La educación de los iguales

Meli Galarza | 6 de noviembre de 2012 a las 12:49

Una de las máximas más repetidas es lo importantísima que es la educación. En la mayoría de los casos nos referimos a la educación formal así como a la educación que debemos recibir de nuestros padres y madres, y nos referimos a las mates, a la lengua e incluso, en algunos casos, a los valores ciudadanos y de convivencia social. Y se repiten máximas al respecto de la educación tales como que la familia es tan importante en la educación como el colegio o debates sobre si la escuela está para enseñar mientras que las familias están para educar. En fin, ya saben ustedes, esos eternos que no estériles debates. Y en todo esto creo que debemos recordar cuánto nos enseñan nuestros iguales, esas personitas que nos han acompañado en los días de cole, de clases, de recreos, de juegos y de estudios.

Con la reflexión que hago ya como persona adulta quiero recordar un ejemplo de mi infancia, de algo que me enseñaron mis iguales: la sociedad no admite con facilidad que rompas con las normas ni que dejes de atender a lo que socialmente se espera de una. Sí, claro, hablo en femenino porque soy mujer y, claro, el ejemplo que les voy a narrar tiene que ver con el hecho de serlo. Porque el acoso escolar – y solo me estoy refiriendo al puntual, a esa frase que utiliza mi abuela de “los niños son muy crueles”-  existe desde tiempos inmemoriales, pero las razones por las que se acosa en demasiadas ocasiones, sino todas, tiene que ver con estereotipos sociales que están presentes desde nuestra más tierna infancia.

Estando en el colegio me gustaba jugar al fútbol, al mate, al látigo,… Sí, también al elástico, a los cromos y a la comba, aunque esto no causó ataque alguno. Pero jugar con los chicos a las “cosas de chicos” me llevó hasta una pelea a torta limpia con una compañera de clase. Pasé de ser una “marimacho” a ser una “puta”, pasé de no ser femenina a desear que todos los chicos me tocasen el culo.  No me gusta la violencia, pero no se me olvida ese corro de chicas y chicos animando a la que me insultaba que me llevaron a las manos. No es baladí el ejemplo que he elegido (ni mucho menos todos fueron tan extremos), no solo porque me llevó a una situación límite sino también porque tiene que ver con el género, con esa construcción social sobre el sexo, con ese estereotipo social de lo que se espera de una mujer.

Aprendí que si no hacía lo que la mayoría sería recriminada, enjuiciada, juzgada y condenada. Me lo enseñaron mis iguales mientras otras personas, sobre todo mis referentes femeninas, me enseñaban a ser libre. Aprendí sobre mí misma, aprendí que dentro de mí hay una fuerza quebrota claramente y se manifiesta ante las situaciones injustas provocadas por la incomprensión, la falta de respeto, el sectarismo o la envidia. Aprendí que ser libre tiene un precio. Enseñanzas todas ellas que siguen presentes y marcando mi camino.

 

 

 

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