Tánger, puerto y nostalgia

Antonio Navarro Amuedo | 14 de septiembre de 2010 a las 1:57

Nuestro paseo por Tánger tiene el espacio de una postal, más que de una carta. Pugnamos en vano por estirar las líneas dentro de la tiranía de una breve postal y, aun sabiéndolo, intentamos cuadrar una historia con sentido en el reverso de una medina colgada de una colina. Allí está Tánger, recortada en la ladera de los ingleses, según me contaron en la iglesia de San Andrés, no sabes cuánto me gustó el romántico cementerio victoriano, en la ciudad de los setenta mil españoles, nos aseguró el padre Seijas, que ha visto casi todo desde su remanso franciscano. Poco queda ya de aquella ciudad internacional y nuestra visita por Tánger se alimentó de la melancolía de lo que ya no es ni somos.

Tánger tiene la tristeza de lo que ha pasado de universal a provinciano. Ése es un problema que la historia misma legó a una ciudad que se antoja legendaria en las páginas de Bowles, la urbe de los espías y los cafés, de la estrategia, la de los yanquis, los españoles, los franceses, los británicos. Y de los marroquíes, claro. Bien sabes que es un problema que acecha a regiones y a ciudades enteras, y en nuestro país la amenaza aguarda en cualquier esquina, detrás de autonomías y parlamentos animalistas. En Tánger encontré una medina modesta, los mismos snacks de fritangas y pescado, un puerto que es un gurigay de coches, miserias y esperanzas y una corniche, que es como en francés llaman al paseo marítimo, llena de bloques impresionantes, de cristaleras y muchas muchas plantas; primera fachada de un país que muestra a los ferries de Tarifa y Algeciras llenos de viajeros ávidos de exotismo que la cosa va mejorando a paso de gigante.

A mí, que llevo dos años por el Magreb ya no me llama tanto la atención, claro, pero entiendo la reacción de los mochileros amantes del Rif y las familias que se embarcan en el barquito de Algeciras y llegan al puerto de Tánger y que, a un pasito, aún mareadillos del vaivén del mismo, se meten de lleno en esa bofetada de olores, suelo pegajoso y puestos de frutas, verduras y babuchas de la antigua medina. Es el orientalismo según Edward Said a un pasito del Mercadona de Algeciras y de la Tarifa de los surferos yanquis.

Tánger es, en clave marroquí hoy, TangerMed, el mastodóntico puerto de contenedores que Su Majestad promueve en los alrededores de la ciudad para ser competencia de todo y todos en el Estrecho, y promociones inmobiliarias por doquier. Es la capital de un norte ahora mimado por la monarquía, la puerta orgullosa de un chantier, que es como llama a Marruecos la prensa francófona aquí, de un país que está patas arriba con tanta obra. De todas formas yo te digo que desconfío, porque detrás de esas rotondas de césped bien cuidado y de esos bloques inmensos he visto la misma pena y las mismas camisetas del Barça y del Madrid, el mismo humanísimo deseo de cruzar para mejorar los horizontes de la existencia.

Sin embargo, en este verano declinante, Tánger, como las veces que he venido a verla, lo sabes bien, es la nostalgia de la costa gaditana en el horizonte, que se convierte en la costa europea y del primer mundo en la vista de niños y menos niños. Tánger es ese muchacho que ve pasar la vida y las horas en la playa de la ciudad mirando al horizonte incierto de un ferry de ida. Tánger es paso. No creo que en Tánger uno pueda vivir ajeno al acariciar la posibilidad de embarcarse en un barquito al otro lado de la frontera. Tánger es la bandera inglesa con la cruz de San Jorge llena de mierda, la Catedral católica vacía, la plaza de toros convertida en nosequé, el cementerio judío pasto de los jaramagos, un pasado sin evocaciones físicas adonde agarrarnos. Tánger es una mirada de despedida. Entretanto, al ladito del puerto, nos subimos a unos cacharritos, que son los mismos de la feria en los que nos hemos montado tantas veces, a reírnos un rato de la implacable tristeza de la vida.

PTDC0089

  • señor x

    Los dos primeros párrafos están impecablemente redactados. Cuando leía ni me acordaba que Tánger no me había gustado… Felicidades una vez más!

  • Alfonso Fuentes

    Y en Tánger nació y murió Antonio Fuentes ( 1905 – 1995 ), miembro destacado de la Escuela de París e hijo de los propietarios del Hotel Fuentes, inaugurado en pleno Zoco Chico de Tánger en 1914, en la sede de la Embajada Austro-húngara.

    En http://www.antoniofuentes.org pueden encontrar obras y datos biográficos sobre el artista.