Los niños de Anfgou

Antonio Navarro Amuedo | 19 de mayo de 2010 a las 12:40

De todas las geografías de Marruecos, de la humedad agreste del Rif a las infinitas llanuras saharauis de polvo y soledad, de las atlánticas playas de Esauira a la miseria de la periferia casaui, de todas, la de las montañas del Atlas es la más rotundamente remota. Anfgou, techo a la intemperie del país a casi 3.000 metros de altura, en el Medio Atlas, cerca de Khenifra dicen los mapas que hay que creerse, un millar de habitantes, se gana un hueco en el común marroquí por representar una suerte de Hurdes en pleno páramo magrebí de pobreza y necesidad del uno al otro confín. Hace tres inviernos, Anfgoug registró la muerte de una treintena de personas, casi todos niños, por causas respiratorias; datos que alarmaron a la opinión pública nacional. Tras el revuelo, el monarca Mohamed VI se dignó a subir hasta estas cimas para mostrarse cercano a su gente, en un remake en pleno siglo XXI de la visita de Alfonso XIII a las citadas tierras cacereñas. Algunas cosas han cambiado aquí desde entonces, como el hecho de que la presencia del monarca exigiera la llegada de la señal de una de las operadoras de telefonía del país, que, por cierto, pocos disfrutan en estos páramos de alta montaña.

El resto de la expedición de periodistas con la que ascendí a estas cimas alpinas de construcciones de barro y caminos enfangados se enfrascaba en apuntes y preguntas a los vecinos de la aldea en busca de información con la que construir un relato de injusticias, corruptelas y mafias locales que explotan el único gran recurso natural de la zona: los bosques de cedros. No estaba muy puesto en la historia, debo decir, pero lo que vi al amanecer en una de las callejuelas embarradas de Anfgou acabó de inmediato con cualquier interés de mi parte por componer la historia de los árboles, las comunas y la explotación de la madera.

La idea fue de Puy, becaria del Gobierno vasco en la Embajada de España en Rabat, impotente ante el girigay y los vaivenes de una melé de niños que, al grito de “madame, madame” le quitaban a tirones los caramelos y las tabletas de chocolate que habíamos traído. Con dificultad y la ayuda de algún joven del pueblo logramos instaurar la disciplina y poner a los niños en fila para darles una onza de chocolate Maruja y un caramelo, procurando que todos tuvieran, que no repitieran si no era su turno. Las hermanas mayores de diez años de edad portaban sobre sus espaldas a los pequeñajos llenos de velas de mocos como madres precoces, perfectamente conscientes del rol forzoso que desempeñan cada jornada, para asegurarse de que los más desvalidos se llevaban efectivamente su porción del tesoro en forma de caramelos. Atentos a esos sonidos por los cuales respondíamos para espetárnoslos una y otra vez pidiéndonos a gritos stylos (bolígrafos) y un bombon, merci, los niños descalzos de Anfgou, los niños desharrapados del poblado sin agua corriente, sin televisiones, sin víveres frescos, sin tienda de ultamarinos, sin verduras ni frutas, el pueblo olvidado por antonomasia, sus sonrisas, sus miradas, su resignada y dolorosa franqueza, nos impresionaron profundamente.

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Gracias a la gentileza de uno de los vecinos, quizás el más consciente de la situación de las gentes de Anfgou, el menos precario de todos, el único capaz de hablar en árabe marroquí para los periodistas en estas tierras rebeldemente bereberes, los miembros de la expedición habíamos pasado la noche en un salón en torno a un brasero, petrechados de gruesas mantas y disfrutado de un tajín de más patatas que cordero. Allí estaban la valiente Beatriz Mesa, corresponsal de la COPE y El Periódico en África del norte; Jacopo, un doctorando italiano que hace sus pinitos como fotógrafo; Aziz El-Yaakoubi, redactor del recientemente desaparecido semanario de actualidad Le Journal Hebdomadaire, y la citada Puy Ruiz de Alda, promotora de algo más que un viaje de regreso a estas cumbres cargados de caramelos y guantes para tantos niños de infancia irrecuperable.

Todo este paisaje geográfico y humano se levanta impresionante sólo unos centenares de kilómetros al sur de la frontera, de los límites geográficos entre las tierras de los niños nintendos de pulgares endiablados y las de los niños de manos curtidas por el frío, la nieve y la mayor de las intemperies.

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  • Luis

    Me alegro de que estas “Cartas magrebíes” sean una nueva ventana para conocer Marruecos desde tu excepcional (y cada vez más curtida) mirada.

  • Ángel

    Genial entrada, Antonio. Buen comienzo. Te seguiremos con atención.

  • Beatriz

    Ole, Ole, Ole…Una nueva pluma andaluza se suma al mundo blogger. Pero, qué pluma!Sólo una observación ¿olvidaste contar el histórico momento de las tenazas que supuestamente deberían haber remplazado el palillo de dientes para extraer ese pequeño trozo de carne incrustado en la boca de tu colega,no?Nunca lo olvidaré. Felicidades y gracias por explicar con salero andalú los diferentes rostros de este fantástico país tan desconocido para los vecinos europeos.