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Sueldos

Antonio Navarro Amuedo | 25 de junio de 2010 a las 12:33

La Vie Économique -un semanario de actualidad económica editado en Casablanca- publica en su último número un amplio reportaje dedicado a los sueldos que cobran los parlamentarios marroquíes.  El titular principal del mismo: ¿Cobran nuestros parlamentarios demasiado? El texto responde con precisión 30.000 dirhams al mes. Algo menos de 3.000 euros netos. En un despiece de la información, la comparación con Francia; siempre la referencia gala, la antigua metrópoli, en la prensa marroquí en lengua francesa:  neto mensual de 5.200 euros. Sin ser especialmente opinativo, el articulista plantea en las entradillas varios interrogantes: “Perciben un salario mensual de 30.000 dirhams y la opinión pública lo encuentra desorbitado fundamentalmente debido al absentismo”; cotización al partido, financiación de una oficina en la circunscripción, ayudas sociales : “cargos no despreciables y demandados por los ciudadanos”;  “para el que realmente quiera desempeñar su trabajo como electo la remuneración no basta en muchos casos”. Además, el reportaje pone de relieve que los presidentes de la cámara alta y baja perciben más que el primer ministro. El tono general del artículo, al fin, es justificativo.

En efecto, 3.000 euros netos puede ser mucho y poco. Como ocurre con el llamado índice Big Mac, que marca las diferencias del nivel de precios entre países tomando como referencia el precio de la hamburguesa estrella de McDonald’s, supongo que esos euros de diferencia entre lo que percibe un diputado galo y otro marroquí registran parte de las distancias entre ambas realidades. Sin embargo, el problema surge cuando la referencias se toman en clave exclusivamente interna. Es decir, el euro que separa el menú Big Mac en Meknès y en Valencia no registra la diferencia en el nivel de vida de una familia media de la ciudad imperial y de la capital del Turia, por poner un solo ejemplo. En Rabat o Casablanca los adolescentes van alegres y risueños los viernes por la tarde a tomarse hamburguesas con patatas fritas, en lo que constituye un gesto de distinción. Los casi cinco euros que, al cambio, cuesta un menú completo en la franquicia estadounidense dan para que un hogar de cinco miembros coma una jornada entera a base de guisos de verdura con un pedazo de carne de cordero o vaca.

Ciertamente los 3.000 euros oficiales de los que habla La Vie Éco pueden ser pocos para llegar a final de mes en Marruecos, cómo no. Pero, de cara a la parroquia interna, cuando en amplias zonas rurales del país se vive casi del trueque, de la mendicidad y el trapicheo en las ciudades, en torno a la mitad de la población de Marruecos es analfabeta y el salario mínimo no llega a los 200 euros mensuales, el tren de vida de los diputados marroquíes es más difícil de justificar. Lo cierto es que el agravio existe igualmente cuando comparamos el sueldo de un diputado en el Congreso con lo que perciben miles de trabajadores en esta España de las odiosas comparaciones. Aquí, sin embargo, la buena salud de las finanzas del Estado marroquí y del sistema financiero, según se encargan de repetirnos los papeles casi a diario, parece haber hecho innecesario cualquier tipo de recorte presupuestario como los que se están aplicando sin titubeos al norte de Tánger.

Con todo, las críticas más duras de la prensa marroquí, con escasas excepciones, tiene a los políticos, a la clase política, como blanco preferido. En general, los políticos son el mal (corruptos, vagos, derrochadores, etc.), que no la alta dirección del Estado, siempre inspirada por la mejor voluntad. Usted no se meta en política, que diría el otro, que después pasa lo que pasa.

Medinas

Antonio Navarro Amuedo | 21 de junio de 2010 a las 15:39

Las medinas -voz que significa ciudad en árabe- son el centro neurálgico de las poblaciones marroquíes. Albergan en sus calles, generalmente tortuosas y laberínticas, los oficios y comercios tradicionales. Un baño de marroquinidad es hacer una inmersión en la antigua medina de Fez o de Marrakech. Quien quiera llevarse, por muy poco diestro que uno sea con los aparatitos fotográficos, un ramillete de instantáneas para enseñar a los amigos de vuelta a casa, que pasee por las callejuelas de alguna de las medinas magrebíes. La de Tetuán es robusta, la adornan geranios, faroles, azulejos y cal y presume de llamarse andaluza; la de Xauen, coqueta, gusta por su elegancia añil en las calizas laderas rifeñas; la de Rabat resulta cómoda y operativa; la de Casablanca, como la urbe atlántica toda, es caótica; la de Marrakech es víctima del turismo, ese gran invento, que hace que por boca de los vendedores de babuchas se pronuncien palabras no sólo en inglés o español, sino también reclamos en holandés, alemán o ruso.

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Asaltan en las medinas los olores, poderosísimos, de las especias, el pescado al que el sol ha calentado durante toda la jornada pese a los bloques de hielo, los pollos que acaban de ser ajusticiados delante de los mismos ojos del cliente que los eligió, de los cueros y los curtidores de las piscinas de la medina de Fez, la más salvaje y auténtica de todo el territorio marroquí. La medina de Fez es inacabable, infinita. Yo llegué a pensar lo mismo del casco antiguo de Sevilla, antaño otra medina, de la que referencias como el Jueves y su mercado de la calle Feria, las murallas macarenas o voces como Alcaicería o la Alfalfa nos evocan un pasado que el visitante puede reconocer hoy, en pleno siglo XXI, paseando por la ciudad vieja de Fez, que está a tiro de piedra de Andalucía y es una arqueología viva de Al Andalus. Uno puede visitarla una, dos, tres, diez veces y no pisar dos veces por el mismo suelo pegajoso de pescado, carne y humanidad. El riesgo físico de ser aplastado contra algún muro de barro por un burro cargado de mercancías amenaza en cualquier esquina. Algún historiador con el que he comentado la impresión que me supuso la primera incursión por sus calles me ha llegado a confirmar el extremo: de Bagdad a Agadir, de Tánger a Islamabad, no existe en el mundo una antigua ciudad árabe tan bien conservada, petrificada en el tiempo, detenida sin concesión al tópico, como la vieja ciudad de Fez.

Existe el debate acerca de la supervivencia de los modos de vida de la medina. El exquisito viajero europeo en pantalón corto, guía Lonely Planet y billete de Ryanair en la mochila denuncia comiéndose un bocadillo de carne picada que el turismo está acabando con las medinas y que cada vez más los herreros, los plateros o los curtidores del cuero trabajan por y para los visitantes y no para el circuito comercial tradicional. El marroquí, que ha aguantado y aguanta miserias cada día de su vida entre aquellas calles insalubres de la medina de Fez o de cualquier otra, consideraciones como éstas ni se las plantea. Ni puede cuestionárselas.

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No se las plantea Jamal, el adolescente que me acompañó la última vez que me interné por la medina de Fez. Me nombra a Zapatero y la crisis, pero apuesto a que no conoce su rostro ni sabe muy bien lo que es ser presidente del Gobierno, ni puede imaginarse lo que ganan los políticos a este y al otro lado del Estrecho y lo lejos que está su vida de las de los inquilinos de los coches oficiales.  Jamal no va a la escuela; reconoce tener problemas con su familia por no contribuir a la supervivencia de la hacienda doméstica con un puñado de dirhams diarios.  Jamal se defiende en español y francés y trae de serie el árabe. Jamal me lleva con la lengua fuera y marcha cincuenta metros delante de mí; me lleva perfectamente controlado en mi torpeza a través de la bulla. Pero, sobre todo, controla la amenaza de la policía de paisano, que vigila que personas como Jamal no hagan de falso guía de la medina y provoquen la insatisfacción de los turistas. Viajeros que siguen a los cicerones oficiales de la vieja Fez, reyes consentidos de las comisiones y de las encerronas en los comercios de sus amigos. Jamal, aunque no tiene dinero para apuntarse a una escuela y sacarse el título ni nunca lo tendrá, sueña con ser guía oficial y conducir a las parejas de europeos por el caos urbano de la medina de Fez,  acaso la más salvaje y dura de cuantas existen en esta tierra.

Ni del Barça ni del Madrid

Antonio Navarro Amuedo | 15 de junio de 2010 a las 12:12

“¿Español?” Primera pregunta. Casi retórica. Segunda. “¿Barça o Madrid?” En la estación de autobuses, en la tiendecita de ultramarinos, en la tienda de babuchas de la medina. Con seguridad la habré respondido más de cien veces en todo este tiempo. Respuesta siempre idéntica: Ni de uno ni de otro. Reacción de mi interlocutor: perplejidad.  Y el esbozo de una sonrisa, como diciendo: ¡Pobrecillo! ¡Éste no se ha enterado todavía del que vale!

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La verdad es que el buen momento de mi equipo, el Sevilla FC, ayuda y la mayoría sitúa al club en sus coordenadas clasificatorias y es capaz de citar a algún componente del equipo. Los más repetidos: Kanouté, al que nombran siempre con cara de admiración, y Luis Fabiano o Jesús Navas. El domingo encontré a un joven vistiendo la camiseta del Sevilla en la medina de Fez, circunstancia que siempre me alegra por su rareza. No creo que en el tiempo que lleve en estas tierras haya visto más de una docena del club hispalense. Siempre acompaño la mención a la entidad de Eduardo Dato con la frase “Ana m’n Isbylia”, una fórmula un poco rara ya de decir que soy sevillano… lo que provoca una sonrisa siempre cómplice en mi interlocutor.

Sorprende que la pasión por el fútbol español, que es admiración por nuestro país en suma, que profesan los marroquíes sucumba ante la omnipresencia y omnipotencia de los dos grandes clubes españoles. Los otros 18 equipos de la liga son mera anécdota, grupos de jugadores a los que el Barça y el Madrid tienen que enfrentarse cada fin de semana para ganar la liga doméstica y prepararse para jugar con los grandes clubes de Europa. Contaba el embajador español en Rabat, Luis Planas, hace unos meses que, con motivo de una una visita a Marruecos, el presidente saliente del FC Barcelona, Joan Laporta, le preguntaba si en el reino alauita ganaban ellos o el Real Madrid en el favor de los locales. A lo que Planas respondió: “vosotros, pero no se engañe, porque son los que ganan ahora”. Lo cierto es que el Barça es el primero y distanciado del Madrid (y del resto de clubes del orbe). Su escudo, más o menos conseguido, aparece colgado de los frontales de los camiones y coches, colgado en comercios, en envoltorios de chucherías y sus camisetas salpican todas las ciudades marroquíes de Tánger a Agadir.

Más preguntas. Hace unos días, en el fotomatón, cuando me preparaba para que un empleado me hiciera las fotografías, volví a ser víctima de la cuestión retórica número uno. “¿Español?” Sí. La segunda: “¿Andaluz?”. Y sí, respondí. ¡Cuánto acierto, me dije! Lo siguiente al descubrimiento de que los orígenes de uno están en el solar que otrora fuera el corazón de Al Andalus es la evocación del estrecho vínculo entre aquella cultura y la norteafricana. Marroquíes y andaluces somos hermanos. No en tantas ocasiones como me han preguntado por el equipo de fútbol, pero no pocas han sido las veces que me han recordado aquel episodio de la historia de Europa, España y Andalucía, tan desconocido y distintamente analizado y enseñado en las aulas del norte de Tarifa. Después de tenerme un cuarto de hora hablándome de los musulmanes expulsados por los monarcas españoles y refugiados en las medinas magrebíes así como de la localidad extremeña de origen del apellido y la familia de su esposa, el fotógrafo me pidió que entrara al otro lado del mostrador. Allí me mostró sonriente la lectura que tenía entre sus manos en estos momentos: una versión en árabe y en español del título Análisis de los escritos aljamiados de los moriscos andaluces. Pues eso.

Domingueros marroquíes

Antonio Navarro Amuedo | 7 de junio de 2010 a las 14:14

Una playa un domingo a mediodía es un ensayo de sociología. Quien aspire a conocer a esta sociedad marroquí, como a la española, tiene que acercarse al rompeolas de una playa de la populosa periferia rabatí o casaui, de la moderna y portuaria Tánger, de la turística Agadir o de las recónditas calas del Mediterráneo magrebí. Skhirat es una localidad situada a unos quince kilómetros de Rabat en dirección a Casablanca. Un palacio de congresos, un palacio real, buenos chalés y muchas casitas adosadas, donde la burguesía y el alto funcionariado de la capital marroquí, así como algunos matrimonios franceses, va a pasar los fines de semana de la temporada estival. La playa urbana de Skhirat es un retrato de la sociedad marroquí actual, con sus contradicciones, sus posibilidades de futuro y también sus lastres.

En un extremo de la playa, un espigón artificial y una garita ocupada por policías de uniforme pese a los rigores del sol marca el límite a bañistas: a partir de allí son aguas del palacio real y el paseante habrá, obligatoriamente, de darse media vuelta. Abundan jóvenes, que son la inmensa mayoría en las costas del país. La zona central de la playa es un enorme terreno de juego donde musculosos y bronceadísimos chavales juegan al fútbol incesantemente enfundados en camisetas del Madrid o del Barcelona, sobre todo de este último, que es el que ahora gana. La simbología culé salpica muchas de las sombrillas de la playa. A diferencia del paisaje y el paisanaje del norte de Tarifa, aquí es raro hallar familias completas -representadas desde el abuelo y patriarca hasta el más pequeño de los nietos- bajo una misma sombrilla degustando tortillas y filetes empanados. Si se encuentra una familia pareciera que los hubieran transportado del salón de la casa directamente a la arena, porque rara vez los veteranos abandonan sus pantalones y camisas y mucho menos las señoras mayores dejan algún resquicio de su indumentaria al avance de los rayos del astro sol. Ayer vi una familia entera que disfrutaba posándolo sobre la arena de un pollo asado, con su salsita por encima y todo.

No hay paridad, desde luego en las playas marroquíes. Las chicas son mucho menos numerosas. Dependerá del pequeño microcosmos sociológico particular de cada playa, pero muchas mujeres bajan en pantalones y cubiertas con velo o pañuelo. Minoritario es sin duda en las playas populares el bikini; las chicas que deciden llevarlo prefieren ocupar las zonas más alejadas del mundanal ruido para sentirse libres de los mirones y sus miradas, otros fijos de las playas marroquíes. Entre ellas el grupo de expatriadas extranjeras. Muy excepcionales son asimismo las señoras mayores en las playas marroquíes. Tampoco hay chiringuitos donde comer caliente ni en el paseo ni en las primeras arenas. Para tomarse una ración de acedías fritas o una brocheta de carne picada hay que darse un paseíto por el pueblo.

El tipo del termo y los frutos secos, un habitual de las playas marroquíes

El tipo del termo y los frutos secos, un habitual de las playas marroquíes

El señor del bombón helado no deja de recorrerse la playa sudando la gota gorda vendiendo los populares Magnum. Se vende de todo, como es norma habitual en este país: lo mismo hay niños que portan bandejas con cigarrillos, onzas de chocolate y pañuelos para después limpiarse las manos que cartuchos de pipas y almendras recién tostadas o señores que cargan termos y vasitos por si a alguien se le apetece un café o un té a la menta. Que, como se dice por estas tierras, el té a la menta cuanto más calor y más hirviente esté más refresca.

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Marroquí, árabe, francés, bereber, Babel

Antonio Navarro Amuedo | 2 de junio de 2010 a las 18:32

Marruecos mejora a golpe de inversión extranjera, de hoteles de lujo en Marrakech, de puertos que aprovechan las olas deslocalizadoras, de las mejoras introducidas en un medio rural llamado a ser el Ikea de la verdura y la fruta del continente europeo, de la apertura, en suma, de una economía que lleva haciéndose cada vez más permeable a los capitales y las ideas del norte europeo. Este crecimiento, no obstante, está condenado a estar lastrado por un problema de base que hace imposible cualquier comparación entre el modelo español del boom desarrollista de los sesenta y el que impulsa la monarquía alauí. Es la educación, estúpidos, que diría el otro. Por mucha autopista, invernadero o placas solares que se construyan, el alcance del desarrollo será limitado si Marruecos no resuelve su problema educativo. Según las fuentes menos optimistas, un 50% de la población marroquí es analfabeta y el porcentaje asciende al 80% si nos circunscribimos al ámbito de las mujeres. La tragedia de tales cifras  se explica por varias razones. Una de ellas, sin duda, tiene que ver con otro asunto irresuelto: el de la lengua. Europa entendió hace ya tiempo que si quería avanzarse en la construcción de los Estados y lograr el desarrollo de la burguesía y la mejora de las condiciones materiales de la población era imprescindible contar con una lengua nacional. Elio Antonio de Nebrija escribió al acabar el siglo XV una gramática del español porque estaba convencido de que aquello que se hablaba en el Reino de Castilla había dejado hacía mucho tiempo de ser latín. Convencimiento que tienen muchos aquí en Marruecos: darija, como se denomina el dialecto del árabe de este país, hace mucho que es otra cosa diferente al árabe coránico o clásico. Hora es de llamar las cosas por su nombre: Marroquí, por ejemplo.

Hora es de codificarlo, fijar su ortografía y su gramática y llevarlo a las imprentas de una vez. De llevarlo a las aulas. El carácter sagrado, revelado, del árabe de Mahoma actúa como barrera, por ahora infranqueable, del proceso. El árabe del Corán, extraño para la mayoría de la población del Magreb, sigue siendo la única lengua oficial. Las élites marroquíes de Rabat y Casablanca, mientras tanto, ajenas, parecen felices hablando en francés en cafés, oficinas y en facebook. Ça va bien, handullilah. La descolonización y posteriores décadas de arabización de Marruecos vedan la posibilidad también a un francés en retroceso, casi testimonial en el norte e ignoto en el medio rural, donde muchos sólo hablan bereber. ¿Hasta cuando durará esta anomalía? Sin resolver el problema desde la base, esto es, una tragedia educativa explicada en parte por la anomalía lingüística, todo el edificio del progreso marroquí no pasará de ser mera fachada. La predicción es de Juan Goytisolo, que lo sabe mucho mejor que yo y para eso es el primer escritor español en hablar darija desde el Arcipreste de Hita: “El árabe clásico permanecerá, claro está, en el ámbito religioso y en el interestatal. Pero la comunicación en marroquí y argelino abarcará el contenido de los periódicos, del espacio escénico, del cine y de la creación literaria. Poner en boca de un personaje marrakchi o tangerino el habla estereotipada del Oriente Próximo provoca y provocará inevitablemente el efecto saludable de la risa”.

Elton John en Rabat

Antonio Navarro Amuedo | 30 de mayo de 2010 a las 19:34

Anoche echó el telón la novena edición del Festival Mawazine-Ritmos del mundo de Rabat. Tiempo muy agradable, buen ambiente y una participación notabilísima. Los rabatíes -y los visitantes, que fueron numerosos- han podido disfrutar este año de figuras internacionales de la talla de Carlos Santana, BB King, Mika, Sting, Julio Iglesias o Elton John. Una iniciativa real -en ambos sentidos del adjetivo- que sirve al objeto de proyectar una imagen moderna de Marruecos. En este sentido, el penúltimo número del semanario Tel Quel, cuya portaba titulaba “Un milagro real”, no pasaba por alto la implicación personal del monarca alauí en la elección de cada una de las actuaciones y de los artistas invitados. Total, un presupuesto oficial de 27 millones de dirhams (2,45 millones de euros) -y extraoficial, indica Tel Quel, de 100 millones de dihams (9,10 millones de euros).  El éxito de asistencia y la ausencia de incidentes demuestran que este país es perfectamente capaz de movilizar una ciudad durante casi diez días y acoger a un centenar de artistas en ocho escenarios diferentes repartidos por todo Rabat. La prueba de la seguridad se ha superado este año -el dispositivo policial fue fuerte y visible- después de que la edición pasada quedara ensombrecida con el fallecimiento de 11 personas por una avalancha en un estadio en el que se celebraba uno de los últimos conciertos.

Este cruce de caminos del Magreb ha recibido este año, en una edición más, un buen soplo de aire de libertad del Atlántico y del Mediterráneo a un tiempo. Los islamistas del PJD (Partido de la Justicia y el Desarrollo) intentaron en vano impedir que Elton John, que nunca se ha cortado un pelo en su defensa de su condición homosexual y en sus opiniones sobre las religiones, actuara en la escena rabatí. Hace unas semanas los parlamentarios de aquella formación elevaban a la cámara baja marroquí una propuesta para sacar al músico británico del cartel del Mawazine, por considerar que venía a homosexualizar Marruecos, donde ser homosexual constitye delito. Hace poco el músico británico fue vetado en Egipto a instancias de la Asociación de Músicos del país árabe.

Finalmente, Elton John no encontró obstáculo alguno para llevar a cabo su actuación: más bien todo lo contrario. En la explanada del hotel Sofitel de Rabat no hubo sino un llenazo de bandera, el mayor de todos cuanto he tenido la oportunidad de presenciar en directo en las dos ediciones que he disfrutado en Rabat. Los agoreros no tuvieron el pasado miércoles ni un silbido que llevarse a la boca; sólo armonía y entrega con un músico que dio una enorme muestra de profesionalidad en el, quizá, más largo de los conciertos de esta novena edición del Mawazine. Una entrega de la que haría bien en aprender otro hexagenario, que trajo desdén y meros susurros de las Américas para representar al querido amigo del norte de Tarifa.

Gorrillas de las dos orillas

Antonio Navarro Amuedo | 26 de mayo de 2010 a las 15:01

Entre las muchas cosas que unen a estos dos pueblos vecinos, el marroquí y el español, andaluz más particularmente, ritmos vitales, gastronomía, arquitectura, contacto humano incluidos, encontramos a los gorrillas, los aparcacoches ilegales. Podría escribirse una teoría sobre los gorrillas de las dos orillas. No estoy a la altura de un reto semejante, pero tengo una formación privilegiada para hacer una aproximación a la materia, ya que pasé la mayor parte de mi infancia y de mi primera juventud en Bami, barrio sevillano que vio nacer a los aparcacoches hispalenses como todo el mundo sabe. Ahora, mis casi dos años de residencia en la capital marroquí me permiten comparar el fenómeno a un lado y otro del Estrecho de Gibraltar.

Aquí en el Magreb salen igualmente como setas de detrás de los coches, donde antes no estaban emergerán cuando retires el vehículo, cuando menos te lo esperes aparecerán con sus monos para reclamar con humildad y resignación la propina por el servicio realizado.  Porque he aquí dos de las principales diferencias de los aparcacoches marroquíes con los gorrillas de Bami, con los gorrillas sevillanos y andaluces, con el gorrillismo del norte de Tarifa: el hecho de cobrar después del servicio y no antes y la aceptación serena de la cantidad con la que son retribuidos por el conductor.

El gorrilla se hará visible desde la llegada del coche a su zona, efectuará las indicaciones pertinentes para ayudar a que el usuario del vehículo aparque mejor, pero reclamará los dirhams -dos, tres o cinco; entre 15 y 35 céntimos de euro, no más- al final de su trabajo. Y jamás he observado violencia verbal, chulería ni amenazas físicas hacia el vehículo o hacia personas reticentes a pagar o cuya aportación no se adecuara a las expectativas del aparcacoches.

Una calle del barrio de Hassan, en el centro de Rabat, un domingo por la tarde cualquiera

Una calle del barrio de Hassan, en el centro de Rabat, un domingo por la tarde cualquiera

Coinciden ambos, los de aquí y los de allá, en ser víctimas de la pobreza y la necesidad, en el hecho de estar excluidos del sistema laboral; aunque esto es algo que en Marruecos afecta a muchas miles de personas (por no decir más) de todo origen geográfico y condición, ya que las estadísticas oficiales sitúan el desempleo en el 9% [Paro, en fin, dicen las autoridades aquí, a la altura de las potencias industriales de Europa]. Allá, en muchos casos, son víctimas de las drogas, problema que aquí es bastante menor, y que explica en parte los comportamientos de estas personas en pleno ejercicio de la actividad.

Es cierto que en las urbes marroquíes los aparcacoches son onmipresentes. Pero aquí no constituyen el problema de coacción que suponen al norte de la frontera del bienestar. En absoluto. Marruecos tiene problemas mucho más acuciantes que éste, como un sueldo mínimo interprofesional que roza los 200 euros mensuales, como la necesidad de muchas de sus gentes a recurrir a actividades similares para sacar adelante a familias numerosas con una vida que no es barata ya para nadie. En fin, los gorrillas del Magreb no son sino un capítulo más, tolerado y necesario, del drama diario de la supervivencia.

Tomates en Wall Street

Antonio Navarro Amuedo | 21 de mayo de 2010 a las 13:07

En los puestecillos de verduras y frutas de la medina, todos insistentemente iguales, en la bolsa -no las de plástico negro en las que te esconden furtivamente las botellas de vino en supermercados y tiendas involuntariamente clandestinas- de los ultramarinos de Omar, en mi barrio de Hassan de Rabat, que es la bolsa de Wall Street con menos sobresalto y prisa, el Dow Jones lo marca el precio de los tomates. Unos tomates que el sol y las nubes de Marruecos maduran hasta hacerlos lebrillos de gazpacho en potencia, todos desiguales y más felices cuanto más, y adornan las calles de la ciudad. Unos tomates a los que los cielos del Magreb marcan con rigor los decimales en esta bolsa implacable que se fija en cada esquina, que no entiende de dineros virtuales ni de burbujas ficticias. Aquí la pujanza de un fogón o una familia la establece la proporción entre el pedazo de carne y la cantidad de tomate, patata o zanahoria del tajín, sinécdoque del guiso magrebí.

La agricultura, dicen las estadísticas nacionales, supone cerca del 20% del PIB de Marruecos y emplea al 40% de los trabajadores marroquíes -el 80% en las zonas rurales-. Los tomates representan casi la mitad de las ventas al exterior en el capítulo de las frutas y verduras. Son el símbolo de las exportaciones marroquíes; las cajas de tomates de rojo intenso ocupan frecuentemente portadas en los diarios locales y son motivos de anuncios publicitarios que ensalzan la pujanza del país. La Unión Europea supone el 75% del mercado de las frutas y las verduras marroquíes. Desgraciadamente, a uno y otro lado del Estrecho se acuñó también la expresión guerra del tomate para explicar el conflicto creado en torno a los productores españoles, temerosos de que cada temporada esta hortaliza magrebí invada irremisiblemente los mercados comunitarios.

¿Amenaza? El kilo de tomate cuesta en Rabat estos días 13.5 dirhams, 14 dirhams, incluso más en algunas tiendecillas de barrio. Bien por encima pues de un euro en las callejuelas asilvestradas de la medina, en el coqueto mercado central de verduras y frutas, en las tiendas de Omar y de Ibrahim. Los he visto meses atrás a cuatro, cinco y seis dirhams, menos de cincuenta céntimos de euro. Las lluvias y el frío del pasado invierno e inicio de primavera han lastrado la cosecha de este año. Y los mercados lo registran puntualmente. Los bereberes miran al cielo y te advierten resignados del precio desorbitado, mucho menos doloroso para europeos pese a todo demasiado alertas ante el temor a ser engañados, a no pagar según el valor exacto de la mercancía. La agricultura marroquí, fundamentalmente basada en pequeñas explotaciones, aún depende demasiado de los cielos. El mes que viene los precios serán mejores, inchallah –si Dios quiere, que aquí está en boca de todos—, dicen confiados a la bondad de la providencia. ¿Amenaza, digo, al fortín europeo de invernaderos, fertilizantes y tecnología y tomates todos sospechosamente iguales?

Los niños de Anfgou

Antonio Navarro Amuedo | 19 de mayo de 2010 a las 12:40

De todas las geografías de Marruecos, de la humedad agreste del Rif a las infinitas llanuras saharauis de polvo y soledad, de las atlánticas playas de Esauira a la miseria de la periferia casaui, de todas, la de las montañas del Atlas es la más rotundamente remota. Anfgou, techo a la intemperie del país a casi 3.000 metros de altura, en el Medio Atlas, cerca de Khenifra dicen los mapas que hay que creerse, un millar de habitantes, se gana un hueco en el común marroquí por representar una suerte de Hurdes en pleno páramo magrebí de pobreza y necesidad del uno al otro confín. Hace tres inviernos, Anfgoug registró la muerte de una treintena de personas, casi todos niños, por causas respiratorias; datos que alarmaron a la opinión pública nacional. Tras el revuelo, el monarca Mohamed VI se dignó a subir hasta estas cimas para mostrarse cercano a su gente, en un remake en pleno siglo XXI de la visita de Alfonso XIII a las citadas tierras cacereñas. Algunas cosas han cambiado aquí desde entonces, como el hecho de que la presencia del monarca exigiera la llegada de la señal de una de las operadoras de telefonía del país, que, por cierto, pocos disfrutan en estos páramos de alta montaña.

El resto de la expedición de periodistas con la que ascendí a estas cimas alpinas de construcciones de barro y caminos enfangados se enfrascaba en apuntes y preguntas a los vecinos de la aldea en busca de información con la que construir un relato de injusticias, corruptelas y mafias locales que explotan el único gran recurso natural de la zona: los bosques de cedros. No estaba muy puesto en la historia, debo decir, pero lo que vi al amanecer en una de las callejuelas embarradas de Anfgou acabó de inmediato con cualquier interés de mi parte por componer la historia de los árboles, las comunas y la explotación de la madera.

La idea fue de Puy, becaria del Gobierno vasco en la Embajada de España en Rabat, impotente ante el girigay y los vaivenes de una melé de niños que, al grito de “madame, madame” le quitaban a tirones los caramelos y las tabletas de chocolate que habíamos traído. Con dificultad y la ayuda de algún joven del pueblo logramos instaurar la disciplina y poner a los niños en fila para darles una onza de chocolate Maruja y un caramelo, procurando que todos tuvieran, que no repitieran si no era su turno. Las hermanas mayores de diez años de edad portaban sobre sus espaldas a los pequeñajos llenos de velas de mocos como madres precoces, perfectamente conscientes del rol forzoso que desempeñan cada jornada, para asegurarse de que los más desvalidos se llevaban efectivamente su porción del tesoro en forma de caramelos. Atentos a esos sonidos por los cuales respondíamos para espetárnoslos una y otra vez pidiéndonos a gritos stylos (bolígrafos) y un bombon, merci, los niños descalzos de Anfgou, los niños desharrapados del poblado sin agua corriente, sin televisiones, sin víveres frescos, sin tienda de ultamarinos, sin verduras ni frutas, el pueblo olvidado por antonomasia, sus sonrisas, sus miradas, su resignada y dolorosa franqueza, nos impresionaron profundamente.

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Gracias a la gentileza de uno de los vecinos, quizás el más consciente de la situación de las gentes de Anfgou, el menos precario de todos, el único capaz de hablar en árabe marroquí para los periodistas en estas tierras rebeldemente bereberes, los miembros de la expedición habíamos pasado la noche en un salón en torno a un brasero, petrechados de gruesas mantas y disfrutado de un tajín de más patatas que cordero. Allí estaban la valiente Beatriz Mesa, corresponsal de la COPE y El Periódico en África del norte; Jacopo, un doctorando italiano que hace sus pinitos como fotógrafo; Aziz El-Yaakoubi, redactor del recientemente desaparecido semanario de actualidad Le Journal Hebdomadaire, y la citada Puy Ruiz de Alda, promotora de algo más que un viaje de regreso a estas cumbres cargados de caramelos y guantes para tantos niños de infancia irrecuperable.

Todo este paisaje geográfico y humano se levanta impresionante sólo unos centenares de kilómetros al sur de la frontera, de los límites geográficos entre las tierras de los niños nintendos de pulgares endiablados y las de los niños de manos curtidas por el frío, la nieve y la mayor de las intemperies.

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