Manuel J. Lombardo | 26 de junio de 2012 a las 7:51
Cameo edita en DVD la nueva adaptación del Fausto de Goethe con la que el cineasta ruso Aleksandr Sokurov completa su tetralogía sobre “La Naturaleza del poder”
Aparentemente desvinculada de la trilogía formada por Moloch (1999, sobre Hitler), Taurus (2001, sobre Lenin) y The Sun (2005, sobre Hirohito) por el carácter literario y simbólico de su personaje, Fausto, León de Oro en el Festival de Venecia de 2011, completa sin embargo un ciclo tetralógico de Aleksandr Sokurov sobre “la naturaleza del poder” cerrando un círculo que, en sus palabras, “trata sobre grandes jugadores que perdieron la apuesta de su vida, […] hombres de carne y hueso que alcanzaron el pináculo del poder y que comparten un amor por las palabras fáciles de creer y una vida diaria patológicamente desdichada. El mal es, por tanto, reproducible, y Goethe supo formular su esencia: las personas infelices son peligrosas”.
En efecto, la Historia da paso ahora al mito literario como clave interpretativa de su propio discurso (y tal vez de su presente), un mito fundado en la leyenda clásica germana de finales del siglo XV al que han dado forma y variaciones escritores o compositores como Spies, Marlowe, Lessing, Wagner, Berlioz, Gounod, Valéry, Heine o Thomas Mann (Doktor Faustus).
Es, sin embargo, el clásico Fausto (1808-1832) de J.W. Goethe, que también sirviera de punto de partida para la referencial adaptación cinematográfica de F.W. Murnau (1926), el que presta de forma libre (“lo que queda entre líneas”) sus esencias mefistofélicas y visionarias a esta nueva incursión sokuroviana en los abismos de la condición y el alma humanas expuestos a una dialéctica aparentemente irreconciliable entre la quietud y la movilidad, entre la superficie y la profundidad de la imagen fílmica, entre la narración y lo sensorial, entre la fuga y la suspensión de la temporalidad.
En efecto, este Fausto sombrío, macabro y goyesco (el de las Pinturas negras y los Caprichos, se entiende) parece aunar en un mismo y abigarrado trazo (irónico, socarrón incluso) esos dos ámbitos de la estética de Sokurov en los que, por un lado, se concibe la imagen como un territorio de estasis de fuerte raíz pictórica (con referencias a Vermeer, Teniers o Friedrich o a los retablos de El Bosco), como un lienzo orgánico presto a ser deformado por la óptica o el formato (un 1:33 de bordes redondeados), el tratamiento del color y los efectos (tridimensionales) de la postproducción en una nueva modalidad de expresionismo digital; y por otro, se busca una suerte de suspensión de la temporalidad narrativa que, paradójicamente, trabaja sobre el movimiento y el desplazamiento continuos, una especie perpetuum mobile sostenido por una cámara líquida y flotante y un denso trabajo sonoro (con desdoblamiento de voces, superposiciones, ecos y reverberaciones musicales) que acompaña el devenir de sus criaturas en un espacio irreal y deformado, con un tono de pesadilla grotesca.
Estamos así a mitad de camino entre la estasis contemplativa y elegíaca de Madre e hijo y el flujo suspendido de la Historia (o su mito) que impulsaba el trayecto por el Museo Hermitage de San Petersburgo en El arca rusa. Sokurov y su director de fotografía Bruno Delbonnel densifican la atmósfera de interiores (habitaciones de techos bajos, consultas médicas que parecen salas de tortura, tabernas repletas de borrachos, iglesias de difuminada luz celestial) y exteriores (la secuencia aérea del prólogo, las callejuelas estrechas de la ciudad, el bosque romántico, el lago en el que se hunden a cámara lenta los amantes, el desolado y abrupto glaciar en el que se pierde finalmente la pista de Fausto) para solidificar en sus imágenes el olor putrefacto que despiden sus ambientes. También ese halo y esa suerte de vapor sulfúrico que acompaña el andar patético y cojitranco de un Mefistófeles (Anton Adasinsky) de monstruosa figura (un cuerpo deforme y encorvado, con un diminuto pene que cuelga de la parte baja de su espalda) que arrastra literalmente al Fausto al abismo de sus propios deseos de grandeza, inmortalidad (el homunculus creado con sus propias manos junto a su ayudante Wagner) y disfrute pleno (y amoral) de la belleza virginal de Margarita (Isolda Dychauk): deseos sobre los que se impone la presencia siempre amenazante de la Naturaleza, la renuncia a la propia humanidad como prólogo a la verdadera toma alucinada del poder, a la deificación del hombre corrompido presto a tiranizar el Nuevo Mundo.
Fausto – Aleksandr Sokurov – Cameo – 134 min. – 15 euros – Sin extras
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