policial para corregir desmanes. Cierta clase dirigente del sector juega las cartas con habilidad, mucha habilidad, para presentar a determinados taxistas como víctimas, como pobres ancianas desvalidas a las que los piratas quieren esquilmar el monedero a la salida de misa. El ruido de estas denuncias se repite estos días como una vuvuzela, a la misma velocidad que suceden extraños incidentes que dejan con las ruedas pinchadas los vehículos de los profesionales del sector a los que se impide pescar en el caladero del aeropuerto. Los discursos victimistas se repiten igualmente a la misma velocidad que los sucesos que afectan a los profesionales de los nuevos medios de transporte, unas ofertas que han dejado al taxi tradicional, por ejemplo, como el más caro de todos los medios para acudir al aeródromo de San Pablo. Es evidente que alguien no ha estado interesado nunca en una línea de Tussam competitiva que enlace el Prado de San Sebastián con el aeródromo. Alguien no ha estado interesado nunca en dar facilidades a la implantación de los nuevos servicios de transporte que se contratan a golpe de teléfono inteligente.

Muchos taxistas están como el viejo periodista: en posición de defensa, reacios a cualquier cambio. Prefieren ventear la media verdad del intrusismo antes que asumir que el verdadero reto que no terminan de afrontar es el del esmero, prestar un servicio de mayor calidad, con una atención más cuidada y profesionalizada. El futuro del taxi no pasa tanto por la vigilancia policial en los puntos negros como por la necesidad de que estos profesionales del volante cuiden el aspecto de sus vehículos, sean diligentes en el trato con el cliente e inspiren siempre su trabajo en el principio de la buena fe. Si el taxi tradicional no asume que los coches en verano deben estar refrigerados antes de que el cliente se vea forzado a pedir el aire acondicionado, Cabify se llevará más y más cuota de negocio en cuanto aumente la reducida flota de coches que ahora tiene en Sevilla. Si el taxi tradicional no asume que el cliente no merece una mala cara –mucho menos una reacción airada– cuando se solicita un trayecto considerado corto, seguirá perdiendo usuarios en beneficio del autobús o del coche particular que se puede aparcar gratis en muchos centros comerciales o a bajo precio en el propio aeropuerto. Si el taxi tradicional no asume que los vehículos deben estar limpios y que hay que tener tacto en las conversaciones con el usuario para no provocar incomodidad, las nuevas plataformas que ofrecen coches de alta gama, servicio esmerado, conductores discretos y la vía del pago digital, irán comiendo terreno al sector tradicional, como los ordenadores fueron desplazando a las máquinas de escribir en las redacciones. Es cuestión de tiempo, no de número de policías en las paradas, ni de barreras, ni de aumentar la tarifa del autobús para que el público retorne al uso del taxi.

El taxi tradicional está llamado a renovarse como las plazas de abastos, cuyos industriales no pueden estar todo el día reclamando mejoras al Ayuntamiento mientras se niegan a abrir los puestos por la tarde, cierran los domingos y muchos aún no ofrecen el reparto a domicilio.

No se trata de ser serviles, como alguno malinterpreta torticeramente, sino serviciales. No se trata de ser pelotas, ni de dar ojana, ni de caer en comportamientos engolados, sino de ser sencillamente profesionales. Intrusos hay en todos los oficios y no por ello se debe rebajar la calidad de las prestaciones. El enemigo del taxi está dentro, como revelan los propios códigos éticos que ha publicado la Federación Andaluza de Autónomos del Taxi, que pone el dedo en la llaga sobre las deficiencias del servicio en un modélico ejemplo de autocrítica constructiva. Cuando todos escribían en ordenador, había quien se empeñaba en no dejar la máquina de escribir. Aquel viejo gruñón se fue quedando solo. La culpa era siempre de los demás. Sevilla necesita taxistas profesionales para que, como dice el alcalde Juan Espadas, cesen ciertos espectáculos más propios de películas donde aparece la cabeza de un caballo en la cama, o la puerta del domicilio de un taxista embadurnada de excrementos. Tan inaceptable casi como llevar el aire acondicionado apagado en agosto. Y, mientras, los autobuses de Tussam fresquitos.

Doce meses muy largos

Carlos Navarro Antolín | 30 de enero de 2017 a las 5:00

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Es como aquel cartel con guasa del mercadillo del Charco de la Pava donde se leía: “Calcetines, un euro. Oferta, cinco pares de calcetines, cinco euros”. Va uno paseando a la vera del río, se topa con el mamotreto de la obra de construcción del denominado Centro de Atención al Visitante, lee el cartel oficial al que obliga la ley y piensa dos cosas. Primero, ¿pero de verdad hay que atender aún más a los visitantes? Vamos a acabar como Boabdil: de rodillas y entregando la réplica de las llaves de la ciudad al capitán de cada crucero que atraca en el Guadalquivir. Menos mal que el teniente de alcalde delegado de Turismo, Antonio Muñoz, el Varoufakis hispalense, está en plena forma, porque se va a hartar de usar el reclinatorio con tanto turista que vendrá a ponerse detrás de las vallas de Semana Santa y a dar vueltas sin rumbo por la Feria como pollos sin cabeza, quiero decir sin caseta. Y, en segundo lugar, ¿se han fijado en la duración de la obra? Dice que “doce meses”. ¡Un derroche de precisión, una apuesta por la transparencia! ¿Pero de qué fecha a qué fecha, almas mías? No informan del día de inicio ni del día de finalización. Nos lo tragamos todo: las ampliaciones de presupuesto, que nos quieran colar la obra terminada cuando realmente no lo está, que el alcalde se refiera a los desfases de presupuesto y de plazos como “problemillas”, pero, señores de la constructora, no nos hagan ustedes como el cartel del mercadillo. La obra de Marqués del Contadero va a durar a este paso los doce meses más largo de la historia. Doce meses que ya han pasado y que, de hecho, van a seguir pasando. Tal vez podrían haber puesto algún dato más: “Doce meses, un año”. O mejor aún: “Doce meses… Tela”. Pero, eso sí, han tenido mucho interés en informar de los céntimos del presupuesto… Risas en off. Saquen el reclinatorio.

El retorno de Marchena

Carlos Navarro Antolín | 24 de enero de 2017 a las 5:00

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POCOS meses antes de las elecciones municipales de 2011, la Sevilla que es una foto fija en los canapés y presentaciones de libros se esforzaba en engatusar y hacerle la envolvente al llamado a ser nuevo alcalde de la ciudad, Juan Ignacio Zoido. Esa Sevilla, sin memoria como un niño cruel, oía ya el cascabeleo de las mulillas que aguardaban la noche electoral para salir al ruedo de la Plaza Nueva y proceder al arrastre de los doce años de Monteseirín como alcalde. En una de esas noches sociales de la primavera de 2011, cuando al líder del PP sólo le faltaban los sediarii para llevarlo en silla gestatoria, uno de esos sevillanos con el apellido más largo que la salida de San Bernardo se acercó a Zoido: “Juan Ignacio, acaba con todo lo que han hecho estos rojos en el Ayuntamiento. Pero te pido una cosa:déjame donde está a Manolito Marchena. No me lo toques”.

El pasado domingo, el salón de actos de la Casa de los Pinelo estaba abarrotado de un público variopinto para asistir al ingreso en la Academia Andaluza de Ciencia Regional del catedrático Manuel Marchena. El auditorio estaba compuesto fundamentalmente por ex altos cargos del PSOE de los últimos años de la Era Chaves y, he aquí lo llamativo, por destacados miembros de esa Sevilla sociológicamente conservadora que Monteseirín supo ganarse ofreciendo como interlocutor a su hombre de máxima confianza. “Habladlo con Marchena”, respondía el alcalde socialista ante el promotor con la licencia atascada, ante el director de una delegación municipal con el presupuesto agotado o ante el empresario de fuera de Sevilla que ponía encima de la mesa un proyecto peregrino. Marchena fue consolidándose como un verdadero virrey de Sevilla gracias al poder omnímodo que el alcalde delegó en su figura. Es cierto que nadie ha gozado de tanto poder en la ciudad durante tantos años en periodo de democracia, lo que también ha generado todo tipo de leyendas en una ciudad que es víctima del síndrome del parchís: el que se come una torrija y cuenta veinte.

Marchena, de frac azul azafata, abrió su discurso saludando a Monteseirín como “alcalde perpetuo y vitalicio” de Sevilla. Jamás le ha robado protagonismo a Monteseirín, ni cuando era alcalde, ni en los almuerzos posteriores de homenaje a los que han asistido juntos. Si Alfredo está, Marchena se mete en el burladero. Esa relación de absoluta confianza ha sido no pocas veces envidiada por el posterior alcalde, que gozó de 20 concejales, pero nunca de un tentáculo tan incondicionalmente fiel y tan certeramente eficaz. Marchena era el tesoro particular de Monteseirín, el hombre fuerte del régimen, el que se fajaba con los funcionarios que colocaban piedras en la rueda de los proyectos, el que metía el pie en el área chica de la gestión con riesgo de penalti, el que tenía concedido por el alcalde un poder de ruina. Cuando Alfredo veía que su amigo se arriesgaba en exceso, le conminaba: “Manolo, tápate”.

Marchena podía actuar en nombre del alcalde que el alcalde no lo dejaba en mal lugar. Marchena, un personaje polémico sin lugar a dudas, del que muchos auguraban que tendría una salida gris del Ayuntamiento y una convivencia difícil en la vida civil de la ciudad cuando cesara su etapa de poder, percibió el domingo que mantiene un público fiel que ya quisieran para sí muchos ex de supuesto relumbrón en la ciudad. ¿La clave? Que jamás le ha tenido miedo a cierta Sevilla que es, precisamente, en la que le gusta moverse. El domingo había muchos socialistas en el acto, sí. Pero también militantes del Partido Popular, incluso algún ex alto cargo del gobierno plano de Zoido.

El patio de la Casa de los Pinelo acogió al numeroso público que se quedó sin asiento y que no paraba de murmurar molestando la audición de los discursos. Cuando Marchena entró en la sala acompañado por dos académicos, como manda el rito, tuvo que abrirse paso entre el público. Alguien comentó desde la bancada: “Está como Lola Flores en la boda de su hija, a punto de rogar Si me queréis, irse”. Y un abogado añadió: “Este hombre ya no puede repartir jamones, pero aquí siguen viniendo casi seis años después muchos de los que recibieron jamones. Y eso no es normal”.

Es envidiado como todo aquel que ha tenido mucho poder durante muchos años y es capaz de mantener cierto estatus. Algunos soñaban con su destierro civil. Y Marchena, sin miedo a la Sevilla Eterna, sigue pululando por donde acostumbra, arropado por su gente y por el estandarte y las cuatro varas de la Sevilla más conservadora. Y ahora, encima, con chapa de académico.

Macetones: el futuro de la Avenida

Carlos Navarro Antolín | 15 de enero de 2017 a las 5:00

Calle José Laguillo
SEVILLA paga un precio muy elevado por cualquier reforma sustancial. Cambiar el orden de las cosas tiene el efecto de una VISA platino: pagamos el pato durante mucho tiempo a un interés disparatado. Sencillamente porque no se planifican las cosas con la diligencia debida. Somos el fontanero que arregla la gotera a costa de levantar más techo de la cuenta, destrozar la pintura y dejar astillada la bañera. Pecamos de catetos, de nuevos ricos embriagados por el perfume del cortoplacismo. El pan de hoy son los veladores del mañana. Un alcalde quiso arreglar la Plaza de la Encarnación tras 50 años de indolencia. Lo hizo a costa de levantar un mamotreto inútil y de dejar escuálidas las arcas de la Gerencia de Urbanismo, que se habían nutrido de un dinero procedente de convenios urbanísticos que debió destinarse a los denominados sistemas generales de la ciudad. Del urbanismo productivo al urbanismo improcedente. Cada vez que se le refiere tamaña barbaridad a Monteseirín, el alcalde y sus adláteres se defienden: “¿Preferían ustedes las ratas corriendo por la Encarnación?”. La Encarnación se revitalizó, pero el precio pagado por la ciudad ha sido una broma de mal gusto, una pesadilla estético-financiera, un engendro económico-urbanístico, el capricho de un alcalde que levantó el mausoleo de sus doce años de gobierno con la coartada de acabar con las ratas.

Almirante Lobo era una calle frondosa, agradable para el paseo con un inicio amable en el Hotel Alfonso XIII y un final de dulce con la Torre del Oro. Otro alcalde se merendó los árboles, destrozó el carácter umbrío de esta vía urbana que acaricia el río. Y en esta ocasión la coartada para la reforma (llamémosla así) no fueron las ratas, sino generar una visión más limpia de la torre, permitir a los turistas admirar la histórica edificación desde la misma Puerta de Jerez. El alcalde sufrió el síndrome de Pinocho. Los árboles, en realidad, fueron sacrificados en el altar del urbanismo duro, despiadado y sin alma, el urbanismo que tiene horario de nueve a dos, que ficha con frialdad en el torno cada día y que impera en algunos despachos de la Gerencia. No había ningún estudio para mejorar la perspectiva visual de ningún monumento ni otras gaitas. Nadie en esta ciudad se había quejado de lo poco o mal que se oteaba la Torre del Oro desde la Puerta de Jerez. La visión de la Torre del Oro no ha sido nunca motivo de conversación en los cafés de Ochoa ni en las tabernas del Cerro. Todo era más simple: el árbol al hoyo y el técnico de Urbanismo a su casa que ya son las dos. Los sevillanos sufrimos ahora una calle árida e inhóspita porque alguien decidió la temeraria simpleza de limpiar Almirante Lobo de árboles. Otra reforma más que, con un objetivo en apariencia positivo, nos pasa factura por muchos años.

Hay otro ejemplo más del gusto con que los sevillanos pagamos caras las reformas: la Avenida de la Constitución. El objetivo en este caso era suprimir el tráfico rodado que generaba una polución que ennegrecía la fachada principal de la Catedral con efectos perversos en la piedra, más allá de los puramente estéticos. Sí, el tráfico se eliminó. Ya no se desprenden cascotes de la Catedral ni se erosionan y afilan los pináculos góticos, afectados por una arenización perniciosa, pero los sevillanos hemos pagado el precio, muy elevado otra vez, de sufrir una Avenida de usos múltiples donde el peatón es el hermano pobre que convive como puede con los primos fuertes de Zumosol, que son los hosteleros y los ciclistas, sin olvidar el condicionante de un tranvía que reclama su espacio cada siete minutos a golpe de campana. La Catedral ha quedado a salvo de la contaminación ambiental, que no de la paisajística. La mal denominada peatonalización ha tenido el efecto llamada de negocios despersonalizados, de rótulos chirriantes y de un mobiliario grosero. Los alrededores de la Catedral, ahora llamada seo por los neocostumbristas, son un Benidorm del patrimonio histórico. Y para colmo los sevillanos llevamos soportando años sin sombra en esta arteria principal, una penalidad que sufrimos de mayo a septiembre, con temperaturas que calientan el pavimento de la Avenida hasta los 62 grados centígrados a las cuatro de la tarde, lo que supone, según el estudio del catedrático Enrique Figueroa, que un viandante soporta un calor a la altura de la cabeza de entre 38 y 40 grados centígrados durante el tiempo que recorre la Avenida. ¿Era necesario pagar un precio tan elevado por proteger la Catedral de la polución? ¿No había de verdad fórmulas menos agresivas para con el ciudadano al mismo tiempo que la ciudad daba un ejemplo de preocupación por la conservación de su primer monumento? En definitiva: ¿Tan difícil es hacer las cosas bien en Sevilla?.

El actual alcalde, Juan Espadas, comienza 2017 fijándose el objetivo de hacer umbría la Avenida antes de que expire el actual mandato. Existen tres fórmulas: pérgolas, toldos y árboles. El alcalde tiene decidido que la solución sea verde, por lo que se descartan los toldos de Zoido (una fórmula de la que se llegó a hacer una recreación virtual) y se orilla la apuesta por las pérgolas que se siguió en lugares como la estación de Santa Justa. Los técnicos aconsejan que se estudien bien los usos y los tiempos de la Avenida, así como las posibilidades técnicas de construir alcorques para no descartar la plantación de árboles en superficie. La solución no afectará en ningún caso al tranvía, ni a las terrazas de veladores que finalmente se autoricen, una vez que sea fijado el diseño definitivo de la Avenida al respecto, pues el actual gobierno local promueve una reducción de mesas y sillas en zonas específicas del centro. La Avenida, si se cumple el deseo del alcalde, tendrá más sombra y menos veladores antes de que concluya su mandato.

Espadas es contrario a levantar el suelo por mucho que el informe sobre las conducciones subterráneas lo permitiera. Los alcorques están descartados, pese a que se trataría de la mejor solución a largo plazo, pero obviamente la política juega siempre en los terrenos de los tiempos cortos. El modelo para la Avenida es el que ya se aprecia en la calle José Laguillo: grandes árboles plantados en macetones de gran tamaño. Pueden ser almeces, laureles de Indias e incluso naranjos.

Se calcula que harían falta un mínimo de 80 árboles de al menos ocho metros de altura. Los macetones permiten ser retirados en días de Semana Santa para no afectar a las parcelas de sillas de la carrera oficial, al igual que se hace con otros obstáculos de mayor tamaño como los quioscos de prensa. El gobierno no descarta negociar con el Consejo de Cofradías una mínima reducción de sillas en algunas parcelas si fuese necesario. A la hora de plantear la idoneidad del naranjo se alude a la configuración del Patio de Banderas, donde se consigue una sombra aceptable en un espacio urbano diáfano a base de una adecuada alineación de árboles de esta especie, unos árboles que bien cuidados pueden llegar a tener copas de muy considerable tamaño.

El reto está asumido: una Avenida con sombra en 2019 como muy tarde. Los técnicos que asesoran a Espadas califican el objetivo de urgente. Quizás, vista la experiencia, lo importante sea no repetir el error de la Encarnación, Almirante Lobo o el de la propia Avenida en su supuesta peatonalización. La Avenida ya está suficientemente chabolizada y afeada. Dejarla peor será difícil, aunque esta ciudad a veces resulta como el cubo de la ropa sucia: siempre le cabe más. Y como el cateto que exhibe la VISA platino y, como en el anuncio de televisión, sufre después en silencio las hemorroides de los intereses.
Calle José Laguillo

Amalia irrumpe en la crisis del PP de Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 13 de enero de 2017 a las 5:00

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LA tarde del miércoles será difícil de olvidar por la militancia del PP de Sevilla. La formación de la gaviota es una olla exprés a toda potencia donde todos temen el último chuchú, la explosición que provoque los nuevos efectos del enfrentamiento sordo entre Javier Arenas y Juan Ignacio Zoido, que es lo mismo que decir entre los críticos y los oficialistas. La actualidad del partido se concentró la otra tarde en tres frentes. En primer lugar, en la sala de juntas del Grupo Popular del Ayuntamiento, donde los representantes de una y otra facción discutieron sobre los criterios para cubrir una plaza vacante de asesor a 49.000 euros anuales. Unos y otros quieren colocar a un allegado. La sesión vivió momentos de verdadera tensión por el desagradable rifirrafe entre dos concejales. A media tarde, ya en la sede regional, se celebró la reunión de los compromisarios que representarán a Sevilla en el próximo congreso nacional, previsto para febrero en Madrid. Los críticos, encabezados en esa sesión por Virginia Pérez, portavoz del PP en la Diputación Provincial, intentaron difundir un manifiesto sobre las reformas que el sector exige para que haya mayor democracia interna en el partido. Destacados miembros oficialistas recriminaron a la mesa que se estuviera debatiendo sobre un manifiesto entregado por militantes particulares y no sobre los asuntos de debate del congreso nacional. La sorpresa previa para los oficialistas es que el mismísimo Javier Arenas, consagrado a la lucha por el control del partido en Sevilla, se había presentado en la sede regional para presidir esa reunión como vicesecretario general del PP nacional. Y fue el propio Arenas quien zanjó el tema, dejando claro que mientras él ostentara la presidencia, todos los militantes presentes podrían hablar con libertad de cualquier asunto. Arenas, de facto, estaba corrigiendo a sus propios cachorros, algunos de los cuales no soportan ni un minuto más las tutelas del lince de Olvera.

Por la noche, la atención del partido se centró en el homenaje organizado por los críticos a la ex subdelegada del Gobierno, Felisa Panadero, secretaria judicial de profesión, defenestrada del cargo el pasado diciembre por haber tomado partido en la fractura interna del partido, un cese en el que tuvo un peso determinante el ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido.

El homenaje se celebró bajo la carpa de un bar-quiosco de Nervión. Aseguran que acudieron 112 militantes, lo que generó bromas al coincidir la cifra con la del número de Emergencias. La sorpresa no sólo fue que acudió el propio Arenas, que por fin se retrata con el sector de los críticos nueve meses después de que éstos hayan comenzado sus andanzas, sino que asistió Amalia Gómez, todo un icono del PP andaluz, ex secretaria de Estado de Asuntos Sociales, ex presidenta del PP de Sevilla y actual presidenta de la Cruz Roja sevillana. Se trataba de exhibir músculo frente al aparato oficialista que lidera Zoido con el aval de María Dolores de Cospedal.

Arenas, que acudió junto a su esposa, Macarena Olivencia, no habló en el homenaje a Panadero, pero sí lo hicieron Amalia Gómez, la propia homenajeada y Virginia Pérez. Gómez fue rotunda e hizo continuos guiños a Arenas sin olvidar algún aguijón por la destitución de Panadero: “Estoy aquí porque quiero a Felisa y quiero a Javier, donde esté Javier estaré yo. Felisa ha hecho una labor magnífica y no es justo”. Virginia Pérez fue directa: “Has sido una subdelegada ejemplar con la que se ha cometido una tremenda injusticia”. Ensalzó la presencia de Amalia Gómez en el acto. “La injusticia de Felisa ha hecho que se unan el presente y el futuro del PP de Sevilla. Y que contemos también con los cimientos del partido”.

El alcalde de Carmona, Juan Ávila, elogió a la ex subdelegada del Gobierno en Sevilla en una reunión marcada por un clima almibarado:“Siempre me ha atendido, siempre ha ayudado a todos los pueblos. Me siento orgulloso de ti”. Y habló, cómo no, la propia homenajeada: “Llevo décadas afiliada al Partido Popular. Soy secretaria judicial. Vuelvo a mi puesto. En mi responsabilidad de gestión he tenido que trabajar con Administraciones de todos los Partidos. A todos he intentado servir y ayudar. A eso me enseñó el Partido Popular en el que creo. Son normales los relevos en las Administraciones, pero no son normales otras cosas. Por vosotros ha merecido la pena. Vuelvo a mi puesto de trabajo, pero voy seguir comprometida con un partido en Sevilla que no sea de cuatro personas, sino de los militantes y en donde la gente no tenga miedo”.

Cada uno de los asistentes abonó diez euros para participar en una muestra más de fuerza de los arenistas. Croquetas, calamaritos y cazuelitas de arroz regados con botellines de cerveza o copas de tinto. No hubo melva, símbolo del gobierno de los 20 concejales de Zoido. Felisa sonrió al recibir un regalo de recuerdo: un reloj. Entre los asistentes, además de los ya citados, acudieron el alcalde de Lora, la alcaldesa de Palomares, cinco diputados provinciales, dos diputados autonómicos (Jaime Raynaud y Patricia del Pozo), cinco concejales de la capital, militantes de diversos distritos de la ciudad y de localidades como Gelves y Morón, ex cargos del Ayuntamiento de Sevilla como Francisco Ibáñez, que fue director general de Medio Ambiente, o Pedro Molina de los Santos, que fue director del Distrito Norte.

El calor añadido lo pusieron las estufas de media altura. Los fumadores se tuvieron que salir del salón. Entre caladas a la intemperie hubo comentarios sobre la tensión de la sesión previa de los compromisarios. Algunos abstemios destacaban que los diez euros no incluían el agua con gas. Acudió también la arquitecta Sol Cruz. Arenas no se fue sin saludar uno a uno a los presentes, escoltado por Macarena O´Neill. Arenas en estado puro. Arenas en versión Javié. Alguien dice por teléfono: “Todo esto se arreglaría con una charla de no más de quince minutos entre Javié y Juan Ignacio, pero…”.
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Las doce uvas de Espadas

Carlos Navarro Antolín | 31 de diciembre de 2016 a las 5:00

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Primera uva. Año y medio en el cargo y ni una palabra más alta que otra, ni una cinta cortada, ni tampoco ningún gran escándalo. Juan Espadas es un político plano. Pasa desapercibido hasta en sus muchos paseos por la calle. Su fuerte no es la notoriedad. Tampoco es su objetivo. Es un alcalde de ruan, pasajero del vagón en silencio del tren de la política, sin concesiones en sus discursos, sin excesos ni brillos. Se siente cómodo en las zonas templadas. Un alcalde sin alharaca, exento de frivolidades. Un carácter que se refleja en su gestión: sin grandes logros materiales por el momento, con algún proyecto sonado a medio plazo (caso de la ampliación del tranvía) de los que está por ver su resultado, y con la certeza quizás de que las grandes soluciones, si existen, nunca deben provocar ruido. Basten dos ejemplos: el nombramiento de un jefe de la Policía Local en una toma de posesión a puerta cerrada, cosa inaudita, y la apuesta por la supresión de chabolas del Vacie, sin cámaras de televisión ni fotógrafos de por medio, con la tesis de que en el asentamiento se debe trabajar con la mayor discreción.

Segunda uva. Espadas es absolutamente dócil ante Susana Díaz. Como cualquier dirigente socialista andaluz, el alcalde de Sevilla está eclipsado por la larga sombra de la presidenta andaluza, consagrada ahora más que nunca a la carrera por la secretaría general del PSOE. En cierta forma, Espadas tiene que moverse entre el hiperliderazgo de Susana Díaz y la omnipresencia costumbrista de Juan Ignacio Zoido, ministro del Interior y ex alcalde de la ciudad. Dos potentes sombras que no deben ser nada cómodas para un alcalde que hace virtud de su escaso índice de popularidad. Si Susana Díaz abandonase algún día San Telmo, tal vez Espadas tendría la oportunidad de hacer carrera propia. En política nada es gratuito. Quizás por eso ha dedicado muchos esfuerzos durante 2016 a trabajar las líneas de entendimiento y colaboración con Granada, Málaga y Córdoba. En ocasiones lo ha hecho con peticiones tan llamativas como un tren que conecte el aeropuerto de Málaga con la estación ferroviaria de la capital costasoleña, cuando Sevilla carece clamorosamente de esta infraestructura. Espadas es hoy un ejemplo de político muy moderado dentro del PSOE. No controla un partido constituido por agrupaciones de muy diverso peso. Jamás se olvide que ha conseguido la Alcaldía con los peores resultados obtenidos por el PSOE en una capital que en los tiempos de pana y previos al 92 era un fortín para los socialistas.

Tercera uva. Un alcalde plano preside un gobierno plano. Y la gestión, como ya se ha apuntado, es consecuentemente plana. Hay leves excepciones. Como alcalde es una continuación de su estilo al frente de la oposición. Ni frío de enero ni calor de julio Hay que admitir que la falta de chispa de la que adoleció en la oposición es quizás una cualidad que puede ser rentable cuando se está en el gobierno. El equipo de Zoido, por ejemplo, no supo cambiar de registro cuando alcanzó el gobierno. No supo entender que la guerra había terminado. La única concejal del gobierno que le ha puesto en un aprieto ha sido Carmen Castreño, reprobada por el Pleno tras la sentencia del TSJA que dictó que como presidenta del Pleno había contravenido nada menos que la Constitución Española al impedir el debate de las propuestas de la oposición sobre los presupuestos de la ciudad. Espadas se tragó el sapo. Quien por el momento no le ha generado problemas es la delegada de Participación Ciudadana, Adela Castaño, que guarda un perfil discreto tras algunas polémicas sonadas en los años de oposición.

Cuarta uva. A Espadas se le perdonan algunos gestos, llamémoslos así, por los que a su antecesor le hubieran arreciado las críticas. No son muchos, pero sí reveladores. Romper una guitarra en la inauguración de un restaurante americano en la calle San Fernando, subirse en el coche insignia de la vuelta ciclista a España a su paso por Sevilla, convocar una consulta ciudadana sobre la fecha de comienzo de la Feria, o sencillamente aceptar encarnar al rey Baltasar en la cabalgata del Ateneo, cosa que Zoido rechazó dos veces por el tradicional complejo de la derecha. Espadas juega a dos bandas: contenta a la Sevilla tradicional portando crucificados en los vía crucis, y a los socios de investidura de la izquierda radical colocando una iluminación navideña exenta de simbología religiosa.

Quinta uva. El de 2017 será un año donde necesariamente se habrá de ver algún fruto de logro mandato que consumirá su primera mitad. El gobierno amigo de la Junta no se nota por el momento. La inversión en infraestructura se la ha llevado el tranvía de Alcalá de Guadaíra. Tanto la Junta como el Estado siguen relegando a Sevilla en los presupuestos públicos. Tiene razón el PP cuando señala que la gran inversión que necesita Sevilla es el Metro, que no veremos crecer en los próximos cuatro años. Todo indica que Espadas tratará de contentar a la ciudad con la ampliación del Metrocentro de Monteseirín, un costoso y complejo placebo para hacer olvidar el verdadero objetivo de una gran ciudad: las líneas 2, 3 y 4 del suburbano. De este alcalde jamás cabrá esperar una postura firme y exigente ante la Junta para demandar la infraestructura más necesaria en una urbe de cerca de 700.000 habitantes y con una alta densidad de población en la corona metropolitana. En la Junta nadie da la cara por Sevilla por miedo al discurso de los agravios entre provincias hermanas. Las alusiones a la capitalidad de Sevilla son políticamente incorrectas (Espadas) o tachadas de populismo de bajo coste (Zoido). Al final, la gran perjudicada es la ciudad.

Sexta uva. Con Espadas se talan árboles igual que con Zoido. Unos 600 han caído este año, algunos en lugares tan señalados como la acera del Palacio de San Telmo. Este alcalde, al menos, se ha propuesto luchar contra dos lacras de la ciudad: las plazas duras heredadas de finales de los 80 y principios de los 90, y el tormento de Sísifo de los veladores, un tsunami de mesas y sillas que invade las principales calles del centro y muchas de los barrios. La Plaza de Armas ha estrenado un diseño más amable gracias a Adif y Mercadona. La Plaza de Juan Antonio Cavestany, muy cerca de Santa Justa, será reurbanizada con una configuración más apropiada para una ciudad con seis meses de calor que para el clima moscovita que presenta ahora. El concejal Antonio Muñoz, que dirige la cursimente denominada Delegación de Hábitat Urbano, ha sacado las brigadas anti-veladores a las calles con la intención de difundir que el aparato coercitivo del Ayuntamiento existe, que las mesas y sillas ilegales se requisan y que las sanciones se imponen. Las batidas han sido habituales. El primero de enero se debe notar la nueva normativa, muy restrictitiva, impuesta en la Campana, la Avenida y San Fernando.
Zoido y Alberto Díaz

Séptima uva. Espadas sabe como nadie cuánto cuesta movilizar la burocracia de una estructura mastodóntica como el Ayuntamiento, donde el miedo a las imputaciones de los funcionarios y el férreo control de la Intervención municipal, lastran los anhelos de velocidad de cualquier político por lograr con urgencia un proyecto que sea el símbolo de su mandato. Este alcalde no cortará la cinta de la segunda gran tienda de Ikea, para la que la Junta no ha dado facilidades y el Estado, al menos, ha vendido que ha hecho los deberes que le correspondían. El centro de recepción de visitantes –la horripilante obra a la vera del río en Marqués de Contadero– se eterniza y se encarece porque fue adjudicada con una baja temeraria. Altadis es un proyecto varado, un cementerio fabril en pleno casco urbano. Al final, todo lo bueno y lo malo que ocurre en la ciudad se identifica con la figura de su alcalde. El alcalde es el pararrayos donde impactan las quejas que a veces corresponden a las administraciones autonómica y estatal.

Octava uva. A Espadas le encanta hablar de la reformas estructurales en el Ayuntamiento. Ha depositado en funcionarios municipales de corte progresista su apuesta por la gestión cotidiana. Es cierto que se trata de una fórmula clave para el éxito que le ha proporcionado paz interna. Aún así, no tiene fuerza para luchar contra algunos de los frenos de la ciudad: las inercias de una Gerencia de Urbanismo con más jefaturas que indios, sin inspectores por las tardes ni los fines de semana y con un alto coste salarial, las excesivas trabas que en no pocas ocasiones pone el viceinterventor que sacaba de quicio al PP y ahora al PSOE, los cambios disparatados de criterio de las Comisiones de Patrimonio, etcétera. Aquí es donde muchas veces se encuentran las claves del verdadero bloqueo de la ciudad.

Novena uva. El alcalde no puede quejarse de sufrir una oposición implacable. El Pleno le tumbó la operación de compra parcial de la sede de la Junta en la Plaza Nueva, lo que reveló un fallo de negociación previa de los apoyos en la junta de portavoces. Un error impropio del perfil de gestor de que hace gala Espadas. Pero en ningún momento está sufriendo una fiscalización dura de la gestión. Con Ciudadanos mantiene una relación de absoluta armonía, perfecta traducción local del acuerdo autonómico que sostiene al ejecutivo de Susana Díaz. A Espadas le encantaría que Ciudadanos entrara en el gobierno local. El grupo más poblado de la oposición, el PP, se ha pasado año y medio penando la resaca de la pérdida de la Alcaldía de los 20 concejales y preparando el relevo de Zoido, todo lo cual aderezado con un enfrentamiento interno que mantiene en vilo al PP hispalense. Cuanto más tarde el PP en rearmarse, mejor para este alcalde laborioso y con dedicación, pero sin brillo ni grandes resultados palmarios. Participa Sevilla e Izquierda Unida dan pocos dolores de cabeza al alcalde. Los chicos de Participa siguen sin ser reconocidos como hijos legítimos de Pablo Iglesias. Y los ediles de IU, pese a tener un portavoz con momentos de brillantez en los plenos, tienen bastante con buscar un palo al que agarrarse en el hundimiento de la coalición en toda España. Nunca un gobierno en minoría gozó de tanta tranquilidad. Que le pregunten a Manuel del Valle sobre sus cuatro años sin mayoría absoluta, o que se lo digan a Soledad Becerril en sus cuatro años de alcaldesa apoyada (es un decir) por los andalucistas de Rojas-Marcos.

Décima uva. El gran éxito hasta ahora ha sido la gestión de la Semana Santa, en colaboración con la Delegación del Gobierno en Andalucía. Las vallas, los refuerzos policiales y una buena coordinación fueron determinantes para recuperar la sensación de seguridad en una fiesta herida. Un éxito que continuó en la salida extraordinaria del Gran Poder. La Feria, sin problemas de seguridad y con la caseta municipal reabierta. Tan sólo hubo un patinazo en la concesión del diseño de la portada a un militante socialista de Bellavista. Pero el balance de una gestión no se puede ni se debe basar en las fiestas mayores, lo que precisamente se le achacaba a Zoido desde las filas socialistas en el anterior mandato. Al menos Espadas ha estado hábil para bloquear la construcción de una gran mezquita en Sevilla Este mediante argucias administrativas absolutamente legítimas.

Undécima uva. El taxi vuelve a ser un gremio conflictivo cuyos problemas erosionan la imagen de la ciudad. El gobierno no quiere aplicar la sentencia del TSJA de 2001 que impone el turno rotatorio en la polémica parada del aeropuerto, donde los abusos y las irregularidades –sobre todo con pasajeros extranjeros– son una constante. El principal problema de esta parada no es el intrusismo, como se nos quiere hacer ver, sino el mal trato que se ofrece a muchos viajeros a los que se intenta cobrar de más cuando existe un cuadro de tarifas fijas. El reto del taxi en 2017 es el del esmero, como fórmula para competir con las nuevas modalidades de transporte que se ofrecen con éxito por aplicaciones digitales sin riesgos de sobrecostes. La Policía Local perderá 200 agentes en cuatro años si no se aplican soluciones. Sevilla sufre un déficit de policías nacionales y está a punto de sufrirlo también en el cuerpo de seguridad local. La apuesta por un guardia civil al frente de la Policía Local revela el deseo del alcalde de introducir un mando único y una mayor disciplina en un colectivo que ha dado quebraderos de cabeza a todos los alcaldes por la vía del polémico sindicato mayoritario. La Policía Local sigue sin reglamento interno y sin una Relación de Puestos de Trabajo (RPT). En cualquier caso, la paz social se consigue aumentando las partidas presupuestarias para productividades. Ningún alcalde se atreve ni con la Policía Local, ni con los taxistas del aeropuerto. Ni siquiera el que gozó de 20 concejales. Malos tiempos para el ejercicio de la autoridad.

Duodécima uva. A Espadas se le satura el centro de franquicias. Sevilla se despersonaliza en sus principales calles, se iguala a cualquier urbe de corta historia, se muestra impotente para mantener un comercio propio, con sello particular, que la haga diferente y única, que son los valores que, junto a las conexiones del transporte, los monumentos y el sector terciario, convierten a una ciudad en un potente destino turístico. El mismo delegado de Turismo ha mostrado su preocupación por los atentados estéticos en la Avenida y por la caída paulatina de negocios antiguos y únicos. La Campana ha sido tomada por las multinacionales de la hamburguesa y las franquicias del donut. El aeropuerto de San Pablo se obrará en 2017 para ponerlo al día tras 25 años en los que se ha quedado pequeño. Sevilla aspira a captar visitantes de la Costa del Sol tanto como del mercado chino. Y, por supuesto, el objetivo es que Fibes acoja más congresos de entre dos mil y cinco mil visitantes. Todos esos objetivos deben ser combinados con el impulso y cuidado del negocio tradicional, que hacen distinta a una ciudad de otra. Los turistas no vienen a Sevilla a comer hamburguesas ni donuts tuneados. Y el propio PSOE, estando en la oposición, reconoció el problema.