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La educación imposible

Carlos Navarro Antolín | 19 de marzo de 2017 a las 5:00

encarnación 2 Encarnación

NI de noche ni de día tienen ciertos males remedio. En Sevilla los veladores embisten, como las nueve cabezas de españoles, que decía Machado. No importa que una terraza arremeta contra la fachada de un BIC, que no es un bolígrafo, sino un monumento según la calificación de la Administración autonómica para proteger (risas en off) esos valores histórico-patrimoniales que hacen una ciudad única. Qué más da la estética, esa gran denostada que el Ayuntamiento quiere imponer por la vía de la ordenanza, cuando eso sólo es posible por la vía de los años y de las aulas, muchos años y muchas horas de aula. Decía una dependienta de una selecta peletería del centro que había determinadas prendas que ya no se fabricaban porque nadie las pedía:“No hay público que valore ciertos trabajos en piel”. Como no lo hay que valoren los muebles de calidad (el efecto Ikea), ni el servicio profesional de la hostelería (que no el servilismo pelota de la ojana), ni el cuidado de un monumento como la Iglesia de la Anunciación.

Los edificios monumentales merecen un respeto tanto en su uso interior como en su aspecto exterior. Para qué iluminamos artísticamente la Catedral, sacándole los cuartos a Endesa, si después consentimos el horror de los negocios estridentes de sus alrededores. Para qué cuidamos la fuente de la Encarnación si después permitimos que alguien, por su cuenta y deliberadamente, rompa la fachada del templo que fue Universidad de Sevilla, donde está el panteón de sevillanos ilustres o donde se custodia imaginería de Montañés. Sombrillas, macetas, banderolas promocionales abatibles, estufas con llamaradas… El azulejo del Cristo de la Buena Muerte no tiene quien lo defienda. Ha presenciado la nevada de 1954 y el horror de la invasión de los cachivaches de la hostelería.

Siempre llegará el tonto que defienda los veladores como instrumentos de captación del turismo. Claro que sí, aunque sea a costa de degradar un monumento, de someterlo a las embestidas del consumismo voraz, de convertir una plaza en un museo de los horrores, en una recreación perfecta del no se vayan todavía que aún hay más.

Los veladores embisten las murallas del Alcázar por la Plaza de la Alianza, la fachada del Palacio Arzobispal por Placentines y la Encarnación por la Anunciación. Tres ejemplos, tres, de una ciudad carente de criterio con una autoridad impotente que, al final, no quiere ni puede admitir que el problema no es otro que la falta de educación, una lacra que conduce directamente a la ausencia de criterio. El amor por el patrimonio histórico se enseña desde pequeño. No se valora lo que no se conoce. La Encarnación hace tiempo que dejó de ser la plaza a la que mira la Anunciación. Ni siquiera es ya el mercado. Son las setas. La plaza de las setas. Con las setas se laminó todo lo anterior. La hostelería hace tiempo que dejó de ser uno de los estandartes de la ciudad. La Semana Santa hace tiempo que dejó de ser la fiesta modélica, representativa del saber estar del pueblo, espontánea, popular, elegante y medida. Los monumentos son plantas que no gritan cuando se les arranca una hoja, muros que callan cuando se ven intimidados, piedras que no sólo caen por el efecto de la polución, sino por el maltrato al que son sometidas. No hace muchos años que el gerente de la Universidad protestó por escrito por la cantidad de basura que llegaba hasta la lonja de la antigua Fábrica de Tabacos, hoy Rectorado, cuando Eolo sopla y arrastra los desperdicios de los bares hasta el recinto universitario. La Anunciación no tiene quien proteste por ella. Monteseirín y sus adláteres defienden el modelo actual de la plaza con un argumento reiterativo: “¿Acaso estaba mejor la plaza con las ratas que cruzaban de una punta a otra el solar anegado?”.

Está claro que en la Encarnación se ha producido un simple cambio de ratas. Las ratas siempre acuden a la cochambre, se sienten a gusto en las covachas. Embisten. Como las cabezas de los sevillanos. Mejor la nieve de 1954. Qué horror de estufas. Una cosa es cierta: el Cristo de la Buena Muerte sigue siendo dulce hasta con veladores.

Las doce uvas de Espadas

Carlos Navarro Antolín | 31 de diciembre de 2016 a las 5:00

ESPADAS CAJA
Primera uva. Año y medio en el cargo y ni una palabra más alta que otra, ni una cinta cortada, ni tampoco ningún gran escándalo. Juan Espadas es un político plano. Pasa desapercibido hasta en sus muchos paseos por la calle. Su fuerte no es la notoriedad. Tampoco es su objetivo. Es un alcalde de ruan, pasajero del vagón en silencio del tren de la política, sin concesiones en sus discursos, sin excesos ni brillos. Se siente cómodo en las zonas templadas. Un alcalde sin alharaca, exento de frivolidades. Un carácter que se refleja en su gestión: sin grandes logros materiales por el momento, con algún proyecto sonado a medio plazo (caso de la ampliación del tranvía) de los que está por ver su resultado, y con la certeza quizás de que las grandes soluciones, si existen, nunca deben provocar ruido. Basten dos ejemplos: el nombramiento de un jefe de la Policía Local en una toma de posesión a puerta cerrada, cosa inaudita, y la apuesta por la supresión de chabolas del Vacie, sin cámaras de televisión ni fotógrafos de por medio, con la tesis de que en el asentamiento se debe trabajar con la mayor discreción.

Segunda uva. Espadas es absolutamente dócil ante Susana Díaz. Como cualquier dirigente socialista andaluz, el alcalde de Sevilla está eclipsado por la larga sombra de la presidenta andaluza, consagrada ahora más que nunca a la carrera por la secretaría general del PSOE. En cierta forma, Espadas tiene que moverse entre el hiperliderazgo de Susana Díaz y la omnipresencia costumbrista de Juan Ignacio Zoido, ministro del Interior y ex alcalde de la ciudad. Dos potentes sombras que no deben ser nada cómodas para un alcalde que hace virtud de su escaso índice de popularidad. Si Susana Díaz abandonase algún día San Telmo, tal vez Espadas tendría la oportunidad de hacer carrera propia. En política nada es gratuito. Quizás por eso ha dedicado muchos esfuerzos durante 2016 a trabajar las líneas de entendimiento y colaboración con Granada, Málaga y Córdoba. En ocasiones lo ha hecho con peticiones tan llamativas como un tren que conecte el aeropuerto de Málaga con la estación ferroviaria de la capital costasoleña, cuando Sevilla carece clamorosamente de esta infraestructura. Espadas es hoy un ejemplo de político muy moderado dentro del PSOE. No controla un partido constituido por agrupaciones de muy diverso peso. Jamás se olvide que ha conseguido la Alcaldía con los peores resultados obtenidos por el PSOE en una capital que en los tiempos de pana y previos al 92 era un fortín para los socialistas.

Tercera uva. Un alcalde plano preside un gobierno plano. Y la gestión, como ya se ha apuntado, es consecuentemente plana. Hay leves excepciones. Como alcalde es una continuación de su estilo al frente de la oposición. Ni frío de enero ni calor de julio Hay que admitir que la falta de chispa de la que adoleció en la oposición es quizás una cualidad que puede ser rentable cuando se está en el gobierno. El equipo de Zoido, por ejemplo, no supo cambiar de registro cuando alcanzó el gobierno. No supo entender que la guerra había terminado. La única concejal del gobierno que le ha puesto en un aprieto ha sido Carmen Castreño, reprobada por el Pleno tras la sentencia del TSJA que dictó que como presidenta del Pleno había contravenido nada menos que la Constitución Española al impedir el debate de las propuestas de la oposición sobre los presupuestos de la ciudad. Espadas se tragó el sapo. Quien por el momento no le ha generado problemas es la delegada de Participación Ciudadana, Adela Castaño, que guarda un perfil discreto tras algunas polémicas sonadas en los años de oposición.

Cuarta uva. A Espadas se le perdonan algunos gestos, llamémoslos así, por los que a su antecesor le hubieran arreciado las críticas. No son muchos, pero sí reveladores. Romper una guitarra en la inauguración de un restaurante americano en la calle San Fernando, subirse en el coche insignia de la vuelta ciclista a España a su paso por Sevilla, convocar una consulta ciudadana sobre la fecha de comienzo de la Feria, o sencillamente aceptar encarnar al rey Baltasar en la cabalgata del Ateneo, cosa que Zoido rechazó dos veces por el tradicional complejo de la derecha. Espadas juega a dos bandas: contenta a la Sevilla tradicional portando crucificados en los vía crucis, y a los socios de investidura de la izquierda radical colocando una iluminación navideña exenta de simbología religiosa.

Quinta uva. El de 2017 será un año donde necesariamente se habrá de ver algún fruto de logro mandato que consumirá su primera mitad. El gobierno amigo de la Junta no se nota por el momento. La inversión en infraestructura se la ha llevado el tranvía de Alcalá de Guadaíra. Tanto la Junta como el Estado siguen relegando a Sevilla en los presupuestos públicos. Tiene razón el PP cuando señala que la gran inversión que necesita Sevilla es el Metro, que no veremos crecer en los próximos cuatro años. Todo indica que Espadas tratará de contentar a la ciudad con la ampliación del Metrocentro de Monteseirín, un costoso y complejo placebo para hacer olvidar el verdadero objetivo de una gran ciudad: las líneas 2, 3 y 4 del suburbano. De este alcalde jamás cabrá esperar una postura firme y exigente ante la Junta para demandar la infraestructura más necesaria en una urbe de cerca de 700.000 habitantes y con una alta densidad de población en la corona metropolitana. En la Junta nadie da la cara por Sevilla por miedo al discurso de los agravios entre provincias hermanas. Las alusiones a la capitalidad de Sevilla son políticamente incorrectas (Espadas) o tachadas de populismo de bajo coste (Zoido). Al final, la gran perjudicada es la ciudad.

Sexta uva. Con Espadas se talan árboles igual que con Zoido. Unos 600 han caído este año, algunos en lugares tan señalados como la acera del Palacio de San Telmo. Este alcalde, al menos, se ha propuesto luchar contra dos lacras de la ciudad: las plazas duras heredadas de finales de los 80 y principios de los 90, y el tormento de Sísifo de los veladores, un tsunami de mesas y sillas que invade las principales calles del centro y muchas de los barrios. La Plaza de Armas ha estrenado un diseño más amable gracias a Adif y Mercadona. La Plaza de Juan Antonio Cavestany, muy cerca de Santa Justa, será reurbanizada con una configuración más apropiada para una ciudad con seis meses de calor que para el clima moscovita que presenta ahora. El concejal Antonio Muñoz, que dirige la cursimente denominada Delegación de Hábitat Urbano, ha sacado las brigadas anti-veladores a las calles con la intención de difundir que el aparato coercitivo del Ayuntamiento existe, que las mesas y sillas ilegales se requisan y que las sanciones se imponen. Las batidas han sido habituales. El primero de enero se debe notar la nueva normativa, muy restrictitiva, impuesta en la Campana, la Avenida y San Fernando.
Zoido y Alberto Díaz

Séptima uva. Espadas sabe como nadie cuánto cuesta movilizar la burocracia de una estructura mastodóntica como el Ayuntamiento, donde el miedo a las imputaciones de los funcionarios y el férreo control de la Intervención municipal, lastran los anhelos de velocidad de cualquier político por lograr con urgencia un proyecto que sea el símbolo de su mandato. Este alcalde no cortará la cinta de la segunda gran tienda de Ikea, para la que la Junta no ha dado facilidades y el Estado, al menos, ha vendido que ha hecho los deberes que le correspondían. El centro de recepción de visitantes –la horripilante obra a la vera del río en Marqués de Contadero– se eterniza y se encarece porque fue adjudicada con una baja temeraria. Altadis es un proyecto varado, un cementerio fabril en pleno casco urbano. Al final, todo lo bueno y lo malo que ocurre en la ciudad se identifica con la figura de su alcalde. El alcalde es el pararrayos donde impactan las quejas que a veces corresponden a las administraciones autonómica y estatal.

Octava uva. A Espadas le encanta hablar de la reformas estructurales en el Ayuntamiento. Ha depositado en funcionarios municipales de corte progresista su apuesta por la gestión cotidiana. Es cierto que se trata de una fórmula clave para el éxito que le ha proporcionado paz interna. Aún así, no tiene fuerza para luchar contra algunos de los frenos de la ciudad: las inercias de una Gerencia de Urbanismo con más jefaturas que indios, sin inspectores por las tardes ni los fines de semana y con un alto coste salarial, las excesivas trabas que en no pocas ocasiones pone el viceinterventor que sacaba de quicio al PP y ahora al PSOE, los cambios disparatados de criterio de las Comisiones de Patrimonio, etcétera. Aquí es donde muchas veces se encuentran las claves del verdadero bloqueo de la ciudad.

Novena uva. El alcalde no puede quejarse de sufrir una oposición implacable. El Pleno le tumbó la operación de compra parcial de la sede de la Junta en la Plaza Nueva, lo que reveló un fallo de negociación previa de los apoyos en la junta de portavoces. Un error impropio del perfil de gestor de que hace gala Espadas. Pero en ningún momento está sufriendo una fiscalización dura de la gestión. Con Ciudadanos mantiene una relación de absoluta armonía, perfecta traducción local del acuerdo autonómico que sostiene al ejecutivo de Susana Díaz. A Espadas le encantaría que Ciudadanos entrara en el gobierno local. El grupo más poblado de la oposición, el PP, se ha pasado año y medio penando la resaca de la pérdida de la Alcaldía de los 20 concejales y preparando el relevo de Zoido, todo lo cual aderezado con un enfrentamiento interno que mantiene en vilo al PP hispalense. Cuanto más tarde el PP en rearmarse, mejor para este alcalde laborioso y con dedicación, pero sin brillo ni grandes resultados palmarios. Participa Sevilla e Izquierda Unida dan pocos dolores de cabeza al alcalde. Los chicos de Participa siguen sin ser reconocidos como hijos legítimos de Pablo Iglesias. Y los ediles de IU, pese a tener un portavoz con momentos de brillantez en los plenos, tienen bastante con buscar un palo al que agarrarse en el hundimiento de la coalición en toda España. Nunca un gobierno en minoría gozó de tanta tranquilidad. Que le pregunten a Manuel del Valle sobre sus cuatro años sin mayoría absoluta, o que se lo digan a Soledad Becerril en sus cuatro años de alcaldesa apoyada (es un decir) por los andalucistas de Rojas-Marcos.

Décima uva. El gran éxito hasta ahora ha sido la gestión de la Semana Santa, en colaboración con la Delegación del Gobierno en Andalucía. Las vallas, los refuerzos policiales y una buena coordinación fueron determinantes para recuperar la sensación de seguridad en una fiesta herida. Un éxito que continuó en la salida extraordinaria del Gran Poder. La Feria, sin problemas de seguridad y con la caseta municipal reabierta. Tan sólo hubo un patinazo en la concesión del diseño de la portada a un militante socialista de Bellavista. Pero el balance de una gestión no se puede ni se debe basar en las fiestas mayores, lo que precisamente se le achacaba a Zoido desde las filas socialistas en el anterior mandato. Al menos Espadas ha estado hábil para bloquear la construcción de una gran mezquita en Sevilla Este mediante argucias administrativas absolutamente legítimas.

Undécima uva. El taxi vuelve a ser un gremio conflictivo cuyos problemas erosionan la imagen de la ciudad. El gobierno no quiere aplicar la sentencia del TSJA de 2001 que impone el turno rotatorio en la polémica parada del aeropuerto, donde los abusos y las irregularidades –sobre todo con pasajeros extranjeros– son una constante. El principal problema de esta parada no es el intrusismo, como se nos quiere hacer ver, sino el mal trato que se ofrece a muchos viajeros a los que se intenta cobrar de más cuando existe un cuadro de tarifas fijas. El reto del taxi en 2017 es el del esmero, como fórmula para competir con las nuevas modalidades de transporte que se ofrecen con éxito por aplicaciones digitales sin riesgos de sobrecostes. La Policía Local perderá 200 agentes en cuatro años si no se aplican soluciones. Sevilla sufre un déficit de policías nacionales y está a punto de sufrirlo también en el cuerpo de seguridad local. La apuesta por un guardia civil al frente de la Policía Local revela el deseo del alcalde de introducir un mando único y una mayor disciplina en un colectivo que ha dado quebraderos de cabeza a todos los alcaldes por la vía del polémico sindicato mayoritario. La Policía Local sigue sin reglamento interno y sin una Relación de Puestos de Trabajo (RPT). En cualquier caso, la paz social se consigue aumentando las partidas presupuestarias para productividades. Ningún alcalde se atreve ni con la Policía Local, ni con los taxistas del aeropuerto. Ni siquiera el que gozó de 20 concejales. Malos tiempos para el ejercicio de la autoridad.

Duodécima uva. A Espadas se le satura el centro de franquicias. Sevilla se despersonaliza en sus principales calles, se iguala a cualquier urbe de corta historia, se muestra impotente para mantener un comercio propio, con sello particular, que la haga diferente y única, que son los valores que, junto a las conexiones del transporte, los monumentos y el sector terciario, convierten a una ciudad en un potente destino turístico. El mismo delegado de Turismo ha mostrado su preocupación por los atentados estéticos en la Avenida y por la caída paulatina de negocios antiguos y únicos. La Campana ha sido tomada por las multinacionales de la hamburguesa y las franquicias del donut. El aeropuerto de San Pablo se obrará en 2017 para ponerlo al día tras 25 años en los que se ha quedado pequeño. Sevilla aspira a captar visitantes de la Costa del Sol tanto como del mercado chino. Y, por supuesto, el objetivo es que Fibes acoja más congresos de entre dos mil y cinco mil visitantes. Todos esos objetivos deben ser combinados con el impulso y cuidado del negocio tradicional, que hacen distinta a una ciudad de otra. Los turistas no vienen a Sevilla a comer hamburguesas ni donuts tuneados. Y el propio PSOE, estando en la oposición, reconoció el problema.

Las cuadrillas antiveladores

Carlos Navarro Antolín | 31 de octubre de 2016 a las 5:00

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Antonio Muñoz está como si viviera en un continuo Viernes de Dolores: quitando veladores por las calles del centro. El gobierno se ha dado cuenta de que las batidas contra los abusos de ciertos hosteleros tienen impacto mediatizo. Yhasta hacen de sonajero que distrae al público de otros asuntos de la vida cotidiana. Muñoz saca las cuadrillas antiveladores, que dejan la camioneta al ralentí en las proximidades de la taberna de turno y en un plispás aparecen los tíos cargando mesas, taburetes, banderolas y demás utensilios que convierten la ciudad en la mayor covacha. Hala, todos los cachivaches a la camioneta y arranque usted que ya estamos soltando lastre en el almacén municipal, convertido en el cementerio de veladores. Todo hostelero que oye esos motores encendidos, sabe que no es el tío del hielo, sino los temidos hombres de Muñoz.

El Despeñaperros de los veladores

Carlos Navarro Antolín | 23 de octubre de 2016 a las 5:00

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QUÉ valiente este Ayuntamiento en materia de veladores, qué forma de abrirse la chaquetilla y ofrecer el pecho a la cornamenta del avieso toro de la hostelería, dispuesto siempre a pegar una andanada en cuanto se anuncia cierta regulación del uso de la vía pública. El gobierno de Juan Espadas ha tomado la Campana como estandarte de la lucha contra la ciudad chabolizada, le ha echado coraje a dos negocios de dirección despersonalizada como son las franquicias de las hamburgueserías y a la popular confitería. Bien está, señor alcalde. Bien está, don Juan Espadas, eso de mandar al bueno de Antonio Muñoz con su tropa de inspectores a hacer razzias de mesas y sillas en la Campana, donde dicen que no quedará ni una; y en la Avenida y en la calle San Fernando, donde anuncian que se reducirán en elevados porcentajes. En materia de veladores, uno es muy de Santo Tomás, siempre con el dedito buscando la llaga.

Zoido gestionó la miseria en los años de crisis. Y Espadas tiene que aplicar medidas correctoras por la dejación de funciones de Zoido: poner orden en la Semana Santa, nombrar un jefe de la Policía Local, meterle mano al Vacie y tratar de frenar el caos con los veladores a partir del primero de enero, el día que la gente deja de fumar y, en Sevilla, dejará de sentarse en los veladores. Anoche cuando dormía, soñé, ¡bendita ilusión!, que Urbanismo limpiaba de veladores la Avenida de la Constitución.

De todo cuando ha ocurrido en los últimos días, extraña que el señor alcalde no se haya acordado de la Plaza de San Francisco en el arranque de su ambicioso plan contra la estética de covacha que marca un lugar tan noble de la ciudad, tan próximo a su propio despacho. Antonio Muñoz no dijo ni pío de la Plaza de San Francisco. Ni pío, ni mú, ni esta boca es mía. El mismo alcalde que estuvo raudo en su primer día de gobierno para sustituir el suntuoso sillón de su despacho por un funcional sillón de oficina, no se ha acordado en materia de ordenación de la vía pública de empezar por su propio entorno, donde la firma hostelera de siempre sigue como las tropas de San Fernando en vísperas de la reconquista de Sevilla: exhibiendo todo su poder a las mismas puertas del gobierno de la ciudad. Si en Nochebuena y en Nochevieja apareció la jaima de Gadafi en la Plaza de San Francisco para dar cobijo a los comensales, desprovista la ciudad de inspectores a esas horas donde la calle es Jauja con coheterío, estos días del otoño cálido aparece un puesto donde se ofrecen cachimbas. Cachimbas con vistas a la Giralda, oiga, y con el fondo plateresco del Ayuntamiento, marco incomparable donde suena el eco del con dinero o sin dinero hago siempre lo que quiero y mis veladores son la ley.

En otro lugar del centro, en la calle Luchana, hay un restaurante italiano que cada noche empotra el mostrador auxiliar de los cubiertos en la rejería del templo de San Isidoro, catalogado como Bien de Interés Cultural, que se dice BIC, cristal escribe fino. Y el BIC normal ya se sabe: escribe normal. Algunos estamos esperando la firmeza del delegado Antonio Muñoz a la hora de hacer cumplir la ordenanza bajo sus narices, en la misma Plaza de San Francisco, la que estuvo décadas libre de obstáculos y que en la última década es salón multiusos de la ciudad, aparcamiento de motos y una suerte de zona franca de cierta hostelería que organiza cócteles, planta lamparitas, veladores, mesas auxiliares, parasoles, media Ikea de quita y pon… Y ahora hasta cachimbas. ¿No refiere el gran Muñoz, con más razón que un santo, que hay que reducir las mesas por una razón estética, entre otras? Pues haga también una razzia por esta plaza, que la tiene bien cerquita de su asiento de concejal en los plenos. Cualquier día la web municipal nos ofrece la evolución de la Plaza de San Francisco en streaming, como la tortura de los plenos, pero en plan más divertido, con alguien de la familia pendiente de la pantalla para dar el aviso.

–¡Corred, corred, que han sacado la jaima y las cachimbas! Qué monas esas lámparas y esos aspersores. Qué precioso todo.

La Plaza de San Francisco es el Despeñaperros del plan anti-veladores de Juan Espadas. Aquella anécdota de la locomotora que al llegar a Atocha pegó un resoplío atronador que asustó a los viajeros que circulaban por el andén: “¡Esos cojones en Despeñaperros!”. Ahí, en esa plaza, es donde muchos queremos ver el coraje de un alcalde que confiamos en que no sea blando con las espigas del hostelero de siempre y duro con las espuelas de las franquicias que, al final, nadie sabe de quién son por que todas son iguales por el arte de la globalización.

–¡Óle! Ha rimado.
–Gracias.

En la Plaza de San Francisco es donde muchos esperamos que el alcalde la líe gorda y no haga la vista gorda. Y lo mismo se puede decir del entorno de la Catedral, de esa calle Mateos Gago que prometió reorganizar siendo líder de la oposición, y de la Cuesta del Bacalao, donde la misma firma hostelera tiene la milla de oro de la verdadera unidad del PIB local:el velador. Toda terraza de veladores de la Cuesta del Bacalao ya se sabe de quién es mientras no se demuestre lo contrario. Del tío de las cachimbas, que ya no es Torrijos, sino aquel al que todos temían y se salvó otra vez… por la Campana.

La perspectiva buenista en los veladores

Carlos Navarro Antolín | 26 de junio de 2016 a las 5:00

En los Reales Alcázares. Espadas mantiene una reunión con los organizadores del congreso ASTA agencias de viajes de EEUU
LOS veladores se reproducen. Como los manteros. Como los gorrillas en tiempos de Rojas-Marcos, el alcalde que creó aquellos vovis que eran parados con uniformes que ayudaban a aparcar a cambio de un donativo. Espadas debutó anunciando su intención de poner orden por medio de un plan de trabajo con los distritos para no recurrir al aparato coercitivo de la Gerencia de Urbanismo: “Queremos que se vea el tema desde otras perspectivas, no sólo de la que genera ingresos”. Tururú, señor alcalde. Primero, porque la teoría de la perspectiva suena a la equidistancia buenista que los políticos aplican a todo problema sensible. Un ejemplo: ¿La movida nocturna es molesta? El político de catálogo acude al manual de la corrección exenta de compromiso, que dicta en su lección primera: “Fórmese una mesa para ver el problema desde todas las perspectivas: jóvenes, empresarios de la noche, vecinos y fabricantes de destilados”. Y confundidos con tantas perspectivas ocurre como cuando uno se pierde en una bulla de Semana Santa, que te quitan la cartera… O te cogen el culo, ahora que se ven más culos que nunca en la Avenida de la Constitución. Pues al alcalde le han cogido lo que dijimos con los veladores. En un año se ha metido él solito en la bulla y nos quiere confundir con una notas de prensa que son un bacalao, un bacalao como el que Zoido inauguró en la cuesta del ídem, símbolo de la bacalá de gestión.

Segundo, porque al final Espadas ha tardado muy poquito en empezar a hacer lo que había que hacer, que es recurrir a los servicios de inspección de la Gerencia de Urbanismo, como revelan las campañas anti-veladores que periódicamente pregona el Ayuntamiento, pero el error está en que lo hace sin poner antes los medios adecuados. Sin hacer los deberes. Ha mandado a los inspectores a poner multas. Eso está muy bien, señor alcalde. ¡Adelante la infantería municipal contra unos abusos tan evidentes! Ocurre que las oleadas de multas suenan mucho, pero son estériles. Porque sólo hay un inspector por cada 1.800 veladores. La última batida anunciada esta semana proclama sesenta expedientes “en menos de un mes”, una cifra ridícula si se tiene en cuenta que Sevilla es una ciudad de 700.000 habitantes, más de 4.000 bares y más de 10.000 veladores legales (súmense los ilegales, que son legión). Todo resulta tan ridículo como aquel anuncio de atajar el problema por medio de bienintencionados planes a través de los distritos. Los distritos están muy bien para los talleres de aerobic, los cursos de cocina, la ventanilla para preguntar dónde se consigue un certificado del padrón y, sobre todo, para que un ramillete de concejales en tiempos de Zoido tuvieran la pedrea de un despacho oficial. Pero poco más.

Aquí la clave es meterle mano al organigrama de la Gerencia de Urbanismo para que haya una cantidad de inspectores suficiente y, sobre todo, para que haya personal de inspección por las tardes y las noches de los fines de semana. Vigilar los veladores a las diez de la mañana es como reordenar el trafico en la puerta de un colegio un diez de agosto. Para saber dónde están los abusos en asuntos de veladores no hay que recurrir a ningún distrito. Ni a planes especiales. Se trata de crear por fin el cuerpo de inspectores de la vía pública que debe tener una ciudad que vive tanto en la calle. Ha pasado un año de este gobierno y sólo hemos visto la calle Mateos Gago libre de obstáculos en Semana Santa o en tardes de vía crucis. Será que la Semana Santa es lo que mejor se le da a este alcalde que pone una vela en el altar de la derecha sociológica, en Roma rodeado de embajadores, curas y monjas, y otra en las carrozas del Orgullo Gay, jalonando la Avenida de fotos picaronas, que lo grave no es la carrera oficial de culos, tangas y correajes, que eso sí que es una mezcla de perspectivas. Todo muy edificante, señor Espadas. ¿Pero para cuándo la sombra en la Avenida? ¿Para cuándo las cláusulas sociales en los contratos públicos que impidan el uso de materiales duros y la obligación de tener en cuenta zonas de sombra para los peatones? Siga yendo a Roma y siga sembrando de culos la Avenida, pero coloque sombra, por favor. Por piedad.

Espadas le ha echado más valor a tirarle tierra al proyecto embrionario de la mezquita en Sevilla Este que a retirar los veladores en el centro o en la Buhaira. Será por la teoría sevillana de temer aquello que se conoce. Y el alcalde sabe que a esta ciudad le gusta estar sentada. El alcalde nos cuenta que la clave es tener pronto un jefe de la Policía Local, pero no nos dice que la otra clave pendiente (de Balbín) es triplicar los inspectores de la vía pública y hacer retenes de guardia los domingos y festivos, aunque para eso hay que fajarse con los sindicatos, negociar, trabajar, asumir riesgos, vivir tensiones, gestionar, gobernar en definitiva. A Rojas-Marcos le crecían los gorrillas y se inventó los vovis. A Espadas le crecen los veladores y se inventa unas batidas de multas de escaso valor, con pretendido eco, pero sin el efecto siquiera de un analgésico. Estamos igual que con Zoido. Hemos sustituido la melva por los culos. Ya lo avisó el alcalde. Había que cambiar la perspectiva.

San Fernando, la reconquista pendiente

Carlos Navarro Antolín | 13 de marzo de 2016 a las 5:00

Reportaje amplio de la cochambre en que está convertida la calle San Fernando: mesas, banderolas, mobiliario de los bares, anuncios abatibles.
NO es que Sevilla tenga un trozo de Cádiz dentro, alma de provincia hermana en cuerpo de capital. Es que tiene un trozo de Huelva dentro, de avenida de Castilla de la Antilla, valga la rima, cuando uno recorre la calle San Fernando, por la que ya no pasan cigarreras, pasa el que puede entre la cochambre de anuncios, calefacciones, banderolas, toldos, ceniceros, vallas, etcétera. En un reciente balance ha salido que en la calle San Fernando hay autorizadas 454 sillas y 133 mesas, una galería de caos, mal gusto, Benidorm sin playa, Matalascañas de fritanga en el último fin de semana de agosto, mercadillo de la hostelería que en lugar de calcetines oferta montaditos. San Fernando es la calle cutre de un centro cada día más cutre, la calle que mejor representa la chabacanización de la hostelería en una ciudad que debiera mimar su patrimonio y el sector servicios con el celo de un camarero chino, qué pesados fiscalizando a los comensales en todo momento para ver qué desean.

¿Y saben quién dio la primera voz de alarma sobre la mutación de San Fernando? La Universidad de Sevilla. Para que luego digan que la Universidad está muda y no cumple su papel dentro de la sociedad civil. El señor gerente de la institución académica protestó por escrito al Ayuntamiento en tiempos de Zoido, cuando en Urbanismo estaba el delegado Maximiliano Vílchez, con cara de recibir siempre el pésame por los pasillos del Ayuntamiento (“Lo siento, Maxi, no somos nadie. No hay quien haga cambiar los turnos de trabajo de los empleados de la Gerencia. Te acompaño en el sentimiento”), y un gerente la mar de emperifollado que formaba parte de los gerentes cucharas de Zoido: ni pinchaban, ni cortaban.

El gerente de la Universidad se quejó con buenas palabras de la mierda que generan los veladores de la calle San Fernando, porque los residuos de todo tipo acaban en la lonja los días de brisas, dejando hecho un estercolero el tramo comprendido entre la puerta principal del Rectorado y la capilla. Aquella carta de protesta estaba firmado por don Juan Ignacio Ferraro, que adjuntaba fotocopia de las ordenanzas municipales que obligan a los señores titulares de licencias de veladores a no ser unos guarros. Urbanismo abrió expediente. Y hasta hoy. Los cucharas ya no están, porque las urnas los mandaron a la Venta, que ya saben ustedes la hortaliza a la que está dedicada la venta más famosa de las redes sociales. Ahora está Antonio Muñoz, socialista que ha creado una comisión de veladores para que, como Lampedusa, todo siga prácticamente igual pero parezca que hay una frenética actividad. A mi Antonio Muñoz con los veladores me recuerda a aquella gestoría de jóvenes emprendedores que al entrar el primer cliente se pusieron todos a aporrear el teclado e hicieron subir los cafés del negocio de abajo con la voz del camarero diligente: “El desayuno de siempre, señores, aquí lo tienen”. El caso es parecer que se trabaja, que es mucho más rentable que trabajar.

La calle San Fernando es la Antilla sevillana sin Terrón, pero con Fábrica de Tabacos. De los cielos que perdimos a las calles que perdimos. Las agresiones de hace 50 años eran por las alturas, por los aires, con remontes y plantas que crecían al amparo del desarrollo urbanístico. Las agresiones de hoy son a pie, de infantería pura, invaden el espacio del peatón a base de crear un estilo de sangría azucarada y pies por lo alto, de erasmus asalmonetados, de auténticas carpas que son el campinplaya de los bares en un centro histórico que cuenta con las máximas catalogaciones patrimoniales. Tururú.

La Universidad no hizo pública aquella protesta. La carta de queja generó un expediente que se lo llevó el viento. En Sevilla todo se lo lleva el viento de matacanónigos. El gobierno cambió. Todo sigue igual. De los cucharas de Zoido veremos si no pasamos al pantuflerío de Espadas. San Fernando perdió la batalla en favor del tranvía, las bicis y un rosario de bares que han hecho buena la hilera de las casas que siempre decían que afeaban una zona que debía estar expedita entre los jardines del Alcázar y la Universidad. Entre col y col, velador. San Fernando ha mutado en la Antilla. Sevilla es una playa barata, una ciudad donde todo es susceptible de empeorar, un hotel de tres estrellas donde los clientes se conforman con el maltrato y su venganza consiste en mangar los jabones en lugar de protestar alto y claro. San Fernando era una calle preciosa hasta con aquellas casas, digna de la Vía Roma de Florencia. Ahora huele a cruasán y sólo le falta el negro con el expositor de gafas, pulseras y los elefantes de la suerte.

Veladores metidos en los palcos

Carlos Navarro Antolín | 29 de febrero de 2016 a las 6:21

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Todos los esfuerzos que haga Antonio Muñoz para frenar la marea de veladores, todos los observatorios que convoque cada miércoles, todos los diagnósticos que anuncie para peinar las calles y todos los calificativos contudentes que emplee para referirse a la cochambre de mesas, sillas y cachivaches que afean la ciudad, caerán en el saco roto de la frustración personal y el fracaso institucional si no saca a trabajar por las tardes a los señores inspectores de Urbanismo. Ellos son los que emiten las licencias y pueden sancionar su incumplimiento. Ellos tienen las competencias en vía pública. Los de Medio Ambiente tienen potestad en caso de ruidos. La Policía Local está para las urgencias. Pero el gran aparato coercitivo reside en la Gerencia. Zoido no logró que estos inspectores trabajaran más allá del horario de mañana.

El gran reto de Muñoz, además de defender las Diputaciones Provinciales a contramano de Ferraz, es negociar con los inspectores. Yahí puede topar con la indolencia de algunos responsables de un organismo autónomo maltratado por todas las corporaciones a la hora de recibir transferencias. Mientras, algunos meten los veladores hasta en los palcos… Pista, que va el artista.

Más vía crucis, por favor

Carlos Navarro Antolín | 16 de febrero de 2016 a las 18:13

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Pongan una Exposición Universal en el horizonte y verán cómo engorda el cochino de los presupuestos del Estado para la ciudad, por mucho que después las provincias hermanas nos recuerden al oído aquello que fuimos y que no volveremos a ser, que Sevilla sigue pagando aquellos fastos en las cuentas que se hacen en Madrid y en las de San Telmo. Pongamos una ley antitabaco en la ciudad del buen tiempo, sin invierno y sin gripe, que se multiplicarán los veladores como adosados del Aljarafe en tiempos de constructores sentados en las barreras de los toros antes de sentarse en el banquillo de los mangantes. Tanto nos hartamos de rendir culto al PGOU como la Biblia del urbanismo que las mesas y sillas han acabado multiplicándose como panes y peces. Pongamos alcaldes buscadores de consenso en vez de cumplidores de la ordenanza, que las normativas no se aplicarán por aquello de no crear agravios, por el complejo de no parecer autoritarios, por el culto a la equidistancia en todas las situaciones por mucho que haya incumplidores flagrantes y perjudicados evidentes. Pongamos vía crucis, muchos vía crucis, y se producirá el milagro de contemplar una calle desnuda, aseada, limpia, libre de las ataduras de camiones de carga y descarga, de eso que tan feamente se llama mobiliario de la hostelería. Estaba Juan Espadas frotando la lámpara a ver si sale el mago Cabrera y le ofrece tres deseos para pedirle que acabe con el tsunami de veladores, cuando llegó el vía crucis general de las hermandades y la Policía Local dejó Mateos Gago como usted siempre la había soñado. Esto es lo que Monteseirín, en el cursi lenguaje de los políticos, de todos y todas, hubiera llamado la Mateos Gago de las personas, la calle ganada para el peatón, el espacio habitable y otras gaitas verbales en el código de los que llaman soluciones habitacionales a los pisos pequeños, y batería de medidas implementables para la mejora de la regulación de la movilidad rodada al intento por conseguir que los semáforos funcionen como tienen que funcionar. Llega el vía crucis y en Mateos Gago sólo queda Alvarito Peregil pidiendo que no se corra por los pasillos de una taberna que es tan pequeña que el tonto de la política llamaría solución hostelera en vez de bar; sólo queda el egipcio que no hace mucho tiempo traía por la calle de la Amargura (dos pasos) a los vecinos, y sólo se ve el humo sacro que despide la Fresquita. Los días de vía crucis no hay más obstáculo en Mateos Gago que la zanahoria rallada que echan de guarnición en las tapas que ahora se llaman platos (¡Fuego!).

Tanto reunir la Mesa de la Movilidad para buscar soluciones y hacer el paripé del diálogo y la búsqueda del consenso cuando resulta que la solución la teníamos en casa: un vía crucis. Basta con un vía crucis de los de media entrada de público para que la calle se vea tan libre de obstáculos que parezcan los tiempos en que el arzobispo salía en carroza y no había más que la mitad de las cofradías que hay hoy. Por eso, cuantas más cofradías, mejor. Y hay que legalizar las cofradías piratas con urgencia. Que se ponga el señor vicario a trabajar, que hace tiempo que no lo vemos con eso de que está tapado por si lo hacen obispo auxiliar. Todas las hermandades a sacar vía crucis por el centro todo el año, incluidas las de la provincia. Saquemos tantos vía crucis que nos tomen por locos. Pongamos vía crucis, muchos vía crucis, para que Mateos Gago se parezca a una calle y no a las Urgencias del Macarena en hora punta.
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Sevilla, se alquila

Carlos Navarro Antolín | 24 de enero de 2016 a las 5:00

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La vieja dama reunió a la familia en el salón de suntuosidad ajada, dorados apagados y vitrinas con platería enlutada por el paso del tiempo. Hacía ya unos años que el marqués se llevó para siempre la llave de la despensa y que el albacea había procedido conforme a lo expresado por el causante y, también, en función de criterios avaros, que ya se sabe qué parte corresponde al que reparte. La vieja dama toma asiento en la silla isabelina, reposa los antebrazos en la caoba de la mesa con esmero para no arrugar el paño de encaje, pierde la mirada en el lienzo de un antepasado con monóculo y bigote de húsar, y comunica a la descendencia:

–Ahora mismo no hay para pagar el próximo recibo del IBI. Os recuerdo que son 18.000 euros. No hay otro remedio que tomar de una vez la decisión.

Yla vieja dama, que ausculta con precisión los tiempos y siempre ha vivido con los pies en el suelo y atenta a la actualidad, pide la venia para alquilar varias partes de la hacienda para bodas y otros actos sociales. El vestíbulo cubierto es muy amplio para los cócteles en días de lluvia, de pie caben fácilmente trescientas personas. En el apeadero pueden servirse los aperitivos de bienvenida en primavera y verano. Las caballerizas, bien arregladas, son idóneas para el gran comedor. Siempre habrá algún gracioso que refiera eso de yantar donde en otro tiempo se han alimentado las bestias, pero Sevilla es la ciudad de la guasa. La mayoría se pirra por estar junto al noble al mismo tiempo que se regodea en sus penurias. Yel almacén, con una pequeña reforma, sirve para las horas de barra libre.

Sevilla es Tara, quemada por la guerra de la crisis económica, con los cultivos arrasados y las cortinas hechas jirones. El alcalde es Scarlett O´Hara en lo alto de un velador:“A Dios no pongo por testigo porque no me deja rojo sevillano ni los chicos de Participa, pero juro que no volveré a pasar hambre”. Y Juan Espadas, dispuesto a todo para reactivar la economía local, pone las zonas nobles de la ciudad en alquiler para cócteles y banquetes. Así recaudará 900.000 euros, casi lo mismo que el millón anual por las licencias de los veladores. Con Espadas será posible dar una copa de empresa en la Puerta de Jerez, donde el catálogo municipal dice que el primer atractivo es la fuente de Híspalis, la que parece sacada de un tanatorio del Aljarafe construido en tiempos de pelotazos urbanísticos con edil de Urbanismo imputado. También se podrá presentar un modelo de coche de alta gama con pedazo de cena para diez mil comensales en la Plaza de España. ¿Prefiere presentar su nuevo perfume en los Jardines de Murillo y tener luego varias mesas altas para servir el Möet Chandon? En este caso lo recomendable es limpiar previamente las ratas allí empadronadas, las de cuatro patas quiero decir. Si lo prefiere, ese acto social que siempre había soñado puede tener su marco incomparable en la ciudad de los marcos incomparables: en los Baños de la Reina Mora, en la Plaza de América (“¡Yo lo vi primero!, dirá Mario Niebla del Toro con el turbante y sus invitados de postín) o en la Alameda de Hércules, la que Monteseirín alfombró de un amarillo más feo que un chino con fiebre, y Zoido directamente no supo qué hacer, entretenido en pensar si estaba bien sujeta la placa que conmemora que un día inauguró un bacalao en Argote de Molina. Literal: un bacalao.

Sevilla se alquila para fiestas como la hacienda de la familia noble venida a menos. Arrendamos los escenarios de la grandeza que un día habitó entre nosotros. El márketin es cruel como un niño y nos dice las verdades: somos un gran salón de celebraciones, los hosteleros de Europa. ¿No montamos un horror llamado Munarco por ser la ciudad de la Semana Santa por antonomasia? Pues vendamos Sevilla como un gran velador. Yel Ayuntamiento, como la familia que tiembla con sólo imaginarse en el BOP por no pagar el próximo IBI, ha hecho el catálogo de plazas y edificios aptos para festines. Pero, ay pena, penita, pena, se han olvidado de la Plaza de San Francisco como la joya de la tatarabuela que no se alquila. Orgullo se llama. Claro, la Plaza de San Francisco ya tiene arrendatario con jaimas y mesas altas desde hace años. Que cambien la letra de la leyenda sobre la ciudad. “Monteseirín me transformó, Zoido me cercó de veladores y mesas altas y Juan Espadas me alquiló pa banquetes y otras gracias”.

Gadafi en el Laredo

Carlos Navarro Antolín | 3 de enero de 2016 a las 5:00

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SI la calle era de Fraga, la Plaza de San Francisco es de Robles. Esta plaza es como el salón de su casa. Ríanse del Salón de Écija, que es como llaman los astigitanos a la zona cero de su vida urbana. La Plaza de San Francisco es el salón de Robles. Y en su salón hace uno lo que quiere: cambia los muebles, tira tabiques, levanta paneles, coloca estufas nuevas, pone y quita la alfombra, combina los distintos tipos de sillas. ¿O no? La arquitecta Lola Robador, que tan brillantemente contribuye a la restauración del Ayuntamiento, explicaba esta semana los valores del edificio, su historia, los detalles recuperados, su relación con el entorno. Y hubo varios oyentes que nos quedamos con las ganas de que diera detalles de la jaima de Robles, la que montó la otra noche en el antiguo Laredo, en la misma noche de Nochebuena, de una Nochebuena sin misa del gallo tras la cena pero cargada de gallitos. Si usted quería cenar en la Plaza de San Francisco a unas horas tan señañadas después de oír el mensaje del Rey en el Palacio Real, disponía de una jaima como la que Gadafi se hacía montar en La Boticaria, calentita, calentita, a mesa y mantel, con camareros y con la intimidad parcial asegurada, esa que permite ver sin ser visto.

¿No colocan los manteros de Tetuán y Velázquez un chivato en la esquina que avisa con un silbido de que llegan los señores de la Policía Nacional o los muchachos de la Policía Local? Pues Robles debe tener su silbador la mar de bien adiestrado, que avisa que ya se han ido los inspectores de Urbanismo a cenar el pavo trufado. Vamos, que llevan cenando y haciendo la vista gorda desde que Monteseirín era alcalde, pues Alfredo le aplicó a la perfección eso de al amigo todo, al enemigo nada y al indiferente la legislación vigente.

–¿Y Zoido no hizo nada, oiga?
–Era más de La Raza, aunque al final del mandato les mandó la carta de desahucio. ¡Al suelo, que vienen los nuestros!

Sevilla debe ser la única capital de España en que los inspectores de la vía pública no trabajan por las tardes ni los fines de semana.
–¿Me lo repite?

Cuando más ruido urbano se genera, del que pone de los nervios a los vecinos, es precisamente cuando no hay inspectores. Los turnos de descanso los carga el diablo. Se sortea un fin de semana en Rota entre quienes vean a un inspector de veladores pasar por el centro en hora punta, en prime time de turistas con los pies por lo alto en un asiento, pidiendo platos cargados de zanahorias ralladas con riachuelos de vinagre de Módena.

La ordenanza reguladora de las terrazas de veladores, aprobada con carácter definitivo en el Pleno de abril de 2013, cuando gobernaba la ciudad el gobierno planito del PP, establece bien claro:“En ningún tipo de instalación, ya sea enrollable a fachada o aislada de la misma, se podrá disponer de elementos verticales que puedan hacer de cortavientos en todo su perímetro”.

–Oiga, eso va por la jaima de Gadafi, que diga de Robles. Y de elementos verticales no sé, pero de elementos a secas le puedo hablar de unos pocos.

Uno se pone a buscar las disposiciones adicionales, cláusulas, excepciones o anotaciones marginales, y no termina de encontrar que Robles tenga privilegios, que los tiene, porque los tuvo con Monteseirín (cual tabernero del régimen), los tuvo con Zoido y se ve que los mantiene con Espadas. Y los 31 concejales de la corporación municipal pasando cada día por la plaza. Son todos miopes, todos.

Si Chávez es un pajarito que se aparece a Maduro, Gadafi cualquier día aparece en la jaima de Robles para recibir a Aznar, que ya se sabe el poco reparo que tuvo el ex presidente español en entrevistarse en aquel hotel alcalareño con un líder tan democrático y amigo de los consensos como el libio.

Lo más chic de la hostelería no son las placas que generan calor a bajo precio en lugar de las estufas que chupan butano, ni los cubos recogebasura de los veladores, ni que te presten con gentileza una manta para el frío como en Madrid, ni que el camarero anote la comanda en el ipad. Lo más chic es que el metre pregunte a los señores:“¿Comerán en la barra, en mesa interior o prefieren la jaima?”

No sabemos dónde está la cubierta de la final de la Davis, pero mira que si la jaima de Nochebuena fuera la de Gadafi… Y Lola Robador venga a explicar el plateresco y el renacentista, venga a dar detalles de los arcos y las decoraciones recuperados. Y ni pío de la jaima, que es el nuevo valor añadido en esta Nochebuena sin inspectores, sin Dios, y sin curas queriendo decir la misa a las doce de la noche. La Navidad de Espadas trae la jaima como nueva atracción, oiga, en todo un ejemplo de colaboración pública y privada. Qué calladito se lo tenía Antonio Muñoz, delegado de Hábitat Urbano y de Jaimas Consentidas, que en la nueva oferta de Sevilla en Navidad (tan laica, laiquísima, como Susana dijo que era roja, rojísima) se puede cenar en una jaima en plena Plaza de San Francisco en la noche más familiar para el orbe cristiano. Y en Nochevieja, por cierto, hubo reptición de la jugada.

Cuando media España pleiteaba con los cuñados, Robles colocaba otra pica en su plaza. La calle era de Fraga, menos la Plaza de San Francisco de Sevilla, que es de Robles. Tiene que estar su nombre puesto hasta en el Registro de la Propiedad. Unos alcaldes vienen y otros se van, Robles siempre está. Yo estoy por pedir mesa en la jaima estos días de Pascuas y esperar a ver si llega antes un inspector de Urbanismo o la cruz de guía de una cofradía pirata. Tanto quebrarse las autoridades municipales la cabeza para que el personal no se cuele en el tranvía, y resulta que les montan una jaima a los pies del Salón Colón, donde se sientan sus 31 señorías a tirarse pelotas de papel, y nadie dice ni mú. Estarían todos en misa. Del gallo.
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