Archivos para el tag ‘Mohamed VI’

El rey preocupado

Antonio Navarro Amuedo | 12 de abril de 2012 a las 9:23

Mohamed VI, el rey de Marruecos, debe de andar inquieto en estos momentos. No voy a detenerme aquí en recordar el poder omnímodo que concentra en su figura el monarca alauita. El rey es comandante de los creyentes (Emir al Muminin), es decir, máxima autoridad religiosa del país; a pesar de que en Marruecos hay un sistema parlamentario multipartidista, el monarca ejerce de facto los poderes ejecutivo y legislativo. Además, como han estudiado en el ensayo recientemente publicado Le roi prédateur  los periodistas franceses Éric Laurent y Cathérine Graciet, Mohamed VI está presente en todos los grandes negocios del país y se enriquece escandalosamente con ellos. Mohamed VI, sin embargo, es plenamente consciente de que la inmensa mayoría de los marroquíes, que nunca lo han cuestionado, son muy pobres. Pobres de solemnidad. El 15% vive con menos de dos dólares al día. Y en torno al 50% de la población es analfabeto. Y la gente, como ha demostrado lo que se ha dado en llamar la primavera árabe, tiene un límite.

La ola de revueltas de la indignación árabe tuvo sólo un eco leve en Marruecos por razones que no se expondrán ahora. Pero el cóctel explosivo de pobreza y analfabetismo, muy similar al que hizo explotar la cólera popular en Túnez y después en varios otros países del mundo árabe, y el malestar general están ahí, donde siempre. La crisis económica que azota la Unión Europea, principal socio comercial de Marruecos, se está dejando notar en las exportaciones marroquíes. El flujo de inversión extranjera también ha caído. Este año, además, la sequía se está cebando con la agricultura –un sector que representa algo menos del 20% del PIB de Marruecos y ocupa al 40% de la población–, que es absolutamente clave para el funcionamiento del país.

 

 

Europa –y muy especialmente Francia y España, principales socios de Marruecos– está enfrascada en sus graves problemas domésticos. No está para perder mucha fuerza ni para hacer dispendios precisamente. Es difícil determinar en qué medida las partidas de cooperación destinadas al Magreb van a reducirse. Pero no cabe mucha duda de que sufrirán mengua. Las cuentas de la paz social –en un país en el que los alimentos de primera necesidad y los hidrocarburos están subvencionados– podrían no salirle a Mohamed VI. Es un asunto del que no se habla en la prensa y opinión pública española en estos momentos, suficientemente preocupada con los recortes, las primas de riesgo y las amenazas de rescate por parte de la UE. Pero Europa y España de forma particular saben de lo importante que es tener un Marruecos estable y a un régimen relativamente contento a las puertas mismas de sus fronteras.

Todos estos factores ponen las cosas realmente difícil al gobierno que preside Abdelilá Benkirán, un islamista domesticado por el régimen –en su juventud llegó a implicarse en acciones violentas practicando la yihad y hoy es un padre de familia de aspecto bonachón–y vencedor con el PJD de las elecciones de noviembre de 2011. El gabinete real tiene por delante una coyuntura particularmente desfavorable que está agravando la situación de la ya malhadada de por sí población marroquí. El malestar aumentará. En el norte de Marruecos, donde no se andan con chiquitas, varias localidades registraron en el arranque del año fuertes enfrentamientos entre vecinos y fuerzas de seguridad porque no soportan más la miseria y la falta de oportunidades. Un estallido social serio puede estar al llegar. El rey le vio las orejas al lobo a comienzos del año pasado cuando observaba por la televisión lo que pasaba simultáneamente en Túnez, Libia, Egipto o Bahrein. Anunció a comienzos de marzo una nueva Constitución que le restaba atribuciones y adelantó las elecciones. Insuficiente. Y él no tiene oro negro con el que regar los amarillentos campos del Sus-Masa-Draa ni con que calmar los ánimos de sus indignados.

Aromas de jazmín y libertad

Antonio Navarro Amuedo | 25 de enero de 2011 a las 22:12

Hassan (I)

Antonio Navarro Amuedo | 22 de diciembre de 2010 a las 5:10

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La verdad es que sigo sin saber por qué el barrio, mi barrio, se llama Hassan. Al igual que desconozco por qué toma ese nombre la torre almohade que, colgada sobre el estuario del Buregreg, simboliza la ciudad de Rabat. Sus calles aparecen en los mapas bajo la expresión sobreimpresionada de los nuevos ministerios rabatíes, junto al Palacio Real de la capital marroquí. Por el norte, la Chellah, ese remanso pacífico de cigüeñas, naranjos y pasados mestizos entre venus decapitadas y minaretes almohades hoy pasto de jaramagos. Por el sur, la Place Pietri, con su mercado de flores, que asemejan coronas fúnebres más que cualquier otra cosa, su enorme espacio vacío en la parte central y la mastodóntica torre de la CDG. Por el este, la gran mezquita de Hassan y las murallas de uno de los palacios reales de Mohamed VI. Cuando llegué a la ciudad me aseguraban que me cruzaría al monarca haciendo footing por las calles del centro a menudo, pero lo cierto es que nunca le he visto el pelo al Rey. Y parece que este palacio no es uno de sus predilectos, aunque esta enorme parcela de tierra funciona como una ciudad autónoma. Eso sí que son ciudades autónomas y no Ceuta y Melilla.

Atraviesa y vertebra Hassan, o por lo menos este lado donde habito de Hassan, la avenida Lumumba, que toma nombre del líder anticolonialista congoleño y ex primer ministro de la antigua posesión belga.  Allí los coches pasan rápido y los autobuses, dejando su reguero de humos negros, más. Avenida que me he pegado algún susto morrocotudo al ver bajar en sentido contrario algún coche con espabilado e irresponsable al volante. Con todo, es el corazón del barrio. Allí está el guarro, o el sucio, según gusto, una de las múltiples epiceries o tiendecitas de ultramarinos que salpican el barrio, la ciudad y yo diría que el país entero. La diferencia entre esta tienda y las otras, lo que la hace distinta y merecedora del apelativo, es el estado general de la cosa. Difícil es encontrar uno de sus frigoríficos encendidos y las frutas y las verduras, que allí -salvo las cebollas y los tomates sólo a veces- tienen peor pinta que en otros lugares y descansan en sucios cajones en plena puerta. Hace tiempo, mucho tiempo, que no veo a Omar, el espabilado –como él solo– y amabilísimo dependiente; tan solo un adolescente que estudia, entre cliente y cliente, español e inglés debajo del mostrador. Cada vez que entraba aprovechaba para apuntarme pacientemente en una hojita de papel de estraza alguna nueva palabra de árabe marroquí, a la vez que para pedirme que le regalara una nueva en mi lengua. Y para poner en práctica, para sorpresa y admiración de los compañeros de negocio, como Mohammed, lo nuevo aprendido en inglés.  El guarro es el lugar perfecto para los desavíos, como decimos en mi tierra. Abierto hasta momentos  intempestivas, este pequeño comercio tiene lo indispensable: cuscús, macarrones, arroz, refrescos, yogures, conservas, aceitunas, chocolatinas –de muchos tipos–y productos de limpieza. Ahora bien, el pan es puro chicle, de lo peorcito de la zona.

Subiendo por Patrice Lumumba hacia la zona de los cuarteles encontramos una especie de plaza, la que forma la calle de Tánger. El Instituto Británico en un extremo; el bar de un bereber simpático que hace unos tajines de cordero con verduras auténticamente para chuparse los dedos –me encanta ver a los profesores ingleses comer allí y dejar aparte escrúpulos rebañando los tajines con el pan- y la carnicería. Nunca encontré en ésta una ternera magnífica, pero sí una amabilidad desbordante. Desde el carnicero brutus, como lo he llamado siempre para mis adentros, hasta el sonriente señor de la caja y el bigotillo. Como en la mayoría de los comercios de Marruecos, siempre hay un señor, el mismo –suele ser el dueño, pero no siempre–, que está en la caja y cumple exclusivamente la función recaudatoria.

Justo en la esquina de Lumumba y Tánger está Jamid, que hace furor, dicen ellas, por sus ojos verdes entre las jóvenes españolas del barrio. Otro bereber, de la región de Agadir, como tantos y tantos que emigraron a Rabat o Casablanca para ganarse la vida y que se dedican, en su mayoría, a regentar cafés, panaderías o tiendecitas como la de Jamid. Su fruta no es la mejor –a mí, cuando tengo tiempo, me gusta bajar al mercado de fruta y verdura de la medina–, pero la conversación en francés con él siempre nos gana, una vez más, para estar prestos a volver a su pequeña guarida. Cuando sale de los dos metros cuadrados donde pesa las frutas, reza, come y ve los partidos del Barça en una tele minúscula, Jamid engaña, porque es más pequeñito de lo que uno puede imaginarse a priori. Dos de sus hermanos trabajan con él. También corrió el rumor de que uno de los aparcacoches, un señor con bigote y mono azul poco hablador, la verdad, no sé si de suyo natural o porque no domina la lengua francesa –y eso ya es un fastidio para nosotros–, era su padre, para asombro y decepción del respetable. Cómo el gran Jamid, que no duda en preguntarnos nunca por nuestros predecesores españoles en el barrio y en enseñarnos los números en árabe marroquí con cada vuelta de la compra, podía permitir que su señor padre anduviese colocando calabacines en las bandejas de plástico negras antes de pesarlas en la báscula. Finalmente este extremo nunca fue confirmado.

Mañana te sigo contando lo que ocurre en los cafés, que son el auténtico pulsómetro de la vida del barrio, ¿vale?

Carta a Mohammed VI

Antonio Navarro Amuedo | 20 de agosto de 2010 a las 0:01

Majestad:

Vaya por delante que no estoy muy acostumbrado a dirigirme a monarcas ni a figuras de la envergadura de la suya y le agradezco que perdone la descortesía en la que incurriré una y otra vez al utilizar unas formas que no son las que usted frecuenta en su correspondencia habitual. Le agradezco mucho, repito, la amabilidad de acceder a leer estas torpes líneas.

Como podrá imaginarse, me han animado a escribirle esta misiva desde el otro lado del Estrecho, donde me encuentro, no muy lejos del bello puerto de Tánger y al azul espumoso que baña el Cabo Espartel,  los episodios acaecidos en torno a la frontera de la ciudad de Melilla con su Reino.

Le aseguro que el sentir mío y de los míos y me atrevo a decir que el de miles y miles, la inmensa mayoría de los españoles, es el del repudio de la violencia y la discriminación hacia cualquier persona, sea ésta quien sea, cualquiera que sea su raza, fortuna o condición. Desconozco si han tenido lugar esos episodios desagradables que su Ministerio denuncia, porque no he hablado con nadie envuelto en los mismos, pero si ello hubiera ocurrido, mi reacción no sería otra que la de una repulsa absoluta. Y reitero lo dicho: la misma sería compartida por mis próximos y la mayoría inmensa de mis compatriotas.

He visto en alguna ocasión el ambiente de la frontera de Beni Enzar, en Nador, que se ha hecho tristemente célebre estos días. Y la he cruzado a pie. He charlado con los taxistas de Nador, con algún comerciante de los cafés cercanos, he subido a los autobuses que nos transportaban por la zona, he hablado con policías y con gente anónima que cruza a uno y otro lado, que lleva haciéndolo toda la vida, a gente que maneja el español con formas y giros castellanos con la misma certeza con que habla la darija de estas tierras mediterráneas. Sé que son sombras de la realidad, pequeños instantes cotidianos, que no he hecho un trabajo de campo exhaustivo, así que no puedo arrojar aserciones rotundas, porque sería injusto y faltaría a la verdad, pero fueron mis impresiones.

Sin embargo, en mi pobre y esporádica observación he visto, sobre todo, comprensión y simpatía por parte de la Policía española. He visto guiñar el ojo a marroquíes que cruzaban cargados de productos de los supermercados melillenses, algunos de ellos forzando los límites de la naturaleza humana.

Con todo, la impresión mayor que conservo del tiempo en que viví en las tierras de su Reino es la de la bondad, la simpatía y el cariño dispensados hacia mi persona. Y, por lo que he podido apreciar, ésta es conducta general de los habitantes de su Reino hacia los foráneos.

Lo he celebrado desde el primer día. He tratado de difundirlo siempre a propios y extraños. A viajeros esporádicos y a familiares que llegaban a visitarme. A compatriotas y a gentes, en fin, de todo el mundo que pasaban por el Magreb. La mayoría de los marroquíes quieren a España. Y eso, con los errores y las injusticias cometidas por mis antepasados a lo largo de la historia, que no las negaré, es una noble manifestación de magnanimidad.

Por todo ello, Majestad, no puedo sino manifestarle mi tristeza por lo ocurrido estos días en torno al paso fronterizo de Melilla.

Comprendo y respeto la legítima aspiración marroquí de reclamar la soberanía de la ciudad de Melilla. Existen vías, a éste y otro lado del Estrecho, para expresarla; para ello están los foros institucionales y la prensa. Pero creo que las consecuencias de los incidentes de Beni Enzar no ayudan a nada. No, desde luego, a que su Reino abra un debate serio y razonable en torno a la cuestión de la soberanía de la ciudad.

Por el contrario, los acontecimientos de estas últimas semanas han dado alas a las posturas más radicales y nefastas para la relación entre ambos países. En mi país, con independencia de quién tenga la razón, al margen de lo certero de los diagnósticos, los hechos han causado daño.

En primer lugar, han vuelto a enfrentar a Gobierno y oposición. Y han contribuido a separar un poco más a los españoles y a minar la convivencia política y general.

Y, fundamentalmente, han deteriorado la imagen de Marruecos entre mis compatriotas. Algo que nos entristece a los que queremos y respetamos profundamente a Marruecos. Algo que molesta especialmente a quienes trabajan diariamente por el bienestar de ambos pueblos, que no son pocos, se lo aseguro.

Gente que, usted debe saberlo, aprecia los avances realizados por su Reino en materia de progreso material y social y que usted ha capitaneado. Personas que son perfectamente conscientes, sin embargo, de que aún queda mucho por hacer y que hay amplias zonas de sombra. Son profesionales que están dando lo mejor de su edad por empresas que crecen y se desarrollan a ambos lados del Estrecho. Conozco a algunos y por ello los recuerdo ahora, porque es justo decirlo. Empresarios, profesores, periodistas, etc. Trabajan y viven en Tánger, Larache, Tetuán, Asilah, pero también en Rabat, Casablanca o Agadir. Son invisibles allí y aquí. Desgraciadamente.

Hombres y mujeres que, ilusionadas, han creído en Marruecos, en el Magreb, en su futuro, en su amistad y cooperación con España, al considerarlo el vecino y amigo que siempre ha debido ser.

Gentes que se han sentido decepcionadas por estos hechos, por el odio destilado por algunos en Marruecos y en España, por el retroceso que puede suponer, aunque que se nieguen a aceptarlo y lo combatirán con todas sus fuerzas, todo este episodio. Se han dicho cosas injustas y con muy mala intención.

A mí me da la sensación de que parte del trabajo hecho se ha tirado por tierra. Espero que tardemos poco en recuperar el terreno desandado. Pondremos la mejor de nuestras voluntades.

Creo que ya he abusado demasiado de su tiempo. Le reitero el agradecimiento por haber llegado hasta este punto con la lectura.

Ramadan mubarak.

Fronteras

Antonio Navarro Amuedo | 3 de agosto de 2010 a las 20:05

Hace mucho que los tiempos dejaron de ser buenos para la lírica de las fronteras y, sin embargo, sólo fuente para relatos épicos. Nos detendremos hoy en el puesto fronterizo entre Marruecos y Argelia por carretera cercano a la ciudad de Uxda (o Oujda, según la denominación francesa), que permanece desde 1994 cerrado. Los límites entre estos dos Estados son los mayores del mundo por longitud que continúan clausurados. Uxda es una ciudad de medio millón de habitantes situada en los confines de la región oriental de Marruecos, una de las más pobres del país, alejada de los aires renovados de la costa atlántica y castigada por un sol despiadado.  Pese a todo, bastante ordenada. La patria chica del presidente actual de Argelia, Abdelaziz Bouteflika, paradójicamente. El cierre del límite entre los dos países del Magreb puede ser metáfora de muchas cosas, pero la primera que viene a la cabeza es la de la vergüenza, el caos y la sinrazón reinante en las relaciones entre los dos países vecinos. Teóricamente, desde 1988 Argelia y Marruecos forman, junto a Libia, Túnez y Mauritania, la Unión del Magreb Árabe, un organismo permanente creado con el fin de fomentar el comercio entre la comunidad de naciones norteafricana pero en la práctica inoperante. El sábado pasado, en el llamado Discurso del Trono, con el que el monarca alauita celebra cada 30 de julio su ascenso al poder en Marruecos, Mohamed VI, mostrando su disposición por trabajar en pro de la unidad magrebí, no pasó por alto el error histórico argelino. “Esperamos que Argelia deje de contrariar la lógica de la historia, de la geografía, de la legitimidad y de la legitimidad respecto al Sáhara marroquí y que renuncie a sus maniobras desesperadas que tratan en vano de torpedear la dinámica generada a partir de nuestra propuesta de autonomía para nuestras provincias del sur”.  Las  malas relaciones entre Marruecos y Argelia siguen estando indeleblemente marcadas por el conflicto saharaui: Argelia apoya al Frente Polisario y defiende la independencia de la ex colonia española, que Marruecos administra y segurirá administrando más que presumiblemente.

El coche de Mohamed y nuestra curiosidad nos llevan al famoso puesto fronterizo fantasma. Venimos de Saïdia, una de las playas favoritas de los marroquíes de esta zona, al este de Melilla. La línea parece clara, nos indica el chófer del gran taxi, y se divisan perfectamente los paisajes estivales del otro lado de la frontera. Idénticos cereales pardos, mismo sol sofocante. La ruta está marcada, pero, efectivamente, el puesto fronterizo está cerrado.  Vigilan amenazantes policías a ambos lados del puesto aduanero. Se alertan de la llegada de un coche de Uxda. Cepos y pinchos se disponen a lo ancho de la carretera para impedir el paso a los vehículos y la prohibición de hacer fotografías es expresa. La vista al fondo y detrás de la estructura fronteriza se divisa una bandera verde y blanca de Argelia, media luna y estrella. Nos quedamos con las ganas de cruzar y hablar con los argelinos; tomarnos un bocata de carne picada en el primer pueblo, contar las diferencias entre un lado y otro. La escena parece tan estática que nadie duda de que seguirá siendo idéntica durante años. Qué pena, ¿verdad?

El relato de Mohammed, el taxista que nos llevó desde la estación de tren, tiene tintes épicos, que no gloriosos: hoy conduce un gran taxi con el que da portes a la población local por Uxda y alrededores. Anteriormente, su oficio era el de contrabandista: el taxista se sincera y nos cuenta cómo el cierre de la frontera no es absoluto y que con la complicidad de los agentes el gasoil llega desde Argelia y los plátanos marroquíes cruzan a la vecina República Socialista. Al otro lado de la frontera, continuando la costa mediterránea de resina de pinos, adelfas, olivos y viñas y el mar azul, se erige junto a las ruinas romanas de Tipaza el epitafio de Albert Camus: Comprendo aquí eso que llaman gloria: el derecho de amar sin medida. He aquí la mayor gloria de la condición humana. Que zurzan a las fronteras, los controles policiales y la cabezonería de los que mandan en uno y otro lado. Pero eso lo contaremos otro día.

Después de la pasión patriótica

Antonio Navarro Amuedo | 15 de julio de 2010 a las 13:57

Martes 12 de julio. Últimos coletazos mediáticos de la victoria de la selección española de fútbol en el Campeonato del Mundo. Con matices y diferencias, la prensa marroquí, como ha ocurrido en todo el orbe, destaca el triunfo del equipo español. Incluso el irredento Al Massae dedica su fotografía central, el mismo espacio en el que hace unos días figuraban un grupito de paisanos que invitaba a España a marcharse del islote Perejil -aquel en el cual Unamuno creyó hallar el origen de la etimología Hispania-, a una de las celebraciones por la victoria futbolera. Es la Casa de España de Tetuán; la calidad informativa de las fotografías es lamentable y las instantáneas representan a un grupo de personas sentadas alrededor de varias mesas como si se tratase de una cena de trabajo o una primera comunión.

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Los dos Marruecos. Uno de los dos Marruecos ha de helarte el corazón. (¿Sólo dos?) Tánger, Tetuán, Alhucemas, Nador. Geografías del antiguo Protectorado hispano. Tras el gol de Iniesta, mucha fue la gente que salió a la calle a celebrar la victoria de España. Son marroquíes hispanófilos e hispanófonos. “Es que en mi casa escuchábamos cuando yo era pequeño a Franco en la Plaza de Oriente; para mí España es absolutamente familiar”, me confesaba hace poco un antiguo militante rifeño contra el régimen de Hassan II, padre del monarca actual. Yasmin Haik, que es, además de muy inteligente, una amiga tetuaní que trabaja desde El Cairo para la agencia EFE, me decía que se crió con Espinete, Chema y el resto de personajes de Barrio Sésamo en el salón de su casa. Habla un español impecable. Como Mohammed Tanji, tangerino, jefe del servicio en español de la MAP (la agencia de prensa marroquí), que quiebra la voz como un viejo poeta latinoamericano. Todos me han felicitado sinceramente por el triunfo de la selección. Una hispanofilia, pese a que el monarca habla perfectamente la lengua española, que está silenciada en la oficialidad marroquí. Un Mohamed VI, por cierto, que felicitó por vía telefónica al Rey Juan Carlos y a Rodríguez Zapatero por la victoria española, como cuenta el medio más oficialista de todos en el titular principal de su portada.LeMatinEspagne

El Marruecos del sur, el de Casablanca, Rabat y Marrakech, la otra mitad de este rompecabezas identitario que constituye el vecino magrebí, mira con un punto menos de pasión pero idéntica admiración los triunfos futbolísticos de España. Los cláxones sonaron con ahínco y las concentraciones para celebrar la victoria se repetían en Casablanca y Rabat. Este Marruecos francófilo del sur coincide con los nacionalistas catalanes en identificar al Fútbol Club Barcelona con la selección nacional. España es, sobre todo, el Barça y se aprovecha de la trabajada compenetración de sus jugadores. Muchos de los rabatíes que abarrotaban los cafés de la ciudad durante los partidos de España del Mundial vestían la camiseta del Barça. Y, ante la presencia de alguno de los españoles, en ocasiones espetaban un Visca el Barça i Visca Catalunya para evidenciar conciencia y conocimiento de la complejidad del rompecabezas identitario y administrativo hispano, que traspasa fronteras para mayor embrollo de la cuestión.

La Barçamanía, el amor por el club barcelonés, se siente como algo propio. No es casualidad que el Madrid tenga menos adeptos en Marruecos: el sentimiento anticentralista y catalanista del FC Barcelona ha seducido a muchos marroquíes emigrados a Cataluña -principal región de destino en España-, que asocian a Madrid lo peor de su periplo en nuestro país, como las leyes de extranjería y el resto de trabas administrativas.

Nuestro país ha vivido estos días una auténtica borrachera simbólica. La cosa empezaba en Barcelona en la víspera de la manifestación catalana contra la sentencia del Tribunal Constitucional y culminaba unas horas después con la marea rojigualda que desbordó geografías de norte a sur para celebrar el éxito deportivo de la selección.  España Roja, titulaba El Periódico, con ecos de un titular jamás escrito para el 18 de julio de una hipotética victoria republicana en la contienda civil. Antes rota que roja. Nunca se vieron, no obstante, tantas banderas nacionales como en estos dos días de celebración. Todo había empezado, digo, en Barcelona, con la impugnación pública y la llamada a la rebeldía civil de la Generalitat y la clase política catalana ante una sentencia, la del Alto Tribual, que no les agrada lo suficiente. Grave precedente de deslegitimación de la autoridad de uno de los fundamentos de nuestro armazón institucional que pasa desapercibido estos días. La España actual no reconoce la pluralidad del país, sus lenguas y sus paisajes, sus butifarras y sus txistorras, sus salmorejos y sus cocidos… Esta constitución no nos vale, porque no nos admite en nuestra diferencia, dicen los nacionalistas convocantes y contestatarios.

¿Que si España es plural? Mucho, tanto como los 45 millones de individuos que se levantan todos los días con sus problemas económicos y sus miserias y alegrías cotidianas. ¿Más que ningún otro Estado? Puf. No sé. Observo este país que me acoge en la orilla norte de África y encuentro un mosaico de lenguas, clases y geografías. Rifeños, bereberes del norte y del sur; francófilos y anticolonialistas; árabes y arabizados; hispanófilos del norte; musulmanes e islamistas; en fin, ricos y pobres, muchos de solemnidad. En su euforia, miles de marroquíes ondearon banderas rojas y gualdas para mostrar pleitesía a la excelencia deportiva de los futbolistas de España, un país que, desde la distancia, se otea más simpático y menos roto y plural de lo que creen verlo desde allí arriba.