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Primavera

Antonio Navarro Amuedo | 8 de junio de 2011 a las 18:39

Foto: Miguel Roca

Encuentro con alegría en uno de los bolsillos de una maleta que ha sufrido mucho los vaivenes del camino una postal amarillenta que no puedo dejar de unir a este epistolario inconcluso sobre la otra orilla del Estrecho. Avanza el calendario –copio de las cuartillas que acabo de hallar entre tarjetas de visita, facturas de la Redal e incluso una figurilla de un camello que encuentro con una pata de madera partida– sin descanso hacia un próximo verano. Pasan las semanas implacablemente en un año que ha sido fundamentalmente primavera. El año despertó primavera en Túnez y en Argelia, con el desencanto de nuevas generaciones perdidas en la miseria y la tristeza. Siguió en Egipto y se propagó por Yemen, Arabia Saudita, Barhéin, Jordania, Siria. Y por Libia, con un tirano asesino que se resiste como gato panza arriba a dejar de sembrar la muerte y el dolor en su retirada. Fue el grito desesperado de millones de personas clamando por un horizonte mejor, una vida digna, el basta ya a la tiranía. El cansancio de ser la excepción permanente. Son nombres que desde esta orilla de la vida suenan próximos y lejanos, tras de horizontes polvorientos y de casas blancas apiñadas en la necesidad. Cayeron por el camino, para felicidad de sus pueblos y asombro del mundo, los dictadores terroríficos de Egipto, Mubarak, y de Túnez, Ben Alí, única referencia política para mucha gente en toda su vida en sus respectivos países.

¿Qué pasaba en Marruecos entonces? Francia y España, los observadores atentos de la realidad de Marruecos desde los despachos oficiales de París y Madrid, se preguntaban reiteradamente: ¿habrá contagio revolucionario en este Magreb árabe tan cercano a Europa? Tú también me lo preguntabas, como todo el mundo al teléfono o en los endiablados chats de Facebook o Skype, que son los verdaderos intercambios epistolares de nuestro tiempo. ¿Y allí, qué?

Allí pasaron muchas cosas. La mejor de todas, que la resignación omnipresente haya perdido un poco de sus bríos tradicionales. La mejor de las noticias. No pugnará, desde luego, con la cobertura informativa merecida por los baños de sangre de Libia. Ni con la caída jubilosa de los tiranos de Egipto y Túnez. Discreta persistencia la de los jóvenes del 20 de febrero que, semana tras semanas, han salido a la calle para romper tabúes y pedir democracia de verdad a los que mandan, que son los de siempre. Con su empeño, han tornado en habitual la protesta contra el autoritarismo y el abuso. Una primavera que comienza a consumarse en silencio. Primavera árabe la llamaron. El reto de estos valientes es no ceder y convertir el verano, el otoño, el futuro en primaveras hacia la democracia y la libertad.

Pero Marruecos, sin embargo, será siempre para nosotros un verano sin prisas. Un largo verano previo a la madurez obligatoria, una tregua de sosiego y tes a la menta, cacahuetes y anacardos envueltos en cartuchos hechos de cuartillas con apuntes de matemáticas y lengua francesa. Marruecos son las tardes soleadas de la medina, paseando sin relojes por las calles pegajosas y cargadas de humanidad que mira, toca, observa a cada paso. Camisetas del Barcelona, de la roja campeona del mundo, del Barça campeón de Europa otra vez, colgando de cada tenderete, que esto se actualiza a golpe de teclado, como las estanterías de móviles capaces de albergar los modelos más modernos de ipads o blackberries al lado de un señor que vende zapatos de segunda mano en un top manta. Días azules y sol de la infancia, luz de tarde de veranos infinitos de nuestras infancias recuperada en este paseo por el laberinto de callejas y tiendas de especias. Sí, las tardes de la medina, con la brisa y los mirlos marcando su presencia, el bulevar lleno de gente que pasea y toma pipas, eran un recuerdo vivo de nuestra niñez.

Marruecos será para nosotros siempre la humareda de carne picada asándose a la entrada de un pueblo cualquiera del camino en algún punto entre Tetuán y Kenitra, entre Oujda y Fez, entre Tan Tan y Esauira. Humareda que nos recibe en el autobús más cálido del mundo, al que se sube un chaval que vende onzas cortadas de sucedáneo de chocolate Maruja, cacahuetes y cigarillos rubios sueltos en una bandejita improvisada de cartón.

Marruecos será siempre los viajes sin planificación, improvisadas elecciones de destino en el último minuto en las explanada humana de las gares routières del país. Éxito seguro. Norte, sur, este y oeste eran en nuestras largas jornadas de verano puntos cardinales intercambiables. Al otro lado del viaje, un señor nos sacaría la maleta de la bodega del autobús para decirnos iala, iala. Una medina y un zumo de naranja recién exprimido nos aguardaban.

Marruecos será siempre las tardes infinitas en las playas de Salé, llenas de púberes que juegan al fútbol sin cesar, sin reparar en el hecho de que el ramadán aprieta y no podrán beber una gota de agua en público hasta que atardezca. De playas sin libertad para las chicas, que batallan con pantalones vaqueros empapados y pañuelos contra la censura y las miradas más molestas. Son nuestras tardes en las playas más lejanas del gentío, disfrutando de fruta recién comprada en algún recodo del camino, de largos paseos por la orilla y de una tertulia improvisada para acabar hablando del futuro, ese incómodo acompañante que aguardaba al otro lado del verano.

Trenes de cambio

Antonio Navarro Amuedo | 27 de enero de 2011 a las 2:30

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Túnez perfuma de jazmín el Magreb entero desde hace semanas. Hasta estos olivares grises y pueblos borrosos por la humareda de las carnes a la parrilla llegó el aroma del fin de una dictadura que se hacía de oro de forma impune ante la mirada atónita del pueblo. Hoy, la sociedad tunecina trata de abrir el tortuoso camino de una democracia que nadie les regalará. Justo es que ese país,  los ciudadanos del Magreb en su conjunto, todos, en fin, honremos siempre el sacrificio hecho por miles de personas que pusieron en riesgo su integridad física y su vida al cabo –¿cincuenta, cien víctimas mortales?– para comenzar a menoscabar la autocracia y la injusticia. Las protestas, más movidas por la desesperación y por el hartazgo ante la arbitrariedad y la losa de soportar regímenes programados para perpetuarse que por causas políticas demasiado lejanas, se esparcen por la región.

Desde la perspectiva occidental, que trata de encuadernar cuartillas que vuelan movidas por vientos dispares, que intenta en vano clasificar y etiquetar siglas y confederaciones, se observa cómo el Magreb, el Norte de África, el mundo árabo-musulmán, qué más da, se despereza. Por toda Argelia miles de personas salieron a la calle a gritar su enfado, a decir que ya se han cansado de la nada, del vacío de mañanas sin mañana. También en Marruecos, donde templados por las circunstancias, miles de jóvenes licenciados protestan por la falta de horizontes y de empleo mes tras mes ante edificios oficiales con lealtad patriótica. Desde hace dos días, en Egipto miles de personas salen a la calle para pedir el fin de la dinastía de los Mubarak, sin ganas ningunas de ver al segundo eslabón de la familia reinando en El Cairo.  Who’s next? Los nombres se suceden: Yemen, el Líbano, Mauritania… ¿Seguro? ¿Hay lógica en la enumeración? ¿Son frívolas las descargas de vídeos de Youtube sobre este contagio de revoluciones en el Oriente Medio, los twits desde el corazón de la protesta y los sms desde la puerta del Parlamento?

Viajo en un tren desde Rabat a Fez, en uno de esos que nos conocemos de memoria y que pueden alargar tres horas al infinito de calor, frío o todo lo contrario bien rodeado de humanidad en cada compartimento. Llega el chico del carrito de las cocacolas templadas y unos bocadillos de pollo que entran de escándalo en cualquier momento. Tiene problemas para continuar su tránsito por el pasillo porque una señora ha traído consigo tres bultos, uno de ellos la clásica bolsa de cuadros blancos y rojos que hemos visto tantas veces, además de otras dos maletas enormes azul marino. Yo también voy bien cargado. Nada más verme, los que serán compañeros de compartimento me hacen hueco y me ayudan a alzar mis maletas a la repisa dedicada al efecto. Como siempre. Saco una novela que compré en este lado del Estrecho cuando, con mis compatriotas, quemábamos tarjetas de crédito cargados de bolsas mucho más livianas que las de aquí. Me tiene desconcentrado tanto vaivén de un lado a otro de la frontera, del suelo firme a la tierra de esas revoluciones orientales que salen por la televisión.

La mayoría de la gente se ha bajado antes de Meknès. Me quedo solo en el compartimento con un simpático vendedor de zapatillas de baloncesto cuneras y made in China en la medina de Fez. Es licenciado en Geografía. Tiene 38 años y dos niñas pequeñas. Viaja cuatro veces en semana en aquel tren a Casablanca, en cuyo puerto adquiere la mercancía que después venderá en la vieja medina de la ciudad imperial. Lo de Túnez sale pronto en la conversación. No lo rehúye. “¿Algo así en Marruecos?”, se pregunta ante mi sugerencia. “Si la mitad de la gente aquí no sabe ni leer ni escribir, ¿cómo van a protestar? ¿Qué van a pedir?” La síntesis es lapidaria. No tengo nada más que contarle. “Pese a todo, me dice, Casablanca se mueve, hay más trabajo que antes”. Giramos la vista a la ventana y vemos un grupo de impasibles jóvenes que, sentados sobre las vías, observa al infinito la caída del sol ante el testigo mudo de los olivares plateados.

Aromas de jazmín y libertad

Antonio Navarro Amuedo | 25 de enero de 2011 a las 22:12