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Después de la pasión patriótica

Antonio Navarro Amuedo | 15 de julio de 2010 a las 13:57

Martes 12 de julio. Últimos coletazos mediáticos de la victoria de la selección española de fútbol en el Campeonato del Mundo. Con matices y diferencias, la prensa marroquí, como ha ocurrido en todo el orbe, destaca el triunfo del equipo español. Incluso el irredento Al Massae dedica su fotografía central, el mismo espacio en el que hace unos días figuraban un grupito de paisanos que invitaba a España a marcharse del islote Perejil -aquel en el cual Unamuno creyó hallar el origen de la etimología Hispania-, a una de las celebraciones por la victoria futbolera. Es la Casa de España de Tetuán; la calidad informativa de las fotografías es lamentable y las instantáneas representan a un grupo de personas sentadas alrededor de varias mesas como si se tratase de una cena de trabajo o una primera comunión.

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Los dos Marruecos. Uno de los dos Marruecos ha de helarte el corazón. (¿Sólo dos?) Tánger, Tetuán, Alhucemas, Nador. Geografías del antiguo Protectorado hispano. Tras el gol de Iniesta, mucha fue la gente que salió a la calle a celebrar la victoria de España. Son marroquíes hispanófilos e hispanófonos. “Es que en mi casa escuchábamos cuando yo era pequeño a Franco en la Plaza de Oriente; para mí España es absolutamente familiar”, me confesaba hace poco un antiguo militante rifeño contra el régimen de Hassan II, padre del monarca actual. Yasmin Haik, que es, además de muy inteligente, una amiga tetuaní que trabaja desde El Cairo para la agencia EFE, me decía que se crió con Espinete, Chema y el resto de personajes de Barrio Sésamo en el salón de su casa. Habla un español impecable. Como Mohammed Tanji, tangerino, jefe del servicio en español de la MAP (la agencia de prensa marroquí), que quiebra la voz como un viejo poeta latinoamericano. Todos me han felicitado sinceramente por el triunfo de la selección. Una hispanofilia, pese a que el monarca habla perfectamente la lengua española, que está silenciada en la oficialidad marroquí. Un Mohamed VI, por cierto, que felicitó por vía telefónica al Rey Juan Carlos y a Rodríguez Zapatero por la victoria española, como cuenta el medio más oficialista de todos en el titular principal de su portada.LeMatinEspagne

El Marruecos del sur, el de Casablanca, Rabat y Marrakech, la otra mitad de este rompecabezas identitario que constituye el vecino magrebí, mira con un punto menos de pasión pero idéntica admiración los triunfos futbolísticos de España. Los cláxones sonaron con ahínco y las concentraciones para celebrar la victoria se repetían en Casablanca y Rabat. Este Marruecos francófilo del sur coincide con los nacionalistas catalanes en identificar al Fútbol Club Barcelona con la selección nacional. España es, sobre todo, el Barça y se aprovecha de la trabajada compenetración de sus jugadores. Muchos de los rabatíes que abarrotaban los cafés de la ciudad durante los partidos de España del Mundial vestían la camiseta del Barça. Y, ante la presencia de alguno de los españoles, en ocasiones espetaban un Visca el Barça i Visca Catalunya para evidenciar conciencia y conocimiento de la complejidad del rompecabezas identitario y administrativo hispano, que traspasa fronteras para mayor embrollo de la cuestión.

La Barçamanía, el amor por el club barcelonés, se siente como algo propio. No es casualidad que el Madrid tenga menos adeptos en Marruecos: el sentimiento anticentralista y catalanista del FC Barcelona ha seducido a muchos marroquíes emigrados a Cataluña -principal región de destino en España-, que asocian a Madrid lo peor de su periplo en nuestro país, como las leyes de extranjería y el resto de trabas administrativas.

Nuestro país ha vivido estos días una auténtica borrachera simbólica. La cosa empezaba en Barcelona en la víspera de la manifestación catalana contra la sentencia del Tribunal Constitucional y culminaba unas horas después con la marea rojigualda que desbordó geografías de norte a sur para celebrar el éxito deportivo de la selección.  España Roja, titulaba El Periódico, con ecos de un titular jamás escrito para el 18 de julio de una hipotética victoria republicana en la contienda civil. Antes rota que roja. Nunca se vieron, no obstante, tantas banderas nacionales como en estos dos días de celebración. Todo había empezado, digo, en Barcelona, con la impugnación pública y la llamada a la rebeldía civil de la Generalitat y la clase política catalana ante una sentencia, la del Alto Tribual, que no les agrada lo suficiente. Grave precedente de deslegitimación de la autoridad de uno de los fundamentos de nuestro armazón institucional que pasa desapercibido estos días. La España actual no reconoce la pluralidad del país, sus lenguas y sus paisajes, sus butifarras y sus txistorras, sus salmorejos y sus cocidos… Esta constitución no nos vale, porque no nos admite en nuestra diferencia, dicen los nacionalistas convocantes y contestatarios.

¿Que si España es plural? Mucho, tanto como los 45 millones de individuos que se levantan todos los días con sus problemas económicos y sus miserias y alegrías cotidianas. ¿Más que ningún otro Estado? Puf. No sé. Observo este país que me acoge en la orilla norte de África y encuentro un mosaico de lenguas, clases y geografías. Rifeños, bereberes del norte y del sur; francófilos y anticolonialistas; árabes y arabizados; hispanófilos del norte; musulmanes e islamistas; en fin, ricos y pobres, muchos de solemnidad. En su euforia, miles de marroquíes ondearon banderas rojas y gualdas para mostrar pleitesía a la excelencia deportiva de los futbolistas de España, un país que, desde la distancia, se otea más simpático y menos roto y plural de lo que creen verlo desde allí arriba.

¡Fuera y viva España!

Antonio Navarro Amuedo | 9 de julio de 2010 a las 18:27

Viernes 9 de julio. Vísperas de la final de la Copa del Mundo de fútbol. Los marroquíes aguardan, como el resto del orbe futbolero, que la “Roja” remate la faena y culmine el sueño el domingo, aún con la resaca de felicidad del éxito de la selección española en semifinales. Las portadas de los periódicos nacionales se hacen eco con discrección del triunfo español en las semifinales de Sudáfrica. La primera de Al Massae, el diario más vendido de Marruecos, escoge para su portada la discordia con un punto de ridiculez. En un recuadro central, un artículo rescata con ironía la información aparecida recientemente en El Mundo acerca del error cometido por Google maps al considerar marroquíes varios enclaves rocosos de soberanía española en las costas marroquíes -Peñón de Vélez de la Gomera, de Alhucemas, las islas Chafarinas y Perejil-y muestra una fotografía sin fechar de un grupo de personas, entre ellas tres niños, que portan un letrero que reza Fuera España acompañado de una cruz gamada. Se intuye que es un promontorio desde el que se divisa el islote Perejil o Laila, según la toponimia local, y que las instantáneas corresponden a la crisis generada por el islote en julio de 2002, hace ahora ocho años.

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Fuera España. Es el mismo deseo de los líderes del Istiqlal, empezando por el actual primer ministro El Fassi, como recordó no hace mucho en el Parlamento marroquí, respecto del futuro de Ceuta y Melilla. La prensa marroquí, como la clase política, es casi unánime cuando califica de “ocupadas” a las dos ciudades autónomas españolas situadas en tierras norteafricanas.  ¿Quiere esto decir que existe un clamor popular favorable a una reivindicación firme de las dos urbes? En absoluto. Aunque el vecino de a pie defiende que Ceuta y Melilla son una reliquia colonial y que volverán antes o después a formar parte de la soberanía nacional, el marroquí medio es perfectamente consciente de que el país tiene problemas mucho más perentorios. Tiene claro que al poder le queda mucho por hacer para mejorar las condiciones de vida de los marroquíes que ya lo son y que la descolonización puede esperar un ratito por lo menos.

¿Tiene que ver, en fin, el Fuera España de la portada de Al Massae con los sentimientos de la gente que comía esta tarde cuscús después de ir a la mezquita? Por las calles de mi barrio de Hassan, la gente me paraba el pasado miércoles desde el interior de los cafés para darme la enhorabuena por el gol de Puyol. Vive l’Espagne!, me decía ayer el camarero del café de delante de mi casa en Rabat. “Felicitations, Antonio”. Idéntica alegría y sonrisa de oreja a oreja la de Saïd, el del estanco. Mubarak, el entrañable portero de mi bloque, con el que llevo casi dos años entendiéndome a duras penas, sólo hacía que gritar “¡¡Casillas!!” y “¡¡Puyol!!” a toda voz emulando con saltos a los dos futbolistas cuando me vio cruzar el umbral del edificio.  En las horas previas de los partidos de octavos, de cuartos, de la liguilla, los vecinos me deseaban suerte como si enfilara la calle Iris antes de entrar en la Maestranza.

Fuera España/Viva España. Opinión publicada vs opinión pública. En casa estos días: Canaletas de Barcelona y las celebraciones por la Roja el miércoles y manifestación pro Estatut y soberanía nacional catalana el sábado. Partidos políticos, intereses del poder por un lado y gente de a pie por el otro. Divorcios de nuestro tiempo. Yo, personalmente, me quedo con el cariño de la gente de mi barrio.