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Los chicos del pavo

Antonio Navarro Amuedo | 14 de octubre de 2010 a las 3:20

Los pavos son en Marruecos bastante apañados para hacer brochetas, que, gracias a los aliños de comino, salsa picante y sal, poco importa al final de qué tipo de carne están hechas. En España, en la categoría de las carnes, vienen después del pollo y, de insípidas que son si no son fritas con ajo y perejil abundantes, muchos diríamos que son las últimas en la escala. El cordero, que no el lechal, sino carnero o borrego viejo, hace de pilar de la dieta nacional en Marruecos y desmiente la exclusividad que disfruta al norte de Tarifa una carne que queda allí reservada para las fiestas navideñas y de guardar. Aquí en el Magreb los pavos tienen también forma de adolescentes, como pasa allá arriba y en todas partes y, te lo aseguro,  se ríen por las mismas tonterías por las que nos reíamos entonces. Ahora comprendo la irritación del profesor, que antes no llegaba a entender, ya que entonces me parecía pura pose que encerraba la incapacidad de poder reírse de las mismas cosas que nosotros, de alcanzar la compresión de nuestros códigos, nuestras complicidades y, por tanto, esa envidia le empujaba a echarnos la bronca. Lo he visto en mis clases del Instituto Francés de Rabat, donde mis compañeros lucen las espinillas en la cara y los bigotillos cantinfleros de rigor, pero dan los estirones de forma diferente a sus colegas de la medina y la tienda de ultramarinos de abajo mismo.

Existen muchos Marruecos concéntricos y los muros del Instituto Francés de Rabat tienen la forma de uno de esos círculos que separan las clases, los sueños y los límites de este pueblo. Los chicos del pavo son como los chicos del coro de la peli francesa, pero con pelos rizados que ellos mantienen corto por precaución a los volúmenes y la tez morena de los magrebíes en vez de aquel rubio que asustaba en pleno sepia de la posguerra europea. Son malos a ratos pero cuando se ponen, sacan los ejercicios de compresión de textos, de estos artículos fotocopiados de Le Monde o Le Figaro, que da gusto. Las niñas de mi clase no llevan velo, no sé si porque saben lo que Sarkozy es capaz de hacer en Francia o porque jamás lo vieron en sus casas de Agdal, Suisí o Hay Riad, que son los barrios de donde vienen para mejorar la ortografía y la sintaxis de la lengua francesa, en la que estudiarán las materias universitarias y harán carrera en alguna empresa, ministerio o bufete de abogados.

Los chicos del pavo son marroquíes, pero pronuncian el francés que asusta de bien. Una de las chicas, cuando el profesor explicaba el significado de la palabra belvédère (mirador), poniendo el ejemplo del emplazamiento de la Torre Hassan, que es el símbolo almohade de la capital marroquí, lo interrumpía bruscamente. La niña decía que mejor valía Trocadero y la Torre Eiffel para ejemplificar la palabra que habían descubierto en la fotocopia y que así se entendería mejor. Me los imagino de jóvenes tomando café en el Marais, comprando un kebab en las cuestas de Montmartre o paseando bufanda al cuello en Saint Germain-des-Prés en busca de viejos libros sobre inmigración y sociología tras salir de la Fac. Seguramente leerán en algunos de esos volúmenes amarillentos páginas sobre la  neocolonización, aunque de momento son muy jóvenes para interesarse por esas cosas.

Mis compañeros de clase son marroquíes, pero tienen Play Station 3 -ya no sé por qué número va la última-, hablan francés en casa, van a entrenamientos de baloncesto, que los hay de uno noventa con quince años, y veranean en Marbella, Portugal o Mallorca. Y tienen los dientes en su sitio, con aparatos en la boca más de uno, famosos brakes; de los pocos que he visto en estos dos años en estas tierras norteafricanas. Con la misma edad que Ahmed, el que estaba sentado a mi lado hoy en clase, Omar, que ya me dice “pimienta negra” o “toma el dinero” en español, cierra a las doce de la noche la épicerie de mi calle, después de doce horas detrás de un mostrador vendiendo cebollas, tomates, pan y cigarrillos sueltos. Omar aprovecha entre cliente y cliente para aprender español e inglés con un par de librillos que tiene detrás de la caja. No le gusta el francés, no sé por qué. Nunca ha ido a la escuela, pero es espabilado como él solo.

El profesor, digo, también es marroquí, pero luce un chaleco con el cuello de pico, pantalón de pinza gris y zapatos negros con cordones, una combinación muy de profesor europeo. Alucino viéndoles hablar de Baudelaire y de Ronsard, de sonetos y novelas, cuando la Revolución Francesa y los ideales de Rousseau, Montesquieu y la Ilustración aún no han llegado al Parlamento de su país, que está a doscientos metros de nuestra clase. ¿Qué periódico marroquí llevará este profesor debajo del brazo cuando salga a tomarse un café después de clase? ¿A que no se te ocurre ninguno?

La oscuridad de la tarde, camino del Instituto Francés, en una lluviosa tarde otoñal me retrotrae a mis primeros meses en la húmeda Rabat de hace dos años. Mis compañeros de entonces me ofrecieron unas de los primeros rostros de Marruecos, mucho antes de sumergirme en la humanidad de los trenes familiares a Marraquech y de los jornaleros en autobús camino de las tierras de Larache y Tetuán.

Mis compañeros de clase me miran como un extraterrestre. Todos saben que soy español, como una amiga que también ha venido a perfeccionar su francés y que sufre parecidas sensaciones que yo, y que estamos en clase por razones y en circunstancias completamente diferentes a las suyas. No obstante, la complicidad con nuestro país es la misma en las aulas del Instituto Francés, quizá teñida de un punto de distancia que propicia el entorno galo, que en el resto del país y el profesor se afana en sacarme algunas palabras en español. De repente, al oírme decir la frase en castellano, salta uno de fondo y grita: ¡¡Barça!! Y el resto comienza a reírse a carcajadas.

Mis colegas de clase tienen diez años menos que yo y, aunque me veo incurriendo en los mismos vicios y pecados que entonces, cuando yo tenía su edad, jugueteando con el boli, charlando con mi amiga en plena explicación del profesor, pensando en mis cosas mientras agacho la cabeza para que que no me mire a mí para preguntarme y me deje en paz en el tiempo que queda, mirando a la chica más mona de la clase y la cara del espabilado del grupo, no somos ya los mismos. Me miro en el espejo de estos chicos y aprendo que ya no luzco esas espinillas, sino una barba bien dura, que me han salido algunas canas, que es una palabra que ellos asocian con sus padres y abuelos, y que a ellos les quedan unos pocos años encerrados entre aulas antes de que la vida los lance a eso que llamamos edad adulta, que es la hora de la verdad, cuando el árbitro dice que empezó lo serio de la cosa. Ese día en que la edad del pavo quede atrás definitivamente.

Tánger, puerto y nostalgia

Antonio Navarro Amuedo | 14 de septiembre de 2010 a las 1:57

Nuestro paseo por Tánger tiene el espacio de una postal, más que de una carta. Pugnamos en vano por estirar las líneas dentro de la tiranía de una breve postal y, aun sabiéndolo, intentamos cuadrar una historia con sentido en el reverso de una medina colgada de una colina. Allí está Tánger, recortada en la ladera de los ingleses, según me contaron en la iglesia de San Andrés, no sabes cuánto me gustó el romántico cementerio victoriano, en la ciudad de los setenta mil españoles, nos aseguró el padre Seijas, que ha visto casi todo desde su remanso franciscano. Poco queda ya de aquella ciudad internacional y nuestra visita por Tánger se alimentó de la melancolía de lo que ya no es ni somos.

Tánger tiene la tristeza de lo que ha pasado de universal a provinciano. Ése es un problema que la historia misma legó a una ciudad que se antoja legendaria en las páginas de Bowles, la urbe de los espías y los cafés, de la estrategia, la de los yanquis, los españoles, los franceses, los británicos. Y de los marroquíes, claro. Bien sabes que es un problema que acecha a regiones y a ciudades enteras, y en nuestro país la amenaza aguarda en cualquier esquina, detrás de autonomías y parlamentos animalistas. En Tánger encontré una medina modesta, los mismos snacks de fritangas y pescado, un puerto que es un gurigay de coches, miserias y esperanzas y una corniche, que es como en francés llaman al paseo marítimo, llena de bloques impresionantes, de cristaleras y muchas muchas plantas; primera fachada de un país que muestra a los ferries de Tarifa y Algeciras llenos de viajeros ávidos de exotismo que la cosa va mejorando a paso de gigante.

A mí, que llevo dos años por el Magreb ya no me llama tanto la atención, claro, pero entiendo la reacción de los mochileros amantes del Rif y las familias que se embarcan en el barquito de Algeciras y llegan al puerto de Tánger y que, a un pasito, aún mareadillos del vaivén del mismo, se meten de lleno en esa bofetada de olores, suelo pegajoso y puestos de frutas, verduras y babuchas de la antigua medina. Es el orientalismo según Edward Said a un pasito del Mercadona de Algeciras y de la Tarifa de los surferos yanquis.

Tánger es, en clave marroquí hoy, TangerMed, el mastodóntico puerto de contenedores que Su Majestad promueve en los alrededores de la ciudad para ser competencia de todo y todos en el Estrecho, y promociones inmobiliarias por doquier. Es la capital de un norte ahora mimado por la monarquía, la puerta orgullosa de un chantier, que es como llama a Marruecos la prensa francófona aquí, de un país que está patas arriba con tanta obra. De todas formas yo te digo que desconfío, porque detrás de esas rotondas de césped bien cuidado y de esos bloques inmensos he visto la misma pena y las mismas camisetas del Barça y del Madrid, el mismo humanísimo deseo de cruzar para mejorar los horizontes de la existencia.

Sin embargo, en este verano declinante, Tánger, como las veces que he venido a verla, lo sabes bien, es la nostalgia de la costa gaditana en el horizonte, que se convierte en la costa europea y del primer mundo en la vista de niños y menos niños. Tánger es ese muchacho que ve pasar la vida y las horas en la playa de la ciudad mirando al horizonte incierto de un ferry de ida. Tánger es paso. No creo que en Tánger uno pueda vivir ajeno al acariciar la posibilidad de embarcarse en un barquito al otro lado de la frontera. Tánger es la bandera inglesa con la cruz de San Jorge llena de mierda, la Catedral católica vacía, la plaza de toros convertida en nosequé, el cementerio judío pasto de los jaramagos, un pasado sin evocaciones físicas adonde agarrarnos. Tánger es una mirada de despedida. Entretanto, al ladito del puerto, nos subimos a unos cacharritos, que son los mismos de la feria en los que nos hemos montado tantas veces, a reírnos un rato de la implacable tristeza de la vida.

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Ni del Barça ni del Madrid

Antonio Navarro Amuedo | 15 de junio de 2010 a las 12:12

“¿Español?” Primera pregunta. Casi retórica. Segunda. “¿Barça o Madrid?” En la estación de autobuses, en la tiendecita de ultramarinos, en la tienda de babuchas de la medina. Con seguridad la habré respondido más de cien veces en todo este tiempo. Respuesta siempre idéntica: Ni de uno ni de otro. Reacción de mi interlocutor: perplejidad.  Y el esbozo de una sonrisa, como diciendo: ¡Pobrecillo! ¡Éste no se ha enterado todavía del que vale!

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La verdad es que el buen momento de mi equipo, el Sevilla FC, ayuda y la mayoría sitúa al club en sus coordenadas clasificatorias y es capaz de citar a algún componente del equipo. Los más repetidos: Kanouté, al que nombran siempre con cara de admiración, y Luis Fabiano o Jesús Navas. El domingo encontré a un joven vistiendo la camiseta del Sevilla en la medina de Fez, circunstancia que siempre me alegra por su rareza. No creo que en el tiempo que lleve en estas tierras haya visto más de una docena del club hispalense. Siempre acompaño la mención a la entidad de Eduardo Dato con la frase “Ana m’n Isbylia”, una fórmula un poco rara ya de decir que soy sevillano… lo que provoca una sonrisa siempre cómplice en mi interlocutor.

Sorprende que la pasión por el fútbol español, que es admiración por nuestro país en suma, que profesan los marroquíes sucumba ante la omnipresencia y omnipotencia de los dos grandes clubes españoles. Los otros 18 equipos de la liga son mera anécdota, grupos de jugadores a los que el Barça y el Madrid tienen que enfrentarse cada fin de semana para ganar la liga doméstica y prepararse para jugar con los grandes clubes de Europa. Contaba el embajador español en Rabat, Luis Planas, hace unos meses que, con motivo de una una visita a Marruecos, el presidente saliente del FC Barcelona, Joan Laporta, le preguntaba si en el reino alauita ganaban ellos o el Real Madrid en el favor de los locales. A lo que Planas respondió: “vosotros, pero no se engañe, porque son los que ganan ahora”. Lo cierto es que el Barça es el primero y distanciado del Madrid (y del resto de clubes del orbe). Su escudo, más o menos conseguido, aparece colgado de los frontales de los camiones y coches, colgado en comercios, en envoltorios de chucherías y sus camisetas salpican todas las ciudades marroquíes de Tánger a Agadir.

Más preguntas. Hace unos días, en el fotomatón, cuando me preparaba para que un empleado me hiciera las fotografías, volví a ser víctima de la cuestión retórica número uno. “¿Español?” Sí. La segunda: “¿Andaluz?”. Y sí, respondí. ¡Cuánto acierto, me dije! Lo siguiente al descubrimiento de que los orígenes de uno están en el solar que otrora fuera el corazón de Al Andalus es la evocación del estrecho vínculo entre aquella cultura y la norteafricana. Marroquíes y andaluces somos hermanos. No en tantas ocasiones como me han preguntado por el equipo de fútbol, pero no pocas han sido las veces que me han recordado aquel episodio de la historia de Europa, España y Andalucía, tan desconocido y distintamente analizado y enseñado en las aulas del norte de Tarifa. Después de tenerme un cuarto de hora hablándome de los musulmanes expulsados por los monarcas españoles y refugiados en las medinas magrebíes así como de la localidad extremeña de origen del apellido y la familia de su esposa, el fotógrafo me pidió que entrara al otro lado del mostrador. Allí me mostró sonriente la lectura que tenía entre sus manos en estos momentos: una versión en árabe y en español del título Análisis de los escritos aljamiados de los moriscos andaluces. Pues eso.