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Tánger, puerto y nostalgia

Antonio Navarro Amuedo | 14 de septiembre de 2010 a las 1:57

Nuestro paseo por Tánger tiene el espacio de una postal, más que de una carta. Pugnamos en vano por estirar las líneas dentro de la tiranía de una breve postal y, aun sabiéndolo, intentamos cuadrar una historia con sentido en el reverso de una medina colgada de una colina. Allí está Tánger, recortada en la ladera de los ingleses, según me contaron en la iglesia de San Andrés, no sabes cuánto me gustó el romántico cementerio victoriano, en la ciudad de los setenta mil españoles, nos aseguró el padre Seijas, que ha visto casi todo desde su remanso franciscano. Poco queda ya de aquella ciudad internacional y nuestra visita por Tánger se alimentó de la melancolía de lo que ya no es ni somos.

Tánger tiene la tristeza de lo que ha pasado de universal a provinciano. Ése es un problema que la historia misma legó a una ciudad que se antoja legendaria en las páginas de Bowles, la urbe de los espías y los cafés, de la estrategia, la de los yanquis, los españoles, los franceses, los británicos. Y de los marroquíes, claro. Bien sabes que es un problema que acecha a regiones y a ciudades enteras, y en nuestro país la amenaza aguarda en cualquier esquina, detrás de autonomías y parlamentos animalistas. En Tánger encontré una medina modesta, los mismos snacks de fritangas y pescado, un puerto que es un gurigay de coches, miserias y esperanzas y una corniche, que es como en francés llaman al paseo marítimo, llena de bloques impresionantes, de cristaleras y muchas muchas plantas; primera fachada de un país que muestra a los ferries de Tarifa y Algeciras llenos de viajeros ávidos de exotismo que la cosa va mejorando a paso de gigante.

A mí, que llevo dos años por el Magreb ya no me llama tanto la atención, claro, pero entiendo la reacción de los mochileros amantes del Rif y las familias que se embarcan en el barquito de Algeciras y llegan al puerto de Tánger y que, a un pasito, aún mareadillos del vaivén del mismo, se meten de lleno en esa bofetada de olores, suelo pegajoso y puestos de frutas, verduras y babuchas de la antigua medina. Es el orientalismo según Edward Said a un pasito del Mercadona de Algeciras y de la Tarifa de los surferos yanquis.

Tánger es, en clave marroquí hoy, TangerMed, el mastodóntico puerto de contenedores que Su Majestad promueve en los alrededores de la ciudad para ser competencia de todo y todos en el Estrecho, y promociones inmobiliarias por doquier. Es la capital de un norte ahora mimado por la monarquía, la puerta orgullosa de un chantier, que es como llama a Marruecos la prensa francófona aquí, de un país que está patas arriba con tanta obra. De todas formas yo te digo que desconfío, porque detrás de esas rotondas de césped bien cuidado y de esos bloques inmensos he visto la misma pena y las mismas camisetas del Barça y del Madrid, el mismo humanísimo deseo de cruzar para mejorar los horizontes de la existencia.

Sin embargo, en este verano declinante, Tánger, como las veces que he venido a verla, lo sabes bien, es la nostalgia de la costa gaditana en el horizonte, que se convierte en la costa europea y del primer mundo en la vista de niños y menos niños. Tánger es ese muchacho que ve pasar la vida y las horas en la playa de la ciudad mirando al horizonte incierto de un ferry de ida. Tánger es paso. No creo que en Tánger uno pueda vivir ajeno al acariciar la posibilidad de embarcarse en un barquito al otro lado de la frontera. Tánger es la bandera inglesa con la cruz de San Jorge llena de mierda, la Catedral católica vacía, la plaza de toros convertida en nosequé, el cementerio judío pasto de los jaramagos, un pasado sin evocaciones físicas adonde agarrarnos. Tánger es una mirada de despedida. Entretanto, al ladito del puerto, nos subimos a unos cacharritos, que son los mismos de la feria en los que nos hemos montado tantas veces, a reírnos un rato de la implacable tristeza de la vida.

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Ceuta, peligro para caminantes

Antonio Navarro Amuedo | 7 de septiembre de 2010 a las 13:11

Fueron sólo unas horas, ya lo sabes, pero las suficientes para sentir con placer la misma sensación de cada vez que nos soplan estas dos brisas de libertad situadas a un paso por carretera de nuestra residencia en el Magreb. El Ramadán expira ya este año y la ciudad nos concedió el fin de semana pasado el penúltimo alivio, a nosotros que no encontramos dónde comer en la calle como buenos rodríguez veraniegos ni dónde tomarnos una cervecita al entrar la noche. Te sonreirás al leerlo, y ya te lo he dicho muchas veces, pero lo mejor del viaje fue acudir a las calles repletas de embutidos, productos de la limpieza, aceites de oliva, alcoholes a precios más económicos y otras necesidades cotidianas del Eroski o del Día de Ceuta, dos de las fuentes fundamentales de empleo para la región entera, por triste que parezca.

Ceuta

También disfrutamos mucho en las terrazas del centro de la ciudad de los montaditos de lomo, los chipirones plancha y la ensaladilla rusa, que es la tapa de la gordura mental, me dijo un endocrino amigo, pero que no sabes cómo le pega aquí el personal, regado todo ello por cervecita fresquita o tinto de verano. También disfrutamos de la noche ceutí, con cubatas bien servidos, de ese pastiche andalucista llamado Pueblo Marinero, de sus terrazas, donde nos impresionaron la brevedad de las faldas y la desenvoltura de los jovencitos, que cada vez son más numerosos, implacable que es el tiempo.

Ceuta está hecha de desconfianzas y estereotipos, de gentes que siguen llamando moros, que es la única forma que emplean, a los vecinos y habitantes del otro lado de los carteles de carretera donde pone Marruecos. Ceuta es el territorio de señoritas que hablan por teléfono con una tapa de lomo con pimiento morrón en la mesa del colegio que le puede tocar a su hijo, que esperemos que no sea de los malos, y que si no es así me vuelvo a Guadix, o a Málaga, o a Barbate, o a Alicante, donde están mis padres. Ceuta es Mustafa pasando por la mesa de la señorita y enseñándole carteras de cuero dos a cinco euros, que vienen de Fez y, como todo el mundo sabe, son las mejores de todo el Magreb. Y de parejas de jubilados conjuntadas en rosa, con cuellos con los colores rojo y gualda, que pasean por el paseo marítimo por la tarde, que es una hora de un ftor invisible por aquí.

Ceuta es también una mezcolanza de nabiles y hananes pronunciados a la andaluza, más españoles que la tortilla de patatas para que no te me enfades, y perfectos en el dominio del árabe marroquí, que fue, seguramente, su lengua materna. Ceuta es una simbiosis más natural de lo que muchos podrían imaginarse, de mezquitas y capillas marineras frente por frente, quizá espejo de lo que serán muchos barrios de nuestras ciudades, si no lo son ya, dentro de unas décadas. Más allá, porque allí prosperan desde siempre judíos y también hay una comunidad india, cosas extrañas al norte de Tarifa. Una parada de un autobús donde nadie habla español en frente de un polideportivo en el que niños rubios y repeinados juegan con las camisetas oficiales del Barça y del Madrid. “¡¡Quillo, echa ya!!”. Ceuta son sevillanas y trajes de gitana y rebujito en la feria y llamadas a la grandeza de Alá desde las mezquitas de El Príncipe, que es peor que las Tres Mil, literal, me dijeron. No te lo creerás, pero vi salir de una boda a una especie de coro rociero y los acompañé durante unos metros, en los que fueron canturreando canciones.

Ceuta es mucho menos castrense de lo que me imaginé, menos me ha dado la impresión que la coqueta Melilla, mucho más arrabalera en su comienzo viniendo desde el Tarajal, la frontera. No encontré allí otra cosa que el reguero paciente y tranquilo de señoras y señores cargados de bolsas de los supermercados que te he citado arriba, muchos zumos, muchas chocolatinas y magdalenas, papel higiénico, servilletas, dodotis y cosas por el estilo, que empiezan a venderse al detalle aún en suelo español. Sin supervisiones, sin sobresaltos, como si aquello se hubiese estado haciendo toda la vida de dios.

Arriba, en una de las tiendecitas la darija suena en la radio y en la madre que le riñe a uno de sus niños, que no obedece; hay jamón serrano, pero pido un bocata de chopped de cerdo, que me encanta, como sabes. La salada sensación de estar en casa.

Últimas noticias de agosto

Antonio Navarro Amuedo | 1 de septiembre de 2010 a las 1:25

Siempre me reprochas las mismas dos cosas: que soy demasiado barroco en la escritura y que no te mande una carta con los recuerdos del viaje a Argelia, que, tienes razón, sabes que siempre te la doy cuando la tienes, cada vez quedan más lejanos. Agosto amanecía entonces con toda la ilusión de un mes de vacaciones, tórrido y ramadanesco, y se nos escapa ya con aires frescos de septiembre y la melancolía de días más cortos y ausencias más largas. Aunque es cierto también que más nítidas a la vez en la memoria quedan mis impresiones de Argel y alrededores y no será difícil contar las líneas maestras de lo visto, oído y también olido, que en estos países del Magreb, para lo bueno y para lo malo, es muy importante la experiencia olfativa en una descripción cabal de la cosa.

En fin, que agosto se nos ha escapado ya y yo te recupero las impresiones que viví en casa, cuando decidí disfrutar de uno de esos fines de semana que habrían hecho las delicias de don Antonio Machado, que admitía sin pudor preferir una Sevilla sin sevillanos, o, por lo menos, dicha osadía se le atribuye al genial poeta del Palacio de las Dueñas. El mismo aire caliente, las mismas avenidas desiertas, el mismo verde intenso de los árboles en plena festividad lumínica en la Palmera y el Parque de María Luisa y el mismo silencio de hormigón en El Polígono Norte, San Pablo o Los Remedios.

Regresé acompañado del jefe de los fotógrafos de Diario de Sevilla, Antonio Pizarro, que tuvo la misma paciencia que siempre conmigo, a un escenario que recorrí años atrás buscando las trazas de algo que intuía entonces lejano. Suyas son todas estas fotos y me adelanto a que me digas que era imposible que unas así de buenas llevaran mi firma porque no sé hacerlas. Era el primer viernes de Ramadán y allí estábamos dispuestos, Antonio y yo, a entrar en la mezquita del barrio del Cerezo, que recordarás que se hizo famoso por haber dado cobijo a los terroristas de ETA cuando uno de los asesinos acabó con la vida de Antonio Muñoz Cariñanos, médico militar que se encontraba trabajando en la calle Jesús del Gran Poder. Poco a poco, el barrio, cercano al hospital Macarena y al Parlamento de Andalucía, también a la muralla y a la Basílica, donde descansa la Esperanza, ha ido viendo instalarse a un buen número de inmigrantes foráneos, principalmente lationamericanos, magrebíes y subsaharianos. Una suerte de Lavapiés o Raval de Sevilla, salvando las distancias, que en este terreno la ciudad tiene mucho que aprender de las grandes urbes.

El ambiente en las calles era muy parecido al de otros barrios de la ciudad en las vísperas de un fin de semana, el que puede en la playa y el que no, disfrutando al fresco de la tarde; parejas de lationamericanos pelando la pava en los parquecitos y muchos niños, seguramente senegaleses, montados en los columpios aún calientes del sol. Fuimos a recoger testimonio de las celebraciones de Ramadán en el primero de los viernes del mes sagrado de los musulmanes.  Me descalcé, celebré la posibilidad de entrar en el modesto local de la mezquita y tomé asiento en las esterillas del suelo esperando harira y un vaso de leche fría. Nunca habría pensado que los montaditos y las cervecitas que me tomé después sufrirían la digestión tan armónicamente.

Además de la sopa de fideos y garbanzos reglamentaria en cada ruptura del ayuno, Hassan Idrissi, el imán de la mezquita, que reconozco que me asustó al principio con su chilaba inmaculada, su gesto serio y su barba rizada, como una especie de don Quijote  islámico paseando sus principios por los recodos de la barriada macarena, nos obsequió a Antonio y a mí con agua fresca, dátiles, café y pan con mantequilla. No nos puso ninguna pega para que les hiciéramos fotos en plena oración, todos mirando a la Meca, que es lo mismo que hacerlo hacia Carmona visto desde El Cerezo. A ver si aprenden aquí, en esta tierra magrebí que me acoge, que ya obliga a los periodistas a tener una autorización del Gobierno para grabar fuera de Rabat, la capital de Marruecos.

Después, noté sólo simpatía en cada uno de los marroquíes que se me acercaban, al verme con la libretita y la pinta total con la que les chapurreaba las cuatro palabras que me sé en el dialecto árabe del Magreb. Pugnaban por explicarme en qué constistía el ftour, que es la comida que estábamos celebrando, un poco tarde, eso sí, por mi culpa, ya lo sabes, ya quedaban sólo restos, y que sirve de final al ayuno de cada una de las jornadas del mes de Ramadán.

De Tetuán, de Tánger, de Alhucemas, de Nador, de Marraquech, un poco de todo, pero mucha gente del norte de las antenas parabólicas en español, todos los rencores históricos superados y todos los sueños puestos en los ferrys de ida a Algeciras. También vi mucha miseria, como la de un argelino, tengo su nombre y apellidos en la libretita negra, que me apenó bastante y con el que intenté en vano comunicarme diciéndole que Argel me había gustado mucho. Uno de los marroquíes que veía mi intento de conversación no hacía más que decirme que no tenía ni papeles ni trabajo y que lo ayudáramos a encontrarle uno mientras me señalaba la libreta.

Después de eso me despedí, nos pusimos los cascos, nos montamos en la moto y volvimos al centro, a la redacción. Tras cerrar los ordenadores, nos esperaba el olor de las cocinas y el ruido de los tenedores y las conversaciones y más tarde el ambiente festivo de las terrazas de verano, las faldas imposibles, el ron colándose entre los hielos y el personal luciendo bronceado y presumiendo de vacaciones. Fez me recibía al día siguiente con su tren imprevisible, desde donde vi a los niños que se refrescan en las acequias y a los adultos que aguardaban, un día más, a la caída del sol para beber el primer sorbo de agua y el primer dátil.

Carta a Mohammed VI

Antonio Navarro Amuedo | 20 de agosto de 2010 a las 0:01

Majestad:

Vaya por delante que no estoy muy acostumbrado a dirigirme a monarcas ni a figuras de la envergadura de la suya y le agradezco que perdone la descortesía en la que incurriré una y otra vez al utilizar unas formas que no son las que usted frecuenta en su correspondencia habitual. Le agradezco mucho, repito, la amabilidad de acceder a leer estas torpes líneas.

Como podrá imaginarse, me han animado a escribirle esta misiva desde el otro lado del Estrecho, donde me encuentro, no muy lejos del bello puerto de Tánger y al azul espumoso que baña el Cabo Espartel,  los episodios acaecidos en torno a la frontera de la ciudad de Melilla con su Reino.

Le aseguro que el sentir mío y de los míos y me atrevo a decir que el de miles y miles, la inmensa mayoría de los españoles, es el del repudio de la violencia y la discriminación hacia cualquier persona, sea ésta quien sea, cualquiera que sea su raza, fortuna o condición. Desconozco si han tenido lugar esos episodios desagradables que su Ministerio denuncia, porque no he hablado con nadie envuelto en los mismos, pero si ello hubiera ocurrido, mi reacción no sería otra que la de una repulsa absoluta. Y reitero lo dicho: la misma sería compartida por mis próximos y la mayoría inmensa de mis compatriotas.

He visto en alguna ocasión el ambiente de la frontera de Beni Enzar, en Nador, que se ha hecho tristemente célebre estos días. Y la he cruzado a pie. He charlado con los taxistas de Nador, con algún comerciante de los cafés cercanos, he subido a los autobuses que nos transportaban por la zona, he hablado con policías y con gente anónima que cruza a uno y otro lado, que lleva haciéndolo toda la vida, a gente que maneja el español con formas y giros castellanos con la misma certeza con que habla la darija de estas tierras mediterráneas. Sé que son sombras de la realidad, pequeños instantes cotidianos, que no he hecho un trabajo de campo exhaustivo, así que no puedo arrojar aserciones rotundas, porque sería injusto y faltaría a la verdad, pero fueron mis impresiones.

Sin embargo, en mi pobre y esporádica observación he visto, sobre todo, comprensión y simpatía por parte de la Policía española. He visto guiñar el ojo a marroquíes que cruzaban cargados de productos de los supermercados melillenses, algunos de ellos forzando los límites de la naturaleza humana.

Con todo, la impresión mayor que conservo del tiempo en que viví en las tierras de su Reino es la de la bondad, la simpatía y el cariño dispensados hacia mi persona. Y, por lo que he podido apreciar, ésta es conducta general de los habitantes de su Reino hacia los foráneos.

Lo he celebrado desde el primer día. He tratado de difundirlo siempre a propios y extraños. A viajeros esporádicos y a familiares que llegaban a visitarme. A compatriotas y a gentes, en fin, de todo el mundo que pasaban por el Magreb. La mayoría de los marroquíes quieren a España. Y eso, con los errores y las injusticias cometidas por mis antepasados a lo largo de la historia, que no las negaré, es una noble manifestación de magnanimidad.

Por todo ello, Majestad, no puedo sino manifestarle mi tristeza por lo ocurrido estos días en torno al paso fronterizo de Melilla.

Comprendo y respeto la legítima aspiración marroquí de reclamar la soberanía de la ciudad de Melilla. Existen vías, a éste y otro lado del Estrecho, para expresarla; para ello están los foros institucionales y la prensa. Pero creo que las consecuencias de los incidentes de Beni Enzar no ayudan a nada. No, desde luego, a que su Reino abra un debate serio y razonable en torno a la cuestión de la soberanía de la ciudad.

Por el contrario, los acontecimientos de estas últimas semanas han dado alas a las posturas más radicales y nefastas para la relación entre ambos países. En mi país, con independencia de quién tenga la razón, al margen de lo certero de los diagnósticos, los hechos han causado daño.

En primer lugar, han vuelto a enfrentar a Gobierno y oposición. Y han contribuido a separar un poco más a los españoles y a minar la convivencia política y general.

Y, fundamentalmente, han deteriorado la imagen de Marruecos entre mis compatriotas. Algo que nos entristece a los que queremos y respetamos profundamente a Marruecos. Algo que molesta especialmente a quienes trabajan diariamente por el bienestar de ambos pueblos, que no son pocos, se lo aseguro.

Gente que, usted debe saberlo, aprecia los avances realizados por su Reino en materia de progreso material y social y que usted ha capitaneado. Personas que son perfectamente conscientes, sin embargo, de que aún queda mucho por hacer y que hay amplias zonas de sombra. Son profesionales que están dando lo mejor de su edad por empresas que crecen y se desarrollan a ambos lados del Estrecho. Conozco a algunos y por ello los recuerdo ahora, porque es justo decirlo. Empresarios, profesores, periodistas, etc. Trabajan y viven en Tánger, Larache, Tetuán, Asilah, pero también en Rabat, Casablanca o Agadir. Son invisibles allí y aquí. Desgraciadamente.

Hombres y mujeres que, ilusionadas, han creído en Marruecos, en el Magreb, en su futuro, en su amistad y cooperación con España, al considerarlo el vecino y amigo que siempre ha debido ser.

Gentes que se han sentido decepcionadas por estos hechos, por el odio destilado por algunos en Marruecos y en España, por el retroceso que puede suponer, aunque que se nieguen a aceptarlo y lo combatirán con todas sus fuerzas, todo este episodio. Se han dicho cosas injustas y con muy mala intención.

A mí me da la sensación de que parte del trabajo hecho se ha tirado por tierra. Espero que tardemos poco en recuperar el terreno desandado. Pondremos la mejor de nuestras voluntades.

Creo que ya he abusado demasiado de su tiempo. Le reitero el agradecimiento por haber llegado hasta este punto con la lectura.

Ramadan mubarak.

Ramadán, día cuatro

Antonio Navarro Amuedo | 16 de agosto de 2010 a las 21:39

Llevo varios días intentando contarte mis impresiones de estos primeros días de Ramadán y, por una razón o por otra, postergando la decisión de sentarme a ponerlas negro sobre blanco. He estado de viaje, pero ahora descanso junto al mar sintiendo una brisa que es tan próxima y tan lejana a la vez de aquella que nos alivias las tardes en el Magreb. Aquí el sol es tan implacable como en los olivares de Fez, donde los niños se refrescan en las acequias junto a las cunetas, o como en las llanuras pardas de Marraquech, donde crecen palmeras y edificios ocres, que los hay lujosos y miserables, como pasa en esta ciudad por todas partes. Pero el sol no cae con el mismo silencio con que lo hace entre las colinas que divisamos al otro lado del tren a la hora del ftor, cuando los musulmanes pueden romper el ayuno con dátiles, leche fresca, zumo de aguacate y naranja, unas especies de pestiños y pan. Lo hacen cada tarde, con tranquilidad y alegría.

En Rabat, las escenas del barrio desiertas volvieron a impresionarme a la hora silenciosa. La plaza de Jamaa El Fna de Marraquech fue la fiesta de cada noche, con sus humaredas de brochetas y de pinchitos de carne picada. Allí los encantadores de serpientes y los vendedores de zumos y bocatas no hacen distinción entre Ramadanes y el resto de semanas del calendario, siempre pendientes de buscar españoles por su término municipal y a una pareja de guiris requemada para ponerles la boa en la espalda. En Fez, donde todo es mucho más solemne y silencioso, me impresionó la hora del ftor con un vacío general de impresión. Y eso que no pisé la vieja medina, mi favorita, como ya te he dicho muchas veces.

Al teléfono me preguntan insistentemente si la cosa está tan mala como dicen los medios de comunicación al otro lado del Estrecho. Si una nueva Marcha Verde está a punto de salir cargada de miseria y promesas a la frontera de Nador y Melilla. Yo les he dicho siempre lo mismo: que aquí la gente lleva cada vez más camisetas de la selección campeona del mundo de fútbol  y del FC Barcelona. Y que aguardan a la sombra y pensando en otras cosas, en sus cosas, que vete tú a saber, que lleguen las siete y pico de la tarde y poder tomar el primer sorbo de agua y el primer pan con mortadela.

Te he subido este vídeo que he conseguido grabar con el teléfono móvil.

Anás

Antonio Navarro Amuedo | 10 de agosto de 2010 a las 2:40

El cielo está nublado hoy domingo de agosto, como a menudo en esta costa atlántica del Magreb, y no hace día de playa, aunque el bochorno aprieta. Se respira en el ambiente que el ramadán está cercano. Prontos los ritmos marroquíes se harán un poco más lentos; dentro de pocas fechas el mes de ayuno y abstinencia traerá estampas de calles silenciosas y vacías, de una espiritualidad acentuada por los rigores.  La zona de Al Manal, en la rotulada hoy como avenida de las FAR, queda un poco a trasmano de todo en Rabat.  No está cerca de la bulliciosa medina; ni a un paso del populoso L’Océan, antaño barrio de las embajadas y los embajadores y lugar de acogida para la población española que residía en la capital marroquí durante los primeros años de la independencia; muy distantes quedan los modernos Agdal y Hay Riad, donde proliferan franquicias de ropa occidental y comida rápida para solaz de las clases acomodadas de Rabat. La zona comercial de Al Manal y poissons Anass, donde vinimos a comer el domingo, están en el barrio del Menzeh, cerca de la larga corniche costera de la capital marroquí, donde la primera línea de playa es una sucesión de explanadas batidas por el viento y cortafuegos a la amenaza permanente del mar.

Anás tiene nombre de sacerdote del Sumo Sanedrín que juzgó a Jesucristo en Palestina. Palestina, la de hoy, queda lejos aquí, aunque la televisión Al Jazeera se empeñe en acercar la lucha de aquel pueblo contra los israelitas desde su oficina en Hay Riad, uno de los barrios pijos de Rabat. El Anás de Rabat, al que no tenemos el gusto de conocer, lo que borda son las frituras de calamares, acedías y pijotas, además de las gambas a la plancha salpicadas de cilantro, que aquí se lo echan a todo. Anás suena a paso de misterio de la Hermandad del Dulce Nombre de Sevilla, vulgo la Bofetá. Tiene nombre de uno de los judíos con cara de malo de los pasos de la Semana Santa de la capital andaluza. Anás es además el nombre del sobrino de Rachid, mi mejor amigo marroquí, un bereber que pone lo mejor de su esfuerzo y su inteligencia para ayudar a los despistados empresarios españoles en su búsqueda por este El Dorado marroquí. Rachid duda del origen hebreo del nombre en su forma local, aunque me asegura que es común en el Magreb y el resto del mundo arábigo-musulmán.

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Anás es como esos bares playeros a los que hay que entrar con tapones en los oídos porque los decibelios de humanidad agreden a los tímpanos en los paseos marítimos de Chipiona, Matalascañas, Rota o Mazagón. Aquí no se estila el tinto de verano ni el salpicón de marisco, ni los espetos, ni el gazpacho con guarnición, pero prometo que mucho de lo que se ofrece en Anás, al otro lado del Estrecho, se parece a lo de allá: las frituras, los mejillones, una tentativa loable de paella, las sardinas a la parrilla, etcétera. Anás rebosa de humanidad, digo, de familias completas que aparcan donde pueden en torno a la rotonda de Al Manal, que esperan impacientes su turnos, ellas con pañuelos al sol y ellos con la camiseta del Barcelona y a la espalda el nombre de Iniesta, que encima es el más blanquito de todos los peloteros ibéricos campeones. En Anás las espinas de las acedías se amontonan sobre la mesa mientras los platos se vacían de pescado frito y los dedos se llenan de pringue, que sólo podemos quitar con una suerte de papel de estraza. Y todo es muy económico: por menos de ocho euros a uno le queda la sensación de haberse quedado bien saciado. En Anás, en fin, los camareros aquí corren con un puntito de alegría que no se encuentra en otras partes de la ciudad, con cestas de pan y platitos de salsa de tomate con comino para ir abriendo boca. Me encanta venir a casa de Anás un domingo de vez en cuando y ver cómo disfrutamos tanto, aquí y allí, que en esto todos los hombres se igualan, pelando una tras otra las gambas y pinchando calamares fritos en una plomiza tarde de agosto cualquiera.

Fronteras

Antonio Navarro Amuedo | 3 de agosto de 2010 a las 20:05

Hace mucho que los tiempos dejaron de ser buenos para la lírica de las fronteras y, sin embargo, sólo fuente para relatos épicos. Nos detendremos hoy en el puesto fronterizo entre Marruecos y Argelia por carretera cercano a la ciudad de Uxda (o Oujda, según la denominación francesa), que permanece desde 1994 cerrado. Los límites entre estos dos Estados son los mayores del mundo por longitud que continúan clausurados. Uxda es una ciudad de medio millón de habitantes situada en los confines de la región oriental de Marruecos, una de las más pobres del país, alejada de los aires renovados de la costa atlántica y castigada por un sol despiadado.  Pese a todo, bastante ordenada. La patria chica del presidente actual de Argelia, Abdelaziz Bouteflika, paradójicamente. El cierre del límite entre los dos países del Magreb puede ser metáfora de muchas cosas, pero la primera que viene a la cabeza es la de la vergüenza, el caos y la sinrazón reinante en las relaciones entre los dos países vecinos. Teóricamente, desde 1988 Argelia y Marruecos forman, junto a Libia, Túnez y Mauritania, la Unión del Magreb Árabe, un organismo permanente creado con el fin de fomentar el comercio entre la comunidad de naciones norteafricana pero en la práctica inoperante. El sábado pasado, en el llamado Discurso del Trono, con el que el monarca alauita celebra cada 30 de julio su ascenso al poder en Marruecos, Mohamed VI, mostrando su disposición por trabajar en pro de la unidad magrebí, no pasó por alto el error histórico argelino. “Esperamos que Argelia deje de contrariar la lógica de la historia, de la geografía, de la legitimidad y de la legitimidad respecto al Sáhara marroquí y que renuncie a sus maniobras desesperadas que tratan en vano de torpedear la dinámica generada a partir de nuestra propuesta de autonomía para nuestras provincias del sur”.  Las  malas relaciones entre Marruecos y Argelia siguen estando indeleblemente marcadas por el conflicto saharaui: Argelia apoya al Frente Polisario y defiende la independencia de la ex colonia española, que Marruecos administra y segurirá administrando más que presumiblemente.

El coche de Mohamed y nuestra curiosidad nos llevan al famoso puesto fronterizo fantasma. Venimos de Saïdia, una de las playas favoritas de los marroquíes de esta zona, al este de Melilla. La línea parece clara, nos indica el chófer del gran taxi, y se divisan perfectamente los paisajes estivales del otro lado de la frontera. Idénticos cereales pardos, mismo sol sofocante. La ruta está marcada, pero, efectivamente, el puesto fronterizo está cerrado.  Vigilan amenazantes policías a ambos lados del puesto aduanero. Se alertan de la llegada de un coche de Uxda. Cepos y pinchos se disponen a lo ancho de la carretera para impedir el paso a los vehículos y la prohibición de hacer fotografías es expresa. La vista al fondo y detrás de la estructura fronteriza se divisa una bandera verde y blanca de Argelia, media luna y estrella. Nos quedamos con las ganas de cruzar y hablar con los argelinos; tomarnos un bocata de carne picada en el primer pueblo, contar las diferencias entre un lado y otro. La escena parece tan estática que nadie duda de que seguirá siendo idéntica durante años. Qué pena, ¿verdad?

El relato de Mohammed, el taxista que nos llevó desde la estación de tren, tiene tintes épicos, que no gloriosos: hoy conduce un gran taxi con el que da portes a la población local por Uxda y alrededores. Anteriormente, su oficio era el de contrabandista: el taxista se sincera y nos cuenta cómo el cierre de la frontera no es absoluto y que con la complicidad de los agentes el gasoil llega desde Argelia y los plátanos marroquíes cruzan a la vecina República Socialista. Al otro lado de la frontera, continuando la costa mediterránea de resina de pinos, adelfas, olivos y viñas y el mar azul, se erige junto a las ruinas romanas de Tipaza el epitafio de Albert Camus: Comprendo aquí eso que llaman gloria: el derecho de amar sin medida. He aquí la mayor gloria de la condición humana. Que zurzan a las fronteras, los controles policiales y la cabezonería de los que mandan en uno y otro lado. Pero eso lo contaremos otro día.

Regateos (I)

Antonio Navarro Amuedo | 21 de julio de 2010 a las 14:46

Una de las señas de identidad de este conjunto de pueblos que habita en el norte de África es la generalización del regateo. Obligación en cualquier guía de viajes que se precie sobre Marruecos, el viajero occidental es advertido de que tendrá que contar con esta forma de proceder en su periplo por estas tierras. Las guías del viajero contemporáneas ofrecen, salvado el escollo de la caducidad temporal, orientaciones sobre qué pagar por un par de babuchas en tal o cual medina o por un trayecto en taxi en una travesía urbana del país. No es una tarea agradable. Simpática y curiosa para algunos, desesperante y molesta para otros. Con mayor o menor fortuna, todo el mundo prueba en su visita al Magreb. La cuestión es no ser engañado demasiado; como dice la máxima, en pagar lo que uno está dispuesto a pagar por un objeto determinado dadas las circunstancias del momento.

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Estas magníficas instanténeas son obra de Miguel Roca, buen fotógrafo y mucho mejor persona

Estas magníficas instantáneas son obra de Miguel Roca, buen fotógrafo y mucho mejor persona. Corresponden a la ciudad de Marrakech.

En esto, como en casi nada, Europa no es homogénea y las artes regateadoras de franceses son distintas de las españolas y no digamos de las poco diestras de ingleses -o estadounidenses- o alemanes cuando les da por bajar hasta aquí. Las medinas que reciben turistas de países más ricos o de un perfil económico medio-alto rompen la baraja nacional de los precios. Marrakech, por ejemplo, donde acude a menudo un turismo europeo de alto poder adquisitivo, cuenta con precios más elevados, intolerables para los que venimos del Marruecos menos masificado.

En el arte del regateo hay varias máximas. La primera, la base del silogismo, es que los bienes no tienen un precio fijo. Valen lo que valen en cada circunstancia. Valen lo que el vendedor, quizá apretado por una deuda o feliz de hallarse ante un español que apura sus últimas horas antes de volver a casa y al que le van a sobrar bastantes dirhams en la cartera, acepta mientras entrega la chilaba envuelta en una bolsa de plástico. El vendedor nunca sale perdiendo, recitamos todos al salir del puesto contando las monedas que nos quedan aún en el bolsillo.

Otra máxima es que el extranjero siempre pagará más que el local. Esta máxima la refuerza el hecho de que el vendedor de bolsos de la medina reiterará que el precio por el que te acaba de vender el regalo que le llevarás a tu hermana de Marruecos “es de amigo”. O que “marroquíes y españoles somos hermanos y pagamos lo mismo”.

Todo se regatea, nada permanece estable, en fin, diríamos en un remedo de Heráclito. La cesta de la compra en los puestos de verduras, la carrera de un petit taxi en la ciudad, todo, en suma, en las medinas, gran mercado al aire libre de precios volátiles para todos los bolsillos y todas las voluntades: desde la media docena de huevos hasta el caftán más lujoso pueden revisarse.

Llevo ya un tiempo considerable en estas tierras y me creo feliz cuando apuro y rebajo el precio del regalo que algún visitante que me acompaña quiere llevarse. Pero no pasa un día en que sea víctima de un engaño más o menos consciente. Los expatriados nos advertimos después de cada excursión de los precios no marcados de servicios o productos que vamos a necesitar para ayudar al siguiente que pase por el mismo sitio. Por ejemplo, especialmente importante son los precios en gran taxi. El gran taxi es el transporte público por excelencia en un país donde los autobuses asustan un poco: son viejos Mercedes en los que nos encajamos hasta seis personas sin incluir al chófer. No hay cinturones y las condiciones de seguridad son más que discutibles. Por lo general por cuatro, cinco o seis euros (50 o 60 dirhams) por cabeza uno puede viajar de Rabat a Casablanca, de Tánger a Tetuán, de El Jadida a Ualidía,  de Saidía a Uchda.

Cada maestrillo tiene su librillo. Considero importante no desesperar ni apresurarse. Nunca ofrecer al vendedor nuestro último aliento, la sospecha de que estamos vencidos y próximos a capitular. Hay que superar el escrúpulo de ser violentado verbalmente; aprender a decir no y a moverse con desenvoltura ante las encerronas perfectamente organizadas en los puestos de alfombras o tejidos de las medinas. Incluso circulan reglas nemotécnicas para calcular lo justo. No estoy muy puesto en matemáticas, pero viene a ser que si te piden, de entrada, 100 por algo, hay que dejarlo en la mitad más un poco más como mínimo. Es decir, nunca pagar más de 60. Cuando uno, iluso, se ha salido con la suya y le salen las cuentas, la satisfacción es íntima  e inmediata. Poco importa la escala real del ahorro: a veces hablamos de algunos céntimos de euro al cambio. No es lo importante; es creerse estar a la altura de toda esta ciencia.

El regateo puede convertirse en lo más desagradable para el visitante que llega a Marruecos dispuesto a pasar unas plácidas vacaciones y que acaba siendo protagonista, si se pone a ello, de alguna de estas pequeñas representaciones teatrales del tira y afloja magrebí. Una pareja de finlandeses amigos que lleva viviendo aquí casi dos años reconoce sentirse aliviada y feliz cada vez  que regresa del Marjane, el gran supermercado nacional, donde todos los precios están marcados con etiquetas. Pero no se apuren: aunque parezca que deberá salir protegido del puesto de recuerdos; aunque crea, en el caso de haber logrado su empeño, que ha robado el pan a una familia y que puede ser, cuando menos, víctima de una mala contestación, saldrá bendecido de la tienda, mano al pecho del vendedor, hasta la próxima amigo, inchallah.

Después de la pasión patriótica

Antonio Navarro Amuedo | 15 de julio de 2010 a las 13:57

Martes 12 de julio. Últimos coletazos mediáticos de la victoria de la selección española de fútbol en el Campeonato del Mundo. Con matices y diferencias, la prensa marroquí, como ha ocurrido en todo el orbe, destaca el triunfo del equipo español. Incluso el irredento Al Massae dedica su fotografía central, el mismo espacio en el que hace unos días figuraban un grupito de paisanos que invitaba a España a marcharse del islote Perejil -aquel en el cual Unamuno creyó hallar el origen de la etimología Hispania-, a una de las celebraciones por la victoria futbolera. Es la Casa de España de Tetuán; la calidad informativa de las fotografías es lamentable y las instantáneas representan a un grupo de personas sentadas alrededor de varias mesas como si se tratase de una cena de trabajo o una primera comunión.

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Los dos Marruecos. Uno de los dos Marruecos ha de helarte el corazón. (¿Sólo dos?) Tánger, Tetuán, Alhucemas, Nador. Geografías del antiguo Protectorado hispano. Tras el gol de Iniesta, mucha fue la gente que salió a la calle a celebrar la victoria de España. Son marroquíes hispanófilos e hispanófonos. “Es que en mi casa escuchábamos cuando yo era pequeño a Franco en la Plaza de Oriente; para mí España es absolutamente familiar”, me confesaba hace poco un antiguo militante rifeño contra el régimen de Hassan II, padre del monarca actual. Yasmin Haik, que es, además de muy inteligente, una amiga tetuaní que trabaja desde El Cairo para la agencia EFE, me decía que se crió con Espinete, Chema y el resto de personajes de Barrio Sésamo en el salón de su casa. Habla un español impecable. Como Mohammed Tanji, tangerino, jefe del servicio en español de la MAP (la agencia de prensa marroquí), que quiebra la voz como un viejo poeta latinoamericano. Todos me han felicitado sinceramente por el triunfo de la selección. Una hispanofilia, pese a que el monarca habla perfectamente la lengua española, que está silenciada en la oficialidad marroquí. Un Mohamed VI, por cierto, que felicitó por vía telefónica al Rey Juan Carlos y a Rodríguez Zapatero por la victoria española, como cuenta el medio más oficialista de todos en el titular principal de su portada.LeMatinEspagne

El Marruecos del sur, el de Casablanca, Rabat y Marrakech, la otra mitad de este rompecabezas identitario que constituye el vecino magrebí, mira con un punto menos de pasión pero idéntica admiración los triunfos futbolísticos de España. Los cláxones sonaron con ahínco y las concentraciones para celebrar la victoria se repetían en Casablanca y Rabat. Este Marruecos francófilo del sur coincide con los nacionalistas catalanes en identificar al Fútbol Club Barcelona con la selección nacional. España es, sobre todo, el Barça y se aprovecha de la trabajada compenetración de sus jugadores. Muchos de los rabatíes que abarrotaban los cafés de la ciudad durante los partidos de España del Mundial vestían la camiseta del Barça. Y, ante la presencia de alguno de los españoles, en ocasiones espetaban un Visca el Barça i Visca Catalunya para evidenciar conciencia y conocimiento de la complejidad del rompecabezas identitario y administrativo hispano, que traspasa fronteras para mayor embrollo de la cuestión.

La Barçamanía, el amor por el club barcelonés, se siente como algo propio. No es casualidad que el Madrid tenga menos adeptos en Marruecos: el sentimiento anticentralista y catalanista del FC Barcelona ha seducido a muchos marroquíes emigrados a Cataluña -principal región de destino en España-, que asocian a Madrid lo peor de su periplo en nuestro país, como las leyes de extranjería y el resto de trabas administrativas.

Nuestro país ha vivido estos días una auténtica borrachera simbólica. La cosa empezaba en Barcelona en la víspera de la manifestación catalana contra la sentencia del Tribunal Constitucional y culminaba unas horas después con la marea rojigualda que desbordó geografías de norte a sur para celebrar el éxito deportivo de la selección.  España Roja, titulaba El Periódico, con ecos de un titular jamás escrito para el 18 de julio de una hipotética victoria republicana en la contienda civil. Antes rota que roja. Nunca se vieron, no obstante, tantas banderas nacionales como en estos dos días de celebración. Todo había empezado, digo, en Barcelona, con la impugnación pública y la llamada a la rebeldía civil de la Generalitat y la clase política catalana ante una sentencia, la del Alto Tribual, que no les agrada lo suficiente. Grave precedente de deslegitimación de la autoridad de uno de los fundamentos de nuestro armazón institucional que pasa desapercibido estos días. La España actual no reconoce la pluralidad del país, sus lenguas y sus paisajes, sus butifarras y sus txistorras, sus salmorejos y sus cocidos… Esta constitución no nos vale, porque no nos admite en nuestra diferencia, dicen los nacionalistas convocantes y contestatarios.

¿Que si España es plural? Mucho, tanto como los 45 millones de individuos que se levantan todos los días con sus problemas económicos y sus miserias y alegrías cotidianas. ¿Más que ningún otro Estado? Puf. No sé. Observo este país que me acoge en la orilla norte de África y encuentro un mosaico de lenguas, clases y geografías. Rifeños, bereberes del norte y del sur; francófilos y anticolonialistas; árabes y arabizados; hispanófilos del norte; musulmanes e islamistas; en fin, ricos y pobres, muchos de solemnidad. En su euforia, miles de marroquíes ondearon banderas rojas y gualdas para mostrar pleitesía a la excelencia deportiva de los futbolistas de España, un país que, desde la distancia, se otea más simpático y menos roto y plural de lo que creen verlo desde allí arriba.

¡Fuera y viva España!

Antonio Navarro Amuedo | 9 de julio de 2010 a las 18:27

Viernes 9 de julio. Vísperas de la final de la Copa del Mundo de fútbol. Los marroquíes aguardan, como el resto del orbe futbolero, que la “Roja” remate la faena y culmine el sueño el domingo, aún con la resaca de felicidad del éxito de la selección española en semifinales. Las portadas de los periódicos nacionales se hacen eco con discrección del triunfo español en las semifinales de Sudáfrica. La primera de Al Massae, el diario más vendido de Marruecos, escoge para su portada la discordia con un punto de ridiculez. En un recuadro central, un artículo rescata con ironía la información aparecida recientemente en El Mundo acerca del error cometido por Google maps al considerar marroquíes varios enclaves rocosos de soberanía española en las costas marroquíes -Peñón de Vélez de la Gomera, de Alhucemas, las islas Chafarinas y Perejil-y muestra una fotografía sin fechar de un grupo de personas, entre ellas tres niños, que portan un letrero que reza Fuera España acompañado de una cruz gamada. Se intuye que es un promontorio desde el que se divisa el islote Perejil o Laila, según la toponimia local, y que las instantáneas corresponden a la crisis generada por el islote en julio de 2002, hace ahora ocho años.

AlMassae

Fuera España. Es el mismo deseo de los líderes del Istiqlal, empezando por el actual primer ministro El Fassi, como recordó no hace mucho en el Parlamento marroquí, respecto del futuro de Ceuta y Melilla. La prensa marroquí, como la clase política, es casi unánime cuando califica de “ocupadas” a las dos ciudades autónomas españolas situadas en tierras norteafricanas.  ¿Quiere esto decir que existe un clamor popular favorable a una reivindicación firme de las dos urbes? En absoluto. Aunque el vecino de a pie defiende que Ceuta y Melilla son una reliquia colonial y que volverán antes o después a formar parte de la soberanía nacional, el marroquí medio es perfectamente consciente de que el país tiene problemas mucho más perentorios. Tiene claro que al poder le queda mucho por hacer para mejorar las condiciones de vida de los marroquíes que ya lo son y que la descolonización puede esperar un ratito por lo menos.

¿Tiene que ver, en fin, el Fuera España de la portada de Al Massae con los sentimientos de la gente que comía esta tarde cuscús después de ir a la mezquita? Por las calles de mi barrio de Hassan, la gente me paraba el pasado miércoles desde el interior de los cafés para darme la enhorabuena por el gol de Puyol. Vive l’Espagne!, me decía ayer el camarero del café de delante de mi casa en Rabat. “Felicitations, Antonio”. Idéntica alegría y sonrisa de oreja a oreja la de Saïd, el del estanco. Mubarak, el entrañable portero de mi bloque, con el que llevo casi dos años entendiéndome a duras penas, sólo hacía que gritar “¡¡Casillas!!” y “¡¡Puyol!!” a toda voz emulando con saltos a los dos futbolistas cuando me vio cruzar el umbral del edificio.  En las horas previas de los partidos de octavos, de cuartos, de la liguilla, los vecinos me deseaban suerte como si enfilara la calle Iris antes de entrar en la Maestranza.

Fuera España/Viva España. Opinión publicada vs opinión pública. En casa estos días: Canaletas de Barcelona y las celebraciones por la Roja el miércoles y manifestación pro Estatut y soberanía nacional catalana el sábado. Partidos políticos, intereses del poder por un lado y gente de a pie por el otro. Divorcios de nuestro tiempo. Yo, personalmente, me quedo con el cariño de la gente de mi barrio.