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La mala reputación

Manuel J. Lombardo | 7 de mayo de 2012 a las 22:08

Versus recupera en DVD ‘El abanico de Lady Windermere’  (1925), el primer gran filme de Ernst Lubitsch en Hollywood, adaptación de la comedia escrita por Oscar Wilde en 1892

Frente a los que auguraban que el éxito de The Artist, pescado congelado en un martes de mercado, podría volver a poner de moda o revitalizar la difusión del cine mudo, soy de los que opinaban que el efecto podría ser justamente el contrario, a saber, que se iba a momificar y convertir aún más en pieza (muerta y enterrada) de museo un lenguaje, una estética y unos modos que ya en sí mismos son mucho más resistentes y heterogéneos de lo que el amable y encantador pastiche de Michel Hazanavicius y sus exégetas nos hicieron ver.

Han pasado ya unos meses desde el fenómeno y no vemos ese repunte mudo por ningún lado, ni en las televisiones digitales, ni en las ediciones de DVD o Blu-Ray, a lo sumo en las programaciones de las filmotecas de siempre (es su obligación), por más que hasta la fecha la mejor película del año, Tabú, del portugués Miguel Gomes, vista ya en los festivales de Berlín y Las Palmas, sea precisamente una cinta que coquetea libre y lúdicamente con el silent y el blanco y negro en su reescritura del universo colonial de la literatura de Isak Dinesen y del mítico título de 1931 que rodaron Robert Flaherty y F.W. Murnau en los Mares del Sur.

Así las cosas, y mientras el cuerpo y las cuentas aguanten, el sello Versus sigue añadiendo referencias mudas a su selecto catálogo (las últimas: El hijo de la pradera, de William S. Hart y el Robin Hood de Allan Dwan), ajeno a modas y coyunturas, fiel a una política de recuperación histórica que no necesita de empujones mediáticos para justificarse.

Protagonizada por May McAwoy, Irene Rich y el galán Roger Coldman, este último prestado “por cortesía de” Sam Goldwyn, El abanico de Lady Windermere (1925) es la quinta película de Ernst Lubitsch en Hollywood, a donde había llegado en 1922 después de consolidarse como uno de los grandes nombres del cine alemán con títulos como Carmen, El gato montés, Madame DuBarry, Ana Bolena o Sumurun. Lady Windermeres fan será la tercera de las cinco películas que dirija para Warner Brothers, estudio donde estuvo bajo contrato entre 1924 y 1926 para insuflar prestigio europeo a una casa que apenas tenía al perro Rin Tin Tin como único aval de éxito comercial y popularidad.

Adaptando esencialmente el argumento, que no así, por razones obvias, en refinado lenguaje, la frivolidad y los juegos de palabras de la conocida comedia teatral escrita por Oscar Wilde en 1892 entre los espléndidos decorados verticales, amplios y despejados creados por Harold Grieve, Lubitsch consolidaba aquí no sólo unos ambientes y una tipología de personajes (aristócratas, damas refinadas, salones elegantes) que ya no abandonaría en su carrera americana, sino que apuntaba, en su satírica y distanciada mirada a un mundo de apariencias y doble moral, ese toque que ha hecho de su cine un reconocible e inimitable oasis de elocuencia visual antes y después de que la palabra hablada irrumpiera en la estética cinematográfica.

En este enredo de honores perdidos, maternidades ocultas, infidelidades, equívocos, cotilleos afilados como navajas y doble moral de salón ambientado en el Londres del cambio de siglo, Lubitsch parece sentirse como en casa, modulando variaciones estilísticas sobre la composición, la fragmentación, la elipsis o el fuera de campo. Así, la gran secuencia del hipódromo, despliega un portentoso dominio del cruce de miradas, el montaje, los cachés y los puntos de vista sobre la controvertida figura de Mrs. Erlynne, toda una auténtica coreografía visual sobre la moral de clase y la escisión entre el mundo de los hombres y el de las mujeres. La secuencia en el jardín francés, delimitada por los setos dispuestos en vertical y horizontal, confirma el elegante sentido de la ocultación y la sugerencia como herramientas para el juego de la ambigüedad sexual. De igual forma, el encadenado de planos cortos sobre el timbre de un apartamento, apuntan el refinamiento de una manera elíptica de contar y sugerir en imágenes que acompañaría al director de La viuda alegre, El bazar de las sorpresas, Ninotchka o Ser o no ser durante su posterior y exitosa carrera en Hollywood, truncada por su temprana muerte en 1947.

El abanico de Lady Windermere (1925) – Ernst Lubitsch – Versus – 85 min. – 12 euros
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Y un par de libros para la semana:

Micrologías. O historia breve de las artes mínimas – Federico L. Silvestre – Ábada – 300 págs. – 18 euros

A partir de la idea de que “lo pequeño es hermoso”, el profesor de Estética Federico L. Silvestre, autor de un interesante ensayo sobre El paisaje virtual en el cine contemporáneo, recorre una breve historia del arte en miniatura -vasijas, templetes-relicarios, orfebrería, planos-relieve, maquetas de cine, bolas de nieve, casas de muñecas y minúsculas obras de arte contemporáneo- buscando en lo mínimo ese gesto de querer empequeñecer el mundo para poder abarcarlo. Un libro tan curioso como sus objetos de estudio, un “retorno a lo pequeño en busca de placeres menguantes”.

 

La delgada línea roja – Francisco Javier Tovar – Akal/Cine – 112 págs. – 9,50 euros

Ahora que Malick ha sido finalmente canonizado, comienzan a aparecer publicaciones en castellano sobre su obra, hasta ahora inexistentes. El profesor de Filología Fco. Javier Tovar se adentra en La delgada línea roja, una de sus mejores cintas, no tanto desde una perspectiva cinéfila sino buscando la pervivencia de los clásicos grecolatinos y sus temas (Homero, Sófocles, Virgilio, la musa, la naturaleza, el asedio, el retorno, el héroe, el infierno…) en una cinta que buscó el lirismo en pleno campo de batalla. Un estudio original, serio y riguroso que además inaugura colección monográfica.