Elton John en Rabat

Antonio Navarro Amuedo | 30 de mayo de 2010 a las 19:34

Anoche echó el telón la novena edición del Festival Mawazine-Ritmos del mundo de Rabat. Tiempo muy agradable, buen ambiente y una participación notabilísima. Los rabatíes -y los visitantes, que fueron numerosos- han podido disfrutar este año de figuras internacionales de la talla de Carlos Santana, BB King, Mika, Sting, Julio Iglesias o Elton John. Una iniciativa real -en ambos sentidos del adjetivo- que sirve al objeto de proyectar una imagen moderna de Marruecos. En este sentido, el penúltimo número del semanario Tel Quel, cuya portaba titulaba “Un milagro real”, no pasaba por alto la implicación personal del monarca alauí en la elección de cada una de las actuaciones y de los artistas invitados. Total, un presupuesto oficial de 27 millones de dirhams (2,45 millones de euros) -y extraoficial, indica Tel Quel, de 100 millones de dihams (9,10 millones de euros).  El éxito de asistencia y la ausencia de incidentes demuestran que este país es perfectamente capaz de movilizar una ciudad durante casi diez días y acoger a un centenar de artistas en ocho escenarios diferentes repartidos por todo Rabat. La prueba de la seguridad se ha superado este año -el dispositivo policial fue fuerte y visible- después de que la edición pasada quedara ensombrecida con el fallecimiento de 11 personas por una avalancha en un estadio en el que se celebraba uno de los últimos conciertos.

Este cruce de caminos del Magreb ha recibido este año, en una edición más, un buen soplo de aire de libertad del Atlántico y del Mediterráneo a un tiempo. Los islamistas del PJD (Partido de la Justicia y el Desarrollo) intentaron en vano impedir que Elton John, que nunca se ha cortado un pelo en su defensa de su condición homosexual y en sus opiniones sobre las religiones, actuara en la escena rabatí. Hace unas semanas los parlamentarios de aquella formación elevaban a la cámara baja marroquí una propuesta para sacar al músico británico del cartel del Mawazine, por considerar que venía a homosexualizar Marruecos, donde ser homosexual constitye delito. Hace poco el músico británico fue vetado en Egipto a instancias de la Asociación de Músicos del país árabe.

Finalmente, Elton John no encontró obstáculo alguno para llevar a cabo su actuación: más bien todo lo contrario. En la explanada del hotel Sofitel de Rabat no hubo sino un llenazo de bandera, el mayor de todos cuanto he tenido la oportunidad de presenciar en directo en las dos ediciones que he disfrutado en Rabat. Los agoreros no tuvieron el pasado miércoles ni un silbido que llevarse a la boca; sólo armonía y entrega con un músico que dio una enorme muestra de profesionalidad en el, quizá, más largo de los conciertos de esta novena edición del Mawazine. Una entrega de la que haría bien en aprender otro hexagenario, que trajo desdén y meros susurros de las Américas para representar al querido amigo del norte de Tarifa.

Gorrillas de las dos orillas

Antonio Navarro Amuedo | 26 de mayo de 2010 a las 15:01

Entre las muchas cosas que unen a estos dos pueblos vecinos, el marroquí y el español, andaluz más particularmente, ritmos vitales, gastronomía, arquitectura, contacto humano incluidos, encontramos a los gorrillas, los aparcacoches ilegales. Podría escribirse una teoría sobre los gorrillas de las dos orillas. No estoy a la altura de un reto semejante, pero tengo una formación privilegiada para hacer una aproximación a la materia, ya que pasé la mayor parte de mi infancia y de mi primera juventud en Bami, barrio sevillano que vio nacer a los aparcacoches hispalenses como todo el mundo sabe. Ahora, mis casi dos años de residencia en la capital marroquí me permiten comparar el fenómeno a un lado y otro del Estrecho de Gibraltar.

Aquí en el Magreb salen igualmente como setas de detrás de los coches, donde antes no estaban emergerán cuando retires el vehículo, cuando menos te lo esperes aparecerán con sus monos para reclamar con humildad y resignación la propina por el servicio realizado.  Porque he aquí dos de las principales diferencias de los aparcacoches marroquíes con los gorrillas de Bami, con los gorrillas sevillanos y andaluces, con el gorrillismo del norte de Tarifa: el hecho de cobrar después del servicio y no antes y la aceptación serena de la cantidad con la que son retribuidos por el conductor.

El gorrilla se hará visible desde la llegada del coche a su zona, efectuará las indicaciones pertinentes para ayudar a que el usuario del vehículo aparque mejor, pero reclamará los dirhams -dos, tres o cinco; entre 15 y 35 céntimos de euro, no más- al final de su trabajo. Y jamás he observado violencia verbal, chulería ni amenazas físicas hacia el vehículo o hacia personas reticentes a pagar o cuya aportación no se adecuara a las expectativas del aparcacoches.

Una calle del barrio de Hassan, en el centro de Rabat, un domingo por la tarde cualquiera

Una calle del barrio de Hassan, en el centro de Rabat, un domingo por la tarde cualquiera

Coinciden ambos, los de aquí y los de allá, en ser víctimas de la pobreza y la necesidad, en el hecho de estar excluidos del sistema laboral; aunque esto es algo que en Marruecos afecta a muchas miles de personas (por no decir más) de todo origen geográfico y condición, ya que las estadísticas oficiales sitúan el desempleo en el 9% [Paro, en fin, dicen las autoridades aquí, a la altura de las potencias industriales de Europa]. Allá, en muchos casos, son víctimas de las drogas, problema que aquí es bastante menor, y que explica en parte los comportamientos de estas personas en pleno ejercicio de la actividad.

Es cierto que en las urbes marroquíes los aparcacoches son onmipresentes. Pero aquí no constituyen el problema de coacción que suponen al norte de la frontera del bienestar. En absoluto. Marruecos tiene problemas mucho más acuciantes que éste, como un sueldo mínimo interprofesional que roza los 200 euros mensuales, como la necesidad de muchas de sus gentes a recurrir a actividades similares para sacar adelante a familias numerosas con una vida que no es barata ya para nadie. En fin, los gorrillas del Magreb no son sino un capítulo más, tolerado y necesario, del drama diario de la supervivencia.

Tomates en Wall Street

Antonio Navarro Amuedo | 21 de mayo de 2010 a las 13:07

En los puestecillos de verduras y frutas de la medina, todos insistentemente iguales, en la bolsa -no las de plástico negro en las que te esconden furtivamente las botellas de vino en supermercados y tiendas involuntariamente clandestinas- de los ultramarinos de Omar, en mi barrio de Hassan de Rabat, que es la bolsa de Wall Street con menos sobresalto y prisa, el Dow Jones lo marca el precio de los tomates. Unos tomates que el sol y las nubes de Marruecos maduran hasta hacerlos lebrillos de gazpacho en potencia, todos desiguales y más felices cuanto más, y adornan las calles de la ciudad. Unos tomates a los que los cielos del Magreb marcan con rigor los decimales en esta bolsa implacable que se fija en cada esquina, que no entiende de dineros virtuales ni de burbujas ficticias. Aquí la pujanza de un fogón o una familia la establece la proporción entre el pedazo de carne y la cantidad de tomate, patata o zanahoria del tajín, sinécdoque del guiso magrebí.

La agricultura, dicen las estadísticas nacionales, supone cerca del 20% del PIB de Marruecos y emplea al 40% de los trabajadores marroquíes -el 80% en las zonas rurales-. Los tomates representan casi la mitad de las ventas al exterior en el capítulo de las frutas y verduras. Son el símbolo de las exportaciones marroquíes; las cajas de tomates de rojo intenso ocupan frecuentemente portadas en los diarios locales y son motivos de anuncios publicitarios que ensalzan la pujanza del país. La Unión Europea supone el 75% del mercado de las frutas y las verduras marroquíes. Desgraciadamente, a uno y otro lado del Estrecho se acuñó también la expresión guerra del tomate para explicar el conflicto creado en torno a los productores españoles, temerosos de que cada temporada esta hortaliza magrebí invada irremisiblemente los mercados comunitarios.

¿Amenaza? El kilo de tomate cuesta en Rabat estos días 13.5 dirhams, 14 dirhams, incluso más en algunas tiendecillas de barrio. Bien por encima pues de un euro en las callejuelas asilvestradas de la medina, en el coqueto mercado central de verduras y frutas, en las tiendas de Omar y de Ibrahim. Los he visto meses atrás a cuatro, cinco y seis dirhams, menos de cincuenta céntimos de euro. Las lluvias y el frío del pasado invierno e inicio de primavera han lastrado la cosecha de este año. Y los mercados lo registran puntualmente. Los bereberes miran al cielo y te advierten resignados del precio desorbitado, mucho menos doloroso para europeos pese a todo demasiado alertas ante el temor a ser engañados, a no pagar según el valor exacto de la mercancía. La agricultura marroquí, fundamentalmente basada en pequeñas explotaciones, aún depende demasiado de los cielos. El mes que viene los precios serán mejores, inchallah –si Dios quiere, que aquí está en boca de todos—, dicen confiados a la bondad de la providencia. ¿Amenaza, digo, al fortín europeo de invernaderos, fertilizantes y tecnología y tomates todos sospechosamente iguales?

Los niños de Anfgou

Antonio Navarro Amuedo | 19 de mayo de 2010 a las 12:40

De todas las geografías de Marruecos, de la humedad agreste del Rif a las infinitas llanuras saharauis de polvo y soledad, de las atlánticas playas de Esauira a la miseria de la periferia casaui, de todas, la de las montañas del Atlas es la más rotundamente remota. Anfgou, techo a la intemperie del país a casi 3.000 metros de altura, en el Medio Atlas, cerca de Khenifra dicen los mapas que hay que creerse, un millar de habitantes, se gana un hueco en el común marroquí por representar una suerte de Hurdes en pleno páramo magrebí de pobreza y necesidad del uno al otro confín. Hace tres inviernos, Anfgoug registró la muerte de una treintena de personas, casi todos niños, por causas respiratorias; datos que alarmaron a la opinión pública nacional. Tras el revuelo, el monarca Mohamed VI se dignó a subir hasta estas cimas para mostrarse cercano a su gente, en un remake en pleno siglo XXI de la visita de Alfonso XIII a las citadas tierras cacereñas. Algunas cosas han cambiado aquí desde entonces, como el hecho de que la presencia del monarca exigiera la llegada de la señal de una de las operadoras de telefonía del país, que, por cierto, pocos disfrutan en estos páramos de alta montaña.

El resto de la expedición de periodistas con la que ascendí a estas cimas alpinas de construcciones de barro y caminos enfangados se enfrascaba en apuntes y preguntas a los vecinos de la aldea en busca de información con la que construir un relato de injusticias, corruptelas y mafias locales que explotan el único gran recurso natural de la zona: los bosques de cedros. No estaba muy puesto en la historia, debo decir, pero lo que vi al amanecer en una de las callejuelas embarradas de Anfgou acabó de inmediato con cualquier interés de mi parte por componer la historia de los árboles, las comunas y la explotación de la madera.

La idea fue de Puy, becaria del Gobierno vasco en la Embajada de España en Rabat, impotente ante el girigay y los vaivenes de una melé de niños que, al grito de “madame, madame” le quitaban a tirones los caramelos y las tabletas de chocolate que habíamos traído. Con dificultad y la ayuda de algún joven del pueblo logramos instaurar la disciplina y poner a los niños en fila para darles una onza de chocolate Maruja y un caramelo, procurando que todos tuvieran, que no repitieran si no era su turno. Las hermanas mayores de diez años de edad portaban sobre sus espaldas a los pequeñajos llenos de velas de mocos como madres precoces, perfectamente conscientes del rol forzoso que desempeñan cada jornada, para asegurarse de que los más desvalidos se llevaban efectivamente su porción del tesoro en forma de caramelos. Atentos a esos sonidos por los cuales respondíamos para espetárnoslos una y otra vez pidiéndonos a gritos stylos (bolígrafos) y un bombon, merci, los niños descalzos de Anfgou, los niños desharrapados del poblado sin agua corriente, sin televisiones, sin víveres frescos, sin tienda de ultamarinos, sin verduras ni frutas, el pueblo olvidado por antonomasia, sus sonrisas, sus miradas, su resignada y dolorosa franqueza, nos impresionaron profundamente.

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Gracias a la gentileza de uno de los vecinos, quizás el más consciente de la situación de las gentes de Anfgou, el menos precario de todos, el único capaz de hablar en árabe marroquí para los periodistas en estas tierras rebeldemente bereberes, los miembros de la expedición habíamos pasado la noche en un salón en torno a un brasero, petrechados de gruesas mantas y disfrutado de un tajín de más patatas que cordero. Allí estaban la valiente Beatriz Mesa, corresponsal de la COPE y El Periódico en África del norte; Jacopo, un doctorando italiano que hace sus pinitos como fotógrafo; Aziz El-Yaakoubi, redactor del recientemente desaparecido semanario de actualidad Le Journal Hebdomadaire, y la citada Puy Ruiz de Alda, promotora de algo más que un viaje de regreso a estas cumbres cargados de caramelos y guantes para tantos niños de infancia irrecuperable.

Todo este paisaje geográfico y humano se levanta impresionante sólo unos centenares de kilómetros al sur de la frontera, de los límites geográficos entre las tierras de los niños nintendos de pulgares endiablados y las de los niños de manos curtidas por el frío, la nieve y la mayor de las intemperies.

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