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El rey preocupado

Antonio Navarro Amuedo | 12 de abril de 2012 a las 9:23

Mohamed VI, el rey de Marruecos, debe de andar inquieto en estos momentos. No voy a detenerme aquí en recordar el poder omnímodo que concentra en su figura el monarca alauita. El rey es comandante de los creyentes (Emir al Muminin), es decir, máxima autoridad religiosa del país; a pesar de que en Marruecos hay un sistema parlamentario multipartidista, el monarca ejerce de facto los poderes ejecutivo y legislativo. Además, como han estudiado en el ensayo recientemente publicado Le roi prédateur  los periodistas franceses Éric Laurent y Cathérine Graciet, Mohamed VI está presente en todos los grandes negocios del país y se enriquece escandalosamente con ellos. Mohamed VI, sin embargo, es plenamente consciente de que la inmensa mayoría de los marroquíes, que nunca lo han cuestionado, son muy pobres. Pobres de solemnidad. El 15% vive con menos de dos dólares al día. Y en torno al 50% de la población es analfabeto. Y la gente, como ha demostrado lo que se ha dado en llamar la primavera árabe, tiene un límite.

La ola de revueltas de la indignación árabe tuvo sólo un eco leve en Marruecos por razones que no se expondrán ahora. Pero el cóctel explosivo de pobreza y analfabetismo, muy similar al que hizo explotar la cólera popular en Túnez y después en varios otros países del mundo árabe, y el malestar general están ahí, donde siempre. La crisis económica que azota la Unión Europea, principal socio comercial de Marruecos, se está dejando notar en las exportaciones marroquíes. El flujo de inversión extranjera también ha caído. Este año, además, la sequía se está cebando con la agricultura –un sector que representa algo menos del 20% del PIB de Marruecos y ocupa al 40% de la población–, que es absolutamente clave para el funcionamiento del país.

 

 

Europa –y muy especialmente Francia y España, principales socios de Marruecos– está enfrascada en sus graves problemas domésticos. No está para perder mucha fuerza ni para hacer dispendios precisamente. Es difícil determinar en qué medida las partidas de cooperación destinadas al Magreb van a reducirse. Pero no cabe mucha duda de que sufrirán mengua. Las cuentas de la paz social –en un país en el que los alimentos de primera necesidad y los hidrocarburos están subvencionados– podrían no salirle a Mohamed VI. Es un asunto del que no se habla en la prensa y opinión pública española en estos momentos, suficientemente preocupada con los recortes, las primas de riesgo y las amenazas de rescate por parte de la UE. Pero Europa y España de forma particular saben de lo importante que es tener un Marruecos estable y a un régimen relativamente contento a las puertas mismas de sus fronteras.

Todos estos factores ponen las cosas realmente difícil al gobierno que preside Abdelilá Benkirán, un islamista domesticado por el régimen –en su juventud llegó a implicarse en acciones violentas practicando la yihad y hoy es un padre de familia de aspecto bonachón–y vencedor con el PJD de las elecciones de noviembre de 2011. El gabinete real tiene por delante una coyuntura particularmente desfavorable que está agravando la situación de la ya malhadada de por sí población marroquí. El malestar aumentará. En el norte de Marruecos, donde no se andan con chiquitas, varias localidades registraron en el arranque del año fuertes enfrentamientos entre vecinos y fuerzas de seguridad porque no soportan más la miseria y la falta de oportunidades. Un estallido social serio puede estar al llegar. El rey le vio las orejas al lobo a comienzos del año pasado cuando observaba por la televisión lo que pasaba simultáneamente en Túnez, Libia, Egipto o Bahrein. Anunció a comienzos de marzo una nueva Constitución que le restaba atribuciones y adelantó las elecciones. Insuficiente. Y él no tiene oro negro con el que regar los amarillentos campos del Sus-Masa-Draa ni con que calmar los ánimos de sus indignados.

Punto y seguido

Antonio Navarro Amuedo | 12 de abril de 2012 a las 8:25

No acabo de encontrar en el cajón más cartas dedicadas al Magreb de aquellas escritas en cualquiera de los atardeceres veraniegos del estuario del Buregreg o en cualquiera de los vagones de algún tren camino de Fez o Marrakech seguramente agobiado por el calor y las enormes maletas que hallara por doquier. Voy a seguir buscándolas. Entretanto, esta bitácora continúa. A partir de ahora, las epístolas, pues, irán intercaladas con pensamientos a vuelapluma o reflexiones más extensas sobre la actualidad del Magreb y de Marruecos en especial. Marruecos está ahí cerca y muy lejos, cada vez más cerca y más lejos. Dicen que algo ha cambiado en Marruecos en los últimos meses. Otros dicen que todo sigue igual. Nadie sabe muy bien qué va a pasar en los próximos tiempos. Con el deseo de que sea algo bueno, grande o pequeño, iré dando cuenta de lo que dicen los titulares y lo que pasa en la escena pública de Marruecos en la medida de mis limitadas posibilidades. Y también de la intrahistoria que hacen los sufridos habitantes de esta bella tierra que el sol premia con luz poderosa. Y prometo, repito, copiar la primera carta que vuelva a encontrarme para sumarla a la pequeña colección que sigues teniendo aquí.

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Trenes de cambio

Antonio Navarro Amuedo | 27 de enero de 2011 a las 2:30

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Túnez perfuma de jazmín el Magreb entero desde hace semanas. Hasta estos olivares grises y pueblos borrosos por la humareda de las carnes a la parrilla llegó el aroma del fin de una dictadura que se hacía de oro de forma impune ante la mirada atónita del pueblo. Hoy, la sociedad tunecina trata de abrir el tortuoso camino de una democracia que nadie les regalará. Justo es que ese país,  los ciudadanos del Magreb en su conjunto, todos, en fin, honremos siempre el sacrificio hecho por miles de personas que pusieron en riesgo su integridad física y su vida al cabo –¿cincuenta, cien víctimas mortales?– para comenzar a menoscabar la autocracia y la injusticia. Las protestas, más movidas por la desesperación y por el hartazgo ante la arbitrariedad y la losa de soportar regímenes programados para perpetuarse que por causas políticas demasiado lejanas, se esparcen por la región.

Desde la perspectiva occidental, que trata de encuadernar cuartillas que vuelan movidas por vientos dispares, que intenta en vano clasificar y etiquetar siglas y confederaciones, se observa cómo el Magreb, el Norte de África, el mundo árabo-musulmán, qué más da, se despereza. Por toda Argelia miles de personas salieron a la calle a gritar su enfado, a decir que ya se han cansado de la nada, del vacío de mañanas sin mañana. También en Marruecos, donde templados por las circunstancias, miles de jóvenes licenciados protestan por la falta de horizontes y de empleo mes tras mes ante edificios oficiales con lealtad patriótica. Desde hace dos días, en Egipto miles de personas salen a la calle para pedir el fin de la dinastía de los Mubarak, sin ganas ningunas de ver al segundo eslabón de la familia reinando en El Cairo.  Who’s next? Los nombres se suceden: Yemen, el Líbano, Mauritania… ¿Seguro? ¿Hay lógica en la enumeración? ¿Son frívolas las descargas de vídeos de Youtube sobre este contagio de revoluciones en el Oriente Medio, los twits desde el corazón de la protesta y los sms desde la puerta del Parlamento?

Viajo en un tren desde Rabat a Fez, en uno de esos que nos conocemos de memoria y que pueden alargar tres horas al infinito de calor, frío o todo lo contrario bien rodeado de humanidad en cada compartimento. Llega el chico del carrito de las cocacolas templadas y unos bocadillos de pollo que entran de escándalo en cualquier momento. Tiene problemas para continuar su tránsito por el pasillo porque una señora ha traído consigo tres bultos, uno de ellos la clásica bolsa de cuadros blancos y rojos que hemos visto tantas veces, además de otras dos maletas enormes azul marino. Yo también voy bien cargado. Nada más verme, los que serán compañeros de compartimento me hacen hueco y me ayudan a alzar mis maletas a la repisa dedicada al efecto. Como siempre. Saco una novela que compré en este lado del Estrecho cuando, con mis compatriotas, quemábamos tarjetas de crédito cargados de bolsas mucho más livianas que las de aquí. Me tiene desconcentrado tanto vaivén de un lado a otro de la frontera, del suelo firme a la tierra de esas revoluciones orientales que salen por la televisión.

La mayoría de la gente se ha bajado antes de Meknès. Me quedo solo en el compartimento con un simpático vendedor de zapatillas de baloncesto cuneras y made in China en la medina de Fez. Es licenciado en Geografía. Tiene 38 años y dos niñas pequeñas. Viaja cuatro veces en semana en aquel tren a Casablanca, en cuyo puerto adquiere la mercancía que después venderá en la vieja medina de la ciudad imperial. Lo de Túnez sale pronto en la conversación. No lo rehúye. “¿Algo así en Marruecos?”, se pregunta ante mi sugerencia. “Si la mitad de la gente aquí no sabe ni leer ni escribir, ¿cómo van a protestar? ¿Qué van a pedir?” La síntesis es lapidaria. No tengo nada más que contarle. “Pese a todo, me dice, Casablanca se mueve, hay más trabajo que antes”. Giramos la vista a la ventana y vemos un grupo de impasibles jóvenes que, sentados sobre las vías, observa al infinito la caída del sol ante el testigo mudo de los olivares plateados.

Aromas de jazmín y libertad

Antonio Navarro Amuedo | 25 de enero de 2011 a las 22:12

Notre-Dame de l’Atlas

Antonio Navarro Amuedo | 21 de enero de 2011 a las 3:33

Tibhirine es, como he podido ver cómodamente sentado en la butaca del cine, lejos del frío y la pobreza, como cualquiera de esos miles de lugares remotos que salpican las tonalidades pardas de la cordillera del Atlas. En sus casas colgadas en una ladera que en verano el sol castiga y en invierno cubre la nieve buscan refugio de la intemperie gentes que no distinguen el cielo del horizonte porque no han oído hablar de él. Un poco de pan, una cabra o un cordero que repartir entre varias familias y muchas patatas y cebollas para dar cuerpo al tajín. La vida es aquí idéntica a la de otras aldeas que hemos recorrido en la misma cadena de montañas grises y blancas del norte de África. Una adolescente del pueblo pregunta en la película a un viejo monje francés perteneciente a una pequeña Abadía cisterciense y que ejerce de médico de la aldea qué se siente cuando se está enamorado de verdad. “Que el corazón palpita más rápido. A mí me ha pasado varias veces”, responde el veterano monje. Es único maestro dispuesto a hablarle a la joven de aquel concepto inédito y extraño.

Los religiosos franceses de la Abadía de Aiguebelle fundaron 1938 en este rincón montañoso del norte argelino Notre-Dame de l’Atlas, que rodean huertas, mezquitas y gentes amables y sencillas.  No me cuesta nada creer, como describe la película, que la convivencia entre la pequeña comunidad católica y los vecinos de la localidad fuera armónica. Ante el miedo que comienzan a sentir los miembros de la congregación a un ataque de una milicia radical que empieza a acecharles, una señora del pueblo se pregunta con dolor qué será de ellos cuándo los monjes se marchen. Me resisto a redundar en maniqueísmos, a comparar la compasión y la bondad de aquel grupo de monjes cistercienses asesinados a manos de un comando de terroristas en plena guerra civil argelina, en el año 1996, con la  perversidad de los terroristas y de su ideología fundamentalista basada en el Islam –sería injusto decir que De dioses y hombres, que he visto esta noche, lo hace. Me resisto a marcar otra línea que la que separa la desesperación, el fanatismo y la violencia enraizada en una sociedad como la argelina de aquellos años y la inocencia de las víctimas, en este caso un grupo de monjes que decide compartir el miedo con sus vecinos de Tibhirine  y permanecer fiel a su misión hasta el final.

Me quedo con la última carta del diario que Christian, prior de la abadía, redacta ante la posibilidad de un ataque al monasterio como el que acaba produciéndose y con su defensa de la gente y de la paz, del común del ser humano que hemos visto en el Magreb, que es lo único que hemos contemplado una y otra vez en frías montañas, en incómodos y asfixiantes trenes, en remotos pueblos del sur. Notre-Dame de l’Atlas sigue hoy acogiendo una pequeña comunidad religiosa rodeada de huertos y olivos, no lejos del Mediterráneo azul, y de personas que no quieren otra cosa que seguir un día más con vida; luchar por lo suyo y los suyos. Como hacían las gentes que disfrutaban de la caída del sol en aquella tarde del último verano en los alrededores de Notre-Dame d’Afrique, en Argel, mientras una religiosa española nos contaba noticias cargadas de optimismo.

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Foto: Puy Ruiz de Alda

Argel

Antonio Navarro Amuedo | 18 de noviembre de 2010 a las 20:41

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Argel es como una mujer perfumadita de pino piñonero volviendo de la Tipaza de Camus, hacia Poniente. Argel es el recuerdo de aquel mirador del barrio de Hydra, que hacía en la noche de verano de su bahía un lugar elegante, un iluminado puerto mediterráneo. Así la recuerdo cuando me dispongo a dejar tinta azul sobre el sepia de una postal abandonada durante meses sin mayor explicación que el rechazo a hurgar en las nostalgias estivales. Es la lástima de haber aguardado tantas semanas; permanecen las luces y desaparecen los detalles desagradables de una ciudad que languidece víctima de la cerrazón de unos pocos y la ignorancia de la mayoría, que es lo que pasa en casi todas partes.

Prefiero acordarme ahora de Argel desde la tranquilidad de la explanada de la belleza bizantina de Nôtre-Dame d’Afrique, donde monjas españolas nos aseguraban que allí han convivido siempre todos sin mayor inconveniente. Prefiero acordarme de un suburbio de asfaltos pegajosos y confiterías olorosas llenas de abejas, recordando a un mismo mar común en aquel paseo.

No quiero acordarme de la miseria de su periferia ni de las ruinas de su kasba, que me decían que es Patrimonio Mundial de la Unesco pese a que nos apenara el hecho de encontrarla como un vertedero. Ni del interior ruinoso de sus nobles inmuebles coloniales, domicilio de manadas de cucarachas. Prefiero recordarla como una bella cautiva asomada al Mediterráneo en una tarde del mes de julio. Llegamos entonces dispuestos a olvidarnos del pasado de batallas y rencores y apurar los resquicios de una ciudad que, como todas las ciudades, estábamos convencidos de que nos reservaba toda la vida necesaria y aventuras, que son para el verano.

Prefiero acordarme de Argel como una ciudad triste, triste de la pena de haber sido el esplendor que las crónicas y los viejos nos cuentan. Hoy Argel es una sucesión de historias encerradas en el perímetro de una urbe que no puede escapar de la amenaza de bombas y pistolas y que es víctima de controles militares omnipresentes. Abandonar la capital argelina es someterse a la tiranía de las garitas policiales por carretera, de señores uniformados con chaquetas con las mangas largas o incluso con mangas muy cortas -lo que nos hizo soltar una buena carcajada- que demandan pasaportes portando metralletas. Mientras, como si nada, los pinos apestan a resina sobre los acantilados azules del Mediterráneo.

Hay, en efecto, en Argel la tristeza de un pueblo que sufre los rescoldos de un régimen de uniformes, otrora prosoviético y revolucionario, hoy empeñado en seguir afirmando una ideología que ya ha perecido pese a que aquí los dinares rebosen en las arcas del estado gracias a las ventas de gas y petróleo. En los museos nacionales asustan las granadas, las trincheras recreadas y la hostilidad anticolonial en documentales y vitrinas contra lo francés celebrada a lo bestia en monolitos vertiginosos. Mientras, la sociedad trata de escapar por los resquicios de un Islam que aprieta y de un aislamiento que asusta.

Rarísimo, misión casi imposible fue la de hallar en sus calles, de un barrio al otro, una franquicia de marcas occidentales, fábricas de metáforas en todo el planeta de la globalización. Argel no fue capaz de regalárnoslas, plagada de tiendecitas de zapatos, frutos secos y muebles todo sospechosamente al cien por cien nacional. La oficina de turismo argelina que encontramos en un paseo marítimo frente al puerto era una casa fantasma; milagroso fue dar en la kasba con el último artesano, el único capaz de hacernos creer que ante su taller se detienen a menudo grupos de jóvenes que deambulaban como el nuestro pertrechados de cámaras digitales y cargados de curiosidad. La expedición era recibida por Doñoro, el conquistador desaliñado, expedicionario vasco encallado en estos confines inhóspitos del Magreb o un último de Filipinas que ve pasar generación tras generación a becarios y viajeros ocasionales para abrumarlos con su conocimiento de la ciudad y el país. Una enciclopedia al servicio lo mismo de los mejores garitos de chorba frita, que de las oportunidades de negocio para las empresas españolas del sector agroindustrial y las renovables en suelo argelino.

Pese a todo, el odio contra los creadores del Argel colonial de manzanas de elegantes fachadas blancas y rejas azules añil se debilita cuando la vida nos obliga a mirar hacia el futuro. Hay que conectarse al mundo, aprender el francés de las empresas europeas que aterrizan no sin dificultades para hacer negocio en un país de infraestructuras oxidadas y tanto por hacer. El projecto panárabe duerme el sueño de los justos y la unidad magrebí hace lo propio víctima del conflicto irresoluble del Sáhara Occidental.

Hoy leo Argel en los periódicos marroquíes y en una y otra página web de las que estos días nos cansan asociada machaconamente a la hostilidad de un régimen expansionista contra la Monarquía alauí de este lado del Magreb. Me niego a tener que elegir para tomar partido y reparto las simpatías entre Rabat y Argel, entre pueblos generosos que habitan a ambos lados de una frontera artificial; gente que dice labas?! cuando te la cruzas en la calle para preguntarte cómo estás. No reconozco a la ciudad blanca que aguardaba con su misterio de mujer cautiva entre las líneas de estos papeles amarillentos que repaso con la nostalgia de un verano que se nos escapó sin remedio.

Teoría general del juyismo (I)

Antonio Navarro Amuedo | 25 de octubre de 2010 a las 1:00

No todos los marroquíes son juyas ni son sólo juyas los marroquíes, pero, juya, pronunciado a la española, del árabe magrebí para significar en español hermano, es un concepto profundamente vinculado a estas tierras. En nuestra lengua, el símil más cercano sería el de cañí o, de forma más pedante, carpetovetónico. El término juya se extiende sin oposición por la comunidad hispana de Marruecos asentada principalmente en las dos grandes ciudades del país, Rabat y Casablanca. Aunque la citada voz posea un significado muy inequívoco en el árabe de Marruecos, el concepto que se introduce en la lengua española no es difícil de comprender para los marroquíes que frecuentan los ámbitos hispanohablantes. Incluso lo utilizan con sorprendente destreza. Los lingüistas aún no se han puesto manos a la obra para dilucidar cuándo este arabismo se introdujo en la lengua de Cervantes, pero hay quienes apuntan a que pudo producirse en plena crisis económica internacional, a comienzos de 2009. El desembarco masivo de becarios y empresarios procedentes de la orilla norte del Estrecho en busca de oportunidades de negocio en el Magreb favoreció el contacto entre las dos lenguas y, en fin, el préstamo lingüístico con cambio semántico incluido se hizo posible. Hay que dejar constancia de que no siempre el término es bien entendido ni recibido entre los nativos cuando es utilizado en este sentido que nos disponemos a explicar y puede que no les falte ni un ápice de razón en su queja.

La palabra juya puede emplearse tanto como sustantivo como adjetivo. Un juya, los juyas. El juya me dio una brocheta de cordero. O, con valor adjetival: Me llevaron a un restaurante juya. ¿Qué significado encierra este concepto aparentemente sencillo? No será difícil de definir: medio kilo de cutrismo o cutrerío, otro medio de necesidad, otro de picaresca, cuarto y mitad de ingenio y doscientos cincuenta gramos de dejadez congénita. Agiten sin mucho ahínco que se mancharán la delantera y ahí tienen servido el cóctel juya. Arreglarme una fuga de una cañería que causaba humedades inmensas en la pared de mi armario con un trozo de chicle, eso es juya. Tapar un socavón en la calzada de un metro de profundidad con la placa de un stop durante meses, eso es juya. Sigamos poco a poco.

Hay barrios juyas y otros que no lo son tanto. Para los que viven o han estado en Rabat, comprenderán qué quiero decir cuando afirmo que la medina es juya por definición y Agdal, Suisí o Hay Riad o no lo son o lo son muy poco. Hay ciudades enteramente juyas, como la caótica y fascinante Casablanca, gracias a la que se acuñó el urbanismo juyal. Aún queda mucho para que las antiguas medinas, catedral del juyismo más genuino, se conviertan en los manuales de historia en juyerías para competir con juderías y morerías. Pero todo se andará.

Existe hasta una filosofía política, la del juyismo ilustrado, que tiene poco de despótica y mucho de popular, pues nada para el pueblo y encima sin el pueblo, que así seguirán siendo las cosas mientras sigan mandando en el mundo monarcas a la manera del Antiguo Régimen.

No sólo los marroquíes, repito, son juyas. En España tenemos miles. Quizás, el sur, por su proximidad al Magreb, sea la tierra ibérica que más cuente con juyas entre sus vecinos. Pero hay muchos juyas repartidos por toda la piel de toro, que hasta ahora se definieron con otros términos (canis, poligoneros, chonis, castizos, etc.), aunque ninguno precisa lo que ustedes ya a estas alturas de la carta comenzarán a entender como la propia citada voz. Muchos italianos sureños tienen su ramalazo, como los portugueses, como los griegos, por citar tres nacionalidades. Y hay muchos en otros países de la ribera sur del Mediterráneo, del Magreb a la Península Arábiga. Yo ya soy bastante juya, mucho. Me doy cuenta cada vez que me meto en un tren y, automáticamente, aunque vaya de Rabat a Kenitra, me estiro como si estuviese en mi cama y ocupo tres o cuatro asientos de un compartimento para echarme una siesta. Y me encanta hacerlo. Seguiremos deconstruyendo al juyismo.

Foto: Miguel Roca

Foto: Miguel Roca

Los chicos del pavo

Antonio Navarro Amuedo | 14 de octubre de 2010 a las 3:20

Los pavos son en Marruecos bastante apañados para hacer brochetas, que, gracias a los aliños de comino, salsa picante y sal, poco importa al final de qué tipo de carne están hechas. En España, en la categoría de las carnes, vienen después del pollo y, de insípidas que son si no son fritas con ajo y perejil abundantes, muchos diríamos que son las últimas en la escala. El cordero, que no el lechal, sino carnero o borrego viejo, hace de pilar de la dieta nacional en Marruecos y desmiente la exclusividad que disfruta al norte de Tarifa una carne que queda allí reservada para las fiestas navideñas y de guardar. Aquí en el Magreb los pavos tienen también forma de adolescentes, como pasa allá arriba y en todas partes y, te lo aseguro,  se ríen por las mismas tonterías por las que nos reíamos entonces. Ahora comprendo la irritación del profesor, que antes no llegaba a entender, ya que entonces me parecía pura pose que encerraba la incapacidad de poder reírse de las mismas cosas que nosotros, de alcanzar la compresión de nuestros códigos, nuestras complicidades y, por tanto, esa envidia le empujaba a echarnos la bronca. Lo he visto en mis clases del Instituto Francés de Rabat, donde mis compañeros lucen las espinillas en la cara y los bigotillos cantinfleros de rigor, pero dan los estirones de forma diferente a sus colegas de la medina y la tienda de ultramarinos de abajo mismo.

Existen muchos Marruecos concéntricos y los muros del Instituto Francés de Rabat tienen la forma de uno de esos círculos que separan las clases, los sueños y los límites de este pueblo. Los chicos del pavo son como los chicos del coro de la peli francesa, pero con pelos rizados que ellos mantienen corto por precaución a los volúmenes y la tez morena de los magrebíes en vez de aquel rubio que asustaba en pleno sepia de la posguerra europea. Son malos a ratos pero cuando se ponen, sacan los ejercicios de compresión de textos, de estos artículos fotocopiados de Le Monde o Le Figaro, que da gusto. Las niñas de mi clase no llevan velo, no sé si porque saben lo que Sarkozy es capaz de hacer en Francia o porque jamás lo vieron en sus casas de Agdal, Suisí o Hay Riad, que son los barrios de donde vienen para mejorar la ortografía y la sintaxis de la lengua francesa, en la que estudiarán las materias universitarias y harán carrera en alguna empresa, ministerio o bufete de abogados.

Los chicos del pavo son marroquíes, pero pronuncian el francés que asusta de bien. Una de las chicas, cuando el profesor explicaba el significado de la palabra belvédère (mirador), poniendo el ejemplo del emplazamiento de la Torre Hassan, que es el símbolo almohade de la capital marroquí, lo interrumpía bruscamente. La niña decía que mejor valía Trocadero y la Torre Eiffel para ejemplificar la palabra que habían descubierto en la fotocopia y que así se entendería mejor. Me los imagino de jóvenes tomando café en el Marais, comprando un kebab en las cuestas de Montmartre o paseando bufanda al cuello en Saint Germain-des-Prés en busca de viejos libros sobre inmigración y sociología tras salir de la Fac. Seguramente leerán en algunos de esos volúmenes amarillentos páginas sobre la  neocolonización, aunque de momento son muy jóvenes para interesarse por esas cosas.

Mis compañeros de clase son marroquíes, pero tienen Play Station 3 -ya no sé por qué número va la última-, hablan francés en casa, van a entrenamientos de baloncesto, que los hay de uno noventa con quince años, y veranean en Marbella, Portugal o Mallorca. Y tienen los dientes en su sitio, con aparatos en la boca más de uno, famosos brakes; de los pocos que he visto en estos dos años en estas tierras norteafricanas. Con la misma edad que Ahmed, el que estaba sentado a mi lado hoy en clase, Omar, que ya me dice “pimienta negra” o “toma el dinero” en español, cierra a las doce de la noche la épicerie de mi calle, después de doce horas detrás de un mostrador vendiendo cebollas, tomates, pan y cigarrillos sueltos. Omar aprovecha entre cliente y cliente para aprender español e inglés con un par de librillos que tiene detrás de la caja. No le gusta el francés, no sé por qué. Nunca ha ido a la escuela, pero es espabilado como él solo.

El profesor, digo, también es marroquí, pero luce un chaleco con el cuello de pico, pantalón de pinza gris y zapatos negros con cordones, una combinación muy de profesor europeo. Alucino viéndoles hablar de Baudelaire y de Ronsard, de sonetos y novelas, cuando la Revolución Francesa y los ideales de Rousseau, Montesquieu y la Ilustración aún no han llegado al Parlamento de su país, que está a doscientos metros de nuestra clase. ¿Qué periódico marroquí llevará este profesor debajo del brazo cuando salga a tomarse un café después de clase? ¿A que no se te ocurre ninguno?

La oscuridad de la tarde, camino del Instituto Francés, en una lluviosa tarde otoñal me retrotrae a mis primeros meses en la húmeda Rabat de hace dos años. Mis compañeros de entonces me ofrecieron unas de los primeros rostros de Marruecos, mucho antes de sumergirme en la humanidad de los trenes familiares a Marraquech y de los jornaleros en autobús camino de las tierras de Larache y Tetuán.

Mis compañeros de clase me miran como un extraterrestre. Todos saben que soy español, como una amiga que también ha venido a perfeccionar su francés y que sufre parecidas sensaciones que yo, y que estamos en clase por razones y en circunstancias completamente diferentes a las suyas. No obstante, la complicidad con nuestro país es la misma en las aulas del Instituto Francés, quizá teñida de un punto de distancia que propicia el entorno galo, que en el resto del país y el profesor se afana en sacarme algunas palabras en español. De repente, al oírme decir la frase en castellano, salta uno de fondo y grita: ¡¡Barça!! Y el resto comienza a reírse a carcajadas.

Mis colegas de clase tienen diez años menos que yo y, aunque me veo incurriendo en los mismos vicios y pecados que entonces, cuando yo tenía su edad, jugueteando con el boli, charlando con mi amiga en plena explicación del profesor, pensando en mis cosas mientras agacho la cabeza para que que no me mire a mí para preguntarme y me deje en paz en el tiempo que queda, mirando a la chica más mona de la clase y la cara del espabilado del grupo, no somos ya los mismos. Me miro en el espejo de estos chicos y aprendo que ya no luzco esas espinillas, sino una barba bien dura, que me han salido algunas canas, que es una palabra que ellos asocian con sus padres y abuelos, y que a ellos les quedan unos pocos años encerrados entre aulas antes de que la vida los lance a eso que llamamos edad adulta, que es la hora de la verdad, cuando el árbitro dice que empezó lo serio de la cosa. Ese día en que la edad del pavo quede atrás definitivamente.

Chomsky en un petit taxi

Antonio Navarro Amuedo | 1 de octubre de 2010 a las 14:47

“Salam Alekum”. “Alekum Salam”. “À l’Agdal, s’il vous plaît”. Apenas arranca el petit taxi azul de Rabat, uno de los muchísimos que he probado en todas las geografías del país, con sus cinturones desvencijados y puertas que se niegan a cerrar y abrirse, centenares de veces, en dirección al barrio de las franquicias occidentales y los marroquíes desahogados, cuando el taxista comienza a darme explicaciones. “Esto que oye –como tantos y tantos petit taxis, el vehículo es una pequeña mezquita motorizada– es el Corán. Hay dos formas de recitarlo. Ésta es una”. Asiento como si acabara de poner mis pies por vez primera en Rabat y Marruecos. No tengo muchas ganas de dar explicaciones.

El taxista, trajeado pero víctima de una corbata lila con dragones estampados, prosigue. “No es una oración como alguna gente pudiera pensar; son versos del Corán recitados”. Sigo haciéndome el nuevo; ya sé que tengo cara de haber llegado esta tarde a un congreso sobre democracia en Oriente Medio en la Universidad de Rabat, me digo, pero no me queda otra. “Como le decía, hay otra manera de recitarlos”. Sin mediar palabra, el conductor saca el CD con la música coránica, lo guarda en una funda de plástico para inmediatamente introducir otro. El árabe clásico comienza a flotar, con la misma cantinela, por el pequeño taxi. “¿Nota la diferencia? Es la otra forma de recitar el Corán. Ya no existen más maneras. Ambos recitadores son egipcios: me encantan”.

Las pequeñas dosis de teología y folclore son habituales entre los taxistas, que hacen gala de la misma exquisita hospitalidad de los marroquíes. También predominan temas más profanos, como la sempiterna pregunta: “¿Español?”. “Oui”. “¿Madrid o Barça?”. De ninguno de los dos, señor, de ninguno, ya lo sabes, me toca siempre responder. Y una conversación futbolera que este año culmina siempre en felicitaciones por la victoria de España en el Campeonato del Mundo.

Entrando en Agdal, la conversación –yo respondo algún monosílabo y supero el mero asentimiento con la cabeza– se hace un poco más profunda. La lengua árabe es el objeto de sus explicaciones. “En todas las lenguas, como el francés, por ejemplo, encontramos una estructura parecida de Sujeto Verbo Complemento”, me suelta. Me digo, jolín, ¡un taxista leído! ¡qué gusto!. “Por ejemplo: Jean et Danniel vont au marché o John and Michael go to the market. ¿Lo ve, no?”. Yo lo veía, hasta ese momento, sí, pero lo que no veía tan claro era dar crédito al análisis sintáctico del conductor que me lleva sin rumbo por las calles de Agdal. No le he dicho aún la dirección ni falta que me hace. Quiero que siga hablando.

“Chomsky analizó muchísimas lenguas para concluir que existe una gramática universal común a todas, pero se topó con el árabe, que se le escapaba a sus esquemas”, asevera. A mí sí que se me estaba escapando algo o mucho cuando nuestro amigo, el taxista encorbatado y sonrisa perpetua, comienza a citarme al padre de la gramática generativa. “¿Ha leído a Chomsky, ¿no?”. No sé qué decirle, la verdad.

Después de aquello, con la cabeza más pendiente de cómo te contaría esto en una carta que de lo que me estaba relatando, el taxista, aparcado delante del local al que le había pedido que me llevase, siguió explicándome por qué el árabe es un caso particular alegando enunciados y más enunciados, moviendo a su antojo y para mi absoluta ignorancia sujetos, verbos y complementos. Después escuché cómo revivía las polémicas entre el lingüista de Filadelfia y activista político con Skinner, y yo ya flipaba, que no se me ocurre otro verbo a estas alturas de la película.

Lo tengo que interrumpir bruscamente y preguntarle; no aguanto más. “Señor, ¿y usted cómo sabe todo eso?”. Y me suelta de sopetón, como me citaba de cabeza las explicaciones de Noam Chomsky, que es licenciado en lingüística especialidad en lengua árabe por la Universidad de Rabat en el año 1996. Casi na lo del ojo, me sale en el español de mi tierra, sacándome la cartera del bolsillo. Y ahí está, con su pequeña máquina azul, destartalada, dando portes por unos pocos dirhams para arriba y para abajo y los Aspectos de la Teoría de la Sintaxis de Chomsky en la guantera.

Nunca encontré en el primer mundo de los taxistas quejosos que te acusan sin conocerte de nada de haber votado al alcalde que los fríe a impuestos municipales o van de sobrados con sus discursos sobre lo mal que va siempre el negocio y el mundo en general no ya la simpatía de estos conductores magrebíes sino lingüistas o teólogos al volante como hallé al sur de Gibraltar.

Prometo, estas líneas y tú sois testigos,  irme a Chomsky y rastrear las explicaciones sobre el árabe y las gramáticas universales que nunca busqué ni hallé, hace ya varios años, en los anaqueles de las bibliotecas de la Facultad. Gracias a mi amigo el taxista azul de Rabat.

Últimas noticias de agosto

Antonio Navarro Amuedo | 1 de septiembre de 2010 a las 1:25

Siempre me reprochas las mismas dos cosas: que soy demasiado barroco en la escritura y que no te mande una carta con los recuerdos del viaje a Argelia, que, tienes razón, sabes que siempre te la doy cuando la tienes, cada vez quedan más lejanos. Agosto amanecía entonces con toda la ilusión de un mes de vacaciones, tórrido y ramadanesco, y se nos escapa ya con aires frescos de septiembre y la melancolía de días más cortos y ausencias más largas. Aunque es cierto también que más nítidas a la vez en la memoria quedan mis impresiones de Argel y alrededores y no será difícil contar las líneas maestras de lo visto, oído y también olido, que en estos países del Magreb, para lo bueno y para lo malo, es muy importante la experiencia olfativa en una descripción cabal de la cosa.

En fin, que agosto se nos ha escapado ya y yo te recupero las impresiones que viví en casa, cuando decidí disfrutar de uno de esos fines de semana que habrían hecho las delicias de don Antonio Machado, que admitía sin pudor preferir una Sevilla sin sevillanos, o, por lo menos, dicha osadía se le atribuye al genial poeta del Palacio de las Dueñas. El mismo aire caliente, las mismas avenidas desiertas, el mismo verde intenso de los árboles en plena festividad lumínica en la Palmera y el Parque de María Luisa y el mismo silencio de hormigón en El Polígono Norte, San Pablo o Los Remedios.

Regresé acompañado del jefe de los fotógrafos de Diario de Sevilla, Antonio Pizarro, que tuvo la misma paciencia que siempre conmigo, a un escenario que recorrí años atrás buscando las trazas de algo que intuía entonces lejano. Suyas son todas estas fotos y me adelanto a que me digas que era imposible que unas así de buenas llevaran mi firma porque no sé hacerlas. Era el primer viernes de Ramadán y allí estábamos dispuestos, Antonio y yo, a entrar en la mezquita del barrio del Cerezo, que recordarás que se hizo famoso por haber dado cobijo a los terroristas de ETA cuando uno de los asesinos acabó con la vida de Antonio Muñoz Cariñanos, médico militar que se encontraba trabajando en la calle Jesús del Gran Poder. Poco a poco, el barrio, cercano al hospital Macarena y al Parlamento de Andalucía, también a la muralla y a la Basílica, donde descansa la Esperanza, ha ido viendo instalarse a un buen número de inmigrantes foráneos, principalmente lationamericanos, magrebíes y subsaharianos. Una suerte de Lavapiés o Raval de Sevilla, salvando las distancias, que en este terreno la ciudad tiene mucho que aprender de las grandes urbes.

El ambiente en las calles era muy parecido al de otros barrios de la ciudad en las vísperas de un fin de semana, el que puede en la playa y el que no, disfrutando al fresco de la tarde; parejas de lationamericanos pelando la pava en los parquecitos y muchos niños, seguramente senegaleses, montados en los columpios aún calientes del sol. Fuimos a recoger testimonio de las celebraciones de Ramadán en el primero de los viernes del mes sagrado de los musulmanes.  Me descalcé, celebré la posibilidad de entrar en el modesto local de la mezquita y tomé asiento en las esterillas del suelo esperando harira y un vaso de leche fría. Nunca habría pensado que los montaditos y las cervecitas que me tomé después sufrirían la digestión tan armónicamente.

Además de la sopa de fideos y garbanzos reglamentaria en cada ruptura del ayuno, Hassan Idrissi, el imán de la mezquita, que reconozco que me asustó al principio con su chilaba inmaculada, su gesto serio y su barba rizada, como una especie de don Quijote  islámico paseando sus principios por los recodos de la barriada macarena, nos obsequió a Antonio y a mí con agua fresca, dátiles, café y pan con mantequilla. No nos puso ninguna pega para que les hiciéramos fotos en plena oración, todos mirando a la Meca, que es lo mismo que hacerlo hacia Carmona visto desde El Cerezo. A ver si aprenden aquí, en esta tierra magrebí que me acoge, que ya obliga a los periodistas a tener una autorización del Gobierno para grabar fuera de Rabat, la capital de Marruecos.

Después, noté sólo simpatía en cada uno de los marroquíes que se me acercaban, al verme con la libretita y la pinta total con la que les chapurreaba las cuatro palabras que me sé en el dialecto árabe del Magreb. Pugnaban por explicarme en qué constistía el ftour, que es la comida que estábamos celebrando, un poco tarde, eso sí, por mi culpa, ya lo sabes, ya quedaban sólo restos, y que sirve de final al ayuno de cada una de las jornadas del mes de Ramadán.

De Tetuán, de Tánger, de Alhucemas, de Nador, de Marraquech, un poco de todo, pero mucha gente del norte de las antenas parabólicas en español, todos los rencores históricos superados y todos los sueños puestos en los ferrys de ida a Algeciras. También vi mucha miseria, como la de un argelino, tengo su nombre y apellidos en la libretita negra, que me apenó bastante y con el que intenté en vano comunicarme diciéndole que Argel me había gustado mucho. Uno de los marroquíes que veía mi intento de conversación no hacía más que decirme que no tenía ni papeles ni trabajo y que lo ayudáramos a encontrarle uno mientras me señalaba la libreta.

Después de eso me despedí, nos pusimos los cascos, nos montamos en la moto y volvimos al centro, a la redacción. Tras cerrar los ordenadores, nos esperaba el olor de las cocinas y el ruido de los tenedores y las conversaciones y más tarde el ambiente festivo de las terrazas de verano, las faldas imposibles, el ron colándose entre los hielos y el personal luciendo bronceado y presumiendo de vacaciones. Fez me recibía al día siguiente con su tren imprevisible, desde donde vi a los niños que se refrescan en las acequias y a los adultos que aguardaban, un día más, a la caída del sol para beber el primer sorbo de agua y el primer dátil.