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El rey preocupado

Antonio Navarro Amuedo | 12 de abril de 2012 a las 9:23

Mohamed VI, el rey de Marruecos, debe de andar inquieto en estos momentos. No voy a detenerme aquí en recordar el poder omnímodo que concentra en su figura el monarca alauita. El rey es comandante de los creyentes (Emir al Muminin), es decir, máxima autoridad religiosa del país; a pesar de que en Marruecos hay un sistema parlamentario multipartidista, el monarca ejerce de facto los poderes ejecutivo y legislativo. Además, como han estudiado en el ensayo recientemente publicado Le roi prédateur  los periodistas franceses Éric Laurent y Cathérine Graciet, Mohamed VI está presente en todos los grandes negocios del país y se enriquece escandalosamente con ellos. Mohamed VI, sin embargo, es plenamente consciente de que la inmensa mayoría de los marroquíes, que nunca lo han cuestionado, son muy pobres. Pobres de solemnidad. El 15% vive con menos de dos dólares al día. Y en torno al 50% de la población es analfabeto. Y la gente, como ha demostrado lo que se ha dado en llamar la primavera árabe, tiene un límite.

La ola de revueltas de la indignación árabe tuvo sólo un eco leve en Marruecos por razones que no se expondrán ahora. Pero el cóctel explosivo de pobreza y analfabetismo, muy similar al que hizo explotar la cólera popular en Túnez y después en varios otros países del mundo árabe, y el malestar general están ahí, donde siempre. La crisis económica que azota la Unión Europea, principal socio comercial de Marruecos, se está dejando notar en las exportaciones marroquíes. El flujo de inversión extranjera también ha caído. Este año, además, la sequía se está cebando con la agricultura –un sector que representa algo menos del 20% del PIB de Marruecos y ocupa al 40% de la población–, que es absolutamente clave para el funcionamiento del país.

 

 

Europa –y muy especialmente Francia y España, principales socios de Marruecos– está enfrascada en sus graves problemas domésticos. No está para perder mucha fuerza ni para hacer dispendios precisamente. Es difícil determinar en qué medida las partidas de cooperación destinadas al Magreb van a reducirse. Pero no cabe mucha duda de que sufrirán mengua. Las cuentas de la paz social –en un país en el que los alimentos de primera necesidad y los hidrocarburos están subvencionados– podrían no salirle a Mohamed VI. Es un asunto del que no se habla en la prensa y opinión pública española en estos momentos, suficientemente preocupada con los recortes, las primas de riesgo y las amenazas de rescate por parte de la UE. Pero Europa y España de forma particular saben de lo importante que es tener un Marruecos estable y a un régimen relativamente contento a las puertas mismas de sus fronteras.

Todos estos factores ponen las cosas realmente difícil al gobierno que preside Abdelilá Benkirán, un islamista domesticado por el régimen –en su juventud llegó a implicarse en acciones violentas practicando la yihad y hoy es un padre de familia de aspecto bonachón–y vencedor con el PJD de las elecciones de noviembre de 2011. El gabinete real tiene por delante una coyuntura particularmente desfavorable que está agravando la situación de la ya malhadada de por sí población marroquí. El malestar aumentará. En el norte de Marruecos, donde no se andan con chiquitas, varias localidades registraron en el arranque del año fuertes enfrentamientos entre vecinos y fuerzas de seguridad porque no soportan más la miseria y la falta de oportunidades. Un estallido social serio puede estar al llegar. El rey le vio las orejas al lobo a comienzos del año pasado cuando observaba por la televisión lo que pasaba simultáneamente en Túnez, Libia, Egipto o Bahrein. Anunció a comienzos de marzo una nueva Constitución que le restaba atribuciones y adelantó las elecciones. Insuficiente. Y él no tiene oro negro con el que regar los amarillentos campos del Sus-Masa-Draa ni con que calmar los ánimos de sus indignados.

Paisajes para después de la tormenta

Antonio Navarro Amuedo | 3 de diciembre de 2010 a las 2:20

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Foto: Aujourd’hui Le Maroc

En realidad, la tormenta no ha cesado. Todo lo contrario. Hoy, el Parlamento marroquí tiene previsto pronunciarse sobre la moción presentada por Izquierda Unida con la condena a Marruecos -sin citarlo- por la violencia empleada en el desmantelamiento del campamento de protesta Gdeim Izik, a unos pocos kilómetros de El Aaiún. Después de declarar al PP como enemigo, llamarlo franquista, colonialista y nosecuantas cosas más y haber montado una manifestación en Casablanca contra esta formación que recuerda demasiado a las que se organizaban en la Plaza de Oriente, ahora a los diputados marroquíes no les quedará que extender sus palabras de condena a la formación postcomunista y a su socia ecosocialista. Anoche, el ministro de Comunicación, Jalid Naciri, dijo que Marruecos “reexaminará” sus relaciones con España. Llevan un mes declarándose enemigos por todas partes; algo falla, desde luego.

La inevitable distancia entre pueblos y gobiernos, inútil discutir si más lejanos que nunca estuvieron o lo contrario, se intensifica en países no democráticos. Los marroquíes poco tienen que ver con las bravuconadas de sus gobernantes y el lenguaje belicoso que emplean. Tampoco los españoles tienen que ver con la incompetencia de su Gobierno y el oportunismo de su oposición. En Marruecos, ya lo sabes, que para eso te has recorrido conmigo este país, hay miles de españoles que aman estas tierras, que tratan de ganarse la vida lo más dignamente posible. Son profesores, empresarios, funcionarios, periodistas. En una discoteca me decía un empresario navarro el otro día: “Somos una empresa de construcción, pero que queremos elevar el pabellón español y acabar con la mala prensa que han dejado otras empresas de nuestro país anteriormente”.

El malestar en el seno de la Embajada de España y el existente entre la comunidad española es evidente. Hay desconcierto sobre el futuro de las empresas e intereses de nuestro país en estas tierras: todo el mundo está convencido de que el colchón de intereses compartidos entre Marruecos y España predominará, pero el cortoplacismo es difícil de predecir en este país. En una política marcada por el sobresalto diario y la reacción espontánea como mayor estrategia todo es posible. Y los empresarios están preocupados, cómo no.

Por lo pronto, el marroquí no ha hecho aún suya la locura informativa que en nuestra época obliga a actualizarse casi al minuto, al ritmo que marcan los nuevos twitter que van llegando a nuestro ordenador o los renovados status del Facebook de los colegas. Aquí manda el tranquilo que llevo prisa. No esperes del marroquí ordinario que esté al tanto de la última declaración de algún ministro de su Gobierno. Cuando no conoce al ministro, lo conoce pero no lo cree, y no lo critica más abiertamente por miedo, el mismo que tenían nuestros abuelos cuando hablaban de política. El marroquí es generoso, amable y cercano, así son la mayoría de los que me cruzo cada día de casa al trabajo, en la Plaza Pietri y sus puestos de flores y carne, en la lechería, en la panadería donde preparan ese pan con aceitunas tan rico, en el quiosco donde tuestan tan bien los anacardos y las pipas. Y defienden la pertenencia del Sáhara Occidental como territorio marroquí con el ahínco de una pasión futbolística, convencidos de estar del lado de una razón que han oído en exclusiva durante todas sus vidas en todos los formatos posibles.

La desgracia de las decenas de muertos y desaparecidos a causa de las fuertes lluvias registradas en todo el país nos ofrece la imagen real de Marruecos más allá de las rabietas que provoca entre los dirigentes del país cada decisión parlamentaria en Europa, cada artículo más o menos amarillo, más o menos injusto (éste será otro tema), publicado  por los medios de aquel lado del Estrecho. La tragedia ha centrado por completo los esfuerzos de una prensa que ha descansado de la pelea contra el fantasma español por unos días. Lamentablemente,  la tregua  llega de la mano de la desgracia de las gentes más humildes de lugares como Larache o Casablanca, aquellos inocentes que han perdido sus bienes e incluso sus vidas y nada saben de soberanías, mociones y orgullos patrióticos de uno y otro uniforme.

Teoría general del juyismo (I)

Antonio Navarro Amuedo | 25 de octubre de 2010 a las 1:00

No todos los marroquíes son juyas ni son sólo juyas los marroquíes, pero, juya, pronunciado a la española, del árabe magrebí para significar en español hermano, es un concepto profundamente vinculado a estas tierras. En nuestra lengua, el símil más cercano sería el de cañí o, de forma más pedante, carpetovetónico. El término juya se extiende sin oposición por la comunidad hispana de Marruecos asentada principalmente en las dos grandes ciudades del país, Rabat y Casablanca. Aunque la citada voz posea un significado muy inequívoco en el árabe de Marruecos, el concepto que se introduce en la lengua española no es difícil de comprender para los marroquíes que frecuentan los ámbitos hispanohablantes. Incluso lo utilizan con sorprendente destreza. Los lingüistas aún no se han puesto manos a la obra para dilucidar cuándo este arabismo se introdujo en la lengua de Cervantes, pero hay quienes apuntan a que pudo producirse en plena crisis económica internacional, a comienzos de 2009. El desembarco masivo de becarios y empresarios procedentes de la orilla norte del Estrecho en busca de oportunidades de negocio en el Magreb favoreció el contacto entre las dos lenguas y, en fin, el préstamo lingüístico con cambio semántico incluido se hizo posible. Hay que dejar constancia de que no siempre el término es bien entendido ni recibido entre los nativos cuando es utilizado en este sentido que nos disponemos a explicar y puede que no les falte ni un ápice de razón en su queja.

La palabra juya puede emplearse tanto como sustantivo como adjetivo. Un juya, los juyas. El juya me dio una brocheta de cordero. O, con valor adjetival: Me llevaron a un restaurante juya. ¿Qué significado encierra este concepto aparentemente sencillo? No será difícil de definir: medio kilo de cutrismo o cutrerío, otro medio de necesidad, otro de picaresca, cuarto y mitad de ingenio y doscientos cincuenta gramos de dejadez congénita. Agiten sin mucho ahínco que se mancharán la delantera y ahí tienen servido el cóctel juya. Arreglarme una fuga de una cañería que causaba humedades inmensas en la pared de mi armario con un trozo de chicle, eso es juya. Tapar un socavón en la calzada de un metro de profundidad con la placa de un stop durante meses, eso es juya. Sigamos poco a poco.

Hay barrios juyas y otros que no lo son tanto. Para los que viven o han estado en Rabat, comprenderán qué quiero decir cuando afirmo que la medina es juya por definición y Agdal, Suisí o Hay Riad o no lo son o lo son muy poco. Hay ciudades enteramente juyas, como la caótica y fascinante Casablanca, gracias a la que se acuñó el urbanismo juyal. Aún queda mucho para que las antiguas medinas, catedral del juyismo más genuino, se conviertan en los manuales de historia en juyerías para competir con juderías y morerías. Pero todo se andará.

Existe hasta una filosofía política, la del juyismo ilustrado, que tiene poco de despótica y mucho de popular, pues nada para el pueblo y encima sin el pueblo, que así seguirán siendo las cosas mientras sigan mandando en el mundo monarcas a la manera del Antiguo Régimen.

No sólo los marroquíes, repito, son juyas. En España tenemos miles. Quizás, el sur, por su proximidad al Magreb, sea la tierra ibérica que más cuente con juyas entre sus vecinos. Pero hay muchos juyas repartidos por toda la piel de toro, que hasta ahora se definieron con otros términos (canis, poligoneros, chonis, castizos, etc.), aunque ninguno precisa lo que ustedes ya a estas alturas de la carta comenzarán a entender como la propia citada voz. Muchos italianos sureños tienen su ramalazo, como los portugueses, como los griegos, por citar tres nacionalidades. Y hay muchos en otros países de la ribera sur del Mediterráneo, del Magreb a la Península Arábiga. Yo ya soy bastante juya, mucho. Me doy cuenta cada vez que me meto en un tren y, automáticamente, aunque vaya de Rabat a Kenitra, me estiro como si estuviese en mi cama y ocupo tres o cuatro asientos de un compartimento para echarme una siesta. Y me encanta hacerlo. Seguiremos deconstruyendo al juyismo.

Foto: Miguel Roca

Foto: Miguel Roca

Los chicos del pavo

Antonio Navarro Amuedo | 14 de octubre de 2010 a las 3:20

Los pavos son en Marruecos bastante apañados para hacer brochetas, que, gracias a los aliños de comino, salsa picante y sal, poco importa al final de qué tipo de carne están hechas. En España, en la categoría de las carnes, vienen después del pollo y, de insípidas que son si no son fritas con ajo y perejil abundantes, muchos diríamos que son las últimas en la escala. El cordero, que no el lechal, sino carnero o borrego viejo, hace de pilar de la dieta nacional en Marruecos y desmiente la exclusividad que disfruta al norte de Tarifa una carne que queda allí reservada para las fiestas navideñas y de guardar. Aquí en el Magreb los pavos tienen también forma de adolescentes, como pasa allá arriba y en todas partes y, te lo aseguro,  se ríen por las mismas tonterías por las que nos reíamos entonces. Ahora comprendo la irritación del profesor, que antes no llegaba a entender, ya que entonces me parecía pura pose que encerraba la incapacidad de poder reírse de las mismas cosas que nosotros, de alcanzar la compresión de nuestros códigos, nuestras complicidades y, por tanto, esa envidia le empujaba a echarnos la bronca. Lo he visto en mis clases del Instituto Francés de Rabat, donde mis compañeros lucen las espinillas en la cara y los bigotillos cantinfleros de rigor, pero dan los estirones de forma diferente a sus colegas de la medina y la tienda de ultramarinos de abajo mismo.

Existen muchos Marruecos concéntricos y los muros del Instituto Francés de Rabat tienen la forma de uno de esos círculos que separan las clases, los sueños y los límites de este pueblo. Los chicos del pavo son como los chicos del coro de la peli francesa, pero con pelos rizados que ellos mantienen corto por precaución a los volúmenes y la tez morena de los magrebíes en vez de aquel rubio que asustaba en pleno sepia de la posguerra europea. Son malos a ratos pero cuando se ponen, sacan los ejercicios de compresión de textos, de estos artículos fotocopiados de Le Monde o Le Figaro, que da gusto. Las niñas de mi clase no llevan velo, no sé si porque saben lo que Sarkozy es capaz de hacer en Francia o porque jamás lo vieron en sus casas de Agdal, Suisí o Hay Riad, que son los barrios de donde vienen para mejorar la ortografía y la sintaxis de la lengua francesa, en la que estudiarán las materias universitarias y harán carrera en alguna empresa, ministerio o bufete de abogados.

Los chicos del pavo son marroquíes, pero pronuncian el francés que asusta de bien. Una de las chicas, cuando el profesor explicaba el significado de la palabra belvédère (mirador), poniendo el ejemplo del emplazamiento de la Torre Hassan, que es el símbolo almohade de la capital marroquí, lo interrumpía bruscamente. La niña decía que mejor valía Trocadero y la Torre Eiffel para ejemplificar la palabra que habían descubierto en la fotocopia y que así se entendería mejor. Me los imagino de jóvenes tomando café en el Marais, comprando un kebab en las cuestas de Montmartre o paseando bufanda al cuello en Saint Germain-des-Prés en busca de viejos libros sobre inmigración y sociología tras salir de la Fac. Seguramente leerán en algunos de esos volúmenes amarillentos páginas sobre la  neocolonización, aunque de momento son muy jóvenes para interesarse por esas cosas.

Mis compañeros de clase son marroquíes, pero tienen Play Station 3 -ya no sé por qué número va la última-, hablan francés en casa, van a entrenamientos de baloncesto, que los hay de uno noventa con quince años, y veranean en Marbella, Portugal o Mallorca. Y tienen los dientes en su sitio, con aparatos en la boca más de uno, famosos brakes; de los pocos que he visto en estos dos años en estas tierras norteafricanas. Con la misma edad que Ahmed, el que estaba sentado a mi lado hoy en clase, Omar, que ya me dice “pimienta negra” o “toma el dinero” en español, cierra a las doce de la noche la épicerie de mi calle, después de doce horas detrás de un mostrador vendiendo cebollas, tomates, pan y cigarrillos sueltos. Omar aprovecha entre cliente y cliente para aprender español e inglés con un par de librillos que tiene detrás de la caja. No le gusta el francés, no sé por qué. Nunca ha ido a la escuela, pero es espabilado como él solo.

El profesor, digo, también es marroquí, pero luce un chaleco con el cuello de pico, pantalón de pinza gris y zapatos negros con cordones, una combinación muy de profesor europeo. Alucino viéndoles hablar de Baudelaire y de Ronsard, de sonetos y novelas, cuando la Revolución Francesa y los ideales de Rousseau, Montesquieu y la Ilustración aún no han llegado al Parlamento de su país, que está a doscientos metros de nuestra clase. ¿Qué periódico marroquí llevará este profesor debajo del brazo cuando salga a tomarse un café después de clase? ¿A que no se te ocurre ninguno?

La oscuridad de la tarde, camino del Instituto Francés, en una lluviosa tarde otoñal me retrotrae a mis primeros meses en la húmeda Rabat de hace dos años. Mis compañeros de entonces me ofrecieron unas de los primeros rostros de Marruecos, mucho antes de sumergirme en la humanidad de los trenes familiares a Marraquech y de los jornaleros en autobús camino de las tierras de Larache y Tetuán.

Mis compañeros de clase me miran como un extraterrestre. Todos saben que soy español, como una amiga que también ha venido a perfeccionar su francés y que sufre parecidas sensaciones que yo, y que estamos en clase por razones y en circunstancias completamente diferentes a las suyas. No obstante, la complicidad con nuestro país es la misma en las aulas del Instituto Francés, quizá teñida de un punto de distancia que propicia el entorno galo, que en el resto del país y el profesor se afana en sacarme algunas palabras en español. De repente, al oírme decir la frase en castellano, salta uno de fondo y grita: ¡¡Barça!! Y el resto comienza a reírse a carcajadas.

Mis colegas de clase tienen diez años menos que yo y, aunque me veo incurriendo en los mismos vicios y pecados que entonces, cuando yo tenía su edad, jugueteando con el boli, charlando con mi amiga en plena explicación del profesor, pensando en mis cosas mientras agacho la cabeza para que que no me mire a mí para preguntarme y me deje en paz en el tiempo que queda, mirando a la chica más mona de la clase y la cara del espabilado del grupo, no somos ya los mismos. Me miro en el espejo de estos chicos y aprendo que ya no luzco esas espinillas, sino una barba bien dura, que me han salido algunas canas, que es una palabra que ellos asocian con sus padres y abuelos, y que a ellos les quedan unos pocos años encerrados entre aulas antes de que la vida los lance a eso que llamamos edad adulta, que es la hora de la verdad, cuando el árbitro dice que empezó lo serio de la cosa. Ese día en que la edad del pavo quede atrás definitivamente.

Tánger, puerto y nostalgia

Antonio Navarro Amuedo | 14 de septiembre de 2010 a las 1:57

Nuestro paseo por Tánger tiene el espacio de una postal, más que de una carta. Pugnamos en vano por estirar las líneas dentro de la tiranía de una breve postal y, aun sabiéndolo, intentamos cuadrar una historia con sentido en el reverso de una medina colgada de una colina. Allí está Tánger, recortada en la ladera de los ingleses, según me contaron en la iglesia de San Andrés, no sabes cuánto me gustó el romántico cementerio victoriano, en la ciudad de los setenta mil españoles, nos aseguró el padre Seijas, que ha visto casi todo desde su remanso franciscano. Poco queda ya de aquella ciudad internacional y nuestra visita por Tánger se alimentó de la melancolía de lo que ya no es ni somos.

Tánger tiene la tristeza de lo que ha pasado de universal a provinciano. Ése es un problema que la historia misma legó a una ciudad que se antoja legendaria en las páginas de Bowles, la urbe de los espías y los cafés, de la estrategia, la de los yanquis, los españoles, los franceses, los británicos. Y de los marroquíes, claro. Bien sabes que es un problema que acecha a regiones y a ciudades enteras, y en nuestro país la amenaza aguarda en cualquier esquina, detrás de autonomías y parlamentos animalistas. En Tánger encontré una medina modesta, los mismos snacks de fritangas y pescado, un puerto que es un gurigay de coches, miserias y esperanzas y una corniche, que es como en francés llaman al paseo marítimo, llena de bloques impresionantes, de cristaleras y muchas muchas plantas; primera fachada de un país que muestra a los ferries de Tarifa y Algeciras llenos de viajeros ávidos de exotismo que la cosa va mejorando a paso de gigante.

A mí, que llevo dos años por el Magreb ya no me llama tanto la atención, claro, pero entiendo la reacción de los mochileros amantes del Rif y las familias que se embarcan en el barquito de Algeciras y llegan al puerto de Tánger y que, a un pasito, aún mareadillos del vaivén del mismo, se meten de lleno en esa bofetada de olores, suelo pegajoso y puestos de frutas, verduras y babuchas de la antigua medina. Es el orientalismo según Edward Said a un pasito del Mercadona de Algeciras y de la Tarifa de los surferos yanquis.

Tánger es, en clave marroquí hoy, TangerMed, el mastodóntico puerto de contenedores que Su Majestad promueve en los alrededores de la ciudad para ser competencia de todo y todos en el Estrecho, y promociones inmobiliarias por doquier. Es la capital de un norte ahora mimado por la monarquía, la puerta orgullosa de un chantier, que es como llama a Marruecos la prensa francófona aquí, de un país que está patas arriba con tanta obra. De todas formas yo te digo que desconfío, porque detrás de esas rotondas de césped bien cuidado y de esos bloques inmensos he visto la misma pena y las mismas camisetas del Barça y del Madrid, el mismo humanísimo deseo de cruzar para mejorar los horizontes de la existencia.

Sin embargo, en este verano declinante, Tánger, como las veces que he venido a verla, lo sabes bien, es la nostalgia de la costa gaditana en el horizonte, que se convierte en la costa europea y del primer mundo en la vista de niños y menos niños. Tánger es ese muchacho que ve pasar la vida y las horas en la playa de la ciudad mirando al horizonte incierto de un ferry de ida. Tánger es paso. No creo que en Tánger uno pueda vivir ajeno al acariciar la posibilidad de embarcarse en un barquito al otro lado de la frontera. Tánger es la bandera inglesa con la cruz de San Jorge llena de mierda, la Catedral católica vacía, la plaza de toros convertida en nosequé, el cementerio judío pasto de los jaramagos, un pasado sin evocaciones físicas adonde agarrarnos. Tánger es una mirada de despedida. Entretanto, al ladito del puerto, nos subimos a unos cacharritos, que son los mismos de la feria en los que nos hemos montado tantas veces, a reírnos un rato de la implacable tristeza de la vida.

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Ceuta, peligro para caminantes

Antonio Navarro Amuedo | 7 de septiembre de 2010 a las 13:11

Fueron sólo unas horas, ya lo sabes, pero las suficientes para sentir con placer la misma sensación de cada vez que nos soplan estas dos brisas de libertad situadas a un paso por carretera de nuestra residencia en el Magreb. El Ramadán expira ya este año y la ciudad nos concedió el fin de semana pasado el penúltimo alivio, a nosotros que no encontramos dónde comer en la calle como buenos rodríguez veraniegos ni dónde tomarnos una cervecita al entrar la noche. Te sonreirás al leerlo, y ya te lo he dicho muchas veces, pero lo mejor del viaje fue acudir a las calles repletas de embutidos, productos de la limpieza, aceites de oliva, alcoholes a precios más económicos y otras necesidades cotidianas del Eroski o del Día de Ceuta, dos de las fuentes fundamentales de empleo para la región entera, por triste que parezca.

Ceuta

También disfrutamos mucho en las terrazas del centro de la ciudad de los montaditos de lomo, los chipirones plancha y la ensaladilla rusa, que es la tapa de la gordura mental, me dijo un endocrino amigo, pero que no sabes cómo le pega aquí el personal, regado todo ello por cervecita fresquita o tinto de verano. También disfrutamos de la noche ceutí, con cubatas bien servidos, de ese pastiche andalucista llamado Pueblo Marinero, de sus terrazas, donde nos impresionaron la brevedad de las faldas y la desenvoltura de los jovencitos, que cada vez son más numerosos, implacable que es el tiempo.

Ceuta está hecha de desconfianzas y estereotipos, de gentes que siguen llamando moros, que es la única forma que emplean, a los vecinos y habitantes del otro lado de los carteles de carretera donde pone Marruecos. Ceuta es el territorio de señoritas que hablan por teléfono con una tapa de lomo con pimiento morrón en la mesa del colegio que le puede tocar a su hijo, que esperemos que no sea de los malos, y que si no es así me vuelvo a Guadix, o a Málaga, o a Barbate, o a Alicante, donde están mis padres. Ceuta es Mustafa pasando por la mesa de la señorita y enseñándole carteras de cuero dos a cinco euros, que vienen de Fez y, como todo el mundo sabe, son las mejores de todo el Magreb. Y de parejas de jubilados conjuntadas en rosa, con cuellos con los colores rojo y gualda, que pasean por el paseo marítimo por la tarde, que es una hora de un ftor invisible por aquí.

Ceuta es también una mezcolanza de nabiles y hananes pronunciados a la andaluza, más españoles que la tortilla de patatas para que no te me enfades, y perfectos en el dominio del árabe marroquí, que fue, seguramente, su lengua materna. Ceuta es una simbiosis más natural de lo que muchos podrían imaginarse, de mezquitas y capillas marineras frente por frente, quizá espejo de lo que serán muchos barrios de nuestras ciudades, si no lo son ya, dentro de unas décadas. Más allá, porque allí prosperan desde siempre judíos y también hay una comunidad india, cosas extrañas al norte de Tarifa. Una parada de un autobús donde nadie habla español en frente de un polideportivo en el que niños rubios y repeinados juegan con las camisetas oficiales del Barça y del Madrid. “¡¡Quillo, echa ya!!”. Ceuta son sevillanas y trajes de gitana y rebujito en la feria y llamadas a la grandeza de Alá desde las mezquitas de El Príncipe, que es peor que las Tres Mil, literal, me dijeron. No te lo creerás, pero vi salir de una boda a una especie de coro rociero y los acompañé durante unos metros, en los que fueron canturreando canciones.

Ceuta es mucho menos castrense de lo que me imaginé, menos me ha dado la impresión que la coqueta Melilla, mucho más arrabalera en su comienzo viniendo desde el Tarajal, la frontera. No encontré allí otra cosa que el reguero paciente y tranquilo de señoras y señores cargados de bolsas de los supermercados que te he citado arriba, muchos zumos, muchas chocolatinas y magdalenas, papel higiénico, servilletas, dodotis y cosas por el estilo, que empiezan a venderse al detalle aún en suelo español. Sin supervisiones, sin sobresaltos, como si aquello se hubiese estado haciendo toda la vida de dios.

Arriba, en una de las tiendecitas la darija suena en la radio y en la madre que le riñe a uno de sus niños, que no obedece; hay jamón serrano, pero pido un bocata de chopped de cerdo, que me encanta, como sabes. La salada sensación de estar en casa.

Carta a Mohammed VI

Antonio Navarro Amuedo | 20 de agosto de 2010 a las 0:01

Majestad:

Vaya por delante que no estoy muy acostumbrado a dirigirme a monarcas ni a figuras de la envergadura de la suya y le agradezco que perdone la descortesía en la que incurriré una y otra vez al utilizar unas formas que no son las que usted frecuenta en su correspondencia habitual. Le agradezco mucho, repito, la amabilidad de acceder a leer estas torpes líneas.

Como podrá imaginarse, me han animado a escribirle esta misiva desde el otro lado del Estrecho, donde me encuentro, no muy lejos del bello puerto de Tánger y al azul espumoso que baña el Cabo Espartel,  los episodios acaecidos en torno a la frontera de la ciudad de Melilla con su Reino.

Le aseguro que el sentir mío y de los míos y me atrevo a decir que el de miles y miles, la inmensa mayoría de los españoles, es el del repudio de la violencia y la discriminación hacia cualquier persona, sea ésta quien sea, cualquiera que sea su raza, fortuna o condición. Desconozco si han tenido lugar esos episodios desagradables que su Ministerio denuncia, porque no he hablado con nadie envuelto en los mismos, pero si ello hubiera ocurrido, mi reacción no sería otra que la de una repulsa absoluta. Y reitero lo dicho: la misma sería compartida por mis próximos y la mayoría inmensa de mis compatriotas.

He visto en alguna ocasión el ambiente de la frontera de Beni Enzar, en Nador, que se ha hecho tristemente célebre estos días. Y la he cruzado a pie. He charlado con los taxistas de Nador, con algún comerciante de los cafés cercanos, he subido a los autobuses que nos transportaban por la zona, he hablado con policías y con gente anónima que cruza a uno y otro lado, que lleva haciéndolo toda la vida, a gente que maneja el español con formas y giros castellanos con la misma certeza con que habla la darija de estas tierras mediterráneas. Sé que son sombras de la realidad, pequeños instantes cotidianos, que no he hecho un trabajo de campo exhaustivo, así que no puedo arrojar aserciones rotundas, porque sería injusto y faltaría a la verdad, pero fueron mis impresiones.

Sin embargo, en mi pobre y esporádica observación he visto, sobre todo, comprensión y simpatía por parte de la Policía española. He visto guiñar el ojo a marroquíes que cruzaban cargados de productos de los supermercados melillenses, algunos de ellos forzando los límites de la naturaleza humana.

Con todo, la impresión mayor que conservo del tiempo en que viví en las tierras de su Reino es la de la bondad, la simpatía y el cariño dispensados hacia mi persona. Y, por lo que he podido apreciar, ésta es conducta general de los habitantes de su Reino hacia los foráneos.

Lo he celebrado desde el primer día. He tratado de difundirlo siempre a propios y extraños. A viajeros esporádicos y a familiares que llegaban a visitarme. A compatriotas y a gentes, en fin, de todo el mundo que pasaban por el Magreb. La mayoría de los marroquíes quieren a España. Y eso, con los errores y las injusticias cometidas por mis antepasados a lo largo de la historia, que no las negaré, es una noble manifestación de magnanimidad.

Por todo ello, Majestad, no puedo sino manifestarle mi tristeza por lo ocurrido estos días en torno al paso fronterizo de Melilla.

Comprendo y respeto la legítima aspiración marroquí de reclamar la soberanía de la ciudad de Melilla. Existen vías, a éste y otro lado del Estrecho, para expresarla; para ello están los foros institucionales y la prensa. Pero creo que las consecuencias de los incidentes de Beni Enzar no ayudan a nada. No, desde luego, a que su Reino abra un debate serio y razonable en torno a la cuestión de la soberanía de la ciudad.

Por el contrario, los acontecimientos de estas últimas semanas han dado alas a las posturas más radicales y nefastas para la relación entre ambos países. En mi país, con independencia de quién tenga la razón, al margen de lo certero de los diagnósticos, los hechos han causado daño.

En primer lugar, han vuelto a enfrentar a Gobierno y oposición. Y han contribuido a separar un poco más a los españoles y a minar la convivencia política y general.

Y, fundamentalmente, han deteriorado la imagen de Marruecos entre mis compatriotas. Algo que nos entristece a los que queremos y respetamos profundamente a Marruecos. Algo que molesta especialmente a quienes trabajan diariamente por el bienestar de ambos pueblos, que no son pocos, se lo aseguro.

Gente que, usted debe saberlo, aprecia los avances realizados por su Reino en materia de progreso material y social y que usted ha capitaneado. Personas que son perfectamente conscientes, sin embargo, de que aún queda mucho por hacer y que hay amplias zonas de sombra. Son profesionales que están dando lo mejor de su edad por empresas que crecen y se desarrollan a ambos lados del Estrecho. Conozco a algunos y por ello los recuerdo ahora, porque es justo decirlo. Empresarios, profesores, periodistas, etc. Trabajan y viven en Tánger, Larache, Tetuán, Asilah, pero también en Rabat, Casablanca o Agadir. Son invisibles allí y aquí. Desgraciadamente.

Hombres y mujeres que, ilusionadas, han creído en Marruecos, en el Magreb, en su futuro, en su amistad y cooperación con España, al considerarlo el vecino y amigo que siempre ha debido ser.

Gentes que se han sentido decepcionadas por estos hechos, por el odio destilado por algunos en Marruecos y en España, por el retroceso que puede suponer, aunque que se nieguen a aceptarlo y lo combatirán con todas sus fuerzas, todo este episodio. Se han dicho cosas injustas y con muy mala intención.

A mí me da la sensación de que parte del trabajo hecho se ha tirado por tierra. Espero que tardemos poco en recuperar el terreno desandado. Pondremos la mejor de nuestras voluntades.

Creo que ya he abusado demasiado de su tiempo. Le reitero el agradecimiento por haber llegado hasta este punto con la lectura.

Ramadan mubarak.

Después de la pasión patriótica

Antonio Navarro Amuedo | 15 de julio de 2010 a las 13:57

Martes 12 de julio. Últimos coletazos mediáticos de la victoria de la selección española de fútbol en el Campeonato del Mundo. Con matices y diferencias, la prensa marroquí, como ha ocurrido en todo el orbe, destaca el triunfo del equipo español. Incluso el irredento Al Massae dedica su fotografía central, el mismo espacio en el que hace unos días figuraban un grupito de paisanos que invitaba a España a marcharse del islote Perejil -aquel en el cual Unamuno creyó hallar el origen de la etimología Hispania-, a una de las celebraciones por la victoria futbolera. Es la Casa de España de Tetuán; la calidad informativa de las fotografías es lamentable y las instantáneas representan a un grupo de personas sentadas alrededor de varias mesas como si se tratase de una cena de trabajo o una primera comunión.

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Los dos Marruecos. Uno de los dos Marruecos ha de helarte el corazón. (¿Sólo dos?) Tánger, Tetuán, Alhucemas, Nador. Geografías del antiguo Protectorado hispano. Tras el gol de Iniesta, mucha fue la gente que salió a la calle a celebrar la victoria de España. Son marroquíes hispanófilos e hispanófonos. “Es que en mi casa escuchábamos cuando yo era pequeño a Franco en la Plaza de Oriente; para mí España es absolutamente familiar”, me confesaba hace poco un antiguo militante rifeño contra el régimen de Hassan II, padre del monarca actual. Yasmin Haik, que es, además de muy inteligente, una amiga tetuaní que trabaja desde El Cairo para la agencia EFE, me decía que se crió con Espinete, Chema y el resto de personajes de Barrio Sésamo en el salón de su casa. Habla un español impecable. Como Mohammed Tanji, tangerino, jefe del servicio en español de la MAP (la agencia de prensa marroquí), que quiebra la voz como un viejo poeta latinoamericano. Todos me han felicitado sinceramente por el triunfo de la selección. Una hispanofilia, pese a que el monarca habla perfectamente la lengua española, que está silenciada en la oficialidad marroquí. Un Mohamed VI, por cierto, que felicitó por vía telefónica al Rey Juan Carlos y a Rodríguez Zapatero por la victoria española, como cuenta el medio más oficialista de todos en el titular principal de su portada.LeMatinEspagne

El Marruecos del sur, el de Casablanca, Rabat y Marrakech, la otra mitad de este rompecabezas identitario que constituye el vecino magrebí, mira con un punto menos de pasión pero idéntica admiración los triunfos futbolísticos de España. Los cláxones sonaron con ahínco y las concentraciones para celebrar la victoria se repetían en Casablanca y Rabat. Este Marruecos francófilo del sur coincide con los nacionalistas catalanes en identificar al Fútbol Club Barcelona con la selección nacional. España es, sobre todo, el Barça y se aprovecha de la trabajada compenetración de sus jugadores. Muchos de los rabatíes que abarrotaban los cafés de la ciudad durante los partidos de España del Mundial vestían la camiseta del Barça. Y, ante la presencia de alguno de los españoles, en ocasiones espetaban un Visca el Barça i Visca Catalunya para evidenciar conciencia y conocimiento de la complejidad del rompecabezas identitario y administrativo hispano, que traspasa fronteras para mayor embrollo de la cuestión.

La Barçamanía, el amor por el club barcelonés, se siente como algo propio. No es casualidad que el Madrid tenga menos adeptos en Marruecos: el sentimiento anticentralista y catalanista del FC Barcelona ha seducido a muchos marroquíes emigrados a Cataluña -principal región de destino en España-, que asocian a Madrid lo peor de su periplo en nuestro país, como las leyes de extranjería y el resto de trabas administrativas.

Nuestro país ha vivido estos días una auténtica borrachera simbólica. La cosa empezaba en Barcelona en la víspera de la manifestación catalana contra la sentencia del Tribunal Constitucional y culminaba unas horas después con la marea rojigualda que desbordó geografías de norte a sur para celebrar el éxito deportivo de la selección.  España Roja, titulaba El Periódico, con ecos de un titular jamás escrito para el 18 de julio de una hipotética victoria republicana en la contienda civil. Antes rota que roja. Nunca se vieron, no obstante, tantas banderas nacionales como en estos dos días de celebración. Todo había empezado, digo, en Barcelona, con la impugnación pública y la llamada a la rebeldía civil de la Generalitat y la clase política catalana ante una sentencia, la del Alto Tribual, que no les agrada lo suficiente. Grave precedente de deslegitimación de la autoridad de uno de los fundamentos de nuestro armazón institucional que pasa desapercibido estos días. La España actual no reconoce la pluralidad del país, sus lenguas y sus paisajes, sus butifarras y sus txistorras, sus salmorejos y sus cocidos… Esta constitución no nos vale, porque no nos admite en nuestra diferencia, dicen los nacionalistas convocantes y contestatarios.

¿Que si España es plural? Mucho, tanto como los 45 millones de individuos que se levantan todos los días con sus problemas económicos y sus miserias y alegrías cotidianas. ¿Más que ningún otro Estado? Puf. No sé. Observo este país que me acoge en la orilla norte de África y encuentro un mosaico de lenguas, clases y geografías. Rifeños, bereberes del norte y del sur; francófilos y anticolonialistas; árabes y arabizados; hispanófilos del norte; musulmanes e islamistas; en fin, ricos y pobres, muchos de solemnidad. En su euforia, miles de marroquíes ondearon banderas rojas y gualdas para mostrar pleitesía a la excelencia deportiva de los futbolistas de España, un país que, desde la distancia, se otea más simpático y menos roto y plural de lo que creen verlo desde allí arriba.

¡Fuera y viva España!

Antonio Navarro Amuedo | 9 de julio de 2010 a las 18:27

Viernes 9 de julio. Vísperas de la final de la Copa del Mundo de fútbol. Los marroquíes aguardan, como el resto del orbe futbolero, que la “Roja” remate la faena y culmine el sueño el domingo, aún con la resaca de felicidad del éxito de la selección española en semifinales. Las portadas de los periódicos nacionales se hacen eco con discrección del triunfo español en las semifinales de Sudáfrica. La primera de Al Massae, el diario más vendido de Marruecos, escoge para su portada la discordia con un punto de ridiculez. En un recuadro central, un artículo rescata con ironía la información aparecida recientemente en El Mundo acerca del error cometido por Google maps al considerar marroquíes varios enclaves rocosos de soberanía española en las costas marroquíes -Peñón de Vélez de la Gomera, de Alhucemas, las islas Chafarinas y Perejil-y muestra una fotografía sin fechar de un grupo de personas, entre ellas tres niños, que portan un letrero que reza Fuera España acompañado de una cruz gamada. Se intuye que es un promontorio desde el que se divisa el islote Perejil o Laila, según la toponimia local, y que las instantáneas corresponden a la crisis generada por el islote en julio de 2002, hace ahora ocho años.

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Fuera España. Es el mismo deseo de los líderes del Istiqlal, empezando por el actual primer ministro El Fassi, como recordó no hace mucho en el Parlamento marroquí, respecto del futuro de Ceuta y Melilla. La prensa marroquí, como la clase política, es casi unánime cuando califica de “ocupadas” a las dos ciudades autónomas españolas situadas en tierras norteafricanas.  ¿Quiere esto decir que existe un clamor popular favorable a una reivindicación firme de las dos urbes? En absoluto. Aunque el vecino de a pie defiende que Ceuta y Melilla son una reliquia colonial y que volverán antes o después a formar parte de la soberanía nacional, el marroquí medio es perfectamente consciente de que el país tiene problemas mucho más perentorios. Tiene claro que al poder le queda mucho por hacer para mejorar las condiciones de vida de los marroquíes que ya lo son y que la descolonización puede esperar un ratito por lo menos.

¿Tiene que ver, en fin, el Fuera España de la portada de Al Massae con los sentimientos de la gente que comía esta tarde cuscús después de ir a la mezquita? Por las calles de mi barrio de Hassan, la gente me paraba el pasado miércoles desde el interior de los cafés para darme la enhorabuena por el gol de Puyol. Vive l’Espagne!, me decía ayer el camarero del café de delante de mi casa en Rabat. “Felicitations, Antonio”. Idéntica alegría y sonrisa de oreja a oreja la de Saïd, el del estanco. Mubarak, el entrañable portero de mi bloque, con el que llevo casi dos años entendiéndome a duras penas, sólo hacía que gritar “¡¡Casillas!!” y “¡¡Puyol!!” a toda voz emulando con saltos a los dos futbolistas cuando me vio cruzar el umbral del edificio.  En las horas previas de los partidos de octavos, de cuartos, de la liguilla, los vecinos me deseaban suerte como si enfilara la calle Iris antes de entrar en la Maestranza.

Fuera España/Viva España. Opinión publicada vs opinión pública. En casa estos días: Canaletas de Barcelona y las celebraciones por la Roja el miércoles y manifestación pro Estatut y soberanía nacional catalana el sábado. Partidos políticos, intereses del poder por un lado y gente de a pie por el otro. Divorcios de nuestro tiempo. Yo, personalmente, me quedo con el cariño de la gente de mi barrio.

Sueldos

Antonio Navarro Amuedo | 25 de junio de 2010 a las 12:33

La Vie Économique -un semanario de actualidad económica editado en Casablanca- publica en su último número un amplio reportaje dedicado a los sueldos que cobran los parlamentarios marroquíes.  El titular principal del mismo: ¿Cobran nuestros parlamentarios demasiado? El texto responde con precisión 30.000 dirhams al mes. Algo menos de 3.000 euros netos. En un despiece de la información, la comparación con Francia; siempre la referencia gala, la antigua metrópoli, en la prensa marroquí en lengua francesa:  neto mensual de 5.200 euros. Sin ser especialmente opinativo, el articulista plantea en las entradillas varios interrogantes: “Perciben un salario mensual de 30.000 dirhams y la opinión pública lo encuentra desorbitado fundamentalmente debido al absentismo”; cotización al partido, financiación de una oficina en la circunscripción, ayudas sociales : “cargos no despreciables y demandados por los ciudadanos”;  “para el que realmente quiera desempeñar su trabajo como electo la remuneración no basta en muchos casos”. Además, el reportaje pone de relieve que los presidentes de la cámara alta y baja perciben más que el primer ministro. El tono general del artículo, al fin, es justificativo.

En efecto, 3.000 euros netos puede ser mucho y poco. Como ocurre con el llamado índice Big Mac, que marca las diferencias del nivel de precios entre países tomando como referencia el precio de la hamburguesa estrella de McDonald’s, supongo que esos euros de diferencia entre lo que percibe un diputado galo y otro marroquí registran parte de las distancias entre ambas realidades. Sin embargo, el problema surge cuando la referencias se toman en clave exclusivamente interna. Es decir, el euro que separa el menú Big Mac en Meknès y en Valencia no registra la diferencia en el nivel de vida de una familia media de la ciudad imperial y de la capital del Turia, por poner un solo ejemplo. En Rabat o Casablanca los adolescentes van alegres y risueños los viernes por la tarde a tomarse hamburguesas con patatas fritas, en lo que constituye un gesto de distinción. Los casi cinco euros que, al cambio, cuesta un menú completo en la franquicia estadounidense dan para que un hogar de cinco miembros coma una jornada entera a base de guisos de verdura con un pedazo de carne de cordero o vaca.

Ciertamente los 3.000 euros oficiales de los que habla La Vie Éco pueden ser pocos para llegar a final de mes en Marruecos, cómo no. Pero, de cara a la parroquia interna, cuando en amplias zonas rurales del país se vive casi del trueque, de la mendicidad y el trapicheo en las ciudades, en torno a la mitad de la población de Marruecos es analfabeta y el salario mínimo no llega a los 200 euros mensuales, el tren de vida de los diputados marroquíes es más difícil de justificar. Lo cierto es que el agravio existe igualmente cuando comparamos el sueldo de un diputado en el Congreso con lo que perciben miles de trabajadores en esta España de las odiosas comparaciones. Aquí, sin embargo, la buena salud de las finanzas del Estado marroquí y del sistema financiero, según se encargan de repetirnos los papeles casi a diario, parece haber hecho innecesario cualquier tipo de recorte presupuestario como los que se están aplicando sin titubeos al norte de Tánger.

Con todo, las críticas más duras de la prensa marroquí, con escasas excepciones, tiene a los políticos, a la clase política, como blanco preferido. En general, los políticos son el mal (corruptos, vagos, derrochadores, etc.), que no la alta dirección del Estado, siempre inspirada por la mejor voluntad. Usted no se meta en política, que diría el otro, que después pasa lo que pasa.