Medinas

Antonio Navarro Amuedo | 21 de junio de 2010 a las 15:39

Las medinas -voz que significa ciudad en árabe- son el centro neurálgico de las poblaciones marroquíes. Albergan en sus calles, generalmente tortuosas y laberínticas, los oficios y comercios tradicionales. Un baño de marroquinidad es hacer una inmersión en la antigua medina de Fez o de Marrakech. Quien quiera llevarse, por muy poco diestro que uno sea con los aparatitos fotográficos, un ramillete de instantáneas para enseñar a los amigos de vuelta a casa, que pasee por las callejuelas de alguna de las medinas magrebíes. La de Tetuán es robusta, la adornan geranios, faroles, azulejos y cal y presume de llamarse andaluza; la de Xauen, coqueta, gusta por su elegancia añil en las calizas laderas rifeñas; la de Rabat resulta cómoda y operativa; la de Casablanca, como la urbe atlántica toda, es caótica; la de Marrakech es víctima del turismo, ese gran invento, que hace que por boca de los vendedores de babuchas se pronuncien palabras no sólo en inglés o español, sino también reclamos en holandés, alemán o ruso.

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Asaltan en las medinas los olores, poderosísimos, de las especias, el pescado al que el sol ha calentado durante toda la jornada pese a los bloques de hielo, los pollos que acaban de ser ajusticiados delante de los mismos ojos del cliente que los eligió, de los cueros y los curtidores de las piscinas de la medina de Fez, la más salvaje y auténtica de todo el territorio marroquí. La medina de Fez es inacabable, infinita. Yo llegué a pensar lo mismo del casco antiguo de Sevilla, antaño otra medina, de la que referencias como el Jueves y su mercado de la calle Feria, las murallas macarenas o voces como Alcaicería o la Alfalfa nos evocan un pasado que el visitante puede reconocer hoy, en pleno siglo XXI, paseando por la ciudad vieja de Fez, que está a tiro de piedra de Andalucía y es una arqueología viva de Al Andalus. Uno puede visitarla una, dos, tres, diez veces y no pisar dos veces por el mismo suelo pegajoso de pescado, carne y humanidad. El riesgo físico de ser aplastado contra algún muro de barro por un burro cargado de mercancías amenaza en cualquier esquina. Algún historiador con el que he comentado la impresión que me supuso la primera incursión por sus calles me ha llegado a confirmar el extremo: de Bagdad a Agadir, de Tánger a Islamabad, no existe en el mundo una antigua ciudad árabe tan bien conservada, petrificada en el tiempo, detenida sin concesión al tópico, como la vieja ciudad de Fez.

Existe el debate acerca de la supervivencia de los modos de vida de la medina. El exquisito viajero europeo en pantalón corto, guía Lonely Planet y billete de Ryanair en la mochila denuncia comiéndose un bocadillo de carne picada que el turismo está acabando con las medinas y que cada vez más los herreros, los plateros o los curtidores del cuero trabajan por y para los visitantes y no para el circuito comercial tradicional. El marroquí, que ha aguantado y aguanta miserias cada día de su vida entre aquellas calles insalubres de la medina de Fez o de cualquier otra, consideraciones como éstas ni se las plantea. Ni puede cuestionárselas.

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No se las plantea Jamal, el adolescente que me acompañó la última vez que me interné por la medina de Fez. Me nombra a Zapatero y la crisis, pero apuesto a que no conoce su rostro ni sabe muy bien lo que es ser presidente del Gobierno, ni puede imaginarse lo que ganan los políticos a este y al otro lado del Estrecho y lo lejos que está su vida de las de los inquilinos de los coches oficiales.  Jamal no va a la escuela; reconoce tener problemas con su familia por no contribuir a la supervivencia de la hacienda doméstica con un puñado de dirhams diarios.  Jamal se defiende en español y francés y trae de serie el árabe. Jamal me lleva con la lengua fuera y marcha cincuenta metros delante de mí; me lleva perfectamente controlado en mi torpeza a través de la bulla. Pero, sobre todo, controla la amenaza de la policía de paisano, que vigila que personas como Jamal no hagan de falso guía de la medina y provoquen la insatisfacción de los turistas. Viajeros que siguen a los cicerones oficiales de la vieja Fez, reyes consentidos de las comisiones y de las encerronas en los comercios de sus amigos. Jamal, aunque no tiene dinero para apuntarse a una escuela y sacarse el título ni nunca lo tendrá, sueña con ser guía oficial y conducir a las parejas de europeos por el caos urbano de la medina de Fez,  acaso la más salvaje y dura de cuantas existen en esta tierra.

  • Luisa

    Preciosa entrada, no se puede describir mejor. Enhorabuena.

  • ANR

    He ha encantado Antonio, me parece magnífica tu crónica de las medinas,muy real, certera. Enhorabuena.

  • Roberto Alcazar y Pedrin

    !!!Que le pregunten al camello,si le gustan las Medinas!!!!
    o que le pregunten al burro!!
    La verdad, es que al leer la Cronica,no he podido evitar,recordar muchas cosas de mi infancia que no estan tan lejos.
    La carniceria de Donato y aquel insoportable sonido de la sierra cuando cortaba los huesos de jamon para el puchero.
    O la pequeña tienda de Coloniales de Martin Martin siempre oscura y donde casi todo el genero olia a caduco.
    Recuerdo la lecheria con su mostrador atestado de paquetes de magdalenas,picos…
    No hace tanto tiempo, se compraba el aceite y el jabon a granel en una tiendecita que se llamaba, como no podia ser de otra forma “aceite y jabones”.
    En la merceria de conchita,se pagaba el genero poquito a poco y Paco el frutero, siempre trasteaba con la fruta de un cajon a otro.
    En la misma calle el Platero se dejaba los ojos bajo una tulipa,arreglando cadenitas y anillos.
    El zapatero con su siempre reluciente diente de oro,sonreia cada vez que alguien le encargaba cambiar unas tapas.
    Una epoca donde todos los niños, gastabamos rodilleras y coderas en nuestra ropa y esperabamos el invierno con impaciencia para que nos compraran el impermeable con su gorra y las botas de agua.
    Que te digo de “los gorilas” de PIBE.
    Recuerdo con cariño, la fabrica de hielo donde comprabamos las gaseosas y las barras de hielo para las neveras.
    Supongo, que en algo nos parecemos a ese pais que esta en la otra orilla des Estrecho.
    Bueno,Antonio, como podras imaginar……te sigo vigilando.

  • tello

    que buen viaje nos pegamosen Fez, antoñito y que lástima que nos lloviese tanto en aquella visita. un abrazo y seguiré leyendo tus crónicas