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El tonto gritón

Antonio Navarro Amuedo | 16 de noviembre de 2010 a las 15:13

No me resisto, pese a la que las cosas están entretenidas por el Magreb estas semanas, a comentarte en esta postal, que no me da para mucho, la verdad, las palabras de un diputado gritón y faltón de Esquerra Republicana de Catalunya. Ha dicho que en “Andalucía no paga impuestos ni Dios”.

Te acordarás porque éste es el que iba con la pinta de mafioso con camisa negra al Congreso de los Diputados a decir tonterías, a meterse con Madrid como centro de todos los males y cobijo de todos los facistas del Reino, con el propio monarca y con las provincias del uno al otro confín del país. Aparte de ser un ignorante y un cateto, que da la impresión de no haber bajado de Tortosa en su vida, es un mentiroso.

Acusa a una región de evasión fiscal absoluta. No negaremos que grandes capas de la comunidad autónoma, ya sea por desempleo o ya sea por medio de ayudas directas al cultivo, se haya beneficiado durante años de importantes subvenciones públicas.  Creo que han tenido su responsabilidad en la lentitud del cambio del modelo productivo andaluz; no toda, pero importante. Es una asignatura pendiente que Andalucía aún no ha aprobado y que el conjunto de los andaluces lamentamos y reconocemos. No obstante, habría que cuantificar si el montante de las ayudas recibidas por la comunidad autónoma es menor o mayor que el de las que Cataluña ha recibido en forma de transferencias desde Madrid a cambio del apoyo parlamentario a los Gobiernos socialistas y populares de la democracia. Quizás nos lleváramos una gran sorpresa.

Si les diera nada más a los amigos del facebook y a otros colegas comunes por mandarles al correo electrónico de este señor una fotocopia escaneada de sus declaraciones de la renta “acolapsaríamos”, como diría el otro, el servidor de internet de Esquerra Republicana y el del edificio entero dondequiera que tenga la sede la citada formación. No vamos a perder el tiempo en eso, desde luego. Mejor haría este tipo en agradecer el esfuerzo laboral de un millón de catalanes de origen andaluz que hoy se integran en la sociedad catalana. Uno de ellos es, por ejemplo, el president de la Generalitat, José Montilla, natural de Iznájar, provincia de Córdoba, líder de un tripartito del que forma parte la formación del susodicho prohombre de las camisas negras y el pasaporte en blanco. Muchos de estos catalanes de orígenes en Córdoba, Jaén o Sevilla, además, alimentan las filas de los votantes del partido del arrogante éste.

Una vergüenza es que Cataluña, una región de gente seria y trabajadora, que está donde está, en todos los mapas del mundo, por méritos propios, produzca elementos desagradables como éste. Yo, como si nada, seguiré aprendiendo catalán en mis ratos libres. El de la región del cateto éste, el Ripollès, es, además, uno de los que me gustan más; allí pasé muy buenos ratos hace unos cuantos veranos. Ahora, sin ir más lejos, voy a cortarme un poco de fuet, que me encanta y que me mandan en grandes cantidades desde España al Magreb. Y seguiré manifestando mi admiración y cariño por un pueblo noble que bien haría en sacar de los parlamentos y la vida pública a mamarrachos como éste.

El jardín

Antonio Navarro Amuedo | 21 de octubre de 2010 a las 3:11

Lo llaman el jardín andaluz y se esconde detrás de los muros de la alcazaba de los Udayas, que se cuelga sobre el estuario del río Buregreg con callejuelas de añil y blanco encaladas. Cuentan las crónicas que Rabat acogió a miles de expulsados por las autoridades del Reino de Castilla y que por eso andaluz no es sólo ese jardín, sino muralla y barrio y reconocimiento orgulloso de origen para muchos habitantes de la ciudad y de otros lugares de Marruecos. El jardín andaluz es silencioso y asilvestrado.

De otro de los muros del jardín de los andaluces vi colgar la misma buganvilla del Callejón del Agua: intensa, primaveral, recogida, contenida. Nos adentrábamos en las tardes sin rumbo al corazón de Santa Cruz para ser recibidos por aquel surtidor con su rumor de fuente incesante. Débil, como estando casi a punto de extinguirse, la fuente del Callejón del Agua nos acompañaba en los breves instantes en los que duraba la tregua de la turba de turistas en pantalón corto que nos aguardaba en la próxima esquina de la calle Vida. La placa de mármol del poema en prosa de Ocnos de Luis Cernuda presidía y ennoblecía aquel recodo. En ese breve lapso que duraba nuestro paso por el Callejón imaginábamos la lentitud que parece llevar el curso de la vida y hoy nos damos cuenta de que aquello era sólo un espejismo, una licencia que nos regalaba el corazón romántico de la ciudad y que las campanas repican a un ritmo endiablado. En unos segundos soñábamos las novias que tendríamos, los países que visitaríamos y la gente que conoceríamos en un mundo ancho y apasionante, tranquilos de contar a nuestro lado con la presencia permanente de nuestros amigos y familiares. Después salíamos pisando el albero del Patio de Banderas para encontrarnos con la figura elegante de la torre que preside y proyecta su sombra sobre la existencia cotidiana de mi ciudad, a veces pesada losa que establece los límites de una vida urbana cíclica y ensimismada.

En el jardín andaluz hay un jazmín enorme que cuelga de uno de los muros y que perfuma las noches rabatíes, como se perfumaban las noches del corral de la casa de Los Palacios en los veranos inacabables de la niñez. Entonces las familias se sentaban a la puerta a tomar el fresco y a comentar las luchas, las ilusiones y las miserias diarias. Allí eran protagonistas absolutos los mayores de la casa, en el relato apesadumbrado de la ventura de sus hijos y nietos; de lo que les había costado la hipoteca del piso en la capital, de lo contenta que estaba la hija pequeña en su primer empleo; sobre lo bien que iba el primero de los nietos en la escuela, aunque aún no tenía claro qué querría ser de mayor. Todo eso mientras disfrutábamos de la bofetada de olor que rezumaba el moñito de jazmín que se depositaba en un platillo sobre la cómoda del zaguán cada vez que entrábamos y salíamos a la cocina por un vaso de agua o una silla para un nuevo invitado a la tertulia. Al caer la noche cerrada, cuando nos acostábamos, desde nuestra habitación, pegada a la ventana, un escalofrío nos recorría el cuerpo al oír el quejío flamenco entonado desde lo hondo de las gargantas de aquellos hombres que regresaban a sus casas  procedentes de las tabernas de la plaza cargados de vino y coñac.

El verde del estanque es el mismo, como semejante es el frescor y la humedad que propician adelfas, nardos, rosales, romeros, naranjos y limoneros, que crecen igual de espigados que en los jardines del Parque de María Luisa, las Dueñas, en fin, el Alcázar, garantía de serenidad en el corazón de la ciudad. La humedad del próximo Atlántico me hace recurrir anticipadamente al abrigo en una tarde de octubre. Echo de menos la luz de la ciudad en estas tardes de otoño, el tiempo del declive más glorioso. La intuyo al sentir los rayos del sol entre las hojas de un naranjo y una palmera, pero sólo la hallo enteramente en mi memoria.

Encerrado en el jardín andaluz contemplo a las parejas furtivas que pelan la pava y a chicos que apuran cigarrillos sin la mirada inquisidora de las calles principales del viejo Rabat. Al vendedor de esa especie de turrón hecho una piedra. Al de postales amarillentas con fotos de las gargantas del Dades, la plaza de Jama El Fnaa de Marrakech, la gran mezquita de Casablanca, las montañas coloridas de especias y la torre Hassan, vigía que aguarda al otro lado de los muros con su belleza frustrada. La dama de noche me regala su aroma antes de salir del pequeño jardín oculto de los Udayas. La fortaleza ha de cerrar hasta mañana.

Mi ciudad, tan cerca cuanto más lejana.

Miguel Roca

Foto: Miguel Roca

Medinas

Antonio Navarro Amuedo | 21 de junio de 2010 a las 15:39

Las medinas -voz que significa ciudad en árabe- son el centro neurálgico de las poblaciones marroquíes. Albergan en sus calles, generalmente tortuosas y laberínticas, los oficios y comercios tradicionales. Un baño de marroquinidad es hacer una inmersión en la antigua medina de Fez o de Marrakech. Quien quiera llevarse, por muy poco diestro que uno sea con los aparatitos fotográficos, un ramillete de instantáneas para enseñar a los amigos de vuelta a casa, que pasee por las callejuelas de alguna de las medinas magrebíes. La de Tetuán es robusta, la adornan geranios, faroles, azulejos y cal y presume de llamarse andaluza; la de Xauen, coqueta, gusta por su elegancia añil en las calizas laderas rifeñas; la de Rabat resulta cómoda y operativa; la de Casablanca, como la urbe atlántica toda, es caótica; la de Marrakech es víctima del turismo, ese gran invento, que hace que por boca de los vendedores de babuchas se pronuncien palabras no sólo en inglés o español, sino también reclamos en holandés, alemán o ruso.

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Asaltan en las medinas los olores, poderosísimos, de las especias, el pescado al que el sol ha calentado durante toda la jornada pese a los bloques de hielo, los pollos que acaban de ser ajusticiados delante de los mismos ojos del cliente que los eligió, de los cueros y los curtidores de las piscinas de la medina de Fez, la más salvaje y auténtica de todo el territorio marroquí. La medina de Fez es inacabable, infinita. Yo llegué a pensar lo mismo del casco antiguo de Sevilla, antaño otra medina, de la que referencias como el Jueves y su mercado de la calle Feria, las murallas macarenas o voces como Alcaicería o la Alfalfa nos evocan un pasado que el visitante puede reconocer hoy, en pleno siglo XXI, paseando por la ciudad vieja de Fez, que está a tiro de piedra de Andalucía y es una arqueología viva de Al Andalus. Uno puede visitarla una, dos, tres, diez veces y no pisar dos veces por el mismo suelo pegajoso de pescado, carne y humanidad. El riesgo físico de ser aplastado contra algún muro de barro por un burro cargado de mercancías amenaza en cualquier esquina. Algún historiador con el que he comentado la impresión que me supuso la primera incursión por sus calles me ha llegado a confirmar el extremo: de Bagdad a Agadir, de Tánger a Islamabad, no existe en el mundo una antigua ciudad árabe tan bien conservada, petrificada en el tiempo, detenida sin concesión al tópico, como la vieja ciudad de Fez.

Existe el debate acerca de la supervivencia de los modos de vida de la medina. El exquisito viajero europeo en pantalón corto, guía Lonely Planet y billete de Ryanair en la mochila denuncia comiéndose un bocadillo de carne picada que el turismo está acabando con las medinas y que cada vez más los herreros, los plateros o los curtidores del cuero trabajan por y para los visitantes y no para el circuito comercial tradicional. El marroquí, que ha aguantado y aguanta miserias cada día de su vida entre aquellas calles insalubres de la medina de Fez o de cualquier otra, consideraciones como éstas ni se las plantea. Ni puede cuestionárselas.

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No se las plantea Jamal, el adolescente que me acompañó la última vez que me interné por la medina de Fez. Me nombra a Zapatero y la crisis, pero apuesto a que no conoce su rostro ni sabe muy bien lo que es ser presidente del Gobierno, ni puede imaginarse lo que ganan los políticos a este y al otro lado del Estrecho y lo lejos que está su vida de las de los inquilinos de los coches oficiales.  Jamal no va a la escuela; reconoce tener problemas con su familia por no contribuir a la supervivencia de la hacienda doméstica con un puñado de dirhams diarios.  Jamal se defiende en español y francés y trae de serie el árabe. Jamal me lleva con la lengua fuera y marcha cincuenta metros delante de mí; me lleva perfectamente controlado en mi torpeza a través de la bulla. Pero, sobre todo, controla la amenaza de la policía de paisano, que vigila que personas como Jamal no hagan de falso guía de la medina y provoquen la insatisfacción de los turistas. Viajeros que siguen a los cicerones oficiales de la vieja Fez, reyes consentidos de las comisiones y de las encerronas en los comercios de sus amigos. Jamal, aunque no tiene dinero para apuntarse a una escuela y sacarse el título ni nunca lo tendrá, sueña con ser guía oficial y conducir a las parejas de europeos por el caos urbano de la medina de Fez,  acaso la más salvaje y dura de cuantas existen en esta tierra.

Ni del Barça ni del Madrid

Antonio Navarro Amuedo | 15 de junio de 2010 a las 12:12

“¿Español?” Primera pregunta. Casi retórica. Segunda. “¿Barça o Madrid?” En la estación de autobuses, en la tiendecita de ultramarinos, en la tienda de babuchas de la medina. Con seguridad la habré respondido más de cien veces en todo este tiempo. Respuesta siempre idéntica: Ni de uno ni de otro. Reacción de mi interlocutor: perplejidad.  Y el esbozo de una sonrisa, como diciendo: ¡Pobrecillo! ¡Éste no se ha enterado todavía del que vale!

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La verdad es que el buen momento de mi equipo, el Sevilla FC, ayuda y la mayoría sitúa al club en sus coordenadas clasificatorias y es capaz de citar a algún componente del equipo. Los más repetidos: Kanouté, al que nombran siempre con cara de admiración, y Luis Fabiano o Jesús Navas. El domingo encontré a un joven vistiendo la camiseta del Sevilla en la medina de Fez, circunstancia que siempre me alegra por su rareza. No creo que en el tiempo que lleve en estas tierras haya visto más de una docena del club hispalense. Siempre acompaño la mención a la entidad de Eduardo Dato con la frase “Ana m’n Isbylia”, una fórmula un poco rara ya de decir que soy sevillano… lo que provoca una sonrisa siempre cómplice en mi interlocutor.

Sorprende que la pasión por el fútbol español, que es admiración por nuestro país en suma, que profesan los marroquíes sucumba ante la omnipresencia y omnipotencia de los dos grandes clubes españoles. Los otros 18 equipos de la liga son mera anécdota, grupos de jugadores a los que el Barça y el Madrid tienen que enfrentarse cada fin de semana para ganar la liga doméstica y prepararse para jugar con los grandes clubes de Europa. Contaba el embajador español en Rabat, Luis Planas, hace unos meses que, con motivo de una una visita a Marruecos, el presidente saliente del FC Barcelona, Joan Laporta, le preguntaba si en el reino alauita ganaban ellos o el Real Madrid en el favor de los locales. A lo que Planas respondió: “vosotros, pero no se engañe, porque son los que ganan ahora”. Lo cierto es que el Barça es el primero y distanciado del Madrid (y del resto de clubes del orbe). Su escudo, más o menos conseguido, aparece colgado de los frontales de los camiones y coches, colgado en comercios, en envoltorios de chucherías y sus camisetas salpican todas las ciudades marroquíes de Tánger a Agadir.

Más preguntas. Hace unos días, en el fotomatón, cuando me preparaba para que un empleado me hiciera las fotografías, volví a ser víctima de la cuestión retórica número uno. “¿Español?” Sí. La segunda: “¿Andaluz?”. Y sí, respondí. ¡Cuánto acierto, me dije! Lo siguiente al descubrimiento de que los orígenes de uno están en el solar que otrora fuera el corazón de Al Andalus es la evocación del estrecho vínculo entre aquella cultura y la norteafricana. Marroquíes y andaluces somos hermanos. No en tantas ocasiones como me han preguntado por el equipo de fútbol, pero no pocas han sido las veces que me han recordado aquel episodio de la historia de Europa, España y Andalucía, tan desconocido y distintamente analizado y enseñado en las aulas del norte de Tarifa. Después de tenerme un cuarto de hora hablándome de los musulmanes expulsados por los monarcas españoles y refugiados en las medinas magrebíes así como de la localidad extremeña de origen del apellido y la familia de su esposa, el fotógrafo me pidió que entrara al otro lado del mostrador. Allí me mostró sonriente la lectura que tenía entre sus manos en estos momentos: una versión en árabe y en español del título Análisis de los escritos aljamiados de los moriscos andaluces. Pues eso.

Gorrillas de las dos orillas

Antonio Navarro Amuedo | 26 de mayo de 2010 a las 15:01

Entre las muchas cosas que unen a estos dos pueblos vecinos, el marroquí y el español, andaluz más particularmente, ritmos vitales, gastronomía, arquitectura, contacto humano incluidos, encontramos a los gorrillas, los aparcacoches ilegales. Podría escribirse una teoría sobre los gorrillas de las dos orillas. No estoy a la altura de un reto semejante, pero tengo una formación privilegiada para hacer una aproximación a la materia, ya que pasé la mayor parte de mi infancia y de mi primera juventud en Bami, barrio sevillano que vio nacer a los aparcacoches hispalenses como todo el mundo sabe. Ahora, mis casi dos años de residencia en la capital marroquí me permiten comparar el fenómeno a un lado y otro del Estrecho de Gibraltar.

Aquí en el Magreb salen igualmente como setas de detrás de los coches, donde antes no estaban emergerán cuando retires el vehículo, cuando menos te lo esperes aparecerán con sus monos para reclamar con humildad y resignación la propina por el servicio realizado.  Porque he aquí dos de las principales diferencias de los aparcacoches marroquíes con los gorrillas de Bami, con los gorrillas sevillanos y andaluces, con el gorrillismo del norte de Tarifa: el hecho de cobrar después del servicio y no antes y la aceptación serena de la cantidad con la que son retribuidos por el conductor.

El gorrilla se hará visible desde la llegada del coche a su zona, efectuará las indicaciones pertinentes para ayudar a que el usuario del vehículo aparque mejor, pero reclamará los dirhams -dos, tres o cinco; entre 15 y 35 céntimos de euro, no más- al final de su trabajo. Y jamás he observado violencia verbal, chulería ni amenazas físicas hacia el vehículo o hacia personas reticentes a pagar o cuya aportación no se adecuara a las expectativas del aparcacoches.

Una calle del barrio de Hassan, en el centro de Rabat, un domingo por la tarde cualquiera

Una calle del barrio de Hassan, en el centro de Rabat, un domingo por la tarde cualquiera

Coinciden ambos, los de aquí y los de allá, en ser víctimas de la pobreza y la necesidad, en el hecho de estar excluidos del sistema laboral; aunque esto es algo que en Marruecos afecta a muchas miles de personas (por no decir más) de todo origen geográfico y condición, ya que las estadísticas oficiales sitúan el desempleo en el 9% [Paro, en fin, dicen las autoridades aquí, a la altura de las potencias industriales de Europa]. Allá, en muchos casos, son víctimas de las drogas, problema que aquí es bastante menor, y que explica en parte los comportamientos de estas personas en pleno ejercicio de la actividad.

Es cierto que en las urbes marroquíes los aparcacoches son onmipresentes. Pero aquí no constituyen el problema de coacción que suponen al norte de la frontera del bienestar. En absoluto. Marruecos tiene problemas mucho más acuciantes que éste, como un sueldo mínimo interprofesional que roza los 200 euros mensuales, como la necesidad de muchas de sus gentes a recurrir a actividades similares para sacar adelante a familias numerosas con una vida que no es barata ya para nadie. En fin, los gorrillas del Magreb no son sino un capítulo más, tolerado y necesario, del drama diario de la supervivencia.