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Carta a Mohammed VI

Antonio Navarro Amuedo | 20 de agosto de 2010 a las 0:01

Majestad:

Vaya por delante que no estoy muy acostumbrado a dirigirme a monarcas ni a figuras de la envergadura de la suya y le agradezco que perdone la descortesía en la que incurriré una y otra vez al utilizar unas formas que no son las que usted frecuenta en su correspondencia habitual. Le agradezco mucho, repito, la amabilidad de acceder a leer estas torpes líneas.

Como podrá imaginarse, me han animado a escribirle esta misiva desde el otro lado del Estrecho, donde me encuentro, no muy lejos del bello puerto de Tánger y al azul espumoso que baña el Cabo Espartel,  los episodios acaecidos en torno a la frontera de la ciudad de Melilla con su Reino.

Le aseguro que el sentir mío y de los míos y me atrevo a decir que el de miles y miles, la inmensa mayoría de los españoles, es el del repudio de la violencia y la discriminación hacia cualquier persona, sea ésta quien sea, cualquiera que sea su raza, fortuna o condición. Desconozco si han tenido lugar esos episodios desagradables que su Ministerio denuncia, porque no he hablado con nadie envuelto en los mismos, pero si ello hubiera ocurrido, mi reacción no sería otra que la de una repulsa absoluta. Y reitero lo dicho: la misma sería compartida por mis próximos y la mayoría inmensa de mis compatriotas.

He visto en alguna ocasión el ambiente de la frontera de Beni Enzar, en Nador, que se ha hecho tristemente célebre estos días. Y la he cruzado a pie. He charlado con los taxistas de Nador, con algún comerciante de los cafés cercanos, he subido a los autobuses que nos transportaban por la zona, he hablado con policías y con gente anónima que cruza a uno y otro lado, que lleva haciéndolo toda la vida, a gente que maneja el español con formas y giros castellanos con la misma certeza con que habla la darija de estas tierras mediterráneas. Sé que son sombras de la realidad, pequeños instantes cotidianos, que no he hecho un trabajo de campo exhaustivo, así que no puedo arrojar aserciones rotundas, porque sería injusto y faltaría a la verdad, pero fueron mis impresiones.

Sin embargo, en mi pobre y esporádica observación he visto, sobre todo, comprensión y simpatía por parte de la Policía española. He visto guiñar el ojo a marroquíes que cruzaban cargados de productos de los supermercados melillenses, algunos de ellos forzando los límites de la naturaleza humana.

Con todo, la impresión mayor que conservo del tiempo en que viví en las tierras de su Reino es la de la bondad, la simpatía y el cariño dispensados hacia mi persona. Y, por lo que he podido apreciar, ésta es conducta general de los habitantes de su Reino hacia los foráneos.

Lo he celebrado desde el primer día. He tratado de difundirlo siempre a propios y extraños. A viajeros esporádicos y a familiares que llegaban a visitarme. A compatriotas y a gentes, en fin, de todo el mundo que pasaban por el Magreb. La mayoría de los marroquíes quieren a España. Y eso, con los errores y las injusticias cometidas por mis antepasados a lo largo de la historia, que no las negaré, es una noble manifestación de magnanimidad.

Por todo ello, Majestad, no puedo sino manifestarle mi tristeza por lo ocurrido estos días en torno al paso fronterizo de Melilla.

Comprendo y respeto la legítima aspiración marroquí de reclamar la soberanía de la ciudad de Melilla. Existen vías, a éste y otro lado del Estrecho, para expresarla; para ello están los foros institucionales y la prensa. Pero creo que las consecuencias de los incidentes de Beni Enzar no ayudan a nada. No, desde luego, a que su Reino abra un debate serio y razonable en torno a la cuestión de la soberanía de la ciudad.

Por el contrario, los acontecimientos de estas últimas semanas han dado alas a las posturas más radicales y nefastas para la relación entre ambos países. En mi país, con independencia de quién tenga la razón, al margen de lo certero de los diagnósticos, los hechos han causado daño.

En primer lugar, han vuelto a enfrentar a Gobierno y oposición. Y han contribuido a separar un poco más a los españoles y a minar la convivencia política y general.

Y, fundamentalmente, han deteriorado la imagen de Marruecos entre mis compatriotas. Algo que nos entristece a los que queremos y respetamos profundamente a Marruecos. Algo que molesta especialmente a quienes trabajan diariamente por el bienestar de ambos pueblos, que no son pocos, se lo aseguro.

Gente que, usted debe saberlo, aprecia los avances realizados por su Reino en materia de progreso material y social y que usted ha capitaneado. Personas que son perfectamente conscientes, sin embargo, de que aún queda mucho por hacer y que hay amplias zonas de sombra. Son profesionales que están dando lo mejor de su edad por empresas que crecen y se desarrollan a ambos lados del Estrecho. Conozco a algunos y por ello los recuerdo ahora, porque es justo decirlo. Empresarios, profesores, periodistas, etc. Trabajan y viven en Tánger, Larache, Tetuán, Asilah, pero también en Rabat, Casablanca o Agadir. Son invisibles allí y aquí. Desgraciadamente.

Hombres y mujeres que, ilusionadas, han creído en Marruecos, en el Magreb, en su futuro, en su amistad y cooperación con España, al considerarlo el vecino y amigo que siempre ha debido ser.

Gentes que se han sentido decepcionadas por estos hechos, por el odio destilado por algunos en Marruecos y en España, por el retroceso que puede suponer, aunque que se nieguen a aceptarlo y lo combatirán con todas sus fuerzas, todo este episodio. Se han dicho cosas injustas y con muy mala intención.

A mí me da la sensación de que parte del trabajo hecho se ha tirado por tierra. Espero que tardemos poco en recuperar el terreno desandado. Pondremos la mejor de nuestras voluntades.

Creo que ya he abusado demasiado de su tiempo. Le reitero el agradecimiento por haber llegado hasta este punto con la lectura.

Ramadan mubarak.

Ramadán, día cuatro

Antonio Navarro Amuedo | 16 de agosto de 2010 a las 21:39

Llevo varios días intentando contarte mis impresiones de estos primeros días de Ramadán y, por una razón o por otra, postergando la decisión de sentarme a ponerlas negro sobre blanco. He estado de viaje, pero ahora descanso junto al mar sintiendo una brisa que es tan próxima y tan lejana a la vez de aquella que nos alivias las tardes en el Magreb. Aquí el sol es tan implacable como en los olivares de Fez, donde los niños se refrescan en las acequias junto a las cunetas, o como en las llanuras pardas de Marraquech, donde crecen palmeras y edificios ocres, que los hay lujosos y miserables, como pasa en esta ciudad por todas partes. Pero el sol no cae con el mismo silencio con que lo hace entre las colinas que divisamos al otro lado del tren a la hora del ftor, cuando los musulmanes pueden romper el ayuno con dátiles, leche fresca, zumo de aguacate y naranja, unas especies de pestiños y pan. Lo hacen cada tarde, con tranquilidad y alegría.

En Rabat, las escenas del barrio desiertas volvieron a impresionarme a la hora silenciosa. La plaza de Jamaa El Fna de Marraquech fue la fiesta de cada noche, con sus humaredas de brochetas y de pinchitos de carne picada. Allí los encantadores de serpientes y los vendedores de zumos y bocatas no hacen distinción entre Ramadanes y el resto de semanas del calendario, siempre pendientes de buscar españoles por su término municipal y a una pareja de guiris requemada para ponerles la boa en la espalda. En Fez, donde todo es mucho más solemne y silencioso, me impresionó la hora del ftor con un vacío general de impresión. Y eso que no pisé la vieja medina, mi favorita, como ya te he dicho muchas veces.

Al teléfono me preguntan insistentemente si la cosa está tan mala como dicen los medios de comunicación al otro lado del Estrecho. Si una nueva Marcha Verde está a punto de salir cargada de miseria y promesas a la frontera de Nador y Melilla. Yo les he dicho siempre lo mismo: que aquí la gente lleva cada vez más camisetas de la selección campeona del mundo de fútbol  y del FC Barcelona. Y que aguardan a la sombra y pensando en otras cosas, en sus cosas, que vete tú a saber, que lleguen las siete y pico de la tarde y poder tomar el primer sorbo de agua y el primer pan con mortadela.

Te he subido este vídeo que he conseguido grabar con el teléfono móvil.

Anás

Antonio Navarro Amuedo | 10 de agosto de 2010 a las 2:40

El cielo está nublado hoy domingo de agosto, como a menudo en esta costa atlántica del Magreb, y no hace día de playa, aunque el bochorno aprieta. Se respira en el ambiente que el ramadán está cercano. Prontos los ritmos marroquíes se harán un poco más lentos; dentro de pocas fechas el mes de ayuno y abstinencia traerá estampas de calles silenciosas y vacías, de una espiritualidad acentuada por los rigores.  La zona de Al Manal, en la rotulada hoy como avenida de las FAR, queda un poco a trasmano de todo en Rabat.  No está cerca de la bulliciosa medina; ni a un paso del populoso L’Océan, antaño barrio de las embajadas y los embajadores y lugar de acogida para la población española que residía en la capital marroquí durante los primeros años de la independencia; muy distantes quedan los modernos Agdal y Hay Riad, donde proliferan franquicias de ropa occidental y comida rápida para solaz de las clases acomodadas de Rabat. La zona comercial de Al Manal y poissons Anass, donde vinimos a comer el domingo, están en el barrio del Menzeh, cerca de la larga corniche costera de la capital marroquí, donde la primera línea de playa es una sucesión de explanadas batidas por el viento y cortafuegos a la amenaza permanente del mar.

Anás tiene nombre de sacerdote del Sumo Sanedrín que juzgó a Jesucristo en Palestina. Palestina, la de hoy, queda lejos aquí, aunque la televisión Al Jazeera se empeñe en acercar la lucha de aquel pueblo contra los israelitas desde su oficina en Hay Riad, uno de los barrios pijos de Rabat. El Anás de Rabat, al que no tenemos el gusto de conocer, lo que borda son las frituras de calamares, acedías y pijotas, además de las gambas a la plancha salpicadas de cilantro, que aquí se lo echan a todo. Anás suena a paso de misterio de la Hermandad del Dulce Nombre de Sevilla, vulgo la Bofetá. Tiene nombre de uno de los judíos con cara de malo de los pasos de la Semana Santa de la capital andaluza. Anás es además el nombre del sobrino de Rachid, mi mejor amigo marroquí, un bereber que pone lo mejor de su esfuerzo y su inteligencia para ayudar a los despistados empresarios españoles en su búsqueda por este El Dorado marroquí. Rachid duda del origen hebreo del nombre en su forma local, aunque me asegura que es común en el Magreb y el resto del mundo arábigo-musulmán.

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Anás es como esos bares playeros a los que hay que entrar con tapones en los oídos porque los decibelios de humanidad agreden a los tímpanos en los paseos marítimos de Chipiona, Matalascañas, Rota o Mazagón. Aquí no se estila el tinto de verano ni el salpicón de marisco, ni los espetos, ni el gazpacho con guarnición, pero prometo que mucho de lo que se ofrece en Anás, al otro lado del Estrecho, se parece a lo de allá: las frituras, los mejillones, una tentativa loable de paella, las sardinas a la parrilla, etcétera. Anás rebosa de humanidad, digo, de familias completas que aparcan donde pueden en torno a la rotonda de Al Manal, que esperan impacientes su turnos, ellas con pañuelos al sol y ellos con la camiseta del Barcelona y a la espalda el nombre de Iniesta, que encima es el más blanquito de todos los peloteros ibéricos campeones. En Anás las espinas de las acedías se amontonan sobre la mesa mientras los platos se vacían de pescado frito y los dedos se llenan de pringue, que sólo podemos quitar con una suerte de papel de estraza. Y todo es muy económico: por menos de ocho euros a uno le queda la sensación de haberse quedado bien saciado. En Anás, en fin, los camareros aquí corren con un puntito de alegría que no se encuentra en otras partes de la ciudad, con cestas de pan y platitos de salsa de tomate con comino para ir abriendo boca. Me encanta venir a casa de Anás un domingo de vez en cuando y ver cómo disfrutamos tanto, aquí y allí, que en esto todos los hombres se igualan, pelando una tras otra las gambas y pinchando calamares fritos en una plomiza tarde de agosto cualquiera.

Fronteras

Antonio Navarro Amuedo | 3 de agosto de 2010 a las 20:05

Hace mucho que los tiempos dejaron de ser buenos para la lírica de las fronteras y, sin embargo, sólo fuente para relatos épicos. Nos detendremos hoy en el puesto fronterizo entre Marruecos y Argelia por carretera cercano a la ciudad de Uxda (o Oujda, según la denominación francesa), que permanece desde 1994 cerrado. Los límites entre estos dos Estados son los mayores del mundo por longitud que continúan clausurados. Uxda es una ciudad de medio millón de habitantes situada en los confines de la región oriental de Marruecos, una de las más pobres del país, alejada de los aires renovados de la costa atlántica y castigada por un sol despiadado.  Pese a todo, bastante ordenada. La patria chica del presidente actual de Argelia, Abdelaziz Bouteflika, paradójicamente. El cierre del límite entre los dos países del Magreb puede ser metáfora de muchas cosas, pero la primera que viene a la cabeza es la de la vergüenza, el caos y la sinrazón reinante en las relaciones entre los dos países vecinos. Teóricamente, desde 1988 Argelia y Marruecos forman, junto a Libia, Túnez y Mauritania, la Unión del Magreb Árabe, un organismo permanente creado con el fin de fomentar el comercio entre la comunidad de naciones norteafricana pero en la práctica inoperante. El sábado pasado, en el llamado Discurso del Trono, con el que el monarca alauita celebra cada 30 de julio su ascenso al poder en Marruecos, Mohamed VI, mostrando su disposición por trabajar en pro de la unidad magrebí, no pasó por alto el error histórico argelino. “Esperamos que Argelia deje de contrariar la lógica de la historia, de la geografía, de la legitimidad y de la legitimidad respecto al Sáhara marroquí y que renuncie a sus maniobras desesperadas que tratan en vano de torpedear la dinámica generada a partir de nuestra propuesta de autonomía para nuestras provincias del sur”.  Las  malas relaciones entre Marruecos y Argelia siguen estando indeleblemente marcadas por el conflicto saharaui: Argelia apoya al Frente Polisario y defiende la independencia de la ex colonia española, que Marruecos administra y segurirá administrando más que presumiblemente.

El coche de Mohamed y nuestra curiosidad nos llevan al famoso puesto fronterizo fantasma. Venimos de Saïdia, una de las playas favoritas de los marroquíes de esta zona, al este de Melilla. La línea parece clara, nos indica el chófer del gran taxi, y se divisan perfectamente los paisajes estivales del otro lado de la frontera. Idénticos cereales pardos, mismo sol sofocante. La ruta está marcada, pero, efectivamente, el puesto fronterizo está cerrado.  Vigilan amenazantes policías a ambos lados del puesto aduanero. Se alertan de la llegada de un coche de Uxda. Cepos y pinchos se disponen a lo ancho de la carretera para impedir el paso a los vehículos y la prohibición de hacer fotografías es expresa. La vista al fondo y detrás de la estructura fronteriza se divisa una bandera verde y blanca de Argelia, media luna y estrella. Nos quedamos con las ganas de cruzar y hablar con los argelinos; tomarnos un bocata de carne picada en el primer pueblo, contar las diferencias entre un lado y otro. La escena parece tan estática que nadie duda de que seguirá siendo idéntica durante años. Qué pena, ¿verdad?

El relato de Mohammed, el taxista que nos llevó desde la estación de tren, tiene tintes épicos, que no gloriosos: hoy conduce un gran taxi con el que da portes a la población local por Uxda y alrededores. Anteriormente, su oficio era el de contrabandista: el taxista se sincera y nos cuenta cómo el cierre de la frontera no es absoluto y que con la complicidad de los agentes el gasoil llega desde Argelia y los plátanos marroquíes cruzan a la vecina República Socialista. Al otro lado de la frontera, continuando la costa mediterránea de resina de pinos, adelfas, olivos y viñas y el mar azul, se erige junto a las ruinas romanas de Tipaza el epitafio de Albert Camus: Comprendo aquí eso que llaman gloria: el derecho de amar sin medida. He aquí la mayor gloria de la condición humana. Que zurzan a las fronteras, los controles policiales y la cabezonería de los que mandan en uno y otro lado. Pero eso lo contaremos otro día.

Regateos (I)

Antonio Navarro Amuedo | 21 de julio de 2010 a las 14:46

Una de las señas de identidad de este conjunto de pueblos que habita en el norte de África es la generalización del regateo. Obligación en cualquier guía de viajes que se precie sobre Marruecos, el viajero occidental es advertido de que tendrá que contar con esta forma de proceder en su periplo por estas tierras. Las guías del viajero contemporáneas ofrecen, salvado el escollo de la caducidad temporal, orientaciones sobre qué pagar por un par de babuchas en tal o cual medina o por un trayecto en taxi en una travesía urbana del país. No es una tarea agradable. Simpática y curiosa para algunos, desesperante y molesta para otros. Con mayor o menor fortuna, todo el mundo prueba en su visita al Magreb. La cuestión es no ser engañado demasiado; como dice la máxima, en pagar lo que uno está dispuesto a pagar por un objeto determinado dadas las circunstancias del momento.

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Estas magníficas instanténeas son obra de Miguel Roca, buen fotógrafo y mucho mejor persona

Estas magníficas instantáneas son obra de Miguel Roca, buen fotógrafo y mucho mejor persona. Corresponden a la ciudad de Marrakech.

En esto, como en casi nada, Europa no es homogénea y las artes regateadoras de franceses son distintas de las españolas y no digamos de las poco diestras de ingleses -o estadounidenses- o alemanes cuando les da por bajar hasta aquí. Las medinas que reciben turistas de países más ricos o de un perfil económico medio-alto rompen la baraja nacional de los precios. Marrakech, por ejemplo, donde acude a menudo un turismo europeo de alto poder adquisitivo, cuenta con precios más elevados, intolerables para los que venimos del Marruecos menos masificado.

En el arte del regateo hay varias máximas. La primera, la base del silogismo, es que los bienes no tienen un precio fijo. Valen lo que valen en cada circunstancia. Valen lo que el vendedor, quizá apretado por una deuda o feliz de hallarse ante un español que apura sus últimas horas antes de volver a casa y al que le van a sobrar bastantes dirhams en la cartera, acepta mientras entrega la chilaba envuelta en una bolsa de plástico. El vendedor nunca sale perdiendo, recitamos todos al salir del puesto contando las monedas que nos quedan aún en el bolsillo.

Otra máxima es que el extranjero siempre pagará más que el local. Esta máxima la refuerza el hecho de que el vendedor de bolsos de la medina reiterará que el precio por el que te acaba de vender el regalo que le llevarás a tu hermana de Marruecos “es de amigo”. O que “marroquíes y españoles somos hermanos y pagamos lo mismo”.

Todo se regatea, nada permanece estable, en fin, diríamos en un remedo de Heráclito. La cesta de la compra en los puestos de verduras, la carrera de un petit taxi en la ciudad, todo, en suma, en las medinas, gran mercado al aire libre de precios volátiles para todos los bolsillos y todas las voluntades: desde la media docena de huevos hasta el caftán más lujoso pueden revisarse.

Llevo ya un tiempo considerable en estas tierras y me creo feliz cuando apuro y rebajo el precio del regalo que algún visitante que me acompaña quiere llevarse. Pero no pasa un día en que sea víctima de un engaño más o menos consciente. Los expatriados nos advertimos después de cada excursión de los precios no marcados de servicios o productos que vamos a necesitar para ayudar al siguiente que pase por el mismo sitio. Por ejemplo, especialmente importante son los precios en gran taxi. El gran taxi es el transporte público por excelencia en un país donde los autobuses asustan un poco: son viejos Mercedes en los que nos encajamos hasta seis personas sin incluir al chófer. No hay cinturones y las condiciones de seguridad son más que discutibles. Por lo general por cuatro, cinco o seis euros (50 o 60 dirhams) por cabeza uno puede viajar de Rabat a Casablanca, de Tánger a Tetuán, de El Jadida a Ualidía,  de Saidía a Uchda.

Cada maestrillo tiene su librillo. Considero importante no desesperar ni apresurarse. Nunca ofrecer al vendedor nuestro último aliento, la sospecha de que estamos vencidos y próximos a capitular. Hay que superar el escrúpulo de ser violentado verbalmente; aprender a decir no y a moverse con desenvoltura ante las encerronas perfectamente organizadas en los puestos de alfombras o tejidos de las medinas. Incluso circulan reglas nemotécnicas para calcular lo justo. No estoy muy puesto en matemáticas, pero viene a ser que si te piden, de entrada, 100 por algo, hay que dejarlo en la mitad más un poco más como mínimo. Es decir, nunca pagar más de 60. Cuando uno, iluso, se ha salido con la suya y le salen las cuentas, la satisfacción es íntima  e inmediata. Poco importa la escala real del ahorro: a veces hablamos de algunos céntimos de euro al cambio. No es lo importante; es creerse estar a la altura de toda esta ciencia.

El regateo puede convertirse en lo más desagradable para el visitante que llega a Marruecos dispuesto a pasar unas plácidas vacaciones y que acaba siendo protagonista, si se pone a ello, de alguna de estas pequeñas representaciones teatrales del tira y afloja magrebí. Una pareja de finlandeses amigos que lleva viviendo aquí casi dos años reconoce sentirse aliviada y feliz cada vez  que regresa del Marjane, el gran supermercado nacional, donde todos los precios están marcados con etiquetas. Pero no se apuren: aunque parezca que deberá salir protegido del puesto de recuerdos; aunque crea, en el caso de haber logrado su empeño, que ha robado el pan a una familia y que puede ser, cuando menos, víctima de una mala contestación, saldrá bendecido de la tienda, mano al pecho del vendedor, hasta la próxima amigo, inchallah.

Medinas

Antonio Navarro Amuedo | 21 de junio de 2010 a las 15:39

Las medinas -voz que significa ciudad en árabe- son el centro neurálgico de las poblaciones marroquíes. Albergan en sus calles, generalmente tortuosas y laberínticas, los oficios y comercios tradicionales. Un baño de marroquinidad es hacer una inmersión en la antigua medina de Fez o de Marrakech. Quien quiera llevarse, por muy poco diestro que uno sea con los aparatitos fotográficos, un ramillete de instantáneas para enseñar a los amigos de vuelta a casa, que pasee por las callejuelas de alguna de las medinas magrebíes. La de Tetuán es robusta, la adornan geranios, faroles, azulejos y cal y presume de llamarse andaluza; la de Xauen, coqueta, gusta por su elegancia añil en las calizas laderas rifeñas; la de Rabat resulta cómoda y operativa; la de Casablanca, como la urbe atlántica toda, es caótica; la de Marrakech es víctima del turismo, ese gran invento, que hace que por boca de los vendedores de babuchas se pronuncien palabras no sólo en inglés o español, sino también reclamos en holandés, alemán o ruso.

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Asaltan en las medinas los olores, poderosísimos, de las especias, el pescado al que el sol ha calentado durante toda la jornada pese a los bloques de hielo, los pollos que acaban de ser ajusticiados delante de los mismos ojos del cliente que los eligió, de los cueros y los curtidores de las piscinas de la medina de Fez, la más salvaje y auténtica de todo el territorio marroquí. La medina de Fez es inacabable, infinita. Yo llegué a pensar lo mismo del casco antiguo de Sevilla, antaño otra medina, de la que referencias como el Jueves y su mercado de la calle Feria, las murallas macarenas o voces como Alcaicería o la Alfalfa nos evocan un pasado que el visitante puede reconocer hoy, en pleno siglo XXI, paseando por la ciudad vieja de Fez, que está a tiro de piedra de Andalucía y es una arqueología viva de Al Andalus. Uno puede visitarla una, dos, tres, diez veces y no pisar dos veces por el mismo suelo pegajoso de pescado, carne y humanidad. El riesgo físico de ser aplastado contra algún muro de barro por un burro cargado de mercancías amenaza en cualquier esquina. Algún historiador con el que he comentado la impresión que me supuso la primera incursión por sus calles me ha llegado a confirmar el extremo: de Bagdad a Agadir, de Tánger a Islamabad, no existe en el mundo una antigua ciudad árabe tan bien conservada, petrificada en el tiempo, detenida sin concesión al tópico, como la vieja ciudad de Fez.

Existe el debate acerca de la supervivencia de los modos de vida de la medina. El exquisito viajero europeo en pantalón corto, guía Lonely Planet y billete de Ryanair en la mochila denuncia comiéndose un bocadillo de carne picada que el turismo está acabando con las medinas y que cada vez más los herreros, los plateros o los curtidores del cuero trabajan por y para los visitantes y no para el circuito comercial tradicional. El marroquí, que ha aguantado y aguanta miserias cada día de su vida entre aquellas calles insalubres de la medina de Fez o de cualquier otra, consideraciones como éstas ni se las plantea. Ni puede cuestionárselas.

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No se las plantea Jamal, el adolescente que me acompañó la última vez que me interné por la medina de Fez. Me nombra a Zapatero y la crisis, pero apuesto a que no conoce su rostro ni sabe muy bien lo que es ser presidente del Gobierno, ni puede imaginarse lo que ganan los políticos a este y al otro lado del Estrecho y lo lejos que está su vida de las de los inquilinos de los coches oficiales.  Jamal no va a la escuela; reconoce tener problemas con su familia por no contribuir a la supervivencia de la hacienda doméstica con un puñado de dirhams diarios.  Jamal se defiende en español y francés y trae de serie el árabe. Jamal me lleva con la lengua fuera y marcha cincuenta metros delante de mí; me lleva perfectamente controlado en mi torpeza a través de la bulla. Pero, sobre todo, controla la amenaza de la policía de paisano, que vigila que personas como Jamal no hagan de falso guía de la medina y provoquen la insatisfacción de los turistas. Viajeros que siguen a los cicerones oficiales de la vieja Fez, reyes consentidos de las comisiones y de las encerronas en los comercios de sus amigos. Jamal, aunque no tiene dinero para apuntarse a una escuela y sacarse el título ni nunca lo tendrá, sueña con ser guía oficial y conducir a las parejas de europeos por el caos urbano de la medina de Fez,  acaso la más salvaje y dura de cuantas existen en esta tierra.

Marroquí, árabe, francés, bereber, Babel

Antonio Navarro Amuedo | 2 de junio de 2010 a las 18:32

Marruecos mejora a golpe de inversión extranjera, de hoteles de lujo en Marrakech, de puertos que aprovechan las olas deslocalizadoras, de las mejoras introducidas en un medio rural llamado a ser el Ikea de la verdura y la fruta del continente europeo, de la apertura, en suma, de una economía que lleva haciéndose cada vez más permeable a los capitales y las ideas del norte europeo. Este crecimiento, no obstante, está condenado a estar lastrado por un problema de base que hace imposible cualquier comparación entre el modelo español del boom desarrollista de los sesenta y el que impulsa la monarquía alauí. Es la educación, estúpidos, que diría el otro. Por mucha autopista, invernadero o placas solares que se construyan, el alcance del desarrollo será limitado si Marruecos no resuelve su problema educativo. Según las fuentes menos optimistas, un 50% de la población marroquí es analfabeta y el porcentaje asciende al 80% si nos circunscribimos al ámbito de las mujeres. La tragedia de tales cifras  se explica por varias razones. Una de ellas, sin duda, tiene que ver con otro asunto irresuelto: el de la lengua. Europa entendió hace ya tiempo que si quería avanzarse en la construcción de los Estados y lograr el desarrollo de la burguesía y la mejora de las condiciones materiales de la población era imprescindible contar con una lengua nacional. Elio Antonio de Nebrija escribió al acabar el siglo XV una gramática del español porque estaba convencido de que aquello que se hablaba en el Reino de Castilla había dejado hacía mucho tiempo de ser latín. Convencimiento que tienen muchos aquí en Marruecos: darija, como se denomina el dialecto del árabe de este país, hace mucho que es otra cosa diferente al árabe coránico o clásico. Hora es de llamar las cosas por su nombre: Marroquí, por ejemplo.

Hora es de codificarlo, fijar su ortografía y su gramática y llevarlo a las imprentas de una vez. De llevarlo a las aulas. El carácter sagrado, revelado, del árabe de Mahoma actúa como barrera, por ahora infranqueable, del proceso. El árabe del Corán, extraño para la mayoría de la población del Magreb, sigue siendo la única lengua oficial. Las élites marroquíes de Rabat y Casablanca, mientras tanto, ajenas, parecen felices hablando en francés en cafés, oficinas y en facebook. Ça va bien, handullilah. La descolonización y posteriores décadas de arabización de Marruecos vedan la posibilidad también a un francés en retroceso, casi testimonial en el norte e ignoto en el medio rural, donde muchos sólo hablan bereber. ¿Hasta cuando durará esta anomalía? Sin resolver el problema desde la base, esto es, una tragedia educativa explicada en parte por la anomalía lingüística, todo el edificio del progreso marroquí no pasará de ser mera fachada. La predicción es de Juan Goytisolo, que lo sabe mucho mejor que yo y para eso es el primer escritor español en hablar darija desde el Arcipreste de Hita: “El árabe clásico permanecerá, claro está, en el ámbito religioso y en el interestatal. Pero la comunicación en marroquí y argelino abarcará el contenido de los periódicos, del espacio escénico, del cine y de la creación literaria. Poner en boca de un personaje marrakchi o tangerino el habla estereotipada del Oriente Próximo provoca y provocará inevitablemente el efecto saludable de la risa”.