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Hassan (II)

Antonio Navarro Amuedo | 27 de diciembre de 2010 a las 2:39

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Si Patrice Lumumba es la calle principal de este barrio de Hassan, el bar Amanda es la cafetería por antonomasia. Ningún otro evento, ningún equipo como el Barça logra el llenazo de cada domingo en el café que hace esquina entre Youssef Ibn Tachfine, mi calle, y Lumumba. Allí encontrarán al pequeño y pluriempleado Mubarak, el portero de mi bloque –sobre el que te mandé una carta hace unos meses–, haciendo horas extras, y a Rachid, el camarero sonriente de la pajarita. También hallarán en las tardes futboleras a Ibrahim, mi vecino, el que está casado con la norteamericana, un doctor Jekyll en potencia al caer el sol por sus cambios de personalidad nocturnos. El Amanda acoge a menudo también a Hassan, empleado de la CDG y quien presume de pasarse largas temporadas en Francia viendo a sus hijos y de hacer hincapié en que por eso no le veo el pelo. Hassan es muy amable y nos hicimos amigos a raíz de su intervención en una de mis piezas televisivas para hablar de los hábitos de los rabatíes ante la inminente llegada del tranvía, que hace pruebas y más pruebas por las calles de la capital. Cuando sale de la Oficina Comercial, donde vive, también Ali, que vigila la entrada y salida del personal en el chalé donde España tiene su representación comercial, decide a veces verse los partidos del Barcelona o del Madrid en el café principal del barrio.

Como en todos los cafés de Marruecos, la gente atempera los sobresaltos futboleros con té a la menta, cafés, zumos o refrescos. Sin necesidad de alcohol, el griterío cuando el Barça o el Madrid, que son aquí los dos únicos equipos que cuentan, ya lo sabes de sobra, se acercan a puerta o marcan un gol es ensordecedor. Durante el último Barça-Madrid, en el que los primeros endosaron un 5 a 0 a los segundos, mi vecino Ibrahim se puso en pie y comenzó a dar un discurso dirigiéndose a los presentes en el que pedía a nosequién que Casillas se fuese del Madrid para evitar humillaciones semejantes en el futuro.

En el Amanda para cada tarde y noche -hasta bien entrada la madrugada en verano- un grupo de hombres indispensables en el barrio. No los conozco por su nombre, ni siquiera sé qué hace cada cual, ni he tenido acceso al contenido de ninguna de sus conversaciones, pero allí están ellos, desde el enorme y rebosante pálido señor del bigote, pasando por el trajeado jubilado de los puros, hasta el pequeño estanquero, todos comentan la vida, mientras apuran cigarrillos y juegan al dominó o las cartas. Allí están, día tras día, observando los movimientos del vecindario desde su rincón estratégico. No cabe duda de que son respetados. El grupo de hombres del barrio cede la esquina en las mañanas y los mediodías a los funcionarios de los ministerios cercanos, empleados de la televisión marroquí o pasajeros ocasionales, que disfrutan alegremente del sol en aquellas sillas de mimbre y sus estupendos zumos de naranja.

El barrio no deja de darte sorpresas y hace unos días uno de esos chavales que, en una rotación incesante –ejemplo de solidaridad de esta sociedad–, echan una mano en el guarro adivinaba que yo no era ni del Barça ni del Madrid, sino del Sevilla, y que se acordaba de mí soportando los nervios de ver un Madrid-Sevilla en el Bernabéu en el que me quedé solo celebrando los goles de mi equipo. No era una estampa muy habitual, desde luego, ésa de ver a un guiri apoyando a uno de esos 18 equipos que sirven de entrenamiento al Barça y al Madrid en un café tela de juya. No era el Amanda, sino otro que hay subiendo por la avenida de Patrice Lumumba , que prepara unos tajines de pollo y de carne de vaca –que no de ternera– más que aceptables mediodía. Eso sí, si llegas después de la una y media juegas con fuego: raramente queda algo que llevarse a la boca. Si eso te ocurre, siempre nos quedan los paninis o los shawarmas del Bon appetit. A mí nunca me volvieron loco sus hamburguesas, como tampoco los paninis o sus tajines. Su carta es breve, como ocurre en la mayoría de snacks de esta estirpe en la capital y aun en todo el país. Lo que más disfruté fueron los cuscuses de los viernes recibiendo a algún visitante o a una hornada de becarios españoles. Pese a la simpatía de sus camareros, de su sonriente cocinero, que se parece a Mario Bros, todos sufriendo por hacerse entender en francés con nosotros, reconozco haberme puesto en el Bonap muy nervioso al ver que, como casi siempre, da igual lo que uno pida para comer porque siempre acaban poniendo lo que les da la gana.

Los cafés animan la vida de Hassan. A medianoche, las sillas se apilan en su interior. Es la hora decente de la recogida. Apenas alguna de las épiceries resiste por encima de las doce; únicamente un café cercano, gracias a la silenciosa labor de aquel simpático señor mayor del gorrito, sigue dispensando por una diminuta ventana el mejor pan rond de Hassan, que cuecen en un horno que se abre detrás de la caja registradora. Llega entonces el momento de los clubs de Patrice Lumbumba, que comienzan su baile de chicas que se bajan de los pequeños taxis azules y de señores que salen dando tumbos de los prostíbulos del barrio. Pero eso te lo contaré otro día, ¿vale?

Hassan (I)

Antonio Navarro Amuedo | 22 de diciembre de 2010 a las 5:10

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La verdad es que sigo sin saber por qué el barrio, mi barrio, se llama Hassan. Al igual que desconozco por qué toma ese nombre la torre almohade que, colgada sobre el estuario del Buregreg, simboliza la ciudad de Rabat. Sus calles aparecen en los mapas bajo la expresión sobreimpresionada de los nuevos ministerios rabatíes, junto al Palacio Real de la capital marroquí. Por el norte, la Chellah, ese remanso pacífico de cigüeñas, naranjos y pasados mestizos entre venus decapitadas y minaretes almohades hoy pasto de jaramagos. Por el sur, la Place Pietri, con su mercado de flores, que asemejan coronas fúnebres más que cualquier otra cosa, su enorme espacio vacío en la parte central y la mastodóntica torre de la CDG. Por el este, la gran mezquita de Hassan y las murallas de uno de los palacios reales de Mohamed VI. Cuando llegué a la ciudad me aseguraban que me cruzaría al monarca haciendo footing por las calles del centro a menudo, pero lo cierto es que nunca le he visto el pelo al Rey. Y parece que este palacio no es uno de sus predilectos, aunque esta enorme parcela de tierra funciona como una ciudad autónoma. Eso sí que son ciudades autónomas y no Ceuta y Melilla.

Atraviesa y vertebra Hassan, o por lo menos este lado donde habito de Hassan, la avenida Lumumba, que toma nombre del líder anticolonialista congoleño y ex primer ministro de la antigua posesión belga.  Allí los coches pasan rápido y los autobuses, dejando su reguero de humos negros, más. Avenida que me he pegado algún susto morrocotudo al ver bajar en sentido contrario algún coche con espabilado e irresponsable al volante. Con todo, es el corazón del barrio. Allí está el guarro, o el sucio, según gusto, una de las múltiples epiceries o tiendecitas de ultramarinos que salpican el barrio, la ciudad y yo diría que el país entero. La diferencia entre esta tienda y las otras, lo que la hace distinta y merecedora del apelativo, es el estado general de la cosa. Difícil es encontrar uno de sus frigoríficos encendidos y las frutas y las verduras, que allí -salvo las cebollas y los tomates sólo a veces- tienen peor pinta que en otros lugares y descansan en sucios cajones en plena puerta. Hace tiempo, mucho tiempo, que no veo a Omar, el espabilado –como él solo– y amabilísimo dependiente; tan solo un adolescente que estudia, entre cliente y cliente, español e inglés debajo del mostrador. Cada vez que entraba aprovechaba para apuntarme pacientemente en una hojita de papel de estraza alguna nueva palabra de árabe marroquí, a la vez que para pedirme que le regalara una nueva en mi lengua. Y para poner en práctica, para sorpresa y admiración de los compañeros de negocio, como Mohammed, lo nuevo aprendido en inglés.  El guarro es el lugar perfecto para los desavíos, como decimos en mi tierra. Abierto hasta momentos  intempestivas, este pequeño comercio tiene lo indispensable: cuscús, macarrones, arroz, refrescos, yogures, conservas, aceitunas, chocolatinas –de muchos tipos–y productos de limpieza. Ahora bien, el pan es puro chicle, de lo peorcito de la zona.

Subiendo por Patrice Lumumba hacia la zona de los cuarteles encontramos una especie de plaza, la que forma la calle de Tánger. El Instituto Británico en un extremo; el bar de un bereber simpático que hace unos tajines de cordero con verduras auténticamente para chuparse los dedos –me encanta ver a los profesores ingleses comer allí y dejar aparte escrúpulos rebañando los tajines con el pan- y la carnicería. Nunca encontré en ésta una ternera magnífica, pero sí una amabilidad desbordante. Desde el carnicero brutus, como lo he llamado siempre para mis adentros, hasta el sonriente señor de la caja y el bigotillo. Como en la mayoría de los comercios de Marruecos, siempre hay un señor, el mismo –suele ser el dueño, pero no siempre–, que está en la caja y cumple exclusivamente la función recaudatoria.

Justo en la esquina de Lumumba y Tánger está Jamid, que hace furor, dicen ellas, por sus ojos verdes entre las jóvenes españolas del barrio. Otro bereber, de la región de Agadir, como tantos y tantos que emigraron a Rabat o Casablanca para ganarse la vida y que se dedican, en su mayoría, a regentar cafés, panaderías o tiendecitas como la de Jamid. Su fruta no es la mejor –a mí, cuando tengo tiempo, me gusta bajar al mercado de fruta y verdura de la medina–, pero la conversación en francés con él siempre nos gana, una vez más, para estar prestos a volver a su pequeña guarida. Cuando sale de los dos metros cuadrados donde pesa las frutas, reza, come y ve los partidos del Barça en una tele minúscula, Jamid engaña, porque es más pequeñito de lo que uno puede imaginarse a priori. Dos de sus hermanos trabajan con él. También corrió el rumor de que uno de los aparcacoches, un señor con bigote y mono azul poco hablador, la verdad, no sé si de suyo natural o porque no domina la lengua francesa –y eso ya es un fastidio para nosotros–, era su padre, para asombro y decepción del respetable. Cómo el gran Jamid, que no duda en preguntarnos nunca por nuestros predecesores españoles en el barrio y en enseñarnos los números en árabe marroquí con cada vuelta de la compra, podía permitir que su señor padre anduviese colocando calabacines en las bandejas de plástico negras antes de pesarlas en la báscula. Finalmente este extremo nunca fue confirmado.

Mañana te sigo contando lo que ocurre en los cafés, que son el auténtico pulsómetro de la vida del barrio, ¿vale?