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La ciudad y la sonrisa

Antonio Navarro Amuedo | 13 de diciembre de 2011 a las 8:20

 Foto: Miguel Roca

No me resisto a enviarte una carta más en esta lenta y larga despedida de la ciudad, que es a la vez un nuevo regreso para no marcharnos nunca de ella. La conoces de sobra y su nombre no figura en las grandes listas de urbes de moda por sus nuevos edificios de oficinas ni por diseño cutting edge, que me hace gracia esa palabra por cómo se utiliza allá arriba como adjetivo, ni tampoco por cosmopolitismo. Creo que esta ciudad de blancos y poderosa luz es rabiosamente anticosmopolita, como mi ciudad natal, que presume de haberlo sido en su día y se regodea en no siéndolo. Seguro que ser cosmopolita, y tener a gente muy distinta y dispar, y mutar de continuo y progresar son la aspiración máxima de las ciudades y acaso de las personas. No hay, probablemente, milagro humano mayor que esas ciudades de más de cinco o seis millones de personas llegadas de todas partes y que funcionan un día tras otro. Pero esta ciudad mía del Buregreg, con la torre Hassan como aplastada por la desidia, con su anarquía blanca y azul, es rabiosamente lenta y esencial. Por eso me gusta. Por eso nos gusta tanto.

De todas formas, ¿qué más da todo eso, a esta hora de grises, sentado en la plaza Pietri, después de saludar a mi limpiabotas favorito con dos besos, al sol que calienta en este mediodía de diciembre? ¿A quién le importa ahora mismo lo que dicen a esta hora en las ciudades de tenebrosas torres de cristal llenas de ordenadores con números y más números, gráficas y más gráficas? A mí, lo reconozco, ahora mismo, más bien poco. Pero voy a terminar de escribirte.

Dicen en los ordenadores que este fin de semana hay elecciones en la ciudad y en todo el país. No me gusta ponerme político en las cartas porque las estropeamos cuando hablamos de escaños y porcentajes de voto, de ideologías y de una terminología que es fea. Dicen que van a ganar los musulmanes, pero que son como los demás porque aquí manda el mismo. Mira, que otro día te escribo de esto, que hoy no tengo ganas además. Y, la verdad, que no noto yo nada distinto a otras veces paseando por l’Océan, que es una de las decadencias hermosas de la ciudad, oxidada como las rejas de las ventanas que miran al Atlántico omnipresente. Está ahí detrás, ahí mismo. Pero todo cualquiera diría que el pescado que encontramos en este pequeño restaurante ha llegado en paquetes congelados y troceado, como los que encuentras allá arriba, donde vivo ahora, en los supermercados. Y no, el mar bravío está a dos calles de aquí. Las familias disfrutan del día comiendo calamares fritos, gambas a la plancha, así como lo que en mi tierra de origen llaman acedías y pijotas. También de una especie de alioli con perejil que está riquísimo y que hace que te zampes un pan entero. También toman paia, que es una transliteración local de la paella, que aquí es un arroz bien tintado de azafrán y asfixiado de marisco que me supo a gloria, la verdad.

Supe al volver que me había ido para siempre y también que no me iré jamás de la ciudad. Me encontré con una ciudad de luz y de sonrisas, dos de los mejores capitales –me pondré acorde a las terminologías al uso– del país y de la urbe. La misma luz de siempre, capaz de inundarlo todo, el hoy, el mañana incierto, de la felicidad que sólo un día más con vida y cielo azul garantizan.

Volví a salir de la estación central para ver el mismo caos de taxis y tráfico. Encontré a las niñas casamenteras y las que ya no les importa tanto serlo en el escaparate de los cafés de moda que ha traído la nueva instalación del ferrocarril. Allí todos juegan al bluetooth y buscan el wifi para ligar. Sigue en la puerta de la gare el señor de los cleenex y las patatas fritas y las galletas del contrabando ceutí. Pasa varias veces un nuevo tranvía, metáfora demasiado obvia del progreso y la modernización etcétera etcétera como para ser tomada demasiado en serio. Va lleno. La catedral de Saint Pierre sigue tan blanca reluciente como siempre. Saludo al kiosquero de una tienda que no es otra que las baldosas sucias de la calle al que le compraba el TelQuel, al lado del banco Atijariwafa, como si hubiera sido ayer la última vez que nos vimos. Qué más da.

Mis compañeros de la ciudad, los que me conocen y me vigilaban, siguen en sus puestos. Me alegra y tranquiliza. Me agrada volver a pasar meses después por las mismas esquinas y ver los mismos rostros, tal vez surcados por una nueva arruga o poblados por alguna cana más, que, la verdad, el cerebro pule de una vez a otra. Me cruzo a Rachid, el hombre de la autoescuela, qué paciencia que tuvo con nosotros, con su niña en Londres labrándose un futuro inchallah y sus chanchullos con los extranjeros, a los que les pide botellas de Whisky de malta del aeropuerto para revender luego. Y con los sonrientes carniceros de la plaza, con sus filetes de pavo insípido y aceitunas poderosamente sabrosas. Cómo no, también, con los tres jóvenes beréberes autores del mejor zumo de naranja y aguacate que jamás probarás sobre la faz de la tierra. “El Sevilla y Kanouté este año mal, ¿no?”.

Todos me sonríen y me abrazan. Me preguntan por la familia y el trabajo, no sé cuánto de formulismo y cuánto de sinceridad en ello, qué más da, pero se esfuerzan en ser gratos, optimistas y cordiales. Están, como yo, felices porque todo siga más o menos igual a pesar del paso del tiempo. Celebran cruzando nuestros gestos la tranquilizante continuidad del mundo. Un día más. Un mundo que para Ahmed empieza y acaba en  reunir al cabo del día un puñado de dirhams limpiando con crema kiwi los zapatos de los trajeados empleados de la Caisse de Dépôt.

Pero la ciudad no es mi casa ya y tal vez nunca lo vuelva a ser. Como tampoco aquellos amores ingenuamente cautivos y orientalistas. Como los regresos en domingos plomizos y lentos desde la medina, ¿te acuerdas?, con bolsas pegajosas de sardinas, tomates, lechugas y aceitunas negras. A mí me sabían a gloria al llegar a casa, tostar algo de pan, ponerla entera apestando de pescado en la sartén y salir a la terraza a comer para recuperar fuerzas del paseo. Sé que me observan desde algún balcón de mi calle. Pero no tengo dudas de que lo hacen por mi bien pues alguien desde el primero, o desde el segundo, qué más da, me ha advertido ya del peligro de clavarme alguna espina del pescado que me estoy comiendo. Pasa y tómate una conmigo, le digo, que aún queda algo de luz en la ciudad.

Primavera

Antonio Navarro Amuedo | 8 de junio de 2011 a las 18:39

Foto: Miguel Roca

Encuentro con alegría en uno de los bolsillos de una maleta que ha sufrido mucho los vaivenes del camino una postal amarillenta que no puedo dejar de unir a este epistolario inconcluso sobre la otra orilla del Estrecho. Avanza el calendario –copio de las cuartillas que acabo de hallar entre tarjetas de visita, facturas de la Redal e incluso una figurilla de un camello que encuentro con una pata de madera partida– sin descanso hacia un próximo verano. Pasan las semanas implacablemente en un año que ha sido fundamentalmente primavera. El año despertó primavera en Túnez y en Argelia, con el desencanto de nuevas generaciones perdidas en la miseria y la tristeza. Siguió en Egipto y se propagó por Yemen, Arabia Saudita, Barhéin, Jordania, Siria. Y por Libia, con un tirano asesino que se resiste como gato panza arriba a dejar de sembrar la muerte y el dolor en su retirada. Fue el grito desesperado de millones de personas clamando por un horizonte mejor, una vida digna, el basta ya a la tiranía. El cansancio de ser la excepción permanente. Son nombres que desde esta orilla de la vida suenan próximos y lejanos, tras de horizontes polvorientos y de casas blancas apiñadas en la necesidad. Cayeron por el camino, para felicidad de sus pueblos y asombro del mundo, los dictadores terroríficos de Egipto, Mubarak, y de Túnez, Ben Alí, única referencia política para mucha gente en toda su vida en sus respectivos países.

¿Qué pasaba en Marruecos entonces? Francia y España, los observadores atentos de la realidad de Marruecos desde los despachos oficiales de París y Madrid, se preguntaban reiteradamente: ¿habrá contagio revolucionario en este Magreb árabe tan cercano a Europa? Tú también me lo preguntabas, como todo el mundo al teléfono o en los endiablados chats de Facebook o Skype, que son los verdaderos intercambios epistolares de nuestro tiempo. ¿Y allí, qué?

Allí pasaron muchas cosas. La mejor de todas, que la resignación omnipresente haya perdido un poco de sus bríos tradicionales. La mejor de las noticias. No pugnará, desde luego, con la cobertura informativa merecida por los baños de sangre de Libia. Ni con la caída jubilosa de los tiranos de Egipto y Túnez. Discreta persistencia la de los jóvenes del 20 de febrero que, semana tras semanas, han salido a la calle para romper tabúes y pedir democracia de verdad a los que mandan, que son los de siempre. Con su empeño, han tornado en habitual la protesta contra el autoritarismo y el abuso. Una primavera que comienza a consumarse en silencio. Primavera árabe la llamaron. El reto de estos valientes es no ceder y convertir el verano, el otoño, el futuro en primaveras hacia la democracia y la libertad.

Pero Marruecos, sin embargo, será siempre para nosotros un verano sin prisas. Un largo verano previo a la madurez obligatoria, una tregua de sosiego y tes a la menta, cacahuetes y anacardos envueltos en cartuchos hechos de cuartillas con apuntes de matemáticas y lengua francesa. Marruecos son las tardes soleadas de la medina, paseando sin relojes por las calles pegajosas y cargadas de humanidad que mira, toca, observa a cada paso. Camisetas del Barcelona, de la roja campeona del mundo, del Barça campeón de Europa otra vez, colgando de cada tenderete, que esto se actualiza a golpe de teclado, como las estanterías de móviles capaces de albergar los modelos más modernos de ipads o blackberries al lado de un señor que vende zapatos de segunda mano en un top manta. Días azules y sol de la infancia, luz de tarde de veranos infinitos de nuestras infancias recuperada en este paseo por el laberinto de callejas y tiendas de especias. Sí, las tardes de la medina, con la brisa y los mirlos marcando su presencia, el bulevar lleno de gente que pasea y toma pipas, eran un recuerdo vivo de nuestra niñez.

Marruecos será para nosotros siempre la humareda de carne picada asándose a la entrada de un pueblo cualquiera del camino en algún punto entre Tetuán y Kenitra, entre Oujda y Fez, entre Tan Tan y Esauira. Humareda que nos recibe en el autobús más cálido del mundo, al que se sube un chaval que vende onzas cortadas de sucedáneo de chocolate Maruja, cacahuetes y cigarillos rubios sueltos en una bandejita improvisada de cartón.

Marruecos será siempre los viajes sin planificación, improvisadas elecciones de destino en el último minuto en las explanada humana de las gares routières del país. Éxito seguro. Norte, sur, este y oeste eran en nuestras largas jornadas de verano puntos cardinales intercambiables. Al otro lado del viaje, un señor nos sacaría la maleta de la bodega del autobús para decirnos iala, iala. Una medina y un zumo de naranja recién exprimido nos aguardaban.

Marruecos será siempre las tardes infinitas en las playas de Salé, llenas de púberes que juegan al fútbol sin cesar, sin reparar en el hecho de que el ramadán aprieta y no podrán beber una gota de agua en público hasta que atardezca. De playas sin libertad para las chicas, que batallan con pantalones vaqueros empapados y pañuelos contra la censura y las miradas más molestas. Son nuestras tardes en las playas más lejanas del gentío, disfrutando de fruta recién comprada en algún recodo del camino, de largos paseos por la orilla y de una tertulia improvisada para acabar hablando del futuro, ese incómodo acompañante que aguardaba al otro lado del verano.

Un día en la medina (II)

Antonio Navarro Amuedo | 6 de enero de 2011 a las 3:19

Se me acabó el espacio en la otra postal y termino de contarte el paseo mañanero en esta otra con la estampa de la torre Hassan en el reverso.  Tratamos con estas líneas de hacer más nuestro este recorrido que un día fue algo intrascendente y que intentamos hoy de conservar antes de que estas calles se diluyan en nuestro recuerdo y se alejen de nuestro paso. La mayoría dice aquí que la crisis no se nota en Marruecos porque Marruecos está permanentemente en crisis. No sé si compran o no, o si lo hacen menos, pero la medina está concurrida en esta mañana de domingo. Hay que tomarle el pulso a la medina y evitarla en las horas punta, como ocurre los viernes por la tarde, cuando los chavales tienen libre y pasean para ver ropa o tomarse un zumo de naranja, porque no se puede dar un paso. Eso sí, jamás temí por mi cartera en las aglomeraciones. Nunca vi a nadie interesado en probar su destreza sacándola de mis bolsillos.

En Fez me dijeron una vez que si había humo es porque el fuego no andaría demasiado lejos para explicarme que si están ahí sería por algo y lo cierto es que me pregunto cómo pueden sobrevivir tantas tiendas ofreciendo lo mismo, ya se trate de tomates y calabacines o de gafas de sol y móviles. Una detrás de la otra, idénticos precios y solidaridad entre los comerciantes. Regreso por la zona techada de la calle principal de la medina antigua y encuentro, a lo largo de doscientos metros, tiendas de babuchas de colores.

Hay que coger una de ellas y doblarla varias veces para saber, por la rigidez y dureza, si el cuero de la suela es bueno o no. Las amarillas denotan el mayor grado de nobleza; después están las rojas, las rosas, las moradas, las negras. Todo es regateable, cómo no, aunque para facilitar la información a los turistas, que de vez en cuando toman estas calles, muchas de las tiendas de este pasaje sombrío de la medina colocan carteles con los precios de las zapatillas. Las babuchas marroquíes no me hacen mucha gracia –a ti ya sé que tampoco–, pero, algún día, metido en el papel, me he imaginado vistiendo unas amarillas y una chilaba de seda paseando por los pasillos de algún palacete real.

Junto con las babuchas amarillas, la chilaba blanca de seda constituye el uniforme de gala de Fez. Los fesíes, conocidos por sus dotes comerciantes, son la aristocracia espiritual de Marruecos. Vincularse a alguna familia oriunda de la capital espiritual marroquí confiere a la persona un valor añadido, un pedigrí incuestionable en el panorama nacional.

La tienda de Reda me pilla lejos, así que me pasaré otro día para ver cómo está. Reda, el comerciante de chilabas de todas las hechuras y colores, vivió más de veinte años en España de vendedor ambulante. No se les escapaba ninguna feria ni mercadillo. De Algeciras a Gerona vendiendo calzoncillos, calcetines y lencería en general.  Conoce de memoria los nombres de las pensiones que lo acogieron por toda la piel de toro. “¿Andaluz o andas con pilas?”, me suelta cada vez que me ve, además de otros refranes de mi tierra, mientras espera mi reacción de sorpesa. Presume de recibir en su pequeña tienda de una de las fondas de la medina, antigua posada para los vendedores de grano del campo que llegaban a esta ciudad y que se abre a través de la rue des Consules a mano izquierda, a embajadores y a ministros. “El viernes estuvo aquí el embajador español”… Y de conocer personalmente a Alfonso Guerra y a Felipe González. Y a Rubalcaba. Su español es ágil; su verbo, florido. Reda no ha ido nunca a la escuela, pero juega con el refranero castellano con soltura. Una conversación con Reda nos devuelve a una tertulia de bar de los años 90, con Filesa, los fondos reservados y los GAL como protagonistas, la actualidad de sus años de juventud de mercadillo por las carreteras de España.  Reda está orondo y luce una cabeza completamente calva. Siempre me cuenta, con su mirada divergente, que está mal del corazón pero sin saber con exactitu de su padecimiento. Reda está soltero y solo y camina desde Yakoub el Mansour hasta la medina cada día, como le dice su médico.

El humo de las parrillas que jalonan el camino me avisan de que se va haciendo tarde y de que tengo que resolver el almuerzo yendo al mercado central cuanto antes. A la izquierda, junto a la mezquita, apesta a cabeza de cordero a la plancha y a brochetas de vísceras. También hay puestos de pimientos asados, berenjenas rebozadas y huevos fritos. Estoy tentado a pedir un bocata con un poco de todo, por el que no pagaré ni el equivalente a un euro, pero continúo la marcha.

Me da rabia que, a estas alturas, me pare un señor hablándome en español para preguntarme qué busco. Llevo aquí lo suficiente para, digo yo, parecer más naturalizado y que ya no me dé la bienvenida a Marruecos, pero respondo, una a una, a sus cuestiones. Habla bien español, porque trabajó cuatro años en Alicante en un bar. Me ha visto mirando en la montaña de zapatos buscar unas pantuflas de mi talla. Me dice que le siga, que va a intentar encontrarme un 45. Me lleva en sentido contrario al que yo había tomado por la calle y me pregunta de dónde vengo en España, si hablo algo de marroquí, dónde trabajo, ya sabes de sobra, y me desea una buena estancia en el país.  Después de veinte minutos infructuosos de zapatería medinera en zapatería, me pide si puedo comprarle seis cigarrilos Fortuna para pagarle los servicios prestados. Nos despedimos hasta la próxima esperando, inchallah mediante, encontrar mi número.

Decido entonces acelerar el paso y avanzar como puedo esquivando sábanas con montañas de camisetas y de falsificaciones de pantalones y chándales de marca, así como de señores que yacen con piernas y brazos amputados sobre el suelo, hacia el mercado central. Son casi la una y me voy, antes que nada, a la pescadería, que ya es tarde, donde me van a dar la tabarra como nunca,  hemos recorrido esos puestos varias veces juntos, para colocarme un kilo de gambas, sepias, atún o sardinas.  Al final, el menos pesado, el que me susurra que su género es el mejor sin aspavientos, sin meterme una pescadilla casi por el ojo, es el que se lleva el gato al agua. Como casi siempre en la vida, que es como una medina.

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Foto: Miguel Roca

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Un día en la medina (I)

Antonio Navarro Amuedo | 3 de enero de 2011 a las 3:15

Las jornadas de ocio en la medina, como el concepto de medineo, nacen también del contacto de los visitantes foráneos con las viejas zonas comerciales de las ciudades marroquíes. El comercio, en el sentido más amplio y tradicional que pueda imaginarse, sigue siendo la forma de vida de miles de habitantes de estas tierras. Las viejas reglas permanecen; las mercancías se renuevan. Las tiendas se actualizan y reflejan las nuevas marcas que imperan en Nueva York o Tokio, pero el espíritu de la medina sigue intacto. Converse, Armani, Nike, Zara, Ralph Laurent, Lacoste. El glamour del prêt à porter es vecino de las montañas de azafrán y dátiles. Lo importante, lo he advertido con el tiempo, es mover y hacer circular la mercancía. Reconozco no tener la paciencia de muchos de mis compatriotas, que bajan a la medina a aprovisionarse con bolsos de cuero, colgantes y babuchas para la próxima vuelta a España, sea por la inminencia de las fiestas navideñas y los Reyes o empujados por algún cumpleaños a la vuelta en el calendario.

A mí me encanta bajar al final de la mañana, después de haberme quedado pegado y bien pegado a las sábanas, y que los antojos me guíen por las calles de la medina. Voy bajando por el boulevard Mohamed V, arteria principal de la zona antigua del Rabat colonial, que conecta el Palacio Real y la antigua medina. Esquivo los raíles del futuro tranvía, los centenares de viandantes que abren boca al sol por los soportales del hotel Balima, los puestos de cacahuetes y los de periódicos. En los alrededores del Parlamento y de la rotonda de Correos -Poste Maroc-,  la Banque Centrale Al-Maghrib y Maroc Telecom contemplo la locura de coches que giran siguiendo las reglas insólitas de la conducción marroquí. Por cierto, Marruecos me regaló la oportunidad de tener su permiso de conducir, pero no el misterio inescrutable de conocer las normas internas de esta fabulosa orquesta del caos.

Y sobre las aceras, observo a decenas de señores que observan las portadas de los diarios del día. En la mayoría de ellos está el Rey Mohamed VI, al que la prensa local atribuye el liderazgo en los grandes cambios que afronta el país. En no pocas de las portadas hay alguna referencia a los políticos españoles. El Rey Juan Carlos y Zapatero son los favoritos… la culpa, de un tiempo a esta parte, de los males de Marruecos parece haber venido toda del otro lado del Estrecho. Los semanarios marroquíes acusan a nuestras autoridades de alinearse con el Frente Polisario, con Argelia, que son los enemigos declarados. Más de una vez, al ver tanta hostilidad hacia nuestro país, no he podido evitar mirar de reojo al resto de lectores que contemplaba las portadas a mi derecha e izquierda, temeroso de algún comentario en concordancia. Pero nunca he notado la más mínima hostilidad hacia mí de aquellos señores que inclinan sus cabezas hacia las baldosas del paseo para, a falta de Blackberries y otros cacharros innecesarios, informarse mientras apuran cigarrillos.

Decido pasar del pan de aceituna –a ti te gusta mucho- de la confitería La Comédie y cruzar el paseo Hassan II, que es la intersección que corre paralela a la muralla de los andaluces, límite de la ciudad vieja y la nueva. No es muy temprano ya y decido reducir al mínimo el paseo por la medina. Al llegar a la entrada por el mercado central cojo a la derecha, por la calle principal que atraviesa la medina de este a oeste. Es mi calle favorita de la medina. El gentío es abrumador y el sol reflejado sobre las teteras deslumbra. Los gremios y las personas cambian según la zona y no es lo mismo esta calle, que hemos recorrido muchas veces, marcada por las ropas de corte informal y juvenil –reino de las falsificaciones– y los puestos de especias y perfumes, que, por ejemplo, la rue des Consules. Ésta, en cambio, forma parte del recorrido de los turistas de Rabat, cuyos autobuses aparcan en las inmediaciones de la kasba de los Udayas y descienden por la antigua arteria comercial, que antaño diera cobijo a las representaciones diplomáticas en la ciudad. Allí los cueros, tapices, alfombras y muebles animan a los paseantes españoles, franceses o británicos a echar un vistazo en el interior de las tiendas, sensiblemente más caras que aquellas que viven casi en exclusiva de una clientela local.

La zona central de la calle está tomada por montañas de ropa que los pregoneros se esfuerzan en vender desgañitándose. El aguador bereber, con su estrambótico traje rojo, su gorro y su jarrillo de lata ofrece el agua que conserva fresca en esa especie de cantimplora con forma de gaita. Pasando la tienda de especias y hierbas –espliego, tomillo, romero, laurel, alhucemas, lavanda, hierbabuena- en bolsas perfectamente preparadas, un ciego proclamando al cielo y a los cuatro vientos su desgracia me hace apartarme del camino. Impresionan sus ojos ulcerosos e inmóviles. El suelo está pegajoso. El centro de la calle lo ocupa ahora un puesto de animales. Tortugas, camaleones, pájaros enjaulados. Junto a la tienda de camisetas de equipos de fútbol –siempre me paro a preguntarle a Ibrahim si trajeron la nueva del Sevilla y  hallo, para mi desgracia, la misma respuesta– cuelga la cabeza de un cordero sobre un pequeño mostrador. Los trozos de carne de vaca a la intemperie empiezan a despertarme el apetito y acelero el paso.

Voy a terminar la calle y a saludar a Yussef, el amable vendedor de bolsos de cuero, antes de dar media vuelta y poner rumbo al mercado central. Hoy me apetece un pescado, pero voy a comprar también verdura para hacer una buena ensalada y un salmorejo, que aquí sabe muy rico, como has comprobado. Córdoba no queda muy lejos en esta medina del Magreb. Ni tampoco el mercado central si no fuera por la cantidad de gente que encuentro a mi paso y que todavía tengo que esquivar. Me compraré unas pipas para el camino.

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L’eau limpide

Antonio Navarro Amuedo | 19 de diciembre de 2010 a las 14:30

Foto: Puy Ruiz de Alda

Foto: Puy Ruiz de Alda

Caminábamos de noche cerrada por la avenida Hassan II, nombre que sobrevuela cada esquina del país, herencia de sombras y tabúes sobre Marruecos. El fuerte vendaval formaba remolinos con los papeles y las basuras de toda una jornada. La medina era ya una oscuridad absoluta, sólo interrumpida por algún garito de bocadillos de carne picada o el último puestecillo abierto rematando la recogida. Allí estaba el grupo habitual de hombres que merodea la puerta de uno de los hostales de la avenida, diríamos sin miedo a equivocarnos que en plena faena de los chanchullos del día, aquellos que les permitirán llegar a casa y celebrar la supervivencia una vez más. Pasábamos por delante de ellos mi amigo Rachid, mi gran amigo Rachid, y yo cuando uno de ellos nos asalta. Reconozco que el frío y la prisa me hizo poner la peor de las caras; quería que su inquisición fuera rápida y aquel hombre que salía de la oscuridad de aquellos soportarles no nos diera mucho la vara.

Rachid se detuvo y comenzó a intercambiar aceleradamente frases con él en marroquí. De aquella conversación sólo alcancé a comprender unas siglas: OLAMPID (o algo así). Y la palabra français salpicando la verborrea en árabe. Interrumpí a Rachid en plena conversación y le dije en español que qué es lo que quería ese hombre. ¿Qué organismo público estaba buscando a esa hora? Veo que el hombre reduce la velocidad de sus palabras y comienza a hacer énfasis en L’Eau, agua, l’maa, en árabe. Bueno, me digo, éste quiere liarnos con la dirección general de aguas y regadíos para pedirnos algo y no sabe cómo hacerlo.

L’eau limpide. “Antonio, ¿sabes lo que quiere decir limpide en francés?”, me espeta Rachid. “¿Existe límpido en español?” ¡Vaya pregunta filológica, leches! ¿A qué venía eso? “Pues… límpido, yo creo que es eso, de ahí viene limpio, claro, trasparente, algo así, ¿no?”, respondí a mi fiel amigo. Rachid, el amante de las filologías por partida doble o triple, asentía y explicaba a aquel señor de unos cuarenta y tantos años, cubierto por un gorro roñoso y con dentadura castigada, lo que creíamos que significaría la expresión L’eau limpide en lengua francesa.

En cuanto nos marchamos le pregunté a Rachid que a qué venía esa pregunta lingüística en aquellas circunstancias y mi amigo me reveló el misterio. Aquel señor se había topado con aquella expresión en algún viejo libro de texto, seguro que encontrado en alguna montaña de papeles amarillentos de las entrañas de la medina, mientras enseñaba a su hijo, con todo su esfuerzo desnudo, los mecanismos más básicos de la lengua francesa. Simplemente leer, el legado de leer y escribir. Sin diccionarios, sin saber casi nada de aquella lengua de los privilegiados, aquel hombre, aparcacoches tal vez, si es que tuvo la fortuna de poder afirmar una profesión, era incapaz de explicar a su niño el significado de aquella rara expresión: l’eau limpide. Rachid fue lapidario: ésta es la metáfora del drama educativo de Marruecos, de la tragedia de Marruecos.

L’eau limpide. Metáforas. Pura poesía. Hoy, sigo en vano buscando con google l’eau limpide en aquel verso trágico dictado en plena noche marroquí.

Tánger, puerto y nostalgia

Antonio Navarro Amuedo | 14 de septiembre de 2010 a las 1:57

Nuestro paseo por Tánger tiene el espacio de una postal, más que de una carta. Pugnamos en vano por estirar las líneas dentro de la tiranía de una breve postal y, aun sabiéndolo, intentamos cuadrar una historia con sentido en el reverso de una medina colgada de una colina. Allí está Tánger, recortada en la ladera de los ingleses, según me contaron en la iglesia de San Andrés, no sabes cuánto me gustó el romántico cementerio victoriano, en la ciudad de los setenta mil españoles, nos aseguró el padre Seijas, que ha visto casi todo desde su remanso franciscano. Poco queda ya de aquella ciudad internacional y nuestra visita por Tánger se alimentó de la melancolía de lo que ya no es ni somos.

Tánger tiene la tristeza de lo que ha pasado de universal a provinciano. Ése es un problema que la historia misma legó a una ciudad que se antoja legendaria en las páginas de Bowles, la urbe de los espías y los cafés, de la estrategia, la de los yanquis, los españoles, los franceses, los británicos. Y de los marroquíes, claro. Bien sabes que es un problema que acecha a regiones y a ciudades enteras, y en nuestro país la amenaza aguarda en cualquier esquina, detrás de autonomías y parlamentos animalistas. En Tánger encontré una medina modesta, los mismos snacks de fritangas y pescado, un puerto que es un gurigay de coches, miserias y esperanzas y una corniche, que es como en francés llaman al paseo marítimo, llena de bloques impresionantes, de cristaleras y muchas muchas plantas; primera fachada de un país que muestra a los ferries de Tarifa y Algeciras llenos de viajeros ávidos de exotismo que la cosa va mejorando a paso de gigante.

A mí, que llevo dos años por el Magreb ya no me llama tanto la atención, claro, pero entiendo la reacción de los mochileros amantes del Rif y las familias que se embarcan en el barquito de Algeciras y llegan al puerto de Tánger y que, a un pasito, aún mareadillos del vaivén del mismo, se meten de lleno en esa bofetada de olores, suelo pegajoso y puestos de frutas, verduras y babuchas de la antigua medina. Es el orientalismo según Edward Said a un pasito del Mercadona de Algeciras y de la Tarifa de los surferos yanquis.

Tánger es, en clave marroquí hoy, TangerMed, el mastodóntico puerto de contenedores que Su Majestad promueve en los alrededores de la ciudad para ser competencia de todo y todos en el Estrecho, y promociones inmobiliarias por doquier. Es la capital de un norte ahora mimado por la monarquía, la puerta orgullosa de un chantier, que es como llama a Marruecos la prensa francófona aquí, de un país que está patas arriba con tanta obra. De todas formas yo te digo que desconfío, porque detrás de esas rotondas de césped bien cuidado y de esos bloques inmensos he visto la misma pena y las mismas camisetas del Barça y del Madrid, el mismo humanísimo deseo de cruzar para mejorar los horizontes de la existencia.

Sin embargo, en este verano declinante, Tánger, como las veces que he venido a verla, lo sabes bien, es la nostalgia de la costa gaditana en el horizonte, que se convierte en la costa europea y del primer mundo en la vista de niños y menos niños. Tánger es ese muchacho que ve pasar la vida y las horas en la playa de la ciudad mirando al horizonte incierto de un ferry de ida. Tánger es paso. No creo que en Tánger uno pueda vivir ajeno al acariciar la posibilidad de embarcarse en un barquito al otro lado de la frontera. Tánger es la bandera inglesa con la cruz de San Jorge llena de mierda, la Catedral católica vacía, la plaza de toros convertida en nosequé, el cementerio judío pasto de los jaramagos, un pasado sin evocaciones físicas adonde agarrarnos. Tánger es una mirada de despedida. Entretanto, al ladito del puerto, nos subimos a unos cacharritos, que son los mismos de la feria en los que nos hemos montado tantas veces, a reírnos un rato de la implacable tristeza de la vida.

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Ramadán, día cuatro

Antonio Navarro Amuedo | 16 de agosto de 2010 a las 21:39

Llevo varios días intentando contarte mis impresiones de estos primeros días de Ramadán y, por una razón o por otra, postergando la decisión de sentarme a ponerlas negro sobre blanco. He estado de viaje, pero ahora descanso junto al mar sintiendo una brisa que es tan próxima y tan lejana a la vez de aquella que nos alivias las tardes en el Magreb. Aquí el sol es tan implacable como en los olivares de Fez, donde los niños se refrescan en las acequias junto a las cunetas, o como en las llanuras pardas de Marraquech, donde crecen palmeras y edificios ocres, que los hay lujosos y miserables, como pasa en esta ciudad por todas partes. Pero el sol no cae con el mismo silencio con que lo hace entre las colinas que divisamos al otro lado del tren a la hora del ftor, cuando los musulmanes pueden romper el ayuno con dátiles, leche fresca, zumo de aguacate y naranja, unas especies de pestiños y pan. Lo hacen cada tarde, con tranquilidad y alegría.

En Rabat, las escenas del barrio desiertas volvieron a impresionarme a la hora silenciosa. La plaza de Jamaa El Fna de Marraquech fue la fiesta de cada noche, con sus humaredas de brochetas y de pinchitos de carne picada. Allí los encantadores de serpientes y los vendedores de zumos y bocatas no hacen distinción entre Ramadanes y el resto de semanas del calendario, siempre pendientes de buscar españoles por su término municipal y a una pareja de guiris requemada para ponerles la boa en la espalda. En Fez, donde todo es mucho más solemne y silencioso, me impresionó la hora del ftor con un vacío general de impresión. Y eso que no pisé la vieja medina, mi favorita, como ya te he dicho muchas veces.

Al teléfono me preguntan insistentemente si la cosa está tan mala como dicen los medios de comunicación al otro lado del Estrecho. Si una nueva Marcha Verde está a punto de salir cargada de miseria y promesas a la frontera de Nador y Melilla. Yo les he dicho siempre lo mismo: que aquí la gente lleva cada vez más camisetas de la selección campeona del mundo de fútbol  y del FC Barcelona. Y que aguardan a la sombra y pensando en otras cosas, en sus cosas, que vete tú a saber, que lleguen las siete y pico de la tarde y poder tomar el primer sorbo de agua y el primer pan con mortadela.

Te he subido este vídeo que he conseguido grabar con el teléfono móvil.

Medinas

Antonio Navarro Amuedo | 21 de junio de 2010 a las 15:39

Las medinas -voz que significa ciudad en árabe- son el centro neurálgico de las poblaciones marroquíes. Albergan en sus calles, generalmente tortuosas y laberínticas, los oficios y comercios tradicionales. Un baño de marroquinidad es hacer una inmersión en la antigua medina de Fez o de Marrakech. Quien quiera llevarse, por muy poco diestro que uno sea con los aparatitos fotográficos, un ramillete de instantáneas para enseñar a los amigos de vuelta a casa, que pasee por las callejuelas de alguna de las medinas magrebíes. La de Tetuán es robusta, la adornan geranios, faroles, azulejos y cal y presume de llamarse andaluza; la de Xauen, coqueta, gusta por su elegancia añil en las calizas laderas rifeñas; la de Rabat resulta cómoda y operativa; la de Casablanca, como la urbe atlántica toda, es caótica; la de Marrakech es víctima del turismo, ese gran invento, que hace que por boca de los vendedores de babuchas se pronuncien palabras no sólo en inglés o español, sino también reclamos en holandés, alemán o ruso.

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Asaltan en las medinas los olores, poderosísimos, de las especias, el pescado al que el sol ha calentado durante toda la jornada pese a los bloques de hielo, los pollos que acaban de ser ajusticiados delante de los mismos ojos del cliente que los eligió, de los cueros y los curtidores de las piscinas de la medina de Fez, la más salvaje y auténtica de todo el territorio marroquí. La medina de Fez es inacabable, infinita. Yo llegué a pensar lo mismo del casco antiguo de Sevilla, antaño otra medina, de la que referencias como el Jueves y su mercado de la calle Feria, las murallas macarenas o voces como Alcaicería o la Alfalfa nos evocan un pasado que el visitante puede reconocer hoy, en pleno siglo XXI, paseando por la ciudad vieja de Fez, que está a tiro de piedra de Andalucía y es una arqueología viva de Al Andalus. Uno puede visitarla una, dos, tres, diez veces y no pisar dos veces por el mismo suelo pegajoso de pescado, carne y humanidad. El riesgo físico de ser aplastado contra algún muro de barro por un burro cargado de mercancías amenaza en cualquier esquina. Algún historiador con el que he comentado la impresión que me supuso la primera incursión por sus calles me ha llegado a confirmar el extremo: de Bagdad a Agadir, de Tánger a Islamabad, no existe en el mundo una antigua ciudad árabe tan bien conservada, petrificada en el tiempo, detenida sin concesión al tópico, como la vieja ciudad de Fez.

Existe el debate acerca de la supervivencia de los modos de vida de la medina. El exquisito viajero europeo en pantalón corto, guía Lonely Planet y billete de Ryanair en la mochila denuncia comiéndose un bocadillo de carne picada que el turismo está acabando con las medinas y que cada vez más los herreros, los plateros o los curtidores del cuero trabajan por y para los visitantes y no para el circuito comercial tradicional. El marroquí, que ha aguantado y aguanta miserias cada día de su vida entre aquellas calles insalubres de la medina de Fez o de cualquier otra, consideraciones como éstas ni se las plantea. Ni puede cuestionárselas.

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No se las plantea Jamal, el adolescente que me acompañó la última vez que me interné por la medina de Fez. Me nombra a Zapatero y la crisis, pero apuesto a que no conoce su rostro ni sabe muy bien lo que es ser presidente del Gobierno, ni puede imaginarse lo que ganan los políticos a este y al otro lado del Estrecho y lo lejos que está su vida de las de los inquilinos de los coches oficiales.  Jamal no va a la escuela; reconoce tener problemas con su familia por no contribuir a la supervivencia de la hacienda doméstica con un puñado de dirhams diarios.  Jamal se defiende en español y francés y trae de serie el árabe. Jamal me lleva con la lengua fuera y marcha cincuenta metros delante de mí; me lleva perfectamente controlado en mi torpeza a través de la bulla. Pero, sobre todo, controla la amenaza de la policía de paisano, que vigila que personas como Jamal no hagan de falso guía de la medina y provoquen la insatisfacción de los turistas. Viajeros que siguen a los cicerones oficiales de la vieja Fez, reyes consentidos de las comisiones y de las encerronas en los comercios de sus amigos. Jamal, aunque no tiene dinero para apuntarse a una escuela y sacarse el título ni nunca lo tendrá, sueña con ser guía oficial y conducir a las parejas de europeos por el caos urbano de la medina de Fez,  acaso la más salvaje y dura de cuantas existen en esta tierra.