Archivos para el tag ‘Francia’

El rey preocupado

Antonio Navarro Amuedo | 12 de abril de 2012 a las 9:23

Mohamed VI, el rey de Marruecos, debe de andar inquieto en estos momentos. No voy a detenerme aquí en recordar el poder omnímodo que concentra en su figura el monarca alauita. El rey es comandante de los creyentes (Emir al Muminin), es decir, máxima autoridad religiosa del país; a pesar de que en Marruecos hay un sistema parlamentario multipartidista, el monarca ejerce de facto los poderes ejecutivo y legislativo. Además, como han estudiado en el ensayo recientemente publicado Le roi prédateur  los periodistas franceses Éric Laurent y Cathérine Graciet, Mohamed VI está presente en todos los grandes negocios del país y se enriquece escandalosamente con ellos. Mohamed VI, sin embargo, es plenamente consciente de que la inmensa mayoría de los marroquíes, que nunca lo han cuestionado, son muy pobres. Pobres de solemnidad. El 15% vive con menos de dos dólares al día. Y en torno al 50% de la población es analfabeto. Y la gente, como ha demostrado lo que se ha dado en llamar la primavera árabe, tiene un límite.

La ola de revueltas de la indignación árabe tuvo sólo un eco leve en Marruecos por razones que no se expondrán ahora. Pero el cóctel explosivo de pobreza y analfabetismo, muy similar al que hizo explotar la cólera popular en Túnez y después en varios otros países del mundo árabe, y el malestar general están ahí, donde siempre. La crisis económica que azota la Unión Europea, principal socio comercial de Marruecos, se está dejando notar en las exportaciones marroquíes. El flujo de inversión extranjera también ha caído. Este año, además, la sequía se está cebando con la agricultura –un sector que representa algo menos del 20% del PIB de Marruecos y ocupa al 40% de la población–, que es absolutamente clave para el funcionamiento del país.

 

 

Europa –y muy especialmente Francia y España, principales socios de Marruecos– está enfrascada en sus graves problemas domésticos. No está para perder mucha fuerza ni para hacer dispendios precisamente. Es difícil determinar en qué medida las partidas de cooperación destinadas al Magreb van a reducirse. Pero no cabe mucha duda de que sufrirán mengua. Las cuentas de la paz social –en un país en el que los alimentos de primera necesidad y los hidrocarburos están subvencionados– podrían no salirle a Mohamed VI. Es un asunto del que no se habla en la prensa y opinión pública española en estos momentos, suficientemente preocupada con los recortes, las primas de riesgo y las amenazas de rescate por parte de la UE. Pero Europa y España de forma particular saben de lo importante que es tener un Marruecos estable y a un régimen relativamente contento a las puertas mismas de sus fronteras.

Todos estos factores ponen las cosas realmente difícil al gobierno que preside Abdelilá Benkirán, un islamista domesticado por el régimen –en su juventud llegó a implicarse en acciones violentas practicando la yihad y hoy es un padre de familia de aspecto bonachón–y vencedor con el PJD de las elecciones de noviembre de 2011. El gabinete real tiene por delante una coyuntura particularmente desfavorable que está agravando la situación de la ya malhadada de por sí población marroquí. El malestar aumentará. En el norte de Marruecos, donde no se andan con chiquitas, varias localidades registraron en el arranque del año fuertes enfrentamientos entre vecinos y fuerzas de seguridad porque no soportan más la miseria y la falta de oportunidades. Un estallido social serio puede estar al llegar. El rey le vio las orejas al lobo a comienzos del año pasado cuando observaba por la televisión lo que pasaba simultáneamente en Túnez, Libia, Egipto o Bahrein. Anunció a comienzos de marzo una nueva Constitución que le restaba atribuciones y adelantó las elecciones. Insuficiente. Y él no tiene oro negro con el que regar los amarillentos campos del Sus-Masa-Draa ni con que calmar los ánimos de sus indignados.

Los chicos del pavo

Antonio Navarro Amuedo | 14 de octubre de 2010 a las 3:20

Los pavos son en Marruecos bastante apañados para hacer brochetas, que, gracias a los aliños de comino, salsa picante y sal, poco importa al final de qué tipo de carne están hechas. En España, en la categoría de las carnes, vienen después del pollo y, de insípidas que son si no son fritas con ajo y perejil abundantes, muchos diríamos que son las últimas en la escala. El cordero, que no el lechal, sino carnero o borrego viejo, hace de pilar de la dieta nacional en Marruecos y desmiente la exclusividad que disfruta al norte de Tarifa una carne que queda allí reservada para las fiestas navideñas y de guardar. Aquí en el Magreb los pavos tienen también forma de adolescentes, como pasa allá arriba y en todas partes y, te lo aseguro,  se ríen por las mismas tonterías por las que nos reíamos entonces. Ahora comprendo la irritación del profesor, que antes no llegaba a entender, ya que entonces me parecía pura pose que encerraba la incapacidad de poder reírse de las mismas cosas que nosotros, de alcanzar la compresión de nuestros códigos, nuestras complicidades y, por tanto, esa envidia le empujaba a echarnos la bronca. Lo he visto en mis clases del Instituto Francés de Rabat, donde mis compañeros lucen las espinillas en la cara y los bigotillos cantinfleros de rigor, pero dan los estirones de forma diferente a sus colegas de la medina y la tienda de ultramarinos de abajo mismo.

Existen muchos Marruecos concéntricos y los muros del Instituto Francés de Rabat tienen la forma de uno de esos círculos que separan las clases, los sueños y los límites de este pueblo. Los chicos del pavo son como los chicos del coro de la peli francesa, pero con pelos rizados que ellos mantienen corto por precaución a los volúmenes y la tez morena de los magrebíes en vez de aquel rubio que asustaba en pleno sepia de la posguerra europea. Son malos a ratos pero cuando se ponen, sacan los ejercicios de compresión de textos, de estos artículos fotocopiados de Le Monde o Le Figaro, que da gusto. Las niñas de mi clase no llevan velo, no sé si porque saben lo que Sarkozy es capaz de hacer en Francia o porque jamás lo vieron en sus casas de Agdal, Suisí o Hay Riad, que son los barrios de donde vienen para mejorar la ortografía y la sintaxis de la lengua francesa, en la que estudiarán las materias universitarias y harán carrera en alguna empresa, ministerio o bufete de abogados.

Los chicos del pavo son marroquíes, pero pronuncian el francés que asusta de bien. Una de las chicas, cuando el profesor explicaba el significado de la palabra belvédère (mirador), poniendo el ejemplo del emplazamiento de la Torre Hassan, que es el símbolo almohade de la capital marroquí, lo interrumpía bruscamente. La niña decía que mejor valía Trocadero y la Torre Eiffel para ejemplificar la palabra que habían descubierto en la fotocopia y que así se entendería mejor. Me los imagino de jóvenes tomando café en el Marais, comprando un kebab en las cuestas de Montmartre o paseando bufanda al cuello en Saint Germain-des-Prés en busca de viejos libros sobre inmigración y sociología tras salir de la Fac. Seguramente leerán en algunos de esos volúmenes amarillentos páginas sobre la  neocolonización, aunque de momento son muy jóvenes para interesarse por esas cosas.

Mis compañeros de clase son marroquíes, pero tienen Play Station 3 -ya no sé por qué número va la última-, hablan francés en casa, van a entrenamientos de baloncesto, que los hay de uno noventa con quince años, y veranean en Marbella, Portugal o Mallorca. Y tienen los dientes en su sitio, con aparatos en la boca más de uno, famosos brakes; de los pocos que he visto en estos dos años en estas tierras norteafricanas. Con la misma edad que Ahmed, el que estaba sentado a mi lado hoy en clase, Omar, que ya me dice “pimienta negra” o “toma el dinero” en español, cierra a las doce de la noche la épicerie de mi calle, después de doce horas detrás de un mostrador vendiendo cebollas, tomates, pan y cigarrillos sueltos. Omar aprovecha entre cliente y cliente para aprender español e inglés con un par de librillos que tiene detrás de la caja. No le gusta el francés, no sé por qué. Nunca ha ido a la escuela, pero es espabilado como él solo.

El profesor, digo, también es marroquí, pero luce un chaleco con el cuello de pico, pantalón de pinza gris y zapatos negros con cordones, una combinación muy de profesor europeo. Alucino viéndoles hablar de Baudelaire y de Ronsard, de sonetos y novelas, cuando la Revolución Francesa y los ideales de Rousseau, Montesquieu y la Ilustración aún no han llegado al Parlamento de su país, que está a doscientos metros de nuestra clase. ¿Qué periódico marroquí llevará este profesor debajo del brazo cuando salga a tomarse un café después de clase? ¿A que no se te ocurre ninguno?

La oscuridad de la tarde, camino del Instituto Francés, en una lluviosa tarde otoñal me retrotrae a mis primeros meses en la húmeda Rabat de hace dos años. Mis compañeros de entonces me ofrecieron unas de los primeros rostros de Marruecos, mucho antes de sumergirme en la humanidad de los trenes familiares a Marraquech y de los jornaleros en autobús camino de las tierras de Larache y Tetuán.

Mis compañeros de clase me miran como un extraterrestre. Todos saben que soy español, como una amiga que también ha venido a perfeccionar su francés y que sufre parecidas sensaciones que yo, y que estamos en clase por razones y en circunstancias completamente diferentes a las suyas. No obstante, la complicidad con nuestro país es la misma en las aulas del Instituto Francés, quizá teñida de un punto de distancia que propicia el entorno galo, que en el resto del país y el profesor se afana en sacarme algunas palabras en español. De repente, al oírme decir la frase en castellano, salta uno de fondo y grita: ¡¡Barça!! Y el resto comienza a reírse a carcajadas.

Mis colegas de clase tienen diez años menos que yo y, aunque me veo incurriendo en los mismos vicios y pecados que entonces, cuando yo tenía su edad, jugueteando con el boli, charlando con mi amiga en plena explicación del profesor, pensando en mis cosas mientras agacho la cabeza para que que no me mire a mí para preguntarme y me deje en paz en el tiempo que queda, mirando a la chica más mona de la clase y la cara del espabilado del grupo, no somos ya los mismos. Me miro en el espejo de estos chicos y aprendo que ya no luzco esas espinillas, sino una barba bien dura, que me han salido algunas canas, que es una palabra que ellos asocian con sus padres y abuelos, y que a ellos les quedan unos pocos años encerrados entre aulas antes de que la vida los lance a eso que llamamos edad adulta, que es la hora de la verdad, cuando el árbitro dice que empezó lo serio de la cosa. Ese día en que la edad del pavo quede atrás definitivamente.