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La ciudad y la sonrisa

Antonio Navarro Amuedo | 13 de diciembre de 2011 a las 8:20

 Foto: Miguel Roca

No me resisto a enviarte una carta más en esta lenta y larga despedida de la ciudad, que es a la vez un nuevo regreso para no marcharnos nunca de ella. La conoces de sobra y su nombre no figura en las grandes listas de urbes de moda por sus nuevos edificios de oficinas ni por diseño cutting edge, que me hace gracia esa palabra por cómo se utiliza allá arriba como adjetivo, ni tampoco por cosmopolitismo. Creo que esta ciudad de blancos y poderosa luz es rabiosamente anticosmopolita, como mi ciudad natal, que presume de haberlo sido en su día y se regodea en no siéndolo. Seguro que ser cosmopolita, y tener a gente muy distinta y dispar, y mutar de continuo y progresar son la aspiración máxima de las ciudades y acaso de las personas. No hay, probablemente, milagro humano mayor que esas ciudades de más de cinco o seis millones de personas llegadas de todas partes y que funcionan un día tras otro. Pero esta ciudad mía del Buregreg, con la torre Hassan como aplastada por la desidia, con su anarquía blanca y azul, es rabiosamente lenta y esencial. Por eso me gusta. Por eso nos gusta tanto.

De todas formas, ¿qué más da todo eso, a esta hora de grises, sentado en la plaza Pietri, después de saludar a mi limpiabotas favorito con dos besos, al sol que calienta en este mediodía de diciembre? ¿A quién le importa ahora mismo lo que dicen a esta hora en las ciudades de tenebrosas torres de cristal llenas de ordenadores con números y más números, gráficas y más gráficas? A mí, lo reconozco, ahora mismo, más bien poco. Pero voy a terminar de escribirte.

Dicen en los ordenadores que este fin de semana hay elecciones en la ciudad y en todo el país. No me gusta ponerme político en las cartas porque las estropeamos cuando hablamos de escaños y porcentajes de voto, de ideologías y de una terminología que es fea. Dicen que van a ganar los musulmanes, pero que son como los demás porque aquí manda el mismo. Mira, que otro día te escribo de esto, que hoy no tengo ganas además. Y, la verdad, que no noto yo nada distinto a otras veces paseando por l’Océan, que es una de las decadencias hermosas de la ciudad, oxidada como las rejas de las ventanas que miran al Atlántico omnipresente. Está ahí detrás, ahí mismo. Pero todo cualquiera diría que el pescado que encontramos en este pequeño restaurante ha llegado en paquetes congelados y troceado, como los que encuentras allá arriba, donde vivo ahora, en los supermercados. Y no, el mar bravío está a dos calles de aquí. Las familias disfrutan del día comiendo calamares fritos, gambas a la plancha, así como lo que en mi tierra de origen llaman acedías y pijotas. También de una especie de alioli con perejil que está riquísimo y que hace que te zampes un pan entero. También toman paia, que es una transliteración local de la paella, que aquí es un arroz bien tintado de azafrán y asfixiado de marisco que me supo a gloria, la verdad.

Supe al volver que me había ido para siempre y también que no me iré jamás de la ciudad. Me encontré con una ciudad de luz y de sonrisas, dos de los mejores capitales –me pondré acorde a las terminologías al uso– del país y de la urbe. La misma luz de siempre, capaz de inundarlo todo, el hoy, el mañana incierto, de la felicidad que sólo un día más con vida y cielo azul garantizan.

Volví a salir de la estación central para ver el mismo caos de taxis y tráfico. Encontré a las niñas casamenteras y las que ya no les importa tanto serlo en el escaparate de los cafés de moda que ha traído la nueva instalación del ferrocarril. Allí todos juegan al bluetooth y buscan el wifi para ligar. Sigue en la puerta de la gare el señor de los cleenex y las patatas fritas y las galletas del contrabando ceutí. Pasa varias veces un nuevo tranvía, metáfora demasiado obvia del progreso y la modernización etcétera etcétera como para ser tomada demasiado en serio. Va lleno. La catedral de Saint Pierre sigue tan blanca reluciente como siempre. Saludo al kiosquero de una tienda que no es otra que las baldosas sucias de la calle al que le compraba el TelQuel, al lado del banco Atijariwafa, como si hubiera sido ayer la última vez que nos vimos. Qué más da.

Mis compañeros de la ciudad, los que me conocen y me vigilaban, siguen en sus puestos. Me alegra y tranquiliza. Me agrada volver a pasar meses después por las mismas esquinas y ver los mismos rostros, tal vez surcados por una nueva arruga o poblados por alguna cana más, que, la verdad, el cerebro pule de una vez a otra. Me cruzo a Rachid, el hombre de la autoescuela, qué paciencia que tuvo con nosotros, con su niña en Londres labrándose un futuro inchallah y sus chanchullos con los extranjeros, a los que les pide botellas de Whisky de malta del aeropuerto para revender luego. Y con los sonrientes carniceros de la plaza, con sus filetes de pavo insípido y aceitunas poderosamente sabrosas. Cómo no, también, con los tres jóvenes beréberes autores del mejor zumo de naranja y aguacate que jamás probarás sobre la faz de la tierra. “El Sevilla y Kanouté este año mal, ¿no?”.

Todos me sonríen y me abrazan. Me preguntan por la familia y el trabajo, no sé cuánto de formulismo y cuánto de sinceridad en ello, qué más da, pero se esfuerzan en ser gratos, optimistas y cordiales. Están, como yo, felices porque todo siga más o menos igual a pesar del paso del tiempo. Celebran cruzando nuestros gestos la tranquilizante continuidad del mundo. Un día más. Un mundo que para Ahmed empieza y acaba en  reunir al cabo del día un puñado de dirhams limpiando con crema kiwi los zapatos de los trajeados empleados de la Caisse de Dépôt.

Pero la ciudad no es mi casa ya y tal vez nunca lo vuelva a ser. Como tampoco aquellos amores ingenuamente cautivos y orientalistas. Como los regresos en domingos plomizos y lentos desde la medina, ¿te acuerdas?, con bolsas pegajosas de sardinas, tomates, lechugas y aceitunas negras. A mí me sabían a gloria al llegar a casa, tostar algo de pan, ponerla entera apestando de pescado en la sartén y salir a la terraza a comer para recuperar fuerzas del paseo. Sé que me observan desde algún balcón de mi calle. Pero no tengo dudas de que lo hacen por mi bien pues alguien desde el primero, o desde el segundo, qué más da, me ha advertido ya del peligro de clavarme alguna espina del pescado que me estoy comiendo. Pasa y tómate una conmigo, le digo, que aún queda algo de luz en la ciudad.

Un sueño

Antonio Navarro Amuedo | 27 de noviembre de 2010 a las 23:55

En realidad estábamos allí para decirle al embajador que la situación que los periodistas españoles están viviendo en estos momentos es muy complicada y que, ya que éstos no tienen interlocución directa con los reyes y sus ministros, intente transmitirle a los que mandan que las cosas tienen que mejorar. Delante de nosotros, el nuevo embajador de España en Marruecos, Alberto Navarro, hablaba por el móvil con Rubalcaba, que se interesaba por el encuentro con los periodistas españoles del jueves pasado. Los azares me llevaron en la velada a la compañía de Luis Bonet, diplomático aragonés en la Cancillería de Rabat, mientras paladeaba un notable chorizo ibérico y un no menos aceptable jamón serrano que llegaba en las bandejas portadas por el gran Laarbi, míster Mechui para los amigos (inolvidable su aparición, chapela en la cabeza y bombo, la noche en que España se proclamaba campeona del mundo, en la puerta del Parlamento marroquí). Por cierto, nos decía el hijo del embajador más tarde que el embutido había llegado por carretera desde Ceuta. Primera impronta del período Navarro, que nada tiene que ver con éste que te manda esta postal.

Aragonesa y navarra y madrileña y sevillana y granadina y muchas cosas más es la estirpe de Bonet, el diplomático, como tuvo ocasión de contarme largamente. Me aseguró, además, la existencia de un vínculo permanente en la historia a través de ciertas familias y personajes entre Navarra y Sevilla. Mientras, el grueso del grupo de periodistas hablaba de periodismo, claro, y otro más exiguo se dirigía al embajador para abordar cosas serias, que para eso habíamos llegado a Suisí.

El discurso erudito de Bonet es desbordante, lo cual no nos impidió cazar al vuelo pinchos de tortilla que seguían pasando por delante de nosotros. Igual hacían Zacarías, fotógrafo de EFE, y Mohamed, redactor de la misma agencia de noticias. Al preguntarme por mi origen y decirle que era sevillano, Bonet me preguntó si era sevillista  o bético. Ya no me acuerdo del nombre de la familia, porque me abrumaba la precisión de nombres y apellidos y genealogías que iba trazando, pero me contó que la familia de su mujer es pariente de uno de los fundadores del Sevilla Fútbol Club. Y que en su casa son todos palanganas, que es una forma de decir sevillistas.

Poco a poco íbamos adentrándonos en terrenos hispalenses, y comenzamos a diseccionar la realidad de la ciudad a nuestra forma, para aburrimiento y sorpresa del resto de presentes en el corrillo. “Sevilla es de una complejidad impresionante. Aunque sea la reacción natural que nos provoca a los que no somos de allí, considerar provinciano al sevillano por su comportamiento es un error. Hay un componente cultural muy rico, muy denso. Es quizá la ciudad de España con más personalidad, algo que no tiene ni Madrid ni Barcelona, que me parece mucho más provinciana que Sevilla, por ejemplo (…) Sevilla es mucho más romana que árabe y eso ha marcado su predilección por la representación, desarrollar lo externo. En Sevilla lo máximo es ser pregonero de la Semana Santa, pero menos que ser rey mago en la cabalgata, ¿no es verdad?”, decía, entre otras cosas, Bonet en el salón de la residencia del embajador.

No te negaré cierta alegría sentida al oír las reflexiones del diplomático maño, cuando sobre la ciudad -como sobre el conjunto de Andalucía- pesan como duras losas los estereotipos sobre nuestra filosofía de vida colectiva. Hoy, casualmente, el presidente de la Junta de Andalucía, José Antonio Griñán, hacía autocrítica y culpaba al conjunto de los andaluces de tener parte de la culpa del deterioro de la imagen de la región. La Junta, añado yo, con sus más de veinte años en San Telmo, tendrá bastante que ver en eso. Pero ése es otro debate.

Creo que el mismo debate identitario que marca desde hace, por lo menos, un siglo y pico la realidad de España, la permanente cuestión esencialista de su existencia como nación, el combate de los nacionalismos disgregadores, etcétera, encuentra una traslación equivalente en el de la reflexión sobre qué es Sevilla; cómo debe seguir siendo en el futuro, qué puede y no puede hacerse en la ciudad, cuestiones que planean siempre en cada esquina, en cada bar, en cada edición de los periódicos locales. La mayoría de los sevillanos, estoy seguro, tiene un concepto, una pequeña teoría sin formular en la cabeza sobre la realidad de la ciudad.

Con el tiempo me doy cuenta de que Sevilla mejora desde lejos. La cercanía le hace que se le vean todas las arrugas de la cara, todas las patas de gallo. Desde la distancia Sevilla es una ensoñación; estar fuera permite pensar en ella sin la pesadez cotidiana, sin el tedio de una realidad imparablemente declinante y la parálisis y la vulgaridad reinantes.

Desde lejos no se aprecian los contornos de la Encarnación y el debate que nunca se hizo del proyecto de los parasoles, ni los líos de Mercasevilla, ni el ocaso de Monteseirín ni tampoco los orgullos al subirnos todos a un tranvía aún ridículo -el de Rabat nacerá con 20 kilómetros de longitud, compara con el paseíto del tren de la escoba- y una línea de metro que ha costado tres décadas de nuestras vidas y de las de nuestros padres y abuelos.

Sevilla es más bella cuando la encuentro al hacer abstracción de la torre de su mezquita mayor paseando a los pies de la torre Hassan de Rabat. Sevilla es más bella aún cuando se la evoca en las páginas de La Ciudad de Chaves Nogales. O al imaginarnos el magnolio de Luis Cernuda.

Sevilla nos toca la fibra cuando oímos fuera el arranque de una sevillana, una corneta tocada por un cani de alguna de las hermandades del otro lado de la calle Oriente, que graban Cedés y más Cedés que se venderán como siempre, pese a la crisis, en el Corte Inglés en estas fechas. Sevilla nos hace temblar cuando nos la imaginamos ya próxima por la campiña palaciega y dejamos la torre de la parroquia del pueblo lejano de Joaquín Romero a la izquierda por la carretera de Cádiz, rodeados de algodón y olivos.

Pero Sevilla se nos hace pesada cuando la vemos de cerca. Nos imaginamos los mismos debates esencialistas, como los de los dos chavales que hicieron los cortos que circulan en Youtube sobre el los canis, los pijos y los de las botellonas, y nos aburre la gomina, las patillas largas, las fotos de pasos en los muros del bar y las Cruzcampos. Y lo digo con una lata de Cruzcampo que me compré en el Marjane (el gran hipermercado de Marruecos, por si esto lo lee alguien distinto a ti, que lo conoces bien) sobre la mesa. Nos cansa lo de las catenarias, el lobby del Consejo de Cofradías y la novelería con la que la ciudad trata a la gente importante que hace estación en la ciudad, sea Tom Cruise, Cameron Díaz o el presidente del Gobierno. Bienvenido, Mr Marshall.

Una identidad, una personalidad, como quieras llamarlo, la de Sevilla, complejísima, en efecto, extraordinariamente densa. Según como tenga uno el cuerpo puede resultar asfixiante y entrarle a uno las ganas de irse lejos, cuanto más mejor, o desbordante, apasionante. Para bebérsela de un tirón y pedir más y más.

Me pregunto por qué nos gusta tanto a los sevillanos formar parte de la representación de la ciudad, con ecos de la del Villar del Río berlanguiano, y por qué nos provoca el rechazo que nos causa cuando la vemos repetida el día después en DVD. Probablemente eso no lo sabrá el amigo Bonet, pero Sevilla, me va enseñando el tiempo, gana irremediablemente con la distancia. Y la alegría de sentirla aquí o allí es directamente proporcional al hastío que nos provoca saber que, a estas alturas de la película, a Sevilla no la cambia ya nadie.

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El jardín

Antonio Navarro Amuedo | 21 de octubre de 2010 a las 3:11

Lo llaman el jardín andaluz y se esconde detrás de los muros de la alcazaba de los Udayas, que se cuelga sobre el estuario del río Buregreg con callejuelas de añil y blanco encaladas. Cuentan las crónicas que Rabat acogió a miles de expulsados por las autoridades del Reino de Castilla y que por eso andaluz no es sólo ese jardín, sino muralla y barrio y reconocimiento orgulloso de origen para muchos habitantes de la ciudad y de otros lugares de Marruecos. El jardín andaluz es silencioso y asilvestrado.

De otro de los muros del jardín de los andaluces vi colgar la misma buganvilla del Callejón del Agua: intensa, primaveral, recogida, contenida. Nos adentrábamos en las tardes sin rumbo al corazón de Santa Cruz para ser recibidos por aquel surtidor con su rumor de fuente incesante. Débil, como estando casi a punto de extinguirse, la fuente del Callejón del Agua nos acompañaba en los breves instantes en los que duraba la tregua de la turba de turistas en pantalón corto que nos aguardaba en la próxima esquina de la calle Vida. La placa de mármol del poema en prosa de Ocnos de Luis Cernuda presidía y ennoblecía aquel recodo. En ese breve lapso que duraba nuestro paso por el Callejón imaginábamos la lentitud que parece llevar el curso de la vida y hoy nos damos cuenta de que aquello era sólo un espejismo, una licencia que nos regalaba el corazón romántico de la ciudad y que las campanas repican a un ritmo endiablado. En unos segundos soñábamos las novias que tendríamos, los países que visitaríamos y la gente que conoceríamos en un mundo ancho y apasionante, tranquilos de contar a nuestro lado con la presencia permanente de nuestros amigos y familiares. Después salíamos pisando el albero del Patio de Banderas para encontrarnos con la figura elegante de la torre que preside y proyecta su sombra sobre la existencia cotidiana de mi ciudad, a veces pesada losa que establece los límites de una vida urbana cíclica y ensimismada.

En el jardín andaluz hay un jazmín enorme que cuelga de uno de los muros y que perfuma las noches rabatíes, como se perfumaban las noches del corral de la casa de Los Palacios en los veranos inacabables de la niñez. Entonces las familias se sentaban a la puerta a tomar el fresco y a comentar las luchas, las ilusiones y las miserias diarias. Allí eran protagonistas absolutos los mayores de la casa, en el relato apesadumbrado de la ventura de sus hijos y nietos; de lo que les había costado la hipoteca del piso en la capital, de lo contenta que estaba la hija pequeña en su primer empleo; sobre lo bien que iba el primero de los nietos en la escuela, aunque aún no tenía claro qué querría ser de mayor. Todo eso mientras disfrutábamos de la bofetada de olor que rezumaba el moñito de jazmín que se depositaba en un platillo sobre la cómoda del zaguán cada vez que entrábamos y salíamos a la cocina por un vaso de agua o una silla para un nuevo invitado a la tertulia. Al caer la noche cerrada, cuando nos acostábamos, desde nuestra habitación, pegada a la ventana, un escalofrío nos recorría el cuerpo al oír el quejío flamenco entonado desde lo hondo de las gargantas de aquellos hombres que regresaban a sus casas  procedentes de las tabernas de la plaza cargados de vino y coñac.

El verde del estanque es el mismo, como semejante es el frescor y la humedad que propician adelfas, nardos, rosales, romeros, naranjos y limoneros, que crecen igual de espigados que en los jardines del Parque de María Luisa, las Dueñas, en fin, el Alcázar, garantía de serenidad en el corazón de la ciudad. La humedad del próximo Atlántico me hace recurrir anticipadamente al abrigo en una tarde de octubre. Echo de menos la luz de la ciudad en estas tardes de otoño, el tiempo del declive más glorioso. La intuyo al sentir los rayos del sol entre las hojas de un naranjo y una palmera, pero sólo la hallo enteramente en mi memoria.

Encerrado en el jardín andaluz contemplo a las parejas furtivas que pelan la pava y a chicos que apuran cigarrillos sin la mirada inquisidora de las calles principales del viejo Rabat. Al vendedor de esa especie de turrón hecho una piedra. Al de postales amarillentas con fotos de las gargantas del Dades, la plaza de Jama El Fnaa de Marrakech, la gran mezquita de Casablanca, las montañas coloridas de especias y la torre Hassan, vigía que aguarda al otro lado de los muros con su belleza frustrada. La dama de noche me regala su aroma antes de salir del pequeño jardín oculto de los Udayas. La fortaleza ha de cerrar hasta mañana.

Mi ciudad, tan cerca cuanto más lejana.

Miguel Roca

Foto: Miguel Roca

Últimas noticias de agosto

Antonio Navarro Amuedo | 1 de septiembre de 2010 a las 1:25

Siempre me reprochas las mismas dos cosas: que soy demasiado barroco en la escritura y que no te mande una carta con los recuerdos del viaje a Argelia, que, tienes razón, sabes que siempre te la doy cuando la tienes, cada vez quedan más lejanos. Agosto amanecía entonces con toda la ilusión de un mes de vacaciones, tórrido y ramadanesco, y se nos escapa ya con aires frescos de septiembre y la melancolía de días más cortos y ausencias más largas. Aunque es cierto también que más nítidas a la vez en la memoria quedan mis impresiones de Argel y alrededores y no será difícil contar las líneas maestras de lo visto, oído y también olido, que en estos países del Magreb, para lo bueno y para lo malo, es muy importante la experiencia olfativa en una descripción cabal de la cosa.

En fin, que agosto se nos ha escapado ya y yo te recupero las impresiones que viví en casa, cuando decidí disfrutar de uno de esos fines de semana que habrían hecho las delicias de don Antonio Machado, que admitía sin pudor preferir una Sevilla sin sevillanos, o, por lo menos, dicha osadía se le atribuye al genial poeta del Palacio de las Dueñas. El mismo aire caliente, las mismas avenidas desiertas, el mismo verde intenso de los árboles en plena festividad lumínica en la Palmera y el Parque de María Luisa y el mismo silencio de hormigón en El Polígono Norte, San Pablo o Los Remedios.

Regresé acompañado del jefe de los fotógrafos de Diario de Sevilla, Antonio Pizarro, que tuvo la misma paciencia que siempre conmigo, a un escenario que recorrí años atrás buscando las trazas de algo que intuía entonces lejano. Suyas son todas estas fotos y me adelanto a que me digas que era imposible que unas así de buenas llevaran mi firma porque no sé hacerlas. Era el primer viernes de Ramadán y allí estábamos dispuestos, Antonio y yo, a entrar en la mezquita del barrio del Cerezo, que recordarás que se hizo famoso por haber dado cobijo a los terroristas de ETA cuando uno de los asesinos acabó con la vida de Antonio Muñoz Cariñanos, médico militar que se encontraba trabajando en la calle Jesús del Gran Poder. Poco a poco, el barrio, cercano al hospital Macarena y al Parlamento de Andalucía, también a la muralla y a la Basílica, donde descansa la Esperanza, ha ido viendo instalarse a un buen número de inmigrantes foráneos, principalmente lationamericanos, magrebíes y subsaharianos. Una suerte de Lavapiés o Raval de Sevilla, salvando las distancias, que en este terreno la ciudad tiene mucho que aprender de las grandes urbes.

El ambiente en las calles era muy parecido al de otros barrios de la ciudad en las vísperas de un fin de semana, el que puede en la playa y el que no, disfrutando al fresco de la tarde; parejas de lationamericanos pelando la pava en los parquecitos y muchos niños, seguramente senegaleses, montados en los columpios aún calientes del sol. Fuimos a recoger testimonio de las celebraciones de Ramadán en el primero de los viernes del mes sagrado de los musulmanes.  Me descalcé, celebré la posibilidad de entrar en el modesto local de la mezquita y tomé asiento en las esterillas del suelo esperando harira y un vaso de leche fría. Nunca habría pensado que los montaditos y las cervecitas que me tomé después sufrirían la digestión tan armónicamente.

Además de la sopa de fideos y garbanzos reglamentaria en cada ruptura del ayuno, Hassan Idrissi, el imán de la mezquita, que reconozco que me asustó al principio con su chilaba inmaculada, su gesto serio y su barba rizada, como una especie de don Quijote  islámico paseando sus principios por los recodos de la barriada macarena, nos obsequió a Antonio y a mí con agua fresca, dátiles, café y pan con mantequilla. No nos puso ninguna pega para que les hiciéramos fotos en plena oración, todos mirando a la Meca, que es lo mismo que hacerlo hacia Carmona visto desde El Cerezo. A ver si aprenden aquí, en esta tierra magrebí que me acoge, que ya obliga a los periodistas a tener una autorización del Gobierno para grabar fuera de Rabat, la capital de Marruecos.

Después, noté sólo simpatía en cada uno de los marroquíes que se me acercaban, al verme con la libretita y la pinta total con la que les chapurreaba las cuatro palabras que me sé en el dialecto árabe del Magreb. Pugnaban por explicarme en qué constistía el ftour, que es la comida que estábamos celebrando, un poco tarde, eso sí, por mi culpa, ya lo sabes, ya quedaban sólo restos, y que sirve de final al ayuno de cada una de las jornadas del mes de Ramadán.

De Tetuán, de Tánger, de Alhucemas, de Nador, de Marraquech, un poco de todo, pero mucha gente del norte de las antenas parabólicas en español, todos los rencores históricos superados y todos los sueños puestos en los ferrys de ida a Algeciras. También vi mucha miseria, como la de un argelino, tengo su nombre y apellidos en la libretita negra, que me apenó bastante y con el que intenté en vano comunicarme diciéndole que Argel me había gustado mucho. Uno de los marroquíes que veía mi intento de conversación no hacía más que decirme que no tenía ni papeles ni trabajo y que lo ayudáramos a encontrarle uno mientras me señalaba la libreta.

Después de eso me despedí, nos pusimos los cascos, nos montamos en la moto y volvimos al centro, a la redacción. Tras cerrar los ordenadores, nos esperaba el olor de las cocinas y el ruido de los tenedores y las conversaciones y más tarde el ambiente festivo de las terrazas de verano, las faldas imposibles, el ron colándose entre los hielos y el personal luciendo bronceado y presumiendo de vacaciones. Fez me recibía al día siguiente con su tren imprevisible, desde donde vi a los niños que se refrescan en las acequias y a los adultos que aguardaban, un día más, a la caída del sol para beber el primer sorbo de agua y el primer dátil.

Anás

Antonio Navarro Amuedo | 10 de agosto de 2010 a las 2:40

El cielo está nublado hoy domingo de agosto, como a menudo en esta costa atlántica del Magreb, y no hace día de playa, aunque el bochorno aprieta. Se respira en el ambiente que el ramadán está cercano. Prontos los ritmos marroquíes se harán un poco más lentos; dentro de pocas fechas el mes de ayuno y abstinencia traerá estampas de calles silenciosas y vacías, de una espiritualidad acentuada por los rigores.  La zona de Al Manal, en la rotulada hoy como avenida de las FAR, queda un poco a trasmano de todo en Rabat.  No está cerca de la bulliciosa medina; ni a un paso del populoso L’Océan, antaño barrio de las embajadas y los embajadores y lugar de acogida para la población española que residía en la capital marroquí durante los primeros años de la independencia; muy distantes quedan los modernos Agdal y Hay Riad, donde proliferan franquicias de ropa occidental y comida rápida para solaz de las clases acomodadas de Rabat. La zona comercial de Al Manal y poissons Anass, donde vinimos a comer el domingo, están en el barrio del Menzeh, cerca de la larga corniche costera de la capital marroquí, donde la primera línea de playa es una sucesión de explanadas batidas por el viento y cortafuegos a la amenaza permanente del mar.

Anás tiene nombre de sacerdote del Sumo Sanedrín que juzgó a Jesucristo en Palestina. Palestina, la de hoy, queda lejos aquí, aunque la televisión Al Jazeera se empeñe en acercar la lucha de aquel pueblo contra los israelitas desde su oficina en Hay Riad, uno de los barrios pijos de Rabat. El Anás de Rabat, al que no tenemos el gusto de conocer, lo que borda son las frituras de calamares, acedías y pijotas, además de las gambas a la plancha salpicadas de cilantro, que aquí se lo echan a todo. Anás suena a paso de misterio de la Hermandad del Dulce Nombre de Sevilla, vulgo la Bofetá. Tiene nombre de uno de los judíos con cara de malo de los pasos de la Semana Santa de la capital andaluza. Anás es además el nombre del sobrino de Rachid, mi mejor amigo marroquí, un bereber que pone lo mejor de su esfuerzo y su inteligencia para ayudar a los despistados empresarios españoles en su búsqueda por este El Dorado marroquí. Rachid duda del origen hebreo del nombre en su forma local, aunque me asegura que es común en el Magreb y el resto del mundo arábigo-musulmán.

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Anás es como esos bares playeros a los que hay que entrar con tapones en los oídos porque los decibelios de humanidad agreden a los tímpanos en los paseos marítimos de Chipiona, Matalascañas, Rota o Mazagón. Aquí no se estila el tinto de verano ni el salpicón de marisco, ni los espetos, ni el gazpacho con guarnición, pero prometo que mucho de lo que se ofrece en Anás, al otro lado del Estrecho, se parece a lo de allá: las frituras, los mejillones, una tentativa loable de paella, las sardinas a la parrilla, etcétera. Anás rebosa de humanidad, digo, de familias completas que aparcan donde pueden en torno a la rotonda de Al Manal, que esperan impacientes su turnos, ellas con pañuelos al sol y ellos con la camiseta del Barcelona y a la espalda el nombre de Iniesta, que encima es el más blanquito de todos los peloteros ibéricos campeones. En Anás las espinas de las acedías se amontonan sobre la mesa mientras los platos se vacían de pescado frito y los dedos se llenan de pringue, que sólo podemos quitar con una suerte de papel de estraza. Y todo es muy económico: por menos de ocho euros a uno le queda la sensación de haberse quedado bien saciado. En Anás, en fin, los camareros aquí corren con un puntito de alegría que no se encuentra en otras partes de la ciudad, con cestas de pan y platitos de salsa de tomate con comino para ir abriendo boca. Me encanta venir a casa de Anás un domingo de vez en cuando y ver cómo disfrutamos tanto, aquí y allí, que en esto todos los hombres se igualan, pelando una tras otra las gambas y pinchando calamares fritos en una plomiza tarde de agosto cualquiera.

Medinas

Antonio Navarro Amuedo | 21 de junio de 2010 a las 15:39

Las medinas -voz que significa ciudad en árabe- son el centro neurálgico de las poblaciones marroquíes. Albergan en sus calles, generalmente tortuosas y laberínticas, los oficios y comercios tradicionales. Un baño de marroquinidad es hacer una inmersión en la antigua medina de Fez o de Marrakech. Quien quiera llevarse, por muy poco diestro que uno sea con los aparatitos fotográficos, un ramillete de instantáneas para enseñar a los amigos de vuelta a casa, que pasee por las callejuelas de alguna de las medinas magrebíes. La de Tetuán es robusta, la adornan geranios, faroles, azulejos y cal y presume de llamarse andaluza; la de Xauen, coqueta, gusta por su elegancia añil en las calizas laderas rifeñas; la de Rabat resulta cómoda y operativa; la de Casablanca, como la urbe atlántica toda, es caótica; la de Marrakech es víctima del turismo, ese gran invento, que hace que por boca de los vendedores de babuchas se pronuncien palabras no sólo en inglés o español, sino también reclamos en holandés, alemán o ruso.

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Asaltan en las medinas los olores, poderosísimos, de las especias, el pescado al que el sol ha calentado durante toda la jornada pese a los bloques de hielo, los pollos que acaban de ser ajusticiados delante de los mismos ojos del cliente que los eligió, de los cueros y los curtidores de las piscinas de la medina de Fez, la más salvaje y auténtica de todo el territorio marroquí. La medina de Fez es inacabable, infinita. Yo llegué a pensar lo mismo del casco antiguo de Sevilla, antaño otra medina, de la que referencias como el Jueves y su mercado de la calle Feria, las murallas macarenas o voces como Alcaicería o la Alfalfa nos evocan un pasado que el visitante puede reconocer hoy, en pleno siglo XXI, paseando por la ciudad vieja de Fez, que está a tiro de piedra de Andalucía y es una arqueología viva de Al Andalus. Uno puede visitarla una, dos, tres, diez veces y no pisar dos veces por el mismo suelo pegajoso de pescado, carne y humanidad. El riesgo físico de ser aplastado contra algún muro de barro por un burro cargado de mercancías amenaza en cualquier esquina. Algún historiador con el que he comentado la impresión que me supuso la primera incursión por sus calles me ha llegado a confirmar el extremo: de Bagdad a Agadir, de Tánger a Islamabad, no existe en el mundo una antigua ciudad árabe tan bien conservada, petrificada en el tiempo, detenida sin concesión al tópico, como la vieja ciudad de Fez.

Existe el debate acerca de la supervivencia de los modos de vida de la medina. El exquisito viajero europeo en pantalón corto, guía Lonely Planet y billete de Ryanair en la mochila denuncia comiéndose un bocadillo de carne picada que el turismo está acabando con las medinas y que cada vez más los herreros, los plateros o los curtidores del cuero trabajan por y para los visitantes y no para el circuito comercial tradicional. El marroquí, que ha aguantado y aguanta miserias cada día de su vida entre aquellas calles insalubres de la medina de Fez o de cualquier otra, consideraciones como éstas ni se las plantea. Ni puede cuestionárselas.

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No se las plantea Jamal, el adolescente que me acompañó la última vez que me interné por la medina de Fez. Me nombra a Zapatero y la crisis, pero apuesto a que no conoce su rostro ni sabe muy bien lo que es ser presidente del Gobierno, ni puede imaginarse lo que ganan los políticos a este y al otro lado del Estrecho y lo lejos que está su vida de las de los inquilinos de los coches oficiales.  Jamal no va a la escuela; reconoce tener problemas con su familia por no contribuir a la supervivencia de la hacienda doméstica con un puñado de dirhams diarios.  Jamal se defiende en español y francés y trae de serie el árabe. Jamal me lleva con la lengua fuera y marcha cincuenta metros delante de mí; me lleva perfectamente controlado en mi torpeza a través de la bulla. Pero, sobre todo, controla la amenaza de la policía de paisano, que vigila que personas como Jamal no hagan de falso guía de la medina y provoquen la insatisfacción de los turistas. Viajeros que siguen a los cicerones oficiales de la vieja Fez, reyes consentidos de las comisiones y de las encerronas en los comercios de sus amigos. Jamal, aunque no tiene dinero para apuntarse a una escuela y sacarse el título ni nunca lo tendrá, sueña con ser guía oficial y conducir a las parejas de europeos por el caos urbano de la medina de Fez,  acaso la más salvaje y dura de cuantas existen en esta tierra.

Ni del Barça ni del Madrid

Antonio Navarro Amuedo | 15 de junio de 2010 a las 12:12

“¿Español?” Primera pregunta. Casi retórica. Segunda. “¿Barça o Madrid?” En la estación de autobuses, en la tiendecita de ultramarinos, en la tienda de babuchas de la medina. Con seguridad la habré respondido más de cien veces en todo este tiempo. Respuesta siempre idéntica: Ni de uno ni de otro. Reacción de mi interlocutor: perplejidad.  Y el esbozo de una sonrisa, como diciendo: ¡Pobrecillo! ¡Éste no se ha enterado todavía del que vale!

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La verdad es que el buen momento de mi equipo, el Sevilla FC, ayuda y la mayoría sitúa al club en sus coordenadas clasificatorias y es capaz de citar a algún componente del equipo. Los más repetidos: Kanouté, al que nombran siempre con cara de admiración, y Luis Fabiano o Jesús Navas. El domingo encontré a un joven vistiendo la camiseta del Sevilla en la medina de Fez, circunstancia que siempre me alegra por su rareza. No creo que en el tiempo que lleve en estas tierras haya visto más de una docena del club hispalense. Siempre acompaño la mención a la entidad de Eduardo Dato con la frase “Ana m’n Isbylia”, una fórmula un poco rara ya de decir que soy sevillano… lo que provoca una sonrisa siempre cómplice en mi interlocutor.

Sorprende que la pasión por el fútbol español, que es admiración por nuestro país en suma, que profesan los marroquíes sucumba ante la omnipresencia y omnipotencia de los dos grandes clubes españoles. Los otros 18 equipos de la liga son mera anécdota, grupos de jugadores a los que el Barça y el Madrid tienen que enfrentarse cada fin de semana para ganar la liga doméstica y prepararse para jugar con los grandes clubes de Europa. Contaba el embajador español en Rabat, Luis Planas, hace unos meses que, con motivo de una una visita a Marruecos, el presidente saliente del FC Barcelona, Joan Laporta, le preguntaba si en el reino alauita ganaban ellos o el Real Madrid en el favor de los locales. A lo que Planas respondió: “vosotros, pero no se engañe, porque son los que ganan ahora”. Lo cierto es que el Barça es el primero y distanciado del Madrid (y del resto de clubes del orbe). Su escudo, más o menos conseguido, aparece colgado de los frontales de los camiones y coches, colgado en comercios, en envoltorios de chucherías y sus camisetas salpican todas las ciudades marroquíes de Tánger a Agadir.

Más preguntas. Hace unos días, en el fotomatón, cuando me preparaba para que un empleado me hiciera las fotografías, volví a ser víctima de la cuestión retórica número uno. “¿Español?” Sí. La segunda: “¿Andaluz?”. Y sí, respondí. ¡Cuánto acierto, me dije! Lo siguiente al descubrimiento de que los orígenes de uno están en el solar que otrora fuera el corazón de Al Andalus es la evocación del estrecho vínculo entre aquella cultura y la norteafricana. Marroquíes y andaluces somos hermanos. No en tantas ocasiones como me han preguntado por el equipo de fútbol, pero no pocas han sido las veces que me han recordado aquel episodio de la historia de Europa, España y Andalucía, tan desconocido y distintamente analizado y enseñado en las aulas del norte de Tarifa. Después de tenerme un cuarto de hora hablándome de los musulmanes expulsados por los monarcas españoles y refugiados en las medinas magrebíes así como de la localidad extremeña de origen del apellido y la familia de su esposa, el fotógrafo me pidió que entrara al otro lado del mostrador. Allí me mostró sonriente la lectura que tenía entre sus manos en estos momentos: una versión en árabe y en español del título Análisis de los escritos aljamiados de los moriscos andaluces. Pues eso.

Gorrillas de las dos orillas

Antonio Navarro Amuedo | 26 de mayo de 2010 a las 15:01

Entre las muchas cosas que unen a estos dos pueblos vecinos, el marroquí y el español, andaluz más particularmente, ritmos vitales, gastronomía, arquitectura, contacto humano incluidos, encontramos a los gorrillas, los aparcacoches ilegales. Podría escribirse una teoría sobre los gorrillas de las dos orillas. No estoy a la altura de un reto semejante, pero tengo una formación privilegiada para hacer una aproximación a la materia, ya que pasé la mayor parte de mi infancia y de mi primera juventud en Bami, barrio sevillano que vio nacer a los aparcacoches hispalenses como todo el mundo sabe. Ahora, mis casi dos años de residencia en la capital marroquí me permiten comparar el fenómeno a un lado y otro del Estrecho de Gibraltar.

Aquí en el Magreb salen igualmente como setas de detrás de los coches, donde antes no estaban emergerán cuando retires el vehículo, cuando menos te lo esperes aparecerán con sus monos para reclamar con humildad y resignación la propina por el servicio realizado.  Porque he aquí dos de las principales diferencias de los aparcacoches marroquíes con los gorrillas de Bami, con los gorrillas sevillanos y andaluces, con el gorrillismo del norte de Tarifa: el hecho de cobrar después del servicio y no antes y la aceptación serena de la cantidad con la que son retribuidos por el conductor.

El gorrilla se hará visible desde la llegada del coche a su zona, efectuará las indicaciones pertinentes para ayudar a que el usuario del vehículo aparque mejor, pero reclamará los dirhams -dos, tres o cinco; entre 15 y 35 céntimos de euro, no más- al final de su trabajo. Y jamás he observado violencia verbal, chulería ni amenazas físicas hacia el vehículo o hacia personas reticentes a pagar o cuya aportación no se adecuara a las expectativas del aparcacoches.

Una calle del barrio de Hassan, en el centro de Rabat, un domingo por la tarde cualquiera

Una calle del barrio de Hassan, en el centro de Rabat, un domingo por la tarde cualquiera

Coinciden ambos, los de aquí y los de allá, en ser víctimas de la pobreza y la necesidad, en el hecho de estar excluidos del sistema laboral; aunque esto es algo que en Marruecos afecta a muchas miles de personas (por no decir más) de todo origen geográfico y condición, ya que las estadísticas oficiales sitúan el desempleo en el 9% [Paro, en fin, dicen las autoridades aquí, a la altura de las potencias industriales de Europa]. Allá, en muchos casos, son víctimas de las drogas, problema que aquí es bastante menor, y que explica en parte los comportamientos de estas personas en pleno ejercicio de la actividad.

Es cierto que en las urbes marroquíes los aparcacoches son onmipresentes. Pero aquí no constituyen el problema de coacción que suponen al norte de la frontera del bienestar. En absoluto. Marruecos tiene problemas mucho más acuciantes que éste, como un sueldo mínimo interprofesional que roza los 200 euros mensuales, como la necesidad de muchas de sus gentes a recurrir a actividades similares para sacar adelante a familias numerosas con una vida que no es barata ya para nadie. En fin, los gorrillas del Magreb no son sino un capítulo más, tolerado y necesario, del drama diario de la supervivencia.