Un día en la medina (I)

Antonio Navarro Amuedo | 3 de enero de 2011 a las 3:15

Las jornadas de ocio en la medina, como el concepto de medineo, nacen también del contacto de los visitantes foráneos con las viejas zonas comerciales de las ciudades marroquíes. El comercio, en el sentido más amplio y tradicional que pueda imaginarse, sigue siendo la forma de vida de miles de habitantes de estas tierras. Las viejas reglas permanecen; las mercancías se renuevan. Las tiendas se actualizan y reflejan las nuevas marcas que imperan en Nueva York o Tokio, pero el espíritu de la medina sigue intacto. Converse, Armani, Nike, Zara, Ralph Laurent, Lacoste. El glamour del prêt à porter es vecino de las montañas de azafrán y dátiles. Lo importante, lo he advertido con el tiempo, es mover y hacer circular la mercancía. Reconozco no tener la paciencia de muchos de mis compatriotas, que bajan a la medina a aprovisionarse con bolsos de cuero, colgantes y babuchas para la próxima vuelta a España, sea por la inminencia de las fiestas navideñas y los Reyes o empujados por algún cumpleaños a la vuelta en el calendario.

A mí me encanta bajar al final de la mañana, después de haberme quedado pegado y bien pegado a las sábanas, y que los antojos me guíen por las calles de la medina. Voy bajando por el boulevard Mohamed V, arteria principal de la zona antigua del Rabat colonial, que conecta el Palacio Real y la antigua medina. Esquivo los raíles del futuro tranvía, los centenares de viandantes que abren boca al sol por los soportales del hotel Balima, los puestos de cacahuetes y los de periódicos. En los alrededores del Parlamento y de la rotonda de Correos -Poste Maroc-,  la Banque Centrale Al-Maghrib y Maroc Telecom contemplo la locura de coches que giran siguiendo las reglas insólitas de la conducción marroquí. Por cierto, Marruecos me regaló la oportunidad de tener su permiso de conducir, pero no el misterio inescrutable de conocer las normas internas de esta fabulosa orquesta del caos.

Y sobre las aceras, observo a decenas de señores que observan las portadas de los diarios del día. En la mayoría de ellos está el Rey Mohamed VI, al que la prensa local atribuye el liderazgo en los grandes cambios que afronta el país. En no pocas de las portadas hay alguna referencia a los políticos españoles. El Rey Juan Carlos y Zapatero son los favoritos… la culpa, de un tiempo a esta parte, de los males de Marruecos parece haber venido toda del otro lado del Estrecho. Los semanarios marroquíes acusan a nuestras autoridades de alinearse con el Frente Polisario, con Argelia, que son los enemigos declarados. Más de una vez, al ver tanta hostilidad hacia nuestro país, no he podido evitar mirar de reojo al resto de lectores que contemplaba las portadas a mi derecha e izquierda, temeroso de algún comentario en concordancia. Pero nunca he notado la más mínima hostilidad hacia mí de aquellos señores que inclinan sus cabezas hacia las baldosas del paseo para, a falta de Blackberries y otros cacharros innecesarios, informarse mientras apuran cigarrillos.

Decido pasar del pan de aceituna –a ti te gusta mucho- de la confitería La Comédie y cruzar el paseo Hassan II, que es la intersección que corre paralela a la muralla de los andaluces, límite de la ciudad vieja y la nueva. No es muy temprano ya y decido reducir al mínimo el paseo por la medina. Al llegar a la entrada por el mercado central cojo a la derecha, por la calle principal que atraviesa la medina de este a oeste. Es mi calle favorita de la medina. El gentío es abrumador y el sol reflejado sobre las teteras deslumbra. Los gremios y las personas cambian según la zona y no es lo mismo esta calle, que hemos recorrido muchas veces, marcada por las ropas de corte informal y juvenil –reino de las falsificaciones– y los puestos de especias y perfumes, que, por ejemplo, la rue des Consules. Ésta, en cambio, forma parte del recorrido de los turistas de Rabat, cuyos autobuses aparcan en las inmediaciones de la kasba de los Udayas y descienden por la antigua arteria comercial, que antaño diera cobijo a las representaciones diplomáticas en la ciudad. Allí los cueros, tapices, alfombras y muebles animan a los paseantes españoles, franceses o británicos a echar un vistazo en el interior de las tiendas, sensiblemente más caras que aquellas que viven casi en exclusiva de una clientela local.

La zona central de la calle está tomada por montañas de ropa que los pregoneros se esfuerzan en vender desgañitándose. El aguador bereber, con su estrambótico traje rojo, su gorro y su jarrillo de lata ofrece el agua que conserva fresca en esa especie de cantimplora con forma de gaita. Pasando la tienda de especias y hierbas –espliego, tomillo, romero, laurel, alhucemas, lavanda, hierbabuena- en bolsas perfectamente preparadas, un ciego proclamando al cielo y a los cuatro vientos su desgracia me hace apartarme del camino. Impresionan sus ojos ulcerosos e inmóviles. El suelo está pegajoso. El centro de la calle lo ocupa ahora un puesto de animales. Tortugas, camaleones, pájaros enjaulados. Junto a la tienda de camisetas de equipos de fútbol –siempre me paro a preguntarle a Ibrahim si trajeron la nueva del Sevilla y  hallo, para mi desgracia, la misma respuesta– cuelga la cabeza de un cordero sobre un pequeño mostrador. Los trozos de carne de vaca a la intemperie empiezan a despertarme el apetito y acelero el paso.

Voy a terminar la calle y a saludar a Yussef, el amable vendedor de bolsos de cuero, antes de dar media vuelta y poner rumbo al mercado central. Hoy me apetece un pescado, pero voy a comprar también verdura para hacer una buena ensalada y un salmorejo, que aquí sabe muy rico, como has comprobado. Córdoba no queda muy lejos en esta medina del Magreb. Ni tampoco el mercado central si no fuera por la cantidad de gente que encuentro a mi paso y que todavía tengo que esquivar. Me compraré unas pipas para el camino.

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  • señor x

    Me encanta como describes las situaciones más cotidianas, deberías animarte a escribir un relato más largo. La próxima vez coge unos ancardos para el camino, los de Marruecos son los mejores.

  • ruiz

    genial el blog! a ver cuando nos damos un paseo por la medina de Rabat otra vez antonio! totalmente de acuerdo con señor x.

  • Antonio Navarro Amuedo

    Vaya casualidad, Señor x, se me ha adelantado usted, ya que el siguiente post iba a titularse, precisamente, “Anarcardos”. Tomo nota para el próximo camino. Los anacardos los suelo tomar, acompañado, en casa.