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Trenes de cambio

Antonio Navarro Amuedo | 27 de enero de 2011 a las 2:30

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Túnez perfuma de jazmín el Magreb entero desde hace semanas. Hasta estos olivares grises y pueblos borrosos por la humareda de las carnes a la parrilla llegó el aroma del fin de una dictadura que se hacía de oro de forma impune ante la mirada atónita del pueblo. Hoy, la sociedad tunecina trata de abrir el tortuoso camino de una democracia que nadie les regalará. Justo es que ese país,  los ciudadanos del Magreb en su conjunto, todos, en fin, honremos siempre el sacrificio hecho por miles de personas que pusieron en riesgo su integridad física y su vida al cabo –¿cincuenta, cien víctimas mortales?– para comenzar a menoscabar la autocracia y la injusticia. Las protestas, más movidas por la desesperación y por el hartazgo ante la arbitrariedad y la losa de soportar regímenes programados para perpetuarse que por causas políticas demasiado lejanas, se esparcen por la región.

Desde la perspectiva occidental, que trata de encuadernar cuartillas que vuelan movidas por vientos dispares, que intenta en vano clasificar y etiquetar siglas y confederaciones, se observa cómo el Magreb, el Norte de África, el mundo árabo-musulmán, qué más da, se despereza. Por toda Argelia miles de personas salieron a la calle a gritar su enfado, a decir que ya se han cansado de la nada, del vacío de mañanas sin mañana. También en Marruecos, donde templados por las circunstancias, miles de jóvenes licenciados protestan por la falta de horizontes y de empleo mes tras mes ante edificios oficiales con lealtad patriótica. Desde hace dos días, en Egipto miles de personas salen a la calle para pedir el fin de la dinastía de los Mubarak, sin ganas ningunas de ver al segundo eslabón de la familia reinando en El Cairo.  Who’s next? Los nombres se suceden: Yemen, el Líbano, Mauritania… ¿Seguro? ¿Hay lógica en la enumeración? ¿Son frívolas las descargas de vídeos de Youtube sobre este contagio de revoluciones en el Oriente Medio, los twits desde el corazón de la protesta y los sms desde la puerta del Parlamento?

Viajo en un tren desde Rabat a Fez, en uno de esos que nos conocemos de memoria y que pueden alargar tres horas al infinito de calor, frío o todo lo contrario bien rodeado de humanidad en cada compartimento. Llega el chico del carrito de las cocacolas templadas y unos bocadillos de pollo que entran de escándalo en cualquier momento. Tiene problemas para continuar su tránsito por el pasillo porque una señora ha traído consigo tres bultos, uno de ellos la clásica bolsa de cuadros blancos y rojos que hemos visto tantas veces, además de otras dos maletas enormes azul marino. Yo también voy bien cargado. Nada más verme, los que serán compañeros de compartimento me hacen hueco y me ayudan a alzar mis maletas a la repisa dedicada al efecto. Como siempre. Saco una novela que compré en este lado del Estrecho cuando, con mis compatriotas, quemábamos tarjetas de crédito cargados de bolsas mucho más livianas que las de aquí. Me tiene desconcentrado tanto vaivén de un lado a otro de la frontera, del suelo firme a la tierra de esas revoluciones orientales que salen por la televisión.

La mayoría de la gente se ha bajado antes de Meknès. Me quedo solo en el compartimento con un simpático vendedor de zapatillas de baloncesto cuneras y made in China en la medina de Fez. Es licenciado en Geografía. Tiene 38 años y dos niñas pequeñas. Viaja cuatro veces en semana en aquel tren a Casablanca, en cuyo puerto adquiere la mercancía que después venderá en la vieja medina de la ciudad imperial. Lo de Túnez sale pronto en la conversación. No lo rehúye. “¿Algo así en Marruecos?”, se pregunta ante mi sugerencia. “Si la mitad de la gente aquí no sabe ni leer ni escribir, ¿cómo van a protestar? ¿Qué van a pedir?” La síntesis es lapidaria. No tengo nada más que contarle. “Pese a todo, me dice, Casablanca se mueve, hay más trabajo que antes”. Giramos la vista a la ventana y vemos un grupo de impasibles jóvenes que, sentados sobre las vías, observa al infinito la caída del sol ante el testigo mudo de los olivares plateados.

Un día en la medina (II)

Antonio Navarro Amuedo | 6 de enero de 2011 a las 3:19

Se me acabó el espacio en la otra postal y termino de contarte el paseo mañanero en esta otra con la estampa de la torre Hassan en el reverso.  Tratamos con estas líneas de hacer más nuestro este recorrido que un día fue algo intrascendente y que intentamos hoy de conservar antes de que estas calles se diluyan en nuestro recuerdo y se alejen de nuestro paso. La mayoría dice aquí que la crisis no se nota en Marruecos porque Marruecos está permanentemente en crisis. No sé si compran o no, o si lo hacen menos, pero la medina está concurrida en esta mañana de domingo. Hay que tomarle el pulso a la medina y evitarla en las horas punta, como ocurre los viernes por la tarde, cuando los chavales tienen libre y pasean para ver ropa o tomarse un zumo de naranja, porque no se puede dar un paso. Eso sí, jamás temí por mi cartera en las aglomeraciones. Nunca vi a nadie interesado en probar su destreza sacándola de mis bolsillos.

En Fez me dijeron una vez que si había humo es porque el fuego no andaría demasiado lejos para explicarme que si están ahí sería por algo y lo cierto es que me pregunto cómo pueden sobrevivir tantas tiendas ofreciendo lo mismo, ya se trate de tomates y calabacines o de gafas de sol y móviles. Una detrás de la otra, idénticos precios y solidaridad entre los comerciantes. Regreso por la zona techada de la calle principal de la medina antigua y encuentro, a lo largo de doscientos metros, tiendas de babuchas de colores.

Hay que coger una de ellas y doblarla varias veces para saber, por la rigidez y dureza, si el cuero de la suela es bueno o no. Las amarillas denotan el mayor grado de nobleza; después están las rojas, las rosas, las moradas, las negras. Todo es regateable, cómo no, aunque para facilitar la información a los turistas, que de vez en cuando toman estas calles, muchas de las tiendas de este pasaje sombrío de la medina colocan carteles con los precios de las zapatillas. Las babuchas marroquíes no me hacen mucha gracia –a ti ya sé que tampoco–, pero, algún día, metido en el papel, me he imaginado vistiendo unas amarillas y una chilaba de seda paseando por los pasillos de algún palacete real.

Junto con las babuchas amarillas, la chilaba blanca de seda constituye el uniforme de gala de Fez. Los fesíes, conocidos por sus dotes comerciantes, son la aristocracia espiritual de Marruecos. Vincularse a alguna familia oriunda de la capital espiritual marroquí confiere a la persona un valor añadido, un pedigrí incuestionable en el panorama nacional.

La tienda de Reda me pilla lejos, así que me pasaré otro día para ver cómo está. Reda, el comerciante de chilabas de todas las hechuras y colores, vivió más de veinte años en España de vendedor ambulante. No se les escapaba ninguna feria ni mercadillo. De Algeciras a Gerona vendiendo calzoncillos, calcetines y lencería en general.  Conoce de memoria los nombres de las pensiones que lo acogieron por toda la piel de toro. “¿Andaluz o andas con pilas?”, me suelta cada vez que me ve, además de otros refranes de mi tierra, mientras espera mi reacción de sorpesa. Presume de recibir en su pequeña tienda de una de las fondas de la medina, antigua posada para los vendedores de grano del campo que llegaban a esta ciudad y que se abre a través de la rue des Consules a mano izquierda, a embajadores y a ministros. “El viernes estuvo aquí el embajador español”… Y de conocer personalmente a Alfonso Guerra y a Felipe González. Y a Rubalcaba. Su español es ágil; su verbo, florido. Reda no ha ido nunca a la escuela, pero juega con el refranero castellano con soltura. Una conversación con Reda nos devuelve a una tertulia de bar de los años 90, con Filesa, los fondos reservados y los GAL como protagonistas, la actualidad de sus años de juventud de mercadillo por las carreteras de España.  Reda está orondo y luce una cabeza completamente calva. Siempre me cuenta, con su mirada divergente, que está mal del corazón pero sin saber con exactitu de su padecimiento. Reda está soltero y solo y camina desde Yakoub el Mansour hasta la medina cada día, como le dice su médico.

El humo de las parrillas que jalonan el camino me avisan de que se va haciendo tarde y de que tengo que resolver el almuerzo yendo al mercado central cuanto antes. A la izquierda, junto a la mezquita, apesta a cabeza de cordero a la plancha y a brochetas de vísceras. También hay puestos de pimientos asados, berenjenas rebozadas y huevos fritos. Estoy tentado a pedir un bocata con un poco de todo, por el que no pagaré ni el equivalente a un euro, pero continúo la marcha.

Me da rabia que, a estas alturas, me pare un señor hablándome en español para preguntarme qué busco. Llevo aquí lo suficiente para, digo yo, parecer más naturalizado y que ya no me dé la bienvenida a Marruecos, pero respondo, una a una, a sus cuestiones. Habla bien español, porque trabajó cuatro años en Alicante en un bar. Me ha visto mirando en la montaña de zapatos buscar unas pantuflas de mi talla. Me dice que le siga, que va a intentar encontrarme un 45. Me lleva en sentido contrario al que yo había tomado por la calle y me pregunta de dónde vengo en España, si hablo algo de marroquí, dónde trabajo, ya sabes de sobra, y me desea una buena estancia en el país.  Después de veinte minutos infructuosos de zapatería medinera en zapatería, me pide si puedo comprarle seis cigarrilos Fortuna para pagarle los servicios prestados. Nos despedimos hasta la próxima esperando, inchallah mediante, encontrar mi número.

Decido entonces acelerar el paso y avanzar como puedo esquivando sábanas con montañas de camisetas y de falsificaciones de pantalones y chándales de marca, así como de señores que yacen con piernas y brazos amputados sobre el suelo, hacia el mercado central. Son casi la una y me voy, antes que nada, a la pescadería, que ya es tarde, donde me van a dar la tabarra como nunca,  hemos recorrido esos puestos varias veces juntos, para colocarme un kilo de gambas, sepias, atún o sardinas.  Al final, el menos pesado, el que me susurra que su género es el mejor sin aspavientos, sin meterme una pescadilla casi por el ojo, es el que se lleva el gato al agua. Como casi siempre en la vida, que es como una medina.

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Foto: Miguel Roca

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Ramadán, día cuatro

Antonio Navarro Amuedo | 16 de agosto de 2010 a las 21:39

Llevo varios días intentando contarte mis impresiones de estos primeros días de Ramadán y, por una razón o por otra, postergando la decisión de sentarme a ponerlas negro sobre blanco. He estado de viaje, pero ahora descanso junto al mar sintiendo una brisa que es tan próxima y tan lejana a la vez de aquella que nos alivias las tardes en el Magreb. Aquí el sol es tan implacable como en los olivares de Fez, donde los niños se refrescan en las acequias junto a las cunetas, o como en las llanuras pardas de Marraquech, donde crecen palmeras y edificios ocres, que los hay lujosos y miserables, como pasa en esta ciudad por todas partes. Pero el sol no cae con el mismo silencio con que lo hace entre las colinas que divisamos al otro lado del tren a la hora del ftor, cuando los musulmanes pueden romper el ayuno con dátiles, leche fresca, zumo de aguacate y naranja, unas especies de pestiños y pan. Lo hacen cada tarde, con tranquilidad y alegría.

En Rabat, las escenas del barrio desiertas volvieron a impresionarme a la hora silenciosa. La plaza de Jamaa El Fna de Marraquech fue la fiesta de cada noche, con sus humaredas de brochetas y de pinchitos de carne picada. Allí los encantadores de serpientes y los vendedores de zumos y bocatas no hacen distinción entre Ramadanes y el resto de semanas del calendario, siempre pendientes de buscar españoles por su término municipal y a una pareja de guiris requemada para ponerles la boa en la espalda. En Fez, donde todo es mucho más solemne y silencioso, me impresionó la hora del ftor con un vacío general de impresión. Y eso que no pisé la vieja medina, mi favorita, como ya te he dicho muchas veces.

Al teléfono me preguntan insistentemente si la cosa está tan mala como dicen los medios de comunicación al otro lado del Estrecho. Si una nueva Marcha Verde está a punto de salir cargada de miseria y promesas a la frontera de Nador y Melilla. Yo les he dicho siempre lo mismo: que aquí la gente lleva cada vez más camisetas de la selección campeona del mundo de fútbol  y del FC Barcelona. Y que aguardan a la sombra y pensando en otras cosas, en sus cosas, que vete tú a saber, que lleguen las siete y pico de la tarde y poder tomar el primer sorbo de agua y el primer pan con mortadela.

Te he subido este vídeo que he conseguido grabar con el teléfono móvil.

Medinas

Antonio Navarro Amuedo | 21 de junio de 2010 a las 15:39

Las medinas -voz que significa ciudad en árabe- son el centro neurálgico de las poblaciones marroquíes. Albergan en sus calles, generalmente tortuosas y laberínticas, los oficios y comercios tradicionales. Un baño de marroquinidad es hacer una inmersión en la antigua medina de Fez o de Marrakech. Quien quiera llevarse, por muy poco diestro que uno sea con los aparatitos fotográficos, un ramillete de instantáneas para enseñar a los amigos de vuelta a casa, que pasee por las callejuelas de alguna de las medinas magrebíes. La de Tetuán es robusta, la adornan geranios, faroles, azulejos y cal y presume de llamarse andaluza; la de Xauen, coqueta, gusta por su elegancia añil en las calizas laderas rifeñas; la de Rabat resulta cómoda y operativa; la de Casablanca, como la urbe atlántica toda, es caótica; la de Marrakech es víctima del turismo, ese gran invento, que hace que por boca de los vendedores de babuchas se pronuncien palabras no sólo en inglés o español, sino también reclamos en holandés, alemán o ruso.

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Asaltan en las medinas los olores, poderosísimos, de las especias, el pescado al que el sol ha calentado durante toda la jornada pese a los bloques de hielo, los pollos que acaban de ser ajusticiados delante de los mismos ojos del cliente que los eligió, de los cueros y los curtidores de las piscinas de la medina de Fez, la más salvaje y auténtica de todo el territorio marroquí. La medina de Fez es inacabable, infinita. Yo llegué a pensar lo mismo del casco antiguo de Sevilla, antaño otra medina, de la que referencias como el Jueves y su mercado de la calle Feria, las murallas macarenas o voces como Alcaicería o la Alfalfa nos evocan un pasado que el visitante puede reconocer hoy, en pleno siglo XXI, paseando por la ciudad vieja de Fez, que está a tiro de piedra de Andalucía y es una arqueología viva de Al Andalus. Uno puede visitarla una, dos, tres, diez veces y no pisar dos veces por el mismo suelo pegajoso de pescado, carne y humanidad. El riesgo físico de ser aplastado contra algún muro de barro por un burro cargado de mercancías amenaza en cualquier esquina. Algún historiador con el que he comentado la impresión que me supuso la primera incursión por sus calles me ha llegado a confirmar el extremo: de Bagdad a Agadir, de Tánger a Islamabad, no existe en el mundo una antigua ciudad árabe tan bien conservada, petrificada en el tiempo, detenida sin concesión al tópico, como la vieja ciudad de Fez.

Existe el debate acerca de la supervivencia de los modos de vida de la medina. El exquisito viajero europeo en pantalón corto, guía Lonely Planet y billete de Ryanair en la mochila denuncia comiéndose un bocadillo de carne picada que el turismo está acabando con las medinas y que cada vez más los herreros, los plateros o los curtidores del cuero trabajan por y para los visitantes y no para el circuito comercial tradicional. El marroquí, que ha aguantado y aguanta miserias cada día de su vida entre aquellas calles insalubres de la medina de Fez o de cualquier otra, consideraciones como éstas ni se las plantea. Ni puede cuestionárselas.

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No se las plantea Jamal, el adolescente que me acompañó la última vez que me interné por la medina de Fez. Me nombra a Zapatero y la crisis, pero apuesto a que no conoce su rostro ni sabe muy bien lo que es ser presidente del Gobierno, ni puede imaginarse lo que ganan los políticos a este y al otro lado del Estrecho y lo lejos que está su vida de las de los inquilinos de los coches oficiales.  Jamal no va a la escuela; reconoce tener problemas con su familia por no contribuir a la supervivencia de la hacienda doméstica con un puñado de dirhams diarios.  Jamal se defiende en español y francés y trae de serie el árabe. Jamal me lleva con la lengua fuera y marcha cincuenta metros delante de mí; me lleva perfectamente controlado en mi torpeza a través de la bulla. Pero, sobre todo, controla la amenaza de la policía de paisano, que vigila que personas como Jamal no hagan de falso guía de la medina y provoquen la insatisfacción de los turistas. Viajeros que siguen a los cicerones oficiales de la vieja Fez, reyes consentidos de las comisiones y de las encerronas en los comercios de sus amigos. Jamal, aunque no tiene dinero para apuntarse a una escuela y sacarse el título ni nunca lo tendrá, sueña con ser guía oficial y conducir a las parejas de europeos por el caos urbano de la medina de Fez,  acaso la más salvaje y dura de cuantas existen en esta tierra.