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L’eau limpide

Antonio Navarro Amuedo | 19 de diciembre de 2010 a las 14:30

Foto: Puy Ruiz de Alda

Foto: Puy Ruiz de Alda

Caminábamos de noche cerrada por la avenida Hassan II, nombre que sobrevuela cada esquina del país, herencia de sombras y tabúes sobre Marruecos. El fuerte vendaval formaba remolinos con los papeles y las basuras de toda una jornada. La medina era ya una oscuridad absoluta, sólo interrumpida por algún garito de bocadillos de carne picada o el último puestecillo abierto rematando la recogida. Allí estaba el grupo habitual de hombres que merodea la puerta de uno de los hostales de la avenida, diríamos sin miedo a equivocarnos que en plena faena de los chanchullos del día, aquellos que les permitirán llegar a casa y celebrar la supervivencia una vez más. Pasábamos por delante de ellos mi amigo Rachid, mi gran amigo Rachid, y yo cuando uno de ellos nos asalta. Reconozco que el frío y la prisa me hizo poner la peor de las caras; quería que su inquisición fuera rápida y aquel hombre que salía de la oscuridad de aquellos soportarles no nos diera mucho la vara.

Rachid se detuvo y comenzó a intercambiar aceleradamente frases con él en marroquí. De aquella conversación sólo alcancé a comprender unas siglas: OLAMPID (o algo así). Y la palabra français salpicando la verborrea en árabe. Interrumpí a Rachid en plena conversación y le dije en español que qué es lo que quería ese hombre. ¿Qué organismo público estaba buscando a esa hora? Veo que el hombre reduce la velocidad de sus palabras y comienza a hacer énfasis en L’Eau, agua, l’maa, en árabe. Bueno, me digo, éste quiere liarnos con la dirección general de aguas y regadíos para pedirnos algo y no sabe cómo hacerlo.

L’eau limpide. “Antonio, ¿sabes lo que quiere decir limpide en francés?”, me espeta Rachid. “¿Existe límpido en español?” ¡Vaya pregunta filológica, leches! ¿A qué venía eso? “Pues… límpido, yo creo que es eso, de ahí viene limpio, claro, trasparente, algo así, ¿no?”, respondí a mi fiel amigo. Rachid, el amante de las filologías por partida doble o triple, asentía y explicaba a aquel señor de unos cuarenta y tantos años, cubierto por un gorro roñoso y con dentadura castigada, lo que creíamos que significaría la expresión L’eau limpide en lengua francesa.

En cuanto nos marchamos le pregunté a Rachid que a qué venía esa pregunta lingüística en aquellas circunstancias y mi amigo me reveló el misterio. Aquel señor se había topado con aquella expresión en algún viejo libro de texto, seguro que encontrado en alguna montaña de papeles amarillentos de las entrañas de la medina, mientras enseñaba a su hijo, con todo su esfuerzo desnudo, los mecanismos más básicos de la lengua francesa. Simplemente leer, el legado de leer y escribir. Sin diccionarios, sin saber casi nada de aquella lengua de los privilegiados, aquel hombre, aparcacoches tal vez, si es que tuvo la fortuna de poder afirmar una profesión, era incapaz de explicar a su niño el significado de aquella rara expresión: l’eau limpide. Rachid fue lapidario: ésta es la metáfora del drama educativo de Marruecos, de la tragedia de Marruecos.

L’eau limpide. Metáforas. Pura poesía. Hoy, sigo en vano buscando con google l’eau limpide en aquel verso trágico dictado en plena noche marroquí.