Archivos para el tag ‘Urbanismo’

El desaire de Alejandro Rojas-Marcos

Carlos Navarro Antolín | 23 de octubre de 2017 a las 5:00

Reunidón de los que fueron concejales del 83 al 87 y del 87 al 91,coincidiendo que fue alcalde Manuel del Valle

Existe una memoria histórica gracias a la cual algunos desayunan, almuerzan y cenan a diario, un fin muy loable, y por medio de la que también algunos pretenden ganar ahora la guerra que sus antepasados perdieron hace ya casi ochenta años, un fin absolutamente perverso que aniquila el espíritu de reconciliación de los próceres de la Transición. Ya se sabe que la mejor foto fija de España, la que nunca caduca, es la del cuadro de los garrotazos de Goya. Una foto que estaba casi con las esquinas desgastadas, con los colores en sepia, cuando el avieso Zapatero nos la puso en digital por los siglos de los siglos. El sábado se reunieron en el Ayuntamiento la mayoría de los concejales de dos corporaciones municipales, las dos que presidió Manuel del Valle como alcalde, de 1983 a 1991, nada menos que los capitulares que pusieron la ciudad a punto para la Exposición Universal. Don Juan Espadas los recibió con el cuello abierto, como Pedro Sánchez acude al Palacio Real. Y allí estuvieron también los portavoces de Ciudadanos, Javier Millán, y de Participa Sevilla, Susana Serrano. Del PP no hubo nadie, dicen que no los invitaron, estarían buscando los topos del palomar en plan rastreator. Manuel del Valle pronunció unas palabras en el Ayuntamiento, después pidió agua porque hacía calor y se la ofrecieron con toda amabilidad… en un vaso de plástico. Tendrá menaje la Casa Consistorial para tener que recurrir al plástico… Ni un jarrillo de lata, ni un vaso de plata como llevan los mozos de espada que se precian de serlo, ni un cántaro de Lebrija. Si hasta hay tazas con la heráldica de la Corporación. No es que tuvieran que estar los maceros para servirle el agua a don Manuel, pero de ahí a un vaso cutre… Lo mejor, como de costumbre, estaba por llegar. Y llegó, vaya si llegó. Don Alejandro Rojas-Marcos apareció directamente al almuerzo en el Hotel Inglaterra (50 euros por barba y para los que no tenían barba) porque alegó que no acude a actos políticos. Ojú. Recuerden que el alcalde más carismático de la democracia, el que acorraló al PSOE siendo diputado en las Cortes, tampoco aceptó la Medalla de la Ciudad que sí acudieron a recoger el andaluz inglés que es Luis Uruuela, la dama de la política que es Soledad Becerril y el gran Monteseirín (“Llamadme Alfredo”), entregadas por el hoy ministro del Interió que está a punto de coger el mando de los mossos, don Juan Ignacio Zoido. Alejandro (no hay otro en Sevilla) se presentó en el almuerzo con camiseta amarilla y chaqueta. Llegó cuando los corrillos disfrutaban del primer sorbo de la cerveza. Repartió saludos hasta que se produjo el primer minuto de oro. Luis Pizarro, aquel correoso portavoz de Izquierda Unida, le tendió la mano. Y Alejandro no se la apretó. Menudo desaire. Le dijo que no lo saludaba y que si después era necesario le explicaría a todo el mundo la causa de haberle colocado el carro de la nieve al hoy adjunto al Defensor del Pueblo Andaluz. Pizarro, conocido entonces por Luispi, fue quien se hartó de denunciar asuntos urbanísticos del PA de Rojas-Marcos. ¿Recuerdan aquella teoría del holding de empresas vinculadas a las cajas de ahorro? ¿Recuerdan las indagaciones sobre un conseguidor que aparecía en todas las recalificaciones? ¿Recuerdan que hubo quien se fue hasta el Registro de Vitoria a pedir papeles? Nada de aquello tuvo trascendencia jurídica, eran otros tiempos en los que la Fiscalía se dedicaba a otros menesteres, pero todo aquello terminó en que Soledad Becerril se negó a entregarle de nuevo las competencias de Urbanismo tras los resultados de las elecciones de 1999, por lo que el PA pegó el volantazo hacia el PSOE de Monteseirín y, cuatro años después, se hundió en los comicios de 2003 desgastado por las denuncias del “urbanismo bajo sospecha” para acabar desapareciendo definitivamente de la Plaza Nueva en las elecciones de 2007.

Pues el sábado se vio que Rojas-Marcos no olvida. Ni perdona. Tampoco se lo ha perdonado a Soledad Becerril, a la que no saluda ni siquiera si se la encuentra en una caseta de Feria, ni tampoco el otro día en el almuerzo de confraternización de los capitulares corporación municipal en la que convivieron hace ya treinta años. Lo peor de todo es que Manuel del Valle presume siempre de que en esos años existía una camaradería que ahora se echa en falta. Y el sábado volvió a decirlo. Sin que estuviera previsto, Alejandro tomó la palabra y mantuvo el tono de tensión al referir que le habían dicho que el acto era un encuentro de “amigos”, pero él precisó en público que allí había amigos, enemigos, rivales y compañeros de partido. Más tensión bien despachada. Soledad Becerril no quiso hablar, le pareció oportuno que sólo lo hiciera quien fue el alcalde de aquellos años que se recordaban en el acto. Las caras eran de póker, de domingo por la tarde o de Viernes Santo por la mañana, según los casos. El rencor histórico existe. El día que algunos consigan hacerlo rentable, tendremos un nuevo chiringuito montado. Y esta vez no se le puede reprochar nada a Arenas (Javié), que excusó su asistencia porque estaba con la cuestión catalana. Y así es. Hay homenajes que los carga el diablo y encuentros de antiguos compañeros que salen mucho más caros que los 50 euros que les cobraron por comer… malamente. Genio y figura. El alcalde que más amó Sevilla le dejó la mano colgada a Pizarro, aquel estudiante de Medicina que tan bien se llevaba con los concejales de derechas. El sábado, por cierto, se sentó con los de la antigua AP-PDP y el posterior PP. La derecha le dio cobijo a Luispi. Hay heridas mal cerradas. Y en los 50 euros no estaba incluida la copa de la casa. Que es lo peor. Mucho peor que el vaso de plástico que le largaron a don Manuel del Valle, un alcalde de ruan al que dejaron sin disfrutar de la Expo.

Reunidón de los que fueron concejales del 83 al 87 y del 87 al 91,coincidiendo que fue alcalde Manuel del Valle Reunidón de los que fueron concejales del 83 al 87 y del 87 al 91,coincidiendo que fue alcalde Manuel del Valle

La realidad y el deseo

Carlos Navarro Antolín | 15 de octubre de 2017 a las 5:00

mateos gago

HAY una Sevilla real y otra soñada, una que sudamos a diario por calles que traicionan la trama urbana de la judería y otra que le venden a los incautos turistas en sus tierras de origen para convencerlos de que vengan a vernos en agosto. Y el caso es llegan ya casi en la misma cantidad que vienen en la temporada alta de las fiestas de primavera. Hay turistas como para completar el aforo del agosto sevillano. Y lo completan. Hay una Sevilla oficial de rictus serio que de vez en cuando ventea el humo de proyectos imposibles y una real de todos los días, a la que se quiere como al hijo feo, se tapa como al hijo travieso y se castiga como al hijo que se quiere. Hay una Sevilla sin alumbrado público en Torneo cuando se regresa de un concierto en el Auditorio Rocío Jurado de la Cartuja (Qué no daría yo por… encender la luz) con alto riesgo de darse de bruces contra el suelo al tropezar con alguna de las decenas de losetas levantadas para que el gracioso de guardia proclame: “¡Árbitro, penalti!”. Han pasado 25 años ya de la clausura de la Exposición Universal y el paseo de Torneo, cinturón urbano de la Cartuja, evoca el paisaje de una ciudad bombardeada. El adjetivo habitable, con el que se les llena la boca a los políticos, suena grosero al recorrer su firme hecho trizas.

El bueno de Juan Carlos Cabrera, delegado de Tráfico, ha presentado esta semana la reurbanización de la calle Mateos Gago, nos ha enseñado una recreación virtual que recuerda al que te quiere endiñar un piso en una venta sobre plano. Te enseña un dibujito con la piscina –inevitable piscina social–, las pistas de pádel donde usted jugará uno o dos domingos con el chandal que le servirá para marcar ese vientre curvo modelo Seiscientos, el salón de juegos de mesa donde dos ancianos ven pasar la vida bañados por la luz que entra por un ventanal, y un parque infantil donde tres mocosos sonríen en un tobogán. El tío, para apretarte los riñones, asegura que sólo le quedan ya dos pisos: uno con cocina con ventana al exterior y otro con cocina interior.

Pues Cabrera nos aprieta prometiéndonos una calle Mateos Gago paradisíaca, de diseño, dibujada como de otro tiempo, tal que parece que sólo falta Bueno Monreal de paseo calle abajo camino del Palacio Arzobispal. ¿Veladores? Muy pocos y colocados entre frondosos naranjos para que usted no encuentre obstáculos. ¿Camareros? Nos han pintado alguno con camisa blanca, limpia y plucra, nada que ver con el negro imperante que disimula los lamparones. Dos niños juegan por una calzada libre (tan libre como Lopera predicaba de su Betis) mientras otro juega por la calle nada menos que en patinete, con el campo abierto de una acera limpia, llana, sin tíos en pantalón corto cenando a las siete de la tarde, sin camareros mal pagados hartos de dar barzones, sin el hombre de la carretilla transportando las cajas de agua mineral, sin la madre con el carro maniobrando para pasar por donde resulta imposible. Cabrera nos vende el piso, lo hace con una sonrisa luminosa en la cara, nos lo está colando sobre plano. ¡Vamos que si nos lo está vendiendo!, que le estamos dando la señal, pidiendo la vez en la notaría y preparando la primera cuchipanda para presumir de nuevas estancias ante los íntimos. A Cabrera le ha faltado ponerle un eslogan a esta particular venta sobre plano, con melodía relajante de la que ponen antes de que salga el AVE. “Mateos Gago, la reurbanización que usted y su familia merecen”. “Mateos Gago, donde sus hijos podrán crecer felices”. O aún más agresivo: “Mateos Gago, el lujo del que usted no puede privar a su familia”.

El Ayuntamiento nos promete el oro en Mateos Gago, la ciudad soñada, la joya de la corona de los proyectos de semipeatonalizaciones habitables, que no son peatonalizaciones ni son nada. En esta estampa con colores de primera comunión del nacional-catolicismo que nos regala Cabrera no hay ni un taxi en la parada, no se ve ningún camión de carga y descarga, ni siquiera un cofrade desocupado. Ocurre como cuando el gran Alvarito Peregil echa la cuenta en su Goleta, de Mateos Gago naturalmente, que no vemos ni un papel ni un lápiz. Yse lo consentimos. Para eso Peregil se equivoca siempre… a favor del cliente.

 

Reportaje sobre las malas condiciones del a zona del Paseo de Juan Ca

La mirada del otro

Carlos Navarro Antolín | 24 de septiembre de 2017 a las 5:00

caja negra 24

SE miraron frente a frente las dos Sevillas en la Plaza del Salvador, como se miraron dos caballos en la Feria de Sevilla, mire usted qué maravilla. Uno sintió la mirada del otro. ¿Quién era el otro? La misma pregunta se hicieron los sevillanos en aquella exposición que puso cara a cara a los dos giraldillos en el otoño de 1998: el original y la copia, el verdadero y el falso, el antiguo y el moderno. Se miraron esta semana Montañés y Muñoz. Las dos emes (sin hotel) de la Sevilla de dos polos. Muñoz y Montañés. Juan y Antonio. Antonio y Juan. El maestro del barroco y el Varoufakis hispalense. El hombre que esculpió a Dios (ay, Fernando Carrasco) y el que inventó lo del hábitat urbano para la nomenclatura de un cargo que toda la vida de Dios se llamó Urbanismo. Las dos Sevillas en el andamio. Sevilla a vista de Montañés en la plaza con veladores, bebedores de cerveza en vertical, palomas y otros pájaros. Este Muñoz, Atila de los veladores que por donde pasa no crece la hierba de la cochambre de mesas y sillas, se ha puesto a limpiar monumentos en la ciudad donde sobran las estatuas, las placas y los soldaditos de plomo, donde quieren ponerle ahora otro monumento a la duquesa de Alba. La mirada del otro es la imagen perfecta que prueba que ambas ciudades se necesitan como agujas de reloj, como el alpiste al canario, como el pico gordo a la ensaladilla, como el incienso al carbón, como la nata al palo, como la avalancha a la Madrugada, como el albero a la Alameda, como la melva a Zoido, como las mangas largas a Espadas, como las aspirinas a los Plenos municipales. Ningún alcalde puede tener un modelo único de ciudad, claro que no. En Sevilla coexisten varios modelos, conviven, se cortejan tanto como se repudian, una vida cotidiana marcada por los roces y las filias, donde nunca se sabe quién es el otro, pero donde siempre ambos se están mirando entre guiños de afecto y acusaciones de asfixia, colapso y hartazgo.

Se miraron esta semana dos visiones de la ciudad que se atraen como polos de un imán (sin mezquita): el bronce de Montañés, Inmaculada Concepción en su regazo, y las chaquetas entalladas de Muñoz, con forro interior y botonadura de diferentes colores.
Torrijos restauró el monumento a la Purísima cuando era delegado de aquella cosa bautizada como Infraestructuras para la Sostenibilidad. Muñoz nos va a dejar a Montañés de dulce. La izquierda desprecia el precioso mobiliario del Salón Colón, pero cuida los iconos de la Sevilla más tradicional. Esta progresía se pirra por la Sevilla de postal, las torrijas y las tortas de aceite. Y la derecha se harta después de invitar al rojerío a llevar cristos y vírgenes sobre sus hombros. Las dos Sevillas se necesitan. Sin ti no soy nada, parecen decirse mutuamente a lo Amaral mientras el alcalde, otra vez, se pone celosillo porque Muñoz sale de nuevo bien parado ante las cámaras.

Dicen las malas lenguas –que en Sevilla copan el padrón– que Muñoz en realidad quería quitarle la jamuga a Montañés en aplicación de la ordenanza de veladores. El hombre que esculpió a Dios, el hombre que dejó la Campana como la dehesa de Tablada. La eternidad de Montañés frente a la política efímera. El barroco frente al minimalismo. La Plaza del Salvador frente a la Alameda. Se miraron frente a frente, como se miran cada día, como dos ciclistas se vigilan en el mismo pelotón, como dos modelos reales de la misma ciudad, como dos caras de la moneda del mismo mercado. Como dos giraldillos de una sola Catedral.

El portaaviones Colón

Carlos Navarro Antolín | 11 de junio de 2017 a las 5:00

portaaviones colon digital

SEVILLA no tiene playa por mucho que Alejandro Rojas-Marcos se empeñara. Aquí las olas son de calor, las oleadas son de robos en los comercios de Regina y los oleajes, fuertes oleajes, son en la Madrugada que perdimos. Sevilla cada vez tiene la Feria más larga y la sombra más corta. Sevilla no tiene un urbanismo suave pese a que la ciudad se somete a su particular travesía del desierto durante seis meses, somos peregrinos bajo un sol despiadado en la ciudad donde se fundó Quitasol, sublime contradicción. La sombra vendo, la sombra nos arrebatan. No hay Leopoldo que nos eche el toldo. Somos el sol, vivimos con el sol, nuestra cultura es de sol, de aire libre. Nuestro modo de vivir es en la calle, nuestro concepto de uso de los espacios públicos forma parte de la identidad colectiva. La ciudad, sus hábitos, van en un sentido mientras los responsables de diseñar las calles y plazas recorren justo el opuesto. Choque frontal entre el sentido común y el disparate. La Gerencia de Urbanismo y la ciudad parecen vivir en un divorcio perpetuo. El urbanismo de Manuel del Valle nos dejó una ciudad endurecida que Soledad Becerril trató de reparar con los jardines del Prado. El de Zoido nos ha legado un Paseo de Colón árido, una suerte de segundo capítulo de la barbaridad de la Avenida de la Constitución que perpetró el equipo de Monteseirín. Este Paseo de Colón es un perfecto portaaviones con pista expedita para el despegue de turistas con la piel enrojecida, salmonetes de mochila, chanclas y botella de agua. Los técnicos de la Gerencia de Urbanismo son fieles seguidores del mininalismo de estilo NH, de la arquitectura tipo tanque de tormenta y, por supuesto, de extensiones de terreno sin un palmo de sombra, todo lo cual rematado con un sonriente autorretrato que se guarda en los archivos del organismo autónomo cuando la fotografía debería estar en la galería de los horrores. ¿Para cuándo la medalla de oro de Sevilla a la Gerencia de Urbanismo por recrear el primer portaaviones netamente hispalense? Dicen que Sevilla es un estandarte de la industria aeronáutica, pues también lo es de la naval en pleno casco antiguo. Aquí seguimos teniendo los astilleros bien cerquita del río, hemos fabricado un insufrible portaaviones junto a la Torre del Oro, Arenal de Sevilla, como se fabricaban los barcos en las antiguas Atarazanas.

En este portaaviones sólo se echa en falta algún material de hierro chorreado tan de moda en los arquitectos de la post-Expo. El hierro chorreado vale para una casa de hermandad (Candelaria), un restaurante (la visera del Abades), una parroquia (San Vicente) o cualquier plaza dura (bajos del puente del cachorro , junto a la estación de autobuses Plaza). El hierro chorreado es la maldición del tiempo que nos ha tocado vivir, como lo son el cemento sin ninguna muestra de misericordia en forma de agua y sombra. Alejandro soñó la playa, Zoido inventó una Navidad con camellos y sólo le faltó prometer que acabaría con el calor.
Sevilla es una ciudad sin oasis donde el trazado urbanístico de la Judería nos enseñó hace un puñado de siglos cómo ganarle sombra a la ciudad del sol. Pero preferimos no aprender del pasado e inventar nuevos errores y perseverar en ellos. Yhasta jactarnos con un autorretrato que –ya que está la plaza de toros tan cerquita– es todo un pase de la firma que sólo merece una lluvia de almohadillas procedentes del graderío, del graderío del sol, naturalmente. Porque de la sombra, ni mú. Silencio. No existe. Ni se le espera.

Zoido fue un visionario. A falta de sombra trajo camellos. Fue el que tuvo claro que buena parte de Sevilla se había convertido en un desierto gracias a la gestión de gobiernos de diferentes colores. Y decían que no tenía modelo de ciudad. El portaaviones Colón es el mejor símbolo de la gestión de los espacios urbanos de los últimos 25 años. Quiten a San Isidoro y San Leandro del escudo de la ciudad como pretende la izquierda rancia, y pongan cemento y un camello. Hay que jorobarse.

 

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La Campana, más allá de los veladores

Carlos Navarro Antolín | 26 de marzo de 2017 a las 5:00

Las franquicias toman La Campana Dunkin coffee en la Campana

La Gerencia de Urbanismo quiere que la esquina de la Campana, la del número 3, la que está justo enfrente de la popular y por fortuna aún suntuosa confitería, vuelva a ser lo que fue, como el Himno de Andalucía, pero en versión comercio de éxito e integrado en el paisaje urbano, no como está ahora. Andaluces, levantaos de los veladores que viene Antonio Muñoz a quitarlos de la Campana. ¿Sólo los veladores? No, viene a quitar más cosas. No se vayan todavía que aún hay más. La Gerencia no sólo quiere segar las mesas y sillas de todos los negocios sin distinción –la igualación por abajo– sino que ha mandado a los inspectores a abrir expedientes a esos negocios del centro que abren al público sin escaparates, sin separadores que marquen los límites, sin que se vea a las claras dónde empieza el negocio y dónde la vía pública, y lo que es peor: con rótulos de muy mal gusto, estridentes, horripilantes. Bien por Antonio Muñoz y sus cruzadas imposibles como responsable del ahora llamado hábitat urbano, de soltera Urbanismo. Este marzo ha ocurrido con la tienda de donuts tuneados que funciona en el local donde estaba la zapatería de Pilar Burgos. Los inspectores de Antonio Muñoz le han dado un tirón de orejas a la promotora Moradia Consultores, S.L., responsable de una obra que no ha gustado nada en las caracolas de la Cartuja. Y con razón.

El gerente de Urbanismo dictamina que las obras realizadas para transformar el local incumplen varios artículos del PGOU y de la ordenanza municipal de publicidad. Recuerda la Gerencia que la fachada de los edificios debe componerse unitariamente en todas las plantas del inmueble, “incluidos los locales comerciales si los hubiere”, como es el caso. “Queda expresamente prohibida la composición incompleta, dejando pendiente la fachada de los bajos comerciales”. Apunta en el caso del número 3 de la Campana a que se ha eliminado el escaparate que había antes, que “conformaba la línea de edificación obligatoria de la parcela”. Deja claro el edicto que la ordenanza de publicidad obliga a cuidar “de manera especial el diseño y su integración en el entorno ambiental de los rótulos que pretendan instalarse en el centro histórico, en los arrabales y en los inmuebles catalogados C, D y E, debiendo utilizarse para los mismos materiales nobles, aleaciones metálicas y piedras artificiales o naturales. Dichos elementos publicitarios deberán justificarse –continúa– de forma razonada su integración en la estética de la fachada, respetando los valores arquitectónicos del edificio”. Y concluye que en el caso de la tienda de os donuts: “No se ajustan los elementos publicitarios instalados a dichas determinaciones”.

En el Ayuntamiento precisan que se va a intervenir de la misma forma con todos estos nuevos locales comerciales del centro que, en muchos casos, sitúan los mostradores de atención al público en la misma puerta, por lo que la clientela no llega ni siquiera a acceder al interior del establecimiento. En el caso de la Campana, la Gerencia obliga a la citada empresa a restituir el orden alterado y a la supresión de los rótulos de publicidad. Establece un plazo y advierte de la sanción en caso de incumplimiento. Deja claro que no es posible la legalización de la obra hecha en ningún caso, luego a la promotora no le cabe ora solución que dar marcha atrás: desandar el camino. La licencia concedida era de obra menor, como ocurre tantas veces en la ciudad, y al final las reformas son bastante mayores. La Gerencia va más allá de la retirada de veladores. Es toda una declaración de intenciones. Hay quien a esto le llama tener claro un modelo de ciudad. La pena es que no vuelvan los zapatos de doña Pilar. Nos tenemos que aguantar con los donuts, que disparan el colesterol, como las hamburguesas. Sevilla se nos va… en el C-2.

El ministro andaluz que cae bien en Madrid

zoido

Los ordenanzas del Congreso de los Diputados están encantados con el ministro andaluz. Los camareros del bar Manolo, sito en la calle Jovellanos, muy famoso por sus croquetas, también lo están. Yalgunos destacados veteranos de la información parlamentaria ya proclaman eso de que el Ministero del Interior es “majete”. Hasta elogian que tenga su equipo conformado, no como la ministra catalana de Sanidad, que sigue con nombramientos pendientes. Zoido cae bien, eso ya lo sabíamos en Sevilla hace muchísimos años. En los próximos días se puede convertir en el primer ministro del Interior que suprime todos los escoltas que aún quedan pendientes en el País Vasco por la amenaza terrorista que llevamos décadas soportando. En breve puede tenerlas ya todas consigo para tomar una decisión que supondría la retirada de una treintena de agentes. No es que sean muchos, pero sería una decisión simbólica. Hay diputados vascos que aseguran que se trataría de un paso importante hacia la normalización absoluta: “No sabéis lo que es vivir con alguien pegado a tu lado todo el día”. Después de algunos episodios convulsos con la cúpula policial, para el ministro andaluz –como le llaman en Madrid– sería un anuncio agradable. Tan agradable como pasar los lunes al sol… de Sevilla, una práctica que en Madrid, todo sea dicho, se comprende a la perfección. A partir de los jueves por la tarde, sus señorías escogen ya un vestuario desenfadado, agarran la maletita de ruedas y cada uno a su tierra. Los miembros del Gobierno, por aquello del consejo de ministros, no pueden retornar a casa hasta el mediodía del viernes. A partir de esa hora sólo quedan los leones del Congreso. Y las croquetas del Manolo se fríen sólo para los turistas. Ñam, ñam.

Los cacharros de Muñoz

Carlos Navarro Antolín | 5 de marzo de 2017 a las 5:00

Teatro de la Maestranza.

TENEMOS un concejal de la cosa urbanística que no nos lo merecemos. Está claro que Antonio Muñoz es un hombre de fe, mucha fe, y de esperanza, tela de esperanza bien repartida por esa calle Pureza de exornos florales hiperpoblados que tanto le chiflan. Muñoz ha cantado esta semana las verdades del barquero. ¿Que a los veladores bonitos no se les cobra dinero? Negativo. Ha dicho que el centro está feo porque está cargado de “cacharrería”. Ha culpado a la masiva implantación de franquicias y multinacionales de la “vulgarización y estandarización” de las calles. Yha rematado con una media verónica que ha levantado al tendido de los entendidos: “No aportan ningún valor añadido”. ¡Óle por Muñoz! Si se consultan fotografías del centro de Sevilla de los años 70, por ejemplo de la Campana, la ciudad no era precisamente un derroche de belleza desde el punto de vista urbanístico. Pero sí se aprecia algo en los negocios: la gran mayoría son propios, firmas locales, únicas e insustituibles. En la Punta del Diamante, donde hoy hay una mutinacional del café, había unos pocos veladores donde estaban sentados sevillanos. Y en la Campana, donde hoy sólo queda un negocio autóctono, la clientela también era mayoritariamente local en ambas aceras. Sevilla aparecía con un halo cutre, provinciano, despertando a la democracia. La hiperdependencia del turismo ha sacrificado en el altar de las multinacionales el valor propio de los comercios y bares, el mejor legado quizás de aquellos feos años setenta y ochenta. La ciudad se abrió con la Exposición Universal, profesionalizó la gestión de sus principales monumentos y creció urbanísticamente hasta crear el concepto de la Gran Sevilla, pero cada día está más vulgarizada, lo dice el concejal socialista, como si no hubiera sabido conservar sus señas de identidad al mismo tiempo que asumir las novedades propias de la época. Nos hemos pasado de frenada en el servilismo al visitante, nos hemos arrodillado en exceso en la entrega de las llaves de la ciudad al turista. Antes se decía que un sevillano que quería pasar desapercibido con su amante no tenía más que meterse en el Museo de Bellas Artes o en el Real Alcázar, donde sólo hay turistas. Hoy ocurre eso en los bares de la Avenida y en casi todos los de la Campana. Los sevillanos han abandonado ciertos lugares como los zares sus palacios.
Antonio Muñoz anuncia una ordenanza para presevar el paisaje urbano de la fealdad, del mal gusto,de la “cacharrería”. A Dios por el amor, a Huelva por la A-49 y a la estética por la ordenanza. Muñoz hace como los almonteños, que regulan la estética de la romería con una normativa específica sin ningún complejo. Lo de Sevilla parece más difícil por la de terreno que nos tienen comido los “cacharros”. Más le valdría al Grupo Socialista, en primer lugar, promover una moción del Pleno para que la comisión provincial de patrimonio histórico aplicara las leyes vigentes sobre alteración de las volumetrías, remontes, trama urbana y respeto escrupuloso a los valores que motivan las catalogaciones de los inmuebles. La comisión de patrimonio parece demasiadas veces lo que la Justicia de Pacheco: un cachondeo. Permite la “cacharrería” del edificio de la calle Santander en pleno conjunto histórico, la cubierta de hierro chorreado del restaurante que cruje la estética de la calle Betis, el adefesio de aluminio junto al Puente de San Bernardo, o la demolición interior de tantas y tantas casas de las que obliga a dejar la fachada para que Sevilla siga pareciendo lo que ya no es. El cuidado de la estética, de los valores propios a los que alude Muñoz, comienza por la arquitectura y termina por los comercios. Exige pensar a largo plazo. Y, sobre todo, requiere de educación y criterio. Una fiesta de escasos días, como la Feria o el Rocío, se pueden regular por ordenanza con cierta facilidad. De hecho el uno y la otra son ejemplos de bastante éxito en este aspecto. Un modelo estético de centro histórico implantado por ordenanza parece mucho más complicado. El precedente más próximo fue el de Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, que intentó que todos los bares de los alrededores de la Plaza Nueva tuvieran los mismos veladores. Homogeneizar el mobiliario de la hostelería se decía en el lenguaje cursi de los políticos. Ahora, por cierto, lo que hay son más veladores con y sin homogeneización. En los útimos cuatro años del PP casi nada se hizo por la estética. Se dispararon los “cacharros”, que diría Muñoz, y el alcalde de entonces reconoció (increíble, pero cierto) que tuvo que hacer la vista gorda con los bares y los veladores porque eran años de crisis económica y había que contribuir a que hicieran caja. Zoido sí promovió la sustitución de las farolas-ducha de la Alfalfa y sus proximidades y casi lo fusilan en el paredón de lo políticamente correcto.
Es de agradecer ahora que la cruzada contra los veladores y los “cacharros” del centro sea promovida por un socialista. ¡Menos mal! Si llega a ser Soledad Becerril ya la estaban tildando de marquesona. Yo me alegro del plan de Muñoz, hombre de mucha fe por lo que se ve. Esperemos que la fuerza lo acompañe, que es lo mismo que decir que la superioridad moral de la izquierda lo proteja. Entenderá pronto cuán lamentable resulta tener que defender lo obvio. Que no se puede abandonar la Catedral como todos los gobiernos locales lo han hecho. Que hay que estar encima de la comisión de patrimonio. Que hay que mirar con lupa las licencias en el conjunto histórico-declarado. El velador se retira. El mamarracho de la calle Santander nos lo tragamos cada mañana. Yel criterio no se enseña a golpe de ordenanza.
Quizás a Antonio Muñoz algún día le ocurra lo que al gerente del club privado al que se quejaron por escrito de que la gente comía con el torso al aire en el restaurante de la piscina. El tipo respondió que el club no se hacía responsable de la educación de los socios. Y que si el denunciante no quería almorzar contemplando pelambreras, que acudiera al salón habilitado al efecto, una suerte de gueto para los que aún mantienen ciertas normas de saber estar y, sobre todo, de higiene. El centro de Sevilla está para que lo manden al IAPH para pasarlo… a nuevo terciopelo. Con dos… veladores.

Macetones: el futuro de la Avenida

Carlos Navarro Antolín | 15 de enero de 2017 a las 5:00

Calle José Laguillo
SEVILLA paga un precio muy elevado por cualquier reforma sustancial. Cambiar el orden de las cosas tiene el efecto de una VISA platino: pagamos el pato durante mucho tiempo a un interés disparatado. Sencillamente porque no se planifican las cosas con la diligencia debida. Somos el fontanero que arregla la gotera a costa de levantar más techo de la cuenta, destrozar la pintura y dejar astillada la bañera. Pecamos de catetos, de nuevos ricos embriagados por el perfume del cortoplacismo. El pan de hoy son los veladores del mañana. Un alcalde quiso arreglar la Plaza de la Encarnación tras 50 años de indolencia. Lo hizo a costa de levantar un mamotreto inútil y de dejar escuálidas las arcas de la Gerencia de Urbanismo, que se habían nutrido de un dinero procedente de convenios urbanísticos que debió destinarse a los denominados sistemas generales de la ciudad. Del urbanismo productivo al urbanismo improcedente. Cada vez que se le refiere tamaña barbaridad a Monteseirín, el alcalde y sus adláteres se defienden: “¿Preferían ustedes las ratas corriendo por la Encarnación?”. La Encarnación se revitalizó, pero el precio pagado por la ciudad ha sido una broma de mal gusto, una pesadilla estético-financiera, un engendro económico-urbanístico, el capricho de un alcalde que levantó el mausoleo de sus doce años de gobierno con la coartada de acabar con las ratas.

Almirante Lobo era una calle frondosa, agradable para el paseo con un inicio amable en el Hotel Alfonso XIII y un final de dulce con la Torre del Oro. Otro alcalde se merendó los árboles, destrozó el carácter umbrío de esta vía urbana que acaricia el río. Y en esta ocasión la coartada para la reforma (llamémosla así) no fueron las ratas, sino generar una visión más limpia de la torre, permitir a los turistas admirar la histórica edificación desde la misma Puerta de Jerez. El alcalde sufrió el síndrome de Pinocho. Los árboles, en realidad, fueron sacrificados en el altar del urbanismo duro, despiadado y sin alma, el urbanismo que tiene horario de nueve a dos, que ficha con frialdad en el torno cada día y que impera en algunos despachos de la Gerencia. No había ningún estudio para mejorar la perspectiva visual de ningún monumento ni otras gaitas. Nadie en esta ciudad se había quejado de lo poco o mal que se oteaba la Torre del Oro desde la Puerta de Jerez. La visión de la Torre del Oro no ha sido nunca motivo de conversación en los cafés de Ochoa ni en las tabernas del Cerro. Todo era más simple: el árbol al hoyo y el técnico de Urbanismo a su casa que ya son las dos. Los sevillanos sufrimos ahora una calle árida e inhóspita porque alguien decidió la temeraria simpleza de limpiar Almirante Lobo de árboles. Otra reforma más que, con un objetivo en apariencia positivo, nos pasa factura por muchos años.

Hay otro ejemplo más del gusto con que los sevillanos pagamos caras las reformas: la Avenida de la Constitución. El objetivo en este caso era suprimir el tráfico rodado que generaba una polución que ennegrecía la fachada principal de la Catedral con efectos perversos en la piedra, más allá de los puramente estéticos. Sí, el tráfico se eliminó. Ya no se desprenden cascotes de la Catedral ni se erosionan y afilan los pináculos góticos, afectados por una arenización perniciosa, pero los sevillanos hemos pagado el precio, muy elevado otra vez, de sufrir una Avenida de usos múltiples donde el peatón es el hermano pobre que convive como puede con los primos fuertes de Zumosol, que son los hosteleros y los ciclistas, sin olvidar el condicionante de un tranvía que reclama su espacio cada siete minutos a golpe de campana. La Catedral ha quedado a salvo de la contaminación ambiental, que no de la paisajística. La mal denominada peatonalización ha tenido el efecto llamada de negocios despersonalizados, de rótulos chirriantes y de un mobiliario grosero. Los alrededores de la Catedral, ahora llamada seo por los neocostumbristas, son un Benidorm del patrimonio histórico. Y para colmo los sevillanos llevamos soportando años sin sombra en esta arteria principal, una penalidad que sufrimos de mayo a septiembre, con temperaturas que calientan el pavimento de la Avenida hasta los 62 grados centígrados a las cuatro de la tarde, lo que supone, según el estudio del catedrático Enrique Figueroa, que un viandante soporta un calor a la altura de la cabeza de entre 38 y 40 grados centígrados durante el tiempo que recorre la Avenida. ¿Era necesario pagar un precio tan elevado por proteger la Catedral de la polución? ¿No había de verdad fórmulas menos agresivas para con el ciudadano al mismo tiempo que la ciudad daba un ejemplo de preocupación por la conservación de su primer monumento? En definitiva: ¿Tan difícil es hacer las cosas bien en Sevilla?.

El actual alcalde, Juan Espadas, comienza 2017 fijándose el objetivo de hacer umbría la Avenida antes de que expire el actual mandato. Existen tres fórmulas: pérgolas, toldos y árboles. El alcalde tiene decidido que la solución sea verde, por lo que se descartan los toldos de Zoido (una fórmula de la que se llegó a hacer una recreación virtual) y se orilla la apuesta por las pérgolas que se siguió en lugares como la estación de Santa Justa. Los técnicos aconsejan que se estudien bien los usos y los tiempos de la Avenida, así como las posibilidades técnicas de construir alcorques para no descartar la plantación de árboles en superficie. La solución no afectará en ningún caso al tranvía, ni a las terrazas de veladores que finalmente se autoricen, una vez que sea fijado el diseño definitivo de la Avenida al respecto, pues el actual gobierno local promueve una reducción de mesas y sillas en zonas específicas del centro. La Avenida, si se cumple el deseo del alcalde, tendrá más sombra y menos veladores antes de que concluya su mandato.

Espadas es contrario a levantar el suelo por mucho que el informe sobre las conducciones subterráneas lo permitiera. Los alcorques están descartados, pese a que se trataría de la mejor solución a largo plazo, pero obviamente la política juega siempre en los terrenos de los tiempos cortos. El modelo para la Avenida es el que ya se aprecia en la calle José Laguillo: grandes árboles plantados en macetones de gran tamaño. Pueden ser almeces, laureles de Indias e incluso naranjos.

Se calcula que harían falta un mínimo de 80 árboles de al menos ocho metros de altura. Los macetones permiten ser retirados en días de Semana Santa para no afectar a las parcelas de sillas de la carrera oficial, al igual que se hace con otros obstáculos de mayor tamaño como los quioscos de prensa. El gobierno no descarta negociar con el Consejo de Cofradías una mínima reducción de sillas en algunas parcelas si fuese necesario. A la hora de plantear la idoneidad del naranjo se alude a la configuración del Patio de Banderas, donde se consigue una sombra aceptable en un espacio urbano diáfano a base de una adecuada alineación de árboles de esta especie, unos árboles que bien cuidados pueden llegar a tener copas de muy considerable tamaño.

El reto está asumido: una Avenida con sombra en 2019 como muy tarde. Los técnicos que asesoran a Espadas califican el objetivo de urgente. Quizás, vista la experiencia, lo importante sea no repetir el error de la Encarnación, Almirante Lobo o el de la propia Avenida en su supuesta peatonalización. La Avenida ya está suficientemente chabolizada y afeada. Dejarla peor será difícil, aunque esta ciudad a veces resulta como el cubo de la ropa sucia: siempre le cabe más. Y como el cateto que exhibe la VISA platino y, como en el anuncio de televisión, sufre después en silencio las hemorroides de los intereses.
Calle José Laguillo

Las cuadrillas antiveladores

Carlos Navarro Antolín | 31 de octubre de 2016 a las 5:00

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Antonio Muñoz está como si viviera en un continuo Viernes de Dolores: quitando veladores por las calles del centro. El gobierno se ha dado cuenta de que las batidas contra los abusos de ciertos hosteleros tienen impacto mediatizo. Yhasta hacen de sonajero que distrae al público de otros asuntos de la vida cotidiana. Muñoz saca las cuadrillas antiveladores, que dejan la camioneta al ralentí en las proximidades de la taberna de turno y en un plispás aparecen los tíos cargando mesas, taburetes, banderolas y demás utensilios que convierten la ciudad en la mayor covacha. Hala, todos los cachivaches a la camioneta y arranque usted que ya estamos soltando lastre en el almacén municipal, convertido en el cementerio de veladores. Todo hostelero que oye esos motores encendidos, sabe que no es el tío del hielo, sino los temidos hombres de Muñoz.

El Despeñaperros de los veladores

Carlos Navarro Antolín | 23 de octubre de 2016 a las 5:00

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QUÉ valiente este Ayuntamiento en materia de veladores, qué forma de abrirse la chaquetilla y ofrecer el pecho a la cornamenta del avieso toro de la hostelería, dispuesto siempre a pegar una andanada en cuanto se anuncia cierta regulación del uso de la vía pública. El gobierno de Juan Espadas ha tomado la Campana como estandarte de la lucha contra la ciudad chabolizada, le ha echado coraje a dos negocios de dirección despersonalizada como son las franquicias de las hamburgueserías y a la popular confitería. Bien está, señor alcalde. Bien está, don Juan Espadas, eso de mandar al bueno de Antonio Muñoz con su tropa de inspectores a hacer razzias de mesas y sillas en la Campana, donde dicen que no quedará ni una; y en la Avenida y en la calle San Fernando, donde anuncian que se reducirán en elevados porcentajes. En materia de veladores, uno es muy de Santo Tomás, siempre con el dedito buscando la llaga.

Zoido gestionó la miseria en los años de crisis. Y Espadas tiene que aplicar medidas correctoras por la dejación de funciones de Zoido: poner orden en la Semana Santa, nombrar un jefe de la Policía Local, meterle mano al Vacie y tratar de frenar el caos con los veladores a partir del primero de enero, el día que la gente deja de fumar y, en Sevilla, dejará de sentarse en los veladores. Anoche cuando dormía, soñé, ¡bendita ilusión!, que Urbanismo limpiaba de veladores la Avenida de la Constitución.

De todo cuando ha ocurrido en los últimos días, extraña que el señor alcalde no se haya acordado de la Plaza de San Francisco en el arranque de su ambicioso plan contra la estética de covacha que marca un lugar tan noble de la ciudad, tan próximo a su propio despacho. Antonio Muñoz no dijo ni pío de la Plaza de San Francisco. Ni pío, ni mú, ni esta boca es mía. El mismo alcalde que estuvo raudo en su primer día de gobierno para sustituir el suntuoso sillón de su despacho por un funcional sillón de oficina, no se ha acordado en materia de ordenación de la vía pública de empezar por su propio entorno, donde la firma hostelera de siempre sigue como las tropas de San Fernando en vísperas de la reconquista de Sevilla: exhibiendo todo su poder a las mismas puertas del gobierno de la ciudad. Si en Nochebuena y en Nochevieja apareció la jaima de Gadafi en la Plaza de San Francisco para dar cobijo a los comensales, desprovista la ciudad de inspectores a esas horas donde la calle es Jauja con coheterío, estos días del otoño cálido aparece un puesto donde se ofrecen cachimbas. Cachimbas con vistas a la Giralda, oiga, y con el fondo plateresco del Ayuntamiento, marco incomparable donde suena el eco del con dinero o sin dinero hago siempre lo que quiero y mis veladores son la ley.

En otro lugar del centro, en la calle Luchana, hay un restaurante italiano que cada noche empotra el mostrador auxiliar de los cubiertos en la rejería del templo de San Isidoro, catalogado como Bien de Interés Cultural, que se dice BIC, cristal escribe fino. Y el BIC normal ya se sabe: escribe normal. Algunos estamos esperando la firmeza del delegado Antonio Muñoz a la hora de hacer cumplir la ordenanza bajo sus narices, en la misma Plaza de San Francisco, la que estuvo décadas libre de obstáculos y que en la última década es salón multiusos de la ciudad, aparcamiento de motos y una suerte de zona franca de cierta hostelería que organiza cócteles, planta lamparitas, veladores, mesas auxiliares, parasoles, media Ikea de quita y pon… Y ahora hasta cachimbas. ¿No refiere el gran Muñoz, con más razón que un santo, que hay que reducir las mesas por una razón estética, entre otras? Pues haga también una razzia por esta plaza, que la tiene bien cerquita de su asiento de concejal en los plenos. Cualquier día la web municipal nos ofrece la evolución de la Plaza de San Francisco en streaming, como la tortura de los plenos, pero en plan más divertido, con alguien de la familia pendiente de la pantalla para dar el aviso.

–¡Corred, corred, que han sacado la jaima y las cachimbas! Qué monas esas lámparas y esos aspersores. Qué precioso todo.

La Plaza de San Francisco es el Despeñaperros del plan anti-veladores de Juan Espadas. Aquella anécdota de la locomotora que al llegar a Atocha pegó un resoplío atronador que asustó a los viajeros que circulaban por el andén: “¡Esos cojones en Despeñaperros!”. Ahí, en esa plaza, es donde muchos queremos ver el coraje de un alcalde que confiamos en que no sea blando con las espigas del hostelero de siempre y duro con las espuelas de las franquicias que, al final, nadie sabe de quién son por que todas son iguales por el arte de la globalización.

–¡Óle! Ha rimado.
–Gracias.

En la Plaza de San Francisco es donde muchos esperamos que el alcalde la líe gorda y no haga la vista gorda. Y lo mismo se puede decir del entorno de la Catedral, de esa calle Mateos Gago que prometió reorganizar siendo líder de la oposición, y de la Cuesta del Bacalao, donde la misma firma hostelera tiene la milla de oro de la verdadera unidad del PIB local:el velador. Toda terraza de veladores de la Cuesta del Bacalao ya se sabe de quién es mientras no se demuestre lo contrario. Del tío de las cachimbas, que ya no es Torrijos, sino aquel al que todos temían y se salvó otra vez… por la Campana.

San Fernando, la reconquista pendiente

Carlos Navarro Antolín | 13 de marzo de 2016 a las 5:00

Reportaje amplio de la cochambre en que está convertida la calle San Fernando: mesas, banderolas, mobiliario de los bares, anuncios abatibles.
NO es que Sevilla tenga un trozo de Cádiz dentro, alma de provincia hermana en cuerpo de capital. Es que tiene un trozo de Huelva dentro, de avenida de Castilla de la Antilla, valga la rima, cuando uno recorre la calle San Fernando, por la que ya no pasan cigarreras, pasa el que puede entre la cochambre de anuncios, calefacciones, banderolas, toldos, ceniceros, vallas, etcétera. En un reciente balance ha salido que en la calle San Fernando hay autorizadas 454 sillas y 133 mesas, una galería de caos, mal gusto, Benidorm sin playa, Matalascañas de fritanga en el último fin de semana de agosto, mercadillo de la hostelería que en lugar de calcetines oferta montaditos. San Fernando es la calle cutre de un centro cada día más cutre, la calle que mejor representa la chabacanización de la hostelería en una ciudad que debiera mimar su patrimonio y el sector servicios con el celo de un camarero chino, qué pesados fiscalizando a los comensales en todo momento para ver qué desean.

¿Y saben quién dio la primera voz de alarma sobre la mutación de San Fernando? La Universidad de Sevilla. Para que luego digan que la Universidad está muda y no cumple su papel dentro de la sociedad civil. El señor gerente de la institución académica protestó por escrito al Ayuntamiento en tiempos de Zoido, cuando en Urbanismo estaba el delegado Maximiliano Vílchez, con cara de recibir siempre el pésame por los pasillos del Ayuntamiento (“Lo siento, Maxi, no somos nadie. No hay quien haga cambiar los turnos de trabajo de los empleados de la Gerencia. Te acompaño en el sentimiento”), y un gerente la mar de emperifollado que formaba parte de los gerentes cucharas de Zoido: ni pinchaban, ni cortaban.

El gerente de la Universidad se quejó con buenas palabras de la mierda que generan los veladores de la calle San Fernando, porque los residuos de todo tipo acaban en la lonja los días de brisas, dejando hecho un estercolero el tramo comprendido entre la puerta principal del Rectorado y la capilla. Aquella carta de protesta estaba firmado por don Juan Ignacio Ferraro, que adjuntaba fotocopia de las ordenanzas municipales que obligan a los señores titulares de licencias de veladores a no ser unos guarros. Urbanismo abrió expediente. Y hasta hoy. Los cucharas ya no están, porque las urnas los mandaron a la Venta, que ya saben ustedes la hortaliza a la que está dedicada la venta más famosa de las redes sociales. Ahora está Antonio Muñoz, socialista que ha creado una comisión de veladores para que, como Lampedusa, todo siga prácticamente igual pero parezca que hay una frenética actividad. A mi Antonio Muñoz con los veladores me recuerda a aquella gestoría de jóvenes emprendedores que al entrar el primer cliente se pusieron todos a aporrear el teclado e hicieron subir los cafés del negocio de abajo con la voz del camarero diligente: “El desayuno de siempre, señores, aquí lo tienen”. El caso es parecer que se trabaja, que es mucho más rentable que trabajar.

La calle San Fernando es la Antilla sevillana sin Terrón, pero con Fábrica de Tabacos. De los cielos que perdimos a las calles que perdimos. Las agresiones de hace 50 años eran por las alturas, por los aires, con remontes y plantas que crecían al amparo del desarrollo urbanístico. Las agresiones de hoy son a pie, de infantería pura, invaden el espacio del peatón a base de crear un estilo de sangría azucarada y pies por lo alto, de erasmus asalmonetados, de auténticas carpas que son el campinplaya de los bares en un centro histórico que cuenta con las máximas catalogaciones patrimoniales. Tururú.

La Universidad no hizo pública aquella protesta. La carta de queja generó un expediente que se lo llevó el viento. En Sevilla todo se lo lleva el viento de matacanónigos. El gobierno cambió. Todo sigue igual. De los cucharas de Zoido veremos si no pasamos al pantuflerío de Espadas. San Fernando perdió la batalla en favor del tranvía, las bicis y un rosario de bares que han hecho buena la hilera de las casas que siempre decían que afeaban una zona que debía estar expedita entre los jardines del Alcázar y la Universidad. Entre col y col, velador. San Fernando ha mutado en la Antilla. Sevilla es una playa barata, una ciudad donde todo es susceptible de empeorar, un hotel de tres estrellas donde los clientes se conforman con el maltrato y su venganza consiste en mangar los jabones en lugar de protestar alto y claro. San Fernando era una calle preciosa hasta con aquellas casas, digna de la Vía Roma de Florencia. Ahora huele a cruasán y sólo le falta el negro con el expositor de gafas, pulseras y los elefantes de la suerte.