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Marroquí, árabe, francés, bereber, Babel

Antonio Navarro Amuedo | 2 de junio de 2010 a las 18:32

Marruecos mejora a golpe de inversión extranjera, de hoteles de lujo en Marrakech, de puertos que aprovechan las olas deslocalizadoras, de las mejoras introducidas en un medio rural llamado a ser el Ikea de la verdura y la fruta del continente europeo, de la apertura, en suma, de una economía que lleva haciéndose cada vez más permeable a los capitales y las ideas del norte europeo. Este crecimiento, no obstante, está condenado a estar lastrado por un problema de base que hace imposible cualquier comparación entre el modelo español del boom desarrollista de los sesenta y el que impulsa la monarquía alauí. Es la educación, estúpidos, que diría el otro. Por mucha autopista, invernadero o placas solares que se construyan, el alcance del desarrollo será limitado si Marruecos no resuelve su problema educativo. Según las fuentes menos optimistas, un 50% de la población marroquí es analfabeta y el porcentaje asciende al 80% si nos circunscribimos al ámbito de las mujeres. La tragedia de tales cifras  se explica por varias razones. Una de ellas, sin duda, tiene que ver con otro asunto irresuelto: el de la lengua. Europa entendió hace ya tiempo que si quería avanzarse en la construcción de los Estados y lograr el desarrollo de la burguesía y la mejora de las condiciones materiales de la población era imprescindible contar con una lengua nacional. Elio Antonio de Nebrija escribió al acabar el siglo XV una gramática del español porque estaba convencido de que aquello que se hablaba en el Reino de Castilla había dejado hacía mucho tiempo de ser latín. Convencimiento que tienen muchos aquí en Marruecos: darija, como se denomina el dialecto del árabe de este país, hace mucho que es otra cosa diferente al árabe coránico o clásico. Hora es de llamar las cosas por su nombre: Marroquí, por ejemplo.

Hora es de codificarlo, fijar su ortografía y su gramática y llevarlo a las imprentas de una vez. De llevarlo a las aulas. El carácter sagrado, revelado, del árabe de Mahoma actúa como barrera, por ahora infranqueable, del proceso. El árabe del Corán, extraño para la mayoría de la población del Magreb, sigue siendo la única lengua oficial. Las élites marroquíes de Rabat y Casablanca, mientras tanto, ajenas, parecen felices hablando en francés en cafés, oficinas y en facebook. Ça va bien, handullilah. La descolonización y posteriores décadas de arabización de Marruecos vedan la posibilidad también a un francés en retroceso, casi testimonial en el norte e ignoto en el medio rural, donde muchos sólo hablan bereber. ¿Hasta cuando durará esta anomalía? Sin resolver el problema desde la base, esto es, una tragedia educativa explicada en parte por la anomalía lingüística, todo el edificio del progreso marroquí no pasará de ser mera fachada. La predicción es de Juan Goytisolo, que lo sabe mucho mejor que yo y para eso es el primer escritor español en hablar darija desde el Arcipreste de Hita: “El árabe clásico permanecerá, claro está, en el ámbito religioso y en el interestatal. Pero la comunicación en marroquí y argelino abarcará el contenido de los periódicos, del espacio escénico, del cine y de la creación literaria. Poner en boca de un personaje marrakchi o tangerino el habla estereotipada del Oriente Próximo provoca y provocará inevitablemente el efecto saludable de la risa”.