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Domingueros marroquíes

Antonio Navarro Amuedo | 7 de junio de 2010 a las 14:14

Una playa un domingo a mediodía es un ensayo de sociología. Quien aspire a conocer a esta sociedad marroquí, como a la española, tiene que acercarse al rompeolas de una playa de la populosa periferia rabatí o casaui, de la moderna y portuaria Tánger, de la turística Agadir o de las recónditas calas del Mediterráneo magrebí. Skhirat es una localidad situada a unos quince kilómetros de Rabat en dirección a Casablanca. Un palacio de congresos, un palacio real, buenos chalés y muchas casitas adosadas, donde la burguesía y el alto funcionariado de la capital marroquí, así como algunos matrimonios franceses, va a pasar los fines de semana de la temporada estival. La playa urbana de Skhirat es un retrato de la sociedad marroquí actual, con sus contradicciones, sus posibilidades de futuro y también sus lastres.

En un extremo de la playa, un espigón artificial y una garita ocupada por policías de uniforme pese a los rigores del sol marca el límite a bañistas: a partir de allí son aguas del palacio real y el paseante habrá, obligatoriamente, de darse media vuelta. Abundan jóvenes, que son la inmensa mayoría en las costas del país. La zona central de la playa es un enorme terreno de juego donde musculosos y bronceadísimos chavales juegan al fútbol incesantemente enfundados en camisetas del Madrid o del Barcelona, sobre todo de este último, que es el que ahora gana. La simbología culé salpica muchas de las sombrillas de la playa. A diferencia del paisaje y el paisanaje del norte de Tarifa, aquí es raro hallar familias completas -representadas desde el abuelo y patriarca hasta el más pequeño de los nietos- bajo una misma sombrilla degustando tortillas y filetes empanados. Si se encuentra una familia pareciera que los hubieran transportado del salón de la casa directamente a la arena, porque rara vez los veteranos abandonan sus pantalones y camisas y mucho menos las señoras mayores dejan algún resquicio de su indumentaria al avance de los rayos del astro sol. Ayer vi una familia entera que disfrutaba posándolo sobre la arena de un pollo asado, con su salsita por encima y todo.

No hay paridad, desde luego en las playas marroquíes. Las chicas son mucho menos numerosas. Dependerá del pequeño microcosmos sociológico particular de cada playa, pero muchas mujeres bajan en pantalones y cubiertas con velo o pañuelo. Minoritario es sin duda en las playas populares el bikini; las chicas que deciden llevarlo prefieren ocupar las zonas más alejadas del mundanal ruido para sentirse libres de los mirones y sus miradas, otros fijos de las playas marroquíes. Entre ellas el grupo de expatriadas extranjeras. Muy excepcionales son asimismo las señoras mayores en las playas marroquíes. Tampoco hay chiringuitos donde comer caliente ni en el paseo ni en las primeras arenas. Para tomarse una ración de acedías fritas o una brocheta de carne picada hay que darse un paseíto por el pueblo.

El tipo del termo y los frutos secos, un habitual de las playas marroquíes

El tipo del termo y los frutos secos, un habitual de las playas marroquíes

El señor del bombón helado no deja de recorrerse la playa sudando la gota gorda vendiendo los populares Magnum. Se vende de todo, como es norma habitual en este país: lo mismo hay niños que portan bandejas con cigarrillos, onzas de chocolate y pañuelos para después limpiarse las manos que cartuchos de pipas y almendras recién tostadas o señores que cargan termos y vasitos por si a alguien se le apetece un café o un té a la menta. Que, como se dice por estas tierras, el té a la menta cuanto más calor y más hirviente esté más refresca.

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