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El jardín

Antonio Navarro Amuedo | 21 de octubre de 2010 a las 3:11

Lo llaman el jardín andaluz y se esconde detrás de los muros de la alcazaba de los Udayas, que se cuelga sobre el estuario del río Buregreg con callejuelas de añil y blanco encaladas. Cuentan las crónicas que Rabat acogió a miles de expulsados por las autoridades del Reino de Castilla y que por eso andaluz no es sólo ese jardín, sino muralla y barrio y reconocimiento orgulloso de origen para muchos habitantes de la ciudad y de otros lugares de Marruecos. El jardín andaluz es silencioso y asilvestrado.

De otro de los muros del jardín de los andaluces vi colgar la misma buganvilla del Callejón del Agua: intensa, primaveral, recogida, contenida. Nos adentrábamos en las tardes sin rumbo al corazón de Santa Cruz para ser recibidos por aquel surtidor con su rumor de fuente incesante. Débil, como estando casi a punto de extinguirse, la fuente del Callejón del Agua nos acompañaba en los breves instantes en los que duraba la tregua de la turba de turistas en pantalón corto que nos aguardaba en la próxima esquina de la calle Vida. La placa de mármol del poema en prosa de Ocnos de Luis Cernuda presidía y ennoblecía aquel recodo. En ese breve lapso que duraba nuestro paso por el Callejón imaginábamos la lentitud que parece llevar el curso de la vida y hoy nos damos cuenta de que aquello era sólo un espejismo, una licencia que nos regalaba el corazón romántico de la ciudad y que las campanas repican a un ritmo endiablado. En unos segundos soñábamos las novias que tendríamos, los países que visitaríamos y la gente que conoceríamos en un mundo ancho y apasionante, tranquilos de contar a nuestro lado con la presencia permanente de nuestros amigos y familiares. Después salíamos pisando el albero del Patio de Banderas para encontrarnos con la figura elegante de la torre que preside y proyecta su sombra sobre la existencia cotidiana de mi ciudad, a veces pesada losa que establece los límites de una vida urbana cíclica y ensimismada.

En el jardín andaluz hay un jazmín enorme que cuelga de uno de los muros y que perfuma las noches rabatíes, como se perfumaban las noches del corral de la casa de Los Palacios en los veranos inacabables de la niñez. Entonces las familias se sentaban a la puerta a tomar el fresco y a comentar las luchas, las ilusiones y las miserias diarias. Allí eran protagonistas absolutos los mayores de la casa, en el relato apesadumbrado de la ventura de sus hijos y nietos; de lo que les había costado la hipoteca del piso en la capital, de lo contenta que estaba la hija pequeña en su primer empleo; sobre lo bien que iba el primero de los nietos en la escuela, aunque aún no tenía claro qué querría ser de mayor. Todo eso mientras disfrutábamos de la bofetada de olor que rezumaba el moñito de jazmín que se depositaba en un platillo sobre la cómoda del zaguán cada vez que entrábamos y salíamos a la cocina por un vaso de agua o una silla para un nuevo invitado a la tertulia. Al caer la noche cerrada, cuando nos acostábamos, desde nuestra habitación, pegada a la ventana, un escalofrío nos recorría el cuerpo al oír el quejío flamenco entonado desde lo hondo de las gargantas de aquellos hombres que regresaban a sus casas  procedentes de las tabernas de la plaza cargados de vino y coñac.

El verde del estanque es el mismo, como semejante es el frescor y la humedad que propician adelfas, nardos, rosales, romeros, naranjos y limoneros, que crecen igual de espigados que en los jardines del Parque de María Luisa, las Dueñas, en fin, el Alcázar, garantía de serenidad en el corazón de la ciudad. La humedad del próximo Atlántico me hace recurrir anticipadamente al abrigo en una tarde de octubre. Echo de menos la luz de la ciudad en estas tardes de otoño, el tiempo del declive más glorioso. La intuyo al sentir los rayos del sol entre las hojas de un naranjo y una palmera, pero sólo la hallo enteramente en mi memoria.

Encerrado en el jardín andaluz contemplo a las parejas furtivas que pelan la pava y a chicos que apuran cigarrillos sin la mirada inquisidora de las calles principales del viejo Rabat. Al vendedor de esa especie de turrón hecho una piedra. Al de postales amarillentas con fotos de las gargantas del Dades, la plaza de Jama El Fnaa de Marrakech, la gran mezquita de Casablanca, las montañas coloridas de especias y la torre Hassan, vigía que aguarda al otro lado de los muros con su belleza frustrada. La dama de noche me regala su aroma antes de salir del pequeño jardín oculto de los Udayas. La fortaleza ha de cerrar hasta mañana.

Mi ciudad, tan cerca cuanto más lejana.

Miguel Roca

Foto: Miguel Roca

Ramadán, día cuatro

Antonio Navarro Amuedo | 16 de agosto de 2010 a las 21:39

Llevo varios días intentando contarte mis impresiones de estos primeros días de Ramadán y, por una razón o por otra, postergando la decisión de sentarme a ponerlas negro sobre blanco. He estado de viaje, pero ahora descanso junto al mar sintiendo una brisa que es tan próxima y tan lejana a la vez de aquella que nos alivias las tardes en el Magreb. Aquí el sol es tan implacable como en los olivares de Fez, donde los niños se refrescan en las acequias junto a las cunetas, o como en las llanuras pardas de Marraquech, donde crecen palmeras y edificios ocres, que los hay lujosos y miserables, como pasa en esta ciudad por todas partes. Pero el sol no cae con el mismo silencio con que lo hace entre las colinas que divisamos al otro lado del tren a la hora del ftor, cuando los musulmanes pueden romper el ayuno con dátiles, leche fresca, zumo de aguacate y naranja, unas especies de pestiños y pan. Lo hacen cada tarde, con tranquilidad y alegría.

En Rabat, las escenas del barrio desiertas volvieron a impresionarme a la hora silenciosa. La plaza de Jamaa El Fna de Marraquech fue la fiesta de cada noche, con sus humaredas de brochetas y de pinchitos de carne picada. Allí los encantadores de serpientes y los vendedores de zumos y bocatas no hacen distinción entre Ramadanes y el resto de semanas del calendario, siempre pendientes de buscar españoles por su término municipal y a una pareja de guiris requemada para ponerles la boa en la espalda. En Fez, donde todo es mucho más solemne y silencioso, me impresionó la hora del ftor con un vacío general de impresión. Y eso que no pisé la vieja medina, mi favorita, como ya te he dicho muchas veces.

Al teléfono me preguntan insistentemente si la cosa está tan mala como dicen los medios de comunicación al otro lado del Estrecho. Si una nueva Marcha Verde está a punto de salir cargada de miseria y promesas a la frontera de Nador y Melilla. Yo les he dicho siempre lo mismo: que aquí la gente lleva cada vez más camisetas de la selección campeona del mundo de fútbol  y del FC Barcelona. Y que aguardan a la sombra y pensando en otras cosas, en sus cosas, que vete tú a saber, que lleguen las siete y pico de la tarde y poder tomar el primer sorbo de agua y el primer pan con mortadela.

Te he subido este vídeo que he conseguido grabar con el teléfono móvil.

Regateos (I)

Antonio Navarro Amuedo | 21 de julio de 2010 a las 14:46

Una de las señas de identidad de este conjunto de pueblos que habita en el norte de África es la generalización del regateo. Obligación en cualquier guía de viajes que se precie sobre Marruecos, el viajero occidental es advertido de que tendrá que contar con esta forma de proceder en su periplo por estas tierras. Las guías del viajero contemporáneas ofrecen, salvado el escollo de la caducidad temporal, orientaciones sobre qué pagar por un par de babuchas en tal o cual medina o por un trayecto en taxi en una travesía urbana del país. No es una tarea agradable. Simpática y curiosa para algunos, desesperante y molesta para otros. Con mayor o menor fortuna, todo el mundo prueba en su visita al Magreb. La cuestión es no ser engañado demasiado; como dice la máxima, en pagar lo que uno está dispuesto a pagar por un objeto determinado dadas las circunstancias del momento.

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Estas magníficas instanténeas son obra de Miguel Roca, buen fotógrafo y mucho mejor persona

Estas magníficas instantáneas son obra de Miguel Roca, buen fotógrafo y mucho mejor persona. Corresponden a la ciudad de Marrakech.

En esto, como en casi nada, Europa no es homogénea y las artes regateadoras de franceses son distintas de las españolas y no digamos de las poco diestras de ingleses -o estadounidenses- o alemanes cuando les da por bajar hasta aquí. Las medinas que reciben turistas de países más ricos o de un perfil económico medio-alto rompen la baraja nacional de los precios. Marrakech, por ejemplo, donde acude a menudo un turismo europeo de alto poder adquisitivo, cuenta con precios más elevados, intolerables para los que venimos del Marruecos menos masificado.

En el arte del regateo hay varias máximas. La primera, la base del silogismo, es que los bienes no tienen un precio fijo. Valen lo que valen en cada circunstancia. Valen lo que el vendedor, quizá apretado por una deuda o feliz de hallarse ante un español que apura sus últimas horas antes de volver a casa y al que le van a sobrar bastantes dirhams en la cartera, acepta mientras entrega la chilaba envuelta en una bolsa de plástico. El vendedor nunca sale perdiendo, recitamos todos al salir del puesto contando las monedas que nos quedan aún en el bolsillo.

Otra máxima es que el extranjero siempre pagará más que el local. Esta máxima la refuerza el hecho de que el vendedor de bolsos de la medina reiterará que el precio por el que te acaba de vender el regalo que le llevarás a tu hermana de Marruecos “es de amigo”. O que “marroquíes y españoles somos hermanos y pagamos lo mismo”.

Todo se regatea, nada permanece estable, en fin, diríamos en un remedo de Heráclito. La cesta de la compra en los puestos de verduras, la carrera de un petit taxi en la ciudad, todo, en suma, en las medinas, gran mercado al aire libre de precios volátiles para todos los bolsillos y todas las voluntades: desde la media docena de huevos hasta el caftán más lujoso pueden revisarse.

Llevo ya un tiempo considerable en estas tierras y me creo feliz cuando apuro y rebajo el precio del regalo que algún visitante que me acompaña quiere llevarse. Pero no pasa un día en que sea víctima de un engaño más o menos consciente. Los expatriados nos advertimos después de cada excursión de los precios no marcados de servicios o productos que vamos a necesitar para ayudar al siguiente que pase por el mismo sitio. Por ejemplo, especialmente importante son los precios en gran taxi. El gran taxi es el transporte público por excelencia en un país donde los autobuses asustan un poco: son viejos Mercedes en los que nos encajamos hasta seis personas sin incluir al chófer. No hay cinturones y las condiciones de seguridad son más que discutibles. Por lo general por cuatro, cinco o seis euros (50 o 60 dirhams) por cabeza uno puede viajar de Rabat a Casablanca, de Tánger a Tetuán, de El Jadida a Ualidía,  de Saidía a Uchda.

Cada maestrillo tiene su librillo. Considero importante no desesperar ni apresurarse. Nunca ofrecer al vendedor nuestro último aliento, la sospecha de que estamos vencidos y próximos a capitular. Hay que superar el escrúpulo de ser violentado verbalmente; aprender a decir no y a moverse con desenvoltura ante las encerronas perfectamente organizadas en los puestos de alfombras o tejidos de las medinas. Incluso circulan reglas nemotécnicas para calcular lo justo. No estoy muy puesto en matemáticas, pero viene a ser que si te piden, de entrada, 100 por algo, hay que dejarlo en la mitad más un poco más como mínimo. Es decir, nunca pagar más de 60. Cuando uno, iluso, se ha salido con la suya y le salen las cuentas, la satisfacción es íntima  e inmediata. Poco importa la escala real del ahorro: a veces hablamos de algunos céntimos de euro al cambio. No es lo importante; es creerse estar a la altura de toda esta ciencia.

El regateo puede convertirse en lo más desagradable para el visitante que llega a Marruecos dispuesto a pasar unas plácidas vacaciones y que acaba siendo protagonista, si se pone a ello, de alguna de estas pequeñas representaciones teatrales del tira y afloja magrebí. Una pareja de finlandeses amigos que lleva viviendo aquí casi dos años reconoce sentirse aliviada y feliz cada vez  que regresa del Marjane, el gran supermercado nacional, donde todos los precios están marcados con etiquetas. Pero no se apuren: aunque parezca que deberá salir protegido del puesto de recuerdos; aunque crea, en el caso de haber logrado su empeño, que ha robado el pan a una familia y que puede ser, cuando menos, víctima de una mala contestación, saldrá bendecido de la tienda, mano al pecho del vendedor, hasta la próxima amigo, inchallah.