Un día en la medina (II)

Antonio Navarro Amuedo | 6 de enero de 2011 a las 3:19

Se me acabó el espacio en la otra postal y termino de contarte el paseo mañanero en esta otra con la estampa de la torre Hassan en el reverso.  Tratamos con estas líneas de hacer más nuestro este recorrido que un día fue algo intrascendente y que intentamos hoy de conservar antes de que estas calles se diluyan en nuestro recuerdo y se alejen de nuestro paso. La mayoría dice aquí que la crisis no se nota en Marruecos porque Marruecos está permanentemente en crisis. No sé si compran o no, o si lo hacen menos, pero la medina está concurrida en esta mañana de domingo. Hay que tomarle el pulso a la medina y evitarla en las horas punta, como ocurre los viernes por la tarde, cuando los chavales tienen libre y pasean para ver ropa o tomarse un zumo de naranja, porque no se puede dar un paso. Eso sí, jamás temí por mi cartera en las aglomeraciones. Nunca vi a nadie interesado en probar su destreza sacándola de mis bolsillos.

En Fez me dijeron una vez que si había humo es porque el fuego no andaría demasiado lejos para explicarme que si están ahí sería por algo y lo cierto es que me pregunto cómo pueden sobrevivir tantas tiendas ofreciendo lo mismo, ya se trate de tomates y calabacines o de gafas de sol y móviles. Una detrás de la otra, idénticos precios y solidaridad entre los comerciantes. Regreso por la zona techada de la calle principal de la medina antigua y encuentro, a lo largo de doscientos metros, tiendas de babuchas de colores.

Hay que coger una de ellas y doblarla varias veces para saber, por la rigidez y dureza, si el cuero de la suela es bueno o no. Las amarillas denotan el mayor grado de nobleza; después están las rojas, las rosas, las moradas, las negras. Todo es regateable, cómo no, aunque para facilitar la información a los turistas, que de vez en cuando toman estas calles, muchas de las tiendas de este pasaje sombrío de la medina colocan carteles con los precios de las zapatillas. Las babuchas marroquíes no me hacen mucha gracia –a ti ya sé que tampoco–, pero, algún día, metido en el papel, me he imaginado vistiendo unas amarillas y una chilaba de seda paseando por los pasillos de algún palacete real.

Junto con las babuchas amarillas, la chilaba blanca de seda constituye el uniforme de gala de Fez. Los fesíes, conocidos por sus dotes comerciantes, son la aristocracia espiritual de Marruecos. Vincularse a alguna familia oriunda de la capital espiritual marroquí confiere a la persona un valor añadido, un pedigrí incuestionable en el panorama nacional.

La tienda de Reda me pilla lejos, así que me pasaré otro día para ver cómo está. Reda, el comerciante de chilabas de todas las hechuras y colores, vivió más de veinte años en España de vendedor ambulante. No se les escapaba ninguna feria ni mercadillo. De Algeciras a Gerona vendiendo calzoncillos, calcetines y lencería en general.  Conoce de memoria los nombres de las pensiones que lo acogieron por toda la piel de toro. “¿Andaluz o andas con pilas?”, me suelta cada vez que me ve, además de otros refranes de mi tierra, mientras espera mi reacción de sorpesa. Presume de recibir en su pequeña tienda de una de las fondas de la medina, antigua posada para los vendedores de grano del campo que llegaban a esta ciudad y que se abre a través de la rue des Consules a mano izquierda, a embajadores y a ministros. “El viernes estuvo aquí el embajador español”… Y de conocer personalmente a Alfonso Guerra y a Felipe González. Y a Rubalcaba. Su español es ágil; su verbo, florido. Reda no ha ido nunca a la escuela, pero juega con el refranero castellano con soltura. Una conversación con Reda nos devuelve a una tertulia de bar de los años 90, con Filesa, los fondos reservados y los GAL como protagonistas, la actualidad de sus años de juventud de mercadillo por las carreteras de España.  Reda está orondo y luce una cabeza completamente calva. Siempre me cuenta, con su mirada divergente, que está mal del corazón pero sin saber con exactitu de su padecimiento. Reda está soltero y solo y camina desde Yakoub el Mansour hasta la medina cada día, como le dice su médico.

El humo de las parrillas que jalonan el camino me avisan de que se va haciendo tarde y de que tengo que resolver el almuerzo yendo al mercado central cuanto antes. A la izquierda, junto a la mezquita, apesta a cabeza de cordero a la plancha y a brochetas de vísceras. También hay puestos de pimientos asados, berenjenas rebozadas y huevos fritos. Estoy tentado a pedir un bocata con un poco de todo, por el que no pagaré ni el equivalente a un euro, pero continúo la marcha.

Me da rabia que, a estas alturas, me pare un señor hablándome en español para preguntarme qué busco. Llevo aquí lo suficiente para, digo yo, parecer más naturalizado y que ya no me dé la bienvenida a Marruecos, pero respondo, una a una, a sus cuestiones. Habla bien español, porque trabajó cuatro años en Alicante en un bar. Me ha visto mirando en la montaña de zapatos buscar unas pantuflas de mi talla. Me dice que le siga, que va a intentar encontrarme un 45. Me lleva en sentido contrario al que yo había tomado por la calle y me pregunta de dónde vengo en España, si hablo algo de marroquí, dónde trabajo, ya sabes de sobra, y me desea una buena estancia en el país.  Después de veinte minutos infructuosos de zapatería medinera en zapatería, me pide si puedo comprarle seis cigarrilos Fortuna para pagarle los servicios prestados. Nos despedimos hasta la próxima esperando, inchallah mediante, encontrar mi número.

Decido entonces acelerar el paso y avanzar como puedo esquivando sábanas con montañas de camisetas y de falsificaciones de pantalones y chándales de marca, así como de señores que yacen con piernas y brazos amputados sobre el suelo, hacia el mercado central. Son casi la una y me voy, antes que nada, a la pescadería, que ya es tarde, donde me van a dar la tabarra como nunca,  hemos recorrido esos puestos varias veces juntos, para colocarme un kilo de gambas, sepias, atún o sardinas.  Al final, el menos pesado, el que me susurra que su género es el mejor sin aspavientos, sin meterme una pescadilla casi por el ojo, es el que se lleva el gato al agua. Como casi siempre en la vida, que es como una medina.

babuchasmedina

Foto: Miguel Roca

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  • felipe

    hola estoy enamorado de una chica de fesss ….. me a encantado escuxar tu relato estoy deseando ir a fess