Archivos para el tag ‘Sevilla’

Mamarrachada en el Salvador

Carlos Navarro Antolín | 30 de abril de 2017 a las 5:00

SALVADOR

COMO champiñones aparecieron, justo antes de Semana Santa, cuando el cofraderío está despistado y el personal sólo busca pasos, pasos y más pasos, importándole poco si se está diciendo misa en el altar mayor, si se celebran los oficios, o si está la reserva del Santísimo, velote rojo encendido que demanda una genuflexión que cada vez se aprecia menos. Como champiñones florecidos de mala manera: cuatro palos con cadenas alrededor de la fuente del Patio de los Naranjos del Salvador. Los curas han cercado la fuente de mármol del siglo XVIII, una mamarrachada en toda regla de la que nadie sabe nada. Nadie dice nada. Silencio, se encadena. Aparecieron los cuatro palos como cuatro champiñones. Prohibido el paso, no se acerquen, se está catetizando un rincón bonito, con su encanto y todos sus valores catalogados. O eso dicen. Han afeado el patio de los naranjos como han hecho con el Salón Colón del Ayuntamiento, donde el gobierno de Espadas quitó los muebles de elegante caoba para poner mesas de pisos de estudiantes. ¿Estaba la caoba apolillada quizás? ¿Provocaba alguna alergia desconocida en algún munícipe? A gastar dinero, se dijo, y a orillar unos muebles de alta calidad.

Parece que no hay un canónigo en toda la diócesis que tenga buen gusto y asesore con cierto criterio en materia de patrimonio histórico. El Salvador depende del Cabildo Catedral desde que terminó la celebrada rehabilitación hace ahora diez años. El edificio se parece desde entonces más a un museo con hermandades –con tienda abierta hacia la plaza, cómo no– que a un templo propiamente dicho. Si se fijan en la última obra de reforma que se ha hecho en las dependencias de la Parroquia del Sagrario de la Catedral (sí, de la Catedral), el resultado es el de unas dependencias más propias de un Hotel NHde cuatro estrellas que de un templo barroco. Aquello tiene una estética blanca, de tanatorio nuevo y reluciente, que lo mismo vale para Albacete, Lugo o Almería. Todo funcional, por supuesto. Todo muy útil, muy limpio, muy de salón de celebraciones de postín a la salida del pueblo.

Quien desde luego no tiene la culpa de este nuevo despropósito es el arzobispo. Don Juan José es un amante del arte, del buen arte eclesiástico. Sólo hay que ver sus esfuerzos por enseñar la colección de cuadros del Palacio Arzobispal, por abrirla al público, por explicar las diferentes dependencias: el despacho oficial, los aposentos del nuncio, el comedor de gala, etcétera. Tiene claro que el arte tiene una función, hay que hacer pedagogía con el arte, aprovecharlo y, sobre todo, preservar el sentido para el que las obras fueron creadas. Nos consta que le dolieron los tablones de pladur que se colocaron en la sacristía de la Magdalena, como seguro que le escocerá esta estética de cadenas y palos más apropiada para reservar una plaza de aparcamiento en superficie del piso de la playa que de un bien de interés cultural donde se han gastado millones de euros de todos los contribuyentes. Don Juan José va a tener que promover unas clases de Historia del Arte para sus canónigos, al igual que se imparten clases de liturgia a los periodistas para que sepamos las partes de la misa, el sentido de la liturgia y no confundamos el ofertorio con la consagración, ni la oración de los fieles con el salmo responsorial.

En qué privilegiada cabeza cabe semejante mamarrachada. Ni el catálogo del IAPH, ni los planes de protección, ni la comisión de patrimonio que te crió. ¿No se enseña en los seminarios a cuidar el patrimonio histórico? ¿Ohan orillado el arte poco a poco –que no se mueva un varal– como han desterrado los latines?¿Tan difícil es encontrar un canónigo con cierto criterio, prudencia y tacto? La verdad es que se entienden muchas cosas si se ven las casullas de Ikea que se gastan algunos teniendo la vasta colección que posee el Cabildo. Dejen el Salvador como está, que ya está bastante frío y encorsetado, no lo hagan más inhóspito, más incómodo, más frío y más vulgarizado. Dejen de acotar espacios, que el Salvador va a parecer la versión adelantada de la próxima Semana Santa.

Rajoy fuerza un mal acuerdo en el PP de Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 27 de abril de 2017 a las 5:00

RAJOY CLAUSURA EN SEVILLA ACTO XXV ANIVERSARIO ALTA VELOCIDAD EN ESPAÑA

UN mal acuerdo antes que una votación reglada por los estatutos vigentes. Un acuerdo que convierte los estatutos en papel mojado. Un acuerdo forzado por el propio presidente nacional, según la confesión del actual presidente provincial en un foro de íntimos. Los dos aspirantes a la presidencia del PP de Sevilla firmaron ayer un documento de cinco puntos que deja orillada la normativa interna del partido. ¿El objetivo? Cumplir las órdenes de Rajoy para que al congreso provincial del 21 de mayo se llegue con un solo candidato a la presidencia tras un año de tensiones que tienen absolutamente fracturada una formación tras la traumática pérdida de la Alcaldía de Sevilla. ¿El precio? A priori muy caro, pues se condena a convivir en la futura ejecutiva a dos bandos que llevan un año en guerra en un partido donde hay caracteres manifiestamente incompatibles y hasta algunos odios africanos. Todo sea por la foto forzada del día 21, todo sea por la gloria efímera del titular periodístico que venteará el humo de la supuesta unidad y la integración de las diferentes sensibilidades. Prueba de ello es que ha habido que aplazar hasta mañana las votaciones previstas para hoy por el enésimo enfrentamiento entre críticos (Virginia Pérez) y oficialistas (Juan Bueno). Los críticos denunciaron la falta de papeletas y de otras medidas para garantizar un proceso en el que está prevista la participación de más de 8.000 votantes, una cifra insólita en el PP sevillano. Las impugnaciones, las afiliaciones masivas de última hora, la falta de papeletas y otras causas terminaron por forzar el aplazamiento de las votaciones (hubo gritos en la sede provincial), dejando en el ambiente una sensación de chapuza incontrolable hasta desde los despachos de la sede nacional. No se fían unos de otros, pero Rajoy pretende que convivan en una ejecutiva. Pocos minutos después de firmar la supuesta paz, un nuevo despropósito se hacía evidente con el aplazamiento de las votaciones. La paz era frágil. No aguantan una hora juntos y Rajoy quiere que compartan piso durante cuatro años.

El documento firmado ayer en la sede regional por Juan Bueno, actual presidente provincial, y Virginia Pérez, portavoz del PP en la Diputación, consta de cinco puntos. Las horas de negociación estuvieron marcadas por una fuerte tensión. Se pidió en algún momento a los participantes que entraran en la reunión sin teléfonos móviles para evitar filtraciones. El punto inicial del acuerdo consiste en que el candidato que obtenga un voto menos acepta retirarse voluntariamente de la carrera presidencial, pese a que los estatutos fijan que el perdedor sólo debería abandonar la contienda en primera instancia si obtiene 15 puntos menos de apoyo que su rival. Es decir, el perdedor por menos de 15 puntos podría seguir aspirando a la presidencia en el congreso y darle un vuelco al resultado, pero se anula esa posibilidad. La segunda condición es que si no existe una diferencia de un 40% o más entre ambos aspirantes en la votación, el ganador se compromete a elegir a su secretario general de entre una terna que confeccionará el bando perdedor, pese a que los estatutos otorgan plena libertad al presidente para nombrar a su número dos, una figura clave en el gobierno del partido, pues se dedica, sobre todo, al control del más de centenar de pueblos de la provincia. En tercer lugar, se establecen unos cómputos en función del resultado de la doble votación (elección de presidente y de compromisarios) para garantizar los equilibrios en la composición de la futura ejecutiva. En cuarto lugar, se fija en diez el número de vicesecretarios. Y, por último, ambos aspirantes se comprometen a elegir por consenso al presidente del comité electoral, así como cada bando elegirá a cinco miembros de este órgano que confecciona las listas electorales.

El mismo Juan Bueno, actual presidente provincial, reconoció ayer en un foro privado la intervención del propio Mariano Rajoy: “Hace unos minutos he firmado un acuerdo por una razón muy simple: el bien del partido. Había una decisión en la mesa por la que si no firmábamos el acuerdo, había que posponer la votación a la semana que viene. Incluso el propio presidente nacional quiere que no se llegue al congreso sin un acuerdo”. Bueno, seguidamente, se refiere al sector crítico en su alocución privada como “los que nos quieren quitar de en medio”. Yarenga a sus incondicionales:”Más que nunca la victoria será nuestra mañana. ¡Vamos a apretarnos los machos, que sé que os los estáis apretando a muerte! Mañana vamos a ganar!”. A esas horas aún se desconocía que las votaciones no se iban a celebrar hoy jueves.

En política, como en todo, cada cual debe torear con su cuadrilla. YJuan Bueno y Virginia Pérez firmaron ayer un documento en el que ambos –si ganan– renuncian a torear con sus respectivas cuadrillas. Es decir, renuncian a trabajar con personal de su estricta confianza. Rajoy manda. Todos obedecen.

El precio de Madrid

Carlos Navarro Antolín | 2 de abril de 2017 a las 5:00

COMITÉ DE SEGURIDAD VIAL

EL recurso a la caricatura es la forma de mantener vivo en periodismo un tema que se ha desinflado. Meterse con la Iglesia Católica, manipular las imágenes sagradas o pintarrajear los muros de un templo, es la forma fácil de provocar al público de masas. Cuando los argumentos se han caído hay que buscar nuevos pabilos para mantener el fuego encendido. Madrid no es Sevilla, eso lo está comprobando (sufriendo) el director general de Tráfico, Gregorio Serrano, a cuenta de la polémica del piso de la Guardia Civil que supuestamente le estaban preparando como residencia tras una reforma de 50.000 euros. Cierta prensa capitalina cree, está convencida, de que ha mordido un jugoso muslo y no está dispuesta a sacar los colmillos. Serrano, un sevillano de perfil tradicional, de costumbres arraigadas y que nunca ha sido un político convencional, está siendo literalmente acribillado estos días por una cuestión que no se sostiene. Está siendo vilipendiado de una forma clamorosamente cruel. Serrano no ha dejado de pagar impuestos, no se le ha sorprendido en una gasolinera con material políticamente inflamable, no ha participado en ninguna organización criminal, ni tiene una colección de visones para su mujer con cargo al erario público, ni se ha llevado a familiares a viajes de Estado. Tampoco ha efectuado declaraciones políticamente incorrectas, ni se ha metido a contramano contra la todopoderosa ideología de género, ni le han hecho una fotografía sentado en el sillón del betunero de Palace.

Sevilla no es Madrid, estará maldiciéndose el concejal estos días. Serrano no estuvo afortunado en algunas decisiones o comentarios en su dilatada trayectoria municipal –ejemplos hay de las unas y de los otros– pero la prensa de estos lares terminaba tratándole con condescendencia porque, al final, en esta ciudad de cuatro gatos (en la barriga) sabíamos que se trataba de uno de los concejales que más trabajaban y controlaban los temas. Fue feroz en los años que ejerció en la oposición, es cierto. Tuvo en ocasiones poca misericordia con el socialista Monteseirín en su tramo final como alcalde. Junto a otros compañeros de partido hizo las veces de doberman y erosionó con fuerza aquel último ejecutivo formado por el PSOE e IU. Pero trabajaba mucho. Y en política no es habitual ese ritmo de trabajo. En el gobierno disfrutó algo (poco) y sufrió mucho: le amenazaron de muerte con una pintada en la fachada de su casa (Mercasevilla), le tocó cerrar la televisión local y fue el delegado de Fiestas Mayores que menos pudo agasajar al público en la Caseta Municipal de la Feria por el complejo de austeridad que marcó al PP de aquellos años en toda España.

Serrano está ya viviendo en el piso del edificio propiedad de la DGT que tiene ocupada la jefatura central de la Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil. El precio de residir en este inmueble se detrae de su nómina en función de los metros cuadrados de la finca y el valor catastral, como ocurre con todos los altos cargos del Estado. No hay más. No hubo más mientras no se demuestre lo contrario. El tiempo que ha transcurrido mientras se ha preparado la vivienda tradicionalmente asignada al director de Trafico ha residido en los hoteles que le ha asignado la agencia de viajes que trabaja para el Estado, sabedora de que el tope de la dieta fijada es de 102 euros al día por hospedaje. Unos días le ha tocado alojarse en un cuatro estrellas y otros en un tres estrellas.
Es cierto que el general de la Guardia Civil de Tráfico le pidió el polémico piso para disponer del edificio al completo, como consta en la documentación oficial. Es cierto también que Serrano dijo que sí, accedió a la petición, pero pidió a cambio la cesión de unas instalaciones similares equivalentes, una operación que nunca se produjo, una permuta que no llegó a materializarse. La denuncia de los hechos se ha caído, por eso cierta prensa de Madrid recurre a la caricatura, como hace con la presidenta andaluza. Abundan las fotos con la portada de Feria de fondo, la repetición de las imágenes en las que el concejal reconoce en una comisión de investigación municipal haber hecho un favor a la Guardia Civil al procurarle la construcción de un parquecito infantil. Y estarán al caer las imágenes de una entevista de 2011 en la que anunció que si no se lograba el gobierno de la ciudad, dejaría la política porque ya no podría seguir viviendo con el sueldo de edil de la oposición, de apenas 1.800 euros al mes.

Que el equipo de Zoido tiene un punto cañí es innegable. Que ese rasgo ha sido cultivado por ellos mismos durante años, incluyendo mensajes en las redes sociales bastante frívolos en ocasiones, también. Y que Serrano, el político más próximo en lo personal a Zoido, es quien más trabaja de todo ese equipo lo saben (sabemos) bien en Sevilla. Los puntos débiles del ministro del Interior no están precisamente en Serrano, un tipo madrugador, metódico, buen lector, aficionado a la Historia y que se ha pasado los primeros meses en Madrid tratando de coger las riendas de la DGT y lamentando la pérdida de tiempo que le han supuesto los actos que son compromisos del partido, meros chau-chaus para una foto o para que el líder de turno tenga sus 30 segundos en el telediario dominical.

Han corneado en Madrid a un político sevillano que responde al estereotipo del andaluz que gusta azuzar en la capital. Bajito, de derechas, bien trajeado, sin alopecia, con el acento marcado, de una fisonomía parecida a la del ministro y que, entre cuyas aficiones, están los barcos. Su error ha sido, tal vez, no medir a quienes tenía enfrente, no saber que la Carrera de San Jerónimo no es la Plaza Nueva, que Lhardy o Casa Manolo no son Trifón o Casa Moreno. Que hay que evitar ciertas singladuras en Elcano si se sabe que el jefe podía llegar a ministro. Y que lo que impera, como en todo, es la política defensiva, como imperan la justicia defensiva, la medicina defensiva y, por supuesto, el periodismo defensivo. Mientras Zoido aguante y el gallego siga en silencio, Serrano seguirá en Madrid y viniendo a Sevilla algunos fines de semana. Mientras los naranjitos de Ciudadanos no se pongan estupendos, como en Murcia, Serrano seguirá usando los AVE con frecuencia. La diferencia entre Sevilla y Madrid es que Sevilla te mata con el desprecio y Madrid se ceba con la mordida. Por si acaso, Zoido y sus chicos podrían ir rebajando el punto cañí. Por puro márquetin. Por pura imagen. Qué fea es Imagen, la calle.

Quién cose al PP de Sevilla

Carlos Navarro Antolín | 12 de marzo de 2017 a las 5:00

Quién cose al PP de Sevilla

EL PP de Sevilla está roto. Fracturado. Exhibe cada día con más nitidez las entrañas de un desgarro provocado por la traumática pérdida de la Alcaldía en mayo de 2015. Los recientes comicios internos para la elección de compromisarios para el congreso regional que se celebra el próximo fin de semana en Málaga revelan que Juan Manuel Moreno Bonilla, presidente regional, afronta la cita con la formación hecha unos zorros en la capital, con dos bandos que, a tenor de los resultados, están condenados a entenderse, pero donde nadie hace el menor intento de buscar el consenso, de coger hilo y dedal y ponerse a coser, dicho sea en los términos que empleó Susana Díaz para aludir a la necesidad de recomponer el PSOE, ahora dirigido por una gestora. El PP de Sevilla, por el momento, no tiene quien lo cosa. La tensión que ha marcado estas últimas elecciones internas no augura unas vísperas tranquilas de cara al decisivo congreso provincial que habrá de celebrarse tras las fiestas mayores.

Según pasan las fechas, el conflicto interno es cada vez más explícito, con su correspondiente efecto en la vida interna del partido, con episodios agrios entre militantes, y con el tono plano que mantiene el Grupo Popular en el Ayuntamiento, donde Alberto Díaz parece guardar aposta un perfil exclusivamente institucional a la espera de acontecimientos. Hasta la celebración del congreso provincial no se sabrá con certeza si su etapa de portavoz es duradera o, por el contrario, queda relegada a una interinidad operativa. Por el momento, Alberto Díaz parece el respetuoso inquilino de un piso en alquiler de corta duración, que aún no se atreve a taladrar las paredes, pero que tiene los cuadros y los espiches preparados. Mientras tanto, el gran beneficiario de esta situación es el socialista Juan Espadas, que se pasea por la verde pradera de la Plaza Nueva a lomos del corcel de la estabilidad, disfrutando de la carencia de una verdadera oposición y de la compañía poco molesta de una todavía bisoña izquierda radical.

Tanto el bando oficialista (Cospedal, Zoido, Juan Bueno, Alberto Díaz y José Luis Sanz) como el crítico o renovador (Arenas, Amalia Gómez, Patricia del Pozo, Virginia Pérez, Beltrán Pérez y Juan Ávila) han inflado el censo de nuevos militantes para ganar apoyos en la elección de los compromisarios. Aquí han votado por las dos facciones madres, hermanos, primos, allegados de todo vínculo, etcétera.

Los oficialistas se han impuesto en la capital en número de compromisarios, pero con el aliento crítico pegado a la nuca pues los chicos de Arenas presumen de haber ganado en número de votos. Los críticos sí han ganado en la provincia en número de compromisarios, pero saben de la importancia que hubiera tenido para sus intereses haber controlado totalmente las cocinas capitalinas, donde han obtenido importantes avances respecto a la anterior elección de compromisarios para el congreso nacional, pero sin que puedan descorchar ninguna botella por el momento. El resultado de estas últimas elecciones a compromisarios revela que ninguna corriente tiene la hegemonía en el PP de Sevilla. Ni siquiera el propio Juan Manuel Moreno Bonilla controla casi nada en la sede provincial sevillana, de ahí que su tibieza sea manifiesta desde que se evidenció el conflicto el último Miércoles de Feria con la fotografía de los críticos en la caseta ‘El Manijero’, que dio nombre al grupo que quiere controlar el supuesto pos-zoidismo en el partido. Es más, el líder regional ha salido pellizcado de estos comicios internos, pues los militantes tenían dos urnas para votar: una para elegir a los compromisarios del congreso regional y otra para respaldar al único candidato a presidente regional. Votaron 472 militantes en la capital, de los que sólo 375 dieron su apoyo a la continuidad de Moreno Bonilla. Queda claro que el malagueño sigue generando silencios entre la militancia sevillana. Sevilla no es sólo una plaza que se le resiste, sino que le provoca sufrimientos porque unos (los oficialistas) no lo quieren en el cargo de presidente regional, y los otros (los críticos) no terminan de sacarlo del burladero de la tibieza para que se alinee con sus intereses.

De la capital, el primer dato a destacar es que nadie discute la victoria de los oficialistas en la elección de los compromisarios. Incluso han ganado, aunque haya sido por sólo cinco votos, en el distrito Sur, donde votan el mismísimo Javier Arenas y Amalia Gómez. Las discusiones se centran en determinados compromisarios, como ocurre en Los Remedios, donde ambos bandos se atribuyen a la concejal Carmen Ríos. La caída de los críticos ha sido notable en San Pablo-Santa Justa, donde han perdido las cuatro actas de compromisarios de los que gozaron la vez anterior.

El segundo dato destacable es que el líder municipal de los críticos, el concejal Beltrán Pérez, ha vencido en su distrito de Palmera-Bellavista, después de haberse quedado fuera del congreso nacional, al que no pudo acudir como compromisario por falta de votos. Pérez se puso esta vez las pilas y ha salvado su marca personal al lograr los tres compromisarios de su distrito para la causa denominada renovadora. De 88 votantes, 57 apoyaron a Beltrán Pérez.

La victoria oficialista ha sido evidente (aunque con corto margen de votos en algunos casos) en distritos como Triana, pese al avance de los críticos; y en Nervión, Casco Antiguo, Sur o San Pablo-Santa Justa.

En la provincia, la victoria de los críticos no hay quien la discuta, con más de veinte representantes de diferencia, lo que alienta a los leales a Arenas a tener esperanzas fundadas en una victoria en el congreso provincial, cuya elección previa de compromisarios se disputará a cara de perro ante la previsible presentación de dos listas. Los críticos presumen especialmente de victoria en Gines y de tener de su lado a un ramillete de alcaldes entre los que figura el de Carmona. La provincia no ha sido nunca el fuerte del aparato capitalino del PP, una circunstancia que los críticos quieren seguir explotando de cara al congreso provincial.
En los días previos a la elección de compromisarios regionales se han vivido todo tipo de conflictos, desde conversaciones telefónicas grabadas donde se pone a caldo a dos destacados críticos, a los habituales retrasos en la entrega de los listados para dificultar la captación de los votantes, pasando por las denuncias sobre la ausencia de cabinas que garantizaran el derecho al voto.

El actual presidente provincial, Juan Bueno, se está tragando con una meritoria buena cara todos los conflictos que lastran el partido desde hace casi un año. El desgaste para su figura es innegable, pues no se recuerda un enconamiento igual y tan prolongado en el tiempo en la historia del partido en Sevilla. Bueno ya se desgastó en las maniobras de verano para prescindir de Virginia Pérez como secretaria general, unas operaciones que dejaron al partido al borde de la gestora. Pocos son los que confían en que Bueno siga como presidente a partir del próximo congreso provincial, salvo que una improbable coincidencia de circunstancias así lo aconsejaran. Es diputado autonómico y hombre que guarda la disciplina debida hacia los aparatos. Sabe sufrir, como ha demostrado en distintas etapas y tal como le ha reconocido Arenas en alguna ocasión. Su futuro en el partido no se discute. Su papel como presidente provincial parece ya caducado.

¿Quién será el próximo presidente del PP sevillano? ¿Existen opciones de fusionar ambas corrientes en una sola lista para evitar una explosión que dejaría un buen número de heridos?

Los críticos mantienen que su candidata a la presidencia provincial es Virginia Pérez, la correosa portavoz del PP en la Diputación Provincial, cuyo estilo especialmente directo pone de los nervios al oficialismo del partido. Si gana la opción crítica, la referencia municipal será Beltrán Pérez, que lleva catorce años como concejal y vivió su mejor momento en el acoso y derribo del gobierno de Monteseirín, una habilidad que necesitará en breve el PP si quiere recuperar la Alcaldía. Arenas, que nunca se olvide auspicia la lista crítica, querrá colocar en buen sitio de la ejecutiva a una de sus grandes protegidas: Patricia del Pozo. La otra es Macarena O’Neill.

Los oficialistas tienen a José Luis Sanz como su principal referencia para la presidencia. El alcalde y senador de Tomares ya fue presidente en la etapa de mayor éxito electoral para el PP en la provincia. Tomares es una plaza consolidada electoralmente para el centro-derecha. Sanz podría intentar ser candidato a la Alcaldía de Sevilla, para lo que necesita tres requisitos: lograr el poder orgánico en el partido, quedar absolutamente limpio de posibles nuevos frentes judiciales, y convencer al electorado de que se puede pasar de alcalde de un municipio del Aljarafe a serlo de la capital. Monteseirín ya pasó de concejal de pueblo y presidente de la Diputación a alcalde de la capital durante doce años. Los requisitos que tendría que cubrir Sanz no son difíciles de superar, pero tampoco hay que descartar el posible regreso de Zoido a Sevilla en caso de que la legislatura sea corta, se produzca una eventual victoria de Pedro Sánchez en el congreso del PSOE y el hoy ministro del Interior quiera retornar como la marca más sólida del centro-derecha hispalense.

Si Sanz gana, su referencia inmediata en la Plaza Nueva será Alberto Díaz –hoy portavoz– aún con más fuerza. La probabilidad de entendimiento entre José Luis Sanz y Virginia Pérez es nula. Entre Sanz y Beltrán Pérez pudiera existir algún tímido brote verde. Muy tímido. Los días que pasen entre la elección de compromisarios para el congreso provincial y la celebración del mismo congreso serán decisivos para conocer la probabilidad de formación de una lista de consenso en función del número de compromisarios que cada bando crea tener asegurado. Si no hay entendimiento, habrá que ir a votaciones precedidas de discursos cargados de emotividad para captar los votos de última hora. Habrá una lista ganadora, otra perdedora y un cartel que seguirá reclamando la presencia de aguja, dedal y muchas horas de paciencia. La unidad de todo partido no pasa por el discurso o los ideales, sino por asegurar la supervivencia de los actores de la gran obra de teatro que es la política. Nunca se olvide que Pepe Caballos, otrora factótum del PSOE andaluz, expulsó en 2004 a una tal Susana Díaz del Ayuntamiento para orillarla en el Congreso de los Diputados. Se la quitó de Andalucía asegurándole esa supervivencia. Y en esa etapa de exilio nació la estrella de la política andaluza que hoy prepara el asalto a la calle Ferraz. Hay patadas para arriba que son el preludio del nacimiento de una gran figura. Hay convulsiones, períodos de costura, de las que puede surgir la candidatura más inesperada.

Los cacharros de Muñoz

Carlos Navarro Antolín | 5 de marzo de 2017 a las 5:00

Teatro de la Maestranza.

TENEMOS un concejal de la cosa urbanística que no nos lo merecemos. Está claro que Antonio Muñoz es un hombre de fe, mucha fe, y de esperanza, tela de esperanza bien repartida por esa calle Pureza de exornos florales hiperpoblados que tanto le chiflan. Muñoz ha cantado esta semana las verdades del barquero. ¿Que a los veladores bonitos no se les cobra dinero? Negativo. Ha dicho que el centro está feo porque está cargado de “cacharrería”. Ha culpado a la masiva implantación de franquicias y multinacionales de la “vulgarización y estandarización” de las calles. Yha rematado con una media verónica que ha levantado al tendido de los entendidos: “No aportan ningún valor añadido”. ¡Óle por Muñoz! Si se consultan fotografías del centro de Sevilla de los años 70, por ejemplo de la Campana, la ciudad no era precisamente un derroche de belleza desde el punto de vista urbanístico. Pero sí se aprecia algo en los negocios: la gran mayoría son propios, firmas locales, únicas e insustituibles. En la Punta del Diamante, donde hoy hay una mutinacional del café, había unos pocos veladores donde estaban sentados sevillanos. Y en la Campana, donde hoy sólo queda un negocio autóctono, la clientela también era mayoritariamente local en ambas aceras. Sevilla aparecía con un halo cutre, provinciano, despertando a la democracia. La hiperdependencia del turismo ha sacrificado en el altar de las multinacionales el valor propio de los comercios y bares, el mejor legado quizás de aquellos feos años setenta y ochenta. La ciudad se abrió con la Exposición Universal, profesionalizó la gestión de sus principales monumentos y creció urbanísticamente hasta crear el concepto de la Gran Sevilla, pero cada día está más vulgarizada, lo dice el concejal socialista, como si no hubiera sabido conservar sus señas de identidad al mismo tiempo que asumir las novedades propias de la época. Nos hemos pasado de frenada en el servilismo al visitante, nos hemos arrodillado en exceso en la entrega de las llaves de la ciudad al turista. Antes se decía que un sevillano que quería pasar desapercibido con su amante no tenía más que meterse en el Museo de Bellas Artes o en el Real Alcázar, donde sólo hay turistas. Hoy ocurre eso en los bares de la Avenida y en casi todos los de la Campana. Los sevillanos han abandonado ciertos lugares como los zares sus palacios.
Antonio Muñoz anuncia una ordenanza para presevar el paisaje urbano de la fealdad, del mal gusto,de la “cacharrería”. A Dios por el amor, a Huelva por la A-49 y a la estética por la ordenanza. Muñoz hace como los almonteños, que regulan la estética de la romería con una normativa específica sin ningún complejo. Lo de Sevilla parece más difícil por la de terreno que nos tienen comido los “cacharros”. Más le valdría al Grupo Socialista, en primer lugar, promover una moción del Pleno para que la comisión provincial de patrimonio histórico aplicara las leyes vigentes sobre alteración de las volumetrías, remontes, trama urbana y respeto escrupuloso a los valores que motivan las catalogaciones de los inmuebles. La comisión de patrimonio parece demasiadas veces lo que la Justicia de Pacheco: un cachondeo. Permite la “cacharrería” del edificio de la calle Santander en pleno conjunto histórico, la cubierta de hierro chorreado del restaurante que cruje la estética de la calle Betis, el adefesio de aluminio junto al Puente de San Bernardo, o la demolición interior de tantas y tantas casas de las que obliga a dejar la fachada para que Sevilla siga pareciendo lo que ya no es. El cuidado de la estética, de los valores propios a los que alude Muñoz, comienza por la arquitectura y termina por los comercios. Exige pensar a largo plazo. Y, sobre todo, requiere de educación y criterio. Una fiesta de escasos días, como la Feria o el Rocío, se pueden regular por ordenanza con cierta facilidad. De hecho el uno y la otra son ejemplos de bastante éxito en este aspecto. Un modelo estético de centro histórico implantado por ordenanza parece mucho más complicado. El precedente más próximo fue el de Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, que intentó que todos los bares de los alrededores de la Plaza Nueva tuvieran los mismos veladores. Homogeneizar el mobiliario de la hostelería se decía en el lenguaje cursi de los políticos. Ahora, por cierto, lo que hay son más veladores con y sin homogeneización. En los útimos cuatro años del PP casi nada se hizo por la estética. Se dispararon los “cacharros”, que diría Muñoz, y el alcalde de entonces reconoció (increíble, pero cierto) que tuvo que hacer la vista gorda con los bares y los veladores porque eran años de crisis económica y había que contribuir a que hicieran caja. Zoido sí promovió la sustitución de las farolas-ducha de la Alfalfa y sus proximidades y casi lo fusilan en el paredón de lo políticamente correcto.
Es de agradecer ahora que la cruzada contra los veladores y los “cacharros” del centro sea promovida por un socialista. ¡Menos mal! Si llega a ser Soledad Becerril ya la estaban tildando de marquesona. Yo me alegro del plan de Muñoz, hombre de mucha fe por lo que se ve. Esperemos que la fuerza lo acompañe, que es lo mismo que decir que la superioridad moral de la izquierda lo proteja. Entenderá pronto cuán lamentable resulta tener que defender lo obvio. Que no se puede abandonar la Catedral como todos los gobiernos locales lo han hecho. Que hay que estar encima de la comisión de patrimonio. Que hay que mirar con lupa las licencias en el conjunto histórico-declarado. El velador se retira. El mamarracho de la calle Santander nos lo tragamos cada mañana. Yel criterio no se enseña a golpe de ordenanza.
Quizás a Antonio Muñoz algún día le ocurra lo que al gerente del club privado al que se quejaron por escrito de que la gente comía con el torso al aire en el restaurante de la piscina. El tipo respondió que el club no se hacía responsable de la educación de los socios. Y que si el denunciante no quería almorzar contemplando pelambreras, que acudiera al salón habilitado al efecto, una suerte de gueto para los que aún mantienen ciertas normas de saber estar y, sobre todo, de higiene. El centro de Sevilla está para que lo manden al IAPH para pasarlo… a nuevo terciopelo. Con dos… veladores.

Los gazapos de la Catedral

Carlos Navarro Antolín | 26 de febrero de 2017 a las 5:00

gazapos_en_la_Catedral.jpg

SE mantienen como verdades irrefutables que la plaza de toros de la Real Maestranza es el monumento privado mejor conservado gracias al celo de los caballeros maestrantes y que la Catedral es un modelo de autofinanciación gracias al esquema concebido por el cura Paco Navarro tras los fastos del 92. Cada aficionado que renueva su abono, si es que lo renueva, está metiendo dinero para acicalar esa bella moza que es la plaza de toros, iluminada con esplendor por la Fundación Endesa, antes Sevillana de Electricidad. Ycada turista con las pelambreras al aire, cuando pasa por el torno (Triana) de la Puerta del Príncipe, le está metiendo dinero a la propia Catedral, necesitada de obras mayores y menores de forma continua, y también a otros fines de la diócesis: las obras de caridad, la edificación de nuevas parroquias, etcétera. La plaza de toros cuida poco a sus abonados, los maltrata con ganaderías que pierden las manos en el primer tercio, con localidades incómodas que provocan el síndrome de la sardina en lata. ¡Pero cómo trata, en cambio, la Catedral a los turistas! Los turistas son los señores y amos del primer monumento de la ciudad. Los turistas son los consentidos de los canónigos. La Catedral aplica manga ancha a los turistas. Entran vestidos como les da la real gana, sobacos y calzoncillos al aire; hacen las fotos y vídeos que quieren como japoneses compulsivos, sin un acomodador escondido en el vomitorio que de pronto irrumpa y recrimine la acción, como sí ocurre en la plaza de toros: “¡No se puede grabar la faena, oiga!”.

El turismo manda. Los canónigos se pliegan. Poderoso caballero es el turista. El lagarto se calla. Pasen, pasen, que al fondo hay sitio. Toda la Catedral es un inmenso monumento concebido por y para el turismo. Hasta hay turistas que tienen la suerte de encontrarse con Ayarra (don José Enrique) en uno de sus ensayos y disfrutan de cuarto y mitad de gloria musical gratis total, corcheas primorosas salidas de ese órgano mimado por los alemanes cada vez que sus teclas se engollipan. Que suele ocurrir para disgusto de este canónigo de Jaca al que jamás se le quita el aire aragonés por más años que lleve en Sevilla. Y mire que lleva años.

Pero no todo es brillo para los señores de pantalón corto y botellita de Solan de Cabras por la Catedral, oiga. En la capilla de Santa Ana, que es uno de esos muchos rincones para el deleite de la gran montaña hueca, hay una cartelería informativa (por las que hilan lo de informativa) con gazapos vergonzosos. Al cardenal cántabro Luis de la Lastra y Cuesta (1803-1876), nada que ver con Casa Cuesta, la del menudo, lo han rebautizado en su propia tumba como Luis de la Lastra y Costa. Dicen que los errores del editor los corrige el buen lector. Pero es que no se vayan todavía, que aún hay más. Si se interesan por el autor del precioso sepulcro del purpurado, el Cabildo asegura que su autor es Ricardo Beitver, cuando en realidad se trata de Ricardo Bellver (1845-1924). Aceptamos canónigo nombrado a dedo, sin oposición. Aceptamos canónigo de nueva hornada que maneja el latín como el inglés de los taxistas. Aceptamos canónigo con parroquia anexa a la Catedral y malas pulgas. Aceptamos todo lo que haya que aceptar, cual abonados sufridos de la plaza de toros, pero que a Bellver me lo rebauticen en la pila de la ignorancia y el desahogo es para hacérselo mirar. Y no le echen la culpa a don Juan José, que en Historia del Arte y de la Iglesia está, precisamente, puestísimo. Yde cofradías le quedan dos calles para darse cuenta de lo celosas que son las hermandades de su autonomía, que no hay Guardia Suiza que les haga entregar los papeles. Yo lo siento por la pintora Reyes de la Lastra, magnífica retratista donde las haya, y por todos los Lastra que en Sevilla hay, que los hay para formar una distinguida cofradía, a los que les va a dar un sopitipando cada vez que se asomen por la rejería para rezarle a su difunto pariente, Príncipe de la Iglesia, al que han puesto segundo apellido de calle chunga junto a la Alameda de Hércules. Pero tela de chunga. El cardenal Lastra Cuesta es de los que alcanzaron la condición de purpurado en sus últimos años de vida por concesión de Pío IX. Bellver lo representó de rodillas sobre un reclinatorio, con la frialdad marmórea de los monumentos fúnebres. El tío del cartel, que no ha tenido tiempo de consultar siquiera la wikipedia, ni de preguntar a alguno de los canónigos que quedan con cierta cultura, lo ha rebautizado con nombre de delantero del Bayern de Munich: Bietver. De nada le ha servido a Bellver haber firmado obra de importancia en toda España, desde Madrid (El ángel caído, en el Retiro) a la propia Catedral de Sevilla, donde tiene firmada imaginería en la Portada de la Asunción y en la del Príncipe.

Antes de ir a la caza de los turistas en el taco de Emiratos Árabes Unidos, esperemos que nuestros canónigos conozcan su Catedral. Cultura local se llama. Porque lo del latín es ya imposible. Como la rendición de cuentas de las cofradías. Con el sufrimiento de los abonados de la plaza.

La manzana podrida

Carlos Navarro Antolín | 19 de febrero de 2017 a las 5:00

SEVILLA, 13/02/2017.
HACE tiempo que no vemos las brigadas anti-veladores del concejal Antonio Muñoz cargando mesas, taburetes y sillas en la furgoneta con el motor al ralentí. El delegado de esa cosa llamada Hábitat Urbano es listo:tras varios días de batida con sus correspondientes notas de prensa ha logrado que cesen las protestas, cuando la realidad es que las terrazas siguen como estaban. Con inspectores o sin inspectores, cierto hostelero sigue siendo el rey. Muñoz ha salido bien parado en los medios de comunicación. El propio alcalde, Juan Espadas, sabe que su edil de Urbanismo goza de buena prensa. Muñoz ha venteado hábilmente el humo de la eficacia. En política se trata de hacer ver que las cosas funcionan más que de que funcionen realmente. En política vende el gerundio (estamos controlando) mucho más que el participio (está controlado). Muñoz se pasó una buena temporada cogiendo el toro por los cuernos, hasta que se ha metido de nuevo en el burladero de la Gerencia. Y el toro sigue abanto. No nos engañemos, la situación sigue igual –fíjense en la Plaza de la Campana– pero el gobierno ha conseguido, al menos, acabar con esa sensación de inactividad del ejecutivo anterior, amuermado en sus 20 concejales. Lampedusa ha funcionado en las caracolas de la Cartuja.

El mismo Muñoz –¿recuerdan?– también denunció el horror de la Avenida y los alrededores de la Catedral. Nunca un concejal había hablado tan clarito sobre las “pedradas” estéticas que sufren estos lugares. Este Varoufakis hispalense se ganó las simpatías de los medios de comunicación. Se pronunció alto y claro. Llegó la Semana Santa y persiguió los horrorosos puestos de venta ambulante, desde la Encarnación hasta la Plaza de la Contratación. Urbanismo hizo ruido, que es de lo que se trata en comunicación: hay que contar que se quitan los veladores, hay que procurar la publicación de la fotografía de las brigadas haciendo una suerte de razzia de mesas y sillas, hay que dar sensación de frenética actividad.

Por momentos nos faltaba ver a Muñoz revestido de valiente cruzado contra los hosteleros infieles a las ordenanzas. Lástima que algunos meses después, las aguas de los veladores han vuelto a su cauce de descontrol y desorden. Y, además,la galería de los horrores en que se han convertido las proximidades del principal monumento de la ciudad continúa en proceso de perfección. Urbanismo, al menos, ha dado una señal de vida al abrir ahora un expediente disciplinario a la finca del número 17 de la calle Santo Tomás, donde funciona un restaurante de comida mexicana que ha colocado una preciosísima publicidad en la fachada, de las que van cambiando de mensaje. Todo un estoconazo en el hoyo de las agujas del patrimonio de la humanidad. Anuncios de letras fluorescentes y que se mueven como los de un club de carretera frente al mismísimo Archivo de Indias. El inspector de la Gerencia de turno ha realizado un sesudo análisis de la legalidad de los anuncios con gran profusión de citas legales y perífrasis. Todo para concluir que la mamarrachada es “no legalizable” y que el titular tiene que restituir la “realidad física alterada”. Ojalá se pudieran restituir las realidades físicas alteradas en el casco histórico, lo cual no consiste en revivir sueños rancios, ni en sufrir delirios en blanco y negro, ni en bañarse en las aguas siempre parciales de la memoria idealizada. Consiste en no afear aún más lo ya afeado, en cuidar el salón de la ciudad, en mimar el sello de identidad de la urbe, en no maltratar los monumentos, sus perspectivas, su uso, sus colores. Sevilla se está poniendo cada día más fea. Y eso no hay brigadas anti-veladores que lo mitiguen, ni inspectores de 9 a 14 horas que lo arreglen con el pliego del blablablá de expedientes inútiles.

Sevilla sufre el síndrome de la manzana podrida, que ya se sabe que es la manzana que acaba pudriendo todas las sanas que hay en el cesto. Cierra un comercio elegante en la Plaza de Salvador, frente a un Bien de Interés Cultural como es el templo, y no abre otro comercio igual de elegante, ni siquiera una tienda que, al menos, tenga una decoración aséptica que respete ese aire de basílica romana que genera la fachada de la iglesia. Lo que abre es una tienducha de patatas fritas con un pedazo de monigote en el balcón del que rebosan patatas como chirriante reclamo publicitario. Cierra un banco y abre una tienda de comida rápida. Cierra una zapatería y abre una de donuts tuneados. Cierra una de ropa y abre una de venta de sobres de jamón ya cortado con luminosos de cochinos felices por la montanera. Abre una de tortas Inés Rosales, que bien merece la marca la mejor ubicación en el centro de la ciudad, pero le mete a la Plaza de San Francisco un fogonazo de azul azafata muy apropiado por las que hilan para la entrada de la antigua ruta de la seda, la calle Hernando Colón, que conduce hasta la Puerta del Perdón. El síndrome de la manzana podrida que sufre el comercio se expande por los locales vacíos, experimenta su particular metástasis, es una demostración palmaria de la degradación de la ciudad. No hay público que valore la artesanía, como no hay público que valore la buena atención en un bar, el buen producto. Nunca hubo tanta afición a lo gourmet, tanto sibaritismo de escaparate, y tan poco criterio y escaso buen gusto.

El reto del taxi es el esmero

Carlos Navarro Antolín | 12 de febrero de 2017 a las 5:00

TAXIS
AL viejo periodista le amargaron el final de sus días profesionales con cursos sobre el manejo del ordenador, aquel monitor panzudo con una conexión que se paraba más que el C-2. Él, que se había pasado más de treinta años aporreando la máquina de escribir y presumiendo de sacar los folios redactados sin mácula de erratas, se veía ahogado ante la pantalla, al borde de la asfixia y sin destreza para deslizar el ratón. Estaba convencido de que todo aquello complicaba el proceso verdaderamente importante (escribir las historias de cada día sazonadas con la sal y la pimienta de la que sólo es capaz un veterano de la información) y amargaba el tramo final de su carrera. Nunca quiso reconocer que el problema era él mismo, su pánico por el cambio, su terror a sentirse orillado, señalado e incapaz. Siempre era más cómodo instalarse en la queja y denunciar que el culpable está en el entorno, en el ambiente, en los señores de arriba y en toda esa letanía de dianas a las que lanzar los dardos de la amargura cada vez que el cornetín de mando suena para anunciar cualquier modificación sustancial de los hábitos de trabajo.

Estos días se oyen denuncias de los propios taxistas sobre el intrusismo en el sector, propuestas para convocar una consulta sobre las medidas para combatir la mafia del aeropuerto, sabotajes de vehículos, agresiones con tinte mafioso en la casa de representantes del gremio y reivindicaciones de mayor presencia policial para corregir desmanes. Cierta clase dirigente del sector juega las cartas con habilidad, mucha habilidad, para presentar a determinados taxistas como víctimas, como pobres ancianas desvalidas a las que los piratas quieren esquilmar el monedero a la salida de misa. El ruido de estas denuncias se repite estos días como una vuvuzela, a la misma velocidad que suceden extraños incidentes que dejan con las ruedas pinchadas los vehículos de los profesionales del sector a los que se impide pescar en el caladero del aeropuerto. Los discursos victimistas se repiten igualmente a la misma velocidad que los sucesos que afectan a los profesionales de los nuevos medios de transporte, unas ofertas que han dejado al taxi tradicional, por ejemplo, como el más caro de todos los medios para acudir al aeródromo de San Pablo. Es evidente que alguien no ha estado interesado nunca en una línea de Tussam competitiva que enlace el Prado de San Sebastián con el aeródromo. Alguien no ha estado interesado nunca en dar facilidades a la implantación de los nuevos servicios de transporte que se contratan a golpe de teléfono inteligente.

Muchos taxistas están como el viejo periodista: en posición de defensa, reacios a cualquier cambio. Prefieren ventear la media verdad del intrusismo antes que asumir que el verdadero reto que no terminan de afrontar es el del esmero, prestar un servicio de mayor calidad, con una atención más cuidada y profesionalizada. El futuro del taxi no pasa tanto por la vigilancia policial en los puntos negros como por la necesidad de que estos profesionales del volante cuiden el aspecto de sus vehículos, sean diligentes en el trato con el cliente e inspiren siempre su trabajo en el principio de la buena fe. Si el taxi tradicional no asume que los coches en verano deben estar refrigerados antes de que el cliente se vea forzado a pedir el aire acondicionado, Cabify se llevará más y más cuota de negocio en cuanto aumente la reducida flota de coches que ahora tiene en Sevilla. Si el taxi tradicional no asume que el cliente no merece una mala cara –mucho menos una reacción airada– cuando se solicita un trayecto considerado corto, seguirá perdiendo usuarios en beneficio del autobús o del coche particular que se puede aparcar gratis en muchos centros comerciales o a bajo precio en el propio aeropuerto. Si el taxi tradicional no asume que los vehículos deben estar limpios y que hay que tener tacto en las conversaciones con el usuario para no provocar incomodidad, las nuevas plataformas que ofrecen coches de alta gama, servicio esmerado, conductores discretos y la vía del pago digital, irán comiendo terreno al sector tradicional, como los ordenadores fueron desplazando a las máquinas de escribir en las redacciones. Es cuestión de tiempo, no de número de policías en las paradas, ni de barreras, ni de aumentar la tarifa del autobús para que el público retorne al uso del taxi.

El taxi tradicional está llamado a renovarse como las plazas de abastos, cuyos industriales no pueden estar todo el día reclamando mejoras al Ayuntamiento mientras se niegan a abrir los puestos por la tarde, cierran los domingos y muchos aún no ofrecen el reparto a domicilio.

No se trata de ser serviles, como alguno malinterpreta torticeramente, sino serviciales. No se trata de ser pelotas, ni de dar ojana, ni de caer en comportamientos engolados, sino de ser sencillamente profesionales. Intrusos hay en todos los oficios y no por ello se debe rebajar la calidad de las prestaciones. El enemigo del taxi está dentro, como revelan los propios códigos éticos que ha publicado la Federación Andaluza de Autónomos del Taxi, que pone el dedo en la llaga sobre las deficiencias del servicio en un modélico ejemplo de autocrítica constructiva. Cuando todos escribían en ordenador, había quien se empeñaba en no dejar la máquina de escribir. Aquel viejo gruñón se fue quedando solo. La culpa era siempre de los demás. Sevilla necesita taxistas profesionales para que, como dice el alcalde Juan Espadas, cesen ciertos espectáculos más propios de películas donde aparece la cabeza de un caballo en la cama, o la puerta del domicilio de un taxista embadurnada de excrementos. Tan inaceptable casi como llevar el aire acondicionado apagado en agosto. Y, mientras, los autobuses de Tussam fresquitos.

Doce meses muy largos

Carlos Navarro Antolín | 30 de enero de 2017 a las 5:00

Imagen obra
Es como aquel cartel con guasa del mercadillo del Charco de la Pava donde se leía: “Calcetines, un euro. Oferta, cinco pares de calcetines, cinco euros”. Va uno paseando a la vera del río, se topa con el mamotreto de la obra de construcción del denominado Centro de Atención al Visitante, lee el cartel oficial al que obliga la ley y piensa dos cosas. Primero, ¿pero de verdad hay que atender aún más a los visitantes? Vamos a acabar como Boabdil: de rodillas y entregando la réplica de las llaves de la ciudad al capitán de cada crucero que atraca en el Guadalquivir. Menos mal que el teniente de alcalde delegado de Turismo, Antonio Muñoz, el Varoufakis hispalense, está en plena forma, porque se va a hartar de usar el reclinatorio con tanto turista que vendrá a ponerse detrás de las vallas de Semana Santa y a dar vueltas sin rumbo por la Feria como pollos sin cabeza, quiero decir sin caseta. Y, en segundo lugar, ¿se han fijado en la duración de la obra? Dice que “doce meses”. ¡Un derroche de precisión, una apuesta por la transparencia! ¿Pero de qué fecha a qué fecha, almas mías? No informan del día de inicio ni del día de finalización. Nos lo tragamos todo: las ampliaciones de presupuesto, que nos quieran colar la obra terminada cuando realmente no lo está, que el alcalde se refiera a los desfases de presupuesto y de plazos como “problemillas”, pero, señores de la constructora, no nos hagan ustedes como el cartel del mercadillo. La obra de Marqués del Contadero va a durar a este paso los doce meses más largo de la historia. Doce meses que ya han pasado y que, de hecho, van a seguir pasando. Tal vez podrían haber puesto algún dato más: “Doce meses, un año”. O mejor aún: “Doce meses… Tela”. Pero, eso sí, han tenido mucho interés en informar de los céntimos del presupuesto… Risas en off. Saquen el reclinatorio.

El retorno de Marchena

Carlos Navarro Antolín | 24 de enero de 2017 a las 5:00

Marchena.JPG
POCOS meses antes de las elecciones municipales de 2011, la Sevilla que es una foto fija en los canapés y presentaciones de libros se esforzaba en engatusar y hacerle la envolvente al llamado a ser nuevo alcalde de la ciudad, Juan Ignacio Zoido. Esa Sevilla, sin memoria como un niño cruel, oía ya el cascabeleo de las mulillas que aguardaban la noche electoral para salir al ruedo de la Plaza Nueva y proceder al arrastre de los doce años de Monteseirín como alcalde. En una de esas noches sociales de la primavera de 2011, cuando al líder del PP sólo le faltaban los sediarii para llevarlo en silla gestatoria, uno de esos sevillanos con el apellido más largo que la salida de San Bernardo se acercó a Zoido: “Juan Ignacio, acaba con todo lo que han hecho estos rojos en el Ayuntamiento. Pero te pido una cosa:déjame donde está a Manolito Marchena. No me lo toques”.

El pasado domingo, el salón de actos de la Casa de los Pinelo estaba abarrotado de un público variopinto para asistir al ingreso en la Academia Andaluza de Ciencia Regional del catedrático Manuel Marchena. El auditorio estaba compuesto fundamentalmente por ex altos cargos del PSOE de los últimos años de la Era Chaves y, he aquí lo llamativo, por destacados miembros de esa Sevilla sociológicamente conservadora que Monteseirín supo ganarse ofreciendo como interlocutor a su hombre de máxima confianza. “Habladlo con Marchena”, respondía el alcalde socialista ante el promotor con la licencia atascada, ante el director de una delegación municipal con el presupuesto agotado o ante el empresario de fuera de Sevilla que ponía encima de la mesa un proyecto peregrino. Marchena fue consolidándose como un verdadero virrey de Sevilla gracias al poder omnímodo que el alcalde delegó en su figura. Es cierto que nadie ha gozado de tanto poder en la ciudad durante tantos años en periodo de democracia, lo que también ha generado todo tipo de leyendas en una ciudad que es víctima del síndrome del parchís: el que se come una torrija y cuenta veinte.

Marchena, de frac azul azafata, abrió su discurso saludando a Monteseirín como “alcalde perpetuo y vitalicio” de Sevilla. Jamás le ha robado protagonismo a Monteseirín, ni cuando era alcalde, ni en los almuerzos posteriores de homenaje a los que han asistido juntos. Si Alfredo está, Marchena se mete en el burladero. Esa relación de absoluta confianza ha sido no pocas veces envidiada por el posterior alcalde, que gozó de 20 concejales, pero nunca de un tentáculo tan incondicionalmente fiel y tan certeramente eficaz. Marchena era el tesoro particular de Monteseirín, el hombre fuerte del régimen, el que se fajaba con los funcionarios que colocaban piedras en la rueda de los proyectos, el que metía el pie en el área chica de la gestión con riesgo de penalti, el que tenía concedido por el alcalde un poder de ruina. Cuando Alfredo veía que su amigo se arriesgaba en exceso, le conminaba: “Manolo, tápate”.

Marchena podía actuar en nombre del alcalde que el alcalde no lo dejaba en mal lugar. Marchena, un personaje polémico sin lugar a dudas, del que muchos auguraban que tendría una salida gris del Ayuntamiento y una convivencia difícil en la vida civil de la ciudad cuando cesara su etapa de poder, percibió el domingo que mantiene un público fiel que ya quisieran para sí muchos ex de supuesto relumbrón en la ciudad. ¿La clave? Que jamás le ha tenido miedo a cierta Sevilla que es, precisamente, en la que le gusta moverse. El domingo había muchos socialistas en el acto, sí. Pero también militantes del Partido Popular, incluso algún ex alto cargo del gobierno plano de Zoido.

El patio de la Casa de los Pinelo acogió al numeroso público que se quedó sin asiento y que no paraba de murmurar molestando la audición de los discursos. Cuando Marchena entró en la sala acompañado por dos académicos, como manda el rito, tuvo que abrirse paso entre el público. Alguien comentó desde la bancada: “Está como Lola Flores en la boda de su hija, a punto de rogar Si me queréis, irse”. Y un abogado añadió: “Este hombre ya no puede repartir jamones, pero aquí siguen viniendo casi seis años después muchos de los que recibieron jamones. Y eso no es normal”.

Es envidiado como todo aquel que ha tenido mucho poder durante muchos años y es capaz de mantener cierto estatus. Algunos soñaban con su destierro civil. Y Marchena, sin miedo a la Sevilla Eterna, sigue pululando por donde acostumbra, arropado por su gente y por el estandarte y las cuatro varas de la Sevilla más conservadora. Y ahora, encima, con chapa de académico.