Archivos para el tag ‘árabe’

Teoría general del juyismo (I)

Antonio Navarro Amuedo | 25 de octubre de 2010 a las 1:00

No todos los marroquíes son juyas ni son sólo juyas los marroquíes, pero, juya, pronunciado a la española, del árabe magrebí para significar en español hermano, es un concepto profundamente vinculado a estas tierras. En nuestra lengua, el símil más cercano sería el de cañí o, de forma más pedante, carpetovetónico. El término juya se extiende sin oposición por la comunidad hispana de Marruecos asentada principalmente en las dos grandes ciudades del país, Rabat y Casablanca. Aunque la citada voz posea un significado muy inequívoco en el árabe de Marruecos, el concepto que se introduce en la lengua española no es difícil de comprender para los marroquíes que frecuentan los ámbitos hispanohablantes. Incluso lo utilizan con sorprendente destreza. Los lingüistas aún no se han puesto manos a la obra para dilucidar cuándo este arabismo se introdujo en la lengua de Cervantes, pero hay quienes apuntan a que pudo producirse en plena crisis económica internacional, a comienzos de 2009. El desembarco masivo de becarios y empresarios procedentes de la orilla norte del Estrecho en busca de oportunidades de negocio en el Magreb favoreció el contacto entre las dos lenguas y, en fin, el préstamo lingüístico con cambio semántico incluido se hizo posible. Hay que dejar constancia de que no siempre el término es bien entendido ni recibido entre los nativos cuando es utilizado en este sentido que nos disponemos a explicar y puede que no les falte ni un ápice de razón en su queja.

La palabra juya puede emplearse tanto como sustantivo como adjetivo. Un juya, los juyas. El juya me dio una brocheta de cordero. O, con valor adjetival: Me llevaron a un restaurante juya. ¿Qué significado encierra este concepto aparentemente sencillo? No será difícil de definir: medio kilo de cutrismo o cutrerío, otro medio de necesidad, otro de picaresca, cuarto y mitad de ingenio y doscientos cincuenta gramos de dejadez congénita. Agiten sin mucho ahínco que se mancharán la delantera y ahí tienen servido el cóctel juya. Arreglarme una fuga de una cañería que causaba humedades inmensas en la pared de mi armario con un trozo de chicle, eso es juya. Tapar un socavón en la calzada de un metro de profundidad con la placa de un stop durante meses, eso es juya. Sigamos poco a poco.

Hay barrios juyas y otros que no lo son tanto. Para los que viven o han estado en Rabat, comprenderán qué quiero decir cuando afirmo que la medina es juya por definición y Agdal, Suisí o Hay Riad o no lo son o lo son muy poco. Hay ciudades enteramente juyas, como la caótica y fascinante Casablanca, gracias a la que se acuñó el urbanismo juyal. Aún queda mucho para que las antiguas medinas, catedral del juyismo más genuino, se conviertan en los manuales de historia en juyerías para competir con juderías y morerías. Pero todo se andará.

Existe hasta una filosofía política, la del juyismo ilustrado, que tiene poco de despótica y mucho de popular, pues nada para el pueblo y encima sin el pueblo, que así seguirán siendo las cosas mientras sigan mandando en el mundo monarcas a la manera del Antiguo Régimen.

No sólo los marroquíes, repito, son juyas. En España tenemos miles. Quizás, el sur, por su proximidad al Magreb, sea la tierra ibérica que más cuente con juyas entre sus vecinos. Pero hay muchos juyas repartidos por toda la piel de toro, que hasta ahora se definieron con otros términos (canis, poligoneros, chonis, castizos, etc.), aunque ninguno precisa lo que ustedes ya a estas alturas de la carta comenzarán a entender como la propia citada voz. Muchos italianos sureños tienen su ramalazo, como los portugueses, como los griegos, por citar tres nacionalidades. Y hay muchos en otros países de la ribera sur del Mediterráneo, del Magreb a la Península Arábiga. Yo ya soy bastante juya, mucho. Me doy cuenta cada vez que me meto en un tren y, automáticamente, aunque vaya de Rabat a Kenitra, me estiro como si estuviese en mi cama y ocupo tres o cuatro asientos de un compartimento para echarme una siesta. Y me encanta hacerlo. Seguiremos deconstruyendo al juyismo.

Foto: Miguel Roca

Foto: Miguel Roca

Los chicos del pavo

Antonio Navarro Amuedo | 14 de octubre de 2010 a las 3:20

Los pavos son en Marruecos bastante apañados para hacer brochetas, que, gracias a los aliños de comino, salsa picante y sal, poco importa al final de qué tipo de carne están hechas. En España, en la categoría de las carnes, vienen después del pollo y, de insípidas que son si no son fritas con ajo y perejil abundantes, muchos diríamos que son las últimas en la escala. El cordero, que no el lechal, sino carnero o borrego viejo, hace de pilar de la dieta nacional en Marruecos y desmiente la exclusividad que disfruta al norte de Tarifa una carne que queda allí reservada para las fiestas navideñas y de guardar. Aquí en el Magreb los pavos tienen también forma de adolescentes, como pasa allá arriba y en todas partes y, te lo aseguro,  se ríen por las mismas tonterías por las que nos reíamos entonces. Ahora comprendo la irritación del profesor, que antes no llegaba a entender, ya que entonces me parecía pura pose que encerraba la incapacidad de poder reírse de las mismas cosas que nosotros, de alcanzar la compresión de nuestros códigos, nuestras complicidades y, por tanto, esa envidia le empujaba a echarnos la bronca. Lo he visto en mis clases del Instituto Francés de Rabat, donde mis compañeros lucen las espinillas en la cara y los bigotillos cantinfleros de rigor, pero dan los estirones de forma diferente a sus colegas de la medina y la tienda de ultramarinos de abajo mismo.

Existen muchos Marruecos concéntricos y los muros del Instituto Francés de Rabat tienen la forma de uno de esos círculos que separan las clases, los sueños y los límites de este pueblo. Los chicos del pavo son como los chicos del coro de la peli francesa, pero con pelos rizados que ellos mantienen corto por precaución a los volúmenes y la tez morena de los magrebíes en vez de aquel rubio que asustaba en pleno sepia de la posguerra europea. Son malos a ratos pero cuando se ponen, sacan los ejercicios de compresión de textos, de estos artículos fotocopiados de Le Monde o Le Figaro, que da gusto. Las niñas de mi clase no llevan velo, no sé si porque saben lo que Sarkozy es capaz de hacer en Francia o porque jamás lo vieron en sus casas de Agdal, Suisí o Hay Riad, que son los barrios de donde vienen para mejorar la ortografía y la sintaxis de la lengua francesa, en la que estudiarán las materias universitarias y harán carrera en alguna empresa, ministerio o bufete de abogados.

Los chicos del pavo son marroquíes, pero pronuncian el francés que asusta de bien. Una de las chicas, cuando el profesor explicaba el significado de la palabra belvédère (mirador), poniendo el ejemplo del emplazamiento de la Torre Hassan, que es el símbolo almohade de la capital marroquí, lo interrumpía bruscamente. La niña decía que mejor valía Trocadero y la Torre Eiffel para ejemplificar la palabra que habían descubierto en la fotocopia y que así se entendería mejor. Me los imagino de jóvenes tomando café en el Marais, comprando un kebab en las cuestas de Montmartre o paseando bufanda al cuello en Saint Germain-des-Prés en busca de viejos libros sobre inmigración y sociología tras salir de la Fac. Seguramente leerán en algunos de esos volúmenes amarillentos páginas sobre la  neocolonización, aunque de momento son muy jóvenes para interesarse por esas cosas.

Mis compañeros de clase son marroquíes, pero tienen Play Station 3 -ya no sé por qué número va la última-, hablan francés en casa, van a entrenamientos de baloncesto, que los hay de uno noventa con quince años, y veranean en Marbella, Portugal o Mallorca. Y tienen los dientes en su sitio, con aparatos en la boca más de uno, famosos brakes; de los pocos que he visto en estos dos años en estas tierras norteafricanas. Con la misma edad que Ahmed, el que estaba sentado a mi lado hoy en clase, Omar, que ya me dice “pimienta negra” o “toma el dinero” en español, cierra a las doce de la noche la épicerie de mi calle, después de doce horas detrás de un mostrador vendiendo cebollas, tomates, pan y cigarrillos sueltos. Omar aprovecha entre cliente y cliente para aprender español e inglés con un par de librillos que tiene detrás de la caja. No le gusta el francés, no sé por qué. Nunca ha ido a la escuela, pero es espabilado como él solo.

El profesor, digo, también es marroquí, pero luce un chaleco con el cuello de pico, pantalón de pinza gris y zapatos negros con cordones, una combinación muy de profesor europeo. Alucino viéndoles hablar de Baudelaire y de Ronsard, de sonetos y novelas, cuando la Revolución Francesa y los ideales de Rousseau, Montesquieu y la Ilustración aún no han llegado al Parlamento de su país, que está a doscientos metros de nuestra clase. ¿Qué periódico marroquí llevará este profesor debajo del brazo cuando salga a tomarse un café después de clase? ¿A que no se te ocurre ninguno?

La oscuridad de la tarde, camino del Instituto Francés, en una lluviosa tarde otoñal me retrotrae a mis primeros meses en la húmeda Rabat de hace dos años. Mis compañeros de entonces me ofrecieron unas de los primeros rostros de Marruecos, mucho antes de sumergirme en la humanidad de los trenes familiares a Marraquech y de los jornaleros en autobús camino de las tierras de Larache y Tetuán.

Mis compañeros de clase me miran como un extraterrestre. Todos saben que soy español, como una amiga que también ha venido a perfeccionar su francés y que sufre parecidas sensaciones que yo, y que estamos en clase por razones y en circunstancias completamente diferentes a las suyas. No obstante, la complicidad con nuestro país es la misma en las aulas del Instituto Francés, quizá teñida de un punto de distancia que propicia el entorno galo, que en el resto del país y el profesor se afana en sacarme algunas palabras en español. De repente, al oírme decir la frase en castellano, salta uno de fondo y grita: ¡¡Barça!! Y el resto comienza a reírse a carcajadas.

Mis colegas de clase tienen diez años menos que yo y, aunque me veo incurriendo en los mismos vicios y pecados que entonces, cuando yo tenía su edad, jugueteando con el boli, charlando con mi amiga en plena explicación del profesor, pensando en mis cosas mientras agacho la cabeza para que que no me mire a mí para preguntarme y me deje en paz en el tiempo que queda, mirando a la chica más mona de la clase y la cara del espabilado del grupo, no somos ya los mismos. Me miro en el espejo de estos chicos y aprendo que ya no luzco esas espinillas, sino una barba bien dura, que me han salido algunas canas, que es una palabra que ellos asocian con sus padres y abuelos, y que a ellos les quedan unos pocos años encerrados entre aulas antes de que la vida los lance a eso que llamamos edad adulta, que es la hora de la verdad, cuando el árbitro dice que empezó lo serio de la cosa. Ese día en que la edad del pavo quede atrás definitivamente.

Chomsky en un petit taxi

Antonio Navarro Amuedo | 1 de octubre de 2010 a las 14:47

“Salam Alekum”. “Alekum Salam”. “À l’Agdal, s’il vous plaît”. Apenas arranca el petit taxi azul de Rabat, uno de los muchísimos que he probado en todas las geografías del país, con sus cinturones desvencijados y puertas que se niegan a cerrar y abrirse, centenares de veces, en dirección al barrio de las franquicias occidentales y los marroquíes desahogados, cuando el taxista comienza a darme explicaciones. “Esto que oye –como tantos y tantos petit taxis, el vehículo es una pequeña mezquita motorizada– es el Corán. Hay dos formas de recitarlo. Ésta es una”. Asiento como si acabara de poner mis pies por vez primera en Rabat y Marruecos. No tengo muchas ganas de dar explicaciones.

El taxista, trajeado pero víctima de una corbata lila con dragones estampados, prosigue. “No es una oración como alguna gente pudiera pensar; son versos del Corán recitados”. Sigo haciéndome el nuevo; ya sé que tengo cara de haber llegado esta tarde a un congreso sobre democracia en Oriente Medio en la Universidad de Rabat, me digo, pero no me queda otra. “Como le decía, hay otra manera de recitarlos”. Sin mediar palabra, el conductor saca el CD con la música coránica, lo guarda en una funda de plástico para inmediatamente introducir otro. El árabe clásico comienza a flotar, con la misma cantinela, por el pequeño taxi. “¿Nota la diferencia? Es la otra forma de recitar el Corán. Ya no existen más maneras. Ambos recitadores son egipcios: me encantan”.

Las pequeñas dosis de teología y folclore son habituales entre los taxistas, que hacen gala de la misma exquisita hospitalidad de los marroquíes. También predominan temas más profanos, como la sempiterna pregunta: “¿Español?”. “Oui”. “¿Madrid o Barça?”. De ninguno de los dos, señor, de ninguno, ya lo sabes, me toca siempre responder. Y una conversación futbolera que este año culmina siempre en felicitaciones por la victoria de España en el Campeonato del Mundo.

Entrando en Agdal, la conversación –yo respondo algún monosílabo y supero el mero asentimiento con la cabeza– se hace un poco más profunda. La lengua árabe es el objeto de sus explicaciones. “En todas las lenguas, como el francés, por ejemplo, encontramos una estructura parecida de Sujeto Verbo Complemento”, me suelta. Me digo, jolín, ¡un taxista leído! ¡qué gusto!. “Por ejemplo: Jean et Danniel vont au marché o John and Michael go to the market. ¿Lo ve, no?”. Yo lo veía, hasta ese momento, sí, pero lo que no veía tan claro era dar crédito al análisis sintáctico del conductor que me lleva sin rumbo por las calles de Agdal. No le he dicho aún la dirección ni falta que me hace. Quiero que siga hablando.

“Chomsky analizó muchísimas lenguas para concluir que existe una gramática universal común a todas, pero se topó con el árabe, que se le escapaba a sus esquemas”, asevera. A mí sí que se me estaba escapando algo o mucho cuando nuestro amigo, el taxista encorbatado y sonrisa perpetua, comienza a citarme al padre de la gramática generativa. “¿Ha leído a Chomsky, ¿no?”. No sé qué decirle, la verdad.

Después de aquello, con la cabeza más pendiente de cómo te contaría esto en una carta que de lo que me estaba relatando, el taxista, aparcado delante del local al que le había pedido que me llevase, siguió explicándome por qué el árabe es un caso particular alegando enunciados y más enunciados, moviendo a su antojo y para mi absoluta ignorancia sujetos, verbos y complementos. Después escuché cómo revivía las polémicas entre el lingüista de Filadelfia y activista político con Skinner, y yo ya flipaba, que no se me ocurre otro verbo a estas alturas de la película.

Lo tengo que interrumpir bruscamente y preguntarle; no aguanto más. “Señor, ¿y usted cómo sabe todo eso?”. Y me suelta de sopetón, como me citaba de cabeza las explicaciones de Noam Chomsky, que es licenciado en lingüística especialidad en lengua árabe por la Universidad de Rabat en el año 1996. Casi na lo del ojo, me sale en el español de mi tierra, sacándome la cartera del bolsillo. Y ahí está, con su pequeña máquina azul, destartalada, dando portes por unos pocos dirhams para arriba y para abajo y los Aspectos de la Teoría de la Sintaxis de Chomsky en la guantera.

Nunca encontré en el primer mundo de los taxistas quejosos que te acusan sin conocerte de nada de haber votado al alcalde que los fríe a impuestos municipales o van de sobrados con sus discursos sobre lo mal que va siempre el negocio y el mundo en general no ya la simpatía de estos conductores magrebíes sino lingüistas o teólogos al volante como hallé al sur de Gibraltar.

Prometo, estas líneas y tú sois testigos,  irme a Chomsky y rastrear las explicaciones sobre el árabe y las gramáticas universales que nunca busqué ni hallé, hace ya varios años, en los anaqueles de las bibliotecas de la Facultad. Gracias a mi amigo el taxista azul de Rabat.

Mubarak

Antonio Navarro Amuedo | 20 de septiembre de 2010 a las 2:15

Mubarak tiene nombre de dictador egipcio, pero en verdad es un pacifista bereber. Como la momia egipcia, Mubarak, el portero de mi edificio, tiene una edad indeterminada, o, al menos, cuando nos lanzamos a adivinar cuántos años puede tener este luchador de la escalera, enjuto, minúsculo, fibroso, con su bigotillo leve y casi adolescente, nadie se pone de acuerdo. Como miles de bereberes del sur de Marruecos, Mubarak, o M’barak, así, sin que la u suene, a la forma marroquí, dejó las tierras de la región de Agadir para tratar de ganarse la vida en Rabat, en esta fachada atlántica del Magreb de las oportunidades relativas. Él limpia la escalera, vigila que dejemos las puertas y ventanas bien cerradas, su auténtica obsesión, recolecta fajos de dirhams para la casera a principios de cada mes y se lleva, de paso, alguna propina al margen de su remuneración recaudatoria. Otros bereberes que, como Mubarak, dominan el árabe –en un bilingüismo que causa sonrojo a cualquiera de nuestros compatriotas– al tiempo que su lengua materna, que es un mosaico de formas nómadas, se buscan la vida en mil y un oficios, entre los que se hallan prósperos negocios de lecherías o confiterías que se reparten por toda la ciudad.

Además, Mubarak dedica las tardes y los fines de semana, con un chaleco que no abandona ni en julio ni en agosto,  a la cafetería Amanda, frente por frente a nuestro edificio, donde gana el resto del jornal con el que poder alimentar a las cuatro bocas de su casa, si es que se puede llamar así a lo que se halla bajo el techo de un altillo del edificio y acoge a sus dos niñas, a Ibrahim y a su señora esposa.  Eso, claro, sin dejar de echarle el ojo al edificio. Cuánto capital humano desaprovechado, me decía mi primo Luis Miguel, que también lo conoce. El oficio de Mubarak, qué digo, es el de la supervivencia cotidiana. Una lucha diaria. Pero sin aspavientos, sin vanidades. Con alegría. Su horizonte, las cuatro esquinitas de la manzana, que custodia como el más fiel de los servidores.

PTDC0591

Mubarak es muy religioso, muy conservador, machista; seguramente sus planteamientos filosóficos rozan el llamado islamismo, pero no tengo ninguna duda de que todo eso del terrorismo basado en su fe musulmana le repugna. Yo a Mubarak no lo he visto matar ni a una cucharacha. Un día le hice el gesto de que había que sacrificar a unos gatos, pobrecitos, te acordarás, para ver si él sabía a quién podíamos dárselos porque nadie los quería y no tenían ya futuro alguno, y se reía a carcajadas de pensar que pudiéramos hacer algo así, aunque fuese con la ayuda de un veterinario. Bueno, miento, a Mubarak lo he visto matar a un cordero, o ayudar a sujetar al animal antes de su sacrificio en la fiesta del Aid-el-Kbir, con la que se recuerda la piedad de Dios ante el hijo que Abraham –o Ibrahim, como se llama su niño, que es del Barça aunque yo he intentado en vano hacerlo sevillista– estaba a punto de sacrificar por amor. El mismo amor a Dios y a cualquier atisbo de vida circundante que profesa Mubarak.

Mubarak es, en el buen sentido de la palabra, bueno. Muy pronto volverá a repetirse la imagen que ves junto a la carta. Y después de desmenuzar a un cordero que será el sablazo gordo del año y que colgará en esa estancia cubierta por la uralita donde vive su estirpe entera, me reservará unas cuantas brochetas que especiará con sal y comino, como ha hecho cada año.

Sin familia aquí, Mubarak interpreta a veces el papel de un pariente para mí. Más de un día y más de dos me ha devuelto a los corrales de mi casa porque me había dejado sin afeitar un mechón bajo la barbilla. Y cada vez que me ve con barba de tres días me advierte haciendo el gesto de empuñar una maquinilla y moverla por la cara de que con esta edad toca ya salir de casa afeitado. Desde casi el principio Mubarak me dice también con las manos y los ojos que él y yo nos profesamos un cariño especial, que no soy como el resto de vecinos de este 5 rue del Percebe llamado Youssef Ibn Tachfine, rey bereber, como Mubarak, que fundó, dicen las crónicas, el movimiento almorávide.

La pena que tengo es que en estos dos años de comandancia general en mi bloque apenas Mubarak y yo hemos podido hablar. Mubarak no habla francés y yo no hablo árabe. Bueno, yo creo que andamos empatados en eso. Hablamos unas cuantas frases en sendos idiomas que nos sirven para saber que todo anda en orden, que seguimos un día más con salud y con vida. Hablamos del tiempo, del trabajo, de lo mal remunerados que estamos ambos, de las respectivas familias y, aunque no te lo creerás, de política. Una vez veía que repasaba con interés, sentado en su silla de mimbre, desde la que otea la entrada y salida del personal, el semanario francés L’Express, pero me confesó que no lo entendía, que sólo se detenía en las fotos. Únicamente buscaba a Obama, al que admira. Eso sí, cada referencia al presidente norteamericano y esperanza de África, incluido este pedazo del norte bereber, la lee con avidez en la prensa arabófona. “¡Como yo, Barak, Barak, se llama como yo!”, comentaba eufórico el día de la llegada del senador de Chicago a la Casa Blanca.

La otra, la Casablanca de aquí, Mubarak la conoce de unas pocas veces, no más. Nunca estuvo él en el norte lejano de Tetuán y Tánger de los aires del Estrecho. Nunca ha pisado Mubarak la playa, que no le gusta nada, me asegura él. Desde luego nunca estuvo de vacaciones. Su única vacación comienza a las once de la noche en que se envuelve en su pijama blanco y dura hasta las seis de la mañana, cuando comienza a rondar la escalera. Mi amigo Mubarak no ha salido de Marruecos, ni tendrá, probablemente, la posibilidad jamás de conocer otros horizontes que los de esta manzana de escaleras, veladores y cafés donde se encierran las fatigas de una vida entera. Y, sin embargo, un día más, silba y sonríe cada vez que nos cruzamos en el recodo de la escalera.

Marroquí, árabe, francés, bereber, Babel

Antonio Navarro Amuedo | 2 de junio de 2010 a las 18:32

Marruecos mejora a golpe de inversión extranjera, de hoteles de lujo en Marrakech, de puertos que aprovechan las olas deslocalizadoras, de las mejoras introducidas en un medio rural llamado a ser el Ikea de la verdura y la fruta del continente europeo, de la apertura, en suma, de una economía que lleva haciéndose cada vez más permeable a los capitales y las ideas del norte europeo. Este crecimiento, no obstante, está condenado a estar lastrado por un problema de base que hace imposible cualquier comparación entre el modelo español del boom desarrollista de los sesenta y el que impulsa la monarquía alauí. Es la educación, estúpidos, que diría el otro. Por mucha autopista, invernadero o placas solares que se construyan, el alcance del desarrollo será limitado si Marruecos no resuelve su problema educativo. Según las fuentes menos optimistas, un 50% de la población marroquí es analfabeta y el porcentaje asciende al 80% si nos circunscribimos al ámbito de las mujeres. La tragedia de tales cifras  se explica por varias razones. Una de ellas, sin duda, tiene que ver con otro asunto irresuelto: el de la lengua. Europa entendió hace ya tiempo que si quería avanzarse en la construcción de los Estados y lograr el desarrollo de la burguesía y la mejora de las condiciones materiales de la población era imprescindible contar con una lengua nacional. Elio Antonio de Nebrija escribió al acabar el siglo XV una gramática del español porque estaba convencido de que aquello que se hablaba en el Reino de Castilla había dejado hacía mucho tiempo de ser latín. Convencimiento que tienen muchos aquí en Marruecos: darija, como se denomina el dialecto del árabe de este país, hace mucho que es otra cosa diferente al árabe coránico o clásico. Hora es de llamar las cosas por su nombre: Marroquí, por ejemplo.

Hora es de codificarlo, fijar su ortografía y su gramática y llevarlo a las imprentas de una vez. De llevarlo a las aulas. El carácter sagrado, revelado, del árabe de Mahoma actúa como barrera, por ahora infranqueable, del proceso. El árabe del Corán, extraño para la mayoría de la población del Magreb, sigue siendo la única lengua oficial. Las élites marroquíes de Rabat y Casablanca, mientras tanto, ajenas, parecen felices hablando en francés en cafés, oficinas y en facebook. Ça va bien, handullilah. La descolonización y posteriores décadas de arabización de Marruecos vedan la posibilidad también a un francés en retroceso, casi testimonial en el norte e ignoto en el medio rural, donde muchos sólo hablan bereber. ¿Hasta cuando durará esta anomalía? Sin resolver el problema desde la base, esto es, una tragedia educativa explicada en parte por la anomalía lingüística, todo el edificio del progreso marroquí no pasará de ser mera fachada. La predicción es de Juan Goytisolo, que lo sabe mucho mejor que yo y para eso es el primer escritor español en hablar darija desde el Arcipreste de Hita: “El árabe clásico permanecerá, claro está, en el ámbito religioso y en el interestatal. Pero la comunicación en marroquí y argelino abarcará el contenido de los periódicos, del espacio escénico, del cine y de la creación literaria. Poner en boca de un personaje marrakchi o tangerino el habla estereotipada del Oriente Próximo provoca y provocará inevitablemente el efecto saludable de la risa”.