El rey preocupado

Antonio Navarro Amuedo | 12 de abril de 2012 a las 9:23

Mohamed VI, el rey de Marruecos, debe de andar inquieto en estos momentos. No voy a detenerme aquí en recordar el poder omnímodo que concentra en su figura el monarca alauita. El rey es comandante de los creyentes (Emir al Muminin), es decir, máxima autoridad religiosa del país; a pesar de que en Marruecos hay un sistema parlamentario multipartidista, el monarca ejerce de facto los poderes ejecutivo y legislativo. Además, como han estudiado en el ensayo recientemente publicado Le roi prédateur  los periodistas franceses Éric Laurent y Cathérine Graciet, Mohamed VI está presente en todos los grandes negocios del país y se enriquece escandalosamente con ellos. Mohamed VI, sin embargo, es plenamente consciente de que la inmensa mayoría de los marroquíes, que nunca lo han cuestionado, son muy pobres. Pobres de solemnidad. El 15% vive con menos de dos dólares al día. Y en torno al 50% de la población es analfabeto. Y la gente, como ha demostrado lo que se ha dado en llamar la primavera árabe, tiene un límite.

La ola de revueltas de la indignación árabe tuvo sólo un eco leve en Marruecos por razones que no se expondrán ahora. Pero el cóctel explosivo de pobreza y analfabetismo, muy similar al que hizo explotar la cólera popular en Túnez y después en varios otros países del mundo árabe, y el malestar general están ahí, donde siempre. La crisis económica que azota la Unión Europea, principal socio comercial de Marruecos, se está dejando notar en las exportaciones marroquíes. El flujo de inversión extranjera también ha caído. Este año, además, la sequía se está cebando con la agricultura –un sector que representa algo menos del 20% del PIB de Marruecos y ocupa al 40% de la población–, que es absolutamente clave para el funcionamiento del país.

 

 

Europa –y muy especialmente Francia y España, principales socios de Marruecos– está enfrascada en sus graves problemas domésticos. No está para perder mucha fuerza ni para hacer dispendios precisamente. Es difícil determinar en qué medida las partidas de cooperación destinadas al Magreb van a reducirse. Pero no cabe mucha duda de que sufrirán mengua. Las cuentas de la paz social –en un país en el que los alimentos de primera necesidad y los hidrocarburos están subvencionados– podrían no salirle a Mohamed VI. Es un asunto del que no se habla en la prensa y opinión pública española en estos momentos, suficientemente preocupada con los recortes, las primas de riesgo y las amenazas de rescate por parte de la UE. Pero Europa y España de forma particular saben de lo importante que es tener un Marruecos estable y a un régimen relativamente contento a las puertas mismas de sus fronteras.

Todos estos factores ponen las cosas realmente difícil al gobierno que preside Abdelilá Benkirán, un islamista domesticado por el régimen –en su juventud llegó a implicarse en acciones violentas practicando la yihad y hoy es un padre de familia de aspecto bonachón–y vencedor con el PJD de las elecciones de noviembre de 2011. El gabinete real tiene por delante una coyuntura particularmente desfavorable que está agravando la situación de la ya malhadada de por sí población marroquí. El malestar aumentará. En el norte de Marruecos, donde no se andan con chiquitas, varias localidades registraron en el arranque del año fuertes enfrentamientos entre vecinos y fuerzas de seguridad porque no soportan más la miseria y la falta de oportunidades. Un estallido social serio puede estar al llegar. El rey le vio las orejas al lobo a comienzos del año pasado cuando observaba por la televisión lo que pasaba simultáneamente en Túnez, Libia, Egipto o Bahrein. Anunció a comienzos de marzo una nueva Constitución que le restaba atribuciones y adelantó las elecciones. Insuficiente. Y él no tiene oro negro con el que regar los amarillentos campos del Sus-Masa-Draa ni con que calmar los ánimos de sus indignados.

Punto y seguido

Antonio Navarro Amuedo | 12 de abril de 2012 a las 8:25

No acabo de encontrar en el cajón más cartas dedicadas al Magreb de aquellas escritas en cualquiera de los atardeceres veraniegos del estuario del Buregreg o en cualquiera de los vagones de algún tren camino de Fez o Marrakech seguramente agobiado por el calor y las enormes maletas que hallara por doquier. Voy a seguir buscándolas. Entretanto, esta bitácora continúa. A partir de ahora, las epístolas, pues, irán intercaladas con pensamientos a vuelapluma o reflexiones más extensas sobre la actualidad del Magreb y de Marruecos en especial. Marruecos está ahí cerca y muy lejos, cada vez más cerca y más lejos. Dicen que algo ha cambiado en Marruecos en los últimos meses. Otros dicen que todo sigue igual. Nadie sabe muy bien qué va a pasar en los próximos tiempos. Con el deseo de que sea algo bueno, grande o pequeño, iré dando cuenta de lo que dicen los titulares y lo que pasa en la escena pública de Marruecos en la medida de mis limitadas posibilidades. Y también de la intrahistoria que hacen los sufridos habitantes de esta bella tierra que el sol premia con luz poderosa. Y prometo, repito, copiar la primera carta que vuelva a encontrarme para sumarla a la pequeña colección que sigues teniendo aquí.

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Antonio Navarro Amuedo | 16 de diciembre de 2011 a las 19:22

Gracias por vuestras palabras. Se nota que el paso por Rabat nos dejó a todos huella

La ciudad y la sonrisa

Antonio Navarro Amuedo | 13 de diciembre de 2011 a las 8:20

 Foto: Miguel Roca

No me resisto a enviarte una carta más en esta lenta y larga despedida de la ciudad, que es a la vez un nuevo regreso para no marcharnos nunca de ella. La conoces de sobra y su nombre no figura en las grandes listas de urbes de moda por sus nuevos edificios de oficinas ni por diseño cutting edge, que me hace gracia esa palabra por cómo se utiliza allá arriba como adjetivo, ni tampoco por cosmopolitismo. Creo que esta ciudad de blancos y poderosa luz es rabiosamente anticosmopolita, como mi ciudad natal, que presume de haberlo sido en su día y se regodea en no siéndolo. Seguro que ser cosmopolita, y tener a gente muy distinta y dispar, y mutar de continuo y progresar son la aspiración máxima de las ciudades y acaso de las personas. No hay, probablemente, milagro humano mayor que esas ciudades de más de cinco o seis millones de personas llegadas de todas partes y que funcionan un día tras otro. Pero esta ciudad mía del Buregreg, con la torre Hassan como aplastada por la desidia, con su anarquía blanca y azul, es rabiosamente lenta y esencial. Por eso me gusta. Por eso nos gusta tanto.

De todas formas, ¿qué más da todo eso, a esta hora de grises, sentado en la plaza Pietri, después de saludar a mi limpiabotas favorito con dos besos, al sol que calienta en este mediodía de diciembre? ¿A quién le importa ahora mismo lo que dicen a esta hora en las ciudades de tenebrosas torres de cristal llenas de ordenadores con números y más números, gráficas y más gráficas? A mí, lo reconozco, ahora mismo, más bien poco. Pero voy a terminar de escribirte.

Dicen en los ordenadores que este fin de semana hay elecciones en la ciudad y en todo el país. No me gusta ponerme político en las cartas porque las estropeamos cuando hablamos de escaños y porcentajes de voto, de ideologías y de una terminología que es fea. Dicen que van a ganar los musulmanes, pero que son como los demás porque aquí manda el mismo. Mira, que otro día te escribo de esto, que hoy no tengo ganas además. Y, la verdad, que no noto yo nada distinto a otras veces paseando por l’Océan, que es una de las decadencias hermosas de la ciudad, oxidada como las rejas de las ventanas que miran al Atlántico omnipresente. Está ahí detrás, ahí mismo. Pero todo cualquiera diría que el pescado que encontramos en este pequeño restaurante ha llegado en paquetes congelados y troceado, como los que encuentras allá arriba, donde vivo ahora, en los supermercados. Y no, el mar bravío está a dos calles de aquí. Las familias disfrutan del día comiendo calamares fritos, gambas a la plancha, así como lo que en mi tierra de origen llaman acedías y pijotas. También de una especie de alioli con perejil que está riquísimo y que hace que te zampes un pan entero. También toman paia, que es una transliteración local de la paella, que aquí es un arroz bien tintado de azafrán y asfixiado de marisco que me supo a gloria, la verdad.

Supe al volver que me había ido para siempre y también que no me iré jamás de la ciudad. Me encontré con una ciudad de luz y de sonrisas, dos de los mejores capitales –me pondré acorde a las terminologías al uso– del país y de la urbe. La misma luz de siempre, capaz de inundarlo todo, el hoy, el mañana incierto, de la felicidad que sólo un día más con vida y cielo azul garantizan.

Volví a salir de la estación central para ver el mismo caos de taxis y tráfico. Encontré a las niñas casamenteras y las que ya no les importa tanto serlo en el escaparate de los cafés de moda que ha traído la nueva instalación del ferrocarril. Allí todos juegan al bluetooth y buscan el wifi para ligar. Sigue en la puerta de la gare el señor de los cleenex y las patatas fritas y las galletas del contrabando ceutí. Pasa varias veces un nuevo tranvía, metáfora demasiado obvia del progreso y la modernización etcétera etcétera como para ser tomada demasiado en serio. Va lleno. La catedral de Saint Pierre sigue tan blanca reluciente como siempre. Saludo al kiosquero de una tienda que no es otra que las baldosas sucias de la calle al que le compraba el TelQuel, al lado del banco Atijariwafa, como si hubiera sido ayer la última vez que nos vimos. Qué más da.

Mis compañeros de la ciudad, los que me conocen y me vigilaban, siguen en sus puestos. Me alegra y tranquiliza. Me agrada volver a pasar meses después por las mismas esquinas y ver los mismos rostros, tal vez surcados por una nueva arruga o poblados por alguna cana más, que, la verdad, el cerebro pule de una vez a otra. Me cruzo a Rachid, el hombre de la autoescuela, qué paciencia que tuvo con nosotros, con su niña en Londres labrándose un futuro inchallah y sus chanchullos con los extranjeros, a los que les pide botellas de Whisky de malta del aeropuerto para revender luego. Y con los sonrientes carniceros de la plaza, con sus filetes de pavo insípido y aceitunas poderosamente sabrosas. Cómo no, también, con los tres jóvenes beréberes autores del mejor zumo de naranja y aguacate que jamás probarás sobre la faz de la tierra. “El Sevilla y Kanouté este año mal, ¿no?”.

Todos me sonríen y me abrazan. Me preguntan por la familia y el trabajo, no sé cuánto de formulismo y cuánto de sinceridad en ello, qué más da, pero se esfuerzan en ser gratos, optimistas y cordiales. Están, como yo, felices porque todo siga más o menos igual a pesar del paso del tiempo. Celebran cruzando nuestros gestos la tranquilizante continuidad del mundo. Un día más. Un mundo que para Ahmed empieza y acaba en  reunir al cabo del día un puñado de dirhams limpiando con crema kiwi los zapatos de los trajeados empleados de la Caisse de Dépôt.

Pero la ciudad no es mi casa ya y tal vez nunca lo vuelva a ser. Como tampoco aquellos amores ingenuamente cautivos y orientalistas. Como los regresos en domingos plomizos y lentos desde la medina, ¿te acuerdas?, con bolsas pegajosas de sardinas, tomates, lechugas y aceitunas negras. A mí me sabían a gloria al llegar a casa, tostar algo de pan, ponerla entera apestando de pescado en la sartén y salir a la terraza a comer para recuperar fuerzas del paseo. Sé que me observan desde algún balcón de mi calle. Pero no tengo dudas de que lo hacen por mi bien pues alguien desde el primero, o desde el segundo, qué más da, me ha advertido ya del peligro de clavarme alguna espina del pescado que me estoy comiendo. Pasa y tómate una conmigo, le digo, que aún queda algo de luz en la ciudad.

Primavera

Antonio Navarro Amuedo | 8 de junio de 2011 a las 18:39

Foto: Miguel Roca

Encuentro con alegría en uno de los bolsillos de una maleta que ha sufrido mucho los vaivenes del camino una postal amarillenta que no puedo dejar de unir a este epistolario inconcluso sobre la otra orilla del Estrecho. Avanza el calendario –copio de las cuartillas que acabo de hallar entre tarjetas de visita, facturas de la Redal e incluso una figurilla de un camello que encuentro con una pata de madera partida– sin descanso hacia un próximo verano. Pasan las semanas implacablemente en un año que ha sido fundamentalmente primavera. El año despertó primavera en Túnez y en Argelia, con el desencanto de nuevas generaciones perdidas en la miseria y la tristeza. Siguió en Egipto y se propagó por Yemen, Arabia Saudita, Barhéin, Jordania, Siria. Y por Libia, con un tirano asesino que se resiste como gato panza arriba a dejar de sembrar la muerte y el dolor en su retirada. Fue el grito desesperado de millones de personas clamando por un horizonte mejor, una vida digna, el basta ya a la tiranía. El cansancio de ser la excepción permanente. Son nombres que desde esta orilla de la vida suenan próximos y lejanos, tras de horizontes polvorientos y de casas blancas apiñadas en la necesidad. Cayeron por el camino, para felicidad de sus pueblos y asombro del mundo, los dictadores terroríficos de Egipto, Mubarak, y de Túnez, Ben Alí, única referencia política para mucha gente en toda su vida en sus respectivos países.

¿Qué pasaba en Marruecos entonces? Francia y España, los observadores atentos de la realidad de Marruecos desde los despachos oficiales de París y Madrid, se preguntaban reiteradamente: ¿habrá contagio revolucionario en este Magreb árabe tan cercano a Europa? Tú también me lo preguntabas, como todo el mundo al teléfono o en los endiablados chats de Facebook o Skype, que son los verdaderos intercambios epistolares de nuestro tiempo. ¿Y allí, qué?

Allí pasaron muchas cosas. La mejor de todas, que la resignación omnipresente haya perdido un poco de sus bríos tradicionales. La mejor de las noticias. No pugnará, desde luego, con la cobertura informativa merecida por los baños de sangre de Libia. Ni con la caída jubilosa de los tiranos de Egipto y Túnez. Discreta persistencia la de los jóvenes del 20 de febrero que, semana tras semanas, han salido a la calle para romper tabúes y pedir democracia de verdad a los que mandan, que son los de siempre. Con su empeño, han tornado en habitual la protesta contra el autoritarismo y el abuso. Una primavera que comienza a consumarse en silencio. Primavera árabe la llamaron. El reto de estos valientes es no ceder y convertir el verano, el otoño, el futuro en primaveras hacia la democracia y la libertad.

Pero Marruecos, sin embargo, será siempre para nosotros un verano sin prisas. Un largo verano previo a la madurez obligatoria, una tregua de sosiego y tes a la menta, cacahuetes y anacardos envueltos en cartuchos hechos de cuartillas con apuntes de matemáticas y lengua francesa. Marruecos son las tardes soleadas de la medina, paseando sin relojes por las calles pegajosas y cargadas de humanidad que mira, toca, observa a cada paso. Camisetas del Barcelona, de la roja campeona del mundo, del Barça campeón de Europa otra vez, colgando de cada tenderete, que esto se actualiza a golpe de teclado, como las estanterías de móviles capaces de albergar los modelos más modernos de ipads o blackberries al lado de un señor que vende zapatos de segunda mano en un top manta. Días azules y sol de la infancia, luz de tarde de veranos infinitos de nuestras infancias recuperada en este paseo por el laberinto de callejas y tiendas de especias. Sí, las tardes de la medina, con la brisa y los mirlos marcando su presencia, el bulevar lleno de gente que pasea y toma pipas, eran un recuerdo vivo de nuestra niñez.

Marruecos será para nosotros siempre la humareda de carne picada asándose a la entrada de un pueblo cualquiera del camino en algún punto entre Tetuán y Kenitra, entre Oujda y Fez, entre Tan Tan y Esauira. Humareda que nos recibe en el autobús más cálido del mundo, al que se sube un chaval que vende onzas cortadas de sucedáneo de chocolate Maruja, cacahuetes y cigarillos rubios sueltos en una bandejita improvisada de cartón.

Marruecos será siempre los viajes sin planificación, improvisadas elecciones de destino en el último minuto en las explanada humana de las gares routières del país. Éxito seguro. Norte, sur, este y oeste eran en nuestras largas jornadas de verano puntos cardinales intercambiables. Al otro lado del viaje, un señor nos sacaría la maleta de la bodega del autobús para decirnos iala, iala. Una medina y un zumo de naranja recién exprimido nos aguardaban.

Marruecos será siempre las tardes infinitas en las playas de Salé, llenas de púberes que juegan al fútbol sin cesar, sin reparar en el hecho de que el ramadán aprieta y no podrán beber una gota de agua en público hasta que atardezca. De playas sin libertad para las chicas, que batallan con pantalones vaqueros empapados y pañuelos contra la censura y las miradas más molestas. Son nuestras tardes en las playas más lejanas del gentío, disfrutando de fruta recién comprada en algún recodo del camino, de largos paseos por la orilla y de una tertulia improvisada para acabar hablando del futuro, ese incómodo acompañante que aguardaba al otro lado del verano.

La luz

Antonio Navarro Amuedo | 27 de febrero de 2011 a las 12:36

Regreso al mismo punto donde paseamos este verano animados por el ramadán y el sol, que apretaban sin piedad. Desde esta frontera de montañas de cajas de zumo de naranja y detergente te escribo esta carta después de largas semanas de ausencia. Las distancias y este juego de cruzar orillas virtuales y reales tienen la culpa de que haya perdido en algún cajón el boli y las postales. Nada virtual es esta orilla, tan poco como las heridas en el cuello de esta señora que me cede el paso en el estrecho pasillo que dista entre la normalidad de las terrazas y las familias tomando el sol y lo imprevisible. Dicen que a este otro lado todo puede pasar. En esta orilla, a muchos kilómetros de aquí, un ejército de redes sociales pero, sobre todo, de indignación dicen que ha tumbado a varios dictadores. Aquí, de momento, no hay twitters ni facebooks con los que twitear o enviar por email la mercancía que sigue pasando del norte al sur sobre las espaldas castigadas de estos sufridores.

La luz de la bahía deslumbra sobre el azul del mar de este confín del poniente mediterráneo. Hasta aquí no llegan los ecos del Magreb oriental, los gritos desesperados de un pueblo que pide auxilio desesperado contra el tirano de las jaimas. La lentitud de la comunidad internacional a la hora de reaccionar ante la barbarie, tolerada en Libia durante décadas, es nuestra lentitud responsable. La señora de antes aligera el paso y me adelanta cargada de bolsas. Todo es normal en esta frontera que cruzamos en verano, cuando el sol apretaba casi tanto como esta mañana de puente en el otro lado de la vida. Implacable normalidad. Tristeza habitual. Llego a la explanada de los viejos grandes taxis y oigo pregonar los mismos nombres: Castillejo, Tetuán, Tánger. En la espera para subirme con seis compañeros de ruta desconocidos rumbo al interior, el chófer me dice en perfecto español que todo está tranquilo, como queriéndome reconfortar ante mi fin de semana de asueto. “Aquí la gente se ha quejado porque ha subido la luz, pero eso es todo. No pasa nada”. Me han dicho, sin embargo, que algo se está moviendo más adentro. Se me acaba el espacio en la postal. Subo al coche. Vamos a verlo.

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Trenes de cambio

Antonio Navarro Amuedo | 27 de enero de 2011 a las 2:30

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Túnez perfuma de jazmín el Magreb entero desde hace semanas. Hasta estos olivares grises y pueblos borrosos por la humareda de las carnes a la parrilla llegó el aroma del fin de una dictadura que se hacía de oro de forma impune ante la mirada atónita del pueblo. Hoy, la sociedad tunecina trata de abrir el tortuoso camino de una democracia que nadie les regalará. Justo es que ese país,  los ciudadanos del Magreb en su conjunto, todos, en fin, honremos siempre el sacrificio hecho por miles de personas que pusieron en riesgo su integridad física y su vida al cabo –¿cincuenta, cien víctimas mortales?– para comenzar a menoscabar la autocracia y la injusticia. Las protestas, más movidas por la desesperación y por el hartazgo ante la arbitrariedad y la losa de soportar regímenes programados para perpetuarse que por causas políticas demasiado lejanas, se esparcen por la región.

Desde la perspectiva occidental, que trata de encuadernar cuartillas que vuelan movidas por vientos dispares, que intenta en vano clasificar y etiquetar siglas y confederaciones, se observa cómo el Magreb, el Norte de África, el mundo árabo-musulmán, qué más da, se despereza. Por toda Argelia miles de personas salieron a la calle a gritar su enfado, a decir que ya se han cansado de la nada, del vacío de mañanas sin mañana. También en Marruecos, donde templados por las circunstancias, miles de jóvenes licenciados protestan por la falta de horizontes y de empleo mes tras mes ante edificios oficiales con lealtad patriótica. Desde hace dos días, en Egipto miles de personas salen a la calle para pedir el fin de la dinastía de los Mubarak, sin ganas ningunas de ver al segundo eslabón de la familia reinando en El Cairo.  Who’s next? Los nombres se suceden: Yemen, el Líbano, Mauritania… ¿Seguro? ¿Hay lógica en la enumeración? ¿Son frívolas las descargas de vídeos de Youtube sobre este contagio de revoluciones en el Oriente Medio, los twits desde el corazón de la protesta y los sms desde la puerta del Parlamento?

Viajo en un tren desde Rabat a Fez, en uno de esos que nos conocemos de memoria y que pueden alargar tres horas al infinito de calor, frío o todo lo contrario bien rodeado de humanidad en cada compartimento. Llega el chico del carrito de las cocacolas templadas y unos bocadillos de pollo que entran de escándalo en cualquier momento. Tiene problemas para continuar su tránsito por el pasillo porque una señora ha traído consigo tres bultos, uno de ellos la clásica bolsa de cuadros blancos y rojos que hemos visto tantas veces, además de otras dos maletas enormes azul marino. Yo también voy bien cargado. Nada más verme, los que serán compañeros de compartimento me hacen hueco y me ayudan a alzar mis maletas a la repisa dedicada al efecto. Como siempre. Saco una novela que compré en este lado del Estrecho cuando, con mis compatriotas, quemábamos tarjetas de crédito cargados de bolsas mucho más livianas que las de aquí. Me tiene desconcentrado tanto vaivén de un lado a otro de la frontera, del suelo firme a la tierra de esas revoluciones orientales que salen por la televisión.

La mayoría de la gente se ha bajado antes de Meknès. Me quedo solo en el compartimento con un simpático vendedor de zapatillas de baloncesto cuneras y made in China en la medina de Fez. Es licenciado en Geografía. Tiene 38 años y dos niñas pequeñas. Viaja cuatro veces en semana en aquel tren a Casablanca, en cuyo puerto adquiere la mercancía que después venderá en la vieja medina de la ciudad imperial. Lo de Túnez sale pronto en la conversación. No lo rehúye. “¿Algo así en Marruecos?”, se pregunta ante mi sugerencia. “Si la mitad de la gente aquí no sabe ni leer ni escribir, ¿cómo van a protestar? ¿Qué van a pedir?” La síntesis es lapidaria. No tengo nada más que contarle. “Pese a todo, me dice, Casablanca se mueve, hay más trabajo que antes”. Giramos la vista a la ventana y vemos un grupo de impasibles jóvenes que, sentados sobre las vías, observa al infinito la caída del sol ante el testigo mudo de los olivares plateados.

Aromas de jazmín y libertad

Antonio Navarro Amuedo | 25 de enero de 2011 a las 22:12

Notre-Dame de l’Atlas

Antonio Navarro Amuedo | 21 de enero de 2011 a las 3:33

Tibhirine es, como he podido ver cómodamente sentado en la butaca del cine, lejos del frío y la pobreza, como cualquiera de esos miles de lugares remotos que salpican las tonalidades pardas de la cordillera del Atlas. En sus casas colgadas en una ladera que en verano el sol castiga y en invierno cubre la nieve buscan refugio de la intemperie gentes que no distinguen el cielo del horizonte porque no han oído hablar de él. Un poco de pan, una cabra o un cordero que repartir entre varias familias y muchas patatas y cebollas para dar cuerpo al tajín. La vida es aquí idéntica a la de otras aldeas que hemos recorrido en la misma cadena de montañas grises y blancas del norte de África. Una adolescente del pueblo pregunta en la película a un viejo monje francés perteneciente a una pequeña Abadía cisterciense y que ejerce de médico de la aldea qué se siente cuando se está enamorado de verdad. “Que el corazón palpita más rápido. A mí me ha pasado varias veces”, responde el veterano monje. Es único maestro dispuesto a hablarle a la joven de aquel concepto inédito y extraño.

Los religiosos franceses de la Abadía de Aiguebelle fundaron 1938 en este rincón montañoso del norte argelino Notre-Dame de l’Atlas, que rodean huertas, mezquitas y gentes amables y sencillas.  No me cuesta nada creer, como describe la película, que la convivencia entre la pequeña comunidad católica y los vecinos de la localidad fuera armónica. Ante el miedo que comienzan a sentir los miembros de la congregación a un ataque de una milicia radical que empieza a acecharles, una señora del pueblo se pregunta con dolor qué será de ellos cuándo los monjes se marchen. Me resisto a redundar en maniqueísmos, a comparar la compasión y la bondad de aquel grupo de monjes cistercienses asesinados a manos de un comando de terroristas en plena guerra civil argelina, en el año 1996, con la  perversidad de los terroristas y de su ideología fundamentalista basada en el Islam –sería injusto decir que De dioses y hombres, que he visto esta noche, lo hace. Me resisto a marcar otra línea que la que separa la desesperación, el fanatismo y la violencia enraizada en una sociedad como la argelina de aquellos años y la inocencia de las víctimas, en este caso un grupo de monjes que decide compartir el miedo con sus vecinos de Tibhirine  y permanecer fiel a su misión hasta el final.

Me quedo con la última carta del diario que Christian, prior de la abadía, redacta ante la posibilidad de un ataque al monasterio como el que acaba produciéndose y con su defensa de la gente y de la paz, del común del ser humano que hemos visto en el Magreb, que es lo único que hemos contemplado una y otra vez en frías montañas, en incómodos y asfixiantes trenes, en remotos pueblos del sur. Notre-Dame de l’Atlas sigue hoy acogiendo una pequeña comunidad religiosa rodeada de huertos y olivos, no lejos del Mediterráneo azul, y de personas que no quieren otra cosa que seguir un día más con vida; luchar por lo suyo y los suyos. Como hacían las gentes que disfrutaban de la caída del sol en aquella tarde del último verano en los alrededores de Notre-Dame d’Afrique, en Argel, mientras una religiosa española nos contaba noticias cargadas de optimismo.

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Foto: Puy Ruiz de Alda

Un día en la medina (II)

Antonio Navarro Amuedo | 6 de enero de 2011 a las 3:19

Se me acabó el espacio en la otra postal y termino de contarte el paseo mañanero en esta otra con la estampa de la torre Hassan en el reverso.  Tratamos con estas líneas de hacer más nuestro este recorrido que un día fue algo intrascendente y que intentamos hoy de conservar antes de que estas calles se diluyan en nuestro recuerdo y se alejen de nuestro paso. La mayoría dice aquí que la crisis no se nota en Marruecos porque Marruecos está permanentemente en crisis. No sé si compran o no, o si lo hacen menos, pero la medina está concurrida en esta mañana de domingo. Hay que tomarle el pulso a la medina y evitarla en las horas punta, como ocurre los viernes por la tarde, cuando los chavales tienen libre y pasean para ver ropa o tomarse un zumo de naranja, porque no se puede dar un paso. Eso sí, jamás temí por mi cartera en las aglomeraciones. Nunca vi a nadie interesado en probar su destreza sacándola de mis bolsillos.

En Fez me dijeron una vez que si había humo es porque el fuego no andaría demasiado lejos para explicarme que si están ahí sería por algo y lo cierto es que me pregunto cómo pueden sobrevivir tantas tiendas ofreciendo lo mismo, ya se trate de tomates y calabacines o de gafas de sol y móviles. Una detrás de la otra, idénticos precios y solidaridad entre los comerciantes. Regreso por la zona techada de la calle principal de la medina antigua y encuentro, a lo largo de doscientos metros, tiendas de babuchas de colores.

Hay que coger una de ellas y doblarla varias veces para saber, por la rigidez y dureza, si el cuero de la suela es bueno o no. Las amarillas denotan el mayor grado de nobleza; después están las rojas, las rosas, las moradas, las negras. Todo es regateable, cómo no, aunque para facilitar la información a los turistas, que de vez en cuando toman estas calles, muchas de las tiendas de este pasaje sombrío de la medina colocan carteles con los precios de las zapatillas. Las babuchas marroquíes no me hacen mucha gracia –a ti ya sé que tampoco–, pero, algún día, metido en el papel, me he imaginado vistiendo unas amarillas y una chilaba de seda paseando por los pasillos de algún palacete real.

Junto con las babuchas amarillas, la chilaba blanca de seda constituye el uniforme de gala de Fez. Los fesíes, conocidos por sus dotes comerciantes, son la aristocracia espiritual de Marruecos. Vincularse a alguna familia oriunda de la capital espiritual marroquí confiere a la persona un valor añadido, un pedigrí incuestionable en el panorama nacional.

La tienda de Reda me pilla lejos, así que me pasaré otro día para ver cómo está. Reda, el comerciante de chilabas de todas las hechuras y colores, vivió más de veinte años en España de vendedor ambulante. No se les escapaba ninguna feria ni mercadillo. De Algeciras a Gerona vendiendo calzoncillos, calcetines y lencería en general.  Conoce de memoria los nombres de las pensiones que lo acogieron por toda la piel de toro. “¿Andaluz o andas con pilas?”, me suelta cada vez que me ve, además de otros refranes de mi tierra, mientras espera mi reacción de sorpesa. Presume de recibir en su pequeña tienda de una de las fondas de la medina, antigua posada para los vendedores de grano del campo que llegaban a esta ciudad y que se abre a través de la rue des Consules a mano izquierda, a embajadores y a ministros. “El viernes estuvo aquí el embajador español”… Y de conocer personalmente a Alfonso Guerra y a Felipe González. Y a Rubalcaba. Su español es ágil; su verbo, florido. Reda no ha ido nunca a la escuela, pero juega con el refranero castellano con soltura. Una conversación con Reda nos devuelve a una tertulia de bar de los años 90, con Filesa, los fondos reservados y los GAL como protagonistas, la actualidad de sus años de juventud de mercadillo por las carreteras de España.  Reda está orondo y luce una cabeza completamente calva. Siempre me cuenta, con su mirada divergente, que está mal del corazón pero sin saber con exactitu de su padecimiento. Reda está soltero y solo y camina desde Yakoub el Mansour hasta la medina cada día, como le dice su médico.

El humo de las parrillas que jalonan el camino me avisan de que se va haciendo tarde y de que tengo que resolver el almuerzo yendo al mercado central cuanto antes. A la izquierda, junto a la mezquita, apesta a cabeza de cordero a la plancha y a brochetas de vísceras. También hay puestos de pimientos asados, berenjenas rebozadas y huevos fritos. Estoy tentado a pedir un bocata con un poco de todo, por el que no pagaré ni el equivalente a un euro, pero continúo la marcha.

Me da rabia que, a estas alturas, me pare un señor hablándome en español para preguntarme qué busco. Llevo aquí lo suficiente para, digo yo, parecer más naturalizado y que ya no me dé la bienvenida a Marruecos, pero respondo, una a una, a sus cuestiones. Habla bien español, porque trabajó cuatro años en Alicante en un bar. Me ha visto mirando en la montaña de zapatos buscar unas pantuflas de mi talla. Me dice que le siga, que va a intentar encontrarme un 45. Me lleva en sentido contrario al que yo había tomado por la calle y me pregunta de dónde vengo en España, si hablo algo de marroquí, dónde trabajo, ya sabes de sobra, y me desea una buena estancia en el país.  Después de veinte minutos infructuosos de zapatería medinera en zapatería, me pide si puedo comprarle seis cigarrilos Fortuna para pagarle los servicios prestados. Nos despedimos hasta la próxima esperando, inchallah mediante, encontrar mi número.

Decido entonces acelerar el paso y avanzar como puedo esquivando sábanas con montañas de camisetas y de falsificaciones de pantalones y chándales de marca, así como de señores que yacen con piernas y brazos amputados sobre el suelo, hacia el mercado central. Son casi la una y me voy, antes que nada, a la pescadería, que ya es tarde, donde me van a dar la tabarra como nunca,  hemos recorrido esos puestos varias veces juntos, para colocarme un kilo de gambas, sepias, atún o sardinas.  Al final, el menos pesado, el que me susurra que su género es el mejor sin aspavientos, sin meterme una pescadilla casi por el ojo, es el que se lleva el gato al agua. Como casi siempre en la vida, que es como una medina.

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Foto: Miguel Roca

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