Argel

Antonio Navarro Amuedo | 18 de noviembre de 2010 a las 20:41

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Argel es como una mujer perfumadita de pino piñonero volviendo de la Tipaza de Camus, hacia Poniente. Argel es el recuerdo de aquel mirador del barrio de Hydra, que hacía en la noche de verano de su bahía un lugar elegante, un iluminado puerto mediterráneo. Así la recuerdo cuando me dispongo a dejar tinta azul sobre el sepia de una postal abandonada durante meses sin mayor explicación que el rechazo a hurgar en las nostalgias estivales. Es la lástima de haber aguardado tantas semanas; permanecen las luces y desaparecen los detalles desagradables de una ciudad que languidece víctima de la cerrazón de unos pocos y la ignorancia de la mayoría, que es lo que pasa en casi todas partes.

Prefiero acordarme ahora de Argel desde la tranquilidad de la explanada de la belleza bizantina de Nôtre-Dame d’Afrique, donde monjas españolas nos aseguraban que allí han convivido siempre todos sin mayor inconveniente. Prefiero acordarme de un suburbio de asfaltos pegajosos y confiterías olorosas llenas de abejas, recordando a un mismo mar común en aquel paseo.

No quiero acordarme de la miseria de su periferia ni de las ruinas de su kasba, que me decían que es Patrimonio Mundial de la Unesco pese a que nos apenara el hecho de encontrarla como un vertedero. Ni del interior ruinoso de sus nobles inmuebles coloniales, domicilio de manadas de cucarachas. Prefiero recordarla como una bella cautiva asomada al Mediterráneo en una tarde del mes de julio. Llegamos entonces dispuestos a olvidarnos del pasado de batallas y rencores y apurar los resquicios de una ciudad que, como todas las ciudades, estábamos convencidos de que nos reservaba toda la vida necesaria y aventuras, que son para el verano.

Prefiero acordarme de Argel como una ciudad triste, triste de la pena de haber sido el esplendor que las crónicas y los viejos nos cuentan. Hoy Argel es una sucesión de historias encerradas en el perímetro de una urbe que no puede escapar de la amenaza de bombas y pistolas y que es víctima de controles militares omnipresentes. Abandonar la capital argelina es someterse a la tiranía de las garitas policiales por carretera, de señores uniformados con chaquetas con las mangas largas o incluso con mangas muy cortas -lo que nos hizo soltar una buena carcajada- que demandan pasaportes portando metralletas. Mientras, como si nada, los pinos apestan a resina sobre los acantilados azules del Mediterráneo.

Hay, en efecto, en Argel la tristeza de un pueblo que sufre los rescoldos de un régimen de uniformes, otrora prosoviético y revolucionario, hoy empeñado en seguir afirmando una ideología que ya ha perecido pese a que aquí los dinares rebosen en las arcas del estado gracias a las ventas de gas y petróleo. En los museos nacionales asustan las granadas, las trincheras recreadas y la hostilidad anticolonial en documentales y vitrinas contra lo francés celebrada a lo bestia en monolitos vertiginosos. Mientras, la sociedad trata de escapar por los resquicios de un Islam que aprieta y de un aislamiento que asusta.

Rarísimo, misión casi imposible fue la de hallar en sus calles, de un barrio al otro, una franquicia de marcas occidentales, fábricas de metáforas en todo el planeta de la globalización. Argel no fue capaz de regalárnoslas, plagada de tiendecitas de zapatos, frutos secos y muebles todo sospechosamente al cien por cien nacional. La oficina de turismo argelina que encontramos en un paseo marítimo frente al puerto era una casa fantasma; milagroso fue dar en la kasba con el último artesano, el único capaz de hacernos creer que ante su taller se detienen a menudo grupos de jóvenes que deambulaban como el nuestro pertrechados de cámaras digitales y cargados de curiosidad. La expedición era recibida por Doñoro, el conquistador desaliñado, expedicionario vasco encallado en estos confines inhóspitos del Magreb o un último de Filipinas que ve pasar generación tras generación a becarios y viajeros ocasionales para abrumarlos con su conocimiento de la ciudad y el país. Una enciclopedia al servicio lo mismo de los mejores garitos de chorba frita, que de las oportunidades de negocio para las empresas españolas del sector agroindustrial y las renovables en suelo argelino.

Pese a todo, el odio contra los creadores del Argel colonial de manzanas de elegantes fachadas blancas y rejas azules añil se debilita cuando la vida nos obliga a mirar hacia el futuro. Hay que conectarse al mundo, aprender el francés de las empresas europeas que aterrizan no sin dificultades para hacer negocio en un país de infraestructuras oxidadas y tanto por hacer. El projecto panárabe duerme el sueño de los justos y la unidad magrebí hace lo propio víctima del conflicto irresoluble del Sáhara Occidental.

Hoy leo Argel en los periódicos marroquíes y en una y otra página web de las que estos días nos cansan asociada machaconamente a la hostilidad de un régimen expansionista contra la Monarquía alauí de este lado del Magreb. Me niego a tener que elegir para tomar partido y reparto las simpatías entre Rabat y Argel, entre pueblos generosos que habitan a ambos lados de una frontera artificial; gente que dice labas?! cuando te la cruzas en la calle para preguntarte cómo estás. No reconozco a la ciudad blanca que aguardaba con su misterio de mujer cautiva entre las líneas de estos papeles amarillentos que repaso con la nostalgia de un verano que se nos escapó sin remedio.

  • Antonio de la Roda Abajo

    Bonita y poética descripción de Argel.Si señor, definitivamente me ha gustado.Otra vez enhorabuena, Antonio.

  • Let's do it

    Y reconoces a Marruecos entre las lineas de la Prensa Española o argelina?
    Un saludo

  • Yasmin

    Di que sí Antonio, los jyas están en Rabat y en Argel…

  • señor x

    Antonio, me ha encantado.