Anás

Antonio Navarro Amuedo | 10 de agosto de 2010 a las 2:40

El cielo está nublado hoy domingo de agosto, como a menudo en esta costa atlántica del Magreb, y no hace día de playa, aunque el bochorno aprieta. Se respira en el ambiente que el ramadán está cercano. Prontos los ritmos marroquíes se harán un poco más lentos; dentro de pocas fechas el mes de ayuno y abstinencia traerá estampas de calles silenciosas y vacías, de una espiritualidad acentuada por los rigores.  La zona de Al Manal, en la rotulada hoy como avenida de las FAR, queda un poco a trasmano de todo en Rabat.  No está cerca de la bulliciosa medina; ni a un paso del populoso L’Océan, antaño barrio de las embajadas y los embajadores y lugar de acogida para la población española que residía en la capital marroquí durante los primeros años de la independencia; muy distantes quedan los modernos Agdal y Hay Riad, donde proliferan franquicias de ropa occidental y comida rápida para solaz de las clases acomodadas de Rabat. La zona comercial de Al Manal y poissons Anass, donde vinimos a comer el domingo, están en el barrio del Menzeh, cerca de la larga corniche costera de la capital marroquí, donde la primera línea de playa es una sucesión de explanadas batidas por el viento y cortafuegos a la amenaza permanente del mar.

Anás tiene nombre de sacerdote del Sumo Sanedrín que juzgó a Jesucristo en Palestina. Palestina, la de hoy, queda lejos aquí, aunque la televisión Al Jazeera se empeñe en acercar la lucha de aquel pueblo contra los israelitas desde su oficina en Hay Riad, uno de los barrios pijos de Rabat. El Anás de Rabat, al que no tenemos el gusto de conocer, lo que borda son las frituras de calamares, acedías y pijotas, además de las gambas a la plancha salpicadas de cilantro, que aquí se lo echan a todo. Anás suena a paso de misterio de la Hermandad del Dulce Nombre de Sevilla, vulgo la Bofetá. Tiene nombre de uno de los judíos con cara de malo de los pasos de la Semana Santa de la capital andaluza. Anás es además el nombre del sobrino de Rachid, mi mejor amigo marroquí, un bereber que pone lo mejor de su esfuerzo y su inteligencia para ayudar a los despistados empresarios españoles en su búsqueda por este El Dorado marroquí. Rachid duda del origen hebreo del nombre en su forma local, aunque me asegura que es común en el Magreb y el resto del mundo arábigo-musulmán.

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Anás es como esos bares playeros a los que hay que entrar con tapones en los oídos porque los decibelios de humanidad agreden a los tímpanos en los paseos marítimos de Chipiona, Matalascañas, Rota o Mazagón. Aquí no se estila el tinto de verano ni el salpicón de marisco, ni los espetos, ni el gazpacho con guarnición, pero prometo que mucho de lo que se ofrece en Anás, al otro lado del Estrecho, se parece a lo de allá: las frituras, los mejillones, una tentativa loable de paella, las sardinas a la parrilla, etcétera. Anás rebosa de humanidad, digo, de familias completas que aparcan donde pueden en torno a la rotonda de Al Manal, que esperan impacientes su turnos, ellas con pañuelos al sol y ellos con la camiseta del Barcelona y a la espalda el nombre de Iniesta, que encima es el más blanquito de todos los peloteros ibéricos campeones. En Anás las espinas de las acedías se amontonan sobre la mesa mientras los platos se vacían de pescado frito y los dedos se llenan de pringue, que sólo podemos quitar con una suerte de papel de estraza. Y todo es muy económico: por menos de ocho euros a uno le queda la sensación de haberse quedado bien saciado. En Anás, en fin, los camareros aquí corren con un puntito de alegría que no se encuentra en otras partes de la ciudad, con cestas de pan y platitos de salsa de tomate con comino para ir abriendo boca. Me encanta venir a casa de Anás un domingo de vez en cuando y ver cómo disfrutamos tanto, aquí y allí, que en esto todos los hombres se igualan, pelando una tras otra las gambas y pinchando calamares fritos en una plomiza tarde de agosto cualquiera.

Fronteras

Antonio Navarro Amuedo | 3 de agosto de 2010 a las 20:05

Hace mucho que los tiempos dejaron de ser buenos para la lírica de las fronteras y, sin embargo, sólo fuente para relatos épicos. Nos detendremos hoy en el puesto fronterizo entre Marruecos y Argelia por carretera cercano a la ciudad de Uxda (o Oujda, según la denominación francesa), que permanece desde 1994 cerrado. Los límites entre estos dos Estados son los mayores del mundo por longitud que continúan clausurados. Uxda es una ciudad de medio millón de habitantes situada en los confines de la región oriental de Marruecos, una de las más pobres del país, alejada de los aires renovados de la costa atlántica y castigada por un sol despiadado.  Pese a todo, bastante ordenada. La patria chica del presidente actual de Argelia, Abdelaziz Bouteflika, paradójicamente. El cierre del límite entre los dos países del Magreb puede ser metáfora de muchas cosas, pero la primera que viene a la cabeza es la de la vergüenza, el caos y la sinrazón reinante en las relaciones entre los dos países vecinos. Teóricamente, desde 1988 Argelia y Marruecos forman, junto a Libia, Túnez y Mauritania, la Unión del Magreb Árabe, un organismo permanente creado con el fin de fomentar el comercio entre la comunidad de naciones norteafricana pero en la práctica inoperante. El sábado pasado, en el llamado Discurso del Trono, con el que el monarca alauita celebra cada 30 de julio su ascenso al poder en Marruecos, Mohamed VI, mostrando su disposición por trabajar en pro de la unidad magrebí, no pasó por alto el error histórico argelino. “Esperamos que Argelia deje de contrariar la lógica de la historia, de la geografía, de la legitimidad y de la legitimidad respecto al Sáhara marroquí y que renuncie a sus maniobras desesperadas que tratan en vano de torpedear la dinámica generada a partir de nuestra propuesta de autonomía para nuestras provincias del sur”.  Las  malas relaciones entre Marruecos y Argelia siguen estando indeleblemente marcadas por el conflicto saharaui: Argelia apoya al Frente Polisario y defiende la independencia de la ex colonia española, que Marruecos administra y segurirá administrando más que presumiblemente.

El coche de Mohamed y nuestra curiosidad nos llevan al famoso puesto fronterizo fantasma. Venimos de Saïdia, una de las playas favoritas de los marroquíes de esta zona, al este de Melilla. La línea parece clara, nos indica el chófer del gran taxi, y se divisan perfectamente los paisajes estivales del otro lado de la frontera. Idénticos cereales pardos, mismo sol sofocante. La ruta está marcada, pero, efectivamente, el puesto fronterizo está cerrado.  Vigilan amenazantes policías a ambos lados del puesto aduanero. Se alertan de la llegada de un coche de Uxda. Cepos y pinchos se disponen a lo ancho de la carretera para impedir el paso a los vehículos y la prohibición de hacer fotografías es expresa. La vista al fondo y detrás de la estructura fronteriza se divisa una bandera verde y blanca de Argelia, media luna y estrella. Nos quedamos con las ganas de cruzar y hablar con los argelinos; tomarnos un bocata de carne picada en el primer pueblo, contar las diferencias entre un lado y otro. La escena parece tan estática que nadie duda de que seguirá siendo idéntica durante años. Qué pena, ¿verdad?

El relato de Mohammed, el taxista que nos llevó desde la estación de tren, tiene tintes épicos, que no gloriosos: hoy conduce un gran taxi con el que da portes a la población local por Uxda y alrededores. Anteriormente, su oficio era el de contrabandista: el taxista se sincera y nos cuenta cómo el cierre de la frontera no es absoluto y que con la complicidad de los agentes el gasoil llega desde Argelia y los plátanos marroquíes cruzan a la vecina República Socialista. Al otro lado de la frontera, continuando la costa mediterránea de resina de pinos, adelfas, olivos y viñas y el mar azul, se erige junto a las ruinas romanas de Tipaza el epitafio de Albert Camus: Comprendo aquí eso que llaman gloria: el derecho de amar sin medida. He aquí la mayor gloria de la condición humana. Que zurzan a las fronteras, los controles policiales y la cabezonería de los que mandan en uno y otro lado. Pero eso lo contaremos otro día.

Regateos (I)

Antonio Navarro Amuedo | 21 de julio de 2010 a las 14:46

Una de las señas de identidad de este conjunto de pueblos que habita en el norte de África es la generalización del regateo. Obligación en cualquier guía de viajes que se precie sobre Marruecos, el viajero occidental es advertido de que tendrá que contar con esta forma de proceder en su periplo por estas tierras. Las guías del viajero contemporáneas ofrecen, salvado el escollo de la caducidad temporal, orientaciones sobre qué pagar por un par de babuchas en tal o cual medina o por un trayecto en taxi en una travesía urbana del país. No es una tarea agradable. Simpática y curiosa para algunos, desesperante y molesta para otros. Con mayor o menor fortuna, todo el mundo prueba en su visita al Magreb. La cuestión es no ser engañado demasiado; como dice la máxima, en pagar lo que uno está dispuesto a pagar por un objeto determinado dadas las circunstancias del momento.

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Estas magníficas instanténeas son obra de Miguel Roca, buen fotógrafo y mucho mejor persona

Estas magníficas instantáneas son obra de Miguel Roca, buen fotógrafo y mucho mejor persona. Corresponden a la ciudad de Marrakech.

En esto, como en casi nada, Europa no es homogénea y las artes regateadoras de franceses son distintas de las españolas y no digamos de las poco diestras de ingleses -o estadounidenses- o alemanes cuando les da por bajar hasta aquí. Las medinas que reciben turistas de países más ricos o de un perfil económico medio-alto rompen la baraja nacional de los precios. Marrakech, por ejemplo, donde acude a menudo un turismo europeo de alto poder adquisitivo, cuenta con precios más elevados, intolerables para los que venimos del Marruecos menos masificado.

En el arte del regateo hay varias máximas. La primera, la base del silogismo, es que los bienes no tienen un precio fijo. Valen lo que valen en cada circunstancia. Valen lo que el vendedor, quizá apretado por una deuda o feliz de hallarse ante un español que apura sus últimas horas antes de volver a casa y al que le van a sobrar bastantes dirhams en la cartera, acepta mientras entrega la chilaba envuelta en una bolsa de plástico. El vendedor nunca sale perdiendo, recitamos todos al salir del puesto contando las monedas que nos quedan aún en el bolsillo.

Otra máxima es que el extranjero siempre pagará más que el local. Esta máxima la refuerza el hecho de que el vendedor de bolsos de la medina reiterará que el precio por el que te acaba de vender el regalo que le llevarás a tu hermana de Marruecos “es de amigo”. O que “marroquíes y españoles somos hermanos y pagamos lo mismo”.

Todo se regatea, nada permanece estable, en fin, diríamos en un remedo de Heráclito. La cesta de la compra en los puestos de verduras, la carrera de un petit taxi en la ciudad, todo, en suma, en las medinas, gran mercado al aire libre de precios volátiles para todos los bolsillos y todas las voluntades: desde la media docena de huevos hasta el caftán más lujoso pueden revisarse.

Llevo ya un tiempo considerable en estas tierras y me creo feliz cuando apuro y rebajo el precio del regalo que algún visitante que me acompaña quiere llevarse. Pero no pasa un día en que sea víctima de un engaño más o menos consciente. Los expatriados nos advertimos después de cada excursión de los precios no marcados de servicios o productos que vamos a necesitar para ayudar al siguiente que pase por el mismo sitio. Por ejemplo, especialmente importante son los precios en gran taxi. El gran taxi es el transporte público por excelencia en un país donde los autobuses asustan un poco: son viejos Mercedes en los que nos encajamos hasta seis personas sin incluir al chófer. No hay cinturones y las condiciones de seguridad son más que discutibles. Por lo general por cuatro, cinco o seis euros (50 o 60 dirhams) por cabeza uno puede viajar de Rabat a Casablanca, de Tánger a Tetuán, de El Jadida a Ualidía,  de Saidía a Uchda.

Cada maestrillo tiene su librillo. Considero importante no desesperar ni apresurarse. Nunca ofrecer al vendedor nuestro último aliento, la sospecha de que estamos vencidos y próximos a capitular. Hay que superar el escrúpulo de ser violentado verbalmente; aprender a decir no y a moverse con desenvoltura ante las encerronas perfectamente organizadas en los puestos de alfombras o tejidos de las medinas. Incluso circulan reglas nemotécnicas para calcular lo justo. No estoy muy puesto en matemáticas, pero viene a ser que si te piden, de entrada, 100 por algo, hay que dejarlo en la mitad más un poco más como mínimo. Es decir, nunca pagar más de 60. Cuando uno, iluso, se ha salido con la suya y le salen las cuentas, la satisfacción es íntima  e inmediata. Poco importa la escala real del ahorro: a veces hablamos de algunos céntimos de euro al cambio. No es lo importante; es creerse estar a la altura de toda esta ciencia.

El regateo puede convertirse en lo más desagradable para el visitante que llega a Marruecos dispuesto a pasar unas plácidas vacaciones y que acaba siendo protagonista, si se pone a ello, de alguna de estas pequeñas representaciones teatrales del tira y afloja magrebí. Una pareja de finlandeses amigos que lleva viviendo aquí casi dos años reconoce sentirse aliviada y feliz cada vez  que regresa del Marjane, el gran supermercado nacional, donde todos los precios están marcados con etiquetas. Pero no se apuren: aunque parezca que deberá salir protegido del puesto de recuerdos; aunque crea, en el caso de haber logrado su empeño, que ha robado el pan a una familia y que puede ser, cuando menos, víctima de una mala contestación, saldrá bendecido de la tienda, mano al pecho del vendedor, hasta la próxima amigo, inchallah.

Después de la pasión patriótica

Antonio Navarro Amuedo | 15 de julio de 2010 a las 13:57

Martes 12 de julio. Últimos coletazos mediáticos de la victoria de la selección española de fútbol en el Campeonato del Mundo. Con matices y diferencias, la prensa marroquí, como ha ocurrido en todo el orbe, destaca el triunfo del equipo español. Incluso el irredento Al Massae dedica su fotografía central, el mismo espacio en el que hace unos días figuraban un grupito de paisanos que invitaba a España a marcharse del islote Perejil -aquel en el cual Unamuno creyó hallar el origen de la etimología Hispania-, a una de las celebraciones por la victoria futbolera. Es la Casa de España de Tetuán; la calidad informativa de las fotografías es lamentable y las instantáneas representan a un grupo de personas sentadas alrededor de varias mesas como si se tratase de una cena de trabajo o una primera comunión.

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Los dos Marruecos. Uno de los dos Marruecos ha de helarte el corazón. (¿Sólo dos?) Tánger, Tetuán, Alhucemas, Nador. Geografías del antiguo Protectorado hispano. Tras el gol de Iniesta, mucha fue la gente que salió a la calle a celebrar la victoria de España. Son marroquíes hispanófilos e hispanófonos. “Es que en mi casa escuchábamos cuando yo era pequeño a Franco en la Plaza de Oriente; para mí España es absolutamente familiar”, me confesaba hace poco un antiguo militante rifeño contra el régimen de Hassan II, padre del monarca actual. Yasmin Haik, que es, además de muy inteligente, una amiga tetuaní que trabaja desde El Cairo para la agencia EFE, me decía que se crió con Espinete, Chema y el resto de personajes de Barrio Sésamo en el salón de su casa. Habla un español impecable. Como Mohammed Tanji, tangerino, jefe del servicio en español de la MAP (la agencia de prensa marroquí), que quiebra la voz como un viejo poeta latinoamericano. Todos me han felicitado sinceramente por el triunfo de la selección. Una hispanofilia, pese a que el monarca habla perfectamente la lengua española, que está silenciada en la oficialidad marroquí. Un Mohamed VI, por cierto, que felicitó por vía telefónica al Rey Juan Carlos y a Rodríguez Zapatero por la victoria española, como cuenta el medio más oficialista de todos en el titular principal de su portada.LeMatinEspagne

El Marruecos del sur, el de Casablanca, Rabat y Marrakech, la otra mitad de este rompecabezas identitario que constituye el vecino magrebí, mira con un punto menos de pasión pero idéntica admiración los triunfos futbolísticos de España. Los cláxones sonaron con ahínco y las concentraciones para celebrar la victoria se repetían en Casablanca y Rabat. Este Marruecos francófilo del sur coincide con los nacionalistas catalanes en identificar al Fútbol Club Barcelona con la selección nacional. España es, sobre todo, el Barça y se aprovecha de la trabajada compenetración de sus jugadores. Muchos de los rabatíes que abarrotaban los cafés de la ciudad durante los partidos de España del Mundial vestían la camiseta del Barça. Y, ante la presencia de alguno de los españoles, en ocasiones espetaban un Visca el Barça i Visca Catalunya para evidenciar conciencia y conocimiento de la complejidad del rompecabezas identitario y administrativo hispano, que traspasa fronteras para mayor embrollo de la cuestión.

La Barçamanía, el amor por el club barcelonés, se siente como algo propio. No es casualidad que el Madrid tenga menos adeptos en Marruecos: el sentimiento anticentralista y catalanista del FC Barcelona ha seducido a muchos marroquíes emigrados a Cataluña -principal región de destino en España-, que asocian a Madrid lo peor de su periplo en nuestro país, como las leyes de extranjería y el resto de trabas administrativas.

Nuestro país ha vivido estos días una auténtica borrachera simbólica. La cosa empezaba en Barcelona en la víspera de la manifestación catalana contra la sentencia del Tribunal Constitucional y culminaba unas horas después con la marea rojigualda que desbordó geografías de norte a sur para celebrar el éxito deportivo de la selección.  España Roja, titulaba El Periódico, con ecos de un titular jamás escrito para el 18 de julio de una hipotética victoria republicana en la contienda civil. Antes rota que roja. Nunca se vieron, no obstante, tantas banderas nacionales como en estos dos días de celebración. Todo había empezado, digo, en Barcelona, con la impugnación pública y la llamada a la rebeldía civil de la Generalitat y la clase política catalana ante una sentencia, la del Alto Tribual, que no les agrada lo suficiente. Grave precedente de deslegitimación de la autoridad de uno de los fundamentos de nuestro armazón institucional que pasa desapercibido estos días. La España actual no reconoce la pluralidad del país, sus lenguas y sus paisajes, sus butifarras y sus txistorras, sus salmorejos y sus cocidos… Esta constitución no nos vale, porque no nos admite en nuestra diferencia, dicen los nacionalistas convocantes y contestatarios.

¿Que si España es plural? Mucho, tanto como los 45 millones de individuos que se levantan todos los días con sus problemas económicos y sus miserias y alegrías cotidianas. ¿Más que ningún otro Estado? Puf. No sé. Observo este país que me acoge en la orilla norte de África y encuentro un mosaico de lenguas, clases y geografías. Rifeños, bereberes del norte y del sur; francófilos y anticolonialistas; árabes y arabizados; hispanófilos del norte; musulmanes e islamistas; en fin, ricos y pobres, muchos de solemnidad. En su euforia, miles de marroquíes ondearon banderas rojas y gualdas para mostrar pleitesía a la excelencia deportiva de los futbolistas de España, un país que, desde la distancia, se otea más simpático y menos roto y plural de lo que creen verlo desde allí arriba.

¡Fuera y viva España!

Antonio Navarro Amuedo | 9 de julio de 2010 a las 18:27

Viernes 9 de julio. Vísperas de la final de la Copa del Mundo de fútbol. Los marroquíes aguardan, como el resto del orbe futbolero, que la “Roja” remate la faena y culmine el sueño el domingo, aún con la resaca de felicidad del éxito de la selección española en semifinales. Las portadas de los periódicos nacionales se hacen eco con discrección del triunfo español en las semifinales de Sudáfrica. La primera de Al Massae, el diario más vendido de Marruecos, escoge para su portada la discordia con un punto de ridiculez. En un recuadro central, un artículo rescata con ironía la información aparecida recientemente en El Mundo acerca del error cometido por Google maps al considerar marroquíes varios enclaves rocosos de soberanía española en las costas marroquíes -Peñón de Vélez de la Gomera, de Alhucemas, las islas Chafarinas y Perejil-y muestra una fotografía sin fechar de un grupo de personas, entre ellas tres niños, que portan un letrero que reza Fuera España acompañado de una cruz gamada. Se intuye que es un promontorio desde el que se divisa el islote Perejil o Laila, según la toponimia local, y que las instantáneas corresponden a la crisis generada por el islote en julio de 2002, hace ahora ocho años.

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Fuera España. Es el mismo deseo de los líderes del Istiqlal, empezando por el actual primer ministro El Fassi, como recordó no hace mucho en el Parlamento marroquí, respecto del futuro de Ceuta y Melilla. La prensa marroquí, como la clase política, es casi unánime cuando califica de “ocupadas” a las dos ciudades autónomas españolas situadas en tierras norteafricanas.  ¿Quiere esto decir que existe un clamor popular favorable a una reivindicación firme de las dos urbes? En absoluto. Aunque el vecino de a pie defiende que Ceuta y Melilla son una reliquia colonial y que volverán antes o después a formar parte de la soberanía nacional, el marroquí medio es perfectamente consciente de que el país tiene problemas mucho más perentorios. Tiene claro que al poder le queda mucho por hacer para mejorar las condiciones de vida de los marroquíes que ya lo son y que la descolonización puede esperar un ratito por lo menos.

¿Tiene que ver, en fin, el Fuera España de la portada de Al Massae con los sentimientos de la gente que comía esta tarde cuscús después de ir a la mezquita? Por las calles de mi barrio de Hassan, la gente me paraba el pasado miércoles desde el interior de los cafés para darme la enhorabuena por el gol de Puyol. Vive l’Espagne!, me decía ayer el camarero del café de delante de mi casa en Rabat. “Felicitations, Antonio”. Idéntica alegría y sonrisa de oreja a oreja la de Saïd, el del estanco. Mubarak, el entrañable portero de mi bloque, con el que llevo casi dos años entendiéndome a duras penas, sólo hacía que gritar “¡¡Casillas!!” y “¡¡Puyol!!” a toda voz emulando con saltos a los dos futbolistas cuando me vio cruzar el umbral del edificio.  En las horas previas de los partidos de octavos, de cuartos, de la liguilla, los vecinos me deseaban suerte como si enfilara la calle Iris antes de entrar en la Maestranza.

Fuera España/Viva España. Opinión publicada vs opinión pública. En casa estos días: Canaletas de Barcelona y las celebraciones por la Roja el miércoles y manifestación pro Estatut y soberanía nacional catalana el sábado. Partidos políticos, intereses del poder por un lado y gente de a pie por el otro. Divorcios de nuestro tiempo. Yo, personalmente, me quedo con el cariño de la gente de mi barrio.

Sueldos

Antonio Navarro Amuedo | 25 de junio de 2010 a las 12:33

La Vie Économique -un semanario de actualidad económica editado en Casablanca- publica en su último número un amplio reportaje dedicado a los sueldos que cobran los parlamentarios marroquíes.  El titular principal del mismo: ¿Cobran nuestros parlamentarios demasiado? El texto responde con precisión 30.000 dirhams al mes. Algo menos de 3.000 euros netos. En un despiece de la información, la comparación con Francia; siempre la referencia gala, la antigua metrópoli, en la prensa marroquí en lengua francesa:  neto mensual de 5.200 euros. Sin ser especialmente opinativo, el articulista plantea en las entradillas varios interrogantes: “Perciben un salario mensual de 30.000 dirhams y la opinión pública lo encuentra desorbitado fundamentalmente debido al absentismo”; cotización al partido, financiación de una oficina en la circunscripción, ayudas sociales : “cargos no despreciables y demandados por los ciudadanos”;  “para el que realmente quiera desempeñar su trabajo como electo la remuneración no basta en muchos casos”. Además, el reportaje pone de relieve que los presidentes de la cámara alta y baja perciben más que el primer ministro. El tono general del artículo, al fin, es justificativo.

En efecto, 3.000 euros netos puede ser mucho y poco. Como ocurre con el llamado índice Big Mac, que marca las diferencias del nivel de precios entre países tomando como referencia el precio de la hamburguesa estrella de McDonald’s, supongo que esos euros de diferencia entre lo que percibe un diputado galo y otro marroquí registran parte de las distancias entre ambas realidades. Sin embargo, el problema surge cuando la referencias se toman en clave exclusivamente interna. Es decir, el euro que separa el menú Big Mac en Meknès y en Valencia no registra la diferencia en el nivel de vida de una familia media de la ciudad imperial y de la capital del Turia, por poner un solo ejemplo. En Rabat o Casablanca los adolescentes van alegres y risueños los viernes por la tarde a tomarse hamburguesas con patatas fritas, en lo que constituye un gesto de distinción. Los casi cinco euros que, al cambio, cuesta un menú completo en la franquicia estadounidense dan para que un hogar de cinco miembros coma una jornada entera a base de guisos de verdura con un pedazo de carne de cordero o vaca.

Ciertamente los 3.000 euros oficiales de los que habla La Vie Éco pueden ser pocos para llegar a final de mes en Marruecos, cómo no. Pero, de cara a la parroquia interna, cuando en amplias zonas rurales del país se vive casi del trueque, de la mendicidad y el trapicheo en las ciudades, en torno a la mitad de la población de Marruecos es analfabeta y el salario mínimo no llega a los 200 euros mensuales, el tren de vida de los diputados marroquíes es más difícil de justificar. Lo cierto es que el agravio existe igualmente cuando comparamos el sueldo de un diputado en el Congreso con lo que perciben miles de trabajadores en esta España de las odiosas comparaciones. Aquí, sin embargo, la buena salud de las finanzas del Estado marroquí y del sistema financiero, según se encargan de repetirnos los papeles casi a diario, parece haber hecho innecesario cualquier tipo de recorte presupuestario como los que se están aplicando sin titubeos al norte de Tánger.

Con todo, las críticas más duras de la prensa marroquí, con escasas excepciones, tiene a los políticos, a la clase política, como blanco preferido. En general, los políticos son el mal (corruptos, vagos, derrochadores, etc.), que no la alta dirección del Estado, siempre inspirada por la mejor voluntad. Usted no se meta en política, que diría el otro, que después pasa lo que pasa.

Medinas

Antonio Navarro Amuedo | 21 de junio de 2010 a las 15:39

Las medinas -voz que significa ciudad en árabe- son el centro neurálgico de las poblaciones marroquíes. Albergan en sus calles, generalmente tortuosas y laberínticas, los oficios y comercios tradicionales. Un baño de marroquinidad es hacer una inmersión en la antigua medina de Fez o de Marrakech. Quien quiera llevarse, por muy poco diestro que uno sea con los aparatitos fotográficos, un ramillete de instantáneas para enseñar a los amigos de vuelta a casa, que pasee por las callejuelas de alguna de las medinas magrebíes. La de Tetuán es robusta, la adornan geranios, faroles, azulejos y cal y presume de llamarse andaluza; la de Xauen, coqueta, gusta por su elegancia añil en las calizas laderas rifeñas; la de Rabat resulta cómoda y operativa; la de Casablanca, como la urbe atlántica toda, es caótica; la de Marrakech es víctima del turismo, ese gran invento, que hace que por boca de los vendedores de babuchas se pronuncien palabras no sólo en inglés o español, sino también reclamos en holandés, alemán o ruso.

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Asaltan en las medinas los olores, poderosísimos, de las especias, el pescado al que el sol ha calentado durante toda la jornada pese a los bloques de hielo, los pollos que acaban de ser ajusticiados delante de los mismos ojos del cliente que los eligió, de los cueros y los curtidores de las piscinas de la medina de Fez, la más salvaje y auténtica de todo el territorio marroquí. La medina de Fez es inacabable, infinita. Yo llegué a pensar lo mismo del casco antiguo de Sevilla, antaño otra medina, de la que referencias como el Jueves y su mercado de la calle Feria, las murallas macarenas o voces como Alcaicería o la Alfalfa nos evocan un pasado que el visitante puede reconocer hoy, en pleno siglo XXI, paseando por la ciudad vieja de Fez, que está a tiro de piedra de Andalucía y es una arqueología viva de Al Andalus. Uno puede visitarla una, dos, tres, diez veces y no pisar dos veces por el mismo suelo pegajoso de pescado, carne y humanidad. El riesgo físico de ser aplastado contra algún muro de barro por un burro cargado de mercancías amenaza en cualquier esquina. Algún historiador con el que he comentado la impresión que me supuso la primera incursión por sus calles me ha llegado a confirmar el extremo: de Bagdad a Agadir, de Tánger a Islamabad, no existe en el mundo una antigua ciudad árabe tan bien conservada, petrificada en el tiempo, detenida sin concesión al tópico, como la vieja ciudad de Fez.

Existe el debate acerca de la supervivencia de los modos de vida de la medina. El exquisito viajero europeo en pantalón corto, guía Lonely Planet y billete de Ryanair en la mochila denuncia comiéndose un bocadillo de carne picada que el turismo está acabando con las medinas y que cada vez más los herreros, los plateros o los curtidores del cuero trabajan por y para los visitantes y no para el circuito comercial tradicional. El marroquí, que ha aguantado y aguanta miserias cada día de su vida entre aquellas calles insalubres de la medina de Fez o de cualquier otra, consideraciones como éstas ni se las plantea. Ni puede cuestionárselas.

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No se las plantea Jamal, el adolescente que me acompañó la última vez que me interné por la medina de Fez. Me nombra a Zapatero y la crisis, pero apuesto a que no conoce su rostro ni sabe muy bien lo que es ser presidente del Gobierno, ni puede imaginarse lo que ganan los políticos a este y al otro lado del Estrecho y lo lejos que está su vida de las de los inquilinos de los coches oficiales.  Jamal no va a la escuela; reconoce tener problemas con su familia por no contribuir a la supervivencia de la hacienda doméstica con un puñado de dirhams diarios.  Jamal se defiende en español y francés y trae de serie el árabe. Jamal me lleva con la lengua fuera y marcha cincuenta metros delante de mí; me lleva perfectamente controlado en mi torpeza a través de la bulla. Pero, sobre todo, controla la amenaza de la policía de paisano, que vigila que personas como Jamal no hagan de falso guía de la medina y provoquen la insatisfacción de los turistas. Viajeros que siguen a los cicerones oficiales de la vieja Fez, reyes consentidos de las comisiones y de las encerronas en los comercios de sus amigos. Jamal, aunque no tiene dinero para apuntarse a una escuela y sacarse el título ni nunca lo tendrá, sueña con ser guía oficial y conducir a las parejas de europeos por el caos urbano de la medina de Fez,  acaso la más salvaje y dura de cuantas existen en esta tierra.

Ni del Barça ni del Madrid

Antonio Navarro Amuedo | 15 de junio de 2010 a las 12:12

“¿Español?” Primera pregunta. Casi retórica. Segunda. “¿Barça o Madrid?” En la estación de autobuses, en la tiendecita de ultramarinos, en la tienda de babuchas de la medina. Con seguridad la habré respondido más de cien veces en todo este tiempo. Respuesta siempre idéntica: Ni de uno ni de otro. Reacción de mi interlocutor: perplejidad.  Y el esbozo de una sonrisa, como diciendo: ¡Pobrecillo! ¡Éste no se ha enterado todavía del que vale!

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La verdad es que el buen momento de mi equipo, el Sevilla FC, ayuda y la mayoría sitúa al club en sus coordenadas clasificatorias y es capaz de citar a algún componente del equipo. Los más repetidos: Kanouté, al que nombran siempre con cara de admiración, y Luis Fabiano o Jesús Navas. El domingo encontré a un joven vistiendo la camiseta del Sevilla en la medina de Fez, circunstancia que siempre me alegra por su rareza. No creo que en el tiempo que lleve en estas tierras haya visto más de una docena del club hispalense. Siempre acompaño la mención a la entidad de Eduardo Dato con la frase “Ana m’n Isbylia”, una fórmula un poco rara ya de decir que soy sevillano… lo que provoca una sonrisa siempre cómplice en mi interlocutor.

Sorprende que la pasión por el fútbol español, que es admiración por nuestro país en suma, que profesan los marroquíes sucumba ante la omnipresencia y omnipotencia de los dos grandes clubes españoles. Los otros 18 equipos de la liga son mera anécdota, grupos de jugadores a los que el Barça y el Madrid tienen que enfrentarse cada fin de semana para ganar la liga doméstica y prepararse para jugar con los grandes clubes de Europa. Contaba el embajador español en Rabat, Luis Planas, hace unos meses que, con motivo de una una visita a Marruecos, el presidente saliente del FC Barcelona, Joan Laporta, le preguntaba si en el reino alauita ganaban ellos o el Real Madrid en el favor de los locales. A lo que Planas respondió: “vosotros, pero no se engañe, porque son los que ganan ahora”. Lo cierto es que el Barça es el primero y distanciado del Madrid (y del resto de clubes del orbe). Su escudo, más o menos conseguido, aparece colgado de los frontales de los camiones y coches, colgado en comercios, en envoltorios de chucherías y sus camisetas salpican todas las ciudades marroquíes de Tánger a Agadir.

Más preguntas. Hace unos días, en el fotomatón, cuando me preparaba para que un empleado me hiciera las fotografías, volví a ser víctima de la cuestión retórica número uno. “¿Español?” Sí. La segunda: “¿Andaluz?”. Y sí, respondí. ¡Cuánto acierto, me dije! Lo siguiente al descubrimiento de que los orígenes de uno están en el solar que otrora fuera el corazón de Al Andalus es la evocación del estrecho vínculo entre aquella cultura y la norteafricana. Marroquíes y andaluces somos hermanos. No en tantas ocasiones como me han preguntado por el equipo de fútbol, pero no pocas han sido las veces que me han recordado aquel episodio de la historia de Europa, España y Andalucía, tan desconocido y distintamente analizado y enseñado en las aulas del norte de Tarifa. Después de tenerme un cuarto de hora hablándome de los musulmanes expulsados por los monarcas españoles y refugiados en las medinas magrebíes así como de la localidad extremeña de origen del apellido y la familia de su esposa, el fotógrafo me pidió que entrara al otro lado del mostrador. Allí me mostró sonriente la lectura que tenía entre sus manos en estos momentos: una versión en árabe y en español del título Análisis de los escritos aljamiados de los moriscos andaluces. Pues eso.

Domingueros marroquíes

Antonio Navarro Amuedo | 7 de junio de 2010 a las 14:14

Una playa un domingo a mediodía es un ensayo de sociología. Quien aspire a conocer a esta sociedad marroquí, como a la española, tiene que acercarse al rompeolas de una playa de la populosa periferia rabatí o casaui, de la moderna y portuaria Tánger, de la turística Agadir o de las recónditas calas del Mediterráneo magrebí. Skhirat es una localidad situada a unos quince kilómetros de Rabat en dirección a Casablanca. Un palacio de congresos, un palacio real, buenos chalés y muchas casitas adosadas, donde la burguesía y el alto funcionariado de la capital marroquí, así como algunos matrimonios franceses, va a pasar los fines de semana de la temporada estival. La playa urbana de Skhirat es un retrato de la sociedad marroquí actual, con sus contradicciones, sus posibilidades de futuro y también sus lastres.

En un extremo de la playa, un espigón artificial y una garita ocupada por policías de uniforme pese a los rigores del sol marca el límite a bañistas: a partir de allí son aguas del palacio real y el paseante habrá, obligatoriamente, de darse media vuelta. Abundan jóvenes, que son la inmensa mayoría en las costas del país. La zona central de la playa es un enorme terreno de juego donde musculosos y bronceadísimos chavales juegan al fútbol incesantemente enfundados en camisetas del Madrid o del Barcelona, sobre todo de este último, que es el que ahora gana. La simbología culé salpica muchas de las sombrillas de la playa. A diferencia del paisaje y el paisanaje del norte de Tarifa, aquí es raro hallar familias completas -representadas desde el abuelo y patriarca hasta el más pequeño de los nietos- bajo una misma sombrilla degustando tortillas y filetes empanados. Si se encuentra una familia pareciera que los hubieran transportado del salón de la casa directamente a la arena, porque rara vez los veteranos abandonan sus pantalones y camisas y mucho menos las señoras mayores dejan algún resquicio de su indumentaria al avance de los rayos del astro sol. Ayer vi una familia entera que disfrutaba posándolo sobre la arena de un pollo asado, con su salsita por encima y todo.

No hay paridad, desde luego en las playas marroquíes. Las chicas son mucho menos numerosas. Dependerá del pequeño microcosmos sociológico particular de cada playa, pero muchas mujeres bajan en pantalones y cubiertas con velo o pañuelo. Minoritario es sin duda en las playas populares el bikini; las chicas que deciden llevarlo prefieren ocupar las zonas más alejadas del mundanal ruido para sentirse libres de los mirones y sus miradas, otros fijos de las playas marroquíes. Entre ellas el grupo de expatriadas extranjeras. Muy excepcionales son asimismo las señoras mayores en las playas marroquíes. Tampoco hay chiringuitos donde comer caliente ni en el paseo ni en las primeras arenas. Para tomarse una ración de acedías fritas o una brocheta de carne picada hay que darse un paseíto por el pueblo.

El tipo del termo y los frutos secos, un habitual de las playas marroquíes

El tipo del termo y los frutos secos, un habitual de las playas marroquíes

El señor del bombón helado no deja de recorrerse la playa sudando la gota gorda vendiendo los populares Magnum. Se vende de todo, como es norma habitual en este país: lo mismo hay niños que portan bandejas con cigarrillos, onzas de chocolate y pañuelos para después limpiarse las manos que cartuchos de pipas y almendras recién tostadas o señores que cargan termos y vasitos por si a alguien se le apetece un café o un té a la menta. Que, como se dice por estas tierras, el té a la menta cuanto más calor y más hirviente esté más refresca.

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Marroquí, árabe, francés, bereber, Babel

Antonio Navarro Amuedo | 2 de junio de 2010 a las 18:32

Marruecos mejora a golpe de inversión extranjera, de hoteles de lujo en Marrakech, de puertos que aprovechan las olas deslocalizadoras, de las mejoras introducidas en un medio rural llamado a ser el Ikea de la verdura y la fruta del continente europeo, de la apertura, en suma, de una economía que lleva haciéndose cada vez más permeable a los capitales y las ideas del norte europeo. Este crecimiento, no obstante, está condenado a estar lastrado por un problema de base que hace imposible cualquier comparación entre el modelo español del boom desarrollista de los sesenta y el que impulsa la monarquía alauí. Es la educación, estúpidos, que diría el otro. Por mucha autopista, invernadero o placas solares que se construyan, el alcance del desarrollo será limitado si Marruecos no resuelve su problema educativo. Según las fuentes menos optimistas, un 50% de la población marroquí es analfabeta y el porcentaje asciende al 80% si nos circunscribimos al ámbito de las mujeres. La tragedia de tales cifras  se explica por varias razones. Una de ellas, sin duda, tiene que ver con otro asunto irresuelto: el de la lengua. Europa entendió hace ya tiempo que si quería avanzarse en la construcción de los Estados y lograr el desarrollo de la burguesía y la mejora de las condiciones materiales de la población era imprescindible contar con una lengua nacional. Elio Antonio de Nebrija escribió al acabar el siglo XV una gramática del español porque estaba convencido de que aquello que se hablaba en el Reino de Castilla había dejado hacía mucho tiempo de ser latín. Convencimiento que tienen muchos aquí en Marruecos: darija, como se denomina el dialecto del árabe de este país, hace mucho que es otra cosa diferente al árabe coránico o clásico. Hora es de llamar las cosas por su nombre: Marroquí, por ejemplo.

Hora es de codificarlo, fijar su ortografía y su gramática y llevarlo a las imprentas de una vez. De llevarlo a las aulas. El carácter sagrado, revelado, del árabe de Mahoma actúa como barrera, por ahora infranqueable, del proceso. El árabe del Corán, extraño para la mayoría de la población del Magreb, sigue siendo la única lengua oficial. Las élites marroquíes de Rabat y Casablanca, mientras tanto, ajenas, parecen felices hablando en francés en cafés, oficinas y en facebook. Ça va bien, handullilah. La descolonización y posteriores décadas de arabización de Marruecos vedan la posibilidad también a un francés en retroceso, casi testimonial en el norte e ignoto en el medio rural, donde muchos sólo hablan bereber. ¿Hasta cuando durará esta anomalía? Sin resolver el problema desde la base, esto es, una tragedia educativa explicada en parte por la anomalía lingüística, todo el edificio del progreso marroquí no pasará de ser mera fachada. La predicción es de Juan Goytisolo, que lo sabe mucho mejor que yo y para eso es el primer escritor español en hablar darija desde el Arcipreste de Hita: “El árabe clásico permanecerá, claro está, en el ámbito religioso y en el interestatal. Pero la comunicación en marroquí y argelino abarcará el contenido de los periódicos, del espacio escénico, del cine y de la creación literaria. Poner en boca de un personaje marrakchi o tangerino el habla estereotipada del Oriente Próximo provoca y provocará inevitablemente el efecto saludable de la risa”.