Teoría general del juyismo (I)

Antonio Navarro Amuedo | 25 de octubre de 2010 a las 1:00

No todos los marroquíes son juyas ni son sólo juyas los marroquíes, pero, juya, pronunciado a la española, del árabe magrebí para significar en español hermano, es un concepto profundamente vinculado a estas tierras. En nuestra lengua, el símil más cercano sería el de cañí o, de forma más pedante, carpetovetónico. El término juya se extiende sin oposición por la comunidad hispana de Marruecos asentada principalmente en las dos grandes ciudades del país, Rabat y Casablanca. Aunque la citada voz posea un significado muy inequívoco en el árabe de Marruecos, el concepto que se introduce en la lengua española no es difícil de comprender para los marroquíes que frecuentan los ámbitos hispanohablantes. Incluso lo utilizan con sorprendente destreza. Los lingüistas aún no se han puesto manos a la obra para dilucidar cuándo este arabismo se introdujo en la lengua de Cervantes, pero hay quienes apuntan a que pudo producirse en plena crisis económica internacional, a comienzos de 2009. El desembarco masivo de becarios y empresarios procedentes de la orilla norte del Estrecho en busca de oportunidades de negocio en el Magreb favoreció el contacto entre las dos lenguas y, en fin, el préstamo lingüístico con cambio semántico incluido se hizo posible. Hay que dejar constancia de que no siempre el término es bien entendido ni recibido entre los nativos cuando es utilizado en este sentido que nos disponemos a explicar y puede que no les falte ni un ápice de razón en su queja.

La palabra juya puede emplearse tanto como sustantivo como adjetivo. Un juya, los juyas. El juya me dio una brocheta de cordero. O, con valor adjetival: Me llevaron a un restaurante juya. ¿Qué significado encierra este concepto aparentemente sencillo? No será difícil de definir: medio kilo de cutrismo o cutrerío, otro medio de necesidad, otro de picaresca, cuarto y mitad de ingenio y doscientos cincuenta gramos de dejadez congénita. Agiten sin mucho ahínco que se mancharán la delantera y ahí tienen servido el cóctel juya. Arreglarme una fuga de una cañería que causaba humedades inmensas en la pared de mi armario con un trozo de chicle, eso es juya. Tapar un socavón en la calzada de un metro de profundidad con la placa de un stop durante meses, eso es juya. Sigamos poco a poco.

Hay barrios juyas y otros que no lo son tanto. Para los que viven o han estado en Rabat, comprenderán qué quiero decir cuando afirmo que la medina es juya por definición y Agdal, Suisí o Hay Riad o no lo son o lo son muy poco. Hay ciudades enteramente juyas, como la caótica y fascinante Casablanca, gracias a la que se acuñó el urbanismo juyal. Aún queda mucho para que las antiguas medinas, catedral del juyismo más genuino, se conviertan en los manuales de historia en juyerías para competir con juderías y morerías. Pero todo se andará.

Existe hasta una filosofía política, la del juyismo ilustrado, que tiene poco de despótica y mucho de popular, pues nada para el pueblo y encima sin el pueblo, que así seguirán siendo las cosas mientras sigan mandando en el mundo monarcas a la manera del Antiguo Régimen.

No sólo los marroquíes, repito, son juyas. En España tenemos miles. Quizás, el sur, por su proximidad al Magreb, sea la tierra ibérica que más cuente con juyas entre sus vecinos. Pero hay muchos juyas repartidos por toda la piel de toro, que hasta ahora se definieron con otros términos (canis, poligoneros, chonis, castizos, etc.), aunque ninguno precisa lo que ustedes ya a estas alturas de la carta comenzarán a entender como la propia citada voz. Muchos italianos sureños tienen su ramalazo, como los portugueses, como los griegos, por citar tres nacionalidades. Y hay muchos en otros países de la ribera sur del Mediterráneo, del Magreb a la Península Arábiga. Yo ya soy bastante juya, mucho. Me doy cuenta cada vez que me meto en un tren y, automáticamente, aunque vaya de Rabat a Kenitra, me estiro como si estuviese en mi cama y ocupo tres o cuatro asientos de un compartimento para echarme una siesta. Y me encanta hacerlo. Seguiremos deconstruyendo al juyismo.

Foto: Miguel Roca

Foto: Miguel Roca

El jardín

Antonio Navarro Amuedo | 21 de octubre de 2010 a las 3:11

Lo llaman el jardín andaluz y se esconde detrás de los muros de la alcazaba de los Udayas, que se cuelga sobre el estuario del río Buregreg con callejuelas de añil y blanco encaladas. Cuentan las crónicas que Rabat acogió a miles de expulsados por las autoridades del Reino de Castilla y que por eso andaluz no es sólo ese jardín, sino muralla y barrio y reconocimiento orgulloso de origen para muchos habitantes de la ciudad y de otros lugares de Marruecos. El jardín andaluz es silencioso y asilvestrado.

De otro de los muros del jardín de los andaluces vi colgar la misma buganvilla del Callejón del Agua: intensa, primaveral, recogida, contenida. Nos adentrábamos en las tardes sin rumbo al corazón de Santa Cruz para ser recibidos por aquel surtidor con su rumor de fuente incesante. Débil, como estando casi a punto de extinguirse, la fuente del Callejón del Agua nos acompañaba en los breves instantes en los que duraba la tregua de la turba de turistas en pantalón corto que nos aguardaba en la próxima esquina de la calle Vida. La placa de mármol del poema en prosa de Ocnos de Luis Cernuda presidía y ennoblecía aquel recodo. En ese breve lapso que duraba nuestro paso por el Callejón imaginábamos la lentitud que parece llevar el curso de la vida y hoy nos damos cuenta de que aquello era sólo un espejismo, una licencia que nos regalaba el corazón romántico de la ciudad y que las campanas repican a un ritmo endiablado. En unos segundos soñábamos las novias que tendríamos, los países que visitaríamos y la gente que conoceríamos en un mundo ancho y apasionante, tranquilos de contar a nuestro lado con la presencia permanente de nuestros amigos y familiares. Después salíamos pisando el albero del Patio de Banderas para encontrarnos con la figura elegante de la torre que preside y proyecta su sombra sobre la existencia cotidiana de mi ciudad, a veces pesada losa que establece los límites de una vida urbana cíclica y ensimismada.

En el jardín andaluz hay un jazmín enorme que cuelga de uno de los muros y que perfuma las noches rabatíes, como se perfumaban las noches del corral de la casa de Los Palacios en los veranos inacabables de la niñez. Entonces las familias se sentaban a la puerta a tomar el fresco y a comentar las luchas, las ilusiones y las miserias diarias. Allí eran protagonistas absolutos los mayores de la casa, en el relato apesadumbrado de la ventura de sus hijos y nietos; de lo que les había costado la hipoteca del piso en la capital, de lo contenta que estaba la hija pequeña en su primer empleo; sobre lo bien que iba el primero de los nietos en la escuela, aunque aún no tenía claro qué querría ser de mayor. Todo eso mientras disfrutábamos de la bofetada de olor que rezumaba el moñito de jazmín que se depositaba en un platillo sobre la cómoda del zaguán cada vez que entrábamos y salíamos a la cocina por un vaso de agua o una silla para un nuevo invitado a la tertulia. Al caer la noche cerrada, cuando nos acostábamos, desde nuestra habitación, pegada a la ventana, un escalofrío nos recorría el cuerpo al oír el quejío flamenco entonado desde lo hondo de las gargantas de aquellos hombres que regresaban a sus casas  procedentes de las tabernas de la plaza cargados de vino y coñac.

El verde del estanque es el mismo, como semejante es el frescor y la humedad que propician adelfas, nardos, rosales, romeros, naranjos y limoneros, que crecen igual de espigados que en los jardines del Parque de María Luisa, las Dueñas, en fin, el Alcázar, garantía de serenidad en el corazón de la ciudad. La humedad del próximo Atlántico me hace recurrir anticipadamente al abrigo en una tarde de octubre. Echo de menos la luz de la ciudad en estas tardes de otoño, el tiempo del declive más glorioso. La intuyo al sentir los rayos del sol entre las hojas de un naranjo y una palmera, pero sólo la hallo enteramente en mi memoria.

Encerrado en el jardín andaluz contemplo a las parejas furtivas que pelan la pava y a chicos que apuran cigarrillos sin la mirada inquisidora de las calles principales del viejo Rabat. Al vendedor de esa especie de turrón hecho una piedra. Al de postales amarillentas con fotos de las gargantas del Dades, la plaza de Jama El Fnaa de Marrakech, la gran mezquita de Casablanca, las montañas coloridas de especias y la torre Hassan, vigía que aguarda al otro lado de los muros con su belleza frustrada. La dama de noche me regala su aroma antes de salir del pequeño jardín oculto de los Udayas. La fortaleza ha de cerrar hasta mañana.

Mi ciudad, tan cerca cuanto más lejana.

Miguel Roca

Foto: Miguel Roca

Los chicos del pavo

Antonio Navarro Amuedo | 14 de octubre de 2010 a las 3:20

Los pavos son en Marruecos bastante apañados para hacer brochetas, que, gracias a los aliños de comino, salsa picante y sal, poco importa al final de qué tipo de carne están hechas. En España, en la categoría de las carnes, vienen después del pollo y, de insípidas que son si no son fritas con ajo y perejil abundantes, muchos diríamos que son las últimas en la escala. El cordero, que no el lechal, sino carnero o borrego viejo, hace de pilar de la dieta nacional en Marruecos y desmiente la exclusividad que disfruta al norte de Tarifa una carne que queda allí reservada para las fiestas navideñas y de guardar. Aquí en el Magreb los pavos tienen también forma de adolescentes, como pasa allá arriba y en todas partes y, te lo aseguro,  se ríen por las mismas tonterías por las que nos reíamos entonces. Ahora comprendo la irritación del profesor, que antes no llegaba a entender, ya que entonces me parecía pura pose que encerraba la incapacidad de poder reírse de las mismas cosas que nosotros, de alcanzar la compresión de nuestros códigos, nuestras complicidades y, por tanto, esa envidia le empujaba a echarnos la bronca. Lo he visto en mis clases del Instituto Francés de Rabat, donde mis compañeros lucen las espinillas en la cara y los bigotillos cantinfleros de rigor, pero dan los estirones de forma diferente a sus colegas de la medina y la tienda de ultramarinos de abajo mismo.

Existen muchos Marruecos concéntricos y los muros del Instituto Francés de Rabat tienen la forma de uno de esos círculos que separan las clases, los sueños y los límites de este pueblo. Los chicos del pavo son como los chicos del coro de la peli francesa, pero con pelos rizados que ellos mantienen corto por precaución a los volúmenes y la tez morena de los magrebíes en vez de aquel rubio que asustaba en pleno sepia de la posguerra europea. Son malos a ratos pero cuando se ponen, sacan los ejercicios de compresión de textos, de estos artículos fotocopiados de Le Monde o Le Figaro, que da gusto. Las niñas de mi clase no llevan velo, no sé si porque saben lo que Sarkozy es capaz de hacer en Francia o porque jamás lo vieron en sus casas de Agdal, Suisí o Hay Riad, que son los barrios de donde vienen para mejorar la ortografía y la sintaxis de la lengua francesa, en la que estudiarán las materias universitarias y harán carrera en alguna empresa, ministerio o bufete de abogados.

Los chicos del pavo son marroquíes, pero pronuncian el francés que asusta de bien. Una de las chicas, cuando el profesor explicaba el significado de la palabra belvédère (mirador), poniendo el ejemplo del emplazamiento de la Torre Hassan, que es el símbolo almohade de la capital marroquí, lo interrumpía bruscamente. La niña decía que mejor valía Trocadero y la Torre Eiffel para ejemplificar la palabra que habían descubierto en la fotocopia y que así se entendería mejor. Me los imagino de jóvenes tomando café en el Marais, comprando un kebab en las cuestas de Montmartre o paseando bufanda al cuello en Saint Germain-des-Prés en busca de viejos libros sobre inmigración y sociología tras salir de la Fac. Seguramente leerán en algunos de esos volúmenes amarillentos páginas sobre la  neocolonización, aunque de momento son muy jóvenes para interesarse por esas cosas.

Mis compañeros de clase son marroquíes, pero tienen Play Station 3 -ya no sé por qué número va la última-, hablan francés en casa, van a entrenamientos de baloncesto, que los hay de uno noventa con quince años, y veranean en Marbella, Portugal o Mallorca. Y tienen los dientes en su sitio, con aparatos en la boca más de uno, famosos brakes; de los pocos que he visto en estos dos años en estas tierras norteafricanas. Con la misma edad que Ahmed, el que estaba sentado a mi lado hoy en clase, Omar, que ya me dice “pimienta negra” o “toma el dinero” en español, cierra a las doce de la noche la épicerie de mi calle, después de doce horas detrás de un mostrador vendiendo cebollas, tomates, pan y cigarrillos sueltos. Omar aprovecha entre cliente y cliente para aprender español e inglés con un par de librillos que tiene detrás de la caja. No le gusta el francés, no sé por qué. Nunca ha ido a la escuela, pero es espabilado como él solo.

El profesor, digo, también es marroquí, pero luce un chaleco con el cuello de pico, pantalón de pinza gris y zapatos negros con cordones, una combinación muy de profesor europeo. Alucino viéndoles hablar de Baudelaire y de Ronsard, de sonetos y novelas, cuando la Revolución Francesa y los ideales de Rousseau, Montesquieu y la Ilustración aún no han llegado al Parlamento de su país, que está a doscientos metros de nuestra clase. ¿Qué periódico marroquí llevará este profesor debajo del brazo cuando salga a tomarse un café después de clase? ¿A que no se te ocurre ninguno?

La oscuridad de la tarde, camino del Instituto Francés, en una lluviosa tarde otoñal me retrotrae a mis primeros meses en la húmeda Rabat de hace dos años. Mis compañeros de entonces me ofrecieron unas de los primeros rostros de Marruecos, mucho antes de sumergirme en la humanidad de los trenes familiares a Marraquech y de los jornaleros en autobús camino de las tierras de Larache y Tetuán.

Mis compañeros de clase me miran como un extraterrestre. Todos saben que soy español, como una amiga que también ha venido a perfeccionar su francés y que sufre parecidas sensaciones que yo, y que estamos en clase por razones y en circunstancias completamente diferentes a las suyas. No obstante, la complicidad con nuestro país es la misma en las aulas del Instituto Francés, quizá teñida de un punto de distancia que propicia el entorno galo, que en el resto del país y el profesor se afana en sacarme algunas palabras en español. De repente, al oírme decir la frase en castellano, salta uno de fondo y grita: ¡¡Barça!! Y el resto comienza a reírse a carcajadas.

Mis colegas de clase tienen diez años menos que yo y, aunque me veo incurriendo en los mismos vicios y pecados que entonces, cuando yo tenía su edad, jugueteando con el boli, charlando con mi amiga en plena explicación del profesor, pensando en mis cosas mientras agacho la cabeza para que que no me mire a mí para preguntarme y me deje en paz en el tiempo que queda, mirando a la chica más mona de la clase y la cara del espabilado del grupo, no somos ya los mismos. Me miro en el espejo de estos chicos y aprendo que ya no luzco esas espinillas, sino una barba bien dura, que me han salido algunas canas, que es una palabra que ellos asocian con sus padres y abuelos, y que a ellos les quedan unos pocos años encerrados entre aulas antes de que la vida los lance a eso que llamamos edad adulta, que es la hora de la verdad, cuando el árbitro dice que empezó lo serio de la cosa. Ese día en que la edad del pavo quede atrás definitivamente.

Chomsky en un petit taxi

Antonio Navarro Amuedo | 1 de octubre de 2010 a las 14:47

“Salam Alekum”. “Alekum Salam”. “À l’Agdal, s’il vous plaît”. Apenas arranca el petit taxi azul de Rabat, uno de los muchísimos que he probado en todas las geografías del país, con sus cinturones desvencijados y puertas que se niegan a cerrar y abrirse, centenares de veces, en dirección al barrio de las franquicias occidentales y los marroquíes desahogados, cuando el taxista comienza a darme explicaciones. “Esto que oye –como tantos y tantos petit taxis, el vehículo es una pequeña mezquita motorizada– es el Corán. Hay dos formas de recitarlo. Ésta es una”. Asiento como si acabara de poner mis pies por vez primera en Rabat y Marruecos. No tengo muchas ganas de dar explicaciones.

El taxista, trajeado pero víctima de una corbata lila con dragones estampados, prosigue. “No es una oración como alguna gente pudiera pensar; son versos del Corán recitados”. Sigo haciéndome el nuevo; ya sé que tengo cara de haber llegado esta tarde a un congreso sobre democracia en Oriente Medio en la Universidad de Rabat, me digo, pero no me queda otra. “Como le decía, hay otra manera de recitarlos”. Sin mediar palabra, el conductor saca el CD con la música coránica, lo guarda en una funda de plástico para inmediatamente introducir otro. El árabe clásico comienza a flotar, con la misma cantinela, por el pequeño taxi. “¿Nota la diferencia? Es la otra forma de recitar el Corán. Ya no existen más maneras. Ambos recitadores son egipcios: me encantan”.

Las pequeñas dosis de teología y folclore son habituales entre los taxistas, que hacen gala de la misma exquisita hospitalidad de los marroquíes. También predominan temas más profanos, como la sempiterna pregunta: “¿Español?”. “Oui”. “¿Madrid o Barça?”. De ninguno de los dos, señor, de ninguno, ya lo sabes, me toca siempre responder. Y una conversación futbolera que este año culmina siempre en felicitaciones por la victoria de España en el Campeonato del Mundo.

Entrando en Agdal, la conversación –yo respondo algún monosílabo y supero el mero asentimiento con la cabeza– se hace un poco más profunda. La lengua árabe es el objeto de sus explicaciones. “En todas las lenguas, como el francés, por ejemplo, encontramos una estructura parecida de Sujeto Verbo Complemento”, me suelta. Me digo, jolín, ¡un taxista leído! ¡qué gusto!. “Por ejemplo: Jean et Danniel vont au marché o John and Michael go to the market. ¿Lo ve, no?”. Yo lo veía, hasta ese momento, sí, pero lo que no veía tan claro era dar crédito al análisis sintáctico del conductor que me lleva sin rumbo por las calles de Agdal. No le he dicho aún la dirección ni falta que me hace. Quiero que siga hablando.

“Chomsky analizó muchísimas lenguas para concluir que existe una gramática universal común a todas, pero se topó con el árabe, que se le escapaba a sus esquemas”, asevera. A mí sí que se me estaba escapando algo o mucho cuando nuestro amigo, el taxista encorbatado y sonrisa perpetua, comienza a citarme al padre de la gramática generativa. “¿Ha leído a Chomsky, ¿no?”. No sé qué decirle, la verdad.

Después de aquello, con la cabeza más pendiente de cómo te contaría esto en una carta que de lo que me estaba relatando, el taxista, aparcado delante del local al que le había pedido que me llevase, siguió explicándome por qué el árabe es un caso particular alegando enunciados y más enunciados, moviendo a su antojo y para mi absoluta ignorancia sujetos, verbos y complementos. Después escuché cómo revivía las polémicas entre el lingüista de Filadelfia y activista político con Skinner, y yo ya flipaba, que no se me ocurre otro verbo a estas alturas de la película.

Lo tengo que interrumpir bruscamente y preguntarle; no aguanto más. “Señor, ¿y usted cómo sabe todo eso?”. Y me suelta de sopetón, como me citaba de cabeza las explicaciones de Noam Chomsky, que es licenciado en lingüística especialidad en lengua árabe por la Universidad de Rabat en el año 1996. Casi na lo del ojo, me sale en el español de mi tierra, sacándome la cartera del bolsillo. Y ahí está, con su pequeña máquina azul, destartalada, dando portes por unos pocos dirhams para arriba y para abajo y los Aspectos de la Teoría de la Sintaxis de Chomsky en la guantera.

Nunca encontré en el primer mundo de los taxistas quejosos que te acusan sin conocerte de nada de haber votado al alcalde que los fríe a impuestos municipales o van de sobrados con sus discursos sobre lo mal que va siempre el negocio y el mundo en general no ya la simpatía de estos conductores magrebíes sino lingüistas o teólogos al volante como hallé al sur de Gibraltar.

Prometo, estas líneas y tú sois testigos,  irme a Chomsky y rastrear las explicaciones sobre el árabe y las gramáticas universales que nunca busqué ni hallé, hace ya varios años, en los anaqueles de las bibliotecas de la Facultad. Gracias a mi amigo el taxista azul de Rabat.

Mubarak

Antonio Navarro Amuedo | 20 de septiembre de 2010 a las 2:15

Mubarak tiene nombre de dictador egipcio, pero en verdad es un pacifista bereber. Como la momia egipcia, Mubarak, el portero de mi edificio, tiene una edad indeterminada, o, al menos, cuando nos lanzamos a adivinar cuántos años puede tener este luchador de la escalera, enjuto, minúsculo, fibroso, con su bigotillo leve y casi adolescente, nadie se pone de acuerdo. Como miles de bereberes del sur de Marruecos, Mubarak, o M’barak, así, sin que la u suene, a la forma marroquí, dejó las tierras de la región de Agadir para tratar de ganarse la vida en Rabat, en esta fachada atlántica del Magreb de las oportunidades relativas. Él limpia la escalera, vigila que dejemos las puertas y ventanas bien cerradas, su auténtica obsesión, recolecta fajos de dirhams para la casera a principios de cada mes y se lleva, de paso, alguna propina al margen de su remuneración recaudatoria. Otros bereberes que, como Mubarak, dominan el árabe –en un bilingüismo que causa sonrojo a cualquiera de nuestros compatriotas– al tiempo que su lengua materna, que es un mosaico de formas nómadas, se buscan la vida en mil y un oficios, entre los que se hallan prósperos negocios de lecherías o confiterías que se reparten por toda la ciudad.

Además, Mubarak dedica las tardes y los fines de semana, con un chaleco que no abandona ni en julio ni en agosto,  a la cafetería Amanda, frente por frente a nuestro edificio, donde gana el resto del jornal con el que poder alimentar a las cuatro bocas de su casa, si es que se puede llamar así a lo que se halla bajo el techo de un altillo del edificio y acoge a sus dos niñas, a Ibrahim y a su señora esposa.  Eso, claro, sin dejar de echarle el ojo al edificio. Cuánto capital humano desaprovechado, me decía mi primo Luis Miguel, que también lo conoce. El oficio de Mubarak, qué digo, es el de la supervivencia cotidiana. Una lucha diaria. Pero sin aspavientos, sin vanidades. Con alegría. Su horizonte, las cuatro esquinitas de la manzana, que custodia como el más fiel de los servidores.

PTDC0591

Mubarak es muy religioso, muy conservador, machista; seguramente sus planteamientos filosóficos rozan el llamado islamismo, pero no tengo ninguna duda de que todo eso del terrorismo basado en su fe musulmana le repugna. Yo a Mubarak no lo he visto matar ni a una cucharacha. Un día le hice el gesto de que había que sacrificar a unos gatos, pobrecitos, te acordarás, para ver si él sabía a quién podíamos dárselos porque nadie los quería y no tenían ya futuro alguno, y se reía a carcajadas de pensar que pudiéramos hacer algo así, aunque fuese con la ayuda de un veterinario. Bueno, miento, a Mubarak lo he visto matar a un cordero, o ayudar a sujetar al animal antes de su sacrificio en la fiesta del Aid-el-Kbir, con la que se recuerda la piedad de Dios ante el hijo que Abraham –o Ibrahim, como se llama su niño, que es del Barça aunque yo he intentado en vano hacerlo sevillista– estaba a punto de sacrificar por amor. El mismo amor a Dios y a cualquier atisbo de vida circundante que profesa Mubarak.

Mubarak es, en el buen sentido de la palabra, bueno. Muy pronto volverá a repetirse la imagen que ves junto a la carta. Y después de desmenuzar a un cordero que será el sablazo gordo del año y que colgará en esa estancia cubierta por la uralita donde vive su estirpe entera, me reservará unas cuantas brochetas que especiará con sal y comino, como ha hecho cada año.

Sin familia aquí, Mubarak interpreta a veces el papel de un pariente para mí. Más de un día y más de dos me ha devuelto a los corrales de mi casa porque me había dejado sin afeitar un mechón bajo la barbilla. Y cada vez que me ve con barba de tres días me advierte haciendo el gesto de empuñar una maquinilla y moverla por la cara de que con esta edad toca ya salir de casa afeitado. Desde casi el principio Mubarak me dice también con las manos y los ojos que él y yo nos profesamos un cariño especial, que no soy como el resto de vecinos de este 5 rue del Percebe llamado Youssef Ibn Tachfine, rey bereber, como Mubarak, que fundó, dicen las crónicas, el movimiento almorávide.

La pena que tengo es que en estos dos años de comandancia general en mi bloque apenas Mubarak y yo hemos podido hablar. Mubarak no habla francés y yo no hablo árabe. Bueno, yo creo que andamos empatados en eso. Hablamos unas cuantas frases en sendos idiomas que nos sirven para saber que todo anda en orden, que seguimos un día más con salud y con vida. Hablamos del tiempo, del trabajo, de lo mal remunerados que estamos ambos, de las respectivas familias y, aunque no te lo creerás, de política. Una vez veía que repasaba con interés, sentado en su silla de mimbre, desde la que otea la entrada y salida del personal, el semanario francés L’Express, pero me confesó que no lo entendía, que sólo se detenía en las fotos. Únicamente buscaba a Obama, al que admira. Eso sí, cada referencia al presidente norteamericano y esperanza de África, incluido este pedazo del norte bereber, la lee con avidez en la prensa arabófona. “¡Como yo, Barak, Barak, se llama como yo!”, comentaba eufórico el día de la llegada del senador de Chicago a la Casa Blanca.

La otra, la Casablanca de aquí, Mubarak la conoce de unas pocas veces, no más. Nunca estuvo él en el norte lejano de Tetuán y Tánger de los aires del Estrecho. Nunca ha pisado Mubarak la playa, que no le gusta nada, me asegura él. Desde luego nunca estuvo de vacaciones. Su única vacación comienza a las once de la noche en que se envuelve en su pijama blanco y dura hasta las seis de la mañana, cuando comienza a rondar la escalera. Mi amigo Mubarak no ha salido de Marruecos, ni tendrá, probablemente, la posibilidad jamás de conocer otros horizontes que los de esta manzana de escaleras, veladores y cafés donde se encierran las fatigas de una vida entera. Y, sin embargo, un día más, silba y sonríe cada vez que nos cruzamos en el recodo de la escalera.

Tánger, puerto y nostalgia

Antonio Navarro Amuedo | 14 de septiembre de 2010 a las 1:57

Nuestro paseo por Tánger tiene el espacio de una postal, más que de una carta. Pugnamos en vano por estirar las líneas dentro de la tiranía de una breve postal y, aun sabiéndolo, intentamos cuadrar una historia con sentido en el reverso de una medina colgada de una colina. Allí está Tánger, recortada en la ladera de los ingleses, según me contaron en la iglesia de San Andrés, no sabes cuánto me gustó el romántico cementerio victoriano, en la ciudad de los setenta mil españoles, nos aseguró el padre Seijas, que ha visto casi todo desde su remanso franciscano. Poco queda ya de aquella ciudad internacional y nuestra visita por Tánger se alimentó de la melancolía de lo que ya no es ni somos.

Tánger tiene la tristeza de lo que ha pasado de universal a provinciano. Ése es un problema que la historia misma legó a una ciudad que se antoja legendaria en las páginas de Bowles, la urbe de los espías y los cafés, de la estrategia, la de los yanquis, los españoles, los franceses, los británicos. Y de los marroquíes, claro. Bien sabes que es un problema que acecha a regiones y a ciudades enteras, y en nuestro país la amenaza aguarda en cualquier esquina, detrás de autonomías y parlamentos animalistas. En Tánger encontré una medina modesta, los mismos snacks de fritangas y pescado, un puerto que es un gurigay de coches, miserias y esperanzas y una corniche, que es como en francés llaman al paseo marítimo, llena de bloques impresionantes, de cristaleras y muchas muchas plantas; primera fachada de un país que muestra a los ferries de Tarifa y Algeciras llenos de viajeros ávidos de exotismo que la cosa va mejorando a paso de gigante.

A mí, que llevo dos años por el Magreb ya no me llama tanto la atención, claro, pero entiendo la reacción de los mochileros amantes del Rif y las familias que se embarcan en el barquito de Algeciras y llegan al puerto de Tánger y que, a un pasito, aún mareadillos del vaivén del mismo, se meten de lleno en esa bofetada de olores, suelo pegajoso y puestos de frutas, verduras y babuchas de la antigua medina. Es el orientalismo según Edward Said a un pasito del Mercadona de Algeciras y de la Tarifa de los surferos yanquis.

Tánger es, en clave marroquí hoy, TangerMed, el mastodóntico puerto de contenedores que Su Majestad promueve en los alrededores de la ciudad para ser competencia de todo y todos en el Estrecho, y promociones inmobiliarias por doquier. Es la capital de un norte ahora mimado por la monarquía, la puerta orgullosa de un chantier, que es como llama a Marruecos la prensa francófona aquí, de un país que está patas arriba con tanta obra. De todas formas yo te digo que desconfío, porque detrás de esas rotondas de césped bien cuidado y de esos bloques inmensos he visto la misma pena y las mismas camisetas del Barça y del Madrid, el mismo humanísimo deseo de cruzar para mejorar los horizontes de la existencia.

Sin embargo, en este verano declinante, Tánger, como las veces que he venido a verla, lo sabes bien, es la nostalgia de la costa gaditana en el horizonte, que se convierte en la costa europea y del primer mundo en la vista de niños y menos niños. Tánger es ese muchacho que ve pasar la vida y las horas en la playa de la ciudad mirando al horizonte incierto de un ferry de ida. Tánger es paso. No creo que en Tánger uno pueda vivir ajeno al acariciar la posibilidad de embarcarse en un barquito al otro lado de la frontera. Tánger es la bandera inglesa con la cruz de San Jorge llena de mierda, la Catedral católica vacía, la plaza de toros convertida en nosequé, el cementerio judío pasto de los jaramagos, un pasado sin evocaciones físicas adonde agarrarnos. Tánger es una mirada de despedida. Entretanto, al ladito del puerto, nos subimos a unos cacharritos, que son los mismos de la feria en los que nos hemos montado tantas veces, a reírnos un rato de la implacable tristeza de la vida.

PTDC0089

Ceuta, peligro para caminantes

Antonio Navarro Amuedo | 7 de septiembre de 2010 a las 13:11

Fueron sólo unas horas, ya lo sabes, pero las suficientes para sentir con placer la misma sensación de cada vez que nos soplan estas dos brisas de libertad situadas a un paso por carretera de nuestra residencia en el Magreb. El Ramadán expira ya este año y la ciudad nos concedió el fin de semana pasado el penúltimo alivio, a nosotros que no encontramos dónde comer en la calle como buenos rodríguez veraniegos ni dónde tomarnos una cervecita al entrar la noche. Te sonreirás al leerlo, y ya te lo he dicho muchas veces, pero lo mejor del viaje fue acudir a las calles repletas de embutidos, productos de la limpieza, aceites de oliva, alcoholes a precios más económicos y otras necesidades cotidianas del Eroski o del Día de Ceuta, dos de las fuentes fundamentales de empleo para la región entera, por triste que parezca.

Ceuta

También disfrutamos mucho en las terrazas del centro de la ciudad de los montaditos de lomo, los chipirones plancha y la ensaladilla rusa, que es la tapa de la gordura mental, me dijo un endocrino amigo, pero que no sabes cómo le pega aquí el personal, regado todo ello por cervecita fresquita o tinto de verano. También disfrutamos de la noche ceutí, con cubatas bien servidos, de ese pastiche andalucista llamado Pueblo Marinero, de sus terrazas, donde nos impresionaron la brevedad de las faldas y la desenvoltura de los jovencitos, que cada vez son más numerosos, implacable que es el tiempo.

Ceuta está hecha de desconfianzas y estereotipos, de gentes que siguen llamando moros, que es la única forma que emplean, a los vecinos y habitantes del otro lado de los carteles de carretera donde pone Marruecos. Ceuta es el territorio de señoritas que hablan por teléfono con una tapa de lomo con pimiento morrón en la mesa del colegio que le puede tocar a su hijo, que esperemos que no sea de los malos, y que si no es así me vuelvo a Guadix, o a Málaga, o a Barbate, o a Alicante, donde están mis padres. Ceuta es Mustafa pasando por la mesa de la señorita y enseñándole carteras de cuero dos a cinco euros, que vienen de Fez y, como todo el mundo sabe, son las mejores de todo el Magreb. Y de parejas de jubilados conjuntadas en rosa, con cuellos con los colores rojo y gualda, que pasean por el paseo marítimo por la tarde, que es una hora de un ftor invisible por aquí.

Ceuta es también una mezcolanza de nabiles y hananes pronunciados a la andaluza, más españoles que la tortilla de patatas para que no te me enfades, y perfectos en el dominio del árabe marroquí, que fue, seguramente, su lengua materna. Ceuta es una simbiosis más natural de lo que muchos podrían imaginarse, de mezquitas y capillas marineras frente por frente, quizá espejo de lo que serán muchos barrios de nuestras ciudades, si no lo son ya, dentro de unas décadas. Más allá, porque allí prosperan desde siempre judíos y también hay una comunidad india, cosas extrañas al norte de Tarifa. Una parada de un autobús donde nadie habla español en frente de un polideportivo en el que niños rubios y repeinados juegan con las camisetas oficiales del Barça y del Madrid. “¡¡Quillo, echa ya!!”. Ceuta son sevillanas y trajes de gitana y rebujito en la feria y llamadas a la grandeza de Alá desde las mezquitas de El Príncipe, que es peor que las Tres Mil, literal, me dijeron. No te lo creerás, pero vi salir de una boda a una especie de coro rociero y los acompañé durante unos metros, en los que fueron canturreando canciones.

Ceuta es mucho menos castrense de lo que me imaginé, menos me ha dado la impresión que la coqueta Melilla, mucho más arrabalera en su comienzo viniendo desde el Tarajal, la frontera. No encontré allí otra cosa que el reguero paciente y tranquilo de señoras y señores cargados de bolsas de los supermercados que te he citado arriba, muchos zumos, muchas chocolatinas y magdalenas, papel higiénico, servilletas, dodotis y cosas por el estilo, que empiezan a venderse al detalle aún en suelo español. Sin supervisiones, sin sobresaltos, como si aquello se hubiese estado haciendo toda la vida de dios.

Arriba, en una de las tiendecitas la darija suena en la radio y en la madre que le riñe a uno de sus niños, que no obedece; hay jamón serrano, pero pido un bocata de chopped de cerdo, que me encanta, como sabes. La salada sensación de estar en casa.

Últimas noticias de agosto

Antonio Navarro Amuedo | 1 de septiembre de 2010 a las 1:25

Siempre me reprochas las mismas dos cosas: que soy demasiado barroco en la escritura y que no te mande una carta con los recuerdos del viaje a Argelia, que, tienes razón, sabes que siempre te la doy cuando la tienes, cada vez quedan más lejanos. Agosto amanecía entonces con toda la ilusión de un mes de vacaciones, tórrido y ramadanesco, y se nos escapa ya con aires frescos de septiembre y la melancolía de días más cortos y ausencias más largas. Aunque es cierto también que más nítidas a la vez en la memoria quedan mis impresiones de Argel y alrededores y no será difícil contar las líneas maestras de lo visto, oído y también olido, que en estos países del Magreb, para lo bueno y para lo malo, es muy importante la experiencia olfativa en una descripción cabal de la cosa.

En fin, que agosto se nos ha escapado ya y yo te recupero las impresiones que viví en casa, cuando decidí disfrutar de uno de esos fines de semana que habrían hecho las delicias de don Antonio Machado, que admitía sin pudor preferir una Sevilla sin sevillanos, o, por lo menos, dicha osadía se le atribuye al genial poeta del Palacio de las Dueñas. El mismo aire caliente, las mismas avenidas desiertas, el mismo verde intenso de los árboles en plena festividad lumínica en la Palmera y el Parque de María Luisa y el mismo silencio de hormigón en El Polígono Norte, San Pablo o Los Remedios.

Regresé acompañado del jefe de los fotógrafos de Diario de Sevilla, Antonio Pizarro, que tuvo la misma paciencia que siempre conmigo, a un escenario que recorrí años atrás buscando las trazas de algo que intuía entonces lejano. Suyas son todas estas fotos y me adelanto a que me digas que era imposible que unas así de buenas llevaran mi firma porque no sé hacerlas. Era el primer viernes de Ramadán y allí estábamos dispuestos, Antonio y yo, a entrar en la mezquita del barrio del Cerezo, que recordarás que se hizo famoso por haber dado cobijo a los terroristas de ETA cuando uno de los asesinos acabó con la vida de Antonio Muñoz Cariñanos, médico militar que se encontraba trabajando en la calle Jesús del Gran Poder. Poco a poco, el barrio, cercano al hospital Macarena y al Parlamento de Andalucía, también a la muralla y a la Basílica, donde descansa la Esperanza, ha ido viendo instalarse a un buen número de inmigrantes foráneos, principalmente lationamericanos, magrebíes y subsaharianos. Una suerte de Lavapiés o Raval de Sevilla, salvando las distancias, que en este terreno la ciudad tiene mucho que aprender de las grandes urbes.

El ambiente en las calles era muy parecido al de otros barrios de la ciudad en las vísperas de un fin de semana, el que puede en la playa y el que no, disfrutando al fresco de la tarde; parejas de lationamericanos pelando la pava en los parquecitos y muchos niños, seguramente senegaleses, montados en los columpios aún calientes del sol. Fuimos a recoger testimonio de las celebraciones de Ramadán en el primero de los viernes del mes sagrado de los musulmanes.  Me descalcé, celebré la posibilidad de entrar en el modesto local de la mezquita y tomé asiento en las esterillas del suelo esperando harira y un vaso de leche fría. Nunca habría pensado que los montaditos y las cervecitas que me tomé después sufrirían la digestión tan armónicamente.

Además de la sopa de fideos y garbanzos reglamentaria en cada ruptura del ayuno, Hassan Idrissi, el imán de la mezquita, que reconozco que me asustó al principio con su chilaba inmaculada, su gesto serio y su barba rizada, como una especie de don Quijote  islámico paseando sus principios por los recodos de la barriada macarena, nos obsequió a Antonio y a mí con agua fresca, dátiles, café y pan con mantequilla. No nos puso ninguna pega para que les hiciéramos fotos en plena oración, todos mirando a la Meca, que es lo mismo que hacerlo hacia Carmona visto desde El Cerezo. A ver si aprenden aquí, en esta tierra magrebí que me acoge, que ya obliga a los periodistas a tener una autorización del Gobierno para grabar fuera de Rabat, la capital de Marruecos.

Después, noté sólo simpatía en cada uno de los marroquíes que se me acercaban, al verme con la libretita y la pinta total con la que les chapurreaba las cuatro palabras que me sé en el dialecto árabe del Magreb. Pugnaban por explicarme en qué constistía el ftour, que es la comida que estábamos celebrando, un poco tarde, eso sí, por mi culpa, ya lo sabes, ya quedaban sólo restos, y que sirve de final al ayuno de cada una de las jornadas del mes de Ramadán.

De Tetuán, de Tánger, de Alhucemas, de Nador, de Marraquech, un poco de todo, pero mucha gente del norte de las antenas parabólicas en español, todos los rencores históricos superados y todos los sueños puestos en los ferrys de ida a Algeciras. También vi mucha miseria, como la de un argelino, tengo su nombre y apellidos en la libretita negra, que me apenó bastante y con el que intenté en vano comunicarme diciéndole que Argel me había gustado mucho. Uno de los marroquíes que veía mi intento de conversación no hacía más que decirme que no tenía ni papeles ni trabajo y que lo ayudáramos a encontrarle uno mientras me señalaba la libreta.

Después de eso me despedí, nos pusimos los cascos, nos montamos en la moto y volvimos al centro, a la redacción. Tras cerrar los ordenadores, nos esperaba el olor de las cocinas y el ruido de los tenedores y las conversaciones y más tarde el ambiente festivo de las terrazas de verano, las faldas imposibles, el ron colándose entre los hielos y el personal luciendo bronceado y presumiendo de vacaciones. Fez me recibía al día siguiente con su tren imprevisible, desde donde vi a los niños que se refrescan en las acequias y a los adultos que aguardaban, un día más, a la caída del sol para beber el primer sorbo de agua y el primer dátil.

Carta a Mohammed VI

Antonio Navarro Amuedo | 20 de agosto de 2010 a las 0:01

Majestad:

Vaya por delante que no estoy muy acostumbrado a dirigirme a monarcas ni a figuras de la envergadura de la suya y le agradezco que perdone la descortesía en la que incurriré una y otra vez al utilizar unas formas que no son las que usted frecuenta en su correspondencia habitual. Le agradezco mucho, repito, la amabilidad de acceder a leer estas torpes líneas.

Como podrá imaginarse, me han animado a escribirle esta misiva desde el otro lado del Estrecho, donde me encuentro, no muy lejos del bello puerto de Tánger y al azul espumoso que baña el Cabo Espartel,  los episodios acaecidos en torno a la frontera de la ciudad de Melilla con su Reino.

Le aseguro que el sentir mío y de los míos y me atrevo a decir que el de miles y miles, la inmensa mayoría de los españoles, es el del repudio de la violencia y la discriminación hacia cualquier persona, sea ésta quien sea, cualquiera que sea su raza, fortuna o condición. Desconozco si han tenido lugar esos episodios desagradables que su Ministerio denuncia, porque no he hablado con nadie envuelto en los mismos, pero si ello hubiera ocurrido, mi reacción no sería otra que la de una repulsa absoluta. Y reitero lo dicho: la misma sería compartida por mis próximos y la mayoría inmensa de mis compatriotas.

He visto en alguna ocasión el ambiente de la frontera de Beni Enzar, en Nador, que se ha hecho tristemente célebre estos días. Y la he cruzado a pie. He charlado con los taxistas de Nador, con algún comerciante de los cafés cercanos, he subido a los autobuses que nos transportaban por la zona, he hablado con policías y con gente anónima que cruza a uno y otro lado, que lleva haciéndolo toda la vida, a gente que maneja el español con formas y giros castellanos con la misma certeza con que habla la darija de estas tierras mediterráneas. Sé que son sombras de la realidad, pequeños instantes cotidianos, que no he hecho un trabajo de campo exhaustivo, así que no puedo arrojar aserciones rotundas, porque sería injusto y faltaría a la verdad, pero fueron mis impresiones.

Sin embargo, en mi pobre y esporádica observación he visto, sobre todo, comprensión y simpatía por parte de la Policía española. He visto guiñar el ojo a marroquíes que cruzaban cargados de productos de los supermercados melillenses, algunos de ellos forzando los límites de la naturaleza humana.

Con todo, la impresión mayor que conservo del tiempo en que viví en las tierras de su Reino es la de la bondad, la simpatía y el cariño dispensados hacia mi persona. Y, por lo que he podido apreciar, ésta es conducta general de los habitantes de su Reino hacia los foráneos.

Lo he celebrado desde el primer día. He tratado de difundirlo siempre a propios y extraños. A viajeros esporádicos y a familiares que llegaban a visitarme. A compatriotas y a gentes, en fin, de todo el mundo que pasaban por el Magreb. La mayoría de los marroquíes quieren a España. Y eso, con los errores y las injusticias cometidas por mis antepasados a lo largo de la historia, que no las negaré, es una noble manifestación de magnanimidad.

Por todo ello, Majestad, no puedo sino manifestarle mi tristeza por lo ocurrido estos días en torno al paso fronterizo de Melilla.

Comprendo y respeto la legítima aspiración marroquí de reclamar la soberanía de la ciudad de Melilla. Existen vías, a éste y otro lado del Estrecho, para expresarla; para ello están los foros institucionales y la prensa. Pero creo que las consecuencias de los incidentes de Beni Enzar no ayudan a nada. No, desde luego, a que su Reino abra un debate serio y razonable en torno a la cuestión de la soberanía de la ciudad.

Por el contrario, los acontecimientos de estas últimas semanas han dado alas a las posturas más radicales y nefastas para la relación entre ambos países. En mi país, con independencia de quién tenga la razón, al margen de lo certero de los diagnósticos, los hechos han causado daño.

En primer lugar, han vuelto a enfrentar a Gobierno y oposición. Y han contribuido a separar un poco más a los españoles y a minar la convivencia política y general.

Y, fundamentalmente, han deteriorado la imagen de Marruecos entre mis compatriotas. Algo que nos entristece a los que queremos y respetamos profundamente a Marruecos. Algo que molesta especialmente a quienes trabajan diariamente por el bienestar de ambos pueblos, que no son pocos, se lo aseguro.

Gente que, usted debe saberlo, aprecia los avances realizados por su Reino en materia de progreso material y social y que usted ha capitaneado. Personas que son perfectamente conscientes, sin embargo, de que aún queda mucho por hacer y que hay amplias zonas de sombra. Son profesionales que están dando lo mejor de su edad por empresas que crecen y se desarrollan a ambos lados del Estrecho. Conozco a algunos y por ello los recuerdo ahora, porque es justo decirlo. Empresarios, profesores, periodistas, etc. Trabajan y viven en Tánger, Larache, Tetuán, Asilah, pero también en Rabat, Casablanca o Agadir. Son invisibles allí y aquí. Desgraciadamente.

Hombres y mujeres que, ilusionadas, han creído en Marruecos, en el Magreb, en su futuro, en su amistad y cooperación con España, al considerarlo el vecino y amigo que siempre ha debido ser.

Gentes que se han sentido decepcionadas por estos hechos, por el odio destilado por algunos en Marruecos y en España, por el retroceso que puede suponer, aunque que se nieguen a aceptarlo y lo combatirán con todas sus fuerzas, todo este episodio. Se han dicho cosas injustas y con muy mala intención.

A mí me da la sensación de que parte del trabajo hecho se ha tirado por tierra. Espero que tardemos poco en recuperar el terreno desandado. Pondremos la mejor de nuestras voluntades.

Creo que ya he abusado demasiado de su tiempo. Le reitero el agradecimiento por haber llegado hasta este punto con la lectura.

Ramadan mubarak.

Ramadán, día cuatro

Antonio Navarro Amuedo | 16 de agosto de 2010 a las 21:39

Llevo varios días intentando contarte mis impresiones de estos primeros días de Ramadán y, por una razón o por otra, postergando la decisión de sentarme a ponerlas negro sobre blanco. He estado de viaje, pero ahora descanso junto al mar sintiendo una brisa que es tan próxima y tan lejana a la vez de aquella que nos alivias las tardes en el Magreb. Aquí el sol es tan implacable como en los olivares de Fez, donde los niños se refrescan en las acequias junto a las cunetas, o como en las llanuras pardas de Marraquech, donde crecen palmeras y edificios ocres, que los hay lujosos y miserables, como pasa en esta ciudad por todas partes. Pero el sol no cae con el mismo silencio con que lo hace entre las colinas que divisamos al otro lado del tren a la hora del ftor, cuando los musulmanes pueden romper el ayuno con dátiles, leche fresca, zumo de aguacate y naranja, unas especies de pestiños y pan. Lo hacen cada tarde, con tranquilidad y alegría.

En Rabat, las escenas del barrio desiertas volvieron a impresionarme a la hora silenciosa. La plaza de Jamaa El Fna de Marraquech fue la fiesta de cada noche, con sus humaredas de brochetas y de pinchitos de carne picada. Allí los encantadores de serpientes y los vendedores de zumos y bocatas no hacen distinción entre Ramadanes y el resto de semanas del calendario, siempre pendientes de buscar españoles por su término municipal y a una pareja de guiris requemada para ponerles la boa en la espalda. En Fez, donde todo es mucho más solemne y silencioso, me impresionó la hora del ftor con un vacío general de impresión. Y eso que no pisé la vieja medina, mi favorita, como ya te he dicho muchas veces.

Al teléfono me preguntan insistentemente si la cosa está tan mala como dicen los medios de comunicación al otro lado del Estrecho. Si una nueva Marcha Verde está a punto de salir cargada de miseria y promesas a la frontera de Nador y Melilla. Yo les he dicho siempre lo mismo: que aquí la gente lleva cada vez más camisetas de la selección campeona del mundo de fútbol  y del FC Barcelona. Y que aguardan a la sombra y pensando en otras cosas, en sus cosas, que vete tú a saber, que lleguen las siete y pico de la tarde y poder tomar el primer sorbo de agua y el primer pan con mortadela.

Te he subido este vídeo que he conseguido grabar con el teléfono móvil.