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La ciudad y la sonrisa

Antonio Navarro Amuedo | 13 de diciembre de 2011 a las 8:20

 Foto: Miguel Roca

No me resisto a enviarte una carta más en esta lenta y larga despedida de la ciudad, que es a la vez un nuevo regreso para no marcharnos nunca de ella. La conoces de sobra y su nombre no figura en las grandes listas de urbes de moda por sus nuevos edificios de oficinas ni por diseño cutting edge, que me hace gracia esa palabra por cómo se utiliza allá arriba como adjetivo, ni tampoco por cosmopolitismo. Creo que esta ciudad de blancos y poderosa luz es rabiosamente anticosmopolita, como mi ciudad natal, que presume de haberlo sido en su día y se regodea en no siéndolo. Seguro que ser cosmopolita, y tener a gente muy distinta y dispar, y mutar de continuo y progresar son la aspiración máxima de las ciudades y acaso de las personas. No hay, probablemente, milagro humano mayor que esas ciudades de más de cinco o seis millones de personas llegadas de todas partes y que funcionan un día tras otro. Pero esta ciudad mía del Buregreg, con la torre Hassan como aplastada por la desidia, con su anarquía blanca y azul, es rabiosamente lenta y esencial. Por eso me gusta. Por eso nos gusta tanto.

De todas formas, ¿qué más da todo eso, a esta hora de grises, sentado en la plaza Pietri, después de saludar a mi limpiabotas favorito con dos besos, al sol que calienta en este mediodía de diciembre? ¿A quién le importa ahora mismo lo que dicen a esta hora en las ciudades de tenebrosas torres de cristal llenas de ordenadores con números y más números, gráficas y más gráficas? A mí, lo reconozco, ahora mismo, más bien poco. Pero voy a terminar de escribirte.

Dicen en los ordenadores que este fin de semana hay elecciones en la ciudad y en todo el país. No me gusta ponerme político en las cartas porque las estropeamos cuando hablamos de escaños y porcentajes de voto, de ideologías y de una terminología que es fea. Dicen que van a ganar los musulmanes, pero que son como los demás porque aquí manda el mismo. Mira, que otro día te escribo de esto, que hoy no tengo ganas además. Y, la verdad, que no noto yo nada distinto a otras veces paseando por l’Océan, que es una de las decadencias hermosas de la ciudad, oxidada como las rejas de las ventanas que miran al Atlántico omnipresente. Está ahí detrás, ahí mismo. Pero todo cualquiera diría que el pescado que encontramos en este pequeño restaurante ha llegado en paquetes congelados y troceado, como los que encuentras allá arriba, donde vivo ahora, en los supermercados. Y no, el mar bravío está a dos calles de aquí. Las familias disfrutan del día comiendo calamares fritos, gambas a la plancha, así como lo que en mi tierra de origen llaman acedías y pijotas. También de una especie de alioli con perejil que está riquísimo y que hace que te zampes un pan entero. También toman paia, que es una transliteración local de la paella, que aquí es un arroz bien tintado de azafrán y asfixiado de marisco que me supo a gloria, la verdad.

Supe al volver que me había ido para siempre y también que no me iré jamás de la ciudad. Me encontré con una ciudad de luz y de sonrisas, dos de los mejores capitales –me pondré acorde a las terminologías al uso– del país y de la urbe. La misma luz de siempre, capaz de inundarlo todo, el hoy, el mañana incierto, de la felicidad que sólo un día más con vida y cielo azul garantizan.

Volví a salir de la estación central para ver el mismo caos de taxis y tráfico. Encontré a las niñas casamenteras y las que ya no les importa tanto serlo en el escaparate de los cafés de moda que ha traído la nueva instalación del ferrocarril. Allí todos juegan al bluetooth y buscan el wifi para ligar. Sigue en la puerta de la gare el señor de los cleenex y las patatas fritas y las galletas del contrabando ceutí. Pasa varias veces un nuevo tranvía, metáfora demasiado obvia del progreso y la modernización etcétera etcétera como para ser tomada demasiado en serio. Va lleno. La catedral de Saint Pierre sigue tan blanca reluciente como siempre. Saludo al kiosquero de una tienda que no es otra que las baldosas sucias de la calle al que le compraba el TelQuel, al lado del banco Atijariwafa, como si hubiera sido ayer la última vez que nos vimos. Qué más da.

Mis compañeros de la ciudad, los que me conocen y me vigilaban, siguen en sus puestos. Me alegra y tranquiliza. Me agrada volver a pasar meses después por las mismas esquinas y ver los mismos rostros, tal vez surcados por una nueva arruga o poblados por alguna cana más, que, la verdad, el cerebro pule de una vez a otra. Me cruzo a Rachid, el hombre de la autoescuela, qué paciencia que tuvo con nosotros, con su niña en Londres labrándose un futuro inchallah y sus chanchullos con los extranjeros, a los que les pide botellas de Whisky de malta del aeropuerto para revender luego. Y con los sonrientes carniceros de la plaza, con sus filetes de pavo insípido y aceitunas poderosamente sabrosas. Cómo no, también, con los tres jóvenes beréberes autores del mejor zumo de naranja y aguacate que jamás probarás sobre la faz de la tierra. “El Sevilla y Kanouté este año mal, ¿no?”.

Todos me sonríen y me abrazan. Me preguntan por la familia y el trabajo, no sé cuánto de formulismo y cuánto de sinceridad en ello, qué más da, pero se esfuerzan en ser gratos, optimistas y cordiales. Están, como yo, felices porque todo siga más o menos igual a pesar del paso del tiempo. Celebran cruzando nuestros gestos la tranquilizante continuidad del mundo. Un día más. Un mundo que para Ahmed empieza y acaba en  reunir al cabo del día un puñado de dirhams limpiando con crema kiwi los zapatos de los trajeados empleados de la Caisse de Dépôt.

Pero la ciudad no es mi casa ya y tal vez nunca lo vuelva a ser. Como tampoco aquellos amores ingenuamente cautivos y orientalistas. Como los regresos en domingos plomizos y lentos desde la medina, ¿te acuerdas?, con bolsas pegajosas de sardinas, tomates, lechugas y aceitunas negras. A mí me sabían a gloria al llegar a casa, tostar algo de pan, ponerla entera apestando de pescado en la sartén y salir a la terraza a comer para recuperar fuerzas del paseo. Sé que me observan desde algún balcón de mi calle. Pero no tengo dudas de que lo hacen por mi bien pues alguien desde el primero, o desde el segundo, qué más da, me ha advertido ya del peligro de clavarme alguna espina del pescado que me estoy comiendo. Pasa y tómate una conmigo, le digo, que aún queda algo de luz en la ciudad.

La luz

Antonio Navarro Amuedo | 27 de febrero de 2011 a las 12:36

Regreso al mismo punto donde paseamos este verano animados por el ramadán y el sol, que apretaban sin piedad. Desde esta frontera de montañas de cajas de zumo de naranja y detergente te escribo esta carta después de largas semanas de ausencia. Las distancias y este juego de cruzar orillas virtuales y reales tienen la culpa de que haya perdido en algún cajón el boli y las postales. Nada virtual es esta orilla, tan poco como las heridas en el cuello de esta señora que me cede el paso en el estrecho pasillo que dista entre la normalidad de las terrazas y las familias tomando el sol y lo imprevisible. Dicen que a este otro lado todo puede pasar. En esta orilla, a muchos kilómetros de aquí, un ejército de redes sociales pero, sobre todo, de indignación dicen que ha tumbado a varios dictadores. Aquí, de momento, no hay twitters ni facebooks con los que twitear o enviar por email la mercancía que sigue pasando del norte al sur sobre las espaldas castigadas de estos sufridores.

La luz de la bahía deslumbra sobre el azul del mar de este confín del poniente mediterráneo. Hasta aquí no llegan los ecos del Magreb oriental, los gritos desesperados de un pueblo que pide auxilio desesperado contra el tirano de las jaimas. La lentitud de la comunidad internacional a la hora de reaccionar ante la barbarie, tolerada en Libia durante décadas, es nuestra lentitud responsable. La señora de antes aligera el paso y me adelanta cargada de bolsas. Todo es normal en esta frontera que cruzamos en verano, cuando el sol apretaba casi tanto como esta mañana de puente en el otro lado de la vida. Implacable normalidad. Tristeza habitual. Llego a la explanada de los viejos grandes taxis y oigo pregonar los mismos nombres: Castillejo, Tetuán, Tánger. En la espera para subirme con seis compañeros de ruta desconocidos rumbo al interior, el chófer me dice en perfecto español que todo está tranquilo, como queriéndome reconfortar ante mi fin de semana de asueto. “Aquí la gente se ha quejado porque ha subido la luz, pero eso es todo. No pasa nada”. Me han dicho, sin embargo, que algo se está moviendo más adentro. Se me acaba el espacio en la postal. Subo al coche. Vamos a verlo.

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Ceuta, peligro para caminantes

Antonio Navarro Amuedo | 7 de septiembre de 2010 a las 13:11

Fueron sólo unas horas, ya lo sabes, pero las suficientes para sentir con placer la misma sensación de cada vez que nos soplan estas dos brisas de libertad situadas a un paso por carretera de nuestra residencia en el Magreb. El Ramadán expira ya este año y la ciudad nos concedió el fin de semana pasado el penúltimo alivio, a nosotros que no encontramos dónde comer en la calle como buenos rodríguez veraniegos ni dónde tomarnos una cervecita al entrar la noche. Te sonreirás al leerlo, y ya te lo he dicho muchas veces, pero lo mejor del viaje fue acudir a las calles repletas de embutidos, productos de la limpieza, aceites de oliva, alcoholes a precios más económicos y otras necesidades cotidianas del Eroski o del Día de Ceuta, dos de las fuentes fundamentales de empleo para la región entera, por triste que parezca.

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También disfrutamos mucho en las terrazas del centro de la ciudad de los montaditos de lomo, los chipirones plancha y la ensaladilla rusa, que es la tapa de la gordura mental, me dijo un endocrino amigo, pero que no sabes cómo le pega aquí el personal, regado todo ello por cervecita fresquita o tinto de verano. También disfrutamos de la noche ceutí, con cubatas bien servidos, de ese pastiche andalucista llamado Pueblo Marinero, de sus terrazas, donde nos impresionaron la brevedad de las faldas y la desenvoltura de los jovencitos, que cada vez son más numerosos, implacable que es el tiempo.

Ceuta está hecha de desconfianzas y estereotipos, de gentes que siguen llamando moros, que es la única forma que emplean, a los vecinos y habitantes del otro lado de los carteles de carretera donde pone Marruecos. Ceuta es el territorio de señoritas que hablan por teléfono con una tapa de lomo con pimiento morrón en la mesa del colegio que le puede tocar a su hijo, que esperemos que no sea de los malos, y que si no es así me vuelvo a Guadix, o a Málaga, o a Barbate, o a Alicante, donde están mis padres. Ceuta es Mustafa pasando por la mesa de la señorita y enseñándole carteras de cuero dos a cinco euros, que vienen de Fez y, como todo el mundo sabe, son las mejores de todo el Magreb. Y de parejas de jubilados conjuntadas en rosa, con cuellos con los colores rojo y gualda, que pasean por el paseo marítimo por la tarde, que es una hora de un ftor invisible por aquí.

Ceuta es también una mezcolanza de nabiles y hananes pronunciados a la andaluza, más españoles que la tortilla de patatas para que no te me enfades, y perfectos en el dominio del árabe marroquí, que fue, seguramente, su lengua materna. Ceuta es una simbiosis más natural de lo que muchos podrían imaginarse, de mezquitas y capillas marineras frente por frente, quizá espejo de lo que serán muchos barrios de nuestras ciudades, si no lo son ya, dentro de unas décadas. Más allá, porque allí prosperan desde siempre judíos y también hay una comunidad india, cosas extrañas al norte de Tarifa. Una parada de un autobús donde nadie habla español en frente de un polideportivo en el que niños rubios y repeinados juegan con las camisetas oficiales del Barça y del Madrid. “¡¡Quillo, echa ya!!”. Ceuta son sevillanas y trajes de gitana y rebujito en la feria y llamadas a la grandeza de Alá desde las mezquitas de El Príncipe, que es peor que las Tres Mil, literal, me dijeron. No te lo creerás, pero vi salir de una boda a una especie de coro rociero y los acompañé durante unos metros, en los que fueron canturreando canciones.

Ceuta es mucho menos castrense de lo que me imaginé, menos me ha dado la impresión que la coqueta Melilla, mucho más arrabalera en su comienzo viniendo desde el Tarajal, la frontera. No encontré allí otra cosa que el reguero paciente y tranquilo de señoras y señores cargados de bolsas de los supermercados que te he citado arriba, muchos zumos, muchas chocolatinas y magdalenas, papel higiénico, servilletas, dodotis y cosas por el estilo, que empiezan a venderse al detalle aún en suelo español. Sin supervisiones, sin sobresaltos, como si aquello se hubiese estado haciendo toda la vida de dios.

Arriba, en una de las tiendecitas la darija suena en la radio y en la madre que le riñe a uno de sus niños, que no obedece; hay jamón serrano, pero pido un bocata de chopped de cerdo, que me encanta, como sabes. La salada sensación de estar en casa.

¡Fuera y viva España!

Antonio Navarro Amuedo | 9 de julio de 2010 a las 18:27

Viernes 9 de julio. Vísperas de la final de la Copa del Mundo de fútbol. Los marroquíes aguardan, como el resto del orbe futbolero, que la “Roja” remate la faena y culmine el sueño el domingo, aún con la resaca de felicidad del éxito de la selección española en semifinales. Las portadas de los periódicos nacionales se hacen eco con discrección del triunfo español en las semifinales de Sudáfrica. La primera de Al Massae, el diario más vendido de Marruecos, escoge para su portada la discordia con un punto de ridiculez. En un recuadro central, un artículo rescata con ironía la información aparecida recientemente en El Mundo acerca del error cometido por Google maps al considerar marroquíes varios enclaves rocosos de soberanía española en las costas marroquíes -Peñón de Vélez de la Gomera, de Alhucemas, las islas Chafarinas y Perejil-y muestra una fotografía sin fechar de un grupo de personas, entre ellas tres niños, que portan un letrero que reza Fuera España acompañado de una cruz gamada. Se intuye que es un promontorio desde el que se divisa el islote Perejil o Laila, según la toponimia local, y que las instantáneas corresponden a la crisis generada por el islote en julio de 2002, hace ahora ocho años.

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Fuera España. Es el mismo deseo de los líderes del Istiqlal, empezando por el actual primer ministro El Fassi, como recordó no hace mucho en el Parlamento marroquí, respecto del futuro de Ceuta y Melilla. La prensa marroquí, como la clase política, es casi unánime cuando califica de “ocupadas” a las dos ciudades autónomas españolas situadas en tierras norteafricanas.  ¿Quiere esto decir que existe un clamor popular favorable a una reivindicación firme de las dos urbes? En absoluto. Aunque el vecino de a pie defiende que Ceuta y Melilla son una reliquia colonial y que volverán antes o después a formar parte de la soberanía nacional, el marroquí medio es perfectamente consciente de que el país tiene problemas mucho más perentorios. Tiene claro que al poder le queda mucho por hacer para mejorar las condiciones de vida de los marroquíes que ya lo son y que la descolonización puede esperar un ratito por lo menos.

¿Tiene que ver, en fin, el Fuera España de la portada de Al Massae con los sentimientos de la gente que comía esta tarde cuscús después de ir a la mezquita? Por las calles de mi barrio de Hassan, la gente me paraba el pasado miércoles desde el interior de los cafés para darme la enhorabuena por el gol de Puyol. Vive l’Espagne!, me decía ayer el camarero del café de delante de mi casa en Rabat. “Felicitations, Antonio”. Idéntica alegría y sonrisa de oreja a oreja la de Saïd, el del estanco. Mubarak, el entrañable portero de mi bloque, con el que llevo casi dos años entendiéndome a duras penas, sólo hacía que gritar “¡¡Casillas!!” y “¡¡Puyol!!” a toda voz emulando con saltos a los dos futbolistas cuando me vio cruzar el umbral del edificio.  En las horas previas de los partidos de octavos, de cuartos, de la liguilla, los vecinos me deseaban suerte como si enfilara la calle Iris antes de entrar en la Maestranza.

Fuera España/Viva España. Opinión publicada vs opinión pública. En casa estos días: Canaletas de Barcelona y las celebraciones por la Roja el miércoles y manifestación pro Estatut y soberanía nacional catalana el sábado. Partidos políticos, intereses del poder por un lado y gente de a pie por el otro. Divorcios de nuestro tiempo. Yo, personalmente, me quedo con el cariño de la gente de mi barrio.