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Ceuta, peligro para caminantes

Antonio Navarro Amuedo | 7 de septiembre de 2010 a las 13:11

Fueron sólo unas horas, ya lo sabes, pero las suficientes para sentir con placer la misma sensación de cada vez que nos soplan estas dos brisas de libertad situadas a un paso por carretera de nuestra residencia en el Magreb. El Ramadán expira ya este año y la ciudad nos concedió el fin de semana pasado el penúltimo alivio, a nosotros que no encontramos dónde comer en la calle como buenos rodríguez veraniegos ni dónde tomarnos una cervecita al entrar la noche. Te sonreirás al leerlo, y ya te lo he dicho muchas veces, pero lo mejor del viaje fue acudir a las calles repletas de embutidos, productos de la limpieza, aceites de oliva, alcoholes a precios más económicos y otras necesidades cotidianas del Eroski o del Día de Ceuta, dos de las fuentes fundamentales de empleo para la región entera, por triste que parezca.

Ceuta

También disfrutamos mucho en las terrazas del centro de la ciudad de los montaditos de lomo, los chipirones plancha y la ensaladilla rusa, que es la tapa de la gordura mental, me dijo un endocrino amigo, pero que no sabes cómo le pega aquí el personal, regado todo ello por cervecita fresquita o tinto de verano. También disfrutamos de la noche ceutí, con cubatas bien servidos, de ese pastiche andalucista llamado Pueblo Marinero, de sus terrazas, donde nos impresionaron la brevedad de las faldas y la desenvoltura de los jovencitos, que cada vez son más numerosos, implacable que es el tiempo.

Ceuta está hecha de desconfianzas y estereotipos, de gentes que siguen llamando moros, que es la única forma que emplean, a los vecinos y habitantes del otro lado de los carteles de carretera donde pone Marruecos. Ceuta es el territorio de señoritas que hablan por teléfono con una tapa de lomo con pimiento morrón en la mesa del colegio que le puede tocar a su hijo, que esperemos que no sea de los malos, y que si no es así me vuelvo a Guadix, o a Málaga, o a Barbate, o a Alicante, donde están mis padres. Ceuta es Mustafa pasando por la mesa de la señorita y enseñándole carteras de cuero dos a cinco euros, que vienen de Fez y, como todo el mundo sabe, son las mejores de todo el Magreb. Y de parejas de jubilados conjuntadas en rosa, con cuellos con los colores rojo y gualda, que pasean por el paseo marítimo por la tarde, que es una hora de un ftor invisible por aquí.

Ceuta es también una mezcolanza de nabiles y hananes pronunciados a la andaluza, más españoles que la tortilla de patatas para que no te me enfades, y perfectos en el dominio del árabe marroquí, que fue, seguramente, su lengua materna. Ceuta es una simbiosis más natural de lo que muchos podrían imaginarse, de mezquitas y capillas marineras frente por frente, quizá espejo de lo que serán muchos barrios de nuestras ciudades, si no lo son ya, dentro de unas décadas. Más allá, porque allí prosperan desde siempre judíos y también hay una comunidad india, cosas extrañas al norte de Tarifa. Una parada de un autobús donde nadie habla español en frente de un polideportivo en el que niños rubios y repeinados juegan con las camisetas oficiales del Barça y del Madrid. “¡¡Quillo, echa ya!!”. Ceuta son sevillanas y trajes de gitana y rebujito en la feria y llamadas a la grandeza de Alá desde las mezquitas de El Príncipe, que es peor que las Tres Mil, literal, me dijeron. No te lo creerás, pero vi salir de una boda a una especie de coro rociero y los acompañé durante unos metros, en los que fueron canturreando canciones.

Ceuta es mucho menos castrense de lo que me imaginé, menos me ha dado la impresión que la coqueta Melilla, mucho más arrabalera en su comienzo viniendo desde el Tarajal, la frontera. No encontré allí otra cosa que el reguero paciente y tranquilo de señoras y señores cargados de bolsas de los supermercados que te he citado arriba, muchos zumos, muchas chocolatinas y magdalenas, papel higiénico, servilletas, dodotis y cosas por el estilo, que empiezan a venderse al detalle aún en suelo español. Sin supervisiones, sin sobresaltos, como si aquello se hubiese estado haciendo toda la vida de dios.

Arriba, en una de las tiendecitas la darija suena en la radio y en la madre que le riñe a uno de sus niños, que no obedece; hay jamón serrano, pero pido un bocata de chopped de cerdo, que me encanta, como sabes. La salada sensación de estar en casa.

Carta a Mohammed VI

Antonio Navarro Amuedo | 20 de agosto de 2010 a las 0:01

Majestad:

Vaya por delante que no estoy muy acostumbrado a dirigirme a monarcas ni a figuras de la envergadura de la suya y le agradezco que perdone la descortesía en la que incurriré una y otra vez al utilizar unas formas que no son las que usted frecuenta en su correspondencia habitual. Le agradezco mucho, repito, la amabilidad de acceder a leer estas torpes líneas.

Como podrá imaginarse, me han animado a escribirle esta misiva desde el otro lado del Estrecho, donde me encuentro, no muy lejos del bello puerto de Tánger y al azul espumoso que baña el Cabo Espartel,  los episodios acaecidos en torno a la frontera de la ciudad de Melilla con su Reino.

Le aseguro que el sentir mío y de los míos y me atrevo a decir que el de miles y miles, la inmensa mayoría de los españoles, es el del repudio de la violencia y la discriminación hacia cualquier persona, sea ésta quien sea, cualquiera que sea su raza, fortuna o condición. Desconozco si han tenido lugar esos episodios desagradables que su Ministerio denuncia, porque no he hablado con nadie envuelto en los mismos, pero si ello hubiera ocurrido, mi reacción no sería otra que la de una repulsa absoluta. Y reitero lo dicho: la misma sería compartida por mis próximos y la mayoría inmensa de mis compatriotas.

He visto en alguna ocasión el ambiente de la frontera de Beni Enzar, en Nador, que se ha hecho tristemente célebre estos días. Y la he cruzado a pie. He charlado con los taxistas de Nador, con algún comerciante de los cafés cercanos, he subido a los autobuses que nos transportaban por la zona, he hablado con policías y con gente anónima que cruza a uno y otro lado, que lleva haciéndolo toda la vida, a gente que maneja el español con formas y giros castellanos con la misma certeza con que habla la darija de estas tierras mediterráneas. Sé que son sombras de la realidad, pequeños instantes cotidianos, que no he hecho un trabajo de campo exhaustivo, así que no puedo arrojar aserciones rotundas, porque sería injusto y faltaría a la verdad, pero fueron mis impresiones.

Sin embargo, en mi pobre y esporádica observación he visto, sobre todo, comprensión y simpatía por parte de la Policía española. He visto guiñar el ojo a marroquíes que cruzaban cargados de productos de los supermercados melillenses, algunos de ellos forzando los límites de la naturaleza humana.

Con todo, la impresión mayor que conservo del tiempo en que viví en las tierras de su Reino es la de la bondad, la simpatía y el cariño dispensados hacia mi persona. Y, por lo que he podido apreciar, ésta es conducta general de los habitantes de su Reino hacia los foráneos.

Lo he celebrado desde el primer día. He tratado de difundirlo siempre a propios y extraños. A viajeros esporádicos y a familiares que llegaban a visitarme. A compatriotas y a gentes, en fin, de todo el mundo que pasaban por el Magreb. La mayoría de los marroquíes quieren a España. Y eso, con los errores y las injusticias cometidas por mis antepasados a lo largo de la historia, que no las negaré, es una noble manifestación de magnanimidad.

Por todo ello, Majestad, no puedo sino manifestarle mi tristeza por lo ocurrido estos días en torno al paso fronterizo de Melilla.

Comprendo y respeto la legítima aspiración marroquí de reclamar la soberanía de la ciudad de Melilla. Existen vías, a éste y otro lado del Estrecho, para expresarla; para ello están los foros institucionales y la prensa. Pero creo que las consecuencias de los incidentes de Beni Enzar no ayudan a nada. No, desde luego, a que su Reino abra un debate serio y razonable en torno a la cuestión de la soberanía de la ciudad.

Por el contrario, los acontecimientos de estas últimas semanas han dado alas a las posturas más radicales y nefastas para la relación entre ambos países. En mi país, con independencia de quién tenga la razón, al margen de lo certero de los diagnósticos, los hechos han causado daño.

En primer lugar, han vuelto a enfrentar a Gobierno y oposición. Y han contribuido a separar un poco más a los españoles y a minar la convivencia política y general.

Y, fundamentalmente, han deteriorado la imagen de Marruecos entre mis compatriotas. Algo que nos entristece a los que queremos y respetamos profundamente a Marruecos. Algo que molesta especialmente a quienes trabajan diariamente por el bienestar de ambos pueblos, que no son pocos, se lo aseguro.

Gente que, usted debe saberlo, aprecia los avances realizados por su Reino en materia de progreso material y social y que usted ha capitaneado. Personas que son perfectamente conscientes, sin embargo, de que aún queda mucho por hacer y que hay amplias zonas de sombra. Son profesionales que están dando lo mejor de su edad por empresas que crecen y se desarrollan a ambos lados del Estrecho. Conozco a algunos y por ello los recuerdo ahora, porque es justo decirlo. Empresarios, profesores, periodistas, etc. Trabajan y viven en Tánger, Larache, Tetuán, Asilah, pero también en Rabat, Casablanca o Agadir. Son invisibles allí y aquí. Desgraciadamente.

Hombres y mujeres que, ilusionadas, han creído en Marruecos, en el Magreb, en su futuro, en su amistad y cooperación con España, al considerarlo el vecino y amigo que siempre ha debido ser.

Gentes que se han sentido decepcionadas por estos hechos, por el odio destilado por algunos en Marruecos y en España, por el retroceso que puede suponer, aunque que se nieguen a aceptarlo y lo combatirán con todas sus fuerzas, todo este episodio. Se han dicho cosas injustas y con muy mala intención.

A mí me da la sensación de que parte del trabajo hecho se ha tirado por tierra. Espero que tardemos poco en recuperar el terreno desandado. Pondremos la mejor de nuestras voluntades.

Creo que ya he abusado demasiado de su tiempo. Le reitero el agradecimiento por haber llegado hasta este punto con la lectura.

Ramadan mubarak.

Ramadán, día cuatro

Antonio Navarro Amuedo | 16 de agosto de 2010 a las 21:39

Llevo varios días intentando contarte mis impresiones de estos primeros días de Ramadán y, por una razón o por otra, postergando la decisión de sentarme a ponerlas negro sobre blanco. He estado de viaje, pero ahora descanso junto al mar sintiendo una brisa que es tan próxima y tan lejana a la vez de aquella que nos alivias las tardes en el Magreb. Aquí el sol es tan implacable como en los olivares de Fez, donde los niños se refrescan en las acequias junto a las cunetas, o como en las llanuras pardas de Marraquech, donde crecen palmeras y edificios ocres, que los hay lujosos y miserables, como pasa en esta ciudad por todas partes. Pero el sol no cae con el mismo silencio con que lo hace entre las colinas que divisamos al otro lado del tren a la hora del ftor, cuando los musulmanes pueden romper el ayuno con dátiles, leche fresca, zumo de aguacate y naranja, unas especies de pestiños y pan. Lo hacen cada tarde, con tranquilidad y alegría.

En Rabat, las escenas del barrio desiertas volvieron a impresionarme a la hora silenciosa. La plaza de Jamaa El Fna de Marraquech fue la fiesta de cada noche, con sus humaredas de brochetas y de pinchitos de carne picada. Allí los encantadores de serpientes y los vendedores de zumos y bocatas no hacen distinción entre Ramadanes y el resto de semanas del calendario, siempre pendientes de buscar españoles por su término municipal y a una pareja de guiris requemada para ponerles la boa en la espalda. En Fez, donde todo es mucho más solemne y silencioso, me impresionó la hora del ftor con un vacío general de impresión. Y eso que no pisé la vieja medina, mi favorita, como ya te he dicho muchas veces.

Al teléfono me preguntan insistentemente si la cosa está tan mala como dicen los medios de comunicación al otro lado del Estrecho. Si una nueva Marcha Verde está a punto de salir cargada de miseria y promesas a la frontera de Nador y Melilla. Yo les he dicho siempre lo mismo: que aquí la gente lleva cada vez más camisetas de la selección campeona del mundo de fútbol  y del FC Barcelona. Y que aguardan a la sombra y pensando en otras cosas, en sus cosas, que vete tú a saber, que lleguen las siete y pico de la tarde y poder tomar el primer sorbo de agua y el primer pan con mortadela.

Te he subido este vídeo que he conseguido grabar con el teléfono móvil.