Últimas noticias de agosto

Antonio Navarro Amuedo | 1 de septiembre de 2010 a las 1:25

Siempre me reprochas las mismas dos cosas: que soy demasiado barroco en la escritura y que no te mande una carta con los recuerdos del viaje a Argelia, que, tienes razón, sabes que siempre te la doy cuando la tienes, cada vez quedan más lejanos. Agosto amanecía entonces con toda la ilusión de un mes de vacaciones, tórrido y ramadanesco, y se nos escapa ya con aires frescos de septiembre y la melancolía de días más cortos y ausencias más largas. Aunque es cierto también que más nítidas a la vez en la memoria quedan mis impresiones de Argel y alrededores y no será difícil contar las líneas maestras de lo visto, oído y también olido, que en estos países del Magreb, para lo bueno y para lo malo, es muy importante la experiencia olfativa en una descripción cabal de la cosa.

En fin, que agosto se nos ha escapado ya y yo te recupero las impresiones que viví en casa, cuando decidí disfrutar de uno de esos fines de semana que habrían hecho las delicias de don Antonio Machado, que admitía sin pudor preferir una Sevilla sin sevillanos, o, por lo menos, dicha osadía se le atribuye al genial poeta del Palacio de las Dueñas. El mismo aire caliente, las mismas avenidas desiertas, el mismo verde intenso de los árboles en plena festividad lumínica en la Palmera y el Parque de María Luisa y el mismo silencio de hormigón en El Polígono Norte, San Pablo o Los Remedios.

Regresé acompañado del jefe de los fotógrafos de Diario de Sevilla, Antonio Pizarro, que tuvo la misma paciencia que siempre conmigo, a un escenario que recorrí años atrás buscando las trazas de algo que intuía entonces lejano. Suyas son todas estas fotos y me adelanto a que me digas que era imposible que unas así de buenas llevaran mi firma porque no sé hacerlas. Era el primer viernes de Ramadán y allí estábamos dispuestos, Antonio y yo, a entrar en la mezquita del barrio del Cerezo, que recordarás que se hizo famoso por haber dado cobijo a los terroristas de ETA cuando uno de los asesinos acabó con la vida de Antonio Muñoz Cariñanos, médico militar que se encontraba trabajando en la calle Jesús del Gran Poder. Poco a poco, el barrio, cercano al hospital Macarena y al Parlamento de Andalucía, también a la muralla y a la Basílica, donde descansa la Esperanza, ha ido viendo instalarse a un buen número de inmigrantes foráneos, principalmente lationamericanos, magrebíes y subsaharianos. Una suerte de Lavapiés o Raval de Sevilla, salvando las distancias, que en este terreno la ciudad tiene mucho que aprender de las grandes urbes.

El ambiente en las calles era muy parecido al de otros barrios de la ciudad en las vísperas de un fin de semana, el que puede en la playa y el que no, disfrutando al fresco de la tarde; parejas de lationamericanos pelando la pava en los parquecitos y muchos niños, seguramente senegaleses, montados en los columpios aún calientes del sol. Fuimos a recoger testimonio de las celebraciones de Ramadán en el primero de los viernes del mes sagrado de los musulmanes.  Me descalcé, celebré la posibilidad de entrar en el modesto local de la mezquita y tomé asiento en las esterillas del suelo esperando harira y un vaso de leche fría. Nunca habría pensado que los montaditos y las cervecitas que me tomé después sufrirían la digestión tan armónicamente.

Además de la sopa de fideos y garbanzos reglamentaria en cada ruptura del ayuno, Hassan Idrissi, el imán de la mezquita, que reconozco que me asustó al principio con su chilaba inmaculada, su gesto serio y su barba rizada, como una especie de don Quijote  islámico paseando sus principios por los recodos de la barriada macarena, nos obsequió a Antonio y a mí con agua fresca, dátiles, café y pan con mantequilla. No nos puso ninguna pega para que les hiciéramos fotos en plena oración, todos mirando a la Meca, que es lo mismo que hacerlo hacia Carmona visto desde El Cerezo. A ver si aprenden aquí, en esta tierra magrebí que me acoge, que ya obliga a los periodistas a tener una autorización del Gobierno para grabar fuera de Rabat, la capital de Marruecos.

Después, noté sólo simpatía en cada uno de los marroquíes que se me acercaban, al verme con la libretita y la pinta total con la que les chapurreaba las cuatro palabras que me sé en el dialecto árabe del Magreb. Pugnaban por explicarme en qué constistía el ftour, que es la comida que estábamos celebrando, un poco tarde, eso sí, por mi culpa, ya lo sabes, ya quedaban sólo restos, y que sirve de final al ayuno de cada una de las jornadas del mes de Ramadán.

De Tetuán, de Tánger, de Alhucemas, de Nador, de Marraquech, un poco de todo, pero mucha gente del norte de las antenas parabólicas en español, todos los rencores históricos superados y todos los sueños puestos en los ferrys de ida a Algeciras. También vi mucha miseria, como la de un argelino, tengo su nombre y apellidos en la libretita negra, que me apenó bastante y con el que intenté en vano comunicarme diciéndole que Argel me había gustado mucho. Uno de los marroquíes que veía mi intento de conversación no hacía más que decirme que no tenía ni papeles ni trabajo y que lo ayudáramos a encontrarle uno mientras me señalaba la libreta.

Después de eso me despedí, nos pusimos los cascos, nos montamos en la moto y volvimos al centro, a la redacción. Tras cerrar los ordenadores, nos esperaba el olor de las cocinas y el ruido de los tenedores y las conversaciones y más tarde el ambiente festivo de las terrazas de verano, las faldas imposibles, el ron colándose entre los hielos y el personal luciendo bronceado y presumiendo de vacaciones. Fez me recibía al día siguiente con su tren imprevisible, desde donde vi a los niños que se refrescan en las acequias y a los adultos que aguardaban, un día más, a la caída del sol para beber el primer sorbo de agua y el primer dátil.

  • Luis M. Carrasco

    Maravilloso post. Qué placer encontrarse con la buena escritura. El periodismo como un ejercicio de observación: viajar de Sevilla a Marruecos gracias a la lectura.