Un día en la medina (I)

Antonio Navarro Amuedo | 3 de enero de 2011 a las 3:15

Las jornadas de ocio en la medina, como el concepto de medineo, nacen también del contacto de los visitantes foráneos con las viejas zonas comerciales de las ciudades marroquíes. El comercio, en el sentido más amplio y tradicional que pueda imaginarse, sigue siendo la forma de vida de miles de habitantes de estas tierras. Las viejas reglas permanecen; las mercancías se renuevan. Las tiendas se actualizan y reflejan las nuevas marcas que imperan en Nueva York o Tokio, pero el espíritu de la medina sigue intacto. Converse, Armani, Nike, Zara, Ralph Laurent, Lacoste. El glamour del prêt à porter es vecino de las montañas de azafrán y dátiles. Lo importante, lo he advertido con el tiempo, es mover y hacer circular la mercancía. Reconozco no tener la paciencia de muchos de mis compatriotas, que bajan a la medina a aprovisionarse con bolsos de cuero, colgantes y babuchas para la próxima vuelta a España, sea por la inminencia de las fiestas navideñas y los Reyes o empujados por algún cumpleaños a la vuelta en el calendario.

A mí me encanta bajar al final de la mañana, después de haberme quedado pegado y bien pegado a las sábanas, y que los antojos me guíen por las calles de la medina. Voy bajando por el boulevard Mohamed V, arteria principal de la zona antigua del Rabat colonial, que conecta el Palacio Real y la antigua medina. Esquivo los raíles del futuro tranvía, los centenares de viandantes que abren boca al sol por los soportales del hotel Balima, los puestos de cacahuetes y los de periódicos. En los alrededores del Parlamento y de la rotonda de Correos -Poste Maroc-,  la Banque Centrale Al-Maghrib y Maroc Telecom contemplo la locura de coches que giran siguiendo las reglas insólitas de la conducción marroquí. Por cierto, Marruecos me regaló la oportunidad de tener su permiso de conducir, pero no el misterio inescrutable de conocer las normas internas de esta fabulosa orquesta del caos.

Y sobre las aceras, observo a decenas de señores que observan las portadas de los diarios del día. En la mayoría de ellos está el Rey Mohamed VI, al que la prensa local atribuye el liderazgo en los grandes cambios que afronta el país. En no pocas de las portadas hay alguna referencia a los políticos españoles. El Rey Juan Carlos y Zapatero son los favoritos… la culpa, de un tiempo a esta parte, de los males de Marruecos parece haber venido toda del otro lado del Estrecho. Los semanarios marroquíes acusan a nuestras autoridades de alinearse con el Frente Polisario, con Argelia, que son los enemigos declarados. Más de una vez, al ver tanta hostilidad hacia nuestro país, no he podido evitar mirar de reojo al resto de lectores que contemplaba las portadas a mi derecha e izquierda, temeroso de algún comentario en concordancia. Pero nunca he notado la más mínima hostilidad hacia mí de aquellos señores que inclinan sus cabezas hacia las baldosas del paseo para, a falta de Blackberries y otros cacharros innecesarios, informarse mientras apuran cigarrillos.

Decido pasar del pan de aceituna –a ti te gusta mucho- de la confitería La Comédie y cruzar el paseo Hassan II, que es la intersección que corre paralela a la muralla de los andaluces, límite de la ciudad vieja y la nueva. No es muy temprano ya y decido reducir al mínimo el paseo por la medina. Al llegar a la entrada por el mercado central cojo a la derecha, por la calle principal que atraviesa la medina de este a oeste. Es mi calle favorita de la medina. El gentío es abrumador y el sol reflejado sobre las teteras deslumbra. Los gremios y las personas cambian según la zona y no es lo mismo esta calle, que hemos recorrido muchas veces, marcada por las ropas de corte informal y juvenil –reino de las falsificaciones– y los puestos de especias y perfumes, que, por ejemplo, la rue des Consules. Ésta, en cambio, forma parte del recorrido de los turistas de Rabat, cuyos autobuses aparcan en las inmediaciones de la kasba de los Udayas y descienden por la antigua arteria comercial, que antaño diera cobijo a las representaciones diplomáticas en la ciudad. Allí los cueros, tapices, alfombras y muebles animan a los paseantes españoles, franceses o británicos a echar un vistazo en el interior de las tiendas, sensiblemente más caras que aquellas que viven casi en exclusiva de una clientela local.

La zona central de la calle está tomada por montañas de ropa que los pregoneros se esfuerzan en vender desgañitándose. El aguador bereber, con su estrambótico traje rojo, su gorro y su jarrillo de lata ofrece el agua que conserva fresca en esa especie de cantimplora con forma de gaita. Pasando la tienda de especias y hierbas –espliego, tomillo, romero, laurel, alhucemas, lavanda, hierbabuena- en bolsas perfectamente preparadas, un ciego proclamando al cielo y a los cuatro vientos su desgracia me hace apartarme del camino. Impresionan sus ojos ulcerosos e inmóviles. El suelo está pegajoso. El centro de la calle lo ocupa ahora un puesto de animales. Tortugas, camaleones, pájaros enjaulados. Junto a la tienda de camisetas de equipos de fútbol –siempre me paro a preguntarle a Ibrahim si trajeron la nueva del Sevilla y  hallo, para mi desgracia, la misma respuesta– cuelga la cabeza de un cordero sobre un pequeño mostrador. Los trozos de carne de vaca a la intemperie empiezan a despertarme el apetito y acelero el paso.

Voy a terminar la calle y a saludar a Yussef, el amable vendedor de bolsos de cuero, antes de dar media vuelta y poner rumbo al mercado central. Hoy me apetece un pescado, pero voy a comprar también verdura para hacer una buena ensalada y un salmorejo, que aquí sabe muy rico, como has comprobado. Córdoba no queda muy lejos en esta medina del Magreb. Ni tampoco el mercado central si no fuera por la cantidad de gente que encuentro a mi paso y que todavía tengo que esquivar. Me compraré unas pipas para el camino.

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Hassan (II)

Antonio Navarro Amuedo | 27 de diciembre de 2010 a las 2:39

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Si Patrice Lumumba es la calle principal de este barrio de Hassan, el bar Amanda es la cafetería por antonomasia. Ningún otro evento, ningún equipo como el Barça logra el llenazo de cada domingo en el café que hace esquina entre Youssef Ibn Tachfine, mi calle, y Lumumba. Allí encontrarán al pequeño y pluriempleado Mubarak, el portero de mi bloque –sobre el que te mandé una carta hace unos meses–, haciendo horas extras, y a Rachid, el camarero sonriente de la pajarita. También hallarán en las tardes futboleras a Ibrahim, mi vecino, el que está casado con la norteamericana, un doctor Jekyll en potencia al caer el sol por sus cambios de personalidad nocturnos. El Amanda acoge a menudo también a Hassan, empleado de la CDG y quien presume de pasarse largas temporadas en Francia viendo a sus hijos y de hacer hincapié en que por eso no le veo el pelo. Hassan es muy amable y nos hicimos amigos a raíz de su intervención en una de mis piezas televisivas para hablar de los hábitos de los rabatíes ante la inminente llegada del tranvía, que hace pruebas y más pruebas por las calles de la capital. Cuando sale de la Oficina Comercial, donde vive, también Ali, que vigila la entrada y salida del personal en el chalé donde España tiene su representación comercial, decide a veces verse los partidos del Barcelona o del Madrid en el café principal del barrio.

Como en todos los cafés de Marruecos, la gente atempera los sobresaltos futboleros con té a la menta, cafés, zumos o refrescos. Sin necesidad de alcohol, el griterío cuando el Barça o el Madrid, que son aquí los dos únicos equipos que cuentan, ya lo sabes de sobra, se acercan a puerta o marcan un gol es ensordecedor. Durante el último Barça-Madrid, en el que los primeros endosaron un 5 a 0 a los segundos, mi vecino Ibrahim se puso en pie y comenzó a dar un discurso dirigiéndose a los presentes en el que pedía a nosequién que Casillas se fuese del Madrid para evitar humillaciones semejantes en el futuro.

En el Amanda para cada tarde y noche -hasta bien entrada la madrugada en verano- un grupo de hombres indispensables en el barrio. No los conozco por su nombre, ni siquiera sé qué hace cada cual, ni he tenido acceso al contenido de ninguna de sus conversaciones, pero allí están ellos, desde el enorme y rebosante pálido señor del bigote, pasando por el trajeado jubilado de los puros, hasta el pequeño estanquero, todos comentan la vida, mientras apuran cigarrillos y juegan al dominó o las cartas. Allí están, día tras día, observando los movimientos del vecindario desde su rincón estratégico. No cabe duda de que son respetados. El grupo de hombres del barrio cede la esquina en las mañanas y los mediodías a los funcionarios de los ministerios cercanos, empleados de la televisión marroquí o pasajeros ocasionales, que disfrutan alegremente del sol en aquellas sillas de mimbre y sus estupendos zumos de naranja.

El barrio no deja de darte sorpresas y hace unos días uno de esos chavales que, en una rotación incesante –ejemplo de solidaridad de esta sociedad–, echan una mano en el guarro adivinaba que yo no era ni del Barça ni del Madrid, sino del Sevilla, y que se acordaba de mí soportando los nervios de ver un Madrid-Sevilla en el Bernabéu en el que me quedé solo celebrando los goles de mi equipo. No era una estampa muy habitual, desde luego, ésa de ver a un guiri apoyando a uno de esos 18 equipos que sirven de entrenamiento al Barça y al Madrid en un café tela de juya. No era el Amanda, sino otro que hay subiendo por la avenida de Patrice Lumumba , que prepara unos tajines de pollo y de carne de vaca –que no de ternera– más que aceptables mediodía. Eso sí, si llegas después de la una y media juegas con fuego: raramente queda algo que llevarse a la boca. Si eso te ocurre, siempre nos quedan los paninis o los shawarmas del Bon appetit. A mí nunca me volvieron loco sus hamburguesas, como tampoco los paninis o sus tajines. Su carta es breve, como ocurre en la mayoría de snacks de esta estirpe en la capital y aun en todo el país. Lo que más disfruté fueron los cuscuses de los viernes recibiendo a algún visitante o a una hornada de becarios españoles. Pese a la simpatía de sus camareros, de su sonriente cocinero, que se parece a Mario Bros, todos sufriendo por hacerse entender en francés con nosotros, reconozco haberme puesto en el Bonap muy nervioso al ver que, como casi siempre, da igual lo que uno pida para comer porque siempre acaban poniendo lo que les da la gana.

Los cafés animan la vida de Hassan. A medianoche, las sillas se apilan en su interior. Es la hora decente de la recogida. Apenas alguna de las épiceries resiste por encima de las doce; únicamente un café cercano, gracias a la silenciosa labor de aquel simpático señor mayor del gorrito, sigue dispensando por una diminuta ventana el mejor pan rond de Hassan, que cuecen en un horno que se abre detrás de la caja registradora. Llega entonces el momento de los clubs de Patrice Lumbumba, que comienzan su baile de chicas que se bajan de los pequeños taxis azules y de señores que salen dando tumbos de los prostíbulos del barrio. Pero eso te lo contaré otro día, ¿vale?

Hassan (I)

Antonio Navarro Amuedo | 22 de diciembre de 2010 a las 5:10

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La verdad es que sigo sin saber por qué el barrio, mi barrio, se llama Hassan. Al igual que desconozco por qué toma ese nombre la torre almohade que, colgada sobre el estuario del Buregreg, simboliza la ciudad de Rabat. Sus calles aparecen en los mapas bajo la expresión sobreimpresionada de los nuevos ministerios rabatíes, junto al Palacio Real de la capital marroquí. Por el norte, la Chellah, ese remanso pacífico de cigüeñas, naranjos y pasados mestizos entre venus decapitadas y minaretes almohades hoy pasto de jaramagos. Por el sur, la Place Pietri, con su mercado de flores, que asemejan coronas fúnebres más que cualquier otra cosa, su enorme espacio vacío en la parte central y la mastodóntica torre de la CDG. Por el este, la gran mezquita de Hassan y las murallas de uno de los palacios reales de Mohamed VI. Cuando llegué a la ciudad me aseguraban que me cruzaría al monarca haciendo footing por las calles del centro a menudo, pero lo cierto es que nunca le he visto el pelo al Rey. Y parece que este palacio no es uno de sus predilectos, aunque esta enorme parcela de tierra funciona como una ciudad autónoma. Eso sí que son ciudades autónomas y no Ceuta y Melilla.

Atraviesa y vertebra Hassan, o por lo menos este lado donde habito de Hassan, la avenida Lumumba, que toma nombre del líder anticolonialista congoleño y ex primer ministro de la antigua posesión belga.  Allí los coches pasan rápido y los autobuses, dejando su reguero de humos negros, más. Avenida que me he pegado algún susto morrocotudo al ver bajar en sentido contrario algún coche con espabilado e irresponsable al volante. Con todo, es el corazón del barrio. Allí está el guarro, o el sucio, según gusto, una de las múltiples epiceries o tiendecitas de ultramarinos que salpican el barrio, la ciudad y yo diría que el país entero. La diferencia entre esta tienda y las otras, lo que la hace distinta y merecedora del apelativo, es el estado general de la cosa. Difícil es encontrar uno de sus frigoríficos encendidos y las frutas y las verduras, que allí -salvo las cebollas y los tomates sólo a veces- tienen peor pinta que en otros lugares y descansan en sucios cajones en plena puerta. Hace tiempo, mucho tiempo, que no veo a Omar, el espabilado –como él solo– y amabilísimo dependiente; tan solo un adolescente que estudia, entre cliente y cliente, español e inglés debajo del mostrador. Cada vez que entraba aprovechaba para apuntarme pacientemente en una hojita de papel de estraza alguna nueva palabra de árabe marroquí, a la vez que para pedirme que le regalara una nueva en mi lengua. Y para poner en práctica, para sorpresa y admiración de los compañeros de negocio, como Mohammed, lo nuevo aprendido en inglés.  El guarro es el lugar perfecto para los desavíos, como decimos en mi tierra. Abierto hasta momentos  intempestivas, este pequeño comercio tiene lo indispensable: cuscús, macarrones, arroz, refrescos, yogures, conservas, aceitunas, chocolatinas –de muchos tipos–y productos de limpieza. Ahora bien, el pan es puro chicle, de lo peorcito de la zona.

Subiendo por Patrice Lumumba hacia la zona de los cuarteles encontramos una especie de plaza, la que forma la calle de Tánger. El Instituto Británico en un extremo; el bar de un bereber simpático que hace unos tajines de cordero con verduras auténticamente para chuparse los dedos –me encanta ver a los profesores ingleses comer allí y dejar aparte escrúpulos rebañando los tajines con el pan- y la carnicería. Nunca encontré en ésta una ternera magnífica, pero sí una amabilidad desbordante. Desde el carnicero brutus, como lo he llamado siempre para mis adentros, hasta el sonriente señor de la caja y el bigotillo. Como en la mayoría de los comercios de Marruecos, siempre hay un señor, el mismo –suele ser el dueño, pero no siempre–, que está en la caja y cumple exclusivamente la función recaudatoria.

Justo en la esquina de Lumumba y Tánger está Jamid, que hace furor, dicen ellas, por sus ojos verdes entre las jóvenes españolas del barrio. Otro bereber, de la región de Agadir, como tantos y tantos que emigraron a Rabat o Casablanca para ganarse la vida y que se dedican, en su mayoría, a regentar cafés, panaderías o tiendecitas como la de Jamid. Su fruta no es la mejor –a mí, cuando tengo tiempo, me gusta bajar al mercado de fruta y verdura de la medina–, pero la conversación en francés con él siempre nos gana, una vez más, para estar prestos a volver a su pequeña guarida. Cuando sale de los dos metros cuadrados donde pesa las frutas, reza, come y ve los partidos del Barça en una tele minúscula, Jamid engaña, porque es más pequeñito de lo que uno puede imaginarse a priori. Dos de sus hermanos trabajan con él. También corrió el rumor de que uno de los aparcacoches, un señor con bigote y mono azul poco hablador, la verdad, no sé si de suyo natural o porque no domina la lengua francesa –y eso ya es un fastidio para nosotros–, era su padre, para asombro y decepción del respetable. Cómo el gran Jamid, que no duda en preguntarnos nunca por nuestros predecesores españoles en el barrio y en enseñarnos los números en árabe marroquí con cada vuelta de la compra, podía permitir que su señor padre anduviese colocando calabacines en las bandejas de plástico negras antes de pesarlas en la báscula. Finalmente este extremo nunca fue confirmado.

Mañana te sigo contando lo que ocurre en los cafés, que son el auténtico pulsómetro de la vida del barrio, ¿vale?

L’eau limpide

Antonio Navarro Amuedo | 19 de diciembre de 2010 a las 14:30

Foto: Puy Ruiz de Alda

Foto: Puy Ruiz de Alda

Caminábamos de noche cerrada por la avenida Hassan II, nombre que sobrevuela cada esquina del país, herencia de sombras y tabúes sobre Marruecos. El fuerte vendaval formaba remolinos con los papeles y las basuras de toda una jornada. La medina era ya una oscuridad absoluta, sólo interrumpida por algún garito de bocadillos de carne picada o el último puestecillo abierto rematando la recogida. Allí estaba el grupo habitual de hombres que merodea la puerta de uno de los hostales de la avenida, diríamos sin miedo a equivocarnos que en plena faena de los chanchullos del día, aquellos que les permitirán llegar a casa y celebrar la supervivencia una vez más. Pasábamos por delante de ellos mi amigo Rachid, mi gran amigo Rachid, y yo cuando uno de ellos nos asalta. Reconozco que el frío y la prisa me hizo poner la peor de las caras; quería que su inquisición fuera rápida y aquel hombre que salía de la oscuridad de aquellos soportarles no nos diera mucho la vara.

Rachid se detuvo y comenzó a intercambiar aceleradamente frases con él en marroquí. De aquella conversación sólo alcancé a comprender unas siglas: OLAMPID (o algo así). Y la palabra français salpicando la verborrea en árabe. Interrumpí a Rachid en plena conversación y le dije en español que qué es lo que quería ese hombre. ¿Qué organismo público estaba buscando a esa hora? Veo que el hombre reduce la velocidad de sus palabras y comienza a hacer énfasis en L’Eau, agua, l’maa, en árabe. Bueno, me digo, éste quiere liarnos con la dirección general de aguas y regadíos para pedirnos algo y no sabe cómo hacerlo.

L’eau limpide. “Antonio, ¿sabes lo que quiere decir limpide en francés?”, me espeta Rachid. “¿Existe límpido en español?” ¡Vaya pregunta filológica, leches! ¿A qué venía eso? “Pues… límpido, yo creo que es eso, de ahí viene limpio, claro, trasparente, algo así, ¿no?”, respondí a mi fiel amigo. Rachid, el amante de las filologías por partida doble o triple, asentía y explicaba a aquel señor de unos cuarenta y tantos años, cubierto por un gorro roñoso y con dentadura castigada, lo que creíamos que significaría la expresión L’eau limpide en lengua francesa.

En cuanto nos marchamos le pregunté a Rachid que a qué venía esa pregunta lingüística en aquellas circunstancias y mi amigo me reveló el misterio. Aquel señor se había topado con aquella expresión en algún viejo libro de texto, seguro que encontrado en alguna montaña de papeles amarillentos de las entrañas de la medina, mientras enseñaba a su hijo, con todo su esfuerzo desnudo, los mecanismos más básicos de la lengua francesa. Simplemente leer, el legado de leer y escribir. Sin diccionarios, sin saber casi nada de aquella lengua de los privilegiados, aquel hombre, aparcacoches tal vez, si es que tuvo la fortuna de poder afirmar una profesión, era incapaz de explicar a su niño el significado de aquella rara expresión: l’eau limpide. Rachid fue lapidario: ésta es la metáfora del drama educativo de Marruecos, de la tragedia de Marruecos.

L’eau limpide. Metáforas. Pura poesía. Hoy, sigo en vano buscando con google l’eau limpide en aquel verso trágico dictado en plena noche marroquí.

Un asesor de comunicación

Antonio Navarro Amuedo | 7 de diciembre de 2010 a las 19:03

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Llegados a este punto, la verdad, creo que Marruecos lo que de verdad necesita es un asesor de imagen o, como se estila ahora, de comunicación. Ni un nuevo Gobierno, ni un plan de autonomía avanzado para el Sáhara Occidental ni avanzar en los planes de convergencia económica con la UE. En este mes han logrado superarse por días, por horas. Y mira que la panda de activistas saharauis, desde el tío de las películas de risa que viene desde Madrid a hacerse la foto en la jaima y a comerse un tajín hasta la parejita aquella que ha hecho más encuentros con la prensa que la que gana el Planeta cada año se lo ha puesto facilito. Pues nada. Ni por ésas.

Resulta que intentan contenerse y ser de lo más delicado posible en el desmantelamiento del campamento de las jaimas de El Aaiún y logran que la opinión pública española, con los medios de comunicación como avanzadilla, de un espectro a otro del arcoiris político, les coja el asco propio del que ha cometido una masacre humana, un genocidio. La últimas cifras que conocemos, si no estoy equivocado, dicen que han muerto más policías y gendarmes -11-  a órdenes de Su Majestad que civiles de la ciudad principal de la región del Sáhara Occidental, que parece que han sido tres. En fin, que se lo habían puesto a huevo: y a eso que salen los dos ministros de turno, el de Interior y el de Exteriores, y se sacan de la chistera el numerito de los DVD y los dossieres de prensa. Y a empezar a echar porquería a todo el que está alrededor: que si el Polisario es Al Qaeda en verdad, que si Argelia es la más mala de todos, que si el PP es amigo de los anteriores, etcétera.

Luego y principal, que con ésa llevan un mes: la persecución, llevada a extremos ridículos, hacia la prensa española. ¿No se dan ustedes cuenta de que  en Madrid están deseando que echen o saquen tarjeta amarilla a los periodistas españoles que andan por aquí para sacarlo en las portadas? Un poquito de finezza, que manca una jartá, como dicen por mi tierra. Pues nada. Todos los días con alguno. Hasta los que entran con sus mujeres para comprar bolsos y babuchas de fin de semana, a esos también los mandan para atrás. La MAP colgando comunicados de todo quisque contra los medios de comunicación españoles: da la impresión de que lo traduzco y mando en francés un texto de la asociación de cultivadores de zanahoria de Meknès y lo cuelgan à la une de la Agencia de Noticias pública marroquí.

¡¿Y habrá sido por falta de trabajo?! Ese Naciri, ese Fassi Fihri, ese Cherkaoui. No han parado: en Rabat, en Bruselas, en Madrid. Donde hubiera que estar. Lo mismo da un viernes a última hora, cuando en España sus señorías están ya caminito de sus provincias para pasar el fin de semana con su familia, aquí en Marruecos los diputados tienen la costumbre de reunirse en pleno para votar declaraciones evanescentes.

¡Y esos rebotes!… Uno de los gordos, contra el PP, por la declaración que escoció tela marinera a los políticos de aquí del Parlamento Europeo condenando la violencia del desmantelamiento de las protestas de El Aaiún. ¿Cómo demuestran el cabreo? Con una supermarcha contra Rajoy y los periodistas. El último les ha venido cuando el Parlamento español aprueba una moción que ni nombra a Marruecos en la que se insta al Gobierno de España a condenar la violencia que se produjo en El Aaiún y alrededores. Ahora ya contra toda España. Se dan por aludidos, se cabrean y ahora dicen que se replantean las relaciones con España. El último coletazo: marchas para liberar Ceuta y Melilla. Esfuerzos inútiles y vanos que dejarán de tener el efecto deseado para el régimen de lograr la cohesión interna para empezar a resquebrajar las voluntades inquebrantables en torno a los métodos, formas y objetivos.

¿Qué harían con un Wikileaks [por cierto, no veo el cabreo contra EEUU que tocaría después de que se supiera lo que se ha sabido que pensaba la Embajada yanqui en Rabat] a lo bestia contra Marruecos? Desgraciadamente, la hoja de servicios de Marruecos en los últimos años es bastante mejor de lo que ese viejo asesor de imagen, encabritado y desquiciado, se empeña a seguir mostrándonos al resto.

Paisajes para después de la tormenta

Antonio Navarro Amuedo | 3 de diciembre de 2010 a las 2:20

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Foto: Aujourd’hui Le Maroc

En realidad, la tormenta no ha cesado. Todo lo contrario. Hoy, el Parlamento marroquí tiene previsto pronunciarse sobre la moción presentada por Izquierda Unida con la condena a Marruecos -sin citarlo- por la violencia empleada en el desmantelamiento del campamento de protesta Gdeim Izik, a unos pocos kilómetros de El Aaiún. Después de declarar al PP como enemigo, llamarlo franquista, colonialista y nosecuantas cosas más y haber montado una manifestación en Casablanca contra esta formación que recuerda demasiado a las que se organizaban en la Plaza de Oriente, ahora a los diputados marroquíes no les quedará que extender sus palabras de condena a la formación postcomunista y a su socia ecosocialista. Anoche, el ministro de Comunicación, Jalid Naciri, dijo que Marruecos “reexaminará” sus relaciones con España. Llevan un mes declarándose enemigos por todas partes; algo falla, desde luego.

La inevitable distancia entre pueblos y gobiernos, inútil discutir si más lejanos que nunca estuvieron o lo contrario, se intensifica en países no democráticos. Los marroquíes poco tienen que ver con las bravuconadas de sus gobernantes y el lenguaje belicoso que emplean. Tampoco los españoles tienen que ver con la incompetencia de su Gobierno y el oportunismo de su oposición. En Marruecos, ya lo sabes, que para eso te has recorrido conmigo este país, hay miles de españoles que aman estas tierras, que tratan de ganarse la vida lo más dignamente posible. Son profesores, empresarios, funcionarios, periodistas. En una discoteca me decía un empresario navarro el otro día: “Somos una empresa de construcción, pero que queremos elevar el pabellón español y acabar con la mala prensa que han dejado otras empresas de nuestro país anteriormente”.

El malestar en el seno de la Embajada de España y el existente entre la comunidad española es evidente. Hay desconcierto sobre el futuro de las empresas e intereses de nuestro país en estas tierras: todo el mundo está convencido de que el colchón de intereses compartidos entre Marruecos y España predominará, pero el cortoplacismo es difícil de predecir en este país. En una política marcada por el sobresalto diario y la reacción espontánea como mayor estrategia todo es posible. Y los empresarios están preocupados, cómo no.

Por lo pronto, el marroquí no ha hecho aún suya la locura informativa que en nuestra época obliga a actualizarse casi al minuto, al ritmo que marcan los nuevos twitter que van llegando a nuestro ordenador o los renovados status del Facebook de los colegas. Aquí manda el tranquilo que llevo prisa. No esperes del marroquí ordinario que esté al tanto de la última declaración de algún ministro de su Gobierno. Cuando no conoce al ministro, lo conoce pero no lo cree, y no lo critica más abiertamente por miedo, el mismo que tenían nuestros abuelos cuando hablaban de política. El marroquí es generoso, amable y cercano, así son la mayoría de los que me cruzo cada día de casa al trabajo, en la Plaza Pietri y sus puestos de flores y carne, en la lechería, en la panadería donde preparan ese pan con aceitunas tan rico, en el quiosco donde tuestan tan bien los anacardos y las pipas. Y defienden la pertenencia del Sáhara Occidental como territorio marroquí con el ahínco de una pasión futbolística, convencidos de estar del lado de una razón que han oído en exclusiva durante todas sus vidas en todos los formatos posibles.

La desgracia de las decenas de muertos y desaparecidos a causa de las fuertes lluvias registradas en todo el país nos ofrece la imagen real de Marruecos más allá de las rabietas que provoca entre los dirigentes del país cada decisión parlamentaria en Europa, cada artículo más o menos amarillo, más o menos injusto (éste será otro tema), publicado  por los medios de aquel lado del Estrecho. La tragedia ha centrado por completo los esfuerzos de una prensa que ha descansado de la pelea contra el fantasma español por unos días. Lamentablemente,  la tregua  llega de la mano de la desgracia de las gentes más humildes de lugares como Larache o Casablanca, aquellos inocentes que han perdido sus bienes e incluso sus vidas y nada saben de soberanías, mociones y orgullos patrióticos de uno y otro uniforme.

Un sueño

Antonio Navarro Amuedo | 27 de noviembre de 2010 a las 23:55

En realidad estábamos allí para decirle al embajador que la situación que los periodistas españoles están viviendo en estos momentos es muy complicada y que, ya que éstos no tienen interlocución directa con los reyes y sus ministros, intente transmitirle a los que mandan que las cosas tienen que mejorar. Delante de nosotros, el nuevo embajador de España en Marruecos, Alberto Navarro, hablaba por el móvil con Rubalcaba, que se interesaba por el encuentro con los periodistas españoles del jueves pasado. Los azares me llevaron en la velada a la compañía de Luis Bonet, diplomático aragonés en la Cancillería de Rabat, mientras paladeaba un notable chorizo ibérico y un no menos aceptable jamón serrano que llegaba en las bandejas portadas por el gran Laarbi, míster Mechui para los amigos (inolvidable su aparición, chapela en la cabeza y bombo, la noche en que España se proclamaba campeona del mundo, en la puerta del Parlamento marroquí). Por cierto, nos decía el hijo del embajador más tarde que el embutido había llegado por carretera desde Ceuta. Primera impronta del período Navarro, que nada tiene que ver con éste que te manda esta postal.

Aragonesa y navarra y madrileña y sevillana y granadina y muchas cosas más es la estirpe de Bonet, el diplomático, como tuvo ocasión de contarme largamente. Me aseguró, además, la existencia de un vínculo permanente en la historia a través de ciertas familias y personajes entre Navarra y Sevilla. Mientras, el grueso del grupo de periodistas hablaba de periodismo, claro, y otro más exiguo se dirigía al embajador para abordar cosas serias, que para eso habíamos llegado a Suisí.

El discurso erudito de Bonet es desbordante, lo cual no nos impidió cazar al vuelo pinchos de tortilla que seguían pasando por delante de nosotros. Igual hacían Zacarías, fotógrafo de EFE, y Mohamed, redactor de la misma agencia de noticias. Al preguntarme por mi origen y decirle que era sevillano, Bonet me preguntó si era sevillista  o bético. Ya no me acuerdo del nombre de la familia, porque me abrumaba la precisión de nombres y apellidos y genealogías que iba trazando, pero me contó que la familia de su mujer es pariente de uno de los fundadores del Sevilla Fútbol Club. Y que en su casa son todos palanganas, que es una forma de decir sevillistas.

Poco a poco íbamos adentrándonos en terrenos hispalenses, y comenzamos a diseccionar la realidad de la ciudad a nuestra forma, para aburrimiento y sorpresa del resto de presentes en el corrillo. “Sevilla es de una complejidad impresionante. Aunque sea la reacción natural que nos provoca a los que no somos de allí, considerar provinciano al sevillano por su comportamiento es un error. Hay un componente cultural muy rico, muy denso. Es quizá la ciudad de España con más personalidad, algo que no tiene ni Madrid ni Barcelona, que me parece mucho más provinciana que Sevilla, por ejemplo (…) Sevilla es mucho más romana que árabe y eso ha marcado su predilección por la representación, desarrollar lo externo. En Sevilla lo máximo es ser pregonero de la Semana Santa, pero menos que ser rey mago en la cabalgata, ¿no es verdad?”, decía, entre otras cosas, Bonet en el salón de la residencia del embajador.

No te negaré cierta alegría sentida al oír las reflexiones del diplomático maño, cuando sobre la ciudad -como sobre el conjunto de Andalucía- pesan como duras losas los estereotipos sobre nuestra filosofía de vida colectiva. Hoy, casualmente, el presidente de la Junta de Andalucía, José Antonio Griñán, hacía autocrítica y culpaba al conjunto de los andaluces de tener parte de la culpa del deterioro de la imagen de la región. La Junta, añado yo, con sus más de veinte años en San Telmo, tendrá bastante que ver en eso. Pero ése es otro debate.

Creo que el mismo debate identitario que marca desde hace, por lo menos, un siglo y pico la realidad de España, la permanente cuestión esencialista de su existencia como nación, el combate de los nacionalismos disgregadores, etcétera, encuentra una traslación equivalente en el de la reflexión sobre qué es Sevilla; cómo debe seguir siendo en el futuro, qué puede y no puede hacerse en la ciudad, cuestiones que planean siempre en cada esquina, en cada bar, en cada edición de los periódicos locales. La mayoría de los sevillanos, estoy seguro, tiene un concepto, una pequeña teoría sin formular en la cabeza sobre la realidad de la ciudad.

Con el tiempo me doy cuenta de que Sevilla mejora desde lejos. La cercanía le hace que se le vean todas las arrugas de la cara, todas las patas de gallo. Desde la distancia Sevilla es una ensoñación; estar fuera permite pensar en ella sin la pesadez cotidiana, sin el tedio de una realidad imparablemente declinante y la parálisis y la vulgaridad reinantes.

Desde lejos no se aprecian los contornos de la Encarnación y el debate que nunca se hizo del proyecto de los parasoles, ni los líos de Mercasevilla, ni el ocaso de Monteseirín ni tampoco los orgullos al subirnos todos a un tranvía aún ridículo -el de Rabat nacerá con 20 kilómetros de longitud, compara con el paseíto del tren de la escoba- y una línea de metro que ha costado tres décadas de nuestras vidas y de las de nuestros padres y abuelos.

Sevilla es más bella cuando la encuentro al hacer abstracción de la torre de su mezquita mayor paseando a los pies de la torre Hassan de Rabat. Sevilla es más bella aún cuando se la evoca en las páginas de La Ciudad de Chaves Nogales. O al imaginarnos el magnolio de Luis Cernuda.

Sevilla nos toca la fibra cuando oímos fuera el arranque de una sevillana, una corneta tocada por un cani de alguna de las hermandades del otro lado de la calle Oriente, que graban Cedés y más Cedés que se venderán como siempre, pese a la crisis, en el Corte Inglés en estas fechas. Sevilla nos hace temblar cuando nos la imaginamos ya próxima por la campiña palaciega y dejamos la torre de la parroquia del pueblo lejano de Joaquín Romero a la izquierda por la carretera de Cádiz, rodeados de algodón y olivos.

Pero Sevilla se nos hace pesada cuando la vemos de cerca. Nos imaginamos los mismos debates esencialistas, como los de los dos chavales que hicieron los cortos que circulan en Youtube sobre el los canis, los pijos y los de las botellonas, y nos aburre la gomina, las patillas largas, las fotos de pasos en los muros del bar y las Cruzcampos. Y lo digo con una lata de Cruzcampo que me compré en el Marjane (el gran hipermercado de Marruecos, por si esto lo lee alguien distinto a ti, que lo conoces bien) sobre la mesa. Nos cansa lo de las catenarias, el lobby del Consejo de Cofradías y la novelería con la que la ciudad trata a la gente importante que hace estación en la ciudad, sea Tom Cruise, Cameron Díaz o el presidente del Gobierno. Bienvenido, Mr Marshall.

Una identidad, una personalidad, como quieras llamarlo, la de Sevilla, complejísima, en efecto, extraordinariamente densa. Según como tenga uno el cuerpo puede resultar asfixiante y entrarle a uno las ganas de irse lejos, cuanto más mejor, o desbordante, apasionante. Para bebérsela de un tirón y pedir más y más.

Me pregunto por qué nos gusta tanto a los sevillanos formar parte de la representación de la ciudad, con ecos de la del Villar del Río berlanguiano, y por qué nos provoca el rechazo que nos causa cuando la vemos repetida el día después en DVD. Probablemente eso no lo sabrá el amigo Bonet, pero Sevilla, me va enseñando el tiempo, gana irremediablemente con la distancia. Y la alegría de sentirla aquí o allí es directamente proporcional al hastío que nos provoca saber que, a estas alturas de la película, a Sevilla no la cambia ya nadie.

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Argel

Antonio Navarro Amuedo | 18 de noviembre de 2010 a las 20:41

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Argel es como una mujer perfumadita de pino piñonero volviendo de la Tipaza de Camus, hacia Poniente. Argel es el recuerdo de aquel mirador del barrio de Hydra, que hacía en la noche de verano de su bahía un lugar elegante, un iluminado puerto mediterráneo. Así la recuerdo cuando me dispongo a dejar tinta azul sobre el sepia de una postal abandonada durante meses sin mayor explicación que el rechazo a hurgar en las nostalgias estivales. Es la lástima de haber aguardado tantas semanas; permanecen las luces y desaparecen los detalles desagradables de una ciudad que languidece víctima de la cerrazón de unos pocos y la ignorancia de la mayoría, que es lo que pasa en casi todas partes.

Prefiero acordarme ahora de Argel desde la tranquilidad de la explanada de la belleza bizantina de Nôtre-Dame d’Afrique, donde monjas españolas nos aseguraban que allí han convivido siempre todos sin mayor inconveniente. Prefiero acordarme de un suburbio de asfaltos pegajosos y confiterías olorosas llenas de abejas, recordando a un mismo mar común en aquel paseo.

No quiero acordarme de la miseria de su periferia ni de las ruinas de su kasba, que me decían que es Patrimonio Mundial de la Unesco pese a que nos apenara el hecho de encontrarla como un vertedero. Ni del interior ruinoso de sus nobles inmuebles coloniales, domicilio de manadas de cucarachas. Prefiero recordarla como una bella cautiva asomada al Mediterráneo en una tarde del mes de julio. Llegamos entonces dispuestos a olvidarnos del pasado de batallas y rencores y apurar los resquicios de una ciudad que, como todas las ciudades, estábamos convencidos de que nos reservaba toda la vida necesaria y aventuras, que son para el verano.

Prefiero acordarme de Argel como una ciudad triste, triste de la pena de haber sido el esplendor que las crónicas y los viejos nos cuentan. Hoy Argel es una sucesión de historias encerradas en el perímetro de una urbe que no puede escapar de la amenaza de bombas y pistolas y que es víctima de controles militares omnipresentes. Abandonar la capital argelina es someterse a la tiranía de las garitas policiales por carretera, de señores uniformados con chaquetas con las mangas largas o incluso con mangas muy cortas -lo que nos hizo soltar una buena carcajada- que demandan pasaportes portando metralletas. Mientras, como si nada, los pinos apestan a resina sobre los acantilados azules del Mediterráneo.

Hay, en efecto, en Argel la tristeza de un pueblo que sufre los rescoldos de un régimen de uniformes, otrora prosoviético y revolucionario, hoy empeñado en seguir afirmando una ideología que ya ha perecido pese a que aquí los dinares rebosen en las arcas del estado gracias a las ventas de gas y petróleo. En los museos nacionales asustan las granadas, las trincheras recreadas y la hostilidad anticolonial en documentales y vitrinas contra lo francés celebrada a lo bestia en monolitos vertiginosos. Mientras, la sociedad trata de escapar por los resquicios de un Islam que aprieta y de un aislamiento que asusta.

Rarísimo, misión casi imposible fue la de hallar en sus calles, de un barrio al otro, una franquicia de marcas occidentales, fábricas de metáforas en todo el planeta de la globalización. Argel no fue capaz de regalárnoslas, plagada de tiendecitas de zapatos, frutos secos y muebles todo sospechosamente al cien por cien nacional. La oficina de turismo argelina que encontramos en un paseo marítimo frente al puerto era una casa fantasma; milagroso fue dar en la kasba con el último artesano, el único capaz de hacernos creer que ante su taller se detienen a menudo grupos de jóvenes que deambulaban como el nuestro pertrechados de cámaras digitales y cargados de curiosidad. La expedición era recibida por Doñoro, el conquistador desaliñado, expedicionario vasco encallado en estos confines inhóspitos del Magreb o un último de Filipinas que ve pasar generación tras generación a becarios y viajeros ocasionales para abrumarlos con su conocimiento de la ciudad y el país. Una enciclopedia al servicio lo mismo de los mejores garitos de chorba frita, que de las oportunidades de negocio para las empresas españolas del sector agroindustrial y las renovables en suelo argelino.

Pese a todo, el odio contra los creadores del Argel colonial de manzanas de elegantes fachadas blancas y rejas azules añil se debilita cuando la vida nos obliga a mirar hacia el futuro. Hay que conectarse al mundo, aprender el francés de las empresas europeas que aterrizan no sin dificultades para hacer negocio en un país de infraestructuras oxidadas y tanto por hacer. El projecto panárabe duerme el sueño de los justos y la unidad magrebí hace lo propio víctima del conflicto irresoluble del Sáhara Occidental.

Hoy leo Argel en los periódicos marroquíes y en una y otra página web de las que estos días nos cansan asociada machaconamente a la hostilidad de un régimen expansionista contra la Monarquía alauí de este lado del Magreb. Me niego a tener que elegir para tomar partido y reparto las simpatías entre Rabat y Argel, entre pueblos generosos que habitan a ambos lados de una frontera artificial; gente que dice labas?! cuando te la cruzas en la calle para preguntarte cómo estás. No reconozco a la ciudad blanca que aguardaba con su misterio de mujer cautiva entre las líneas de estos papeles amarillentos que repaso con la nostalgia de un verano que se nos escapó sin remedio.

El tonto gritón

Antonio Navarro Amuedo | 16 de noviembre de 2010 a las 15:13

No me resisto, pese a la que las cosas están entretenidas por el Magreb estas semanas, a comentarte en esta postal, que no me da para mucho, la verdad, las palabras de un diputado gritón y faltón de Esquerra Republicana de Catalunya. Ha dicho que en “Andalucía no paga impuestos ni Dios”.

Te acordarás porque éste es el que iba con la pinta de mafioso con camisa negra al Congreso de los Diputados a decir tonterías, a meterse con Madrid como centro de todos los males y cobijo de todos los facistas del Reino, con el propio monarca y con las provincias del uno al otro confín del país. Aparte de ser un ignorante y un cateto, que da la impresión de no haber bajado de Tortosa en su vida, es un mentiroso.

Acusa a una región de evasión fiscal absoluta. No negaremos que grandes capas de la comunidad autónoma, ya sea por desempleo o ya sea por medio de ayudas directas al cultivo, se haya beneficiado durante años de importantes subvenciones públicas.  Creo que han tenido su responsabilidad en la lentitud del cambio del modelo productivo andaluz; no toda, pero importante. Es una asignatura pendiente que Andalucía aún no ha aprobado y que el conjunto de los andaluces lamentamos y reconocemos. No obstante, habría que cuantificar si el montante de las ayudas recibidas por la comunidad autónoma es menor o mayor que el de las que Cataluña ha recibido en forma de transferencias desde Madrid a cambio del apoyo parlamentario a los Gobiernos socialistas y populares de la democracia. Quizás nos lleváramos una gran sorpresa.

Si les diera nada más a los amigos del facebook y a otros colegas comunes por mandarles al correo electrónico de este señor una fotocopia escaneada de sus declaraciones de la renta “acolapsaríamos”, como diría el otro, el servidor de internet de Esquerra Republicana y el del edificio entero dondequiera que tenga la sede la citada formación. No vamos a perder el tiempo en eso, desde luego. Mejor haría este tipo en agradecer el esfuerzo laboral de un millón de catalanes de origen andaluz que hoy se integran en la sociedad catalana. Uno de ellos es, por ejemplo, el president de la Generalitat, José Montilla, natural de Iznájar, provincia de Córdoba, líder de un tripartito del que forma parte la formación del susodicho prohombre de las camisas negras y el pasaporte en blanco. Muchos de estos catalanes de orígenes en Córdoba, Jaén o Sevilla, además, alimentan las filas de los votantes del partido del arrogante éste.

Una vergüenza es que Cataluña, una región de gente seria y trabajadora, que está donde está, en todos los mapas del mundo, por méritos propios, produzca elementos desagradables como éste. Yo, como si nada, seguiré aprendiendo catalán en mis ratos libres. El de la región del cateto éste, el Ripollès, es, además, uno de los que me gustan más; allí pasé muy buenos ratos hace unos cuantos veranos. Ahora, sin ir más lejos, voy a cortarme un poco de fuet, que me encanta y que me mandan en grandes cantidades desde España al Magreb. Y seguiré manifestando mi admiración y cariño por un pueblo noble que bien haría en sacar de los parlamentos y la vida pública a mamarrachos como éste.

Teoría general del juyismo (II)

Antonio Navarro Amuedo | 26 de octubre de 2010 a las 20:25

Te pego aquí otro pedazo de esta carta, que promete ser larga y venir en varias entregas. Me he topado esta mañana con él casualmente al encontrarme con Nora Fakim, la corresponsal en Marruecos de la televisión iraní Press TV. Con su gracia inglesa -vaya cosas digo- y los cuarterones marroquíes y de las islas Mauricio que le corren por las venas, de una historia postcolonial merecedora de un novelón, me ha contado un suceso verídico y pareciera que hecho aposta. En su acelerado inglés del área metropolitana de Londres, me ha narrado lo que le pasó a su madre antes de las últimas elecciones municipales de la capital británica. “No me gustan demasiado los políticos actuales. Tengo valores, pero están muy alejados de los de los grandes partidos del Reino Unido en estos momentos. No me gusta cómo actúan. Mi madre, por ejemplo, recibió una llamada de Boris Johnson -el alcalde actual de Londres- con la que le pedía el voto. Preguntó por Nora o Salma Fakim. Quería demostrar que es capaz de convencer a gente que no ha nacido en el Reino Unido para que votara por los Conservadores en las municipales del año pasado. Y, sobre todo, hacerse una foto con mi madre, que es la única juya de Beckenham, el distrito de Johnson”. Eso es tener gracia. Y dicho así tiene menos, nada comparado con oír de sus labios “my mother, who was the only juya in the area…”.  ¿Te va quedando claro el concepto?