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La guerra de Cuba

Carlos Navarro Antolín | 12 de noviembre de 2017 a las 5:00

Caja Negra Puerto de Cuba

HACE mucho tiempo que Río Grande dejó de ser Río Grande y pasó a formar parte del elenco de marcas de Sevilla que viven del rastro de la fama, de las migas que sobraron del bollo orondo, del polvo caído de la estrella apagada de un establecimiento que atendió con brillantez a la emergente población de los Remedios de los años setenta en adelante. Río Grande triunfaba cuando en Sevilla funcionaban muy pocos restaurantes de verdad. El Becerra de la calle Recaredo era el preferido por la clase política municipal de los últimos años del franquismo y primeros de la democracia. La Isla del Arenal, el que servía a la clientela del Alfonso XIII. El Robles de Placentines combinaba el turismo de alta calidad con una mayoría de sevillanos del centro. La Raza era el refugio para decenas de visitantes de la Plaza de España. Yapunten si acaso una tríada más en el casco antiguo:Los Corales, El Burladero y Senra. Y se acabó.

A Río Grande acudía Doña María, la madre del Rey, tras sus visitas al templo del Salvador, de lo que daban fe unas fotografías expuestas a la entrada del restaurante. Y cuando era su hijo, don Juan Carlos, quien quería comer con vistas a la Torre del Oro, telefoneaba a su madre para que le recomendara algún plato. Río Grande fue agonizando lentamente, como casi todas las grandes marcas que han sido el estandarte hostelero de varias generaciones. En Sevilla hay cosas que se acaban poco a poco, como Río Grande, y cosas que están más que acabadas, como el economato Ecovol y su bar donde servían la tapa de salchicha roja con patatas congeladas; el cine Fantasio con los trailer iniciales de Movierecord, o el bar Asturias con el desarme y los cachopos.

No hay sentencia de muerte peor para un negocio señero que cuando alguien dice: “¿Ese sitio? Ha cambiado de dueño”. Que se lo digan a la antigua tasca del Burladero desde que la trincaron los pijas de la multinacional de turno sin pajolera idea del oficio. El cambio de dueño genera desconfianza, provoca recelos y obliga a poner en cuarentena cualquier establecimiento. Muy sevillano es eso de colocar el cordón sanitario a un bar que ha cambiado de dueño. Eso le pasó a Río Grande, que un día cambió de dueño y una legión de sevillanos dejaron de ir a almorzar a su espléndido comedor. Al perro flaco del cambio de titular se sumaron polémicas urbanísticas y hasta judiciales en las que ahora no vamos a entrar por enésima vez. Y como hecho curioso –revelador– cocurrió, mire usted, que comenzó a coger buena fama una cuidada terraza de copas, llamada Puerto de Cuba, fundada en 2005. La terraza se volvió más conocida y con muchísimo más tirón de público que el restaurante en muy poco tiempo. Yahí empezaron los problemas. A la marca herida de Río Grande le salió la incómoda marca pujante de la terraza de copas, nacida en sus mismas entrañas, en un espacio alquilado por la propiedad a un grupo de empresarios a razón de 90.000 euros anuales. Entre esos promotores figura, por cierto, Pablo Castilla, el que fue gerente de la televisión local con Monteseirín y con Zoido. Puerto de Cuba aprovechó el río como casi nadie hace en Sevilla. Tanto hablar de la calle ancha olvidada de la ciudad hasta que llegó este grupo de arriesgados, alquilaron un barco y ofrecieron pequeños cruceros entre copa y copa, e incluso copa en mano en la cubierta, a los clientes de la terraza dispuestos a pagar un plus. El personal se apuntaba en masa a lo de llegar al bar en barco y cenar luego en… Abades. He ahí otro de los problemas: los pasajeros no se quedaban en Río Grande pese a que el barco atracaba en Puerto de Cuba. La terraza iba como un tiro mientras el restaurante y su bar de tapas no lograban beneficiarse de la ingente captación de público de Puerto de Cuba.

Hace unos días que un grupo de forzudos han acabado literalmente con la terraza, han desmontado todo el mobiliario, han cambiado las cerraduras y han vigilado para que ni Castilla ni sus socios puedan acceder al lugar que han explotado desde 2005. Puerto de Cuba ha pagado religiosamente los 90.000 euros anuales a la propiedad con el viento a favor de un cambio climático que alarga los veranos y que genera que haya clientela al aire libre hasta entrado el mes de noviembre.

Puerto de Cuba ha revalorizado una finca cuya referencia era la marca agonizante de Río Grande. Y en ella ha puesto los ojos un fondo de inversión (Faetón Capital, S.L.) vinculado a un destacado empresario de la ciudad, Miguel Gallego, que lo adquiere como inversión. Según el comunicado oficial, Río Grande será cedido en alquiler a una firma de “operadores profesionales del sector”.

–Ojú. Lo de operadores suena más a quirófano que a ensaladilla bien elaborada.

Los compradores valoran internamente los activos de la sociedad en 9,6 millones de euros. La finca tiene dos zonas bien diferenciadas (el restaurante y la conocida terraza de copas) que suman 2.800 metros cuadrados. La rentabilidad del alquiler se calcula en un 6%. Con estos datos –nunca publicados– se comprenden las prisas de la parte vendedora por dejar la finca libre de inquilinos a la mayor brevedad para su entrega al fondo de inversión. Los empresarios de Puerto de Cuba han sido como la vieja indefensa que sobrevive en el bloque de pisos cuando la grúa está lista para el derribo y sólo queda ella por bajar la escalera. Se entiende que el abogado José Manuel García-Quílez, que representa a los desalojados, haya afirmado que jamás ha visto nada igual en sus veinticinco años como letrado: ni tantas prisas, ni tanta vehemencia, ni tantos forzudos con estética de los que recogen las fichas de los coches locos. Lo que está claro, mi dilecto García-Quílez, es que no volverás a ver a ningún monarca almorzando en Río Grande. Ahora resulta, además, que Río Grande no es un restaurante sino un “complejo”, según el lenguaje fatuo de los comunicados oficiales.

El desalojo de la terraza efectuado en la noche de Halloween, como quien aprovecha las luces bajas, los disfraces y la risa hierática de las calabazas, nos retrotrae a una Sevilla en blanco y negro donde todo el mundo calla, echa el visillo y cierra las ventanas, mientras se perpetran acciones de dudosa legalidad por personajes patibularios a sueldo. Por dinero danza el perro. Unos activos valorados en 9,6 millones de euros dan para muchos canes, para muchos bailes y para muchas cuadrillas de forzudos con sus correspondientes relevos. Castilla ha cometido el gran error de revalorizar una marca herida a base de trabajo y tesón. El éxito del gin tonic ha provocado la guerra de Cuba, una contienda que no ha hecho más que empezar y que se comenzará a despachar el próximo viernes en el juzgado con una pila de denuncias, actas notariales, fotografías, vídeos y todo ese rosario de pruebas de cualquier proceso complicado que se precie.

Que al sevillano no le gustan tantos cambios de dueño en tan poco tiempo es una regla que no falla, como la de parar solamente en las ventas donde hay muchos camiones aparcados. En las ventas no suele haber operadores. Acaso algún forzudo que mata la espera al son de una melodía de Camela, una de esas canciones que suenan en los coches locos los domingos por la tarde.

PuertoCuba

Gadafi en el Laredo

Carlos Navarro Antolín | 3 de enero de 2016 a las 5:00

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SI la calle era de Fraga, la Plaza de San Francisco es de Robles. Esta plaza es como el salón de su casa. Ríanse del Salón de Écija, que es como llaman los astigitanos a la zona cero de su vida urbana. La Plaza de San Francisco es el salón de Robles. Y en su salón hace uno lo que quiere: cambia los muebles, tira tabiques, levanta paneles, coloca estufas nuevas, pone y quita la alfombra, combina los distintos tipos de sillas. ¿O no? La arquitecta Lola Robador, que tan brillantemente contribuye a la restauración del Ayuntamiento, explicaba esta semana los valores del edificio, su historia, los detalles recuperados, su relación con el entorno. Y hubo varios oyentes que nos quedamos con las ganas de que diera detalles de la jaima de Robles, la que montó la otra noche en el antiguo Laredo, en la misma noche de Nochebuena, de una Nochebuena sin misa del gallo tras la cena pero cargada de gallitos. Si usted quería cenar en la Plaza de San Francisco a unas horas tan señañadas después de oír el mensaje del Rey en el Palacio Real, disponía de una jaima como la que Gadafi se hacía montar en La Boticaria, calentita, calentita, a mesa y mantel, con camareros y con la intimidad parcial asegurada, esa que permite ver sin ser visto.

¿No colocan los manteros de Tetuán y Velázquez un chivato en la esquina que avisa con un silbido de que llegan los señores de la Policía Nacional o los muchachos de la Policía Local? Pues Robles debe tener su silbador la mar de bien adiestrado, que avisa que ya se han ido los inspectores de Urbanismo a cenar el pavo trufado. Vamos, que llevan cenando y haciendo la vista gorda desde que Monteseirín era alcalde, pues Alfredo le aplicó a la perfección eso de al amigo todo, al enemigo nada y al indiferente la legislación vigente.

–¿Y Zoido no hizo nada, oiga?
–Era más de La Raza, aunque al final del mandato les mandó la carta de desahucio. ¡Al suelo, que vienen los nuestros!

Sevilla debe ser la única capital de España en que los inspectores de la vía pública no trabajan por las tardes ni los fines de semana.
–¿Me lo repite?

Cuando más ruido urbano se genera, del que pone de los nervios a los vecinos, es precisamente cuando no hay inspectores. Los turnos de descanso los carga el diablo. Se sortea un fin de semana en Rota entre quienes vean a un inspector de veladores pasar por el centro en hora punta, en prime time de turistas con los pies por lo alto en un asiento, pidiendo platos cargados de zanahorias ralladas con riachuelos de vinagre de Módena.

La ordenanza reguladora de las terrazas de veladores, aprobada con carácter definitivo en el Pleno de abril de 2013, cuando gobernaba la ciudad el gobierno planito del PP, establece bien claro:“En ningún tipo de instalación, ya sea enrollable a fachada o aislada de la misma, se podrá disponer de elementos verticales que puedan hacer de cortavientos en todo su perímetro”.

–Oiga, eso va por la jaima de Gadafi, que diga de Robles. Y de elementos verticales no sé, pero de elementos a secas le puedo hablar de unos pocos.

Uno se pone a buscar las disposiciones adicionales, cláusulas, excepciones o anotaciones marginales, y no termina de encontrar que Robles tenga privilegios, que los tiene, porque los tuvo con Monteseirín (cual tabernero del régimen), los tuvo con Zoido y se ve que los mantiene con Espadas. Y los 31 concejales de la corporación municipal pasando cada día por la plaza. Son todos miopes, todos.

Si Chávez es un pajarito que se aparece a Maduro, Gadafi cualquier día aparece en la jaima de Robles para recibir a Aznar, que ya se sabe el poco reparo que tuvo el ex presidente español en entrevistarse en aquel hotel alcalareño con un líder tan democrático y amigo de los consensos como el libio.

Lo más chic de la hostelería no son las placas que generan calor a bajo precio en lugar de las estufas que chupan butano, ni los cubos recogebasura de los veladores, ni que te presten con gentileza una manta para el frío como en Madrid, ni que el camarero anote la comanda en el ipad. Lo más chic es que el metre pregunte a los señores:“¿Comerán en la barra, en mesa interior o prefieren la jaima?”

No sabemos dónde está la cubierta de la final de la Davis, pero mira que si la jaima de Nochebuena fuera la de Gadafi… Y Lola Robador venga a explicar el plateresco y el renacentista, venga a dar detalles de los arcos y las decoraciones recuperados. Y ni pío de la jaima, que es el nuevo valor añadido en esta Nochebuena sin inspectores, sin Dios, y sin curas queriendo decir la misa a las doce de la noche. La Navidad de Espadas trae la jaima como nueva atracción, oiga, en todo un ejemplo de colaboración pública y privada. Qué calladito se lo tenía Antonio Muñoz, delegado de Hábitat Urbano y de Jaimas Consentidas, que en la nueva oferta de Sevilla en Navidad (tan laica, laiquísima, como Susana dijo que era roja, rojísima) se puede cenar en una jaima en plena Plaza de San Francisco en la noche más familiar para el orbe cristiano. Y en Nochevieja, por cierto, hubo reptición de la jugada.

Cuando media España pleiteaba con los cuñados, Robles colocaba otra pica en su plaza. La calle era de Fraga, menos la Plaza de San Francisco de Sevilla, que es de Robles. Tiene que estar su nombre puesto hasta en el Registro de la Propiedad. Unos alcaldes vienen y otros se van, Robles siempre está. Yo estoy por pedir mesa en la jaima estos días de Pascuas y esperar a ver si llega antes un inspector de Urbanismo o la cruz de guía de una cofradía pirata. Tanto quebrarse las autoridades municipales la cabeza para que el personal no se cuele en el tranvía, y resulta que les montan una jaima a los pies del Salón Colón, donde se sientan sus 31 señorías a tirarse pelotas de papel, y nadie dice ni mú. Estarían todos en misa. Del gallo.
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Sevilla, ciudad del gin tonic

Carlos Navarro Antolín | 3 de junio de 2013 a las 19:11


Hay veces que las notas de prensa las carga el diablo (cojuelo). El diablo se porta mal. Y dicen que portándose mal se lo pasa uno mejor. No falla. Pablo Castilla, que fue gerente de la difunta televisión local a la que todavía no se le ha organizado el funeral debido y que a este paso va a dar pasos de Semana Santa en agosto, nos remite la convocatoria de un acontecimiento que tendrá lugar el 6 de junio en la terraza Puerto de Cuba (libre), con privilegiadas vistas al Guadalquivir. El título es de lo más sugerente: Ginebralia. ¿Y en qué consiste Ginebralia? Lean, lean: “Se trata de una experiencia que reunirá a las marcas líderes en ginebras y tónicas en un escaparate de degustaciones que ofrece tanto al consumidor final como a los profesionales de los sectores de hostelería y distribución, la oportunidad de adquirir conocimientos en las nuevas tendencias y formas de degustar dicho producto”. Y el remate, a modo de media verónica con aromas de bayas de enebro, es lo que sigue: “Este evento nace con intención de continuidad y crecimiento para ofrecer anualmente a la ciudad de Sevilla un punto de encuentro para los ginlovers“. La pena, penita, pena, es que Ginebralia no será inaugurada por Jesús Posada, el presidente del Congreso de los Diputados que más ginlovers reúne desde la instauración de la democracia. La cinta de Ginebralia la cortará Pedro Sánchez Cuerda, el presidente de los hosteleros sevillanos que, por cierto, recibió el domingo en su casa a la señora Cospedal para envidia de una legión. Cospedal no fue a Robles, no. Cospedal fue a la Raza, donde tuvo que ver en primera fila al teniente Landa en un acto de partido puro y duro. ¿Pero este Javier Landa no era independiente? Anda con Landa, anda… Que le está cogiendo el gusto a la gaviota azul. Pío, pío. Digresiones aparte, a Pablo Castilla se le puede quedar chica la terraza cubana con la de tontos del gin tonic que hay en Sevilla, tantos como para montar una cofradía de vísperas a lo pirata, que son las cofradías rebeldes de ahora, las que no pasan por el control de la ventanilla única del Arzobispado y se saltan a la piola el poder establecido en versiones actualizadas de la valiente. Lo de Ginebralia, que suena a empresa abastecedora de agua del litoral onubense, podrían haberlo hecho en Fibes por aquello de poner en valor la herencia. ¿No fue en Fibes la entrega de las medallas (de Argüeso)? ¡Qué bonito suena eso de poner en valor las cosas! Ahora todo se pone en valor. Las hermandades ponen en valor su patrimonio con exposiciones en el Mercantil como el gobierno pone en valor las setas de la Encarnación por sentido de la responsabilidad. El Museo del Prado pone en valor su colección menos conocida con exposiciones temporales como los restauradores del retablo mayor de la Catedral ponen en valor las tablas más alejadas de la vista del público. No hay un día sin puestas en valor como no lo hay sin puestas de sol. Las puestas en valor asedian la economía del lenguaje como indios enfurecidos y vociferantes. Pues vamos a poner en valor el gin tonic. Larga vida a Ginebralia. Sevilla, ciudad del gin tonic. Lo de Ginebralia, en el fondo, es una forma de poner en valor el río. ¿O no, Pablo?