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Paisajes para después de la tormenta

Antonio Navarro Amuedo | 3 de diciembre de 2010 a las 2:20

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Foto: Aujourd’hui Le Maroc

En realidad, la tormenta no ha cesado. Todo lo contrario. Hoy, el Parlamento marroquí tiene previsto pronunciarse sobre la moción presentada por Izquierda Unida con la condena a Marruecos -sin citarlo- por la violencia empleada en el desmantelamiento del campamento de protesta Gdeim Izik, a unos pocos kilómetros de El Aaiún. Después de declarar al PP como enemigo, llamarlo franquista, colonialista y nosecuantas cosas más y haber montado una manifestación en Casablanca contra esta formación que recuerda demasiado a las que se organizaban en la Plaza de Oriente, ahora a los diputados marroquíes no les quedará que extender sus palabras de condena a la formación postcomunista y a su socia ecosocialista. Anoche, el ministro de Comunicación, Jalid Naciri, dijo que Marruecos “reexaminará” sus relaciones con España. Llevan un mes declarándose enemigos por todas partes; algo falla, desde luego.

La inevitable distancia entre pueblos y gobiernos, inútil discutir si más lejanos que nunca estuvieron o lo contrario, se intensifica en países no democráticos. Los marroquíes poco tienen que ver con las bravuconadas de sus gobernantes y el lenguaje belicoso que emplean. Tampoco los españoles tienen que ver con la incompetencia de su Gobierno y el oportunismo de su oposición. En Marruecos, ya lo sabes, que para eso te has recorrido conmigo este país, hay miles de españoles que aman estas tierras, que tratan de ganarse la vida lo más dignamente posible. Son profesores, empresarios, funcionarios, periodistas. En una discoteca me decía un empresario navarro el otro día: “Somos una empresa de construcción, pero que queremos elevar el pabellón español y acabar con la mala prensa que han dejado otras empresas de nuestro país anteriormente”.

El malestar en el seno de la Embajada de España y el existente entre la comunidad española es evidente. Hay desconcierto sobre el futuro de las empresas e intereses de nuestro país en estas tierras: todo el mundo está convencido de que el colchón de intereses compartidos entre Marruecos y España predominará, pero el cortoplacismo es difícil de predecir en este país. En una política marcada por el sobresalto diario y la reacción espontánea como mayor estrategia todo es posible. Y los empresarios están preocupados, cómo no.

Por lo pronto, el marroquí no ha hecho aún suya la locura informativa que en nuestra época obliga a actualizarse casi al minuto, al ritmo que marcan los nuevos twitter que van llegando a nuestro ordenador o los renovados status del Facebook de los colegas. Aquí manda el tranquilo que llevo prisa. No esperes del marroquí ordinario que esté al tanto de la última declaración de algún ministro de su Gobierno. Cuando no conoce al ministro, lo conoce pero no lo cree, y no lo critica más abiertamente por miedo, el mismo que tenían nuestros abuelos cuando hablaban de política. El marroquí es generoso, amable y cercano, así son la mayoría de los que me cruzo cada día de casa al trabajo, en la Plaza Pietri y sus puestos de flores y carne, en la lechería, en la panadería donde preparan ese pan con aceitunas tan rico, en el quiosco donde tuestan tan bien los anacardos y las pipas. Y defienden la pertenencia del Sáhara Occidental como territorio marroquí con el ahínco de una pasión futbolística, convencidos de estar del lado de una razón que han oído en exclusiva durante todas sus vidas en todos los formatos posibles.

La desgracia de las decenas de muertos y desaparecidos a causa de las fuertes lluvias registradas en todo el país nos ofrece la imagen real de Marruecos más allá de las rabietas que provoca entre los dirigentes del país cada decisión parlamentaria en Europa, cada artículo más o menos amarillo, más o menos injusto (éste será otro tema), publicado  por los medios de aquel lado del Estrecho. La tragedia ha centrado por completo los esfuerzos de una prensa que ha descansado de la pelea contra el fantasma español por unos días. Lamentablemente,  la tregua  llega de la mano de la desgracia de las gentes más humildes de lugares como Larache o Casablanca, aquellos inocentes que han perdido sus bienes e incluso sus vidas y nada saben de soberanías, mociones y orgullos patrióticos de uno y otro uniforme.

Un sueño

Antonio Navarro Amuedo | 27 de noviembre de 2010 a las 23:55

En realidad estábamos allí para decirle al embajador que la situación que los periodistas españoles están viviendo en estos momentos es muy complicada y que, ya que éstos no tienen interlocución directa con los reyes y sus ministros, intente transmitirle a los que mandan que las cosas tienen que mejorar. Delante de nosotros, el nuevo embajador de España en Marruecos, Alberto Navarro, hablaba por el móvil con Rubalcaba, que se interesaba por el encuentro con los periodistas españoles del jueves pasado. Los azares me llevaron en la velada a la compañía de Luis Bonet, diplomático aragonés en la Cancillería de Rabat, mientras paladeaba un notable chorizo ibérico y un no menos aceptable jamón serrano que llegaba en las bandejas portadas por el gran Laarbi, míster Mechui para los amigos (inolvidable su aparición, chapela en la cabeza y bombo, la noche en que España se proclamaba campeona del mundo, en la puerta del Parlamento marroquí). Por cierto, nos decía el hijo del embajador más tarde que el embutido había llegado por carretera desde Ceuta. Primera impronta del período Navarro, que nada tiene que ver con éste que te manda esta postal.

Aragonesa y navarra y madrileña y sevillana y granadina y muchas cosas más es la estirpe de Bonet, el diplomático, como tuvo ocasión de contarme largamente. Me aseguró, además, la existencia de un vínculo permanente en la historia a través de ciertas familias y personajes entre Navarra y Sevilla. Mientras, el grueso del grupo de periodistas hablaba de periodismo, claro, y otro más exiguo se dirigía al embajador para abordar cosas serias, que para eso habíamos llegado a Suisí.

El discurso erudito de Bonet es desbordante, lo cual no nos impidió cazar al vuelo pinchos de tortilla que seguían pasando por delante de nosotros. Igual hacían Zacarías, fotógrafo de EFE, y Mohamed, redactor de la misma agencia de noticias. Al preguntarme por mi origen y decirle que era sevillano, Bonet me preguntó si era sevillista  o bético. Ya no me acuerdo del nombre de la familia, porque me abrumaba la precisión de nombres y apellidos y genealogías que iba trazando, pero me contó que la familia de su mujer es pariente de uno de los fundadores del Sevilla Fútbol Club. Y que en su casa son todos palanganas, que es una forma de decir sevillistas.

Poco a poco íbamos adentrándonos en terrenos hispalenses, y comenzamos a diseccionar la realidad de la ciudad a nuestra forma, para aburrimiento y sorpresa del resto de presentes en el corrillo. “Sevilla es de una complejidad impresionante. Aunque sea la reacción natural que nos provoca a los que no somos de allí, considerar provinciano al sevillano por su comportamiento es un error. Hay un componente cultural muy rico, muy denso. Es quizá la ciudad de España con más personalidad, algo que no tiene ni Madrid ni Barcelona, que me parece mucho más provinciana que Sevilla, por ejemplo (…) Sevilla es mucho más romana que árabe y eso ha marcado su predilección por la representación, desarrollar lo externo. En Sevilla lo máximo es ser pregonero de la Semana Santa, pero menos que ser rey mago en la cabalgata, ¿no es verdad?”, decía, entre otras cosas, Bonet en el salón de la residencia del embajador.

No te negaré cierta alegría sentida al oír las reflexiones del diplomático maño, cuando sobre la ciudad -como sobre el conjunto de Andalucía- pesan como duras losas los estereotipos sobre nuestra filosofía de vida colectiva. Hoy, casualmente, el presidente de la Junta de Andalucía, José Antonio Griñán, hacía autocrítica y culpaba al conjunto de los andaluces de tener parte de la culpa del deterioro de la imagen de la región. La Junta, añado yo, con sus más de veinte años en San Telmo, tendrá bastante que ver en eso. Pero ése es otro debate.

Creo que el mismo debate identitario que marca desde hace, por lo menos, un siglo y pico la realidad de España, la permanente cuestión esencialista de su existencia como nación, el combate de los nacionalismos disgregadores, etcétera, encuentra una traslación equivalente en el de la reflexión sobre qué es Sevilla; cómo debe seguir siendo en el futuro, qué puede y no puede hacerse en la ciudad, cuestiones que planean siempre en cada esquina, en cada bar, en cada edición de los periódicos locales. La mayoría de los sevillanos, estoy seguro, tiene un concepto, una pequeña teoría sin formular en la cabeza sobre la realidad de la ciudad.

Con el tiempo me doy cuenta de que Sevilla mejora desde lejos. La cercanía le hace que se le vean todas las arrugas de la cara, todas las patas de gallo. Desde la distancia Sevilla es una ensoñación; estar fuera permite pensar en ella sin la pesadez cotidiana, sin el tedio de una realidad imparablemente declinante y la parálisis y la vulgaridad reinantes.

Desde lejos no se aprecian los contornos de la Encarnación y el debate que nunca se hizo del proyecto de los parasoles, ni los líos de Mercasevilla, ni el ocaso de Monteseirín ni tampoco los orgullos al subirnos todos a un tranvía aún ridículo -el de Rabat nacerá con 20 kilómetros de longitud, compara con el paseíto del tren de la escoba- y una línea de metro que ha costado tres décadas de nuestras vidas y de las de nuestros padres y abuelos.

Sevilla es más bella cuando la encuentro al hacer abstracción de la torre de su mezquita mayor paseando a los pies de la torre Hassan de Rabat. Sevilla es más bella aún cuando se la evoca en las páginas de La Ciudad de Chaves Nogales. O al imaginarnos el magnolio de Luis Cernuda.

Sevilla nos toca la fibra cuando oímos fuera el arranque de una sevillana, una corneta tocada por un cani de alguna de las hermandades del otro lado de la calle Oriente, que graban Cedés y más Cedés que se venderán como siempre, pese a la crisis, en el Corte Inglés en estas fechas. Sevilla nos hace temblar cuando nos la imaginamos ya próxima por la campiña palaciega y dejamos la torre de la parroquia del pueblo lejano de Joaquín Romero a la izquierda por la carretera de Cádiz, rodeados de algodón y olivos.

Pero Sevilla se nos hace pesada cuando la vemos de cerca. Nos imaginamos los mismos debates esencialistas, como los de los dos chavales que hicieron los cortos que circulan en Youtube sobre el los canis, los pijos y los de las botellonas, y nos aburre la gomina, las patillas largas, las fotos de pasos en los muros del bar y las Cruzcampos. Y lo digo con una lata de Cruzcampo que me compré en el Marjane (el gran hipermercado de Marruecos, por si esto lo lee alguien distinto a ti, que lo conoces bien) sobre la mesa. Nos cansa lo de las catenarias, el lobby del Consejo de Cofradías y la novelería con la que la ciudad trata a la gente importante que hace estación en la ciudad, sea Tom Cruise, Cameron Díaz o el presidente del Gobierno. Bienvenido, Mr Marshall.

Una identidad, una personalidad, como quieras llamarlo, la de Sevilla, complejísima, en efecto, extraordinariamente densa. Según como tenga uno el cuerpo puede resultar asfixiante y entrarle a uno las ganas de irse lejos, cuanto más mejor, o desbordante, apasionante. Para bebérsela de un tirón y pedir más y más.

Me pregunto por qué nos gusta tanto a los sevillanos formar parte de la representación de la ciudad, con ecos de la del Villar del Río berlanguiano, y por qué nos provoca el rechazo que nos causa cuando la vemos repetida el día después en DVD. Probablemente eso no lo sabrá el amigo Bonet, pero Sevilla, me va enseñando el tiempo, gana irremediablemente con la distancia. Y la alegría de sentirla aquí o allí es directamente proporcional al hastío que nos provoca saber que, a estas alturas de la película, a Sevilla no la cambia ya nadie.

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Argel

Antonio Navarro Amuedo | 18 de noviembre de 2010 a las 20:41

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Argel es como una mujer perfumadita de pino piñonero volviendo de la Tipaza de Camus, hacia Poniente. Argel es el recuerdo de aquel mirador del barrio de Hydra, que hacía en la noche de verano de su bahía un lugar elegante, un iluminado puerto mediterráneo. Así la recuerdo cuando me dispongo a dejar tinta azul sobre el sepia de una postal abandonada durante meses sin mayor explicación que el rechazo a hurgar en las nostalgias estivales. Es la lástima de haber aguardado tantas semanas; permanecen las luces y desaparecen los detalles desagradables de una ciudad que languidece víctima de la cerrazón de unos pocos y la ignorancia de la mayoría, que es lo que pasa en casi todas partes.

Prefiero acordarme ahora de Argel desde la tranquilidad de la explanada de la belleza bizantina de Nôtre-Dame d’Afrique, donde monjas españolas nos aseguraban que allí han convivido siempre todos sin mayor inconveniente. Prefiero acordarme de un suburbio de asfaltos pegajosos y confiterías olorosas llenas de abejas, recordando a un mismo mar común en aquel paseo.

No quiero acordarme de la miseria de su periferia ni de las ruinas de su kasba, que me decían que es Patrimonio Mundial de la Unesco pese a que nos apenara el hecho de encontrarla como un vertedero. Ni del interior ruinoso de sus nobles inmuebles coloniales, domicilio de manadas de cucarachas. Prefiero recordarla como una bella cautiva asomada al Mediterráneo en una tarde del mes de julio. Llegamos entonces dispuestos a olvidarnos del pasado de batallas y rencores y apurar los resquicios de una ciudad que, como todas las ciudades, estábamos convencidos de que nos reservaba toda la vida necesaria y aventuras, que son para el verano.

Prefiero acordarme de Argel como una ciudad triste, triste de la pena de haber sido el esplendor que las crónicas y los viejos nos cuentan. Hoy Argel es una sucesión de historias encerradas en el perímetro de una urbe que no puede escapar de la amenaza de bombas y pistolas y que es víctima de controles militares omnipresentes. Abandonar la capital argelina es someterse a la tiranía de las garitas policiales por carretera, de señores uniformados con chaquetas con las mangas largas o incluso con mangas muy cortas -lo que nos hizo soltar una buena carcajada- que demandan pasaportes portando metralletas. Mientras, como si nada, los pinos apestan a resina sobre los acantilados azules del Mediterráneo.

Hay, en efecto, en Argel la tristeza de un pueblo que sufre los rescoldos de un régimen de uniformes, otrora prosoviético y revolucionario, hoy empeñado en seguir afirmando una ideología que ya ha perecido pese a que aquí los dinares rebosen en las arcas del estado gracias a las ventas de gas y petróleo. En los museos nacionales asustan las granadas, las trincheras recreadas y la hostilidad anticolonial en documentales y vitrinas contra lo francés celebrada a lo bestia en monolitos vertiginosos. Mientras, la sociedad trata de escapar por los resquicios de un Islam que aprieta y de un aislamiento que asusta.

Rarísimo, misión casi imposible fue la de hallar en sus calles, de un barrio al otro, una franquicia de marcas occidentales, fábricas de metáforas en todo el planeta de la globalización. Argel no fue capaz de regalárnoslas, plagada de tiendecitas de zapatos, frutos secos y muebles todo sospechosamente al cien por cien nacional. La oficina de turismo argelina que encontramos en un paseo marítimo frente al puerto era una casa fantasma; milagroso fue dar en la kasba con el último artesano, el único capaz de hacernos creer que ante su taller se detienen a menudo grupos de jóvenes que deambulaban como el nuestro pertrechados de cámaras digitales y cargados de curiosidad. La expedición era recibida por Doñoro, el conquistador desaliñado, expedicionario vasco encallado en estos confines inhóspitos del Magreb o un último de Filipinas que ve pasar generación tras generación a becarios y viajeros ocasionales para abrumarlos con su conocimiento de la ciudad y el país. Una enciclopedia al servicio lo mismo de los mejores garitos de chorba frita, que de las oportunidades de negocio para las empresas españolas del sector agroindustrial y las renovables en suelo argelino.

Pese a todo, el odio contra los creadores del Argel colonial de manzanas de elegantes fachadas blancas y rejas azules añil se debilita cuando la vida nos obliga a mirar hacia el futuro. Hay que conectarse al mundo, aprender el francés de las empresas europeas que aterrizan no sin dificultades para hacer negocio en un país de infraestructuras oxidadas y tanto por hacer. El projecto panárabe duerme el sueño de los justos y la unidad magrebí hace lo propio víctima del conflicto irresoluble del Sáhara Occidental.

Hoy leo Argel en los periódicos marroquíes y en una y otra página web de las que estos días nos cansan asociada machaconamente a la hostilidad de un régimen expansionista contra la Monarquía alauí de este lado del Magreb. Me niego a tener que elegir para tomar partido y reparto las simpatías entre Rabat y Argel, entre pueblos generosos que habitan a ambos lados de una frontera artificial; gente que dice labas?! cuando te la cruzas en la calle para preguntarte cómo estás. No reconozco a la ciudad blanca que aguardaba con su misterio de mujer cautiva entre las líneas de estos papeles amarillentos que repaso con la nostalgia de un verano que se nos escapó sin remedio.

El tonto gritón

Antonio Navarro Amuedo | 16 de noviembre de 2010 a las 15:13

No me resisto, pese a la que las cosas están entretenidas por el Magreb estas semanas, a comentarte en esta postal, que no me da para mucho, la verdad, las palabras de un diputado gritón y faltón de Esquerra Republicana de Catalunya. Ha dicho que en “Andalucía no paga impuestos ni Dios”.

Te acordarás porque éste es el que iba con la pinta de mafioso con camisa negra al Congreso de los Diputados a decir tonterías, a meterse con Madrid como centro de todos los males y cobijo de todos los facistas del Reino, con el propio monarca y con las provincias del uno al otro confín del país. Aparte de ser un ignorante y un cateto, que da la impresión de no haber bajado de Tortosa en su vida, es un mentiroso.

Acusa a una región de evasión fiscal absoluta. No negaremos que grandes capas de la comunidad autónoma, ya sea por desempleo o ya sea por medio de ayudas directas al cultivo, se haya beneficiado durante años de importantes subvenciones públicas.  Creo que han tenido su responsabilidad en la lentitud del cambio del modelo productivo andaluz; no toda, pero importante. Es una asignatura pendiente que Andalucía aún no ha aprobado y que el conjunto de los andaluces lamentamos y reconocemos. No obstante, habría que cuantificar si el montante de las ayudas recibidas por la comunidad autónoma es menor o mayor que el de las que Cataluña ha recibido en forma de transferencias desde Madrid a cambio del apoyo parlamentario a los Gobiernos socialistas y populares de la democracia. Quizás nos lleváramos una gran sorpresa.

Si les diera nada más a los amigos del facebook y a otros colegas comunes por mandarles al correo electrónico de este señor una fotocopia escaneada de sus declaraciones de la renta “acolapsaríamos”, como diría el otro, el servidor de internet de Esquerra Republicana y el del edificio entero dondequiera que tenga la sede la citada formación. No vamos a perder el tiempo en eso, desde luego. Mejor haría este tipo en agradecer el esfuerzo laboral de un millón de catalanes de origen andaluz que hoy se integran en la sociedad catalana. Uno de ellos es, por ejemplo, el president de la Generalitat, José Montilla, natural de Iznájar, provincia de Córdoba, líder de un tripartito del que forma parte la formación del susodicho prohombre de las camisas negras y el pasaporte en blanco. Muchos de estos catalanes de orígenes en Córdoba, Jaén o Sevilla, además, alimentan las filas de los votantes del partido del arrogante éste.

Una vergüenza es que Cataluña, una región de gente seria y trabajadora, que está donde está, en todos los mapas del mundo, por méritos propios, produzca elementos desagradables como éste. Yo, como si nada, seguiré aprendiendo catalán en mis ratos libres. El de la región del cateto éste, el Ripollès, es, además, uno de los que me gustan más; allí pasé muy buenos ratos hace unos cuantos veranos. Ahora, sin ir más lejos, voy a cortarme un poco de fuet, que me encanta y que me mandan en grandes cantidades desde España al Magreb. Y seguiré manifestando mi admiración y cariño por un pueblo noble que bien haría en sacar de los parlamentos y la vida pública a mamarrachos como éste.

Teoría general del juyismo (II)

Antonio Navarro Amuedo | 26 de octubre de 2010 a las 20:25

Te pego aquí otro pedazo de esta carta, que promete ser larga y venir en varias entregas. Me he topado esta mañana con él casualmente al encontrarme con Nora Fakim, la corresponsal en Marruecos de la televisión iraní Press TV. Con su gracia inglesa -vaya cosas digo- y los cuarterones marroquíes y de las islas Mauricio que le corren por las venas, de una historia postcolonial merecedora de un novelón, me ha contado un suceso verídico y pareciera que hecho aposta. En su acelerado inglés del área metropolitana de Londres, me ha narrado lo que le pasó a su madre antes de las últimas elecciones municipales de la capital británica. “No me gustan demasiado los políticos actuales. Tengo valores, pero están muy alejados de los de los grandes partidos del Reino Unido en estos momentos. No me gusta cómo actúan. Mi madre, por ejemplo, recibió una llamada de Boris Johnson -el alcalde actual de Londres- con la que le pedía el voto. Preguntó por Nora o Salma Fakim. Quería demostrar que es capaz de convencer a gente que no ha nacido en el Reino Unido para que votara por los Conservadores en las municipales del año pasado. Y, sobre todo, hacerse una foto con mi madre, que es la única juya de Beckenham, el distrito de Johnson”. Eso es tener gracia. Y dicho así tiene menos, nada comparado con oír de sus labios “my mother, who was the only juya in the area…”.  ¿Te va quedando claro el concepto?

Teoría general del juyismo (I)

Antonio Navarro Amuedo | 25 de octubre de 2010 a las 1:00

No todos los marroquíes son juyas ni son sólo juyas los marroquíes, pero, juya, pronunciado a la española, del árabe magrebí para significar en español hermano, es un concepto profundamente vinculado a estas tierras. En nuestra lengua, el símil más cercano sería el de cañí o, de forma más pedante, carpetovetónico. El término juya se extiende sin oposición por la comunidad hispana de Marruecos asentada principalmente en las dos grandes ciudades del país, Rabat y Casablanca. Aunque la citada voz posea un significado muy inequívoco en el árabe de Marruecos, el concepto que se introduce en la lengua española no es difícil de comprender para los marroquíes que frecuentan los ámbitos hispanohablantes. Incluso lo utilizan con sorprendente destreza. Los lingüistas aún no se han puesto manos a la obra para dilucidar cuándo este arabismo se introdujo en la lengua de Cervantes, pero hay quienes apuntan a que pudo producirse en plena crisis económica internacional, a comienzos de 2009. El desembarco masivo de becarios y empresarios procedentes de la orilla norte del Estrecho en busca de oportunidades de negocio en el Magreb favoreció el contacto entre las dos lenguas y, en fin, el préstamo lingüístico con cambio semántico incluido se hizo posible. Hay que dejar constancia de que no siempre el término es bien entendido ni recibido entre los nativos cuando es utilizado en este sentido que nos disponemos a explicar y puede que no les falte ni un ápice de razón en su queja.

La palabra juya puede emplearse tanto como sustantivo como adjetivo. Un juya, los juyas. El juya me dio una brocheta de cordero. O, con valor adjetival: Me llevaron a un restaurante juya. ¿Qué significado encierra este concepto aparentemente sencillo? No será difícil de definir: medio kilo de cutrismo o cutrerío, otro medio de necesidad, otro de picaresca, cuarto y mitad de ingenio y doscientos cincuenta gramos de dejadez congénita. Agiten sin mucho ahínco que se mancharán la delantera y ahí tienen servido el cóctel juya. Arreglarme una fuga de una cañería que causaba humedades inmensas en la pared de mi armario con un trozo de chicle, eso es juya. Tapar un socavón en la calzada de un metro de profundidad con la placa de un stop durante meses, eso es juya. Sigamos poco a poco.

Hay barrios juyas y otros que no lo son tanto. Para los que viven o han estado en Rabat, comprenderán qué quiero decir cuando afirmo que la medina es juya por definición y Agdal, Suisí o Hay Riad o no lo son o lo son muy poco. Hay ciudades enteramente juyas, como la caótica y fascinante Casablanca, gracias a la que se acuñó el urbanismo juyal. Aún queda mucho para que las antiguas medinas, catedral del juyismo más genuino, se conviertan en los manuales de historia en juyerías para competir con juderías y morerías. Pero todo se andará.

Existe hasta una filosofía política, la del juyismo ilustrado, que tiene poco de despótica y mucho de popular, pues nada para el pueblo y encima sin el pueblo, que así seguirán siendo las cosas mientras sigan mandando en el mundo monarcas a la manera del Antiguo Régimen.

No sólo los marroquíes, repito, son juyas. En España tenemos miles. Quizás, el sur, por su proximidad al Magreb, sea la tierra ibérica que más cuente con juyas entre sus vecinos. Pero hay muchos juyas repartidos por toda la piel de toro, que hasta ahora se definieron con otros términos (canis, poligoneros, chonis, castizos, etc.), aunque ninguno precisa lo que ustedes ya a estas alturas de la carta comenzarán a entender como la propia citada voz. Muchos italianos sureños tienen su ramalazo, como los portugueses, como los griegos, por citar tres nacionalidades. Y hay muchos en otros países de la ribera sur del Mediterráneo, del Magreb a la Península Arábiga. Yo ya soy bastante juya, mucho. Me doy cuenta cada vez que me meto en un tren y, automáticamente, aunque vaya de Rabat a Kenitra, me estiro como si estuviese en mi cama y ocupo tres o cuatro asientos de un compartimento para echarme una siesta. Y me encanta hacerlo. Seguiremos deconstruyendo al juyismo.

Foto: Miguel Roca

Foto: Miguel Roca

El jardín

Antonio Navarro Amuedo | 21 de octubre de 2010 a las 3:11

Lo llaman el jardín andaluz y se esconde detrás de los muros de la alcazaba de los Udayas, que se cuelga sobre el estuario del río Buregreg con callejuelas de añil y blanco encaladas. Cuentan las crónicas que Rabat acogió a miles de expulsados por las autoridades del Reino de Castilla y que por eso andaluz no es sólo ese jardín, sino muralla y barrio y reconocimiento orgulloso de origen para muchos habitantes de la ciudad y de otros lugares de Marruecos. El jardín andaluz es silencioso y asilvestrado.

De otro de los muros del jardín de los andaluces vi colgar la misma buganvilla del Callejón del Agua: intensa, primaveral, recogida, contenida. Nos adentrábamos en las tardes sin rumbo al corazón de Santa Cruz para ser recibidos por aquel surtidor con su rumor de fuente incesante. Débil, como estando casi a punto de extinguirse, la fuente del Callejón del Agua nos acompañaba en los breves instantes en los que duraba la tregua de la turba de turistas en pantalón corto que nos aguardaba en la próxima esquina de la calle Vida. La placa de mármol del poema en prosa de Ocnos de Luis Cernuda presidía y ennoblecía aquel recodo. En ese breve lapso que duraba nuestro paso por el Callejón imaginábamos la lentitud que parece llevar el curso de la vida y hoy nos damos cuenta de que aquello era sólo un espejismo, una licencia que nos regalaba el corazón romántico de la ciudad y que las campanas repican a un ritmo endiablado. En unos segundos soñábamos las novias que tendríamos, los países que visitaríamos y la gente que conoceríamos en un mundo ancho y apasionante, tranquilos de contar a nuestro lado con la presencia permanente de nuestros amigos y familiares. Después salíamos pisando el albero del Patio de Banderas para encontrarnos con la figura elegante de la torre que preside y proyecta su sombra sobre la existencia cotidiana de mi ciudad, a veces pesada losa que establece los límites de una vida urbana cíclica y ensimismada.

En el jardín andaluz hay un jazmín enorme que cuelga de uno de los muros y que perfuma las noches rabatíes, como se perfumaban las noches del corral de la casa de Los Palacios en los veranos inacabables de la niñez. Entonces las familias se sentaban a la puerta a tomar el fresco y a comentar las luchas, las ilusiones y las miserias diarias. Allí eran protagonistas absolutos los mayores de la casa, en el relato apesadumbrado de la ventura de sus hijos y nietos; de lo que les había costado la hipoteca del piso en la capital, de lo contenta que estaba la hija pequeña en su primer empleo; sobre lo bien que iba el primero de los nietos en la escuela, aunque aún no tenía claro qué querría ser de mayor. Todo eso mientras disfrutábamos de la bofetada de olor que rezumaba el moñito de jazmín que se depositaba en un platillo sobre la cómoda del zaguán cada vez que entrábamos y salíamos a la cocina por un vaso de agua o una silla para un nuevo invitado a la tertulia. Al caer la noche cerrada, cuando nos acostábamos, desde nuestra habitación, pegada a la ventana, un escalofrío nos recorría el cuerpo al oír el quejío flamenco entonado desde lo hondo de las gargantas de aquellos hombres que regresaban a sus casas  procedentes de las tabernas de la plaza cargados de vino y coñac.

El verde del estanque es el mismo, como semejante es el frescor y la humedad que propician adelfas, nardos, rosales, romeros, naranjos y limoneros, que crecen igual de espigados que en los jardines del Parque de María Luisa, las Dueñas, en fin, el Alcázar, garantía de serenidad en el corazón de la ciudad. La humedad del próximo Atlántico me hace recurrir anticipadamente al abrigo en una tarde de octubre. Echo de menos la luz de la ciudad en estas tardes de otoño, el tiempo del declive más glorioso. La intuyo al sentir los rayos del sol entre las hojas de un naranjo y una palmera, pero sólo la hallo enteramente en mi memoria.

Encerrado en el jardín andaluz contemplo a las parejas furtivas que pelan la pava y a chicos que apuran cigarrillos sin la mirada inquisidora de las calles principales del viejo Rabat. Al vendedor de esa especie de turrón hecho una piedra. Al de postales amarillentas con fotos de las gargantas del Dades, la plaza de Jama El Fnaa de Marrakech, la gran mezquita de Casablanca, las montañas coloridas de especias y la torre Hassan, vigía que aguarda al otro lado de los muros con su belleza frustrada. La dama de noche me regala su aroma antes de salir del pequeño jardín oculto de los Udayas. La fortaleza ha de cerrar hasta mañana.

Mi ciudad, tan cerca cuanto más lejana.

Miguel Roca

Foto: Miguel Roca

Los chicos del pavo

Antonio Navarro Amuedo | 14 de octubre de 2010 a las 3:20

Los pavos son en Marruecos bastante apañados para hacer brochetas, que, gracias a los aliños de comino, salsa picante y sal, poco importa al final de qué tipo de carne están hechas. En España, en la categoría de las carnes, vienen después del pollo y, de insípidas que son si no son fritas con ajo y perejil abundantes, muchos diríamos que son las últimas en la escala. El cordero, que no el lechal, sino carnero o borrego viejo, hace de pilar de la dieta nacional en Marruecos y desmiente la exclusividad que disfruta al norte de Tarifa una carne que queda allí reservada para las fiestas navideñas y de guardar. Aquí en el Magreb los pavos tienen también forma de adolescentes, como pasa allá arriba y en todas partes y, te lo aseguro,  se ríen por las mismas tonterías por las que nos reíamos entonces. Ahora comprendo la irritación del profesor, que antes no llegaba a entender, ya que entonces me parecía pura pose que encerraba la incapacidad de poder reírse de las mismas cosas que nosotros, de alcanzar la compresión de nuestros códigos, nuestras complicidades y, por tanto, esa envidia le empujaba a echarnos la bronca. Lo he visto en mis clases del Instituto Francés de Rabat, donde mis compañeros lucen las espinillas en la cara y los bigotillos cantinfleros de rigor, pero dan los estirones de forma diferente a sus colegas de la medina y la tienda de ultramarinos de abajo mismo.

Existen muchos Marruecos concéntricos y los muros del Instituto Francés de Rabat tienen la forma de uno de esos círculos que separan las clases, los sueños y los límites de este pueblo. Los chicos del pavo son como los chicos del coro de la peli francesa, pero con pelos rizados que ellos mantienen corto por precaución a los volúmenes y la tez morena de los magrebíes en vez de aquel rubio que asustaba en pleno sepia de la posguerra europea. Son malos a ratos pero cuando se ponen, sacan los ejercicios de compresión de textos, de estos artículos fotocopiados de Le Monde o Le Figaro, que da gusto. Las niñas de mi clase no llevan velo, no sé si porque saben lo que Sarkozy es capaz de hacer en Francia o porque jamás lo vieron en sus casas de Agdal, Suisí o Hay Riad, que son los barrios de donde vienen para mejorar la ortografía y la sintaxis de la lengua francesa, en la que estudiarán las materias universitarias y harán carrera en alguna empresa, ministerio o bufete de abogados.

Los chicos del pavo son marroquíes, pero pronuncian el francés que asusta de bien. Una de las chicas, cuando el profesor explicaba el significado de la palabra belvédère (mirador), poniendo el ejemplo del emplazamiento de la Torre Hassan, que es el símbolo almohade de la capital marroquí, lo interrumpía bruscamente. La niña decía que mejor valía Trocadero y la Torre Eiffel para ejemplificar la palabra que habían descubierto en la fotocopia y que así se entendería mejor. Me los imagino de jóvenes tomando café en el Marais, comprando un kebab en las cuestas de Montmartre o paseando bufanda al cuello en Saint Germain-des-Prés en busca de viejos libros sobre inmigración y sociología tras salir de la Fac. Seguramente leerán en algunos de esos volúmenes amarillentos páginas sobre la  neocolonización, aunque de momento son muy jóvenes para interesarse por esas cosas.

Mis compañeros de clase son marroquíes, pero tienen Play Station 3 -ya no sé por qué número va la última-, hablan francés en casa, van a entrenamientos de baloncesto, que los hay de uno noventa con quince años, y veranean en Marbella, Portugal o Mallorca. Y tienen los dientes en su sitio, con aparatos en la boca más de uno, famosos brakes; de los pocos que he visto en estos dos años en estas tierras norteafricanas. Con la misma edad que Ahmed, el que estaba sentado a mi lado hoy en clase, Omar, que ya me dice “pimienta negra” o “toma el dinero” en español, cierra a las doce de la noche la épicerie de mi calle, después de doce horas detrás de un mostrador vendiendo cebollas, tomates, pan y cigarrillos sueltos. Omar aprovecha entre cliente y cliente para aprender español e inglés con un par de librillos que tiene detrás de la caja. No le gusta el francés, no sé por qué. Nunca ha ido a la escuela, pero es espabilado como él solo.

El profesor, digo, también es marroquí, pero luce un chaleco con el cuello de pico, pantalón de pinza gris y zapatos negros con cordones, una combinación muy de profesor europeo. Alucino viéndoles hablar de Baudelaire y de Ronsard, de sonetos y novelas, cuando la Revolución Francesa y los ideales de Rousseau, Montesquieu y la Ilustración aún no han llegado al Parlamento de su país, que está a doscientos metros de nuestra clase. ¿Qué periódico marroquí llevará este profesor debajo del brazo cuando salga a tomarse un café después de clase? ¿A que no se te ocurre ninguno?

La oscuridad de la tarde, camino del Instituto Francés, en una lluviosa tarde otoñal me retrotrae a mis primeros meses en la húmeda Rabat de hace dos años. Mis compañeros de entonces me ofrecieron unas de los primeros rostros de Marruecos, mucho antes de sumergirme en la humanidad de los trenes familiares a Marraquech y de los jornaleros en autobús camino de las tierras de Larache y Tetuán.

Mis compañeros de clase me miran como un extraterrestre. Todos saben que soy español, como una amiga que también ha venido a perfeccionar su francés y que sufre parecidas sensaciones que yo, y que estamos en clase por razones y en circunstancias completamente diferentes a las suyas. No obstante, la complicidad con nuestro país es la misma en las aulas del Instituto Francés, quizá teñida de un punto de distancia que propicia el entorno galo, que en el resto del país y el profesor se afana en sacarme algunas palabras en español. De repente, al oírme decir la frase en castellano, salta uno de fondo y grita: ¡¡Barça!! Y el resto comienza a reírse a carcajadas.

Mis colegas de clase tienen diez años menos que yo y, aunque me veo incurriendo en los mismos vicios y pecados que entonces, cuando yo tenía su edad, jugueteando con el boli, charlando con mi amiga en plena explicación del profesor, pensando en mis cosas mientras agacho la cabeza para que que no me mire a mí para preguntarme y me deje en paz en el tiempo que queda, mirando a la chica más mona de la clase y la cara del espabilado del grupo, no somos ya los mismos. Me miro en el espejo de estos chicos y aprendo que ya no luzco esas espinillas, sino una barba bien dura, que me han salido algunas canas, que es una palabra que ellos asocian con sus padres y abuelos, y que a ellos les quedan unos pocos años encerrados entre aulas antes de que la vida los lance a eso que llamamos edad adulta, que es la hora de la verdad, cuando el árbitro dice que empezó lo serio de la cosa. Ese día en que la edad del pavo quede atrás definitivamente.

Chomsky en un petit taxi

Antonio Navarro Amuedo | 1 de octubre de 2010 a las 14:47

“Salam Alekum”. “Alekum Salam”. “À l’Agdal, s’il vous plaît”. Apenas arranca el petit taxi azul de Rabat, uno de los muchísimos que he probado en todas las geografías del país, con sus cinturones desvencijados y puertas que se niegan a cerrar y abrirse, centenares de veces, en dirección al barrio de las franquicias occidentales y los marroquíes desahogados, cuando el taxista comienza a darme explicaciones. “Esto que oye –como tantos y tantos petit taxis, el vehículo es una pequeña mezquita motorizada– es el Corán. Hay dos formas de recitarlo. Ésta es una”. Asiento como si acabara de poner mis pies por vez primera en Rabat y Marruecos. No tengo muchas ganas de dar explicaciones.

El taxista, trajeado pero víctima de una corbata lila con dragones estampados, prosigue. “No es una oración como alguna gente pudiera pensar; son versos del Corán recitados”. Sigo haciéndome el nuevo; ya sé que tengo cara de haber llegado esta tarde a un congreso sobre democracia en Oriente Medio en la Universidad de Rabat, me digo, pero no me queda otra. “Como le decía, hay otra manera de recitarlos”. Sin mediar palabra, el conductor saca el CD con la música coránica, lo guarda en una funda de plástico para inmediatamente introducir otro. El árabe clásico comienza a flotar, con la misma cantinela, por el pequeño taxi. “¿Nota la diferencia? Es la otra forma de recitar el Corán. Ya no existen más maneras. Ambos recitadores son egipcios: me encantan”.

Las pequeñas dosis de teología y folclore son habituales entre los taxistas, que hacen gala de la misma exquisita hospitalidad de los marroquíes. También predominan temas más profanos, como la sempiterna pregunta: “¿Español?”. “Oui”. “¿Madrid o Barça?”. De ninguno de los dos, señor, de ninguno, ya lo sabes, me toca siempre responder. Y una conversación futbolera que este año culmina siempre en felicitaciones por la victoria de España en el Campeonato del Mundo.

Entrando en Agdal, la conversación –yo respondo algún monosílabo y supero el mero asentimiento con la cabeza– se hace un poco más profunda. La lengua árabe es el objeto de sus explicaciones. “En todas las lenguas, como el francés, por ejemplo, encontramos una estructura parecida de Sujeto Verbo Complemento”, me suelta. Me digo, jolín, ¡un taxista leído! ¡qué gusto!. “Por ejemplo: Jean et Danniel vont au marché o John and Michael go to the market. ¿Lo ve, no?”. Yo lo veía, hasta ese momento, sí, pero lo que no veía tan claro era dar crédito al análisis sintáctico del conductor que me lleva sin rumbo por las calles de Agdal. No le he dicho aún la dirección ni falta que me hace. Quiero que siga hablando.

“Chomsky analizó muchísimas lenguas para concluir que existe una gramática universal común a todas, pero se topó con el árabe, que se le escapaba a sus esquemas”, asevera. A mí sí que se me estaba escapando algo o mucho cuando nuestro amigo, el taxista encorbatado y sonrisa perpetua, comienza a citarme al padre de la gramática generativa. “¿Ha leído a Chomsky, ¿no?”. No sé qué decirle, la verdad.

Después de aquello, con la cabeza más pendiente de cómo te contaría esto en una carta que de lo que me estaba relatando, el taxista, aparcado delante del local al que le había pedido que me llevase, siguió explicándome por qué el árabe es un caso particular alegando enunciados y más enunciados, moviendo a su antojo y para mi absoluta ignorancia sujetos, verbos y complementos. Después escuché cómo revivía las polémicas entre el lingüista de Filadelfia y activista político con Skinner, y yo ya flipaba, que no se me ocurre otro verbo a estas alturas de la película.

Lo tengo que interrumpir bruscamente y preguntarle; no aguanto más. “Señor, ¿y usted cómo sabe todo eso?”. Y me suelta de sopetón, como me citaba de cabeza las explicaciones de Noam Chomsky, que es licenciado en lingüística especialidad en lengua árabe por la Universidad de Rabat en el año 1996. Casi na lo del ojo, me sale en el español de mi tierra, sacándome la cartera del bolsillo. Y ahí está, con su pequeña máquina azul, destartalada, dando portes por unos pocos dirhams para arriba y para abajo y los Aspectos de la Teoría de la Sintaxis de Chomsky en la guantera.

Nunca encontré en el primer mundo de los taxistas quejosos que te acusan sin conocerte de nada de haber votado al alcalde que los fríe a impuestos municipales o van de sobrados con sus discursos sobre lo mal que va siempre el negocio y el mundo en general no ya la simpatía de estos conductores magrebíes sino lingüistas o teólogos al volante como hallé al sur de Gibraltar.

Prometo, estas líneas y tú sois testigos,  irme a Chomsky y rastrear las explicaciones sobre el árabe y las gramáticas universales que nunca busqué ni hallé, hace ya varios años, en los anaqueles de las bibliotecas de la Facultad. Gracias a mi amigo el taxista azul de Rabat.

Mubarak

Antonio Navarro Amuedo | 20 de septiembre de 2010 a las 2:15

Mubarak tiene nombre de dictador egipcio, pero en verdad es un pacifista bereber. Como la momia egipcia, Mubarak, el portero de mi edificio, tiene una edad indeterminada, o, al menos, cuando nos lanzamos a adivinar cuántos años puede tener este luchador de la escalera, enjuto, minúsculo, fibroso, con su bigotillo leve y casi adolescente, nadie se pone de acuerdo. Como miles de bereberes del sur de Marruecos, Mubarak, o M’barak, así, sin que la u suene, a la forma marroquí, dejó las tierras de la región de Agadir para tratar de ganarse la vida en Rabat, en esta fachada atlántica del Magreb de las oportunidades relativas. Él limpia la escalera, vigila que dejemos las puertas y ventanas bien cerradas, su auténtica obsesión, recolecta fajos de dirhams para la casera a principios de cada mes y se lleva, de paso, alguna propina al margen de su remuneración recaudatoria. Otros bereberes que, como Mubarak, dominan el árabe –en un bilingüismo que causa sonrojo a cualquiera de nuestros compatriotas– al tiempo que su lengua materna, que es un mosaico de formas nómadas, se buscan la vida en mil y un oficios, entre los que se hallan prósperos negocios de lecherías o confiterías que se reparten por toda la ciudad.

Además, Mubarak dedica las tardes y los fines de semana, con un chaleco que no abandona ni en julio ni en agosto,  a la cafetería Amanda, frente por frente a nuestro edificio, donde gana el resto del jornal con el que poder alimentar a las cuatro bocas de su casa, si es que se puede llamar así a lo que se halla bajo el techo de un altillo del edificio y acoge a sus dos niñas, a Ibrahim y a su señora esposa.  Eso, claro, sin dejar de echarle el ojo al edificio. Cuánto capital humano desaprovechado, me decía mi primo Luis Miguel, que también lo conoce. El oficio de Mubarak, qué digo, es el de la supervivencia cotidiana. Una lucha diaria. Pero sin aspavientos, sin vanidades. Con alegría. Su horizonte, las cuatro esquinitas de la manzana, que custodia como el más fiel de los servidores.

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Mubarak es muy religioso, muy conservador, machista; seguramente sus planteamientos filosóficos rozan el llamado islamismo, pero no tengo ninguna duda de que todo eso del terrorismo basado en su fe musulmana le repugna. Yo a Mubarak no lo he visto matar ni a una cucharacha. Un día le hice el gesto de que había que sacrificar a unos gatos, pobrecitos, te acordarás, para ver si él sabía a quién podíamos dárselos porque nadie los quería y no tenían ya futuro alguno, y se reía a carcajadas de pensar que pudiéramos hacer algo así, aunque fuese con la ayuda de un veterinario. Bueno, miento, a Mubarak lo he visto matar a un cordero, o ayudar a sujetar al animal antes de su sacrificio en la fiesta del Aid-el-Kbir, con la que se recuerda la piedad de Dios ante el hijo que Abraham –o Ibrahim, como se llama su niño, que es del Barça aunque yo he intentado en vano hacerlo sevillista– estaba a punto de sacrificar por amor. El mismo amor a Dios y a cualquier atisbo de vida circundante que profesa Mubarak.

Mubarak es, en el buen sentido de la palabra, bueno. Muy pronto volverá a repetirse la imagen que ves junto a la carta. Y después de desmenuzar a un cordero que será el sablazo gordo del año y que colgará en esa estancia cubierta por la uralita donde vive su estirpe entera, me reservará unas cuantas brochetas que especiará con sal y comino, como ha hecho cada año.

Sin familia aquí, Mubarak interpreta a veces el papel de un pariente para mí. Más de un día y más de dos me ha devuelto a los corrales de mi casa porque me había dejado sin afeitar un mechón bajo la barbilla. Y cada vez que me ve con barba de tres días me advierte haciendo el gesto de empuñar una maquinilla y moverla por la cara de que con esta edad toca ya salir de casa afeitado. Desde casi el principio Mubarak me dice también con las manos y los ojos que él y yo nos profesamos un cariño especial, que no soy como el resto de vecinos de este 5 rue del Percebe llamado Youssef Ibn Tachfine, rey bereber, como Mubarak, que fundó, dicen las crónicas, el movimiento almorávide.

La pena que tengo es que en estos dos años de comandancia general en mi bloque apenas Mubarak y yo hemos podido hablar. Mubarak no habla francés y yo no hablo árabe. Bueno, yo creo que andamos empatados en eso. Hablamos unas cuantas frases en sendos idiomas que nos sirven para saber que todo anda en orden, que seguimos un día más con salud y con vida. Hablamos del tiempo, del trabajo, de lo mal remunerados que estamos ambos, de las respectivas familias y, aunque no te lo creerás, de política. Una vez veía que repasaba con interés, sentado en su silla de mimbre, desde la que otea la entrada y salida del personal, el semanario francés L’Express, pero me confesó que no lo entendía, que sólo se detenía en las fotos. Únicamente buscaba a Obama, al que admira. Eso sí, cada referencia al presidente norteamericano y esperanza de África, incluido este pedazo del norte bereber, la lee con avidez en la prensa arabófona. “¡Como yo, Barak, Barak, se llama como yo!”, comentaba eufórico el día de la llegada del senador de Chicago a la Casa Blanca.

La otra, la Casablanca de aquí, Mubarak la conoce de unas pocas veces, no más. Nunca estuvo él en el norte lejano de Tetuán y Tánger de los aires del Estrecho. Nunca ha pisado Mubarak la playa, que no le gusta nada, me asegura él. Desde luego nunca estuvo de vacaciones. Su única vacación comienza a las once de la noche en que se envuelve en su pijama blanco y dura hasta las seis de la mañana, cuando comienza a rondar la escalera. Mi amigo Mubarak no ha salido de Marruecos, ni tendrá, probablemente, la posibilidad jamás de conocer otros horizontes que los de esta manzana de escaleras, veladores y cafés donde se encierran las fatigas de una vida entera. Y, sin embargo, un día más, silba y sonríe cada vez que nos cruzamos en el recodo de la escalera.