Archivos para el tag ‘Rabat’

La ciudad y la sonrisa

Antonio Navarro Amuedo | 13 de diciembre de 2011 a las 8:20

 Foto: Miguel Roca

No me resisto a enviarte una carta más en esta lenta y larga despedida de la ciudad, que es a la vez un nuevo regreso para no marcharnos nunca de ella. La conoces de sobra y su nombre no figura en las grandes listas de urbes de moda por sus nuevos edificios de oficinas ni por diseño cutting edge, que me hace gracia esa palabra por cómo se utiliza allá arriba como adjetivo, ni tampoco por cosmopolitismo. Creo que esta ciudad de blancos y poderosa luz es rabiosamente anticosmopolita, como mi ciudad natal, que presume de haberlo sido en su día y se regodea en no siéndolo. Seguro que ser cosmopolita, y tener a gente muy distinta y dispar, y mutar de continuo y progresar son la aspiración máxima de las ciudades y acaso de las personas. No hay, probablemente, milagro humano mayor que esas ciudades de más de cinco o seis millones de personas llegadas de todas partes y que funcionan un día tras otro. Pero esta ciudad mía del Buregreg, con la torre Hassan como aplastada por la desidia, con su anarquía blanca y azul, es rabiosamente lenta y esencial. Por eso me gusta. Por eso nos gusta tanto.

De todas formas, ¿qué más da todo eso, a esta hora de grises, sentado en la plaza Pietri, después de saludar a mi limpiabotas favorito con dos besos, al sol que calienta en este mediodía de diciembre? ¿A quién le importa ahora mismo lo que dicen a esta hora en las ciudades de tenebrosas torres de cristal llenas de ordenadores con números y más números, gráficas y más gráficas? A mí, lo reconozco, ahora mismo, más bien poco. Pero voy a terminar de escribirte.

Dicen en los ordenadores que este fin de semana hay elecciones en la ciudad y en todo el país. No me gusta ponerme político en las cartas porque las estropeamos cuando hablamos de escaños y porcentajes de voto, de ideologías y de una terminología que es fea. Dicen que van a ganar los musulmanes, pero que son como los demás porque aquí manda el mismo. Mira, que otro día te escribo de esto, que hoy no tengo ganas además. Y, la verdad, que no noto yo nada distinto a otras veces paseando por l’Océan, que es una de las decadencias hermosas de la ciudad, oxidada como las rejas de las ventanas que miran al Atlántico omnipresente. Está ahí detrás, ahí mismo. Pero todo cualquiera diría que el pescado que encontramos en este pequeño restaurante ha llegado en paquetes congelados y troceado, como los que encuentras allá arriba, donde vivo ahora, en los supermercados. Y no, el mar bravío está a dos calles de aquí. Las familias disfrutan del día comiendo calamares fritos, gambas a la plancha, así como lo que en mi tierra de origen llaman acedías y pijotas. También de una especie de alioli con perejil que está riquísimo y que hace que te zampes un pan entero. También toman paia, que es una transliteración local de la paella, que aquí es un arroz bien tintado de azafrán y asfixiado de marisco que me supo a gloria, la verdad.

Supe al volver que me había ido para siempre y también que no me iré jamás de la ciudad. Me encontré con una ciudad de luz y de sonrisas, dos de los mejores capitales –me pondré acorde a las terminologías al uso– del país y de la urbe. La misma luz de siempre, capaz de inundarlo todo, el hoy, el mañana incierto, de la felicidad que sólo un día más con vida y cielo azul garantizan.

Volví a salir de la estación central para ver el mismo caos de taxis y tráfico. Encontré a las niñas casamenteras y las que ya no les importa tanto serlo en el escaparate de los cafés de moda que ha traído la nueva instalación del ferrocarril. Allí todos juegan al bluetooth y buscan el wifi para ligar. Sigue en la puerta de la gare el señor de los cleenex y las patatas fritas y las galletas del contrabando ceutí. Pasa varias veces un nuevo tranvía, metáfora demasiado obvia del progreso y la modernización etcétera etcétera como para ser tomada demasiado en serio. Va lleno. La catedral de Saint Pierre sigue tan blanca reluciente como siempre. Saludo al kiosquero de una tienda que no es otra que las baldosas sucias de la calle al que le compraba el TelQuel, al lado del banco Atijariwafa, como si hubiera sido ayer la última vez que nos vimos. Qué más da.

Mis compañeros de la ciudad, los que me conocen y me vigilaban, siguen en sus puestos. Me alegra y tranquiliza. Me agrada volver a pasar meses después por las mismas esquinas y ver los mismos rostros, tal vez surcados por una nueva arruga o poblados por alguna cana más, que, la verdad, el cerebro pule de una vez a otra. Me cruzo a Rachid, el hombre de la autoescuela, qué paciencia que tuvo con nosotros, con su niña en Londres labrándose un futuro inchallah y sus chanchullos con los extranjeros, a los que les pide botellas de Whisky de malta del aeropuerto para revender luego. Y con los sonrientes carniceros de la plaza, con sus filetes de pavo insípido y aceitunas poderosamente sabrosas. Cómo no, también, con los tres jóvenes beréberes autores del mejor zumo de naranja y aguacate que jamás probarás sobre la faz de la tierra. “El Sevilla y Kanouté este año mal, ¿no?”.

Todos me sonríen y me abrazan. Me preguntan por la familia y el trabajo, no sé cuánto de formulismo y cuánto de sinceridad en ello, qué más da, pero se esfuerzan en ser gratos, optimistas y cordiales. Están, como yo, felices porque todo siga más o menos igual a pesar del paso del tiempo. Celebran cruzando nuestros gestos la tranquilizante continuidad del mundo. Un día más. Un mundo que para Ahmed empieza y acaba en  reunir al cabo del día un puñado de dirhams limpiando con crema kiwi los zapatos de los trajeados empleados de la Caisse de Dépôt.

Pero la ciudad no es mi casa ya y tal vez nunca lo vuelva a ser. Como tampoco aquellos amores ingenuamente cautivos y orientalistas. Como los regresos en domingos plomizos y lentos desde la medina, ¿te acuerdas?, con bolsas pegajosas de sardinas, tomates, lechugas y aceitunas negras. A mí me sabían a gloria al llegar a casa, tostar algo de pan, ponerla entera apestando de pescado en la sartén y salir a la terraza a comer para recuperar fuerzas del paseo. Sé que me observan desde algún balcón de mi calle. Pero no tengo dudas de que lo hacen por mi bien pues alguien desde el primero, o desde el segundo, qué más da, me ha advertido ya del peligro de clavarme alguna espina del pescado que me estoy comiendo. Pasa y tómate una conmigo, le digo, que aún queda algo de luz en la ciudad.

Un día en la medina (II)

Antonio Navarro Amuedo | 6 de enero de 2011 a las 3:19

Se me acabó el espacio en la otra postal y termino de contarte el paseo mañanero en esta otra con la estampa de la torre Hassan en el reverso.  Tratamos con estas líneas de hacer más nuestro este recorrido que un día fue algo intrascendente y que intentamos hoy de conservar antes de que estas calles se diluyan en nuestro recuerdo y se alejen de nuestro paso. La mayoría dice aquí que la crisis no se nota en Marruecos porque Marruecos está permanentemente en crisis. No sé si compran o no, o si lo hacen menos, pero la medina está concurrida en esta mañana de domingo. Hay que tomarle el pulso a la medina y evitarla en las horas punta, como ocurre los viernes por la tarde, cuando los chavales tienen libre y pasean para ver ropa o tomarse un zumo de naranja, porque no se puede dar un paso. Eso sí, jamás temí por mi cartera en las aglomeraciones. Nunca vi a nadie interesado en probar su destreza sacándola de mis bolsillos.

En Fez me dijeron una vez que si había humo es porque el fuego no andaría demasiado lejos para explicarme que si están ahí sería por algo y lo cierto es que me pregunto cómo pueden sobrevivir tantas tiendas ofreciendo lo mismo, ya se trate de tomates y calabacines o de gafas de sol y móviles. Una detrás de la otra, idénticos precios y solidaridad entre los comerciantes. Regreso por la zona techada de la calle principal de la medina antigua y encuentro, a lo largo de doscientos metros, tiendas de babuchas de colores.

Hay que coger una de ellas y doblarla varias veces para saber, por la rigidez y dureza, si el cuero de la suela es bueno o no. Las amarillas denotan el mayor grado de nobleza; después están las rojas, las rosas, las moradas, las negras. Todo es regateable, cómo no, aunque para facilitar la información a los turistas, que de vez en cuando toman estas calles, muchas de las tiendas de este pasaje sombrío de la medina colocan carteles con los precios de las zapatillas. Las babuchas marroquíes no me hacen mucha gracia –a ti ya sé que tampoco–, pero, algún día, metido en el papel, me he imaginado vistiendo unas amarillas y una chilaba de seda paseando por los pasillos de algún palacete real.

Junto con las babuchas amarillas, la chilaba blanca de seda constituye el uniforme de gala de Fez. Los fesíes, conocidos por sus dotes comerciantes, son la aristocracia espiritual de Marruecos. Vincularse a alguna familia oriunda de la capital espiritual marroquí confiere a la persona un valor añadido, un pedigrí incuestionable en el panorama nacional.

La tienda de Reda me pilla lejos, así que me pasaré otro día para ver cómo está. Reda, el comerciante de chilabas de todas las hechuras y colores, vivió más de veinte años en España de vendedor ambulante. No se les escapaba ninguna feria ni mercadillo. De Algeciras a Gerona vendiendo calzoncillos, calcetines y lencería en general.  Conoce de memoria los nombres de las pensiones que lo acogieron por toda la piel de toro. “¿Andaluz o andas con pilas?”, me suelta cada vez que me ve, además de otros refranes de mi tierra, mientras espera mi reacción de sorpesa. Presume de recibir en su pequeña tienda de una de las fondas de la medina, antigua posada para los vendedores de grano del campo que llegaban a esta ciudad y que se abre a través de la rue des Consules a mano izquierda, a embajadores y a ministros. “El viernes estuvo aquí el embajador español”… Y de conocer personalmente a Alfonso Guerra y a Felipe González. Y a Rubalcaba. Su español es ágil; su verbo, florido. Reda no ha ido nunca a la escuela, pero juega con el refranero castellano con soltura. Una conversación con Reda nos devuelve a una tertulia de bar de los años 90, con Filesa, los fondos reservados y los GAL como protagonistas, la actualidad de sus años de juventud de mercadillo por las carreteras de España.  Reda está orondo y luce una cabeza completamente calva. Siempre me cuenta, con su mirada divergente, que está mal del corazón pero sin saber con exactitu de su padecimiento. Reda está soltero y solo y camina desde Yakoub el Mansour hasta la medina cada día, como le dice su médico.

El humo de las parrillas que jalonan el camino me avisan de que se va haciendo tarde y de que tengo que resolver el almuerzo yendo al mercado central cuanto antes. A la izquierda, junto a la mezquita, apesta a cabeza de cordero a la plancha y a brochetas de vísceras. También hay puestos de pimientos asados, berenjenas rebozadas y huevos fritos. Estoy tentado a pedir un bocata con un poco de todo, por el que no pagaré ni el equivalente a un euro, pero continúo la marcha.

Me da rabia que, a estas alturas, me pare un señor hablándome en español para preguntarme qué busco. Llevo aquí lo suficiente para, digo yo, parecer más naturalizado y que ya no me dé la bienvenida a Marruecos, pero respondo, una a una, a sus cuestiones. Habla bien español, porque trabajó cuatro años en Alicante en un bar. Me ha visto mirando en la montaña de zapatos buscar unas pantuflas de mi talla. Me dice que le siga, que va a intentar encontrarme un 45. Me lleva en sentido contrario al que yo había tomado por la calle y me pregunta de dónde vengo en España, si hablo algo de marroquí, dónde trabajo, ya sabes de sobra, y me desea una buena estancia en el país.  Después de veinte minutos infructuosos de zapatería medinera en zapatería, me pide si puedo comprarle seis cigarrilos Fortuna para pagarle los servicios prestados. Nos despedimos hasta la próxima esperando, inchallah mediante, encontrar mi número.

Decido entonces acelerar el paso y avanzar como puedo esquivando sábanas con montañas de camisetas y de falsificaciones de pantalones y chándales de marca, así como de señores que yacen con piernas y brazos amputados sobre el suelo, hacia el mercado central. Son casi la una y me voy, antes que nada, a la pescadería, que ya es tarde, donde me van a dar la tabarra como nunca,  hemos recorrido esos puestos varias veces juntos, para colocarme un kilo de gambas, sepias, atún o sardinas.  Al final, el menos pesado, el que me susurra que su género es el mejor sin aspavientos, sin meterme una pescadilla casi por el ojo, es el que se lleva el gato al agua. Como casi siempre en la vida, que es como una medina.

babuchasmedina

Foto: Miguel Roca

Etiquetas: , , ,

Un día en la medina (I)

Antonio Navarro Amuedo | 3 de enero de 2011 a las 3:15

Las jornadas de ocio en la medina, como el concepto de medineo, nacen también del contacto de los visitantes foráneos con las viejas zonas comerciales de las ciudades marroquíes. El comercio, en el sentido más amplio y tradicional que pueda imaginarse, sigue siendo la forma de vida de miles de habitantes de estas tierras. Las viejas reglas permanecen; las mercancías se renuevan. Las tiendas se actualizan y reflejan las nuevas marcas que imperan en Nueva York o Tokio, pero el espíritu de la medina sigue intacto. Converse, Armani, Nike, Zara, Ralph Laurent, Lacoste. El glamour del prêt à porter es vecino de las montañas de azafrán y dátiles. Lo importante, lo he advertido con el tiempo, es mover y hacer circular la mercancía. Reconozco no tener la paciencia de muchos de mis compatriotas, que bajan a la medina a aprovisionarse con bolsos de cuero, colgantes y babuchas para la próxima vuelta a España, sea por la inminencia de las fiestas navideñas y los Reyes o empujados por algún cumpleaños a la vuelta en el calendario.

A mí me encanta bajar al final de la mañana, después de haberme quedado pegado y bien pegado a las sábanas, y que los antojos me guíen por las calles de la medina. Voy bajando por el boulevard Mohamed V, arteria principal de la zona antigua del Rabat colonial, que conecta el Palacio Real y la antigua medina. Esquivo los raíles del futuro tranvía, los centenares de viandantes que abren boca al sol por los soportales del hotel Balima, los puestos de cacahuetes y los de periódicos. En los alrededores del Parlamento y de la rotonda de Correos -Poste Maroc-,  la Banque Centrale Al-Maghrib y Maroc Telecom contemplo la locura de coches que giran siguiendo las reglas insólitas de la conducción marroquí. Por cierto, Marruecos me regaló la oportunidad de tener su permiso de conducir, pero no el misterio inescrutable de conocer las normas internas de esta fabulosa orquesta del caos.

Y sobre las aceras, observo a decenas de señores que observan las portadas de los diarios del día. En la mayoría de ellos está el Rey Mohamed VI, al que la prensa local atribuye el liderazgo en los grandes cambios que afronta el país. En no pocas de las portadas hay alguna referencia a los políticos españoles. El Rey Juan Carlos y Zapatero son los favoritos… la culpa, de un tiempo a esta parte, de los males de Marruecos parece haber venido toda del otro lado del Estrecho. Los semanarios marroquíes acusan a nuestras autoridades de alinearse con el Frente Polisario, con Argelia, que son los enemigos declarados. Más de una vez, al ver tanta hostilidad hacia nuestro país, no he podido evitar mirar de reojo al resto de lectores que contemplaba las portadas a mi derecha e izquierda, temeroso de algún comentario en concordancia. Pero nunca he notado la más mínima hostilidad hacia mí de aquellos señores que inclinan sus cabezas hacia las baldosas del paseo para, a falta de Blackberries y otros cacharros innecesarios, informarse mientras apuran cigarrillos.

Decido pasar del pan de aceituna –a ti te gusta mucho- de la confitería La Comédie y cruzar el paseo Hassan II, que es la intersección que corre paralela a la muralla de los andaluces, límite de la ciudad vieja y la nueva. No es muy temprano ya y decido reducir al mínimo el paseo por la medina. Al llegar a la entrada por el mercado central cojo a la derecha, por la calle principal que atraviesa la medina de este a oeste. Es mi calle favorita de la medina. El gentío es abrumador y el sol reflejado sobre las teteras deslumbra. Los gremios y las personas cambian según la zona y no es lo mismo esta calle, que hemos recorrido muchas veces, marcada por las ropas de corte informal y juvenil –reino de las falsificaciones– y los puestos de especias y perfumes, que, por ejemplo, la rue des Consules. Ésta, en cambio, forma parte del recorrido de los turistas de Rabat, cuyos autobuses aparcan en las inmediaciones de la kasba de los Udayas y descienden por la antigua arteria comercial, que antaño diera cobijo a las representaciones diplomáticas en la ciudad. Allí los cueros, tapices, alfombras y muebles animan a los paseantes españoles, franceses o británicos a echar un vistazo en el interior de las tiendas, sensiblemente más caras que aquellas que viven casi en exclusiva de una clientela local.

La zona central de la calle está tomada por montañas de ropa que los pregoneros se esfuerzan en vender desgañitándose. El aguador bereber, con su estrambótico traje rojo, su gorro y su jarrillo de lata ofrece el agua que conserva fresca en esa especie de cantimplora con forma de gaita. Pasando la tienda de especias y hierbas –espliego, tomillo, romero, laurel, alhucemas, lavanda, hierbabuena- en bolsas perfectamente preparadas, un ciego proclamando al cielo y a los cuatro vientos su desgracia me hace apartarme del camino. Impresionan sus ojos ulcerosos e inmóviles. El suelo está pegajoso. El centro de la calle lo ocupa ahora un puesto de animales. Tortugas, camaleones, pájaros enjaulados. Junto a la tienda de camisetas de equipos de fútbol –siempre me paro a preguntarle a Ibrahim si trajeron la nueva del Sevilla y  hallo, para mi desgracia, la misma respuesta– cuelga la cabeza de un cordero sobre un pequeño mostrador. Los trozos de carne de vaca a la intemperie empiezan a despertarme el apetito y acelero el paso.

Voy a terminar la calle y a saludar a Yussef, el amable vendedor de bolsos de cuero, antes de dar media vuelta y poner rumbo al mercado central. Hoy me apetece un pescado, pero voy a comprar también verdura para hacer una buena ensalada y un salmorejo, que aquí sabe muy rico, como has comprobado. Córdoba no queda muy lejos en esta medina del Magreb. Ni tampoco el mercado central si no fuera por la cantidad de gente que encuentro a mi paso y que todavía tengo que esquivar. Me compraré unas pipas para el camino.

IMG_0849

Etiquetas: , ,

Hassan (II)

Antonio Navarro Amuedo | 27 de diciembre de 2010 a las 2:39

PTDC0076

Si Patrice Lumumba es la calle principal de este barrio de Hassan, el bar Amanda es la cafetería por antonomasia. Ningún otro evento, ningún equipo como el Barça logra el llenazo de cada domingo en el café que hace esquina entre Youssef Ibn Tachfine, mi calle, y Lumumba. Allí encontrarán al pequeño y pluriempleado Mubarak, el portero de mi bloque –sobre el que te mandé una carta hace unos meses–, haciendo horas extras, y a Rachid, el camarero sonriente de la pajarita. También hallarán en las tardes futboleras a Ibrahim, mi vecino, el que está casado con la norteamericana, un doctor Jekyll en potencia al caer el sol por sus cambios de personalidad nocturnos. El Amanda acoge a menudo también a Hassan, empleado de la CDG y quien presume de pasarse largas temporadas en Francia viendo a sus hijos y de hacer hincapié en que por eso no le veo el pelo. Hassan es muy amable y nos hicimos amigos a raíz de su intervención en una de mis piezas televisivas para hablar de los hábitos de los rabatíes ante la inminente llegada del tranvía, que hace pruebas y más pruebas por las calles de la capital. Cuando sale de la Oficina Comercial, donde vive, también Ali, que vigila la entrada y salida del personal en el chalé donde España tiene su representación comercial, decide a veces verse los partidos del Barcelona o del Madrid en el café principal del barrio.

Como en todos los cafés de Marruecos, la gente atempera los sobresaltos futboleros con té a la menta, cafés, zumos o refrescos. Sin necesidad de alcohol, el griterío cuando el Barça o el Madrid, que son aquí los dos únicos equipos que cuentan, ya lo sabes de sobra, se acercan a puerta o marcan un gol es ensordecedor. Durante el último Barça-Madrid, en el que los primeros endosaron un 5 a 0 a los segundos, mi vecino Ibrahim se puso en pie y comenzó a dar un discurso dirigiéndose a los presentes en el que pedía a nosequién que Casillas se fuese del Madrid para evitar humillaciones semejantes en el futuro.

En el Amanda para cada tarde y noche -hasta bien entrada la madrugada en verano- un grupo de hombres indispensables en el barrio. No los conozco por su nombre, ni siquiera sé qué hace cada cual, ni he tenido acceso al contenido de ninguna de sus conversaciones, pero allí están ellos, desde el enorme y rebosante pálido señor del bigote, pasando por el trajeado jubilado de los puros, hasta el pequeño estanquero, todos comentan la vida, mientras apuran cigarrillos y juegan al dominó o las cartas. Allí están, día tras día, observando los movimientos del vecindario desde su rincón estratégico. No cabe duda de que son respetados. El grupo de hombres del barrio cede la esquina en las mañanas y los mediodías a los funcionarios de los ministerios cercanos, empleados de la televisión marroquí o pasajeros ocasionales, que disfrutan alegremente del sol en aquellas sillas de mimbre y sus estupendos zumos de naranja.

El barrio no deja de darte sorpresas y hace unos días uno de esos chavales que, en una rotación incesante –ejemplo de solidaridad de esta sociedad–, echan una mano en el guarro adivinaba que yo no era ni del Barça ni del Madrid, sino del Sevilla, y que se acordaba de mí soportando los nervios de ver un Madrid-Sevilla en el Bernabéu en el que me quedé solo celebrando los goles de mi equipo. No era una estampa muy habitual, desde luego, ésa de ver a un guiri apoyando a uno de esos 18 equipos que sirven de entrenamiento al Barça y al Madrid en un café tela de juya. No era el Amanda, sino otro que hay subiendo por la avenida de Patrice Lumumba , que prepara unos tajines de pollo y de carne de vaca –que no de ternera– más que aceptables mediodía. Eso sí, si llegas después de la una y media juegas con fuego: raramente queda algo que llevarse a la boca. Si eso te ocurre, siempre nos quedan los paninis o los shawarmas del Bon appetit. A mí nunca me volvieron loco sus hamburguesas, como tampoco los paninis o sus tajines. Su carta es breve, como ocurre en la mayoría de snacks de esta estirpe en la capital y aun en todo el país. Lo que más disfruté fueron los cuscuses de los viernes recibiendo a algún visitante o a una hornada de becarios españoles. Pese a la simpatía de sus camareros, de su sonriente cocinero, que se parece a Mario Bros, todos sufriendo por hacerse entender en francés con nosotros, reconozco haberme puesto en el Bonap muy nervioso al ver que, como casi siempre, da igual lo que uno pida para comer porque siempre acaban poniendo lo que les da la gana.

Los cafés animan la vida de Hassan. A medianoche, las sillas se apilan en su interior. Es la hora decente de la recogida. Apenas alguna de las épiceries resiste por encima de las doce; únicamente un café cercano, gracias a la silenciosa labor de aquel simpático señor mayor del gorrito, sigue dispensando por una diminuta ventana el mejor pan rond de Hassan, que cuecen en un horno que se abre detrás de la caja registradora. Llega entonces el momento de los clubs de Patrice Lumbumba, que comienzan su baile de chicas que se bajan de los pequeños taxis azules y de señores que salen dando tumbos de los prostíbulos del barrio. Pero eso te lo contaré otro día, ¿vale?

Hassan (I)

Antonio Navarro Amuedo | 22 de diciembre de 2010 a las 5:10

PTDC0077

La verdad es que sigo sin saber por qué el barrio, mi barrio, se llama Hassan. Al igual que desconozco por qué toma ese nombre la torre almohade que, colgada sobre el estuario del Buregreg, simboliza la ciudad de Rabat. Sus calles aparecen en los mapas bajo la expresión sobreimpresionada de los nuevos ministerios rabatíes, junto al Palacio Real de la capital marroquí. Por el norte, la Chellah, ese remanso pacífico de cigüeñas, naranjos y pasados mestizos entre venus decapitadas y minaretes almohades hoy pasto de jaramagos. Por el sur, la Place Pietri, con su mercado de flores, que asemejan coronas fúnebres más que cualquier otra cosa, su enorme espacio vacío en la parte central y la mastodóntica torre de la CDG. Por el este, la gran mezquita de Hassan y las murallas de uno de los palacios reales de Mohamed VI. Cuando llegué a la ciudad me aseguraban que me cruzaría al monarca haciendo footing por las calles del centro a menudo, pero lo cierto es que nunca le he visto el pelo al Rey. Y parece que este palacio no es uno de sus predilectos, aunque esta enorme parcela de tierra funciona como una ciudad autónoma. Eso sí que son ciudades autónomas y no Ceuta y Melilla.

Atraviesa y vertebra Hassan, o por lo menos este lado donde habito de Hassan, la avenida Lumumba, que toma nombre del líder anticolonialista congoleño y ex primer ministro de la antigua posesión belga.  Allí los coches pasan rápido y los autobuses, dejando su reguero de humos negros, más. Avenida que me he pegado algún susto morrocotudo al ver bajar en sentido contrario algún coche con espabilado e irresponsable al volante. Con todo, es el corazón del barrio. Allí está el guarro, o el sucio, según gusto, una de las múltiples epiceries o tiendecitas de ultramarinos que salpican el barrio, la ciudad y yo diría que el país entero. La diferencia entre esta tienda y las otras, lo que la hace distinta y merecedora del apelativo, es el estado general de la cosa. Difícil es encontrar uno de sus frigoríficos encendidos y las frutas y las verduras, que allí -salvo las cebollas y los tomates sólo a veces- tienen peor pinta que en otros lugares y descansan en sucios cajones en plena puerta. Hace tiempo, mucho tiempo, que no veo a Omar, el espabilado –como él solo– y amabilísimo dependiente; tan solo un adolescente que estudia, entre cliente y cliente, español e inglés debajo del mostrador. Cada vez que entraba aprovechaba para apuntarme pacientemente en una hojita de papel de estraza alguna nueva palabra de árabe marroquí, a la vez que para pedirme que le regalara una nueva en mi lengua. Y para poner en práctica, para sorpresa y admiración de los compañeros de negocio, como Mohammed, lo nuevo aprendido en inglés.  El guarro es el lugar perfecto para los desavíos, como decimos en mi tierra. Abierto hasta momentos  intempestivas, este pequeño comercio tiene lo indispensable: cuscús, macarrones, arroz, refrescos, yogures, conservas, aceitunas, chocolatinas –de muchos tipos–y productos de limpieza. Ahora bien, el pan es puro chicle, de lo peorcito de la zona.

Subiendo por Patrice Lumumba hacia la zona de los cuarteles encontramos una especie de plaza, la que forma la calle de Tánger. El Instituto Británico en un extremo; el bar de un bereber simpático que hace unos tajines de cordero con verduras auténticamente para chuparse los dedos –me encanta ver a los profesores ingleses comer allí y dejar aparte escrúpulos rebañando los tajines con el pan- y la carnicería. Nunca encontré en ésta una ternera magnífica, pero sí una amabilidad desbordante. Desde el carnicero brutus, como lo he llamado siempre para mis adentros, hasta el sonriente señor de la caja y el bigotillo. Como en la mayoría de los comercios de Marruecos, siempre hay un señor, el mismo –suele ser el dueño, pero no siempre–, que está en la caja y cumple exclusivamente la función recaudatoria.

Justo en la esquina de Lumumba y Tánger está Jamid, que hace furor, dicen ellas, por sus ojos verdes entre las jóvenes españolas del barrio. Otro bereber, de la región de Agadir, como tantos y tantos que emigraron a Rabat o Casablanca para ganarse la vida y que se dedican, en su mayoría, a regentar cafés, panaderías o tiendecitas como la de Jamid. Su fruta no es la mejor –a mí, cuando tengo tiempo, me gusta bajar al mercado de fruta y verdura de la medina–, pero la conversación en francés con él siempre nos gana, una vez más, para estar prestos a volver a su pequeña guarida. Cuando sale de los dos metros cuadrados donde pesa las frutas, reza, come y ve los partidos del Barça en una tele minúscula, Jamid engaña, porque es más pequeñito de lo que uno puede imaginarse a priori. Dos de sus hermanos trabajan con él. También corrió el rumor de que uno de los aparcacoches, un señor con bigote y mono azul poco hablador, la verdad, no sé si de suyo natural o porque no domina la lengua francesa –y eso ya es un fastidio para nosotros–, era su padre, para asombro y decepción del respetable. Cómo el gran Jamid, que no duda en preguntarnos nunca por nuestros predecesores españoles en el barrio y en enseñarnos los números en árabe marroquí con cada vuelta de la compra, podía permitir que su señor padre anduviese colocando calabacines en las bandejas de plástico negras antes de pesarlas en la báscula. Finalmente este extremo nunca fue confirmado.

Mañana te sigo contando lo que ocurre en los cafés, que son el auténtico pulsómetro de la vida del barrio, ¿vale?

L’eau limpide

Antonio Navarro Amuedo | 19 de diciembre de 2010 a las 14:30

Foto: Puy Ruiz de Alda

Foto: Puy Ruiz de Alda

Caminábamos de noche cerrada por la avenida Hassan II, nombre que sobrevuela cada esquina del país, herencia de sombras y tabúes sobre Marruecos. El fuerte vendaval formaba remolinos con los papeles y las basuras de toda una jornada. La medina era ya una oscuridad absoluta, sólo interrumpida por algún garito de bocadillos de carne picada o el último puestecillo abierto rematando la recogida. Allí estaba el grupo habitual de hombres que merodea la puerta de uno de los hostales de la avenida, diríamos sin miedo a equivocarnos que en plena faena de los chanchullos del día, aquellos que les permitirán llegar a casa y celebrar la supervivencia una vez más. Pasábamos por delante de ellos mi amigo Rachid, mi gran amigo Rachid, y yo cuando uno de ellos nos asalta. Reconozco que el frío y la prisa me hizo poner la peor de las caras; quería que su inquisición fuera rápida y aquel hombre que salía de la oscuridad de aquellos soportarles no nos diera mucho la vara.

Rachid se detuvo y comenzó a intercambiar aceleradamente frases con él en marroquí. De aquella conversación sólo alcancé a comprender unas siglas: OLAMPID (o algo así). Y la palabra français salpicando la verborrea en árabe. Interrumpí a Rachid en plena conversación y le dije en español que qué es lo que quería ese hombre. ¿Qué organismo público estaba buscando a esa hora? Veo que el hombre reduce la velocidad de sus palabras y comienza a hacer énfasis en L’Eau, agua, l’maa, en árabe. Bueno, me digo, éste quiere liarnos con la dirección general de aguas y regadíos para pedirnos algo y no sabe cómo hacerlo.

L’eau limpide. “Antonio, ¿sabes lo que quiere decir limpide en francés?”, me espeta Rachid. “¿Existe límpido en español?” ¡Vaya pregunta filológica, leches! ¿A qué venía eso? “Pues… límpido, yo creo que es eso, de ahí viene limpio, claro, trasparente, algo así, ¿no?”, respondí a mi fiel amigo. Rachid, el amante de las filologías por partida doble o triple, asentía y explicaba a aquel señor de unos cuarenta y tantos años, cubierto por un gorro roñoso y con dentadura castigada, lo que creíamos que significaría la expresión L’eau limpide en lengua francesa.

En cuanto nos marchamos le pregunté a Rachid que a qué venía esa pregunta lingüística en aquellas circunstancias y mi amigo me reveló el misterio. Aquel señor se había topado con aquella expresión en algún viejo libro de texto, seguro que encontrado en alguna montaña de papeles amarillentos de las entrañas de la medina, mientras enseñaba a su hijo, con todo su esfuerzo desnudo, los mecanismos más básicos de la lengua francesa. Simplemente leer, el legado de leer y escribir. Sin diccionarios, sin saber casi nada de aquella lengua de los privilegiados, aquel hombre, aparcacoches tal vez, si es que tuvo la fortuna de poder afirmar una profesión, era incapaz de explicar a su niño el significado de aquella rara expresión: l’eau limpide. Rachid fue lapidario: ésta es la metáfora del drama educativo de Marruecos, de la tragedia de Marruecos.

L’eau limpide. Metáforas. Pura poesía. Hoy, sigo en vano buscando con google l’eau limpide en aquel verso trágico dictado en plena noche marroquí.

Un asesor de comunicación

Antonio Navarro Amuedo | 7 de diciembre de 2010 a las 19:03

071210_p_Maroc-espagne

Llegados a este punto, la verdad, creo que Marruecos lo que de verdad necesita es un asesor de imagen o, como se estila ahora, de comunicación. Ni un nuevo Gobierno, ni un plan de autonomía avanzado para el Sáhara Occidental ni avanzar en los planes de convergencia económica con la UE. En este mes han logrado superarse por días, por horas. Y mira que la panda de activistas saharauis, desde el tío de las películas de risa que viene desde Madrid a hacerse la foto en la jaima y a comerse un tajín hasta la parejita aquella que ha hecho más encuentros con la prensa que la que gana el Planeta cada año se lo ha puesto facilito. Pues nada. Ni por ésas.

Resulta que intentan contenerse y ser de lo más delicado posible en el desmantelamiento del campamento de las jaimas de El Aaiún y logran que la opinión pública española, con los medios de comunicación como avanzadilla, de un espectro a otro del arcoiris político, les coja el asco propio del que ha cometido una masacre humana, un genocidio. La últimas cifras que conocemos, si no estoy equivocado, dicen que han muerto más policías y gendarmes -11-  a órdenes de Su Majestad que civiles de la ciudad principal de la región del Sáhara Occidental, que parece que han sido tres. En fin, que se lo habían puesto a huevo: y a eso que salen los dos ministros de turno, el de Interior y el de Exteriores, y se sacan de la chistera el numerito de los DVD y los dossieres de prensa. Y a empezar a echar porquería a todo el que está alrededor: que si el Polisario es Al Qaeda en verdad, que si Argelia es la más mala de todos, que si el PP es amigo de los anteriores, etcétera.

Luego y principal, que con ésa llevan un mes: la persecución, llevada a extremos ridículos, hacia la prensa española. ¿No se dan ustedes cuenta de que  en Madrid están deseando que echen o saquen tarjeta amarilla a los periodistas españoles que andan por aquí para sacarlo en las portadas? Un poquito de finezza, que manca una jartá, como dicen por mi tierra. Pues nada. Todos los días con alguno. Hasta los que entran con sus mujeres para comprar bolsos y babuchas de fin de semana, a esos también los mandan para atrás. La MAP colgando comunicados de todo quisque contra los medios de comunicación españoles: da la impresión de que lo traduzco y mando en francés un texto de la asociación de cultivadores de zanahoria de Meknès y lo cuelgan à la une de la Agencia de Noticias pública marroquí.

¡¿Y habrá sido por falta de trabajo?! Ese Naciri, ese Fassi Fihri, ese Cherkaoui. No han parado: en Rabat, en Bruselas, en Madrid. Donde hubiera que estar. Lo mismo da un viernes a última hora, cuando en España sus señorías están ya caminito de sus provincias para pasar el fin de semana con su familia, aquí en Marruecos los diputados tienen la costumbre de reunirse en pleno para votar declaraciones evanescentes.

¡Y esos rebotes!… Uno de los gordos, contra el PP, por la declaración que escoció tela marinera a los políticos de aquí del Parlamento Europeo condenando la violencia del desmantelamiento de las protestas de El Aaiún. ¿Cómo demuestran el cabreo? Con una supermarcha contra Rajoy y los periodistas. El último les ha venido cuando el Parlamento español aprueba una moción que ni nombra a Marruecos en la que se insta al Gobierno de España a condenar la violencia que se produjo en El Aaiún y alrededores. Ahora ya contra toda España. Se dan por aludidos, se cabrean y ahora dicen que se replantean las relaciones con España. El último coletazo: marchas para liberar Ceuta y Melilla. Esfuerzos inútiles y vanos que dejarán de tener el efecto deseado para el régimen de lograr la cohesión interna para empezar a resquebrajar las voluntades inquebrantables en torno a los métodos, formas y objetivos.

¿Qué harían con un Wikileaks [por cierto, no veo el cabreo contra EEUU que tocaría después de que se supiera lo que se ha sabido que pensaba la Embajada yanqui en Rabat] a lo bestia contra Marruecos? Desgraciadamente, la hoja de servicios de Marruecos en los últimos años es bastante mejor de lo que ese viejo asesor de imagen, encabritado y desquiciado, se empeña a seguir mostrándonos al resto.

Un sueño

Antonio Navarro Amuedo | 27 de noviembre de 2010 a las 23:55

En realidad estábamos allí para decirle al embajador que la situación que los periodistas españoles están viviendo en estos momentos es muy complicada y que, ya que éstos no tienen interlocución directa con los reyes y sus ministros, intente transmitirle a los que mandan que las cosas tienen que mejorar. Delante de nosotros, el nuevo embajador de España en Marruecos, Alberto Navarro, hablaba por el móvil con Rubalcaba, que se interesaba por el encuentro con los periodistas españoles del jueves pasado. Los azares me llevaron en la velada a la compañía de Luis Bonet, diplomático aragonés en la Cancillería de Rabat, mientras paladeaba un notable chorizo ibérico y un no menos aceptable jamón serrano que llegaba en las bandejas portadas por el gran Laarbi, míster Mechui para los amigos (inolvidable su aparición, chapela en la cabeza y bombo, la noche en que España se proclamaba campeona del mundo, en la puerta del Parlamento marroquí). Por cierto, nos decía el hijo del embajador más tarde que el embutido había llegado por carretera desde Ceuta. Primera impronta del período Navarro, que nada tiene que ver con éste que te manda esta postal.

Aragonesa y navarra y madrileña y sevillana y granadina y muchas cosas más es la estirpe de Bonet, el diplomático, como tuvo ocasión de contarme largamente. Me aseguró, además, la existencia de un vínculo permanente en la historia a través de ciertas familias y personajes entre Navarra y Sevilla. Mientras, el grueso del grupo de periodistas hablaba de periodismo, claro, y otro más exiguo se dirigía al embajador para abordar cosas serias, que para eso habíamos llegado a Suisí.

El discurso erudito de Bonet es desbordante, lo cual no nos impidió cazar al vuelo pinchos de tortilla que seguían pasando por delante de nosotros. Igual hacían Zacarías, fotógrafo de EFE, y Mohamed, redactor de la misma agencia de noticias. Al preguntarme por mi origen y decirle que era sevillano, Bonet me preguntó si era sevillista  o bético. Ya no me acuerdo del nombre de la familia, porque me abrumaba la precisión de nombres y apellidos y genealogías que iba trazando, pero me contó que la familia de su mujer es pariente de uno de los fundadores del Sevilla Fútbol Club. Y que en su casa son todos palanganas, que es una forma de decir sevillistas.

Poco a poco íbamos adentrándonos en terrenos hispalenses, y comenzamos a diseccionar la realidad de la ciudad a nuestra forma, para aburrimiento y sorpresa del resto de presentes en el corrillo. “Sevilla es de una complejidad impresionante. Aunque sea la reacción natural que nos provoca a los que no somos de allí, considerar provinciano al sevillano por su comportamiento es un error. Hay un componente cultural muy rico, muy denso. Es quizá la ciudad de España con más personalidad, algo que no tiene ni Madrid ni Barcelona, que me parece mucho más provinciana que Sevilla, por ejemplo (…) Sevilla es mucho más romana que árabe y eso ha marcado su predilección por la representación, desarrollar lo externo. En Sevilla lo máximo es ser pregonero de la Semana Santa, pero menos que ser rey mago en la cabalgata, ¿no es verdad?”, decía, entre otras cosas, Bonet en el salón de la residencia del embajador.

No te negaré cierta alegría sentida al oír las reflexiones del diplomático maño, cuando sobre la ciudad -como sobre el conjunto de Andalucía- pesan como duras losas los estereotipos sobre nuestra filosofía de vida colectiva. Hoy, casualmente, el presidente de la Junta de Andalucía, José Antonio Griñán, hacía autocrítica y culpaba al conjunto de los andaluces de tener parte de la culpa del deterioro de la imagen de la región. La Junta, añado yo, con sus más de veinte años en San Telmo, tendrá bastante que ver en eso. Pero ése es otro debate.

Creo que el mismo debate identitario que marca desde hace, por lo menos, un siglo y pico la realidad de España, la permanente cuestión esencialista de su existencia como nación, el combate de los nacionalismos disgregadores, etcétera, encuentra una traslación equivalente en el de la reflexión sobre qué es Sevilla; cómo debe seguir siendo en el futuro, qué puede y no puede hacerse en la ciudad, cuestiones que planean siempre en cada esquina, en cada bar, en cada edición de los periódicos locales. La mayoría de los sevillanos, estoy seguro, tiene un concepto, una pequeña teoría sin formular en la cabeza sobre la realidad de la ciudad.

Con el tiempo me doy cuenta de que Sevilla mejora desde lejos. La cercanía le hace que se le vean todas las arrugas de la cara, todas las patas de gallo. Desde la distancia Sevilla es una ensoñación; estar fuera permite pensar en ella sin la pesadez cotidiana, sin el tedio de una realidad imparablemente declinante y la parálisis y la vulgaridad reinantes.

Desde lejos no se aprecian los contornos de la Encarnación y el debate que nunca se hizo del proyecto de los parasoles, ni los líos de Mercasevilla, ni el ocaso de Monteseirín ni tampoco los orgullos al subirnos todos a un tranvía aún ridículo -el de Rabat nacerá con 20 kilómetros de longitud, compara con el paseíto del tren de la escoba- y una línea de metro que ha costado tres décadas de nuestras vidas y de las de nuestros padres y abuelos.

Sevilla es más bella cuando la encuentro al hacer abstracción de la torre de su mezquita mayor paseando a los pies de la torre Hassan de Rabat. Sevilla es más bella aún cuando se la evoca en las páginas de La Ciudad de Chaves Nogales. O al imaginarnos el magnolio de Luis Cernuda.

Sevilla nos toca la fibra cuando oímos fuera el arranque de una sevillana, una corneta tocada por un cani de alguna de las hermandades del otro lado de la calle Oriente, que graban Cedés y más Cedés que se venderán como siempre, pese a la crisis, en el Corte Inglés en estas fechas. Sevilla nos hace temblar cuando nos la imaginamos ya próxima por la campiña palaciega y dejamos la torre de la parroquia del pueblo lejano de Joaquín Romero a la izquierda por la carretera de Cádiz, rodeados de algodón y olivos.

Pero Sevilla se nos hace pesada cuando la vemos de cerca. Nos imaginamos los mismos debates esencialistas, como los de los dos chavales que hicieron los cortos que circulan en Youtube sobre el los canis, los pijos y los de las botellonas, y nos aburre la gomina, las patillas largas, las fotos de pasos en los muros del bar y las Cruzcampos. Y lo digo con una lata de Cruzcampo que me compré en el Marjane (el gran hipermercado de Marruecos, por si esto lo lee alguien distinto a ti, que lo conoces bien) sobre la mesa. Nos cansa lo de las catenarias, el lobby del Consejo de Cofradías y la novelería con la que la ciudad trata a la gente importante que hace estación en la ciudad, sea Tom Cruise, Cameron Díaz o el presidente del Gobierno. Bienvenido, Mr Marshall.

Una identidad, una personalidad, como quieras llamarlo, la de Sevilla, complejísima, en efecto, extraordinariamente densa. Según como tenga uno el cuerpo puede resultar asfixiante y entrarle a uno las ganas de irse lejos, cuanto más mejor, o desbordante, apasionante. Para bebérsela de un tirón y pedir más y más.

Me pregunto por qué nos gusta tanto a los sevillanos formar parte de la representación de la ciudad, con ecos de la del Villar del Río berlanguiano, y por qué nos provoca el rechazo que nos causa cuando la vemos repetida el día después en DVD. Probablemente eso no lo sabrá el amigo Bonet, pero Sevilla, me va enseñando el tiempo, gana irremediablemente con la distancia. Y la alegría de sentirla aquí o allí es directamente proporcional al hastío que nos provoca saber que, a estas alturas de la película, a Sevilla no la cambia ya nadie.

f1eef03b2986141d0fd272bcacc820aa

Argel

Antonio Navarro Amuedo | 18 de noviembre de 2010 a las 20:41

IMG_1682

Argel es como una mujer perfumadita de pino piñonero volviendo de la Tipaza de Camus, hacia Poniente. Argel es el recuerdo de aquel mirador del barrio de Hydra, que hacía en la noche de verano de su bahía un lugar elegante, un iluminado puerto mediterráneo. Así la recuerdo cuando me dispongo a dejar tinta azul sobre el sepia de una postal abandonada durante meses sin mayor explicación que el rechazo a hurgar en las nostalgias estivales. Es la lástima de haber aguardado tantas semanas; permanecen las luces y desaparecen los detalles desagradables de una ciudad que languidece víctima de la cerrazón de unos pocos y la ignorancia de la mayoría, que es lo que pasa en casi todas partes.

Prefiero acordarme ahora de Argel desde la tranquilidad de la explanada de la belleza bizantina de Nôtre-Dame d’Afrique, donde monjas españolas nos aseguraban que allí han convivido siempre todos sin mayor inconveniente. Prefiero acordarme de un suburbio de asfaltos pegajosos y confiterías olorosas llenas de abejas, recordando a un mismo mar común en aquel paseo.

No quiero acordarme de la miseria de su periferia ni de las ruinas de su kasba, que me decían que es Patrimonio Mundial de la Unesco pese a que nos apenara el hecho de encontrarla como un vertedero. Ni del interior ruinoso de sus nobles inmuebles coloniales, domicilio de manadas de cucarachas. Prefiero recordarla como una bella cautiva asomada al Mediterráneo en una tarde del mes de julio. Llegamos entonces dispuestos a olvidarnos del pasado de batallas y rencores y apurar los resquicios de una ciudad que, como todas las ciudades, estábamos convencidos de que nos reservaba toda la vida necesaria y aventuras, que son para el verano.

Prefiero acordarme de Argel como una ciudad triste, triste de la pena de haber sido el esplendor que las crónicas y los viejos nos cuentan. Hoy Argel es una sucesión de historias encerradas en el perímetro de una urbe que no puede escapar de la amenaza de bombas y pistolas y que es víctima de controles militares omnipresentes. Abandonar la capital argelina es someterse a la tiranía de las garitas policiales por carretera, de señores uniformados con chaquetas con las mangas largas o incluso con mangas muy cortas -lo que nos hizo soltar una buena carcajada- que demandan pasaportes portando metralletas. Mientras, como si nada, los pinos apestan a resina sobre los acantilados azules del Mediterráneo.

Hay, en efecto, en Argel la tristeza de un pueblo que sufre los rescoldos de un régimen de uniformes, otrora prosoviético y revolucionario, hoy empeñado en seguir afirmando una ideología que ya ha perecido pese a que aquí los dinares rebosen en las arcas del estado gracias a las ventas de gas y petróleo. En los museos nacionales asustan las granadas, las trincheras recreadas y la hostilidad anticolonial en documentales y vitrinas contra lo francés celebrada a lo bestia en monolitos vertiginosos. Mientras, la sociedad trata de escapar por los resquicios de un Islam que aprieta y de un aislamiento que asusta.

Rarísimo, misión casi imposible fue la de hallar en sus calles, de un barrio al otro, una franquicia de marcas occidentales, fábricas de metáforas en todo el planeta de la globalización. Argel no fue capaz de regalárnoslas, plagada de tiendecitas de zapatos, frutos secos y muebles todo sospechosamente al cien por cien nacional. La oficina de turismo argelina que encontramos en un paseo marítimo frente al puerto era una casa fantasma; milagroso fue dar en la kasba con el último artesano, el único capaz de hacernos creer que ante su taller se detienen a menudo grupos de jóvenes que deambulaban como el nuestro pertrechados de cámaras digitales y cargados de curiosidad. La expedición era recibida por Doñoro, el conquistador desaliñado, expedicionario vasco encallado en estos confines inhóspitos del Magreb o un último de Filipinas que ve pasar generación tras generación a becarios y viajeros ocasionales para abrumarlos con su conocimiento de la ciudad y el país. Una enciclopedia al servicio lo mismo de los mejores garitos de chorba frita, que de las oportunidades de negocio para las empresas españolas del sector agroindustrial y las renovables en suelo argelino.

Pese a todo, el odio contra los creadores del Argel colonial de manzanas de elegantes fachadas blancas y rejas azules añil se debilita cuando la vida nos obliga a mirar hacia el futuro. Hay que conectarse al mundo, aprender el francés de las empresas europeas que aterrizan no sin dificultades para hacer negocio en un país de infraestructuras oxidadas y tanto por hacer. El projecto panárabe duerme el sueño de los justos y la unidad magrebí hace lo propio víctima del conflicto irresoluble del Sáhara Occidental.

Hoy leo Argel en los periódicos marroquíes y en una y otra página web de las que estos días nos cansan asociada machaconamente a la hostilidad de un régimen expansionista contra la Monarquía alauí de este lado del Magreb. Me niego a tener que elegir para tomar partido y reparto las simpatías entre Rabat y Argel, entre pueblos generosos que habitan a ambos lados de una frontera artificial; gente que dice labas?! cuando te la cruzas en la calle para preguntarte cómo estás. No reconozco a la ciudad blanca que aguardaba con su misterio de mujer cautiva entre las líneas de estos papeles amarillentos que repaso con la nostalgia de un verano que se nos escapó sin remedio.

Teoría general del juyismo (I)

Antonio Navarro Amuedo | 25 de octubre de 2010 a las 1:00

No todos los marroquíes son juyas ni son sólo juyas los marroquíes, pero, juya, pronunciado a la española, del árabe magrebí para significar en español hermano, es un concepto profundamente vinculado a estas tierras. En nuestra lengua, el símil más cercano sería el de cañí o, de forma más pedante, carpetovetónico. El término juya se extiende sin oposición por la comunidad hispana de Marruecos asentada principalmente en las dos grandes ciudades del país, Rabat y Casablanca. Aunque la citada voz posea un significado muy inequívoco en el árabe de Marruecos, el concepto que se introduce en la lengua española no es difícil de comprender para los marroquíes que frecuentan los ámbitos hispanohablantes. Incluso lo utilizan con sorprendente destreza. Los lingüistas aún no se han puesto manos a la obra para dilucidar cuándo este arabismo se introdujo en la lengua de Cervantes, pero hay quienes apuntan a que pudo producirse en plena crisis económica internacional, a comienzos de 2009. El desembarco masivo de becarios y empresarios procedentes de la orilla norte del Estrecho en busca de oportunidades de negocio en el Magreb favoreció el contacto entre las dos lenguas y, en fin, el préstamo lingüístico con cambio semántico incluido se hizo posible. Hay que dejar constancia de que no siempre el término es bien entendido ni recibido entre los nativos cuando es utilizado en este sentido que nos disponemos a explicar y puede que no les falte ni un ápice de razón en su queja.

La palabra juya puede emplearse tanto como sustantivo como adjetivo. Un juya, los juyas. El juya me dio una brocheta de cordero. O, con valor adjetival: Me llevaron a un restaurante juya. ¿Qué significado encierra este concepto aparentemente sencillo? No será difícil de definir: medio kilo de cutrismo o cutrerío, otro medio de necesidad, otro de picaresca, cuarto y mitad de ingenio y doscientos cincuenta gramos de dejadez congénita. Agiten sin mucho ahínco que se mancharán la delantera y ahí tienen servido el cóctel juya. Arreglarme una fuga de una cañería que causaba humedades inmensas en la pared de mi armario con un trozo de chicle, eso es juya. Tapar un socavón en la calzada de un metro de profundidad con la placa de un stop durante meses, eso es juya. Sigamos poco a poco.

Hay barrios juyas y otros que no lo son tanto. Para los que viven o han estado en Rabat, comprenderán qué quiero decir cuando afirmo que la medina es juya por definición y Agdal, Suisí o Hay Riad o no lo son o lo son muy poco. Hay ciudades enteramente juyas, como la caótica y fascinante Casablanca, gracias a la que se acuñó el urbanismo juyal. Aún queda mucho para que las antiguas medinas, catedral del juyismo más genuino, se conviertan en los manuales de historia en juyerías para competir con juderías y morerías. Pero todo se andará.

Existe hasta una filosofía política, la del juyismo ilustrado, que tiene poco de despótica y mucho de popular, pues nada para el pueblo y encima sin el pueblo, que así seguirán siendo las cosas mientras sigan mandando en el mundo monarcas a la manera del Antiguo Régimen.

No sólo los marroquíes, repito, son juyas. En España tenemos miles. Quizás, el sur, por su proximidad al Magreb, sea la tierra ibérica que más cuente con juyas entre sus vecinos. Pero hay muchos juyas repartidos por toda la piel de toro, que hasta ahora se definieron con otros términos (canis, poligoneros, chonis, castizos, etc.), aunque ninguno precisa lo que ustedes ya a estas alturas de la carta comenzarán a entender como la propia citada voz. Muchos italianos sureños tienen su ramalazo, como los portugueses, como los griegos, por citar tres nacionalidades. Y hay muchos en otros países de la ribera sur del Mediterráneo, del Magreb a la Península Arábiga. Yo ya soy bastante juya, mucho. Me doy cuenta cada vez que me meto en un tren y, automáticamente, aunque vaya de Rabat a Kenitra, me estiro como si estuviese en mi cama y ocupo tres o cuatro asientos de un compartimento para echarme una siesta. Y me encanta hacerlo. Seguiremos deconstruyendo al juyismo.

Foto: Miguel Roca

Foto: Miguel Roca