Hassan (I)

Antonio Navarro Amuedo | 22 de diciembre de 2010 a las 5:10

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La verdad es que sigo sin saber por qué el barrio, mi barrio, se llama Hassan. Al igual que desconozco por qué toma ese nombre la torre almohade que, colgada sobre el estuario del Buregreg, simboliza la ciudad de Rabat. Sus calles aparecen en los mapas bajo la expresión sobreimpresionada de los nuevos ministerios rabatíes, junto al Palacio Real de la capital marroquí. Por el norte, la Chellah, ese remanso pacífico de cigüeñas, naranjos y pasados mestizos entre venus decapitadas y minaretes almohades hoy pasto de jaramagos. Por el sur, la Place Pietri, con su mercado de flores, que asemejan coronas fúnebres más que cualquier otra cosa, su enorme espacio vacío en la parte central y la mastodóntica torre de la CDG. Por el este, la gran mezquita de Hassan y las murallas de uno de los palacios reales de Mohamed VI. Cuando llegué a la ciudad me aseguraban que me cruzaría al monarca haciendo footing por las calles del centro a menudo, pero lo cierto es que nunca le he visto el pelo al Rey. Y parece que este palacio no es uno de sus predilectos, aunque esta enorme parcela de tierra funciona como una ciudad autónoma. Eso sí que son ciudades autónomas y no Ceuta y Melilla.

Atraviesa y vertebra Hassan, o por lo menos este lado donde habito de Hassan, la avenida Lumumba, que toma nombre del líder anticolonialista congoleño y ex primer ministro de la antigua posesión belga.  Allí los coches pasan rápido y los autobuses, dejando su reguero de humos negros, más. Avenida que me he pegado algún susto morrocotudo al ver bajar en sentido contrario algún coche con espabilado e irresponsable al volante. Con todo, es el corazón del barrio. Allí está el guarro, o el sucio, según gusto, una de las múltiples epiceries o tiendecitas de ultramarinos que salpican el barrio, la ciudad y yo diría que el país entero. La diferencia entre esta tienda y las otras, lo que la hace distinta y merecedora del apelativo, es el estado general de la cosa. Difícil es encontrar uno de sus frigoríficos encendidos y las frutas y las verduras, que allí -salvo las cebollas y los tomates sólo a veces- tienen peor pinta que en otros lugares y descansan en sucios cajones en plena puerta. Hace tiempo, mucho tiempo, que no veo a Omar, el espabilado –como él solo– y amabilísimo dependiente; tan solo un adolescente que estudia, entre cliente y cliente, español e inglés debajo del mostrador. Cada vez que entraba aprovechaba para apuntarme pacientemente en una hojita de papel de estraza alguna nueva palabra de árabe marroquí, a la vez que para pedirme que le regalara una nueva en mi lengua. Y para poner en práctica, para sorpresa y admiración de los compañeros de negocio, como Mohammed, lo nuevo aprendido en inglés.  El guarro es el lugar perfecto para los desavíos, como decimos en mi tierra. Abierto hasta momentos  intempestivas, este pequeño comercio tiene lo indispensable: cuscús, macarrones, arroz, refrescos, yogures, conservas, aceitunas, chocolatinas –de muchos tipos–y productos de limpieza. Ahora bien, el pan es puro chicle, de lo peorcito de la zona.

Subiendo por Patrice Lumumba hacia la zona de los cuarteles encontramos una especie de plaza, la que forma la calle de Tánger. El Instituto Británico en un extremo; el bar de un bereber simpático que hace unos tajines de cordero con verduras auténticamente para chuparse los dedos –me encanta ver a los profesores ingleses comer allí y dejar aparte escrúpulos rebañando los tajines con el pan- y la carnicería. Nunca encontré en ésta una ternera magnífica, pero sí una amabilidad desbordante. Desde el carnicero brutus, como lo he llamado siempre para mis adentros, hasta el sonriente señor de la caja y el bigotillo. Como en la mayoría de los comercios de Marruecos, siempre hay un señor, el mismo –suele ser el dueño, pero no siempre–, que está en la caja y cumple exclusivamente la función recaudatoria.

Justo en la esquina de Lumumba y Tánger está Jamid, que hace furor, dicen ellas, por sus ojos verdes entre las jóvenes españolas del barrio. Otro bereber, de la región de Agadir, como tantos y tantos que emigraron a Rabat o Casablanca para ganarse la vida y que se dedican, en su mayoría, a regentar cafés, panaderías o tiendecitas como la de Jamid. Su fruta no es la mejor –a mí, cuando tengo tiempo, me gusta bajar al mercado de fruta y verdura de la medina–, pero la conversación en francés con él siempre nos gana, una vez más, para estar prestos a volver a su pequeña guarida. Cuando sale de los dos metros cuadrados donde pesa las frutas, reza, come y ve los partidos del Barça en una tele minúscula, Jamid engaña, porque es más pequeñito de lo que uno puede imaginarse a priori. Dos de sus hermanos trabajan con él. También corrió el rumor de que uno de los aparcacoches, un señor con bigote y mono azul poco hablador, la verdad, no sé si de suyo natural o porque no domina la lengua francesa –y eso ya es un fastidio para nosotros–, era su padre, para asombro y decepción del respetable. Cómo el gran Jamid, que no duda en preguntarnos nunca por nuestros predecesores españoles en el barrio y en enseñarnos los números en árabe marroquí con cada vuelta de la compra, podía permitir que su señor padre anduviese colocando calabacines en las bandejas de plástico negras antes de pesarlas en la báscula. Finalmente este extremo nunca fue confirmado.

Mañana te sigo contando lo que ocurre en los cafés, que son el auténtico pulsómetro de la vida del barrio, ¿vale?

  • Yasmin

    enhorabuena Antonio! leer esto ha sido como dar un paseo por las calles de Rabat…he olido los tagines y he visto la sonrisa del señor de la caja!

  • señor x

    Lo mismo me ha pasado a mí, porque Hassan también fue mi barrio. Espero la II parte con impaciencia.

  • Elena

    jajajja…. me encanta este recorrido por Hassan!!! como se nota que has vivido grandes momentos por allí!!!
    me encanta que confirmes toda la rumorología que se cuenta Antonio..que ya se sabe…q la gente se lo cree todo!!! jajaj. confienso qu el último párrafo me ha ganado!!!
    bestss helados desde Madrid!

  • Patricia

    Cuanta nostalgia…
    te digo una cosa…, para mi el señor del mono azul será siempre el padre de Jamid!