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Primavera

Antonio Navarro Amuedo | 8 de junio de 2011 a las 18:39

Foto: Miguel Roca

Encuentro con alegría en uno de los bolsillos de una maleta que ha sufrido mucho los vaivenes del camino una postal amarillenta que no puedo dejar de unir a este epistolario inconcluso sobre la otra orilla del Estrecho. Avanza el calendario –copio de las cuartillas que acabo de hallar entre tarjetas de visita, facturas de la Redal e incluso una figurilla de un camello que encuentro con una pata de madera partida– sin descanso hacia un próximo verano. Pasan las semanas implacablemente en un año que ha sido fundamentalmente primavera. El año despertó primavera en Túnez y en Argelia, con el desencanto de nuevas generaciones perdidas en la miseria y la tristeza. Siguió en Egipto y se propagó por Yemen, Arabia Saudita, Barhéin, Jordania, Siria. Y por Libia, con un tirano asesino que se resiste como gato panza arriba a dejar de sembrar la muerte y el dolor en su retirada. Fue el grito desesperado de millones de personas clamando por un horizonte mejor, una vida digna, el basta ya a la tiranía. El cansancio de ser la excepción permanente. Son nombres que desde esta orilla de la vida suenan próximos y lejanos, tras de horizontes polvorientos y de casas blancas apiñadas en la necesidad. Cayeron por el camino, para felicidad de sus pueblos y asombro del mundo, los dictadores terroríficos de Egipto, Mubarak, y de Túnez, Ben Alí, única referencia política para mucha gente en toda su vida en sus respectivos países.

¿Qué pasaba en Marruecos entonces? Francia y España, los observadores atentos de la realidad de Marruecos desde los despachos oficiales de París y Madrid, se preguntaban reiteradamente: ¿habrá contagio revolucionario en este Magreb árabe tan cercano a Europa? Tú también me lo preguntabas, como todo el mundo al teléfono o en los endiablados chats de Facebook o Skype, que son los verdaderos intercambios epistolares de nuestro tiempo. ¿Y allí, qué?

Allí pasaron muchas cosas. La mejor de todas, que la resignación omnipresente haya perdido un poco de sus bríos tradicionales. La mejor de las noticias. No pugnará, desde luego, con la cobertura informativa merecida por los baños de sangre de Libia. Ni con la caída jubilosa de los tiranos de Egipto y Túnez. Discreta persistencia la de los jóvenes del 20 de febrero que, semana tras semanas, han salido a la calle para romper tabúes y pedir democracia de verdad a los que mandan, que son los de siempre. Con su empeño, han tornado en habitual la protesta contra el autoritarismo y el abuso. Una primavera que comienza a consumarse en silencio. Primavera árabe la llamaron. El reto de estos valientes es no ceder y convertir el verano, el otoño, el futuro en primaveras hacia la democracia y la libertad.

Pero Marruecos, sin embargo, será siempre para nosotros un verano sin prisas. Un largo verano previo a la madurez obligatoria, una tregua de sosiego y tes a la menta, cacahuetes y anacardos envueltos en cartuchos hechos de cuartillas con apuntes de matemáticas y lengua francesa. Marruecos son las tardes soleadas de la medina, paseando sin relojes por las calles pegajosas y cargadas de humanidad que mira, toca, observa a cada paso. Camisetas del Barcelona, de la roja campeona del mundo, del Barça campeón de Europa otra vez, colgando de cada tenderete, que esto se actualiza a golpe de teclado, como las estanterías de móviles capaces de albergar los modelos más modernos de ipads o blackberries al lado de un señor que vende zapatos de segunda mano en un top manta. Días azules y sol de la infancia, luz de tarde de veranos infinitos de nuestras infancias recuperada en este paseo por el laberinto de callejas y tiendas de especias. Sí, las tardes de la medina, con la brisa y los mirlos marcando su presencia, el bulevar lleno de gente que pasea y toma pipas, eran un recuerdo vivo de nuestra niñez.

Marruecos será para nosotros siempre la humareda de carne picada asándose a la entrada de un pueblo cualquiera del camino en algún punto entre Tetuán y Kenitra, entre Oujda y Fez, entre Tan Tan y Esauira. Humareda que nos recibe en el autobús más cálido del mundo, al que se sube un chaval que vende onzas cortadas de sucedáneo de chocolate Maruja, cacahuetes y cigarillos rubios sueltos en una bandejita improvisada de cartón.

Marruecos será siempre los viajes sin planificación, improvisadas elecciones de destino en el último minuto en las explanada humana de las gares routières del país. Éxito seguro. Norte, sur, este y oeste eran en nuestras largas jornadas de verano puntos cardinales intercambiables. Al otro lado del viaje, un señor nos sacaría la maleta de la bodega del autobús para decirnos iala, iala. Una medina y un zumo de naranja recién exprimido nos aguardaban.

Marruecos será siempre las tardes infinitas en las playas de Salé, llenas de púberes que juegan al fútbol sin cesar, sin reparar en el hecho de que el ramadán aprieta y no podrán beber una gota de agua en público hasta que atardezca. De playas sin libertad para las chicas, que batallan con pantalones vaqueros empapados y pañuelos contra la censura y las miradas más molestas. Son nuestras tardes en las playas más lejanas del gentío, disfrutando de fruta recién comprada en algún recodo del camino, de largos paseos por la orilla y de una tertulia improvisada para acabar hablando del futuro, ese incómodo acompañante que aguardaba al otro lado del verano.

Trenes de cambio

Antonio Navarro Amuedo | 27 de enero de 2011 a las 2:30

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Túnez perfuma de jazmín el Magreb entero desde hace semanas. Hasta estos olivares grises y pueblos borrosos por la humareda de las carnes a la parrilla llegó el aroma del fin de una dictadura que se hacía de oro de forma impune ante la mirada atónita del pueblo. Hoy, la sociedad tunecina trata de abrir el tortuoso camino de una democracia que nadie les regalará. Justo es que ese país,  los ciudadanos del Magreb en su conjunto, todos, en fin, honremos siempre el sacrificio hecho por miles de personas que pusieron en riesgo su integridad física y su vida al cabo –¿cincuenta, cien víctimas mortales?– para comenzar a menoscabar la autocracia y la injusticia. Las protestas, más movidas por la desesperación y por el hartazgo ante la arbitrariedad y la losa de soportar regímenes programados para perpetuarse que por causas políticas demasiado lejanas, se esparcen por la región.

Desde la perspectiva occidental, que trata de encuadernar cuartillas que vuelan movidas por vientos dispares, que intenta en vano clasificar y etiquetar siglas y confederaciones, se observa cómo el Magreb, el Norte de África, el mundo árabo-musulmán, qué más da, se despereza. Por toda Argelia miles de personas salieron a la calle a gritar su enfado, a decir que ya se han cansado de la nada, del vacío de mañanas sin mañana. También en Marruecos, donde templados por las circunstancias, miles de jóvenes licenciados protestan por la falta de horizontes y de empleo mes tras mes ante edificios oficiales con lealtad patriótica. Desde hace dos días, en Egipto miles de personas salen a la calle para pedir el fin de la dinastía de los Mubarak, sin ganas ningunas de ver al segundo eslabón de la familia reinando en El Cairo.  Who’s next? Los nombres se suceden: Yemen, el Líbano, Mauritania… ¿Seguro? ¿Hay lógica en la enumeración? ¿Son frívolas las descargas de vídeos de Youtube sobre este contagio de revoluciones en el Oriente Medio, los twits desde el corazón de la protesta y los sms desde la puerta del Parlamento?

Viajo en un tren desde Rabat a Fez, en uno de esos que nos conocemos de memoria y que pueden alargar tres horas al infinito de calor, frío o todo lo contrario bien rodeado de humanidad en cada compartimento. Llega el chico del carrito de las cocacolas templadas y unos bocadillos de pollo que entran de escándalo en cualquier momento. Tiene problemas para continuar su tránsito por el pasillo porque una señora ha traído consigo tres bultos, uno de ellos la clásica bolsa de cuadros blancos y rojos que hemos visto tantas veces, además de otras dos maletas enormes azul marino. Yo también voy bien cargado. Nada más verme, los que serán compañeros de compartimento me hacen hueco y me ayudan a alzar mis maletas a la repisa dedicada al efecto. Como siempre. Saco una novela que compré en este lado del Estrecho cuando, con mis compatriotas, quemábamos tarjetas de crédito cargados de bolsas mucho más livianas que las de aquí. Me tiene desconcentrado tanto vaivén de un lado a otro de la frontera, del suelo firme a la tierra de esas revoluciones orientales que salen por la televisión.

La mayoría de la gente se ha bajado antes de Meknès. Me quedo solo en el compartimento con un simpático vendedor de zapatillas de baloncesto cuneras y made in China en la medina de Fez. Es licenciado en Geografía. Tiene 38 años y dos niñas pequeñas. Viaja cuatro veces en semana en aquel tren a Casablanca, en cuyo puerto adquiere la mercancía que después venderá en la vieja medina de la ciudad imperial. Lo de Túnez sale pronto en la conversación. No lo rehúye. “¿Algo así en Marruecos?”, se pregunta ante mi sugerencia. “Si la mitad de la gente aquí no sabe ni leer ni escribir, ¿cómo van a protestar? ¿Qué van a pedir?” La síntesis es lapidaria. No tengo nada más que contarle. “Pese a todo, me dice, Casablanca se mueve, hay más trabajo que antes”. Giramos la vista a la ventana y vemos un grupo de impasibles jóvenes que, sentados sobre las vías, observa al infinito la caída del sol ante el testigo mudo de los olivares plateados.

Aromas de jazmín y libertad

Antonio Navarro Amuedo | 25 de enero de 2011 a las 22:12

Notre-Dame de l’Atlas

Antonio Navarro Amuedo | 21 de enero de 2011 a las 3:33

Tibhirine es, como he podido ver cómodamente sentado en la butaca del cine, lejos del frío y la pobreza, como cualquiera de esos miles de lugares remotos que salpican las tonalidades pardas de la cordillera del Atlas. En sus casas colgadas en una ladera que en verano el sol castiga y en invierno cubre la nieve buscan refugio de la intemperie gentes que no distinguen el cielo del horizonte porque no han oído hablar de él. Un poco de pan, una cabra o un cordero que repartir entre varias familias y muchas patatas y cebollas para dar cuerpo al tajín. La vida es aquí idéntica a la de otras aldeas que hemos recorrido en la misma cadena de montañas grises y blancas del norte de África. Una adolescente del pueblo pregunta en la película a un viejo monje francés perteneciente a una pequeña Abadía cisterciense y que ejerce de médico de la aldea qué se siente cuando se está enamorado de verdad. “Que el corazón palpita más rápido. A mí me ha pasado varias veces”, responde el veterano monje. Es único maestro dispuesto a hablarle a la joven de aquel concepto inédito y extraño.

Los religiosos franceses de la Abadía de Aiguebelle fundaron 1938 en este rincón montañoso del norte argelino Notre-Dame de l’Atlas, que rodean huertas, mezquitas y gentes amables y sencillas.  No me cuesta nada creer, como describe la película, que la convivencia entre la pequeña comunidad católica y los vecinos de la localidad fuera armónica. Ante el miedo que comienzan a sentir los miembros de la congregación a un ataque de una milicia radical que empieza a acecharles, una señora del pueblo se pregunta con dolor qué será de ellos cuándo los monjes se marchen. Me resisto a redundar en maniqueísmos, a comparar la compasión y la bondad de aquel grupo de monjes cistercienses asesinados a manos de un comando de terroristas en plena guerra civil argelina, en el año 1996, con la  perversidad de los terroristas y de su ideología fundamentalista basada en el Islam –sería injusto decir que De dioses y hombres, que he visto esta noche, lo hace. Me resisto a marcar otra línea que la que separa la desesperación, el fanatismo y la violencia enraizada en una sociedad como la argelina de aquellos años y la inocencia de las víctimas, en este caso un grupo de monjes que decide compartir el miedo con sus vecinos de Tibhirine  y permanecer fiel a su misión hasta el final.

Me quedo con la última carta del diario que Christian, prior de la abadía, redacta ante la posibilidad de un ataque al monasterio como el que acaba produciéndose y con su defensa de la gente y de la paz, del común del ser humano que hemos visto en el Magreb, que es lo único que hemos contemplado una y otra vez en frías montañas, en incómodos y asfixiantes trenes, en remotos pueblos del sur. Notre-Dame de l’Atlas sigue hoy acogiendo una pequeña comunidad religiosa rodeada de huertos y olivos, no lejos del Mediterráneo azul, y de personas que no quieren otra cosa que seguir un día más con vida; luchar por lo suyo y los suyos. Como hacían las gentes que disfrutaban de la caída del sol en aquella tarde del último verano en los alrededores de Notre-Dame d’Afrique, en Argel, mientras una religiosa española nos contaba noticias cargadas de optimismo.

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Foto: Puy Ruiz de Alda

Un asesor de comunicación

Antonio Navarro Amuedo | 7 de diciembre de 2010 a las 19:03

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Llegados a este punto, la verdad, creo que Marruecos lo que de verdad necesita es un asesor de imagen o, como se estila ahora, de comunicación. Ni un nuevo Gobierno, ni un plan de autonomía avanzado para el Sáhara Occidental ni avanzar en los planes de convergencia económica con la UE. En este mes han logrado superarse por días, por horas. Y mira que la panda de activistas saharauis, desde el tío de las películas de risa que viene desde Madrid a hacerse la foto en la jaima y a comerse un tajín hasta la parejita aquella que ha hecho más encuentros con la prensa que la que gana el Planeta cada año se lo ha puesto facilito. Pues nada. Ni por ésas.

Resulta que intentan contenerse y ser de lo más delicado posible en el desmantelamiento del campamento de las jaimas de El Aaiún y logran que la opinión pública española, con los medios de comunicación como avanzadilla, de un espectro a otro del arcoiris político, les coja el asco propio del que ha cometido una masacre humana, un genocidio. La últimas cifras que conocemos, si no estoy equivocado, dicen que han muerto más policías y gendarmes -11-  a órdenes de Su Majestad que civiles de la ciudad principal de la región del Sáhara Occidental, que parece que han sido tres. En fin, que se lo habían puesto a huevo: y a eso que salen los dos ministros de turno, el de Interior y el de Exteriores, y se sacan de la chistera el numerito de los DVD y los dossieres de prensa. Y a empezar a echar porquería a todo el que está alrededor: que si el Polisario es Al Qaeda en verdad, que si Argelia es la más mala de todos, que si el PP es amigo de los anteriores, etcétera.

Luego y principal, que con ésa llevan un mes: la persecución, llevada a extremos ridículos, hacia la prensa española. ¿No se dan ustedes cuenta de que  en Madrid están deseando que echen o saquen tarjeta amarilla a los periodistas españoles que andan por aquí para sacarlo en las portadas? Un poquito de finezza, que manca una jartá, como dicen por mi tierra. Pues nada. Todos los días con alguno. Hasta los que entran con sus mujeres para comprar bolsos y babuchas de fin de semana, a esos también los mandan para atrás. La MAP colgando comunicados de todo quisque contra los medios de comunicación españoles: da la impresión de que lo traduzco y mando en francés un texto de la asociación de cultivadores de zanahoria de Meknès y lo cuelgan à la une de la Agencia de Noticias pública marroquí.

¡¿Y habrá sido por falta de trabajo?! Ese Naciri, ese Fassi Fihri, ese Cherkaoui. No han parado: en Rabat, en Bruselas, en Madrid. Donde hubiera que estar. Lo mismo da un viernes a última hora, cuando en España sus señorías están ya caminito de sus provincias para pasar el fin de semana con su familia, aquí en Marruecos los diputados tienen la costumbre de reunirse en pleno para votar declaraciones evanescentes.

¡Y esos rebotes!… Uno de los gordos, contra el PP, por la declaración que escoció tela marinera a los políticos de aquí del Parlamento Europeo condenando la violencia del desmantelamiento de las protestas de El Aaiún. ¿Cómo demuestran el cabreo? Con una supermarcha contra Rajoy y los periodistas. El último les ha venido cuando el Parlamento español aprueba una moción que ni nombra a Marruecos en la que se insta al Gobierno de España a condenar la violencia que se produjo en El Aaiún y alrededores. Ahora ya contra toda España. Se dan por aludidos, se cabrean y ahora dicen que se replantean las relaciones con España. El último coletazo: marchas para liberar Ceuta y Melilla. Esfuerzos inútiles y vanos que dejarán de tener el efecto deseado para el régimen de lograr la cohesión interna para empezar a resquebrajar las voluntades inquebrantables en torno a los métodos, formas y objetivos.

¿Qué harían con un Wikileaks [por cierto, no veo el cabreo contra EEUU que tocaría después de que se supiera lo que se ha sabido que pensaba la Embajada yanqui en Rabat] a lo bestia contra Marruecos? Desgraciadamente, la hoja de servicios de Marruecos en los últimos años es bastante mejor de lo que ese viejo asesor de imagen, encabritado y desquiciado, se empeña a seguir mostrándonos al resto.

Argel

Antonio Navarro Amuedo | 18 de noviembre de 2010 a las 20:41

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Argel es como una mujer perfumadita de pino piñonero volviendo de la Tipaza de Camus, hacia Poniente. Argel es el recuerdo de aquel mirador del barrio de Hydra, que hacía en la noche de verano de su bahía un lugar elegante, un iluminado puerto mediterráneo. Así la recuerdo cuando me dispongo a dejar tinta azul sobre el sepia de una postal abandonada durante meses sin mayor explicación que el rechazo a hurgar en las nostalgias estivales. Es la lástima de haber aguardado tantas semanas; permanecen las luces y desaparecen los detalles desagradables de una ciudad que languidece víctima de la cerrazón de unos pocos y la ignorancia de la mayoría, que es lo que pasa en casi todas partes.

Prefiero acordarme ahora de Argel desde la tranquilidad de la explanada de la belleza bizantina de Nôtre-Dame d’Afrique, donde monjas españolas nos aseguraban que allí han convivido siempre todos sin mayor inconveniente. Prefiero acordarme de un suburbio de asfaltos pegajosos y confiterías olorosas llenas de abejas, recordando a un mismo mar común en aquel paseo.

No quiero acordarme de la miseria de su periferia ni de las ruinas de su kasba, que me decían que es Patrimonio Mundial de la Unesco pese a que nos apenara el hecho de encontrarla como un vertedero. Ni del interior ruinoso de sus nobles inmuebles coloniales, domicilio de manadas de cucarachas. Prefiero recordarla como una bella cautiva asomada al Mediterráneo en una tarde del mes de julio. Llegamos entonces dispuestos a olvidarnos del pasado de batallas y rencores y apurar los resquicios de una ciudad que, como todas las ciudades, estábamos convencidos de que nos reservaba toda la vida necesaria y aventuras, que son para el verano.

Prefiero acordarme de Argel como una ciudad triste, triste de la pena de haber sido el esplendor que las crónicas y los viejos nos cuentan. Hoy Argel es una sucesión de historias encerradas en el perímetro de una urbe que no puede escapar de la amenaza de bombas y pistolas y que es víctima de controles militares omnipresentes. Abandonar la capital argelina es someterse a la tiranía de las garitas policiales por carretera, de señores uniformados con chaquetas con las mangas largas o incluso con mangas muy cortas -lo que nos hizo soltar una buena carcajada- que demandan pasaportes portando metralletas. Mientras, como si nada, los pinos apestan a resina sobre los acantilados azules del Mediterráneo.

Hay, en efecto, en Argel la tristeza de un pueblo que sufre los rescoldos de un régimen de uniformes, otrora prosoviético y revolucionario, hoy empeñado en seguir afirmando una ideología que ya ha perecido pese a que aquí los dinares rebosen en las arcas del estado gracias a las ventas de gas y petróleo. En los museos nacionales asustan las granadas, las trincheras recreadas y la hostilidad anticolonial en documentales y vitrinas contra lo francés celebrada a lo bestia en monolitos vertiginosos. Mientras, la sociedad trata de escapar por los resquicios de un Islam que aprieta y de un aislamiento que asusta.

Rarísimo, misión casi imposible fue la de hallar en sus calles, de un barrio al otro, una franquicia de marcas occidentales, fábricas de metáforas en todo el planeta de la globalización. Argel no fue capaz de regalárnoslas, plagada de tiendecitas de zapatos, frutos secos y muebles todo sospechosamente al cien por cien nacional. La oficina de turismo argelina que encontramos en un paseo marítimo frente al puerto era una casa fantasma; milagroso fue dar en la kasba con el último artesano, el único capaz de hacernos creer que ante su taller se detienen a menudo grupos de jóvenes que deambulaban como el nuestro pertrechados de cámaras digitales y cargados de curiosidad. La expedición era recibida por Doñoro, el conquistador desaliñado, expedicionario vasco encallado en estos confines inhóspitos del Magreb o un último de Filipinas que ve pasar generación tras generación a becarios y viajeros ocasionales para abrumarlos con su conocimiento de la ciudad y el país. Una enciclopedia al servicio lo mismo de los mejores garitos de chorba frita, que de las oportunidades de negocio para las empresas españolas del sector agroindustrial y las renovables en suelo argelino.

Pese a todo, el odio contra los creadores del Argel colonial de manzanas de elegantes fachadas blancas y rejas azules añil se debilita cuando la vida nos obliga a mirar hacia el futuro. Hay que conectarse al mundo, aprender el francés de las empresas europeas que aterrizan no sin dificultades para hacer negocio en un país de infraestructuras oxidadas y tanto por hacer. El projecto panárabe duerme el sueño de los justos y la unidad magrebí hace lo propio víctima del conflicto irresoluble del Sáhara Occidental.

Hoy leo Argel en los periódicos marroquíes y en una y otra página web de las que estos días nos cansan asociada machaconamente a la hostilidad de un régimen expansionista contra la Monarquía alauí de este lado del Magreb. Me niego a tener que elegir para tomar partido y reparto las simpatías entre Rabat y Argel, entre pueblos generosos que habitan a ambos lados de una frontera artificial; gente que dice labas?! cuando te la cruzas en la calle para preguntarte cómo estás. No reconozco a la ciudad blanca que aguardaba con su misterio de mujer cautiva entre las líneas de estos papeles amarillentos que repaso con la nostalgia de un verano que se nos escapó sin remedio.

Últimas noticias de agosto

Antonio Navarro Amuedo | 1 de septiembre de 2010 a las 1:25

Siempre me reprochas las mismas dos cosas: que soy demasiado barroco en la escritura y que no te mande una carta con los recuerdos del viaje a Argelia, que, tienes razón, sabes que siempre te la doy cuando la tienes, cada vez quedan más lejanos. Agosto amanecía entonces con toda la ilusión de un mes de vacaciones, tórrido y ramadanesco, y se nos escapa ya con aires frescos de septiembre y la melancolía de días más cortos y ausencias más largas. Aunque es cierto también que más nítidas a la vez en la memoria quedan mis impresiones de Argel y alrededores y no será difícil contar las líneas maestras de lo visto, oído y también olido, que en estos países del Magreb, para lo bueno y para lo malo, es muy importante la experiencia olfativa en una descripción cabal de la cosa.

En fin, que agosto se nos ha escapado ya y yo te recupero las impresiones que viví en casa, cuando decidí disfrutar de uno de esos fines de semana que habrían hecho las delicias de don Antonio Machado, que admitía sin pudor preferir una Sevilla sin sevillanos, o, por lo menos, dicha osadía se le atribuye al genial poeta del Palacio de las Dueñas. El mismo aire caliente, las mismas avenidas desiertas, el mismo verde intenso de los árboles en plena festividad lumínica en la Palmera y el Parque de María Luisa y el mismo silencio de hormigón en El Polígono Norte, San Pablo o Los Remedios.

Regresé acompañado del jefe de los fotógrafos de Diario de Sevilla, Antonio Pizarro, que tuvo la misma paciencia que siempre conmigo, a un escenario que recorrí años atrás buscando las trazas de algo que intuía entonces lejano. Suyas son todas estas fotos y me adelanto a que me digas que era imposible que unas así de buenas llevaran mi firma porque no sé hacerlas. Era el primer viernes de Ramadán y allí estábamos dispuestos, Antonio y yo, a entrar en la mezquita del barrio del Cerezo, que recordarás que se hizo famoso por haber dado cobijo a los terroristas de ETA cuando uno de los asesinos acabó con la vida de Antonio Muñoz Cariñanos, médico militar que se encontraba trabajando en la calle Jesús del Gran Poder. Poco a poco, el barrio, cercano al hospital Macarena y al Parlamento de Andalucía, también a la muralla y a la Basílica, donde descansa la Esperanza, ha ido viendo instalarse a un buen número de inmigrantes foráneos, principalmente lationamericanos, magrebíes y subsaharianos. Una suerte de Lavapiés o Raval de Sevilla, salvando las distancias, que en este terreno la ciudad tiene mucho que aprender de las grandes urbes.

El ambiente en las calles era muy parecido al de otros barrios de la ciudad en las vísperas de un fin de semana, el que puede en la playa y el que no, disfrutando al fresco de la tarde; parejas de lationamericanos pelando la pava en los parquecitos y muchos niños, seguramente senegaleses, montados en los columpios aún calientes del sol. Fuimos a recoger testimonio de las celebraciones de Ramadán en el primero de los viernes del mes sagrado de los musulmanes.  Me descalcé, celebré la posibilidad de entrar en el modesto local de la mezquita y tomé asiento en las esterillas del suelo esperando harira y un vaso de leche fría. Nunca habría pensado que los montaditos y las cervecitas que me tomé después sufrirían la digestión tan armónicamente.

Además de la sopa de fideos y garbanzos reglamentaria en cada ruptura del ayuno, Hassan Idrissi, el imán de la mezquita, que reconozco que me asustó al principio con su chilaba inmaculada, su gesto serio y su barba rizada, como una especie de don Quijote  islámico paseando sus principios por los recodos de la barriada macarena, nos obsequió a Antonio y a mí con agua fresca, dátiles, café y pan con mantequilla. No nos puso ninguna pega para que les hiciéramos fotos en plena oración, todos mirando a la Meca, que es lo mismo que hacerlo hacia Carmona visto desde El Cerezo. A ver si aprenden aquí, en esta tierra magrebí que me acoge, que ya obliga a los periodistas a tener una autorización del Gobierno para grabar fuera de Rabat, la capital de Marruecos.

Después, noté sólo simpatía en cada uno de los marroquíes que se me acercaban, al verme con la libretita y la pinta total con la que les chapurreaba las cuatro palabras que me sé en el dialecto árabe del Magreb. Pugnaban por explicarme en qué constistía el ftour, que es la comida que estábamos celebrando, un poco tarde, eso sí, por mi culpa, ya lo sabes, ya quedaban sólo restos, y que sirve de final al ayuno de cada una de las jornadas del mes de Ramadán.

De Tetuán, de Tánger, de Alhucemas, de Nador, de Marraquech, un poco de todo, pero mucha gente del norte de las antenas parabólicas en español, todos los rencores históricos superados y todos los sueños puestos en los ferrys de ida a Algeciras. También vi mucha miseria, como la de un argelino, tengo su nombre y apellidos en la libretita negra, que me apenó bastante y con el que intenté en vano comunicarme diciéndole que Argel me había gustado mucho. Uno de los marroquíes que veía mi intento de conversación no hacía más que decirme que no tenía ni papeles ni trabajo y que lo ayudáramos a encontrarle uno mientras me señalaba la libreta.

Después de eso me despedí, nos pusimos los cascos, nos montamos en la moto y volvimos al centro, a la redacción. Tras cerrar los ordenadores, nos esperaba el olor de las cocinas y el ruido de los tenedores y las conversaciones y más tarde el ambiente festivo de las terrazas de verano, las faldas imposibles, el ron colándose entre los hielos y el personal luciendo bronceado y presumiendo de vacaciones. Fez me recibía al día siguiente con su tren imprevisible, desde donde vi a los niños que se refrescan en las acequias y a los adultos que aguardaban, un día más, a la caída del sol para beber el primer sorbo de agua y el primer dátil.

Fronteras

Antonio Navarro Amuedo | 3 de agosto de 2010 a las 20:05

Hace mucho que los tiempos dejaron de ser buenos para la lírica de las fronteras y, sin embargo, sólo fuente para relatos épicos. Nos detendremos hoy en el puesto fronterizo entre Marruecos y Argelia por carretera cercano a la ciudad de Uxda (o Oujda, según la denominación francesa), que permanece desde 1994 cerrado. Los límites entre estos dos Estados son los mayores del mundo por longitud que continúan clausurados. Uxda es una ciudad de medio millón de habitantes situada en los confines de la región oriental de Marruecos, una de las más pobres del país, alejada de los aires renovados de la costa atlántica y castigada por un sol despiadado.  Pese a todo, bastante ordenada. La patria chica del presidente actual de Argelia, Abdelaziz Bouteflika, paradójicamente. El cierre del límite entre los dos países del Magreb puede ser metáfora de muchas cosas, pero la primera que viene a la cabeza es la de la vergüenza, el caos y la sinrazón reinante en las relaciones entre los dos países vecinos. Teóricamente, desde 1988 Argelia y Marruecos forman, junto a Libia, Túnez y Mauritania, la Unión del Magreb Árabe, un organismo permanente creado con el fin de fomentar el comercio entre la comunidad de naciones norteafricana pero en la práctica inoperante. El sábado pasado, en el llamado Discurso del Trono, con el que el monarca alauita celebra cada 30 de julio su ascenso al poder en Marruecos, Mohamed VI, mostrando su disposición por trabajar en pro de la unidad magrebí, no pasó por alto el error histórico argelino. “Esperamos que Argelia deje de contrariar la lógica de la historia, de la geografía, de la legitimidad y de la legitimidad respecto al Sáhara marroquí y que renuncie a sus maniobras desesperadas que tratan en vano de torpedear la dinámica generada a partir de nuestra propuesta de autonomía para nuestras provincias del sur”.  Las  malas relaciones entre Marruecos y Argelia siguen estando indeleblemente marcadas por el conflicto saharaui: Argelia apoya al Frente Polisario y defiende la independencia de la ex colonia española, que Marruecos administra y segurirá administrando más que presumiblemente.

El coche de Mohamed y nuestra curiosidad nos llevan al famoso puesto fronterizo fantasma. Venimos de Saïdia, una de las playas favoritas de los marroquíes de esta zona, al este de Melilla. La línea parece clara, nos indica el chófer del gran taxi, y se divisan perfectamente los paisajes estivales del otro lado de la frontera. Idénticos cereales pardos, mismo sol sofocante. La ruta está marcada, pero, efectivamente, el puesto fronterizo está cerrado.  Vigilan amenazantes policías a ambos lados del puesto aduanero. Se alertan de la llegada de un coche de Uxda. Cepos y pinchos se disponen a lo ancho de la carretera para impedir el paso a los vehículos y la prohibición de hacer fotografías es expresa. La vista al fondo y detrás de la estructura fronteriza se divisa una bandera verde y blanca de Argelia, media luna y estrella. Nos quedamos con las ganas de cruzar y hablar con los argelinos; tomarnos un bocata de carne picada en el primer pueblo, contar las diferencias entre un lado y otro. La escena parece tan estática que nadie duda de que seguirá siendo idéntica durante años. Qué pena, ¿verdad?

El relato de Mohammed, el taxista que nos llevó desde la estación de tren, tiene tintes épicos, que no gloriosos: hoy conduce un gran taxi con el que da portes a la población local por Uxda y alrededores. Anteriormente, su oficio era el de contrabandista: el taxista se sincera y nos cuenta cómo el cierre de la frontera no es absoluto y que con la complicidad de los agentes el gasoil llega desde Argelia y los plátanos marroquíes cruzan a la vecina República Socialista. Al otro lado de la frontera, continuando la costa mediterránea de resina de pinos, adelfas, olivos y viñas y el mar azul, se erige junto a las ruinas romanas de Tipaza el epitafio de Albert Camus: Comprendo aquí eso que llaman gloria: el derecho de amar sin medida. He aquí la mayor gloria de la condición humana. Que zurzan a las fronteras, los controles policiales y la cabezonería de los que mandan en uno y otro lado. Pero eso lo contaremos otro día.